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HAMLET

William Shakespeare  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

LOS PROBLEMAS DE HAMLET

¿Por qué pensáis que es más fácil hacerme sonar a mí que a una flauta? [III.2.377-8]

Hamlet representa un problema para la corte danesa. Al principio de la obra llora aún la muerte de su padre, el rey Hamlet, mientras todos los demás celebran la boda de su madre, Gertrudis, con el nuevo rey, su tío Claudio. Todos tratan de descubrir la causa de su malestar. «¿… cómo es que estáis aún bajo esos nubarrones?», pregunta Claudio [I.2.66]. «¿Por qué a tus ojos | parece tan inusüal?», quiere saber su madre [I.2.75]. «¿Cómo está vuestra alteza el buen Hamlet?», inquiere Polonio, el lord Chambelán [II.2.171]. «Mi buen señor, ¿qué tal ha estado vuestra alteza todo este tiempo?», pregunta Ofelia, la hija de Polonio [III.1.91].

Ciertamente, el comportamiento de Hamlet resulta un tanto excéntrico. Anda como alma en pena, vestido de negro y hablando solo, se encoleriza con Ofelia, a quien anteriormente ha cortejado, e idea una obra que critica la boda del rey y la reina. A las preguntas sobre su estado anímico responde con juegos de palabras, acertijos, evidente impertinencia y locura fingida.

El estado mental de Hamlet es importante porque supone una amenaza para el Estado danés. «La locura en los grandes es una circunstancia | que no debe pasar sin vigilancia», declara el rey [III.1.189], y exige que Hamlet permanezca en la corte, en observación. A Ofelia se le encomienda la tarea de sondear al príncipe, pero este aprovecha su acercamiento para expresar su decepción con el amor y el matrimonio. Aunque se les encarga a Rosencrantz y Guildenstern que descubran el problema, tampoco adelantan demasiado. «Confiesa, sí, sentirse trastornado, | pero se niega en firme a discutir las causas» [III.1.5-6].

Hamlet se irrita ante la presunción de Guildenstern, que no quiere tocar la flauta porque carece de experiencia pero se cree capaz de entender las profundidades de su mente.

Pues mirad entonces la indignidad que hacéis conmigo: queréis sacarme música como si conocieseis mis registros; queréis arrancar el corazón de mi misterio; queréis sondearme desde mi nota más baja hasta el tope de mi escala […] ¿Por qué pensáis que es más fácil hacerme sonar a mí que a una flauta? Llamadme con el nombre del instrumento que queráis: aunque podéis estirarme las cuerdas, no podéis tocar conmigo. [III.2.371-9]

El público y los lectores han intentado también arrancar el corazón del misterio de Hamlet desde que se estrenó la obra en el Globe, se supone que en 1600, tres años antes de la muerte de la reina Isabel I. Su estado anímico es tal vez la cuestión más debatida de la cultura literaria inglesa. Desde el movimiento romántico de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX Hamlet se ha convertido en el prototipo del joven enigmático, sensible y reflexivo, perjudicado por una sociedad corrupta aunque estimulado por la interacción con quienes le rodean. Para unos críticos es un héroe trágico que se eleva por encima de las circunstancias, mientras que para otros cae en la trivialidad, la brutalidad y la impiedad. A pesar de tantos esfuerzos de erudición e imaginación, o quizá precisamente debido a ellos, tanto el personaje de Hamlet como el significado de la obra siguen sin resolver. El poeta T. S. Eliot, en su ensayo Hamlet y sus problemas, llamó a la obra «la Mona Lisa de la literatura».

APLAZAMIENTO Y VENGANZA

… ¿no es conforme a conciencia

ponerle fin con este brazo? [V.2.67-8]

El público y los lectores conocen mucho mejor que Claudio y su corte el estado anímico de Hamlet. Por su primer soliloquio conocemos su disgusto por la boda apresurada de su madre: «Ah, pervertida prisa, | correr tan diestramente al lecho incestüoso» [I.2.156-7]. Luego habla con el espectro de su padre, que confirma sus sospechas sobre su tío: Claudio sedujo a Gertrudis y envenenó al rey Hamlet de modo espantoso. Le ordena: «… venga su repugnante asesinato, más antinatural que ningún otro» [I.5.25]. El rey Claudio hace bien en temer al príncipe.

Para muchos críticos la pregunta clave es por qué Hamlet «aplaza» su venganza. Dímelo pronto, exhorta al espectro,

para que con alas

tan raudas como la cavilación

o el pensamiento del amor,

me precipite hacia mi venganza. [I.5.29-31]

Lo cierto es que tales comparaciones resultan extrañamente contradictorias. La cavilación, aunque pueda incluir momentos de fantasía, es en general una práctica privada. Por su parte, el pensamiento del amor suele resultar más satisfactorio cuanto más constante es. Ninguna de estas analogías parece adecuada para una acción decisiva y brutal.

Una interpretación del aplazamiento de Hamlet es que en realidad no resulta desmesurado. El príncipe no puede apresurarse sin más a acabar con la vida del rey, puesto que la guardia le mataría. Cuando por fin acuchilla a Claudio «todos» gritan «Traición, traición» [V.2.317]. Si acabase antes con su vida no se revelaría la verdad sobre el crimen. Esa circunstancia es importante para Hamlet, que insiste en que Horacio sobreviva para contar la historia. Además, no puede saber con certeza que el espectro no es maligno y poco honrado, que no ha sido enviado por el diablo para tentarle. Con esos factores en mente, cabe pensar que de hecho se muestra muy decidido. Su plan de vigilar al rey durante la representación de los cómicos resulta brillantemente improvisado y efectivo: «Ah mi buen Horacio, considero que la palabra del espectro vale mil libras» [III.2.295-6]. Más adelante, deja vivir a Claudio cuando le encuentra solo y rezando; aunque pueda parecer un acto demasiado escrupuloso, es razonable si la idea es castigar al rey y no enviarle al cielo. Cuando alguien se esconde detrás de los cortinajes en la alcoba de Gertrudis, Hamlet le mata sin vacilar, creyendo que se trata del rey.

Por consiguiente, podemos decir que el príncipe actúa en el momento adecuado. Por otra parte, la idea del aplazamiento queda firmemente anclada en el texto cuando Hamlet se acusa a sí mismo de descuidar su tarea. «Cómo las ocasiones hablan todas | en contra mía y son un acicate | a la morosidad de mi venganza», exclama [IV.4.32-3], comparando sus propios rodeos con la determinación de Fortinbrás y su ejército, que están dispuestos a morir por un pequeño territorio. Quizá sea culpable de un olvido bestial; o quizá, por el contrario, sienta «algún cobarde escrúpulo | de meditar con demasiada precisión | sobre el asunto» [IV.4.40-41]. Los críticos se han aferrado a menudo a este último pensamiento: tal vez Hamlet reflexiona demasiado, al menos para ser alguien que debe vengarse. Es un hombre de reflexión, un estudiante, del que de pronto se espera que se comporte como un hombre de acción. Si Hamlet se apresurase a juzgar como hace Otelo no habría tragedia. A la inversa, si Otelo investigara y reflexionara tanto como Hamlet no asesinaría a Desdémona.

Tal vez, podríamos concluir, haya algo perverso en la naturaleza y situación de Hamlet que le lleva a mostrarse rápido y decidido en todo salvo en el cumplimiento de su venganza. Podríamos atribuirlo a una terquedad presente en la naturaleza del universo, que hace que las mejores intenciones del hombre se vean misteriosamente frustradas, o a algún bloqueo irracional en la mente del propio Hamlet. Más adelante volveremos a estas cuestiones.

La evaluación de las palabras y los actos de Hamlet depende en gran medida de la actitud que el lector o espectador tenga hacia la venganza. Los cristianos citan a menudo la orden bíblica «Mía es la venganza, yo daré el pago merecido, dice el Señor. Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber, haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza» (Romanos, 12,19-20; Biblia de Jerusalén). El cristiano no debe tomarse la justicia por su mano. Sin embargo, obsérvese que no se trata de un programa muy generoso: tal como ocurre cuando Hamlet evita matar a Claudio mientras está rezando, la intención es renunciar a la satisfacción inmediata de dañar hoy a tu enemigo a fin de que a la larga sufra más. Por otra parte, es probable que el espectador humanista rechace la venganza divina y humana por considerarla primitiva y busque una forma más productiva de afrontar las disputas. En tal caso, pensará que el aplazamiento de Hamlet indica un humanismo emergente. Al haber estudiado en una universidad internacional de Alemania, Hamlet posee una sensibilidad diferente de la de su padre, un guerrero anticuado que le arrebató el reino en combate a Fortinbrás, rey de Noruega, a quien además quitó la vida.

En tiempos de Shakespeare seguía extendida entre las clases superiores la idea de que vengar una afrenta era un acto de honor. Hamlet cree que «está en juego el honor» [IV.4.56], al igual que Laertes [V.2.240-44]. Claudio intenta incorporar esas disputas rebeldes a los asuntos de la corte; las emociones guerreras primitivas, como los duelos y la venganza, pueden suavizarse y dominarse cuando son filtradas a través del elaborado ritual de la corte por Osric, el acaudalado cortesano. Esta parece ser una buena política de modernización, pero se ve corrompida por el intento de Claudio de amañar el resultado por medio del uso secreto del veneno. En numerosas obras de la época la fuente de los desmanes es un gobernante tiránico o inepto, y puede que ello justifique la venganza personal del insatisfecho. Existía un debate político que venía de largo acerca de si los súbditos podían intervenir legítimamente para sofocar a un tirano. Dicho debate se formulaba a menudo en términos religiosos. En efecto, el rey había sido designado por Dios como representante suyo. En realidad, los protestantes solían argumentar que los nobles podían derrocar al monarca cuando vivían en países en los que se imponía el catolicismo como religión oficial, y viceversa.

En Ricardo II, de Shakespeare, el rey se esfuerza por trasladar la rivalidad entre Bolingbroke y Mowbray a un marco legal que haga innecesaria la venganza dentro de la élite dirigente, pero el proceso se ve corrompido por su propia implicación en el crimen en cuestión. En efecto, el rey Ricardo alentó a Mowbray a asesinar a Gloucester. El debate se vuelve explícito cuando la viuda de Gloucester pide venganza a Gante, quien le aconseja paciencia cristiana:

Es de Dios la querella; pues el substituto de Dios,

el representante ungido bajo su propia vista,

fue quien causó esa muerte; si ha sido injusta,

sea el cielo quien la vengue, pues yo nunca alzaría

el brazo enfurecido en contra de su ministro. [I.2.37-41]

En Ricardo II estas cuestiones de principio pierden su sentido debido a la evolución de los acontecimientos. En Hamlet, sin embargo, únicamente a medida que va aumentando el catálogo de crímenes de Claudio, llega a afirmar Hamlet que lo correcto sería matarle e, incluso en ese momento, le plantea la pregunta a Horacio:

El que mató a mi rey, prostituyó a mi madre,

metió su baza entre mis esperanzas

y la elección, echó su anzuelo

en busca de mi propia vida,

y c

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