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GLOSA Y OTROS CUENTOS

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Fragmento

Un padre, una madre y su hijo menor viajan por un fin de semana largo a unas termas.

El hijo menor tiene treinta y dos años y acaba de dejar la clínica tras una breve convalecencia.

Pero eso solo debe insinuarse.

No olvidar: la teoría del iceberg, etc.

Viajan en una camioneta Ford doble cabina y escuchan las radios locales.

El hijo va solo atrás, leyendo o haciendo como que lee.

La madre se ve tensa, al parecer desconfía de la forma de conducir del padre.

Pero no dice nada.

El padre, en cambio, monologa.

El hijo habla por primera vez para quejarse del mal olor cuando pasan junto a un criadero de cerdos.

Se pregunta por qué aceptó acompañarlos, por qué, en primer lugar, le pidieron que fuera con ellos. Sobre todo se pregunta por qué aceptó ir.

La madre se lleva un pañuelo perfumado a la nariz.

El padre habla de un reportaje que vio en la televisión sobre una fábrica de cecinas.

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El trayecto no dura mucho, tres o cuatro horas, pero el hijo se siente aliviado cuando finalmente llegan al hotel.

Se alegra cuando le dicen que por un error en las reservas, deben asignarle una habitación alejada de la de sus padres.

Apenas se queda solo, el hijo fuma un poco de marihuana y se da una ducha.

¿Y los padres? ¿Qué hacen cuando se quedan solos en la habitación?

Se juntan para cenar. El comedor es amplio y luminoso.

Como es tarde, hay solo unas pocas mesas ocupadas.

El padre pide una botella de vino y para el hijo un néctar de durazno.

Los atiende un mozo francés y el padre intenta hacerse el gracioso con una frase aprendida de una película. El mozo no se da por aludido y se aleja.

La madre da un tímido sorbo a su copa de pisco sour.

Comen mucho. Hay bufé libre y comen todo lo que pueden.

Se despiden en un pasillo. El hijo decide dar una vuelta por el hotel. Todavía drogado, camina algo nervioso, fantaseando a ratos con que el hotel es un sanatorio, como los de esas lentas e inagotables novelas europeas del siglo XIX.

Antes de acostarse, toma una por una sus pastillas.

No sueña nada. Nunca. Evita caer en eso.

Nada importante el primer día: el viaje no parece alterar en lo más mínimo la relación apática y distante entre los padres y el hijo menor.

Al segundo día, muy temprano, casi de madrugada, el hijo se levanta y va a la piscina. Afuera aún está oscuro. Aprovecha que está solo y cruza la piscina de un extremo a otro varias veces. Hace algo de gimnasia. Después se tira de espaldas y flota. Quiere sentirse relajado, pero no lo consigue. Siente una incómoda opresión en el pecho. Piensa que quizás le haga bien pasar un rato en el sauna. Pero lo deja para otro día.

¿Vuelve a la habitación y lee?

¿Vuelve a la habitación y se masturba?

¿O el hijo simplemente se acuesta a ver dibujos animados?

Se juntan a tomar desayuno. La madre tiene los ojos hinchados, le dice al hijo que no pudo dormir por culpa de los ronquidos del padre. El hijo se encoge de hombros mientras sorbe un segundo tazón de café.

¿Vamos a caminar?, le pregunta el padre al hijo.

El hijo hace como que no lo escucha.

¿La noche de ese día es el bingo?

¿Y el hijo, medio drogado, sube a una tarima a recibir un secador de pelo?

¿Los padres se dan cuenta de que está drogado pero no dicen nada?

¿O el hijo simplemente se ha vuelto paranoico?

Pasar, mejor, al tercer día.

El hijo nuevamente se despierta muy temprano y va la piscina.

Imagina que es el protagonista de una novela japonesa. Una de Tanizaki, piensa, aunque no ha leído ninguna novela de Tanizaki, apenas un pequeño ensayo del que solo recuerda una imagen: la dentadura ennegrecida de una geisha iluminada por la luz rala de una vela. Cierra los ojos y se sumerge. Nada unos metros por debajo del agua, sin prisa, hasta que se le acaba el aire. La piscina sigue vacía y silenciosa. Afuera aún está oscuro, pero el día empieza a insinuarse por detrás de las montañas. ¿Acaso alguna vez leyó una novela japonesa ambientada en unos baños termales? No sabe, no se acuerda, pero la atmósfera vaporosa y lenta del lugar lo hace sentirse en una novela de Tanizaki. Le gusta la sensación y trata de no perderla. Cierra otra vez los ojos y se sumerge.

Y entonces un pájaro se estrella, simbólico, contra el ventanal empañado.

La niebla, el vapor, lo indeterminado, todo eso.

Al almuerzo, apenas habla, levemente nervioso por la marihuana.

Padre y madre toman infusiones de hierbas y antiácidos.

El hijo decide salir a caminar. Sigue un sendero señalado por un tablón pintado con témpera. Dice: Al bosque mágico. Los zapatos se le cubren de barro y piensa devolverse. Pero se obliga a seguir. Se distrae mirando de cerca los enormes hongos que crecen bajo los árboles. Y un sendero que pasa junto a un riachuelo lo hace sentirse como en una película sobre la guerra de Vietnam. Intenta entusiasmarse por el paisaje, pero al final lo doblega la desidia. Camina de regreso al hotel. En un sendero se topa de frente con una vaca. Tiene un ternero succionándole hambriento las ubres. No se atreve a pasar. Contempla la escena entre maravillado y cobarde. Lo salva una familia que irrumpe en el paisaje y espanta a la vaca y a su cría.

Entra con los zapatos embarrados al hotel y deja una estela de lodo por todo el pasillo.

¿Esa noche el padre no aparece a cenar?

¿Esa noche el hijo se emborracha y seduce a una mujer mayor que lo invita a su pieza a seguir bebiendo? ¿La mujer comparte la habitación con un niño? ¿El hijo mira de reojo al niño mientras la madre le hace una felación?

Claro que no.

Nada de eso sucede.

No es esa clase de historias.

Madre e hijo cenan solos y conversan animados. Ninguno de los dos lo dice, pero ...