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HISTORIAS DE CORCELES Y DE ACERO (DE 1810 A 1824)

Daniel Balmaceda  

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Fragmento

Balmaceda, Daniel

Historias de corceles y de acero. - 1a ed. - Buenos
Aires : Sudamericana, 2011.

EBook. - (Historia)

ISBN 978-950-07-3389-2

1. Ensayo Histórico. I. Título

CDD 982

Edición en formato digital: abril de 2011

© 2011, Editorial Sudamericana S.A.®

Humberto I 555, Buenos Aires.

© Daniel Balmaceda,

c/o Guillermo Schavelzon & Asoc.

Agencia Literaria

Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.

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ISBN 978-950-07-3389-2

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HISTORIAS DE CORCELES Y DE ACERO Portadilla Portada Legales Dedicatoria INTRODUCCION SIN PROTOCOLO LOS SUELDOS DE LOS PRÓCERES EL FALSO SACERDOTE DE LA JUNTA ¿DÓNDE VIVÍAN TODOS? PALIZA EN LA CALLE LA PANZA DE SATURNINA LA RULETA GLOBO CENTINELA LA BIBLIA Y EL CALEFÓN DISGUSTO FATAL CONTRARREVOLUCIÓN PALCO VIP EL HOMBRE DE LOS BANQUETES ENTRE SOLTERO Y ENAMORADO EL TAMBOR DE TACUARÍ EL PRISIONERO DE SANDALIA LUNA DE MIEL INTERRUMPIDA LA PIRÁMIDE PARDOS ATAQUE SUBMARINO MUJERES ELECTRIZANTES LAS TRENZAS EN CAPILLA CASTELLI: EL YERNO QUE RELINCHA MUCHOS CACIQUES CUARTO OSCURO ENTRENAMIENTO DE GRANADEROS CONTROL AL LOCRO EL GRANADERO INDECISO EL NOVIO FRUSTRADO RENGO, MANCO Y MUDO BROWN GREEN BALA PERDIDA EL DÍA DE LAS LANGOSTAS DESAFIADOS IMAGEN OFICIAL VOTOS BUENOS AIRES-ROSARIO EL HISTÓRICO CONVENTO EL TERCER TIEMPO EMERGENCIAS MÉDICAS CASTAS PRIMO, EL SABLE PUERTA A PUERTA LO DE MARICA ROTAS CADENAS INCOMPRENSIBLE VILCAPUGIO TRES VALIENTES EL CABALLO BLANCO DE BELGRANO INTERNA DE FLOGGERS EL CUENTO DE YATASTO CANALLA COBARDE EL ENFERMO LA CANCIÓN DE SAN PATRICIO AMAZONA DE LA LIBERTAD LA DAMA DE LOS OJOS AZULES ALFÉREZ POR MUJER EL CARANCHO CASTAÑEDA EL GRANADERO RENTADO DESCARRIADO “TENGA USTED LA GENTILEZA DE RETIRARSE” CORONELAS EN EL HARÉN EL REVERENDO CARTONERO EL SOLITARIO SOLDADOS TOREROS NO ANDA LOS MITOS DE TUCUMÁN LOS PAPELES FIESTA EXCLUSIVA LA CUMBRE EN CÓRDOBA EL CHASQUI DE LA PATRIA LA BANDA MANO DURA EL SASTRE DE LOS ANDES HIMNO CHILENO GRAN CUARTO INTERMEDIO EL CHASQUI DE LOS REALISTAS “Y SI HAY VINO” CRÁMER VS. TODOS EL PONCHO DE BELGRANO Y EL SABLE DE SAN MARTÍN GUERREROS CON POLLERAS CAVERNA ANDINA EL DOCTOR SISÍ RAPTO DE LOCURA “BERNARDINO DE MI ALMA” LOS SESENTA GRANADEROS EL MUSLO DE COCHRANE BOQUETEROS “UN CASIQUE MENOS” DESCONSUELO LINTERNA MÁGICA CAJÓN VERDE NIDO DE LADRONES ESE VIEJO RENCOR VINO Y SANDÍA EL ATENTADO LA PAMPA DE JUNÍN COMPROMETIDO LAS HERIDAS DE NECOCHEA BONUS TRACK AGRADECIMIENTOS BIBLIOGRAFÍA

A Silvia, a Pancho y a Sofía Balmaceda

INTRODUCCION

Cuando cada uno de nosotros evoca la Revolución de Mayo y los sucesos de la Guerra de la Independencia imaginamos las escenas a partir del patrón iconográfico con el cual nos hemos familiarizado desde que éramos chicos. Por lo general, nos situamos en la plaza histórica bajo la lluvia, observando a quienes saludan desde el balcón del Cabildo. O en el salón de Mariquita, en la pared opuesta al piano entre los que se encuentran sentados asistiendo a la velada. O en San Lorenzo, delante de San Martín, en el momento en que está tratando de zafar de su caballo caído mientras el enemigo intentaba liquidarlo. Tal vez en el Cabildo Abierto, en una punta del pulcro pasillo donde cada orador expone sus ideas ante la mirada atenta del resto de los vecinos.

A esas imágenes se suman los inmortales rostros de los próceres, más los de los soldados, los sacerdotes, las damas, los negros y los enemigos, quienes parecen ser menos valientes, más sanguinarios y menos inteligentes que los de nuestro bando.

Hace algunos años el gran antropólogo Dick Edgar Ibarra Grasso me confió algunos detalles de sus investigaciones mientras tomábamos el té en su casa de la avenida Rivadavia: “El gran secreto para revelar enigmas complejos es mirar lo que siempre vemos, pero desde otro lugar”. Ibarra Grasso se acercó a una pequeña mesa donde tenía objetos de arqueología y rodeándola me decía: “Hay que buscar puntos de vista diferentes”.

Este viaje con rigor histórico por aquellos catorce años que van desde la Revolución de 1810 hasta la batalla de Ayacucho tiene la intención de ofrecer otros puntos de vista, otros ángulos de enfoque, que ayuden a comprender los gloriosos hechos de nuestro pasado en una dimensión más completa. Que atravesemos junto a Moreno en una noche solitaria, y con mucho temor, la recova que estaba en medio de la plaza. Que nos sentemos en el pianoforte del salón de Mariquita y que paseemos por cada uno de los ambientes de los 4700 metros cuadrados de su casona. Que nos quedemos mirándonos unos a otros con los miembros de la Junta, sin entender por qué nadie nos aguarda a la salida del tedeum. Que conozcamos al hombre que iba a casarse con Remedios de Escalada antes de que apareciera San Martín. Que sepamos cuál fue la hazaña de los tres sargentos, nos enteremos de algún crimen pasional de la época y de las peleas entre patriotas.

¿Usted conoce cuáles eran los sueldos de nuestros próceres y dónde vivían? ¿Sabe quién terminó usando el sable que empleó San Martín en San Lorenzo? ¿A quién le daban de comer a través de un tubo de plomo? ¿Cuál de nuestros héroes marchó preso por evasión de divisas? ¿Quiénes fueron los travestis del Alto Perú? ¿Tuvimos un bebito capitán? ¿Quién fue el intrépido granadero tatarabuelo de una estrella de Hollywood? ¿Sabía usted que hubo guerra de peinados floggers entre las chicas de 1817?

La historia de la Patria es mucho más humana de lo que solemos imaginar. ¿Es culpa de la enseñanza escolar que no lo hayamos descubierto antes? No: en los colegios es lógico que se concentren en los hechos puntuales. Historias de corceles y de acero es una opción para los recreos que nos da la vida. Espero que lo disfruten.

DANIEL BALMACEDA

SIN PROTOCOLO

La primera vocación de Benito Lué y Riega fue la militar. En 1770 integraba el ejército de su Majestad en España. Pero dejó las armas —aunque no abandonó su carácter colérico— para incorporarse a la Iglesia. Es decir, primero fue un soldado del Rey y luego de Dios. En medio de estas dos grandes vocaciones se sumó la de cantante: Benito integró el coro de la catedral de Lugo. Entre espadas, Biblias y algún pentagrama transcurrieron sus primeros cincuenta años. Hasta que en 1802 viajó como obispo a un nuevo destino, Buenos Aires. Comenzaba la recta final de su vida.

Arribó el domingo 14 de noviembre de 1802 a las cinco de la tarde. El virrey Joaquín del Pino le dio la bienvenida y no hubo tiempo para descansar: pocos minutos después se iniciaba la misa para agradecer la llegada del flamante obispo porteño. Empezó bien, pero la luna de miel entre el cardenal y los demás sacerdotes fue demasiado corta debido a que Lué pretendía cambiar todo, hasta las más pequeñas costumbres. Fueron tres las oportunidades entre 1804 y 1809, en que sus colegas instaron a que lo echaran. Más aún, cualquier cosa que hiciera el obispo parecía generar malestar.

Por ejemplo, durante una visita a ciudades de la Banda Oriental se lo acusó de exceso de velocidad porque en caminos pesados “hacía andar su coche y carretillas de equipaje cuatro leguas por hora”. Cuatro leguas por hora significan unos veintidós kilómetros por hora. Aclaremos que la legua fue una medida itinerante que pretendía marcar (en tiempos antes de Cristo) lo que un jinete podía andar durante una hora. Por lo tanto, cuatro leguas en una hora hubiera sido un sinsentido en el siglo I.

Lué y Riega fue sumando adversarios hasta que llegó el único hecho de su vida que logró gran difusión más allá de los círculos académicos: su actuación en el Cabildo Abierto del martes 22 de mayo de 1810. Emitió el primer voto en la histórica asamblea y en ese momento expresó que el Virrey debía continuar gobernando, pero no solo, sino junto a otros dos funcionarios: el Regente de la Real Audiencia y el Oidor de ese cuerpo. Por lo tanto, planteaba la formación de una pequeña junta, más bien un triunvirato. El hombre actuó con mucha sensatez, después de todo. Sin embargo, los grandes cambios institucionales marcarían su destino.

Al día siguiente del 25 de mayo, Lué mantuvo su jerarquía eclesiástica. Los nuevos gobernantes le enviaron una carta —la Junta estaba en el fuerte y Lué junto a la Catedral— para informarle oficialmente sobre el cambio de gobierno y, sobre todo, solicitando su acatamiento al nuevo orden. Además lo convocaban a presentarse en el Cabildo para jurar fidelidad ante los Santos Evangelios, de la misma manera que cada funcionario e integrante del clero. Aquél fue el primer acto del gobierno creado el 25 de mayo luego de asumir: redactar la carta.

Lué y Riega respondió que acataba a la Junta, pero se excusó de ir a la ceremonia del juramento. Era el mayor representante de la Iglesia en nuestra tierra y tal vez por eso Saavedra y compañía prefirieron no insistir y con la nota se dieron por satisfechos.

De todos modos, estaba claro que la relación entre los dos poderes era por lo menos distante. Y se puso de manifiesto antes de que se cumpliera una semana de gobierno. Fue a propósito del tedeum del miércoles 30 de mayo en el que se agradecería tanto por el día de Fernando VII —su onomástico, es decir, el día de San Fernando— como por la instalación de la Junta. El día anterior durante los preparativos Lué y Saavedra cruzaron más de una carta. La historia de los mensajes es la siguiente: la Junta le pidió al obispo que cuando concurriera a la misa los recibiera en la entrada de la Catedral un dignidad (un deán o un arcediano) y un canónigo (un miembro del cabildo eclesiástico). Estas dos autoridades debían despedirlos en la puerta al culminar la ceremonia. Aclaremos que todo el saludo se limitaba a una agachadita de cabeza, sin apretón de manos o besamanos o abrazo. El obispo respondió que lo veía “dificultoso” porque no contaba con suficiente cantidad de eclesiásticos como para emplear en esos menesteres. La Junta retrucó de inmediato, carta mediante, que cuando solicitaron el dignidad y el canónigo, lo hicieron habiendo evaluado previamente las limitaciones que podrían existir. Y terminaban la nota: “Insistiendo pues en el cumplimiento de aquel encargo, espera no habrá faltado, en el recibimiento de mañana, en ordenar al dignidad y canónigo” que se planten en la puerta a esperarlos y a despedirlos.

El obispo amainó en su nueva respuesta. ¿Porque acaso hubo una nueva respuesta? Por supuesto. No existirían Yahoo o Gmail, pero estaban los criados que iban y venían con cartas, notas, regalos —adjuntados a una esquela—, tarjetas o mensajes de voz. En este caso se trataba de una nueva nota en la que Lué aclaraba que lo habían malinterpretado y que en la entrada se encontrarían con los dos sacerdotes.

El 30 de mayo por la mañana un dignidad y un canónigo recibieron a los nueve miembros de la flamante Junta en el atrio de la Catedral. Pero cuando terminó la ceremonia y salieron se encontraron con una sorpresa: miraron para todos lados y no había nadie. Disimulando, se retiraron. La guerra estaba declarada.

Continuaron los enfrentamientos con cruce de cartas —cada vez más extensas— en donde uno pedía algo y el otro, en tono muy amable, se lo negaba. O no tan amable en algunos casos. A un mes del famoso tedeum del día de San Fernando, ¡seguían discutiendo el tema del dignidad y del canónigo, carta va, carta viene! Se llegó a prohibir la asistencia del obispo a la Catedral. La pelea se mantuvo durante varios meses hasta que, al acercarse el aniversario de la instalación de la Primera Junta, se reconciliaron; aunque ya gobernaba la Junta Grande. Pronto volvieron los tironeos.

El 21 de marzo de 1812 Lué celebró su onomástico —San Benito— en la localidad de San Fernando (¡otra vez San Fernando!). Invitó a unas cien personas y les ofreció chorizos, morcillas, riñones, jamones, treinta pollos, ocho gallinas, quince pares de pichones, cuatro patos y dos pavos, más vino a granel. La comilona estuvo a cargo de su cocinero tocayo, el negro Benito, y le costó 129 pesos y seis reales, una fortuna. Pero fue su última cena.

A la mañana siguiente, Benito Lué y Riega permanecía inmóvil en su cama. Cerca de las ocho y media, preocupados porque aún no se había levantado, los criados ingresaron a su cuarto. El rumor del envenenamiento se esparció con rapidez. Sobre todo porque en aquel tiempo ésa era la forma de deshacerse de las personalidades relevantes. Además de la conocida polémica sobre la muerte de Moreno, hay que tener en cuenta que antes de fusilar a Liniers se pensó en darle veneno. De hecho, el frasco ya estaba preparado. Posadas contó en sus memorias acerca de la vez que quisieron envenenarlo a él. Brown tenía la paranoia de que moriría de esa manera. Frente a la queja de los partidarios de los realistas, el Primer Triunvirato se apuró a decir que la muerte del obispo fue por causas naturales. Pero hasta en el mismo bando patriota hubo quienes mencionaron en público que la muerte del obispo fue por envenenamiento.

Desde ese día Lué y Riega, el importante orador del Cabildo Abierto, descansa en la Catedral Metropolitana. Allí, donde cada 25 de Mayo se celebra el tedeum.

LOS SUELDOS DE LOS PRÓCERES

Dos semanas después de haber cambiado el sistema de gobierno en el Río de la Plata, los miembros de la Junta acordaron sus sueldos. El miércoles 6 de junio de 1810 se resolvió que su presidente, Cornelio Saavedra, ganaría ocho mil pesos anuales. Era bastante menos de lo que cobraba el virrey Cisneros (doce mil pesos), pero era más que suficiente para vivir con cierta comodidad.

En cuanto al resto de los integrantes, se asignaron un sueldo de tres mil pesos anuales. Uno solo de los vocales renunció a su remuneración. Fue Manuel Belgrano, quien de todas maneras cobró un salario por comandar las fuerzas enviadas al Paraguay primero y al Norte después. De todas maneras, cabe aclarar que tenía derecho a cobrar los dos sueldos. El vocal Castelli, enviado al Alto Perú con un ejército, lo hizo.

Otro dato que vale la pena rescatar es que muchos de los gastos que generaban las diversas comisiones se pagaban con el propio sueldo, mientras que para otros se otorgaban viáticos. Por ejemplo, cuando Saavedra debió viajar al norte en agosto de 1811 para reemplazar a Castelli luego de la derrota de Huaqui, alquiló un carruaje que le costó ochocientos pesos, es decir, la décima parte de su sueldo anual. La cuenta la pagó el gobierno, pero aclarando que se descontaría de la remuneración del presidente de la Junta. Parece que el hombre reclamó y se resolvió que pagara apenas la mitad, mientras que el resto lo abonaría el Estado. Además, consiguió que el gobierno le otorgara doce pesos de viáticos diarios.

Cuando Moreno renunció a la Junta dejó de percibir su sueldo. Pero al ser nombrado comisionado ante Inglaterra obtuvo un singular aumento en sus ingresos, ya que de los tres mil que le correspondían por ser vocal pasó a cobrar ocho mil pesos, lo mismo que Saavedra. Mediante un documento estableció que su salario se le pagara en Buenos Aires. El encargado de cobrarlo sería Juan Larrea, quien se ocuparía de entregarlo a su mujer, Guadalupe Cuenca de Moreno. Como todos sabemos, Moreno murió en alta mar a comienzos de marzo de 1811. Sin embargo, la noticia de su deceso no llegó hasta septiembre. Por lo tanto, todo ese tiempo Guadalupe estuvo recibiendo la paga de su marido. Eso sí: cuando en septiembre se supo en Buenos Aires que Moreno había muerto, se suspendió el pago, “por motivos de fallecimiento”. La viuda tuvo que gestionar una pensión para vivir y criar a su pequeño hijo.

EL FALSO SACERDOTE DE LA JUNTA

Una sucesión de hechos inesperados han llevado a Mariano Moreno al pedestal de los revolucionarios de nuestra historia. Todo empezó cuando sus padres se conocieron gracias a un naufragio. Porque, en realidad, Manuel Moreno —soltero de 23 años— se dirigía de Santander a Lima, pero a causa de un accidente en el barco que lo transportaba terminó recalando en Buenos Aires, donde conoció a quien sería la madre de sus catorce hijos. El primogénito fue el célebre Mariano.

En el colegio, Mariano Moreno trabó amistad con uno de sus profesores, el fraile Cayetano Rodríguez. Fue por su gestión que consiguió completar sus estudios en Chuquisaca, ya que los Moreno no estaban en condiciones de financiar una carrera universitaria para sus hijos. Fray Cayetano habló con Felipe Antonio de Iriarte, un sacerdote jujeño que actuaba como representante legal de prelados del Alto Perú en un juicio que se llevaba a cabo en Buenos Aires. Rodríguez le solicitó ayuda económica a Iriarte para enviar a Moreno a estudiar Derecho Canónico. El jujeño aportó mil pesos del dinero que había recibido, no para pagar becas, sino para cubrir gastos en la causa judicial. De esa manera, se convirtió en el principal mecenas del joven estudiante.

En Chuquisaca, Moreno iba en camino a recibirse y abrazar el sacerdocio, cuando se encandiló con un retrato que vio en un escaparate. La imagen era de Guadalupe Cuenca, con quien logró casarse a pesar de la oposición de su suegra. El matrimonio acordó seguir adelante su vida en la ciudad altoperuana y no tenían planes de instalarse en Buenos Aires. Pero una vez más hubo que cambiar el rumbo: las ideas progresistas de Moreno no eran bienvenidas en Chuquisaca y se quedó sin trabajo.

Con el pequeño hijo Marianito y su mujer, partió a Buenos Aires en busca de un cargo público para que el Estado pagara su sueldo. Logró un puesto en la administración pública virreinal, al tiempo que comenzó a granjearse un nombre como abogado. En tal carácter —de funcionario y letrado particular— concurrió al Cabildo Abierto en donde no participó como orador, pero a la hora de votar manifestó lo mismo que la mayoría: que debía asumir una junta y que, en caso de no alcanzarse un acuerdo, el Síndico Procurador (Julián de Leiva) tendría el voto decisivo.

Por lo tanto, Mariano Moreno no tuvo un papel destacado en el Cabildo Abierto del 22 de mayo. Simplemente se mantuvo en el rebaño —votó igual que Saavedra, un par de hermanos de Belgrano, un hermano de Passo, Bernardino Rivadavia y Feliciano Chiclana, por mencionar sólo a algunos— de quienes reclamaban el cese del Virrey y su reemplazo por un grupo de personas reunidas en una junta de gobierno. ¿Pero acaso Moreno pertenecía al rebaño? No. Al contrario, representaba los intereses de uno de los hombres más poderosos de Buenos Aires, quien había preferido mantener distancia y no participar en la asamblea: Martín de Álzaga.

En el histórico Cabildo Abierto Mariano Moreno pasó muy desapercibido, salvo por el voto de un hombre que, para jugar un poco con las palabras, sí ha pasado bastante desapercibido en la historia. Se trata de uno de los grandes olvidados y, a la vez, principal protagonista de los acontecimientos de Mayo: el capitán del Escuadrón de Húsares del Rey (los Húsares de Pueyrredon), Manuel Hermenegildo Aguirre. Su voto sí fue original. Pedía que asumiera el Cabildo en reemplazo del Virrey y que se sumara a cinco hombres en calidad de consejeros: Julián de Leiva, Juan José Castelli, Juan José Passo, Mariano Moreno y Cornelio Saavedra.

Aguirre fue el primero —y el único— que mencionó a Moreno como eventual candidato a integrar la Junta de gobierno. Tres días más tarde, el abogado recibido en Chuquisaca ocupaba un lugar clave en el gobierno revolucionario. Y en pocas semanas se transformaba en el más extremista de sus miembros. Mantenía el fervor cristiano y las costumbres adquiridas en su infancia y reforzadas en el Alto Perú cuando seguía la carrera eclesiástica. Por eso, cada noche se flagelaba él mismo, castigándose en la espalda con tientos, buscando expurgar pecados.

Pero tal vez lo más extraño que hizo Moreno durante aquellos meses de encumbramiento fue disfrazarse. ¿En qué circunstancias? La Junta gobernaba desde el fuerte. Moreno solía quedarse hasta tarde y cuando salía, en plena noche, debía atravesar la oscurísima y desolada plaza que tenía, a la altura de la actual calle Defensa o Reconquista, la famosa recova, el gran edificio de galerías bien lúgubres en el paisaje nocturno. Por un momento le pido que imagine un túnel de veinte metros o la parte inferior de un puente, sin ninguna iluminación, salvo la de una vela gastada en su mano. Párese en la boca de ese túnel, una noche, en completa soledad. ¿Lo cruzaría? Así era el lugar más céntrico de Buenos Aires en 1810. Más allá de los problemas que podrían surgir por la inseguridad reinante —y afectar a cualquiera—, Mariano Moreno estaba en la mira de todos por sus decisiones de peso. En aquel tiempo eran varios los que podían tener motivos para eliminar al secretario de la Junta. El abogado lo sabía muy bien. Por eso, cuando abandonaba muy tarde el fuerte y se encaminaba a su casa en Bartolomé Mitre y Florida, se enfundaba en la túnica gris cenicienta, que es el hábito que emplean los franciscanos para la penitencia, se ajustaba la cintura con el cordón de tres nudos, se colocaba la capucha y se dirigía a su hogar, avanzando con las manos cruzadas por delante. Nadie osaría cometer la blasfemia de atacar a un sacerdote. Pero además, cualquier ladrón sabía que un franciscano estaba muy lejos de ser una presa codiciada. Y en caso de que existiera quien no respetara la investidura y la pobreza del caminante solitario, aún había un recurso: los brazos cruzados escondían un pistolón que empuñaba debajo de la sotana en su viaje de regreso a casa.

¿DÓNDE VIVÍAN TODOS?

La tarea de ubicar los domicilios particulares de los próceres habría sido para French (Domingo Cristóbal María) un juego de niños. En 1802, él era el cartero de Buenos Aires, es decir, la única persona encargada de entregar la correspondencia en la ciudad, incluido el transporte de caudales, una tarea que exigía mucha responsabilidad y extrema confianza. Aun sin la colaboración del repartidor de cartas —al que nosotros conocemos como repartidor de escarapelas—, hemos logrado establecer dónde vivían muchos de los protagonistas de la Revolución. Para evitar confusiones, utilizaremos la nomenclatura de calles y la numeración actuales.

Hasta que asumió como presidente de la Primera Junta, Cornelio Saavedra vivió en Reconquista entre Lavalle y Corrientes, en la vereda par. Luego, junto a su familia, se mudó al fuerte que se emplazaba donde ahora se encuentra la Casa Rosada. Los secretarios de la Junta se hallaban a uno y otro lado de la Plaza de Mayo. El solterón Juan José Passo habitaba una casa en la calle Defensa entre Alsina y Moreno, en la vereda oeste, que es la impar. En cambio, Mariano Moreno, como ya explicamos, vivía a mitad de cuadra en Bartolomé Mitre entre Florida y San Martín, en la vereda sur (la de numeración par), a pocos pasos del domicilio de los Escalada, en la esquina de San Martín y Bartolomé Mitre.

De los seis vocales, Miguel de Azcuénaga tenía su propiedad pegada a la Plaza de Mayo, en la misma vereda donde se encuentra la Catedral. Su casa, con entrada por la avenida Rivadavia, ocupaba un cuarto de manzana en la esquina de Reconquista, lo que lo convertía en vecino de Juan Martín de Pueyrredon y Marcos Balcarce, quienes habitaban la misma manzana. También sobre Rivadavia vivía Juan José Castelli, aunque más hacia el oeste; pese a que no ha sido posible precisar el domicilio exacto, se sabe que era en Rivadavia y Florida y que Castelli era vecino de Domingo Matheu, cuya casona estaba en Florida, entre Bartolomé Mitre y Perón, apenas a la vuelta de lo de Moreno y a una cuadra de la famosa propiedad de Mariquita Sánchez, que se hallaba en Florida 271.

Los vocales restantes eran los que vivían más lejos. Belgrano y Larrea tenían sus casas en la avenida Belgrano, que en 1810 era una calle tan angosta como el resto y se llamaba Pirán. El creador de la bandera vivió en Belgrano 430, entre Defensa y Bolívar. Belgrano, Rivadavia y Sarratea ocupaban la misma manzana. En la calle donde está el convento de Santo Domingo, es decir, en Belgrano al 300, habitaba Juan Larrea. El más alejado de todos era el sacerdote Manuel Alberti, cuyo domicilio era la iglesia de San Nicolás, en Nueve de Julio entre Corrientes y Sarmiento.

PALIZA EN LA CALLE

Don Baltasar Hidalgo de Cisneros y la Torre Cejas y Jofre vivió hasta el 24 de mayo en el fuerte, junto a su espléndida mujer, doña Inés Gaztambide y Ponce. Pero en cuanto fue desplazado tuvo que abandonar las comodidades que le otorgaba aquella investidura que le duró diez meses. Alquiló una casa en la actual calle Bolívar 553, entre Venezuela y México. Tenía con qué pagarlo, ya que continuó cobrando sus haberes, de acuerdo con lo resuelto por la Junta; incluso su sueldo superaba al de Saavedra. Pero su estadía en la Buenos Aires revolucionaria iba a ser corta.

Cisneros cerró mucho su núcleo de amistades. Solía reunirse con Antonio Caspe, Francisco Anzoátegui, Manuel Villota, Manuel de Reyes y Manuel de Velazco, integrantes de la Real Audiencia, el más alto Tribunal de Justicia de Buenos Aires. Ellos coincidían en que debía restablecerse al Virrey. Esta situación planteó cierta tirantez con el gobierno que recién había asumido. Entre el 7 y el 9 de junio tomó estado público un cruce de notas entre la Real Audiencia y la Primera Junta. Los magistrados le hacían ligeros planteos a la Junta —alguno muy sensato— que encendieron la chispa. Las repercusiones por esas notas fueron inmediatas.

Cerca de la medianoche del 10 de junio, cinco hombres con sus rostros cubiertos con pañuelos —como los actuales piqueteros—, protegidos a la distancia por un pelotón de cuatro soldados y un oficial, destrozaron los ventanales de la casa del fiscal del crimen Antonio Caspe, mientras el hombre se aproximaba a su domicilio. Le dispararon con armas de fuego y lo golpearon con sables, ocasionándole tres heridas en la cabeza. Todo fue muy rápido y los agresores se perdieron en la oscuridad. El fiscal quedó tendido en el piso, en muy mal estado, junto a la puerta. Su familia pensó que había muerto. Según expresó en un informe la víctima, su mujer se desmayó del susto, pues se hallaba “recién parida”.

A sólo tres semanas de asumir la Primera Junta, ya se topaba con una acción que ponía en juego su capacidad de controlar los hechos y las personas. A pesar de que se dijo que la agresión estuvo relacionada con el cruce de notas entre la Audiencia y la Junta, algunos atribuyeron la brutalidad a otro hecho. El lunes 28 de mayo, Caspe se había presentado en el fuerte para jurar obediencia al nuevo gobierno, junto al resto de los integrantes de la Real Audiencia, del Consulado, del Cabildo y de otros organismos (el obispo Lué y Riega, como recordarán, se excusó de participar). El fiscal llamó la atención por haber acudido al acto con un escarbadientes en la boca. No fue el único imprudente. Otro de los tribunos, Manuel de Reyes, “hizo ostentación de limpieza de uñas durante la ceremonia”, según un informe que publicó el nuevo gobierno.

Nadie demostró mucho ánimo de investigar el atentado del 10 de junio. Sobre todo porque Caspe prefirió no hacer la denuncia y dejar todo ahí por miedo a que se tomaran represalias contra él o su familia. A nadie pasó desapercibido el hecho de que a los violentos los había cubierto un grupo de soldados amparados en la negra noche. Fuera de los ámbitos formales, se señaló a Feliciano Chiclana (futuro triunviro) como el oficial que cubría a los embozados. El damnificado y sus compañeros de tribunal mencionaron a Domingo French y Antonio Beruti como partícipes. Entre los enemigos de la Revolución, el violento episodio se denominó “solfa Berutina”.

En el gobierno existía preocupación porque este tipo de acciones se le iba de las manos y lo desprestigiaba. Saavedra, Passo, Moreno y compañía se reunieron para debatir qué hacer. Apelaron a la Gaceta para dar su visión de los hechos. En el periódico se explicó que los ministros de la Real Audiencia habían sembrado la semilla de la discordia: que el pueblo “veía con horror en sus acciones y palabras, una semilla que produciría algún día una convulsión funesta, y en la noche del 10 de junio desfogó su cólera, por una numerosa partida del pueblo que, al retirarse a su casa el señor fiscal Caspe, acometió a su persona dándole una formidable paliza”. Pero además de publicar su postura, la Junta tomó una decisión.

El 22 de junio de 1810 por la noche dos soldados llegaron hasta la residencia de Cisneros y le pidieron que se dirigiera al fuerte ya que los integrantes de la Junta de Gobierno querían tratar asuntos referidos a la situación en España. El ex virrey comunicó que en breve asistiría. Le respondieron que lo aguardarían para acompañarlo. Con uno de sus mejores trajes se presentó ante las nuevas autoridades. Lo mismo ocurrió con los ministros de la Real Audiencia, cuyo peso institucional es equiparable al de nuestra Corte Suprema de Justicia. Una vez que estuvieron todos en una sala del fuerte, aparecieron Matheu y Castelli. El último, sin preámbulos ni palabras suaves, les comunicó que estaban todos detenidos. Mientras les informaban de su condición de reos por intriga y su extradición a las islas Canarias, un grupo de soldados comandados por Juan Ramón Balcarce ingresó a apresarlos. Los subieron a dos carruajes rodeados de húsares. Balcarce viajó en el estribo del coche que transportaba a Cisneros. Los condujeron al muelle y los embarcaron. Caspe llevaba vendas en la cabeza. Las heridas estaban ...