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FIN DE LA BANCA

Jonathan Mc Millan  

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Fragmento

LISTA DE ILUSTRACIONES

 

 

 

Figura 2.1 Hoja de balance típica

Figura 2.2 Hoja de balance típica de una empresa técnicamente insolvente

Figura 2.3 Hoja de balance de la empresa de tueste de café de Sarah

Figura 2.4 Creación de dinero mediante la actividad bancaria tradicional: primera parte

Figura 2.5 Creación de dinero mediante la actividad bancaria tradicional: segunda parte

Figura 2.6 Destrucción de dinero mediante la actividad bancaria tradicional

 

Figura 4.1 Los pasivos de los bancos y de las instituciones bancarias paralelas a lo largo del tiempo

 

Figura 5.1 La cadena de la titulización

Figura 5.2 Banca en la sombra: la vía del reporto

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Figura 5.3 Banca en la sombra: la vía del reporto y el PCRA

Figura 5.4 Creación de dinero en la banca en la sombra: primera parte

Figura 5.5 Creación de dinero en la banca en la sombra: segunda parte

Figura 5.6 Destrucción de dinero en la banca en la sombra

 

Figura 9.1 Hoja de balance de una empresa que cumple e infringe la norma de solvencia actualizada

Tabla 9.2 El concepto de la peor situación financiera ejemplificado

 

Figura 11.1 Un sistema financiero con banca: primera parte

Figura 11.2 Un sistema financiero sin banca: primera parte

Figura 11.3 Un sistema financiero con banca: segunda parte

Figura 11.4 Un sistema financiero sin banca: segunda parte

SIGLAS

 

 

 

AIG  American Insurance Group

BTA  bonos de titulización de activos

CDO  collateralized debt obligation (obligación de deuda garantizada)

CDS  credit default swap (swap de incumplimiento crediticio)

ECE  entidad de cometido especial

EIC  estudio de impacto cuantitativo

ETF  exchange-traded fund (fondos de inversión cotizados)

FDIC  Federal Deposit Insurance Corporation (Corporación Federal de Seguro de Depósitos)

FFA  Federal Financial Authority (Autoridad Federal de Supervisión Financiera)

LIBOR  London Interbank Offered Rate (Tipo Interbancario de Interés de Londres)

MBS  mortgage-backed security (valores respaldados por hipotecas)

MMMF  money market mutual funds (fondos mutuos de inversión del mercado monetario)

OTC  over-the-counter (extrabursátil)

PCRA  papel comercial respaldado por activos

PIB  producto interior bruto

SEC  Securities and Exchange Commission (Comisión del Mercado de Valores [de Estados Unidos])

TARP  Troubled Asset Relief Program (Programa de Ayuda a los Activos con Problemas)

PREFACIO

 

 

 

Hay muchos libros que pretenden explicar los problemas de la banca, pero, en su mayoría, no entran verdaderamente en el meollo de la cuestión. Algunos autores interpretan la crisis financiera de 2007-2008 como la historia de unos banqueros codiciosos que estafaron a viudas y huérfanos inocentes. Los relatos escandalosos pueden ser entretenidos, pero decir que los aspectos inmutables de la naturaleza humana son la raíz de todos los males constituye un error y no va a impedir la próxima crisis financiera; tampoco lo harán los pequeños parches regulatorios, que han sido la respuesta habitual de muchos economistas y políticos a las crisis bancarias. Los problemas actuales de la banca están profundamente arraigados en el sistema financiero. Se necesitan cambios fundamentales y algunos expertos incluso han recuperado propuestas de reformas radicales de hace varias décadas. Sin embargo, aunque las viejas teorías pueden darnos lecciones valiosas, nosotros pensamos que unas soluciones de otro tiempo no pueden resolver los problemas actuales de la banca.

Por eso, decepcionados por los enfoques utilizados para hablar sobre esos problemas, decidimos escribir este libro y nos encontramos con un enorme reto. La dificultad reside en que las actividades bancarias son difíciles de concretar y pueden tener varias modalidades. Al extrapolar nuestros conocimientos sobre ellas, hemos podido identificar las técnicas financieras básicas que tienen en común todas las formas de actividad bancaria, desde la que realizaban los orfebres medievales hasta la labor de los gestores en los bancos de inversión actuales. Hemos llegado a la conclusión de que las actividades de la banca eran una forma sensata de organizar el sistema financiero en la era industrial, pero que se descontrolaron con el ascenso de las tecnologías de la información. La crisis financiera de 2007-2008 fue una consecuencia inevitable de llevar a cabo operaciones bancarias en la era digital.

Desvelar las deficiencias del sistema bancario actual no es más que el primer paso. El principal objetivo de este libro es mostrar cómo restablecer un sistema financiero que funcione. La forma de organizar el sistema financiero tiene una importancia más que evidente, pues afecta a la estabilidad, a la productividad y a la justicia distributiva de la economía. Ese es el motivo de que la mayor parte de este libro esté dedicada a esbozar un sistema financiero para la era digital.

Aunque El final de la banca está dirigido sobre todo a nuestros colegas en el sector de la economía y las finanzas, cualquier lector interesado puede seguir sus argumentos. Hemos evitado la jerga especializada en la medida de lo posible y hemos explicado las actividades bancarias y sus problemas sin tecnicismos. No obstante, la lectura de este libro es un ejercicio intelectual y recomendamos que quien no tenga conocimientos de base sobre economía y finanzas empiece por el principio y lo lea hasta el final. Los lectores familiarizados con el tema verán que la primera parte, en realidad, es un repaso del que pueden prescindir.

Este libro es el resultado de una cuidadosa reflexión y el título lo hemos escogido por un buen motivo. Cuando se conocen las posibilidades transformadoras de la revolución digital, las formas tradicionales de organizar el sistema financiero dejan de parecer sostenibles. Hablar del fin de la banca quizá parezca presuntuoso. Confiamos en convencer a los lectores, en las páginas que siguen, de que es irremediablemente necesario.

 

Jonathan McMillan,

agosto de 2014

INTRODUCCIÓN

 

 

 

La existencia de un sistema financiero sin bancos es no solo deseable, sino posible. Aunque, en otros tiempos, los bancos eran útiles y desempeñaban unas funciones económicas esenciales, la revolución digital trastocó la situación. Sus actividades se volvieron difíciles de controlar porque la tecnología de la información hizo que la regulación bancaria no tuviera efectos reales. La crisis financiera de 2007-2008 fue el preludio de una nueva era de actividad bancaria sin restricciones; pero esa revolución digital en el sistema financiero ha tenido dos tipos de consecuencias. No solo hemos perdido el control de los bancos, sino que ya no los necesitamos. La tecnología de la información ofrece nuevas posibilidades que hacen que los bancos sean superfluos. Y el fin de la banca señalará el inicio de un sistema financiero moderno.

Reclamar el fin de la banca puede parecer demasiado simplista ante los problemas del sistema financiero actual. Ese tipo de idea probablemente surge de una definición poco precisa de lo que hace la banca. Algunos denominan actividades bancarias a todas las actividades que llevan a cabo los bancos; otros consideran que son una serie de servicios financieros como gestionar activos o suscribir valores. Nosotros adoptamos una perspectiva macroeconómica y definimos la banca como la institución dedicada a la creación de dinero a partir del crédito. Esto quizá resulte extraño a los que no estén familiarizados con este campo; pero tenga la seguridad de que vamos a explicarlo con gran detalle. Por el momento, es importante subrayar que ni las actividades bancarias se circunscriben a la institución que denominamos banco ni todas las actividades que realizan los bancos son actividades bancarias. Las actividades de la banca no son un modelo de negocio, sino una forma de organizar el sistema financiero.

 

 

DINERO, CRÉDITO Y PRECIOS

 

Todas las economías modernas poseen dos sistemas interdependientes: la economía real y el sistema financiero. La economía real consiste en todas las actividades y todos los recursos que se utilizan para la verdadera producción y distribución de bienes y servicios. El sistema financiero es un sistema virtual cuyo propósito se comprenderá cuando expliquemos sus dos componentes: el dinero y el crédito.

El dinero se utiliza para el pago instantáneo. Es un instrumento para el intercambio inmediato de bienes y servicios. Comerciar con dinero es superior al sistema primitivo del trueque, porque no necesita una doble coincidencia de necesidades: no hace falta encontrar a una persona que ofrezca exactamente lo que necesitamos y que necesite exactamente lo que ofrecemos. El dinero libera a la gente de la producción básica de subsistencia y le permite especializarse y producir bienes y servicios más complejos; como instrumento de cambio, el dinero permite una economía descentralizada, es decir, la coordinación descentralizada de las actividades en la economía real.[1]

El crédito se usa para el pago aplazado. Con el crédito, el pago de dinero y la transferencia de bienes y servicios se producen en distintos momentos. El crédito permite una asignación eficiente a lo largo de un periodo y es crucial para tener tiempo de poner en marcha una producción que necesita una gran inversión de capital. Por ejemplo, alguien que empieza como agricultor, puede aumentar la productividad con un tractor. Con un crédito, el agricultor puede comprar el tractor, aunque no tenga personalmente el dinero, antes de la primera cosecha. Una vez vendida la cosecha, puede pagar el préstamo. El crédito facilita la acumulación de capital y es esencial para la producción industrial; sienta las bases de una economía de capital intensivo.

El propósito del sistema financiero es sostener una economía descentralizada y de capital intensivo. Sin dinero y sin crédito —es decir, sin instrumentos de pago instantáneo y aplazado—, la gente se vería obligada a vivir de la producción de subsistencia y el trueque. Además, el uso del dinero y del crédito permite que se formen los precios.[2]

Los precios son la bisagra entre el sistema financiero y la economía real. Cuando la gente utiliza el dinero y el crédito para sus actividades económicas, se forman los precios. Al mismo tiempo, las actividades económicas de la gente en la economía real se rigen por los precios. Sin ellos, la coordinación en una economía descentralizada y de capital intensivo es difícil, si no imposible. Si el crédito y el dinero se pueden interpretar como un espejo, los precios son el reflejo de la economía real en ese espejo. Así como uno no puede juzgar verdaderamente su aspecto sin un espejo, la única forma de comprender una economía descentralizada y de capital intensivo es observar los precios.[3]

 

 

LA ORGANIZACIÓN DEL SISTEMA FINANCIERO

 

Que el sistema financiero cumpla o no, y en qué medida, su propósito de sostener una economía descentralizada y de capital intensivo depende de la organización de sus elementos. Si el dinero y el crédito están mal concebidos, los precios serán una mala directriz para la actividad económica, igual que el reflejo en un espejo de feria es una mala referencia para la realidad. Se hace más difícil la coordinación de las actividades descentralizadas, se despilfarra el capital y es posible que algunas personas reciban beneficios inmerecidos a expensas de otras. Hay que tener muy clara la importancia de que el sistema financiero esté bien organizado. La estructura del dinero y el crédito repercute en la estabilidad, en la productividad y en la justicia de la economía.

Como es un sistema virtual, el sistema financiero solo existe en la mente humana. Por ejemplo, la decisión de qué se acepta como dinero está marcada por la práctica común o por la ley. La organización del sistema financiero es el resultado de la reflexión humana y, siempre y en todas partes, una cuestión política.

El dinero es más fácil de organizar que el crédito. La gente no necesita más que ponerse de acuerdo en alguna cosa a la que se le asigna la función de dinero. La dimensión temporal tiene menos importancia que en el caso del crédito. Desde el punto de vista de una persona, una transacción monetaria se hace en breve tiempo. Y, en esa transacción, no es necesario que las dos partes confíen la una en la otra. Cuando la sociedad llega a un acuerdo sobre qué emplear como dinero, los vendedores de bienes pueden estar bastante seguros de que podrán utilizar ese dinero en otra transacción. Hasta las sociedades más rudimentarias logran establecer un sistema financiero basado en el dinero.[4]

Por el contrario, la organización del crédito es mucho más difícil. Los prestamistas tienen que confiar en los prestatarios durante años e incluso décadas. Las dificultades —y las ventajas— del crédito aumentan con el periodo de tiempo que abarca. Mientras que un mecánico puede reembolsar el dinero prestado para comprar herramientas al cabo de un par de meses, el fabricante de coches tarda años en devolver los créditos que le han permitido construir una fábrica moderna. Sin embargo, la fábrica es mucho más productiva, puesto que de ella salen varios coches más por cada trabajador que del taller mecánico. Pero ¿quién va a ser tan confiado o tan paciente como para prestar sus ahorros con la perspectiva de una devolución dentro de 10 años?

 

 

PRIMERA PARTE: LA BANCA EN LA ERA INDUSTRIAL

 

Las necesidades de las personas a las que hace falta un crédito y las de las que pueden proporcionarlo son distintas y esta disparidad entre prestatarios y prestamistas hace que el crédito resulte marginal. La introducción de la tecnología contable moderna —es decir, la contabilidad de partida doble— y el ascenso del Estado constitucional y el principio de legalidad sentaron las bases para realizar operaciones bancarias e hicieron que el crédito adquiriera más importancia. Las actividades de la banca ayudaron a compaginar las necesidades de los prestatarios y los prestamistas. Fue una gran innovación en la organización del sistema financiero que impulsó el crédito. La primera parte de este libro explica la necesidad de la banca en la era industrial.

Hemos definido las actividades de la banca como la creación de dinero a partir del crédito. Dicho proceso se entenderá con claridad cuando expliquemos la mecánica de las operaciones bancarias tradicionales. La actividad bancaria tradicional es la forma más sencilla de operación bancaria, consistente en prestar dinero y guardarlo a salvo. Por un lado, el banco concede créditos a los prestatarios; por otro, permite que los prestamistas hagan depósitos que son «tan buenos como si fueran dinero».

Las características de los depósitos o cuentas bancarias hacen que a los prestamistas les resulte atractivo participar en el sistema de créditos. A su vez, la existencia de crédito incrementa lo que permite la acumulación de capital. La banca facilitó la realización de proyectos industriales de capital intensivo que tardaron décadas en cubrir su inversión inicial.

La industrialización, caracterizada por una intensidad de capital cada vez mayor, fue posible gracias al sistema financiero moderno. Aunque el periodo de transición —la Revolución Industrial— estuvo acompañado de dificultades particulares, el aumento de productividad de la economía de capital intensivo palió la pobreza como nunca antes en la historia de la humanidad.

Recordemos que la economía está formada por dos sistemas interrelacionados: la economía real y el sistema financiero. La industrialización en la economía real fue visible para todo el mundo, con la aparición de fábricas que despedían humo por sus chimeneas en todas partes. Esa visibilidad de las inversiones de capital hizo que algunos llamaran al nuevo régimen económico capitalismo. Es decir, el término capitalismo hace referencia a la economía real; pero la economía real solo pudo convertirse en un régimen de capital intensivo y desarrollarse con tal rapidez gracias a las mejoras del sistema financiero.[5]

A pesar de sus contribuciones a la economía de capital intensivo, la banca tiene graves defectos. De vez en cuando, sufre una crisis. Son los llamados pánicos bancarios, que han acosado a la banca desde su nacimiento. Una y otra vez, esos pánicos se han avivado hasta convertirse en auténticas crisis bancarias que sacuden el sistema financiero hasta sus cimientos. Los pánicos bancarios coartan la capacidad del sistema financiero de coordinar las actividades económicas, causan enormes distorsiones en los precios y desembocan en grandes recesiones en la economía real.[6]

Dos pánicos especialmente severos, los de 1907 y 1929, empujaron al gobierno de Estados Unidos a abordar los problemas de la banca con la creación de un estricto marco regulador, mediante el cual las garantías del Estado impedían los pánicos y diversas normas bancarias, como los requisitos de capital, impedían que los bancos hicieran mal uso de esas garantías. El marco regulador fue fructífero en la era industrial, la sociedad pudo disfrutar de las ventajas de la banca y el marco normativo mantuvo controlados sus inconvenientes.

 

 

SEGUNDA PARTE: LA BANCA EN LA ERA DIGITAL

 

La segunda parte de este libro se ocupa de cómo se descontroló la banca en la era digital. La tecnología de la información entró en escena en la década de 1970 y marcó el comienzo de la revolución digital. Si, en la era industrial, el crédito debía quedar registrado sobre papel, a partir de ese momento las instituciones financieras pudieron dejar constancia electrónica. Con la llegada de los ordenadores y las redes de comunicación electrónica, el crédito se separó de las hojas de balance, lo cual repercutió enormemente en la eficacia de la regulación bancaria.

Aparecieron nuevas formas de actividad bancaria y los bancos se organizaron de tal manera que las normas no les afectasen. Las instituciones como los fondos mutuos de inversión del mercado monetario (money market mutual fund) (MMMF por sus siglas en inglés) empezaron a llevar a cabo operaciones bancarias mediante una compleja red de balances y lejos de la mirada de los reguladores. La banca que no está regulada o lo está muy poco suele recibir el nombre de banca en la sombra o banca paralela. En cuestión de decenios, la banca paralela superó en importancia a la banca tradicional.

Su ascenso demuestra que las actividades bancarias no son exclusivas de los bancos. Mientras que la definición legal de un banco resulta bastante clara, la actividad bancaria es mucho más difícil de encuadrar. Un buen ejemplo lo constituye el problema de los límites en la regulación financiera; la incapacidad de los reguladores para resolverlo acabó provocando otro pánico bancario: la crisis financiera de 2007-2008.

La crisis tuvo un gran alcance y necesitó una actuación decisiva. Los rescates puestos en marcha por los gobiernos a una escala sin precedentes fueron lo único que impidió el colapso total del sistema financiero. Sin embargo, las medidas emprendidas acarrearon un gran coste.

Desde la crisis financiera de 2007-2008, las instituciones demasiado grandes para quebrar tienen todos sus pasivos cubiertos por una garantía implícita de los Estados, mientras que los reguladores no pueden controlarlas con eficacia. En un mundo de rápidas innovaciones financieras, las instituciones pueden trasladar las actividades bancarias a cualquier lugar en el que la regulación no tenga vigencia. La tecnología de la información ha hecho que sea imposible resolver el problema de los límites. Los reguladores están inmersos en una carrera que no pueden sino perder.

En la era digital, la banca se ha descontrolado. Las garantías de los Estados son universales, pero la regulación bancaria ha perdido su eficacia. El sistema bancario se ha convertido en un proyecto público-privado disfuncional. Las instituciones bancarias obtienen inmensos beneficios a base de asumir riesgos excesivos cuando las cosas van bien y los Estados absorben las pérdidas cuando llegan los malos tiempos.

 

 

TERCERA PARTE: UN SISTEMA FINANCIERO PARA LA ERA DIGITAL

 

El ascenso de la tecnología de la información debilitó la estrategia reguladora con la que la sociedad había controlado la banca en la era industrial. Aunque ya se sabe que los avances tecnológicos sacuden las instituciones establecidas, lo normal es que también abran nuevas posibilidades. Es el proceso denominado de destrucción creativa.[7] La tecnología de la información no solo destruyó la funcionalidad del sistema bancario, sino que permitió una nueva organización del dinero y el crédito. En la tercera parte de este libro abordaremos los efectos creativos de la tecnología de la información.

Han aparecido nuevas tecnologías, como los préstamos entre particulares (peer-to-peer, P2P), los mercados virtuales y las monedas digitales, que abren nuevas posibilidades para satisfacer la demanda doméstica de liquidez y de préstamos seguros y, al mismo tiempo, para proporcionar a los prestatarios financiación a largo plazo para proyectos arriesgados. Al analizar todas las nuevas posibilidades resulta evidente que la banca ya no es necesaria. La tecnología de la información permite que el sistema financiero sostenga una economía descentralizada y de capital intensivo sin necesidad de recurrir a los bancos. Prescindir de ellos no pone en peligro la comodidad que supone para los particulares y las empresas no financieras administrar sus propios asuntos. En la era digital, la banca no solo se ha descontrolado, sino que ha perdido su razón de existir.

Sin embargo, aunque la banca ya no sea necesaria, seguirá dominando nuestro sistema financiero. Las nuevas posibilidades de administrar el dinero y el crédito no prevalecerán mientras sea posible una banca sin restricciones. Llevar a cabo actividades bancarias con todas las garantías del Estado, pero sin una regulación real, es demasiado rentable desde el punto de vista individual, a pesar del tremendo precio que se cobra de la sociedad. Por eso tenemos que acabar con la banca.

No somos los primeros en plantearlo. En la era industrial, los economistas recomendaron una banca más restringida y, recientemente, hubo otra propuesta de establecer una banca de fines limitados. Sin embargo, aunque el objetivo de ambas ideas es acabar con la banca, igual que el nuestro, no tienen en cuenta que, en la era digital, la banca es difícil de definir. El problema de los límites en la regulación financiera necesita un enfoque global; debemos abordar la banca desde el plano fundamental de la contabilidad. Para ello, proponemos una norma de solvencia sistémica que impida con eficacia y eficiencia la actividad bancaria. Nuestra propuesta encaja tanto con la banca como con la banca de fines limitados sin caer en el problema de los límites.

Para terminar con la banca es necesario redefinir el papel del sector público en la organización del dinero y del crédito. Por un lado, el sector público ya no tiene que respetar las garantías bancarias. Para organizar el crédito, podemos abandonar el asfixiante marco regulador impuesto por esas garantías y basarnos, en su lugar, en las fuerzas de la competencia. Por otra parte, hay que volver a reflexionar sobre la política monetaria, porque la labor de los bancos centrales, hoy, se basa en las actividades de la banca. Aquí tratamos dos nuevas herramientas de política monetaria especialmente apropiadas para sostener un sistema de precios funcional: la cuota de liquidez y la renta incondicional.

Al examinar el panorama general al final de la tercera parte, nos damos cuenta de que las funciones del dinero y del crédito —proporcionar un medio de pago instantáneo y uno aplazado— se encuentran estrechamente relacionadas en un sistema bancario. Además, vemos que las esferas pública y privada tampoco se hallan separadas. La mezcla de las dos funciones y responsabilidades distorsiona los precios y provoca asignaciones erróneas de recursos en la economía real.

El fin de la banca restablecerá un sistema financiero operativo. En un sistema financiero sin banca, las funciones del dinero y del crédito permanecen separadas y corresponden al ámbito público y al ámbito privado, respectivamente. De esa forma, el sistema financiero puede alimentar un sistema de precios funcional y sostener una economía descentralizada y de capital intensivo. La estabilidad, la productividad y la justicia de nuestra economía dejará de estar en peligro por una organización anticuada del sistema financiero.

 

 

EL ALCANCE DE ESTE LIBRO

 

Antes de continuar, conviene destacar dos observaciones sobre el alcance de este libro. En primer lugar, El fin de la banca habla de la historia de la economía, de los detalles institucionales y de los datos económicos de Estados Unidos. Hemos escogido este país porque es la economía dominante desde el siglo XX. Sin embargo, las conclusiones que extraemos son válidas para todas las economías modernas basadas en la banca.

En segundo lugar, no abarcamos la transición de un sistema bancario a un sistema financiero sin banca. Tampoco entramos a discutir los problemas internacionales, ni los efectos secundarios que surgen siempre que se habla de propuestas de reforma. Antes de pensar en cómo implantar un sistema financiero mejor, debemos definir adónde ir. Ese es el objetivo de este libro: demostrar que un sistema financiero sin banca es no solo deseable, sino posible.

 

 

 

PRIMERA PARTE


La banca en la era industrial

1. LA NECESIDAD DE LA BANCA

 

 

 

En la era industrial, la banca era una buena forma de organizar los elementos del sistema financiero: el dinero y el crédito. En particular, la banca era indispensable para el crédito. El término crédito se refiere a la confianza necesaria entre dos partes para poder tener relaciones comerciales a lo largo del tiempo. Una parte recibe bienes, servicios o dinero hoy y promete suministrar a la otra parte bienes, servicios o dinero en el futuro; es decir, el crédito es un pago aplazado.[8]

Existen diferentes formas de crédito. La más corriente es el préstamo. Este es la transferencia temporal de dinero. La persona que recibe el dinero y lo devuelve más tarde se llama prestatario. La persona que da el dinero y lo recupera más tarde se llama prestamista. El precio que paga el prestatario al prestamista por obtener el dinero es el interés. En el caso de un préstamo, el tipo de interés se calcula según un porcentaje del importe nocional [o nominal], que es la cantidad de dinero prestada inicialmente.[9] El prestatario devuelve el importe teórico hasta el vencimiento, la fecha acordada para el fin del préstamo. El tiempo total transcurrido entre la entrega del importe nocional y el vencimiento se llama plazo de vencimiento.

 

 

EL PROBLEMA DE LAS ASIMETRÍAS DE INFORMACIÓN

 

Las personas prestan dinero porque esperan recuperar todo el importe nocional y, posteriormente, cierta cantidad en concepto de interés. Confían en ganar más en el futuro si conceden un préstamo que si se guardan el dinero en el bolsillo. Y los prestatarios piensan de manera similar. Creen que les conviene más tener dinero hoy aunque deban pagarlo con intereses mañana.

Si dejamos de lado la dimensión temporal, un préstamo no es más que un intercambio mutuo de dinero. La dimensión temporal constituye la característica definitoria del crédito. Cuando hablamos de crédito, lo hacemos también de tiempo y de incertidumbre. Y eso plantea toda una serie de problemas.

Imagínese que quiere conceder un préstamo. Primero, tiene que encontrar a alguien que sea de fiar y que pueda devolver todo el importe nocional con intereses. Lo normal es no conocer mucho sobre el carácter y sobre la capacidad del prestatario. Nos encontramos ante el problema que los economistas denominan conocimiento oculto. Además, nunca se puede estar seguro de si los posibles prestatarios usarán el dinero de forma que les permita devolverlo más adelante. Nos hallamos ante el problema denominado acción oculta. En el momento del vencimiento, puede surgir otro problema más. El mundo puede haber cambiado a peor en ese tiempo y quizá el prestatario ya no es capaz de seguir haciendo los pagos. Sin embargo, también puede ser que el prestatario finja ser incapaz de pagar para quedarse con el dinero. Si cree usted que eso es lo que sucede, le conviene investigar la situación económica del prestatario. Una investigación así probablemente será cara, de ahí que los economistas utilicen el término informe de solvencia no gratuito en este contexto.

En realidad, todos estos problemas se deben a la asimetría de información. El término asimetría de información significa que el prestatario sabe más cosas que el prestamista. Cualquiera que haya prestado alguna vez dinero lo entiende de manera intuitiva. Y esa es, en el fondo, la base de todos los problemas de los créditos. Por ejemplo, es lo que permite que haya un riesgo moral. El riesgo moral surge cuando alguien puede disfrutar de las ventajas de un determinado rumbo de actuación y hacer que las consecuencias negativas las sufran otros. En el caso del crédito, el prestatario puede mentir para obtener un préstamo que le beneficie, pero que luego no va a poder devolver. Y el que sufrirá las consecuencias negativas de que no lo devuelva será el prestamista.[10]

La asimetría de información fomenta el riesgo crediticio, que es el peligro de pérdidas del prestamista si el prestatario no devuelve —o no devuelve por completo— el dinero prestado. Si una persona, cuando concede un préstamo, no quiere perder demasiado dinero, tiene que afrontar de una u otra manera el riesgo crediticio. Las medidas que suavizan ese riesgo suelen englobarse en el término control.[11]

¿Cómo pueden controlar los prestamistas a los prestatarios? En primer lugar, los prestamistas evalúan de forma exhaustiva la credibilidad de los posibles prestatarios y reúnen las informaciones pertinentes para valorar el riesgo que corren al prestarles dinero. En función del riesgo crediticio previsto, los prestamistas conceden un préstamo con unas condiciones apropiadas o se niegan por completo a concederlo. En segundo lugar, los prestamistas mantienen una estrecha relación con los prestatarios durante todo el periodo de vigencia del préstamo. Comprueban que los prestatarios se atienen a las normas del contrato de préstamo, las cláusulas.

Además, resulta frecuente que el prestamista exija al prestatario que presente algún activo cuando pide el préstamo. Es lo que se denomina aval y, en ese caso, el préstamo constituye un préstamo avalado. El aval puede adoptar diversas formas; por ejemplo, una hipoteca es un préstamo avalado en el que la propiedad sirve de aval. Al avalar los préstamos, el riesgo crediticio se reduce de forma considerable. Si el prestatario no cumple sus promesas contractuales, el prestamista puede reclamar el aval y venderlo para enjugar sus pérdidas.

Como vemos, para que un préstamo salga bien, es necesario esforzarse en construir una relación de confianza. A los prestamistas les conviene ocuparse activamente de su relación con los prestatarios; como dice un proverbio ruso, confía, pero comprueba. El control sobre los prestatarios puede resolver los problemas derivados de la asimetría de información.

Si bien los bancos siguen a sus prestatarios, esa actividad no es la que define al banco. Hay muchas otras instituciones financieras que también controlan, como las agencias de calificación y los fondos de capital riesgo. Los bancos tienen otra característica exclusiva: sirven de intermediarios entre las necesidades dispares del prestamista y del prestatario.

 

 

COMPAGINAR LAS NECESIDADES DE LOS PRESTATARIOS Y DE LOS PRESTAMISTAS

 

El control proporciona la base del crédito. Sin embargo, por sí solo, no basta. Para que el crédito sea fructífero, es necesario compaginar las necesidades de los prestamistas y de los prestatarios.

Lo aclararemos con un ejemplo. Imagine que Sarah quiere poner en marcha una empresa de tueste de café. Para ello necesita comprar un equipamiento caro, empezando por la máquina de tostar café. Normalmente, los ahorros de una sola persona no bastan para pagar una máquina así. Además, la inversión tarda mucho tiempo en ser rentable. Sarah tendrá que pasar bastante tiempo vendiendo su café recién tostado para ganar suficiente dinero y recuperar su inversión inicial.

Este ejemplo ilustra dos necesidades típicas de los prestatarios. En primer lugar, necesitan un préstamo importante —es decir, un préstamo por un importe nocional elevado—, porque las herramientas y la maquinaria son caras. En segundo lugar, prefieren plazos prolongados de vencimiento, porque necesitan tiempo para ganar el dinero que les permita devolver el préstamo.

Las necesidades de los prestatarios no coinciden con las de los prestamistas. Los prestamistas habituales —por ejemplo, una persona normal y corriente— no suelen poder prestar más que pequeñas cantidades de dinero. Y son reacios a correr aventuras y a asumir un riesgo crediticio. Para repartir ese riesgo, prefieren no prestar más que una parte de lo que tienen ahorrado a un solo prestatario. Además, prefieren tener posibilidad de acceder rápidamente a esos ahorros, porque su vida está llena de incertidumbres. A lo mejor, la persona que ha prestado el dinero se queda sin trabajo o le ofrecen un trabajo estupendo en otra ciudad. En ambos casos, necesita acceso inmediato al dinero que ha prestado para cubrir los gastos que derivan de esos acontecimientos inesperados.

En resumen, los prestatarios, a la hora de emprender inversiones arriesgadas, suelen preferir préstamos con un gran importe nocional y un vencimiento a largo plazo. Los prestamistas, en cambio, quieren préstamos con un pequeño importe nocional y un vencimiento a corto plazo para arriesgarse lo menos posible. Compaginar las distintas necesidades de prestamistas y prestatarios es la esencia de la banca. Antes de explicar, en el próximo capítulo, la mecánica de las actividades bancarias, conviene que veamos cuál es la tercera función de la banca.

 

 

FACILITAR LAS TRANSACCIONES MEDIANTE SERVICIOS DE PAGO

 

Dada la importancia de los bancos para resolver las asimetrías de información y compaginar las necesidades de los prestatarios y de los prestamistas, se podría pensar que la banca[12] nació con las primeras personas que prestaron dinero. Sin embargo, la banca surgió, en realidad, con los primeros servicios para facilitar los pagos. Los predecesores de los bancos eran custodios que guardaban el oro y las monedas de sus clientes y ofrecían a cambio servicios de pago.

Los custodios pueden facilitar los pagos de sus clientes y, así, hacerles mucho más cómoda la vida. Podemos aclararlo con un sencillo ejemplo. Supongamos que Sittah, una comerciante, compra una carabela a Nathan, el dueño de un astillero. Ambos tienen unas cuantas monedas de oro, que han puesto al cuidado de un custodio llamado Bonafides. De modo que Sittah y Nathan pueden indicar a Bonafides que pase unas monedas de la cuenta de Sittah a la de Nathan. No hacen falta más que dos modificaciones en los libros contables de Bonafides. Primero, se anota en el debe de la cuenta de Sittah la cantidad de oro necesaria para comprar la carabela. Segundo, se registra en el haber de la cuenta de Nathan esa misma cantidad. Este procedimiento hace que la transacción resulte mucho más fácil. Si no, Sittah habría tenido que sacar sus monedas de oro de la caja fuerte de Bonafides y entregárselas a Nathan, que habría tenido que volvérselas a dar a Bonafides para su custodia.

Los servicios de pago son muy útiles y constituyen una de las cosas que ofrecen hoy los bancos con un sistema de cambio contable.[13] El empresario paga el sueldo del empleado mediante un cheque o una transferencia bancaria. Si no existieran esos servicios de pago, habría que hacer todas las transacciones en efectivo. Podemos imaginar lo pesado que sería esto, especialmente al comprar algo a alguien que vive muy lejos.

El ejemplo mencionado demuestra que un custodio puede ofrecer servicios de pago, pero no es tan obvio por qué pueden los bancos. El contrato de custodia es muy diferente del contrato de depósito de los bancos. Un banco no es un custodio; de hecho, los bancos suelen utilizar y prestar el dinero que se les confía. El depositante o impositor presta dinero al banco, de modo que se convierte en prestamista, y el banco, en prestatario. El banco puede utilizar el dinero depositado para cualquier fin que considere apropiado, como conceder préstamos a empresas.

Es evidente que, para el impositor, este acuerdo parece menos seguro que la situación en la que el banquero se limita a guardar las monedas en la caja fuerte. ¿Por qué vamos a preferir un contrato de depósito a un contrato de custodia? Los depósitos tienen una gran ventaja: en lugar de pagar por tener el dinero a salvo, el dueño del dinero suele cobrar un interés por el dinero guardado. Por eso los contratos de depósito son tan atractivos y por eso los custodios terminaron por convertirse en bancos.

Aunque los bancos no guardan el dinero de los impositores, sino que lo prestan, sí ofrecen servicios de pago como los de los custodios puros. Da la impresión de que los impositores tienen todas las ventajas. Por un lado, prestan dinero y obtienen un interés a cambio; por otro, tienen rápido ...