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HISTORIA SECRETA DE CHILE 3

Jorge Baradit  

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Fragmento

PRÓLOGO

Historia secreta de Chile —el primer libro de esta serie— se publicó el año 2015. Muchas cosas han pasado desde entonces.

No creo en descubridores de la pólvora. A veces ocurre que alguien saca sin querer el dedo de la grieta en una represa o pincha el globo donde corresponde. Hay hechos que desatan fuerzas que ya estaban ahí desde mucho antes. Y algo así ocurrió con este libro, sin dudas. Creo que nadie podría desmentirlo.

Antes y después de ese alfiler, hubo otros libros de formato similar que hablaban de historias ocultas, desconocidas o insospechadas de Chile. La explosión que se produjo en estos últimos años abrió el campo para que también la novelización de pasajes de nuestra historia encontrara de mejor manera a su público. Se construyeron espacios en radio y se potenciaron otros que venían dando la pelea hace rato. Incluso, ciertos lugares que jamás pensamos que hablarían de historia comenzaron a abrir sus puertas a contenidos más inteligentes, como los matinales o programas de tertulia en televisión abierta. Todos hicimos fuerzas para que el relato de nuestro origen, de nuestra memoria, fuera puesto sobre la mesa para ser discutido de distintas maneras. Finalmente, un programa hecho y derecho, Chile Secreto, aunó todas estas fuerzas y entregó no solo contenido histórico sino además generó audiencia y ganó en un medio no muy amable con la cultura. Muchos escritores, historiadores e investigadores fueron encontrando un público más amplio, pinchando otros globos y desatando otras fuerzas en esta marea común donde, de pronto, nuestro pasado se volvía una mina de inquietudes sin fin.

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¿Qué pasó? La verdad es que no tengo idea, pero en estos años que han transcurrido he tratado de explicármelo de diferentes maneras. He dicho que en este nuevo siglo se democratizó la información, permitiendo a cada uno de nosotros tener acceso a increíbles cantidades de datos y, con ello, para bien y para mal, el conocimiento dejó de pertenecerle a unos pocos. Pudimos descorrer el velo sobre las formas en que las instituciones públicas y las empresas privadas manejaban el poder, administraban las influencias y se repartían los cargos. Se cayeron así todas las cortinas. Todos los emperadores y magos de Oz quedaron desnudos frente a sus manejos. Pudimos ver sus dinámicas y culturas internas asquerosillas, sus transas y comercios con los temas más delicados. En definitiva, pudimos conocer la manera como nos administraban para sus beneficios mediante modos que a ellos les parecían muy normales, usuales, lo de siempre, pero que a nosotros nos parecían indignantes. La transparencia forzada a la que se vieron sometidos desató una voluntad «desclasificatoria» en la ciudadanía que, de pronto, quiso saber realmente cómo funciona el poder y sus amaños. Y poco a poco comenzaron a darse cuenta de que, por ejemplo, las instituciones que debían proteger su ancianidad, los estaban estafando; que la que debía proteger su frontera y su seguridad, los había estado matando y desfalcando; que quienes debían proteger sus almas, violaba a sus niños; que quienes debían cuidar el país, se lo estaban llevando para la casa. Todas estas son cuestiones que en realidad siempre sospechamos, pero de pronto tuvimos las evidencias, e-mails, videos e imágenes insoslayables. Y nos descubrimos solos frente a una serpiente de mil cabezas. Uno a uno comenzamos a preguntarnos: si hoy nos mienten así, ¿cuánto nos habrán mentido hacia atrás? Comenzaba a brotar, entonces, el germen inicial que dio vida a la Historia secreta de Chile.

Esta queja no fue nunca en contra de los historiadores —y creo que a estas alturas la mayoría de ellos lo tiene claro—, sino contra un Estado de Chile que utiliza la historia como una herramienta de adoctrinamiento para ciudadanos. Unos cuentos de hadas a los que llamó Historia inoculada a nuestros niños con fines de orden político y diversos usos instrumentales a sus intereses. Estos básicamente fueron (y son): no cuestiones, obedece órdenes; mátate por la patria, odia a tus países vecinos, somos mejores que el resto y una sarta de estupideces chauvinistas «necesarias» para construir identidad de la peor manera, en un país joven que necesitaba volverse el choro del barrio. Es el mensaje detrás de la figura de cartón a la que redujeron al gran y muy complejo Arturo Prat: un tipo que obedece y se mata; fin. Esquilmando de nuestra historia todo perfil rebelde o crítico, al cortar las puntas incómodas a nuestros próceres para dejarlos planitos, escondiendo bajo la alfombra aquello que pudiera darnos la idea de que quizás, tal vez, el Estado podría no ser tan bueno con su población, reduciendo todo a una caricatura servil.

«Borra esa masacre.» «No, no cuentes eso.» «Llámale “pacificación” mejor.» «No digas que nos liberaron los argentinos.» «Trata de borrar a Freire y toda esa tontera del federalismo.» «Bota esa carta en la que O’Higgins defiende el derecho de los mapuche sobre su tierra.» «¿Para qué enseñar que nosotros permitimos el exterminio de los selk’nam?» «Pásate rapidito lo de la cuestión social, mucho “obrero” pone nerviosos a los patrones.» «Mejor ni hablar de las masacres a los trabajadores. Bueno, ya, la de Santa María, ¡pero esa nomás! Total, todo el mundo la conoce ya.» «No digamos que O’Higgins estuvo involucrado en una razzia donde mataron a próceres de nuestra Independencia» «¿Y que Prat enseñaba en escuelas de obreros relacionadas con la izquierda de la época? No, tú estái loco. Para qué decir eso.»

Desgraciadamente, el Estado enseña(ba) estas historias simplonas a niños de diez años que luego no volvían a tomar otro libro de historia nunca más en su vida. Y ese era, y es, el espesor de lo que sabemos sobre nuestro origen y nuestro devenir. Los grandes textos de nuestros historiadores no son, en general, muy accesibles a la gente común como uno. Son maravillosas piezas de historiografía, sí, pero la verdad es que no le hablan mucho al ciudadano de a pie, y ellos lo saben. Tampoco es su trabajo hacerlos accesibles. Lo que buscamos, entonces, estos nuevos escritores, investigadores, historiadores y también autodidactas, fue la divulgación de esas otras formas de ver la historia, más allá de la oficial. Usar, por ejemplo, las herramientas de la narrativa para contar en pasajes cortos, echando mano a la emoción, la maravillosa conexión que la literatura puede establecer con su lector y sumergirlo en la historia, alegrarlo, enojarlo, conmoverlo, y con ello recuperar el sabor del hecho histórico, que no es más que un evento grande o pequeño vivido por los sentidos de las personas de su tiempo. Recuperar eso a través de la narrativa hace que podamos reconectarnos con ese dolor, con esa esperanza, con esos sueños o esos miedos.

Pero las historias elegidas no fueron al azar. Tienen que ver con el poder, con el abuso, con la mentira y con la pelea de un pueblo que ha d ...