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FUEGO, HIERRO Y SANGRE

Theodore Brun  

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Fragmento

Prólogo

Prólogo

La carcajada ascendió por su garganta, alegre y salvaje.

A su alrededor, el rocío del atardecer se pulverizaba en gotas de plata mientras sus piernas agitaban los helechos.

Miró hacia atrás.

A lo lejos languidecía el más veloz de sus compañeros. Los había dejado a todos atrás, exhaustos. Ahora no eran más que pequeñas sombras corriendo entre los árboles.

Continuó hacia delante, con los muslos ardiendo por el esfuerzo. Se sentía vivo. A su lado corría su adorado perro de caza. El animal tenía solo un ojo; quizá la mitad de la vision de otros perros, pero el doble de corazón.

Hasta el momento la caza había sido escasa: un par de zorros y un ciervo era todo lo que tenían después de una larga jornada. Pero esto iba a convertirlo en un día que merecería ser recordado.

Por delante de él, la bestia huía a través de la maleza. Un venado magnífico, coronado con enormes astas de una docena de puntas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El rey del bosque.

«Y un premio digno del hijo de un rey», pensó el joven, sin aliento. Los dioses sabían que hacía tiempo que no se celebraba un festín en la mesa de su padre. ¡Si consiguiera una buena línea de tiro! Lo único que necesitaba era una oportunidad.

De repente, ahí la tenía.

Se paró. Su perro se detuvo a su lado.

El viento había cesado, el aire estaba ahora quieto como si todo hubiera muerto. El venado, a menos de cincuenta pasos de distancia, resollaba contra el suelo presa del pánico. El príncipe se sorbió la nariz con satisfacción. Había supuesto que conseguiría su oportunidad. Con aquella cornamenta, el animal no iba a llegar muy lejos.

El único ojo del perro lo miraba fijamente, con lealtad, paciente como siempre. El príncipe le hizo un guiño como gesto de buena suerte.

Con sigilo, preparó una flecha y se deslizó un poco a la derecha para tener un mejor ángulo de disparo. El perro le imitó, cauto como un fantasma. Delante, el venado había encontrado unos arándanos y los estaba mordisqueando. La luz estaba menguando. Aquel sería su último disparo del día. El último, y el mejor.

Calmó el ritmo de su corazón, estiró la cuerda del arco, inhaló y contuvo la respiración.

«Solo... uno... más...»

De pronto, la cabeza del animal se alzó. Durante un efímero instante, sus ojos atravesaron la penumbra. La punta de la flecha del príncipe osciló arriba y abajo. Y por un segundo se le heló la sangre.

El venado tenía ojos de hombre.

Sin duda había sido una ilusión. Pero antes de que pudiera mirar de nuevo, la bestia arremetió hacia él.

Dio un paso atrás. Solo un paso, pero lo bastante para perder la concentración. Podía disparar a un objetivo móvil, pero los venados deberían huir de sus perseguidores, no correr hacia ellos.

El perro gruñó mientras la mente de su amo flirteaba con la empuñadura de la espada. Pero no había tiempo. El venado avanzaba recto hacia él, y sus músculos se ondulaban bajo su piel.

Volvió a alzar la punta de la flecha, fijó su objetivo, percibió el poder de su arco. Un disparo.

De repente, el venado hizo un viraje brusco y cruzó su campo de visión. El príncipe echó un vistazo a su flanco, giró su arma concediéndole al animal algo de ventaja.

Y soltó la cuerda.

La flecha voló como un cometa. Pero en el último instante el venado giró a la izquierda. La punta rozó sus cuartos traseros, pero no se clavó y la flecha siguió su vuelo hasta perderse en la oscuridad. El animal lanzó un bramido de protesta y cargó. El arco parecía ahora terriblemente vacío. El joven retrocedió, con el pánico creciendo en su interior, pero trastabilló y se precipitó al suelo.

Un golpe sordo de hueso contra madera. Su cabeza explotó de dolor mientras se desplomaba contra el tronco, solo para ver que el animal agachaba su matojo de cuernos. Apenas tuvo tiempo de gemir antes de que la cornamenta le golpease. Gritó, con el dolor extendiéndose por todo su torso como una marea ardiente. Percibió el sabor de la sangre. El perro estaba ladrando.

«Haz algo», suplicó en su mente. Pero, por una vez, su fiel amigo le falló. El joven yacía estupefacto. Sangrando.

Muriendo.

El venado retrocedió con lentitud, como si considerase la posibilidad de arremeter de nuevo. Pero, por el momento, se mantuvo apartado. En lugar de atacar, estiró el cuello para contemplarlo de cerca, lanzando su cálido aliento contra la cara del príncipe.

Gruñó. Sentía su cuerpo en llamas. Y entonces vio otra vez aquellos ojos. El mismo terror de antes se apoderó de él, y mientras observaba a través de una neblina causada por el dolor, le pareció que el animal se transformaba. Su poderoso lomo se contrajo, las patas adquirieron volumen y longitud. El pelaje se marchitó, volviéndose firme y suave. El hocico se desvaneció. Solo los ojos permanecieron igual.

Sin hacer el menor ruido, la criatura se echó hacia atrás. El perro dejó escapar un gañido y se escabulló en la penumbra. El corazón del príncipe latía agitado. No podía creer lo que le mostraban sus ojos. Y, sin embargo, tenía que hacerlo. No había posibilidad de error.

El venado se había transformado en un hombre.

La figura estaba frente a él, su cuerpo desnudo manchado de suciedad, con un reguero de sangre cayendo de su hombro. En su mano aferraba un trozo de la cornamenta, cuyas puntas estaban ensangrentadas.

El príncipe sintió que sus entrañas se licuaban. Aquello no era real. No podía serlo. Era el material de las viejas canciones.

«El material de las pesadillas.»

La figura se estremeció por un escalofrío y, entonces, lentamente, se inclinó hacia delante. El príncipe se puso rígido de horror al reconocerlo:

—¡Tú!

El destello de una sonrisa recorrió los labios blancos y fríos. Luego una mano se cerró en torno a su garganta. Tosió, y sintió que la sangre salpicaba sus labios. Aquello no era como se suponía que había de ser. Él era el hijo de un rey, heredero del reino. Pero el cambiaformas se limitó a gruñir y le clavó el cuerno en el estómago, hundiéndolo hasta el fondo.

Sintió que el hueso giraba. Percibió el hedor de sus propias entrañas. Trató de apartar al hombre, pero sus brazos no le respondieron.

Oyó voces, pisadas sobre la maleza. Intentó gritar, pero lo único que brotó de su garganta fue un quejido deformado.

—Silencio. —La voz sonó fría como el invierno. Una mano le tapó la boca. Su corazón golpeaba contra sus costillas como una mula. Los sonidos se hicieron más débiles. Sus párpados se cerraron.

Y entonces ya no oyó nada más.

Primera parte. Hijo elegido

PRIMERA PARTE

HIJO ELEGIDO

Capítulo 1

1

Cuatro meses antes, en la lejana tierra de los jutos, la alquería de Vendlagard era un torbellino de excitación. Eran los últimos y ajetreados días anteriores a la Fiesta de los Juramentos.

Los gansos aleteaban y las gallinas chillaban perseguidos por todo el corral por esclavos de barbillas peludas. Las mujeres, con los brazos sumergidos hasta las axilas en cubos rebosantes de espuma, limpiaban sus mejores galas: hermosos vestidos de lana cosida a mano, cintas de seda para el pelo o costosos chales con los que adornarse para las fiestas. Las espadas, pulidas como si fueran espejos por los criados de los guerreros, proyectaban destellos de luz que bailaban por todas partes. Todos querían lucir su mejor aspecto.

A los chicos y chicas se les encargó recoger flores y hiedra de los bosques, y brezo que crecía salvaje en el páramo que había al oeste. Los más pequeños chillaban de felicidad por el corral, esparciendo hojas a su paso.

No pasó mucho antes de que el salón de Vendlagard fuese un estallido de color, con sus columnas oscuras engalanadas con flores rojas y azules, blancas y amarillas, pero los rostros grabados en el hastial mantenían su aspecto de enfado, pese a los colores que jugaban cerca de sus orejas.

Llevaban esperando aquel día desde hacía mucho. En diecinueve años de servicio, Tolla había visto a muchos jóvenes frente a su señor realizando sus juramentos delante de sus familiares. Tan solo unos muchachos, todos ellos. Algunos aún vivían, muchos otros habían caído. Así eran las cosas. El Dios Supremo hacía su elección, y no había nada que nadie pudiera hacer al respecto.

Pero esa noche era especial. Esa noche era el turno de Hakan de realizar sus juramentos y comprometer su sangre y su hierro a su señor padre. Tolla sintió una punzada de orgullo. Después de todo, ¿acaso no amaba ella a Hakan como si fuera suyo? Quizás incluso más que eso.

Y ahora todos los miembros de la familia Vendling vendrían, y también muchos miembros de otras familias de jutos, para verle convertido en un hombre. La noticia había llegado a todos los rincones de Jutlandia. El hogar de lord Haldan rebosaría de felicidad. No quedaría un asiento libre.

«Y ya ha pasado el mediodía.»

La idea le hizo sentirse de repente enferma. Faltaba muy poco para que llegasen los primeros invitados y todavía quedaba mucho por hacer.

¿Dónde estaba Inga? La joven prima de Hakan era voluble como una golondrina. Siempre la tenías encima cuando querías perderla de vista, y nunca podías encontrarla cuando había alguna tarea que hacer.

—¡Einna! —gritó a la escuálida doncella que transportaba a toda prisa un cubo de leche por el patio—. ¿Has visto a esa condenada de Inga?

—También a mí me gustaría ponerle las manos encima —repuso la chica, con las mejillas coloradas—. Me prometió que haría la mitad de mis tareas y no le he visto el pelo en toda la mañana.

El maestro de lanzas de lord Haldan pasó a su lado dando grandes zancadas.

—No habrás visto tú a Inga, ¿verdad, Garik?

—Mira en los establos. Apostaría mi mano a que se ha ido con Sorvind. Y que Hakan está con ella.

La mayoría de las veces aquella era una apuesta casi segura, pero Tolla acababa de pasar por los establos y el adorado semental de Inga estaba amarrado allí.

—Esa se cree que es demasiado importante para rebajarse a hacer el trabajo duro —dijo Einna, dejando el cubo de leche y apartándose el alborotado pelo de la cara.

—Solo necesita que la domestique el tipo adecuado. —Sonrió Garik, pasándose la lengua por un diente mellado—. Sea cual sea vuestra sangre, siempre ocurre igual con todas vosotras.

—Sigue tu camino, bruto lascivo —le espetó Tolla, dedicándole un gesto para que se largase—. Y ten cuidado con hablar así de un miembro de la familia de lord Haldan. Especialmente hoy.

Garik le guiñó un ojo.

—Todas tienen que aprenderlo tarde o temprano, querida —dijo con una carcajada, y se alejó con pasos airados.

«Tal vez —pensó Tolla—. Pero no Inga. Aún no.»

¿Dónde demonios se había metido esa chica?

—Van a descubrirlo —se rio Inga, haciendo aún fingidos esfuerzos para repeler las insistentes manos de Hakan.

—¡Nunca! —Se rio también Hakan—. Ni siquiera encontrarían una aguja aunque se les clavase en el ojo. —La empujó contra el árbol. El aroma dulce y pegajoso del pino se mezclaba con el aire salado del mar. Esta vez ella cedió, y levantó la mirada hacia él. Hakan meneó la cabeza, maravillado ante aquellos ojos de cervatillo. En ellos veía tanto a una chica como a una diosa. Todo lo que siempre había querido.

—Necesitas una correa. —Sonrió ella, mordiéndose el labio—. Y Tolla, ella siempre lo vigila todo. Debemos tener cuidado.

—¡Bah! ¡Que el infierno se lleve a los cuidadosos! Ven aquí. —Hakan la rodeó con un brazo y tiró de ella para atraerla. En su pelo notó el olor del mar. Sus labios se encontraron y se abrieron. El sabor de Inga era salado. Su lengua toqueteó los dientes de él, un juego que habían descubierto juntos ese mismo verano.

Habían descubierto muchos juegos.

—Los mejores besos son los de después de un baño —murmuró ella.

—Sí, y más que solo besos —gruñó Hakan, mientras tiraba ansioso de su pantalón.

—¡Aquí no! Ahora no. Podría venir alguien. —Inga lanzó una mirada inquieta por encima del hombro de Hakan hacia la casa.

—La otra noche no pareció importarte.

—Eso era diferente. —Sonrió al recordarlo—. Además, me están esperando. Probablemente Tolla ya estará deseando darme unos azotes.

—Solo un poco más —murmuró Hakan, con el rostro hundido en los rizos de ella.

—No puedo —insistió Inga, apartándolo de un empujón—. Hay mucho que hacer.

—Mierda de caballo.

—Bueno, no deberías quejarte, primo. Es todo por ti, ¿o no? —Se zafó y empezó a pavonearse de un lado a otro—. Esta noche debes convertirte en un hombre, Hakan —bramó, emulando la voz del padre de Hakan.

—Ya soy un hombre —repuso Hakan, molesto por la broma. ¿Acaso no lo había convertido ella en uno?

¿Solo hacía dos meses? Aquella mañana habían salido hacia el Skaw, la punta más septentrional de Jutlandia; parecía que hubiera transcurrido una vida entera desde ese día. Entonces eran dos personas diferentes, cabalgando hacia el norte. Hacia el lugar donde los mares chocan. Ese día eran primos, los compañeros más próximos durante la infancia. La de Inga era la primera cara que él podía recordar, la última que jamás olvidaría. Pero ese día, bajo la sombra de la hierba agitada por el viento, Hakan había probado su sabor por primera vez. Había sido capaz de mostrarle el amor que siempre había sentido por ella.

Cuando regresaron a Vendlagard, al antiguo hogar de sus padres, como habían hecho tantas otras veces antes, ambos lo sabían: el mundo ya nunca sería el mismo.

—No te enfades —dijo Inga, acariciándole la mejilla con la yema de los dedos—. Vamos. —Le cogió de la mano—. ¿Estás nervioso? —preguntó, mientras le introducía la túnica por encima de la cabellera húmeda.

—¿Nervioso?

—Por lo de esta noche —explicó, mientras peleaba con los broches que mantenían su ropa en posición.

—Puede. Un poco —dijo él, encogiéndose de hombros—. Todo el mundo me estará mirando. Pero no tiene sentido, ¿no te parece?

—¿Por qué?

—No hace falta una ceremonia para que jure lealtad a mi propio padre. O para que le sirva. No es como si tuviera otra opción.

—Puede. Pero un juramento marca la diferencia. Tu vida se enlaza con la suya de un modo más profundo. En la vida y en la muerte.

—¡Por los dioses, hablas como Garik!

—Bueno —se rio ella—, ¿es que no es cierto? —Entonces su rostro se nubló—. Ahora tendrás que luchar.

—Lucharía de todos modos —dijo Hakan, sonrojándose ante la mención de que nunca había formado parte del grupo que portaba los escudos.

—Sí, pero ahora estarás obligado por tu juramento. —Hakan percibió un destello de tristeza en los ojos color de avellana de Inga.

—Inga —le dijo, apretándole la mano—: sabes que nunca te dejaría sola.

Ella se obligó a esbozar una sonrisa valiente:

—Eso ha de decidirlo el Dios de la Lanza.

—Escucha, mi destino está unido tan fuertemente al tuyo como cualquier juramento puede unirme a mi padre.

—¿Lo prometes?

—¿No lo he hecho ya mil veces?

Inga fingió un puchero.

—Hazlo una vez más.

—Lo prometo.

Inga sonrió, y Hakan sintió que le faltaba el aire. La belleza de la muchacha era fresca como la primera mañana del mundo. De repente, ella lo atrajo hacia sí y lo besó.

—Vamos, te hago una carrera de vuelta.

—Perra. —Sonrió Hakan—. Sabes que ganarás.

—Siempre —repuso Inga con una mueca, y echó a correr por la ladera sin dejar de reír.

Salió tras ella, con una punzada de dolor cruzándole la pierna a cada zancada.

Cuando llegaron, casi sin aliento, el aire era rico en aromas que manaban de la cocina (cerdos girando en asadores, calderas rebosantes de burbujeantes sopas de pescado, salsas de ajo y pan recién horneado). Y, por supuesto, el olor a malta de la cerveza.

Cuando vieron a Tolla, esta estaba hablando con una mujer a la que ninguno pudo reconocer. Desde lejos, no daba la impresión de que su conversación fuese amistosa.

—Te lo he dicho ya —espetó la criada, y sus rasgos siempre cálidos parecían ahora decididamente fríos—. No queremos a los de tu clase aquí.

—Pero para una ocasión como esta —insistió la desconocida—, y para una familia tan noble. El señor de Vendlagard estará encantado de que le adivinen el futuro. Esta noche más que ninguna otra noche.

—No pretendas conocer la mente de lord Haldan. ¡No quiere que le molesten los de tu clase!

La extraña tenía ojos punzantes y veloces. No podría haber visto más de treinta veranos, pese a que su piel era dura y morena por el sol.

—Que sea él quien me diga que me vaya y nadie más —repuso—. Así que será mejor que vayas a buscarlo.

Se apoyaba en un báculo, con aires de ser la dueña del lugar. Tolla tenía una tarea complicada entre manos.

Inga le dio a Tolla en el hombro.

—¿Me has echado de menos?

La mujer se giró hacia ella:

—¡Incordio de niña! Ya te diré yo si te he echado de menos. ¿Dónde has estado?

—Una chica necesita bañarse —respondió Inga.

—¿Ah, sí? Y mientras estás zambulléndote por ahí, los demás hacemos tus tareas, ¿no es eso?

—Lo siento. —Inga se esforzaba por parecer arrepentida, lo cual no era una de sus mejores habilidades.

La expresión tensa de la cara de Tolla mostraba a una mujer no dispuesta a pasar por alto la falta. Al percatarse de que su prima iba a recibir una reprimenda, Hakan decidió intervenir.

—¿Quién es? —preguntó, con un gesto de la cabeza hacia la desconocida.

—¡Una spakona! —Tolla escupió la palabra como si fuera una maldición. Hakan no entendía por qué Tolla se sentía tan irritada por una adivina. Había muchas de ellas por aquellas tierras.

—Mi nombre es Heitha —dijo la mujer, imperturbable a pesar de la hostilidad de Tolla—. Soy una vala.

—¿Vala? ¿Spakona? —exclamó Tolla—. Son lo mismo. Las sanguijuelas son sanguijuelas, me parece a mí.

—Oh, Tolla —dijo Inga—. No seas tan quejica. ¡Esto es perfecto! No podrías haber venido en mejor día.

—Eso he oído, hermana —asintió la vala—. Las gentes de Hildagard me hablaron de una fiesta aquí esta misma noche.

—¿Hildagard? ¡Vaya, has hecho un largo camino!

—No para estas viejas piernas. —Sonrió Heitha—. Me han llevado a muchos sitios durante estos años, y todavía me llevarán a muchos otros.

—¿Hiciste alguna predicción para las gentes de Hildagard?

—Desde luego que sí. Y fue una positiva. Un bebé en primavera, y una buena cosecha antes de que las hojas caigan. Y también algunas otras cosas sin importancia. Lo que vi les llenó de satisfacción.

—Y apuesto a que hay oro en tu bolsillo para probarlo —dijo Tolla.

—Así es, hermana. Debo decir que el señor de Hildagard me pareció un anfitrión muy generoso.

—Mi tío no te parecerá menos —prometió Inga.

—¡Calla, niña tonta! —le espetó Tolla—. Aquí no necesitamos adivinaciones.

—¿Qué mal puede hacer? —preguntó Hakan, divertido.

—Esta gente saca provecho de las maldiciones —dijo Tolla—. Roban la bolsa de un hombre y le ponen de camino al infierno.

—¡Tolla! —protestó Inga—. Es nuestra invitada.

—No lo es, todavía no.

—Parece que tienes una visión borrosa de los talentos de una vala. —Sonrió Heitha.

—¿Talentos? ¿Es así como lo llamas? Lidias con la oscuridad. Lo he visto. Tu tacto es la muerte.

—Vamos, hermana. Eso son mentiras. —Y, por primera vez, las mejillas de Heitha se ruborizaron un poco—. Una vala ve lo que será, eso es todo. No lidio con nada. Las nornas han tejido todos nuestros destinos. Yo solo digo hacia dónde puede ir el hilo que nos lleva.

La madre de Hakan había dicho lo mismo. A menudo cantaba canciones sobre las tres nornas, tres hermanas que moraban en las sombras entre las raíces del Árbol de los Mundos, girando y tejiendo el destino de los hombres. Cada hilo era tan irrompible como el hierro. Tan inalterable como el granito.

Tolla soltó un gruñido de indignación.

—Así es como debería ser. Pero no hay nadie que ame más el oro que una vala. Ni nadie que maldiga tanto para obtenerlo.

Heitha observaba a Tolla. En un principio su mirada parecía de curiosidad, pero luego se volvió más y más dura, como si la penetrase y viera su interior. Y, entonces, de manera inesperada, soltó una frágil carcajada:

—¡Ahora empiezo a entenderlo! Veo lo que está sembrado en tu cara. —Tolla cambió de posición, incómoda. La vala se rio a carcajada limpia—: ¡Cuánto del pasado está en las máscaras que nos ponemos!

—No te preocupes por mi pasado. —Durante un efímero instante, pareció que una sombra había cruzado el alma de Tolla.

—No es que a mí me importe. Pero quizás a otros...

—¿Me estás amenazando?

—¡Oh, Tolla! —intervino Inga—. Ya es suficiente. ¡Eres tan seria! Deja que se quede. Puede ser interesante. —Aplaudió—. Tal vez Heitha nos haya traído una gran bendición. —Miró a su alrededor para enfrentar a Hakan—: Primo, hoy es tu día. ¿Qué dices tú? ¿No sería divertido que nos leyeran el futuro?

Hakan no estaba seguro. Podría resultar divertido saber el curso que su vida debía tomar. Pero poseer ese conocimiento... para quedar atado por él. ¿Acaso quería él eso?

Antes de que pudiera responder, una voz familiar pronunció su nombre.

Todos se giraron para ver a su padre cruzando el patio hacia ellos.

Haldan Haldorsen, señor de Vendlagard, cabeza del linaje de Vendling y gobernante de los jutos del norte. Era más alto que su hijo y ancho de hombros como un oso, pero el resto de su cuerpo era delgado y duro como un cuchillo. La gente con frecuencia decía que Hakan era su padre nacido otra vez. Ciertamente compartían el mismo pelo negro desaliñado, la misma nariz afilada, la misma postura. Pero el rostro de Hakan todavía era joven, mientras que la barba de su padre era espesa como la brea, y veinte años de acero y batallas dejaban su marca en cualquier cara.

—Deberías estar preparándote, para que tengas tiempo de visitar a tu madre antes de que la fiesta dé comienzo.

—¿Hasta allí arriba? —La madre de Hakan ya no era más que huesos, convirtiéndose en polvo en un túmulo en la colina donde su padre la había enterrado ocho años antes.

—Limítate a hacerlo. Es lo que ella habría querido.

—Si tú lo dices. —A su padre parecía importarle mucho más lo que su madre quería ahora que estaba muerta.

—¿Quién es ella? —inquirió Haldan, con un gesto hacia Heitha.

Inga empezó a tirar excitada de su mano.

—Tío, tienes que ayudarnos. Esta es Heitha. Es una vala, y nos ofrece sus adivinaciones esta noche. Por favor, di que puede quedarse.

Haldan examinó a Heitha de arriba abajo.

—Lo único que quiere es vuestro oro, mi señor —dijo Tolla—. ¿Alguna vez habéis conocido a una vala que no fuera tan avariciosa como un enano cuando se trata de oro?

—Una mujer tiene que vivir, mi señor —repuso Heitha, y le dirigió una sonrisa a Haldan.

El señor Vendling la contempló:

—Una buena vala cuenta fielmente lo que ve. Una malvada, lo que piensa que alegrará a quien sea que le pague. ¿De qué tipo eres tú?

Heitha abrió las manos para mostrar las palmas.

—No puedo hablar por mí misma.

—¿No sientes curiosidad, tío? —preguntó Inga, excitada.

—He conocido a muchos que se han arrepentido de saber demasiado sobre el porvenir —respondió Haldan.

Hakan se encogió de hombros.

—Supongo que es bueno saber qué de bueno o de malo nos depara el destino.

Los labios de su padre esbozaron una sonrisa irónica:

—Entonces ¿quieres saberlo todo, hijo mío?

—La palabra de una vala ata, mi señor —suplicó Tolla—. No trae nada bueno.

Hakan se dio cuenta de que la vala le miraba con intensidad, y después hacía lo mismo con Inga, sin que al parecer le preocupase el resultado de la conversación. Había algo desconcertante en aquellos ojos clarividentes.

—¡Entonces puede bendecir además de predecir! —gritó Inga—. Es simple. Dale oro para que cuente la verdad sobre lo que ve, y oro para que nos bendiga a cada uno de nosotros.

La vala sonrió.

—Hay mucho amor en esta joven. Algún día hará muy afortunado a un hombre. —Se giró a Hakan y, durante un instante cargado de inquietud, sus ojos punzantes parecieron conocer todos sus secretos—. Sí, y también le causará problemas.

—Puedes quedarte —dijo Haldan.

—Pero, mi señor... —empezó a decir Tolla.

—He dicho que se queda. —Inga cerró sus manos en gesto de triunfo. Tolla se enfadó, pero contuvo su lengua—. Tendrás tu oro —dijo Haldan a Heitha—. Solo asegúrate de que dices la verdad. Ahora cada uno a lo suyo. Los primeros invitados llegarán en poco tiempo. —Hakan iba a marcharse cuando su padre le indicó que se acercase—: ¿Estás preparado? —Cogió a su hijo por los hombros, clavándole los pulgares. Hakan asintió—. ¿Sabes los juramentos que harás?

—Sí, padre. —Hakan había sabido cada palabra del ritual desde hacía cinco veranos. O más. Todos los chicos lo sabían. Todos los chicos soñaban con el día en que tendrían que pronunciarlas, en fuego, en hierro, en sangre.

—El momento se acerca, Hakan. —Una sonrisa asomó en los labios de su padre—. Mi Hijo Elegido.

Capítulo 2

2

El sonido del tambor era insistente. Le convocaba.

El sol había caído ya hacía algún tiempo. Pero por encima de su cabeza la noche tenía vetas de luz de verano. Hakan permanecía en las sombras, a poca distancia del hogar de los Vendling, cuyas puertas estaban abiertas de par en par, dándole la bienvenida. La luz se desparramaba hasta el patio y bañaba los rostros de los invitados que iban llegando con el resplandor de las chimeneas que ardían en el interior.

Llevaba un rato observando cómo llegaban. Familiares cercanos y lejanos; aquellos que habían jurado fidelidad a su padre con sus esposas e hijos; criados caseros con doncellas hermosas.

Los hombres se pavoneaban como ciervos, aunque la mayoría de ellos eran rufianes y borrachines. Pero esta noche presentaban sus mejores dagas, túnicas elegantes, mallas que centelleaban bajo mantos recién teñidos. Sus mujeres se deslizaban a su lado, cogidas de sus brazos, con las melenas cepilladas hasta brillar, sujetas con trenzas de todos los estilos, anudadas con cintas y flores. El aire se llenaba de sus comentarios y sus risas.

Hakan contemplaba la escena, mientras intentaba no pensar en el vacío que sentía en su estómago, o en que muy pronto los ojos de todo el mundo se posarían sobre él.

Oyó pisadas apresuradas hacia el cada vez más delgado torrente de gente. Era su amigo Leif, tarde como siempre, que se ajustaba todavía la hebilla de su cinturón.

Hakan silbó. Leif se detuvo y escrutó las sombras.

—¡Ah, eres tú! —gritó—. El hombre del momento. —Se hurgó la oreja de soplillo que tenía y sonrió—. ¿No llego tarde?

—Todavía no. ¿Algún consejo?

—Mantente erguido. No grites. —Leif se encogió de hombros—. Y si bebes demasiado, trata de no hacerte pis encima. Nunca queda bien delante de las chicas.

—Sabias palabras.

Su amigo soltó un bufido:

—Lo aprendí por experiencia propia, igual que el siguiente idiota.

—Bueno, ese soy yo.

—Exacto. —Leif le guiñó un ojo y se rascó la cicatriz con forma de estrella que tenía encima del ojo. Había sido un chico salvaje. Desde muy pequeños habían peleado el uno contra el otro. Pero también había sido lo más parecido a un hermano que Hakan había tenido—. Será mejor que entremos. Buena suerte. —Le dio una palmada en el hombro.

La cicatriz había sido un regalo de Hakan. La venganza por haberle llamado lisiado después del accidente. Entonces solo tenía cinco inviernos, pero aun así le había acertado de pleno con una piedra. Al final no había merecido la pena, pues su madre le había dado la azotaina de su vida: Vas a ser un hombre, le había dicho, no un monstruo.

Decía eso a menudo.

Como fuera, Leif no había vuelto a llamarle lisiado. Al menos, no a la cara.

«Vas a ser un hombre...»

Hakan todavía se preguntaba qué quería decir con eso. Ahora nunca lo sabría. Los muertos sabían guardar sus secretos.

El último de los invitados cruzó el umbral; el tambor continuó tocando.

Hakan salió de las sombras.

Inga estaba en éxtasis, anticipando lo que había de suceder. No podía recordar una fiesta como aquella. Las mujeres estaban preciosas, con sus adornos relucientes y sus vestidos ceñidos con cinturones dorados, sus hermosas siluetas emitían susurros de la tela al moverse.

Los hombres parecían atractivos. Bueno, tanto como podían. Incluso Hadding, el viejo verde del marido de su tía Tuuri, no semejaba un sapo como otras veces.

Inga se preguntó si las demás mujeres estarían admirando a su vez su vestido carmesí. Tolla la había ayudado a recortar la tela de uno de los vestidos de su madre. Se había quedado junto con el pequeño baúl con cosas que componían el único enlace entre ella y sus padres. Cuando Tolla había dado los últimos toques al dobladillo e Inga se lo había probado, la criada se había quedado sin habla. Incluso se le había escapado una lágrima al decir que Inga tenía la sangre de su madre y era fresca como la primavera.

Inga no pudo evitar fijarse en que muchos hombres la miraban. Bajó los ojos con recato, como sabía que debía hacer. Pero, por dentro, su corazón cantaba. La última gran fiesta en Vendlagard había sido dos veranos atrás. Entonces ella contaba trece años, y pocos hombres se habían molestado en mirarla dos veces. Ahora percibía sus miradas casi desde cualquier rincón, hombres jóvenes y viejos que la miraban y disimulaban si ella alzaba sus ojos.

Decidió que aquello le gustaba. Probablemente Tolla diría que no debería gustarle, pero Tolla siempre se preocupaba por todo. Aquella vieja gansa consideraba más seguro sentarse entre una manada de lobos hambrientos que en un banco ocupado por hombres.

«Tolla no lo sabe todo», se rio Inga por lo bajo. En realidad había mucho que Tolla no sabía.

El tambor continuaba sonando. Si no paraba pronto, los volvería locos a todos. Pero, de repente, se produjo un silencio y todos los invitados se volvieron hacia la puerta.

Todos menos uno.

Una cara en el otro extremo de la estancia se mantuvo mirándola a ella. Tuvo que mirar hacia allí. La cara era de un hombre. Un hombre bastante joven, pero se dio cuenta enseguida de que era muy atractivo. La estaba mirando fijamente, con el descaro del dios Baldur. Lo cierto es que la examinaba de arriba abajo, como si estuviera valorando a un esclavo en el mercado. Y ahora, al ver que ella se había percatado, siguió sin apartar la mirada. Al contrario. Su mirada se transformó en una sonrisa. Cálida pero provocativa.

Inga frunció un poco el ceño. Odiaba que se burlasen de ella. Una cosa era que un hombre admirase su belleza, y otra que le hiciera sentir incómoda. Vio que él se reía con disimulo, y apartó bruscamente la mirada, enfadada al notar que se ruborizaba. Con el rabillo del ojo vio que eso hacía que el otro se riese aún más.

Bueno, no permitiría que aquel idiota insolente echase a perder la fiesta. Porque Hakan había entrado y su aspecto era espléndido.

Poco menos de dos metros de alto y recto como una lanza. El resplandor del fuego incidía en su túnica de cuero, que había sido encerada hasta sacarle lustre. En torno a sus hombros colgaba lo que ella le había regalado: un manto hecho con la piel de un lobo que él había matado. Su cojera no parecía tan pronunciada mientras caminaba entre sus familiares. Ella sabía que le debía estar doliendo, pero Hakan no permitía que nadie lo notase.

Inga apretó los labios, temiendo que se le escapase una sonrisa tonta, no quería parecer embobada. Hakan estaba ahora cerca de ella. Quería que la mirase. Que viera lo hermosa que estaba esta noche, para él. Pero los ojos de él estaban fijos en su padre, al fondo de la estancia. A Inga le molestó que pudiera ser tan frío. Pero justo cuando pasaba a su lado, notó que la comisura de sus labios se retorcía y supo que estaba conteniendo una sonrisa.

¡Claro que se había fijado en ella! ¡La amaba!

Hakan llegó a la plataforma donde estaba sentado su tío y se detuvo ante el señor de Vendlagard.

Inga dejó escapar un suspiro. Esta era la parte aburrida, su tío Haldan daba el primer trago del cántaro, por así decir. Se levantó y lanzó un discurso monótono sobre el honor y el deber y los lazos de sangre, o el vino del cuervo, como él los llamaba. Inga nunca había podido entender por qué a los hombres les gustaba referirse a ciertas cosas usando nombres absurdos. El mar era el camino de la ballena. Una batalla era el estruendo de las lanzas. Un guerrero era el que alimentaba a los cuervos, una imagen que a ella se le antojaba especialmente repugnante.

¿Acaso no había suficiente poesía en el mundo si se hablaba con claridad?

Después de Haldan, era el turno de Logmar. Blanco como un cadáver desde la cabeza a los pies, con una nariz nudosa como un palo viejo, Logmar era godi para el clan Vendling. Lo había sido desde que cualquiera podía recordar, pues era viejo como los gigantes, así que, por supuesto, los rezos y bendiciones fueron responsabilidad suya. Inga puso los ojos en blanco. Los jutos tenían muchos dioses, cierto, pero daba la impresión de que Logmar quería sacarle un favor a cada uno de ellos. Odín, el Dios Supremo, dios de la guerra y los reyes, por supuesto. Frey y Freya, los dioses gemelos de la prosperidad y la buena fortuna y la fertilidad; bien, aunque a Inga no le parecía que la fertilidad tuviera mucho que ver con hacer juramentos de lealtad a un señor guerrero. Thor, por la fuerza y el buen tiempo; Njord, por la fortuna en el mar; Loki, por la astucia; Tyr, por la destreza con las armas; Weyland, por espadas bien forjadas. Las oraciones del viejo godi sonaban como graznidos incesantes. Cuando empezó a pedirle a Heimdall que bendijera el cuerno de Hakan para que su sonido fuera largo y duradero, Inga quiso acuchillarse a sí misma por la frustración.

Por fin Logmar terminó y convocó a Hakan para que se aproximase. A Inga poco le faltó para que gritase de alivio.

—En el nombre de Odín, el Dios Supremo, ¿estás preparado para realizar tu juramento, por hierro, por fuego y por sangre? —preguntó el godi.

Hakan asintió:

—Estoy preparado.

Logmar sacó una daga, sujetó la muñeca de Hakan y tiró de él para acercarlo a un brasero. En el corazón del fuego, las brasas relucían en rojo y naranja.

Logmar alzó la daga para que todos la vieran.

—El hierro es el símbolo de tu fuerza. ¿Juras por el hierro que comprometes tu fuerza incondicionalmente al servicio de tu señor, Haldan, hijo de Haldor, jefe de los jutos del norte?

—Lo juro —dijo Hakan.

Logmar hundió la hoja de la daga en las brasas.

—El fuego es tu espíritu vital —zumbó su voz cascada—. ¿Juras por el fuego que tu vida está ahora sujeta a la voluntad de tu señor, Haldan, hijo de Haldor, azote de los godos, campeón de Vendling?

—Lo juro.

Inga gruñó. Como si fuera necesario que Hakan realizase aquel juramento a su propio padre. Se descubrió a sí misma detestando al godi y todo cuanto el viejo decía. Tal vez porque sabía lo que iba a pasar a continuación.

Logmar sacó del fuego la daga, cuya hoja resplandecía roja a causa del calor. Giró sus ojos gélidos hacia Hakan.

—La sangre es el sufrimiento y la muerte a través de la cual todos debemos pasar, ya sea para ascender a la mesa de Odín o para descender a las salas de Hel. ¿Juras por la sangre que estás dispuesto a sufrir hasta la muerte en el servicio de tu señor, de su tierra, sus gentes y su buen nombre?

—Lo juro.

—Entonces que el hierro, el fuego y la sangre se unan en un único y solemne juramento del que sean testigos los dioses y los hombres.

El godi aferró la muñeca de Hakan, alzó bien alto la daga, y luego pasó su borde afilado por la palma de la mano.

Inga se estremeció ante el sonido que produjo el hierro al cortar la carne.

Todo el mundo contemplaba a Hakan. Si este hubiera gritado habría avergonzado a todos los Vendling. Pero su rostro era como piedra. Inga no percibió nada más que una ligera tensión en su mandíbula. Hakan cerró el puño y la sangre goteó sobre los polvorientos tablones de madera del suelo.

La ceremonia no había concluido aún. Hakan había jurado a su padre como su señor. Ahora lord Haldan tenía un juramento que realizar.

Un juramento de amor y confianza. Un juramento para proveer grano y oro. Un juramento de protección. Inga sintió pena en su interior mientras su tío hablaba. Había debido hacer el mismo juramento por el padre de ella, tantas lunas atrás. Su mirada se clavó con anhelo en el asiento al lado de su tío. Su padre debería estar sentado en aquel lugar vacío. A cambio, Cólera, la gran espada que le había pertenecido, estaba allí para honrar su memoria.

Un cambio lamentable: un padre por una espada. ¿Qué importaba que Haldan honrase a su hermano con tanta fidelidad? ¿De qué había servido su juramento de protección, después de todo?

Los juramentos no eran más que palabras. Y las palabras eran débiles como el aliento que las creaba.

Pero todo el mundo aplaudía, y los sombríos pensamientos de Inga quedaron ahogados por los aplausos.

—¡Bebed por nuestro nuevo guerrero! ¡Por Hakan! ¡Por mi hijo!

Ahora Hakan tenía la libertad de sonreír, y no tardó ni un segundo en buscar la cara de Inga. Ella se echó a reír cuando Hakan la encontró, y sus ojos brillantes disiparon toda la inquietud de su corazón. Debía recuperar la compostura. Aquella era una gran ocasión y estaba orgullosa de su primo. Por supuesto que lo estaba.

Le demostraría lo orgullosa que estaba.

«Más tarde...»

Pero ahora, debían disfrutar del banquete.

Fue un poco más tarde cuando Hakan decidió que no iba a orinarse encima. «Al menos, todavía no.» Pero su cabeza daba vueltas. Mañana tendría el martillo del mismísimo Thor golpeando en su cabeza. Pero ¿qué podía hacer? Todos sus primos, todos sus familiares, todos los lacayos, todos querían brindar con él. Hombre con hombre. Hermano con hermano. Y él bebía una y otra vez. Cuernos de aguamiel, jarras de cerveza, copa tras copa, ahogándole en bebida.

Para entonces, la fiesta ya estaba bien avanzada. Los rostros danzaban en una neblina de alientos y vapores y risas. Las esclavas iban de un lado a otro, sirviendo aún más comida o rellenando jarras. Guisos de pescado ahumado; camarones glaseados con miel, enormes lonchas de carne de cerdo, asadas y crujientes. Pasteles de cebada rellenos de queso y puerros, remolacha horneada y cordero hervido; empanadas de zarzamora dulce y pudín de frutas, cuajada y tartas de nueces. Hakan nunca había visto tanta comida.

Los invitados hacían cada vez más ruido, vociferando de un extremo de la mesa al otro, las conversaciones iban de las cosechas y los rebaños a las conquistas bélicas allende los mares o las amorosas bajo las mantas del lecho. Incluso su padre, que por lo general era más dado a levantar un escudo de plomo que a sonreír, estaba muy contento.

—¡Hadding! —gritó—. ¡Un brindis por el viejo Ottar!

El ogro que la tía Tuuri tenía por marido chocó su jarra contra el cuerno de Haldan:

—¡Por Ottar y su cerdo!

—¿Qué pasa con su cerdo? —balbuceó Hakan, esforzándose por enfocar bien al grandullón de Hadding.

—¿Qué? —bramó su padre—. No me digas que no has oído esa historia.

Hakan meneó la cabeza y enseguida se arrepintió de ello, cuando los pilares de roble que sostenían el techo se tambalearon de forma alarmante.

—¿Te acuerdas de Ottar? —gritó su padre—. Feroz como un oso, tonto como un buey. Siempre regresaba de una pelea empapado en sudor. Ataba a su esposa y la molía a palos hasta que las vigas temblaban. «Tormenta de truenos», lo llamaban cuando volvía a casa. —El rostro de Haldan se contrajo en una mueca de felicidad—. Bueno, atendía a su mujer mucho mejor de lo que cuidaba de su casa. El lugar estaba podrido. Un día vuelve a casa y los dos se ponen manos a la obra, y en el momento de trabajo más intenso, oyen un crujido y luego un chirrido, y antes de que pudieran darse cuenta de lo que ocurría ¡los dos cayeron por el emparrado y dieron de lleno con el culo sobre su cerdo favorito!

—¡Lo dejaron seco! —chilló Hadding, y los dos hombres estallaron en una risotada.

—La mejor carne que he probado nunca —bramó Haldan, y vació otro cuerno de vino dulce.

—Sí, y el pobre idiota no vivió otro año —dijo Hadding—. Dejó a su esposa sola.

Hakan sintió un codazo en el costado.

—Y «ella» fue la mejor carne que he probado nunca —susurró Garik, entre sus dientes mellados. El instructor de Hakan era un tipo afortunado, en la batalla y fuera de ella. Le había enseñado a Hakan todo lo que sabía sobre el combate, desde que este había sido lo bastante grande como para sostener un palo. Pero nunca se había molestado en tener esposa. En lugar de eso, se había granjeado una reputación de consolar a viudas solitarias cuyos maridos se habían convertido en polvo. Después de los saqueos de verano, la mayoría de las veces eso le mantenía suficientemente ocupado—. Creo que tendremos que verte este verano manchado de sangre —dijo, propinándole una sonora palmada en la espalda—. De una forma u otra. —Estiró el brazo para sujetar a una esclava que pasaba cerca y la obligó a sentarse en su regazo—. Adoras a nuestro joven héroe, ¿no es verdad?

La chica era una de las esclavas orondas que su padre había comprado la primavera anterior, vendidas desde las lejanas tierras de Gaudarika, más allá de los grandes ríos al otro lado del mar del Este. Tenía el pelo más negro que las mujeres del norte, una nariz ancha y achaparrada y labios gruesos.

—¡Más que a ti! —Rio, derramando un poco de cerveza sobre los calzones de Garik.

—¡Eh! —Garik se la quitó de encima—. ¡Zorra estúpida!

—Te lo tienes merecido. ¿Por qué no puedes ser un buen chico como él? —La chica se inclinó hacia delante y rellenó la jarra de Hakan hasta que la espuma se desbordó. Mientras lo hacía, se le acercó más y susurró en su oído—: No me importaría mostrarte cómo ser malo, ¿eh?

Hakan sintió que la lengua de la chica jugueteaba con su oreja y se apartó de ella. De repente, lo único que podía ver eran ojos oscuros, labios rollizos y unos pechos enormes. Lo cierto era que todo el salón parecía balancearse como un navío en medio de una tempestad. Apartó a la chica de un empujón, mientras murmuraba:

—En otro momento.

«Débil», pensó asqueado, esforzándose por levantarse del banco. Iba a vomitar. Y lo iba a hacer muy pronto.

Necesitaba aire. Necesitaba salir. Pero entonces vio algo que le golpeó como una flecha en el ojo.

Inga.

Estaba en el otro extremo de la estancia, cerca de la puerta que daba a la noche azul y cálida. A través de la nube de cerveza que tenía en su cabeza, le pareció un sueño carmesí, con su larga melena dorada peinada en una única trenza sobre un hombro, anudada con cintas color escarlata. Iba a saludarla, pero justo entonces Inga echó la cabeza hacia atrás y se rio, y en un abrir y cerrar de ojos su sueño se convirtió en pesadilla al ver con quién estaba su prima.

Ahora era mayor, claro. Un hombre, no ya un muchacho. Pero Hakan reconoció la sonrisa engreída, la vanidosa inclinación de su cabeza. Konur, hijo de Karsten, heredero de las tierras de los Karlung y azote de los recuerdos infantiles de Hakan. Recordaba las pullas de Konur, la abrumadora humillación de las risas de los otros niños, su impotencia frente a él. Había intentado luchar contra él, pero solo había conseguido un ojo morado y otra severa reprimenda de parte de su madre.

Esta vez sería diferente.

Mientras arrastraba los pies hacia ellos, Konur se inclinó sobre Inga y le susurró algo al oído. Ella sonrió y Hakan vio cómo la mano de Konur le tocaba el codo y la guiaba hacia la puerta. Un momento después habían salido y la noche se los había tragado, y algún otro patán borracho le bloqueaba el camino intentando hacer un brindis con él.

—¡Que Fenrir te lleve, idiota! —El invitado pareció herido por aquellas palabras, pero a Hakan no le importó—. Quítate de en medio —gruñó, tambaleándose hacia la brillante noche veraniega.

Inga había estado disfrutando de una noche maravillosa. El espectáculo y el sonido de una fiesta siempre llenaba su pecho de una cálida sensación. ¡Qué placer ver que su duro trabajo era correspondido con los rostros felices y las estridentes carcajadas de sus familiares!

Bueno, al menos parte del trabajo había sido cosa suya. No tanto como Tolla había deseado, pero Tolla siempre esperaba demasiado. En especial, de Inga. Después de todo, ¿no estaba ella bajo la tutela del señor de Vendlagard? ¿Por qué debería hacer las mismas tareas que una esclava cualquiera?

Fuera como fuera, la cuestión era que todo estaba siendo un éxito. Hakan había sido honrado y los invitados estaban alborotados. Se habían cantado canciones; los hombres bebían; las mujeres rebosaban de historias que contar; y todo el mundo había sido muy cortés con ella.

En particular, los hombres. Hacia donde quiera que se girase, allí había otro deseando hablar con ella. ¡Qué diferente a la última fiesta, cuando la habían tratado como poco más que un incordio! Ahora hacendados y condes y grandes guerreros competían por hacerla reír. Como si «ella» fuera alguien a quien debían impresionar.

Sí, había sido una noche espléndida.

Y un hombre en especial había querido divertirla. El que antes había estado riéndose mientras la miraba. Al principio, cuando se había acercado para hablar con ella, Inga había tratado de quitárselo de encima, pero él parecía muy decidido y se mostró encantador. Juró que se habían conocido antes. Cuando ella le aseguró que debía estar equivocado, había insistido:

—Hace doce años. En este mismo salón.

—Entonces yo tendría tres años.

—Es verdad, eras muy pequeña. No parabas de suplicarme que te dejase escalar por encima de mí.

—¿Y me dejaste?

—Apenas tenía alternativa. —Rio él—. Puede que haya llegado el momento de que me devuelvas el favor.

Inga tardó un momento en comprenderle, y cuando lo hizo notó que se sonrojaba.

—Este salón está lleno de hombres que han jurado proteger el honor de mi tío y de su familia. Eso me incluye a mí.

—¡Ja! No tengáis miedo, lady Inga. No es vuestro honor lo que me interesa.

Le había dirigido una mirada que a ella se le antojó molesta. De repente había recordado a Hakan, y miró hacia la mesa donde él estaba sentado. Para su sorpresa, Hakan parecía sumergido en las ondulantes curvas de Kella, una de las esclavas de su tío. Aquella chica era una puerca, todo el mundo lo sabía, pero no daba la impresión de que a Hakan le molestasen sus atenciones en absoluto.

Inga apartó la mirada, enfadada.

—Había un aljibe, lo recuerdo —prosiguió su admirador—. Al final, me incordiabas tanto que te arrojé dentro.

—¡Conque fuiste tú! —Inga echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Recordaba el espasmo del agua fría, y sus propios gritos para que alguien la sacara de allí—. Entonces debes ser Konur.

Él asintió.

—Espero que ya me hayas perdonado.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De que merezcas ser perdonado, supongo. —Los dos se miraron el uno al otro. Konur tenía ojos color gris pálido, bonitos como los de una chica, y pómulos altos y marcados. Inga no podía negar que era atractivo—. Hablar de agua me ha dado sed —dijo para romper el momento. Pero cuando él se ofreció a acompañarla al aljibe, ella aceptó. No sabía por qué.

En el exterior el cielo era de un rico color púrpura. Vetas de luz veraniega quebraban la oscuridad, a pesar de que hacía rato que había pasado la medianoche. Inga adoraba el mundo en verano. El modo en que palpitaba con una especie de lujuria por vivir, desde el gran sol en el cielo hasta el más minúsculo escarabajo bajo tierra. Como si no hubiera tiempo para dormir. Como si hubiera demasiada vida para vivir.

El aljibe estaba allí, tal y como había estado doce años antes. Guio a Konur por el patio y tomó el cazo que colgaba de un trozo de bramante. Le ofreció un trago, pero él negó con la cabeza.

—¿Estás loca? ¡Un hombre no puede saciar su sed con agua! ¿Qué diría la gente?

—Idiota. —Sonrió ella, llevándose el cazo a los labios. El agua resultó balsámica tras el calor de la fiesta.

Lanzó de nuevo el cazo al agua, y cuando se giró, Konur se le había acercado y, sin previo aviso, su mano se deslizó por su cintura.

—¿Qué estás haciendo? —dijo con la voz entrecortada.

—¿Qué te parece que estoy haciendo? —murmuró con voz áspera, tirando de ella hacia él—. He visto cómo me miras. También yo te deseo.

—¿Desearte? —tartamudeó Inga mientras trataba de zafarse de sus manos—. No, estás muy equivocado.

—Tócame aquí. —Konur le sujetó la mano y tiró de ella hacia abajo. Sus dedos rozaron algo duro—. No hay ningún error. Te deseo.

Inga retrocedió, asqueada, pero él la apretó con más fuerza contra él y su boca buscó la de ella. Inga ladeó la cabeza, desesperada por apartarse, pero a él no pareció importarle.

—Para, por favor. Déjame ir. —Lo empujó con fuerza, pero fue inútil—. ¡Déjame!

De improviso, Konur giró sobre sí mismo y antes de que Inga supiera lo que estaba ocurriendo, un puño se estrelló contra el rostro del muchacho. Se oyó un crujido nauseabundo y Konur se fue hacia atrás hasta darse con el aljibe.

El tonel se inclinó primero hacia atrás y luego hacia delante, derramando agua sobre Konur y su atacante.

Konur estaba gimiendo y trataba de proteger su nariz ensangrentada. Inga se apartó, contenta por verse libre. El atacante arremetió contra Konur y los dos empezaron a revolcarse por el suelo.

—¡Bastardo! ¡Bastardo!

—¡Hakan! —gritó Inga al reconocer la voz de su primo. Pero él no la escuchaba, ni a ella ni a nadie más. Los dos rodaban el uno sobre el otro, intentando sujetar al otro, y, pese a la penumbra, Inga pudo distinguir la ira en la cara de Hakan.

Nunca le había visto así. Jamás había visto aquella furia ciega ardiendo en sus ojos. La asustó.

Konur se había recuperado lo bastante como para contraatacar, y ambos se concentraron en un aluvión de puños, dedos, nudillos y rodillas, golpeándose como verracos. Konur rodeó con su brazo la garganta de Hakan y le obligó a girar la cabeza. Entonces Hakan le agarró la entrepierna y tiró con fuerza. Konur chilló y cayó hacia atrás, lanzando un puñetazo afortunado que acertó a Hakan en la mandíbula. Hakan escupió un salivazo de sangre y giró por el suelo, gimiendo.

—Eres hombre muerto —gritó Konur, saltando sobre Hakan y golpeándole una y otra vez en la cara.

—¡Para! —chilló Inga—. ¡Los dos! ¡Parad!

Pero no había forma de que le hicieran caso. Nada pudo hacer que Konur se detuviera hasta que Hakan le estrelló su mano abierta en la cara. Konur soltó un quejido y un chorro de sangre brotó de su nariz, mientras que los labios de Hakan espumeaban babas color escarlata.

Inga supo que tenía que hacer algo. Aquello no era una pelea entre borrachos. Uno de los dos cometería un asesinato más pronto que tarde. Corrió de vuelta al salón.

—¡Se van a matar! ¡Tío Haldan! ¡Tienes que venir enseguida!

Esperó lo bastante para ver que su tío se giraba para comprobar a qué se debía la conmoción y se levantaba de su asiento. Entonces corrió de nuevo afuera.

Los dos formaban una maraña de extremidades y barro y sangre y maldiciones, sin que ninguno fuera capaz de obtener ventaja sobre el otro. Inga oyó voces a su espalda: por fin la gente acudía. El primero se limitó a quedarse boquiabierto. Otros formaron un círculo en torno a la pelea, riéndose y abucheando. Y, por último y por fortuna, llegó su tío.

Ni siquiera cambió el ritmo de sus zancadas. Simplemente caminó hasta ellos, cogió a Hakan por el cuello de su camisa y tiró de él. Inga se maravilló de lo fácil que su tío lo hizo parecer.

—¿Qué diablos estáis haciendo vosotros dos? —Haldan dejó caer a su hijo lejos de Konur, que se había incorporado sobre un hombro y se limpiaba el rostro ensangrentado con la manga.

—¿Por qué no le preguntas a tu hijo? Es un jodido animal.

Hakan estaba cogiendo grandes bocanadas de aire, con la cara aún negra de odio.

—¿Y bien? —exigió saber Haldan.

—¡Estaba atacando a Inga! —gritó su hijo.

—¡No estaba atacando a nadie! —protestó Konur—. El idiota de tu hijo estaba intentando matarme.

—Vigila tu lengua, muchacho —le advirtió Haldan—. Es imprudente que un invitado insulte a su anfitrión.

—Sí, y también que un anfitrión lo haga con su invitado —replicó Konur, levantándose del barro—. ¿Es esta la clase de hospitalidad que un hombre debe esperar bajo tu techo?

Inga estaba al lado de Hakan. El chico escupía fragmentos de dientes al suelo.

—Fue un malentendido —dijo.

—¿Qué tipo de malentendido? —quiso saber su tío, lanzándole una mirada tan feroz como las que había dedicado a los otros.

Inga no estaba segura de cómo responder. Konur se había lanzado sobre ella. Pero ¿la había «atacado»?

—Él... él estaba... forzándome.

Konur se mofó de sus palabras:

—¡Bah! Apenas le puse un dedo encima. Y lo siguiente que supe fue que tu lisiado me había roto la jodida nariz. —Arrugó la nariz y echó la cabeza hacia atrás.

—Le estaba haciendo daño. Ella estaba gritando. Padre, créeme. —No había forma de disimular el balbuceo de Hakan al hablar—. No hace más que despreciarnos.

—¡Vete al infierno, lisiado! Tu hijo es un demente, Haldan. Deberías mantenerlo atado.

—Te sugiero que ates esa lengua tuya antes de que tu pelea sea conmigo y no con mi hijo.

—No he tenido ninguna pelea con tu hijo.

—Habría deshonrado a Inga, padre. —Hakan estaba incorporándose. Inga fue a ayudarle, pero él le apartó la mano—. Ella está bajo tu tutela. Has jurado protegerla.

—No necesito que me recuerdes lo que debo hacer. Inga, cuéntame qué ha ocurrido.

Inga siempre se sentía desconcertada cuando su tío le exigía que hablase, y ahora más que nunca. Abrió la boca, pero no sabía qué decir. Quizás hubiera sido culpa suya. Intentó pensar. ¿Qué había ocurrido? Solo un momento antes parecía una mujer segura de sí misma, y, sin embargo, ahora volvía a ser una chica traviesa otra vez. Pero antes de que pudiera contestar, otro hombre avanzó entre la multitud.

—Veo que tu hijo tiene la sangre caliente de su padre —dijo el hombre con una voz susurrante. Inga reconoció en él a un familiar lejano, del clan Karlung, aunque con la cantidad de invitados de esa noche no podía recordar su nombre. Pero sí recordaba su ojo sin vida. De niña siempre la había aterrorizado. Y todavía la ponía nerviosa.

—Solo ha sido una pelea entre chicos, Karsten.

Karsten, eso era. Lo cual lo convertía en el padre de Konur y conde de las tierras de los Karlung.

—Déjame adivinarlo: ¿el orgullo de los Vendling herido? —Karsten soltó una risotada—. Tu padre era igual. Hay muchos hombres muertos en el mar del Este, gracias a que tenía la piel muy fina.

—Su honor era algo muy preciado para él.

—Mucho más que las vidas de los hijos de otros hombres. O sus juramentos. O su lealtad.

—Fue a él a quien traicionaron.

Karsten refunfuñó:

—No es así como Diente de Guerra lo ve.

Inga estaba tratando de seguir la conversación. Diente de Guerra era Harald Diente de Guerra, eso lo sabía. El viejo rey d ...