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GHOSTGIRL. LOCA POR AMOR

Tonya Hurley  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

1. Toco rosas

2. Besos de mi parte

3. Acaba con quien bien quieres

4. Caja en forma de corazón

5. Jugando a ser ángel

6. Puedes hacerlo mejor que yo

7. Entona la pena

8. Fotos de ti

9. Tristemente hermosa

10. Nadie más que tú

11. El índice de mármol

12. Ardiendo desde el interior

13. La Chica Obsoleta

14. Dulce el aguijón

15. Chicas con secretos

16. Al filo

17. Las chicas guapas cavan las sepulturas

18. Te conozco de corazón

19. Ama a la persona con la que estás

20. Todas las fiestas del mañana

21. Charlotte a veces

22. Mujer fatal

23. Alguna gran recompensa

Epílogo

Agradecimientos

Nota de la traductora

Notas

Sobre el autor

Créditos

Para Michael.

And I kissed away a thousand tears

My lady of the Various Sorrows

Some begged, some borrowed, some stolen

Some kept safe for tomorrow.

—Nick Cave

Y dejé atrás un millar de lágrimas / mi dama de los Pesares Varios / implorados algunos, prestados otros, robados unos / reservados otros para mañana.

Memento mori.

Hay quienes viven cada día como si del último de su vida se tratase. Los hay que contemplan el amor de modo similar, en un intento desesperado por eludir aquellos cambios, sean éstos ínfimos o bien descomunales, que en todo momento se ciernen sobre cada uno de nuestros horizontes. Pero el sentimiento de apremio que surge de nuestro deseo de experimentar la vida y el amor al máximo puede precipitar la toma de determinadas decisiones, que no siempre resultan las más idóneas para quien las toma, ni para aquellos a quienes afectan, todo hay que decirlo. Es más, en ocasiones, enfrentarse a las consecuencias de las elecciones de cada uno puede resultar fatal, más incluso que la muerte. Tal vez sólo se viva una vez, pero no siempre tiene uno por qué desear sentir esa vida como eterna.

Scarlet Kensington sabía muy bien lo que la aguardaba cuando franqueó la entrada de Hawthorne High y se vio embargada, de pronto, por un aroma floral nauseabundo y dulzón: el mismo que sólo se percibe en la habitación de un hospital o en el tanatorio.

—San Valentín —suspiró, en parte de alivio, en parte de temor.

Conforme se dirigía a la taquilla, no pudo zafarse de la fragancia lacrimógena que emanaba de las mesas de la cafetería, devenidas ahora en tenderetes de flores apostados cual garitas militares en cada pasillo, en cada rincón, en cada resquicio. Los alumnos vendían «amor» por ramos. El hecho de que la finalidad de todo aquel montaje fuese la recaudación de fondos era lo único que hacía algo más pasable tanto mercadeo.

Ellas guardaban cola y compraban las rosas blancas para regalar a sus amigas, y ellos se hacían con las de color rosa, más que nada a fin de no exponerse demasiado ante sus destinatarias o, mejor dicho, ante sus «colegas». Las de este color venían a ser para ellos poco más o menos que un sustituto de las acostumbradas y rancias rosas rojas. Exceptuándose, claro está, el ramillete de chicos chapados a la antigua y matriculados en la rama de empresariales, porque a decir verdad las rosas rojas parecían ya ligadas de forma indisoluble a los anillos de graduación y broches de pedida.

Antes que una festividad, San Valentín se había convertido en algo así como otra temporada más, y, al igual que Navidad o Halloween, parecía adelantarse más y más con cada año que pasaba. Hasta ahora, Scarlet había optado por ignorar la celebración, que consideraba una más de las irritantes y exacerbadas engañifas del marketing. Ni ella ni su novio, Damen, necesitaban un día señalado para declararse su amor e intercambiar tarjetas o cualquier fruslería, al menos eso había pensado ella siempre.

Con todo, sus enconados sentimientos hacia la celebración eran ahora más tenues. Incluso el aroma a flores baratas le resultaba algo menos ofensivo este año. Se trataba de una costumbre adorable, después de todo, y muy a su pesar había acabado por reconocerle cierto mérito. Hasta se sentía dolida, aunque poco, todo hay que decirlo, por el hecho de que Damen no tuviese intención de abandonar la universidad para pasar unos días con ella, pero este año Scarlet tenía otra razón para participar en aquella celebración del amor.

Fuere como fuere, tras un largo día saturado de chicas que gritaban de emoción, se abrazaban a sus amigas con ataques de risa tonta, o se encerraban a llorar en el aseo, Scarlet estaba dispuesta a afrontar la última clase de la jornada. Embutió sus cosas en la taquilla y sacó el libro de texto de Anatomía en el mismo momento en que sonaba el timbre. Se dirigió al aula, y, comoquiera que sus compañeros andaban histéricos comprando rosas, fue una de las primeras en llegar. En el laboratorio, el perfume a flores sumado al del formaldehído resultaba poco menos que nauseabundo.

Su profesora, la señora Blanch, estaba sacando gatos muertos mojados del interior de unas bolsas de plástico, de ahí el tufillo a día de San Valentín diseccionado. La propia señora Blanch poseía un aire gatuno, con su perfilador de ojos negro, cara estirada y cardado de pelo entrecano. Algo así como esas personas que acaban pareciéndose a sus perros, le dio por pensar a Scarlet. Los profesores de ciencias a veces guardaban cierto parecido con sus experimentos.

Mientras daba comienzo la clase y contemplaba aquellas pieles lustrosas por el conservante y las largas y temerosas incisiones en los felinos, Scarlet no pudo evitar pensar cuán muertos estaban aquellos gatos en realidad, y de qué modo, no obstante, seguían estando allí. Presentes. No es que la disección le resultase un ejercicio desagradable ni particularmente asqueroso, pero sí que se le antojaba indigno, tanto más

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