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HISTORIAS DEL ESTUDIO DE YOGA

Mitchell, Rain   

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Fragmento

Es en momentos así, después de haber puesto a prueba al grupo y a continuación pedirles que vuelvan a distenderse en sus esterillas, sumidos en un estado de paz colectiva, satisfacción y relajación profunda, con el cuerpo cubierto de una fina película de sudor que lo hace resplandecer, con el sol de la tarde destellando en la otra punta del embalse de Silver Lake, que se puede divisar a través de la pared de cristal que Alan y ella instalaron en la cara sur del estudio, es en instantes así, en que todo parece hallarse en armonía con el mundo, cuando a Lee le entran unas ganas tremendas de fumarse un cigarrillo.

—Inhalad por la nariz hacia los reductos de tensión que podáis seguir reteniendo, y exhalad todo el aire por la boca —les indica—. Soltad, soltad...

Las ganas de fumar son simplemente un fantasma del pasado que la visita de vez en cuando, que le viene de los tiempos de estudio equivocado y de excesivo estrés en la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia, una época en la que ella, al igual que una cuarta parte de los estudiantes, salía corriendo a la calle 165 tras una ponencia sobre enfisemas, crecimiento celular anómalo o cardiopatía, se encendía un pitillo y se arrimaba al muro de los edificios en medio de la gris humedad de aquellas tardes neoyorquinas.

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—Inhalamos una vez más, con una respiración profunda, exuberante, y hacemos otra exhalación completa más.

Pero aquello no había sido ni siquiera lo peor de su comportamiento. Menos mal que atrás han quedado, por siempre jamás, aquellos tiempos dedicados a empollar lecciones, a tratar de demostrarle no se sabe qué a su imposible madre, siempre con la sensación de haber cogido el vuelo equivocado y de dirigirse de cabeza hacia un destino ignoto. No se arrepiente en absoluto, nunca dudó de su decisión.

El hecho de que la noche en la que Alan se llevó sus cosas a la habitación libre de casa de un amigo, sin previo aviso, explicando tan solo que necesitaba un poco de espacio para «aclarar las ideas», ella se parase en el autoservicio camino de casa desde el estudio y se comprase un paquete de Marlboro Lights encendió una lucecita en la pantalla del radar. Prefería ser indulgente consigo misma y decir que aquella noche no estaba en su sano juicio.

—Om shanti, señora Yoga —había comentado con ironía el dependiente indio, restregándole lo contradictorio del hecho.

—Son para una amiga —había mentido ella, lo cual lo había empeorado aún más si cabe.

Se fumó solo dos y estaba a punto de tirar el paquete a la basura cuando se paró a pensar en lo caro que se había puesto el tabaco en los últimos diez años (¿quién podía saberlo?) y se dijo que tirarlos representaba una espantosa pérdida de dinero. Los guardó bajo llave en la guantera. A lo mejor podía repartirlos entre unos cuantos vagabundos. Solo que ¿no sería como regalar enfermedad de pulmón? Para que luego digan del mal karma... Total, que ahora no sabía qué hacer con ellos, aparte de mantenerlos bien fuera de alcance hasta que se le ocurriese la mejor manera de proceder.

¿Cuánto rato hace que tiene a la clase en savasana?

Se queda mirando cómo las quince cajas torácicas suben y bajan todas a la vez en medio de la preciosa luz dorada de la tarde, hace caso omiso de una erección inoportuna cortesía de Brian (el Cipote, como lo llaman Katherine y otras cuantas más, o sea, Brian, el de las mallas de yoga de licra blanca) y también ella cierra los ojos. Si se empeña mentalmente, es capaz de sentir un subidón solo con observar a su clase. Una inspiración profunda, una exhalación profunda, un recordatorio de que por mucho que de repente en las últimas semanas la vida se le haya complicado mucho más, por mucho que de momento la vida sea una caca pinchada en un palo, sigue siendo mejor que en los oscuros tiempos de Nueva York en que con veintipocos años era una estudiante fracasada de Medicina, antes de Alan, antes de los gemelos, antes de Los Ángeles. Antes del yoga.

Abre los ojos y ve que se ha pasado siete minutos del final de la clase. Es la cuarta vez esta semana. ¿O la quinta?

Hace volver al grupo, les pide que se sienten con las piernas cruzadas y entonces, con la súbita sensación de afecto y ternura hacia todos ellos que le invade invariablemente en ese punto de la sesión, dice:

—Llevaos esta sensación con vosotros, allá adonde os dirijáis. Esta calma estará ahí para cuando os haga falta. Si de pronto ocurre algo totalmente inesperado, no permitáis que os deje sin fuelle. No podéis controlar a las otras personas de vuestra vida. Pero sí podéis controlar vuestra manera de reaccionar ante ellas. No podéis predecir qué demonios van a hacer de repente, sin venir a cuento, sin previo aviso, justo cuando creíais que todo iba a las mil maravillas, que todo era perfecto y de pronto... —«Oh, oh»—. Que paséis una tarde verdaderamente estupenda, chicos. No dejéis que nada os saque de vuestras casillas. Namaste.

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—¿No te dije yo que era la mejor profesora de yoga de Los Ángeles?

Esta es Stephanie, presumiendo ante la amiga que se ha traído esta tarde al estudio de yoga, gorjeando con su estilo hiperbólico y simpático a la vez. No puede evitarlo; precisamente la hipérbole sin tapujos es lo que le ha granjeado el éxito en el sector del desarrollo de guiones cinematográficos. O por lo menos eso le ha contado a Lee. En lo relativo al negocio del cine, Lee ha aprendido a tamizar los superlativos, eliminar el ochenta y cinco por ciento de la mayoría de las afirmaciones, dividir por dos y, finalmente, creerse algo solo cuando ha visto la película en Netflix.

La amiga de Stephanie, tumbada boca arriba aún en el suelo, estira la columna vertebral como hacen los gatos. Es una belleza joven de cabellos azabache, con las piernas largas, el tono muscular perfecto y las inconfundibles señales de lesiones pasadas y presentes que Lee conoce demasiado bien de tanto observar alumnos. Bailarina, sin lugar a dudas.

—No es para tanto, Stephanie, qué apuro —dice Lee.

—No me lo estoy inventando —replica Stephanie—. Te encanta.

—Tienes razón, me chifla. Pero, si me quieres bien, procura ser un poquito más sutil, ¿vale?

—La sutileza está tan sobrevalorada... Y tú eres fabulosa.

Lee apila primorosamente en los anaqueles los bloques de espuma forrados de tela morada. Alan ha dado un par de talleres de kirtan en el estudio y, por si fuera poco que hace dos semanas se marchase sin que ella entendiese nada, encima ahora le venía con quejas sobre menudencias relacionadas con tareas domésticas. Que si las esterillas no estaban pulcramente apiladas, que si las mantas no estaban debidamente dobladas, que si los cinturones estaban hechos un lío... «Estoy tratando de crear un espacio sagrado con la música» —le dijo hacía unos días — «y no me ayuda mucho tenerlo todo manga por hombro».

A ella le habían dado ganas de gritar: «¿Me estás tomando el pelo? ¿Tú te crees que a mí me importan unas mantas desordenadas en este preciso instante? ¿Qué te parece si me explicas lo que está pasando? ¿Y si me cuentas de qué va el desorden que has creado en nuestro matrimonio?».

Pero, en lugar de eso, se ha dedicado a respirar y a ordenar las cosas para intentar procurarle un espacio sagrado y que él pueda ponerse las puñeteras pilas.

—O sea, Chloe y Gianpaolo también son muy buenos profes —dice Stephanie—. Pero tú, Lee, tú tienes la magia. Si consiguiese convencer a Matthew para que se venga por aquí alguno de estos días, se engancharía, te lo garantizo.

La semana pasada era «Zac» y la semana anterior fue «Jen» o cualquier otro nombre suelto con el que supuestamente uno se crea la impresión de que Stephanie se trata de tú a tú con las primeras figuras del escalafón hollywoodiense —y que goza de influencia sobre ellas—. Pues igual es verdad.

Lee no tiene ni idea de si a Stephanie o a alguna de las habituales les han llegado cuchicheos sobre lo que está pasando en su vida. Alan ensaya en el estudio y se ocupa de un montón de tareas de mantenimiento (se le da bien la carpintería si se pone a ello, y es bastante habilidoso para arreglar pequeños problemas de fontanería), así que entre eso y los talleres de música, todo el mundo le conoce. Lee le pidió a Alan que no airease su vida privada (¡si además el traslado es temporal!), pero desde que él leyó Come, reza, ama le ha dado por esta nueva y molesta necesidad de «elaborar» y «discutir» sus sentimientos, lo que podría significar ponerla a caer de un burro delante de absolutos desconocidos. No debería haberle sugerido que leyese el libro. Fue como darle a un niño un arma cargada. Lo que quería era que la entendiese un poco mejor, a ella, no que aprovechase para eludir sus responsabilidades con el estudio y con los gemelos, ni para que volviese a las viejas lamentaciones de siempre sobre sus decepciones como compositor de canciones y como intérprete ejecutante.

Stephanie, al igual que muchas de las mujeres que acuden al estudio, tiene idealizado el matrimonio de Lee. Lee y Alan, la pareja perfecta, agendas profesionales coordinadas a la perfección, cuerpos perfectos, niños perfectos. A Lee todo eso le resultaba menos embarazoso antes, cuando tanto Alan como el matrimonio le parecían más ideales. Está bastante segura de que Stephanie viene a Yoga Jardín del Edén en parte para empaparse del aura de dicha y estabilidad (dos cosas que casi brillan por su ausencia en su propia vida personal, aventuraría Lee) que envolvía el estudio hasta hace bien poco. Lee está haciendo todo lo posible por mantener esa aura que tanto levanta los ánimos a todas, y por conseguir que las clases no se resientan en absoluto, al mismo tiempo. ¡Se terminaron las sutiles referencias a su matrimonio en clase! ¿Pero cómo es posible?

Lee sigue con la mirada a Stephanie, que sale hacia la zona de recepción. Antes de que la puerta se cierre a su espalda, Stephanie ya está comprobando la BlackBerry. Stephanie la tiene preocupada.Tiene el aspecto de alguien que trabaja las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, que no para de llamar, quedar con gente, tratar de organizar los pormenores de un proyecto de película al que se refiere con frecuencia, y dejar caer aquí y allá una exageración de nombres propios. Muchas veces llega a clase con cara de necesitar dormir a pierna suelta toda una noche, y no le extrañaría nada a Lee enterarse de que Stephanie no solo recurre al yoga para relajarse al final de una jornada de trabajo —y tal vez también entre medias—. Dice que tiene veintiocho años, pero Lee tiene la sensación de que más bien anda por los treinta y tres, esa peliaguda edad intermedia. Por lo menos no se ha vuelto una «cara cartón», como define Lee esos rostros de la clase que se quedan sorprendentemente inmóviles cuando les dice a sus dueñas que hagan la postura del León y que saquen la lengua y aprieten los ojos. O que lo intenten, vamos.

Esto es Los Ángeles. No lo juzga. La última vez que asistió a una conferencia sobre yoga, la mitad de los profesores de más de treinta años se quejaban de que en el gimnasio o en el estudio en el que trabajaban les estaban animando a mantener las apariencias «a cualquier precio», ya que a los alumnos les gusta pensar que gracias al yoga se conservarán jóvenes de fuera adentro..., pero que, si solo es por fuera, pues también bien, al menos para algunos.

En clase Stephanie se da demasiada caña. Está en forma, pero no es una persona naturalmente flexible y uno de estos días se va a lastimar. Es baja de estatura y lleva el pelo muy corto, un corte que parece tener más que ver con salir de casa por la mañana a toda pastilla que con conseguir una imagen favorecedora para su rostro. Cuando Lee mira a Stephanie mientras esta suda la gota gorda durante la clase, lo que ve es un cuerpo que tendría un aspecto más natural y cómodo si estuviese envuelto en dos o cuatro kilos más. Lleva viniendo seis meses aproximadamente y Lee ha preparado un plan —aunque a Stephanie no piensa decirle ni una palabra—. Su objetivo es hacer que reduzca la marcha, serenar esas voces interiores suyas que le dicen que tiene que dar más de sí, que tiene que hablar más fuerte, todo para vencer al envejecimiento y a quién sabe qué demonios que la asedian.

Lee tiene diseñado un plan para muchos de sus alumnos. Gajes del oficio. Infinitamente más fácil que tratar de diseñarse uno para sí.

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Cuando la amiga bailarina se ha levantado y está enrollando su esterilla, Lee se presenta. En las distancias cortas la joven de melena negra resulta aún más impactante: ojos verde esmeralda, labios (naturalmente) carnosos, sedosa tez morena y una elegancia carente de esfuerzo en cada uno de sus movimientos. Menos cuando se estremece de dolor.

—¿Cuándo te lesionaste el talón de Aquiles? —le pregunta Lee.

La chica —Graciela— reacciona con cierto retardo poniendo cara de sorpresa. A Lee siempre la pasma que la gente crea que pueden escurrir el bulto como si nada.

—¿Cómo lo has notado?

—Empecé a sospechar cuando hiciste el asana del Perro Mirando Hacia Abajo la primera vez. El lado derecho de tu cuerpo y el lado izquierdo están en dos universos diferentes. No eres muy amiga de esperar a que cese el dolor, ¿a que no? —Lee lo dice con una sonrisa en los labios. Ha aprendido a hacer comentarios de este tipo sin que suenen a juicio de valor o a crítica.

—No es mi fuerte. Seguro que sabes de qué te hablo; Stephanie me ha contado que tienes a muchas bailarinas en tus clases. No nos ganamos muchos puntos precisamente dejándonos vencer por el dolor.

—¿Danza moderna? —pregunta Lee.

Graciela voltea la mano a un lado y a otro.

—Contemporánea. Hip-hop sobre todo. —Era lo que Lee suponía (esos brazos musculosos, esos hombros fuertes), pero como salta a la vista que Graciela es latina no quería parecer que estaba sacando conclusiones antes de tiempo—. Dentro de tres semanas me presento a una prueba para la grabación de un vídeo importante. Un bombazo. Ni siquiera me dejan que diga de quién es el vídeo.

Hace una pausa poniendo una pícara sonrisa, evidentemente esperando a que Lee trate de adivinar.

—¿Beyoncé? —pregunta Lee.

Graciela lanza un gritito.

—Qué fuerte. ¿Te lo puedes creer? ¿Tú sabes lo que esto representa para mí? —Da un saltito y vuelve a estremecerse de dolor—. O me curo o..., bueno, no hay «o» que valga.

Graciela está intentando curarse mediante el método de sanación por imposición de manos, pero el falso optimismo que denota su voz es algo que Lee conoce bien y representa otra cosa más que está feliz de haber dejado atrás en la Facultad de Medicina de Columbia, junto con la nieve, los exagerados regímenes de adelgazamiento y los antidepresivos.

—Prométeme que no vas a cometer ninguna locura para «curarte», ¿eh? —dice Lee.

—Ya, sí, me parece que vas a tener que definir la palabra «locura». Voy a un psicólogo en Venice Beach que me ha dicho que me voy a poner bien, así que tiro con eso. De todos modos, mi médico es un alarmista. En el gimnasio hice algo de yoga y estaba a punto de probar una de esas clases donde ponen la calefacción a tope. Fue entonces cuando Stephanie me insistió para que viniese aquí. A veces hago turnos en una cafetería a la que ella va.

—Bienvenida a bordo —dice Lee.

Graciela se cuelga la bolsa de un hombro. Tiene una melena verdaderamente preciosa: todo rizos, movimiento, brillo. Se la recoge detrás de la cabeza y, mientras lo hace, levanta la mirada hacia Lee y dice:

—¿Tú crees de verdad que estaré lista para la prueba? No me estoy haciendo falsas ilusiones, ¿verdad? —Su voz ha perdido la chispa de antes, la valiente alegría. La ha sustituido esa desesperación de las bailarinas que tan bien conoce Lee de haber hablado con algunas de sus alumnas.

Se queda mirando a Graciela con atención unos instantes. Parte del infierno de ser bailarina es que toda esa fuerza y toda esa belleza que posee Graciela, todas esas horas de entrenamiento y práctica, pueden quedar en nada por culpa de algún problemilla en el tendón o de algo igual de nimio, doloroso y vital.

—Sal y pide cita con Katherine —dice—. Es nuestra masajista y se sabe mil y un truquillos. Luego, quiero verte aquí por lo menos cuatro veces a la semana. Empezaremos poniéndote en asanas restaurativas. Pero te aviso: no te voy a quitar el ojo de encima. Yo marco los límites y, si te pillo metiéndote demasiada caña, te pongo de patitas en la calle.

Lee abraza a Graciela y prolonga el abrazo más rato de lo que pretendía. Cuando la aparta de sí, ve en el semblante de Graciela una mirada que revela una angustia y una tristeza tan intensas que le hace preguntarse qué más está pasando que ella no dice. Hay tantos aspectos que jamás llega a conocer sobre la vida de sus alumnas fuera del estudio...

—Oh, preciosa —dice Lee—. Lo sé. Pero confía en mí, solo tienes que reducir la marcha y mantenerte centrada, y tener un poquito de fe. Haremos todo lo que esté en nuestra mano, ¿de acuerdo?

—Voy algo justa de presupuesto en estos momentos —responde Graciela—. Procuraré venir siempre que pueda.

Lee piensa en Alan, en sus sermones sobre el excesivo corazón de Lee y que el estudio no es una organización benéfica. Pero ¿qué es una sola persona en una clase entera? Y si Graciela no se lo puede permitir, entonces no vendrá y de, una u otra forma, Lee pierde también. Le gusta esta niña. Al cuerno con Alan. Ella fundó el estudio, ella es la dueña.

—Págame lo que puedas. Y si eso significa «nada», está bien también. —Lee se encamina a la zona de la recepción y, entonces, pensándolo mejor, retrocede y se asoma a la sala de yoga—. Lo único: no se lo digas a nadie. Especialmente a un chico muy guapo con el pelo largo que verás por aquí de vez en cuando cargando con una caja de herramientas o con un armonio. Mi marido.

Entre las mejoras que ha hecho Alan en el estudio, está la creación de una zona de estar, con espacio para la venta de artículos y todo, transformando lo que había sido un espacio de almacenamiento de la época en que el estudio era el salón de exposición de un vendedor de alfombras. Hay un par de cómodos sofás y varias sillas en las que los alumnos pasan el rato entre clase y clase, y estantes que Tina mantiene abastecidos con una creciente colección de artículos relacionados con el yoga. La salita es uno de los mejores añadidos que han hecho en todo este tiempo, al menos en opinión de Lee. Un tanto original, hay que reconocerlo —¿dónde estaría ella sin la página de Muebles en Venta de Craiglist?—, pero ha contribuido en gran medida a crear ese ambiente de comunidad con que Lee siempre soñó con dotar al estudio. Además de para cultivar la amistad, la gente ha utilizado el espacio y el espíritu del yoga para organizar en él colectas para causas locales y un par de campañas de ayuda internacional motivadas por alguna catástrofe.

La zona de venta al por menor es otra historia. Lee no había querido cargar con la responsabilidad de hacer pedidos y ocuparse del seguimiento contable de lo que se ha convertido en una tienda (¡muy!) pequeña, pero Tina la convenció de meterse en el lío, asegurando que los alumnos necesitan un punto de venta cómodo en el que adquirir esterillas, cintas para el pelo y algún que otro artículo práctico. Ella se encarga de todo en nombre de Lee, reparte las ganancias con el estudio y obtiene a cambio un pase mensual gratuito para las clases. El problema es que cada uno de los productos, por muy mundanos y aparentemente simples, da lugar a una controversia.

Tina está tras el mostrador cuando Lee entra en la zona de estar, y hace una seña a Lee para que se acerque.

—Tengo que hablar contigo de una cosa —dice Tina.

—Voy algo justa de tiempo...

—Solo será un minuto.

Ya estamos, piensa Lee. Tina es una de esas yoginis jóvenes y súper en forma, con demasiada energía nerviosa y una tendencia a ponerse ansiosa si Lee le pide al grupo que hagan la postura del Niño o que modifiquen una postura en vertical o que deshagan una de las poses retorcidas más complicadas. Es competitiva, sin lugar a dudas, y en gran medida consigo misma. En el instituto era saltadora de trampolín y Lee está siempre recordándole que nadie va a darles puntuaciones por sus poses de yoga. «Yo no soy un juez», le dice una y otra vez. «Lo que quiero es que te esfuerces por disfrutarlo». De momento, ha presenciado mucho esfuerzo y no mucho disfrute.

—Es sobre el té —dice Tina, y retuerce el cuerpo de tal manera que ninguno de los presentes en la sala de estar pueda oír lo que dice—. He pedido esta marca nueva orgánica que tiene como loco a todo el mundo y, sin pensar, junto con la infusión de hierbas pedí cinco cajas de esto otro.

Sostiene en alto un paquete de Earl Grey.

—Bueno —responde Lee, y espera a escuchar qué clase de debate ha suscitado una caja de té. Tina se ha licenciado hace poco por la UCLA y ha vuelto a vivir con sus padres, por lo que Lee sospecha que todo se debe a que tiene demasiado tiempo entre las manos.

—Es cafeinado —dice ella—. Cosa en la que no caí entonces, pero Isabella Carolina Paterlini, estaba en la clase de Chloe de las siete de la mañana de hoy, me ha dicho que está intentando dejar el café y que al ver un té con cafeína en el estante ha pegado un bote. No supe bien qué decirle, así que le comenté que te preguntaría a ti.

—Menos mal que no decidiste pedir Red Bull —dice Lee.

Tina es de semblante nervioso, crispado, y no tiene mucho sentido del humor, por lo que sabe Lee. De todos modos, hay que reconocer que tampoco era un chiste muy bueno. Mucha gente, cuando se inscribe en un centro de yoga, parece atribuirse autoridad moral en cuestiones tales como la alimentación o la bebida; Lee no sabe si achacarlo a un sentimiento sincero o si más bien piensan que es así como deben comportarse. En términos generales Lee es bastante frugal, pero tampoco se opone a una hamburguesa de pavo y patatas fritas de tanto en tanto (ni al infrecuentísimo cigarrillo) y es de la opinión de que la mayoría de la gente estaría infinitamente más feliz y sana si se tomase estas cuestiones con más filosofía, en vez de tratar de adherirse a una política estricta. De todos modos, ¿qué es la «perfección»?

—¿Tú lo has probado? —pregunta Lee.

—No. Pero todas sus infusiones son una pasada.

—Te diré lo que vamos a hacer —dice Lee—. Compraré las cinco cajas. A mí me encanta el Earl Grey, y en todo caso siempre le puedo mandar a mi madre un par de cajas por su cumple.

—Oh, Lee. Eso es genial. Las dejaré en el despacho. ¿Tienes tiempo para hablar de otra cosa más?

—Tengo que irme al cole a por los gemelos —responde—. ¿De qué se trata?

—Alguien me ha preguntado si nos interesaría tener pesas para ejercicios de Kegel. Yo ni siquiera sabía de qué me estaba hablando y lo miré en Internet. Me estaba preguntando si...

—Dejemos eso pendiente hasta mañana. —Si una caja de infusiones ha dado pie a tanta conversación, ya puede imaginarse el carrete que daría este otro artículo. Hay momentos en que le entran ganas de clausurar la sección de venta al por menor (demasiados quebraderos de cabeza), pero algunos alumnos han manifestado estar verdaderamente encantados con ello. Lee se dirige al despacho y a los pocos pasos da media vuelta.— Estás haciendo una labor magnífica, Tina —dice.

Y en gran medida así es, aparte de que a Lee le resulta asombroso lo bien que responde la gente a una pequeña pero muy ansiada felicitación. Refuerzo positivo. ¿Por qué será que Alan aún no ha entendido eso?, se maravilla.

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Lee tarda veinte minutos andando desde Yoga Jardín del Edén hasta el colegio para recoger a los gemelos. Alan los dejó allí esta mañana y se fue a trabajar con el socio con el que está componiendo una canción que esperan vender a otro reality sobre adicciones que están emitiendo en la VH1. Se supone que le ha dejado el coche allí y que se marchó andando a su nuevo domicilio. Se apostaría lo que fuera a que no está en el aparcamiento. Afortunadamente, no le gustan los juegos de apuestas, así que se centrará en lo que haya de depararle el día.

Ella, que creció en una zona residencial de Connecticut, nunca se imaginó que viviría en un lugar tan urbano como Silver Lake. California nunca había estado en la pantalla de su radar, ni más ni menos. Siempre soñó con que acabaría en Vermont, en alguna población pequeña y coqueta en la que podría ejercer la medicina en su propia consulta, formar una familia y patinar en un lago helado unos cuantos meses al año. Básicamente, la típica estampa nevada de las láminas firmadas por Currier & Ives. La última vez que estuvo en Vermont se quedó atrapada en un atasco junto a una zona comercial llena de tiendas. Pues vaya. Ahora ni se le ocurriría mudarse de Silver Lake. Contiene la mezcla perfecta de ambiente sin pretensiones y sitios con estilo, de bohemia jipi y gente bien. Y sí, la gente de esta vecindad sí que anda por la calle y va en bici a trabajar y se sienta a tomar un café (¡cafeinado!) en las terrazas de las cafeterías. Hoy debe de hacer unos 22 o 23 grados y mientras camina por la calle desde el centro de yoga contempla el embalse en toda su extensión ante ella, como una lámina espejeante enmarcada por el verdor de las palmeras y las casas de estuco con sus tejados de teja roja.

Se llena los pulmones como queriendo aspirar todo lo que ve, intentando guardarse un poco de esta serenidad (Este sentimiento estará ahí para cuando lo necesites) antes de que los gemelos irrumpan de nuevo en su vida como un huracán y conviertan cada instante en un ejercicio de aceptación de lo inaceptable. ¿Sistemas? ¿Planes? Imposible plantearse nada de eso con dos mocosos de ocho años pilotando la nave. Con todo, no podría haber elegido un sitio mejor para criar a sus hijos, por mucho que Silver Lake tenga también sus defectos si uno se fija con atención, y por mucho que el aire pueda ser un poquito más denso aquí arriba. Su propio camino vital habría resultado mucho más claro desde mucho antes si hubiese vivido en un lugar tan variopinto y animado como este, en vez de en Darien.

Al subirse a la acera que bordea el embalse, la brisa sopla con más fuerza, refrescando el aire y haciéndole pensar por un instante que todo va a salir bien de verdad. Alan solo está mohíno y comportándose como un crío, algo de lo que es capaz en ocasiones. Es su cualidad menos atractiva, pero ella lo lleva más o menos bien. Por lo menos ha empezado a trabajar en nuevas canciones. Eso le subirá un poco la autoestima, hasta que le llegue una de esas negativas que siempre le sumen en una espiral de inseguridad, manifestada en forma de ira contra un tercero. Fue idea de ella que aprendiese a tocar el armonio y que empezase a tocar en vivo en algunas de las clases, en el estudio. Tiene una facilidad asombrosa y a los alumnos les encanta. Es verdad que nunca se hubiera imaginado hacer algo así como músico, pero es una manera de interpretar con público y Lee le ha conseguido un par de actuaciones en otros centros pequeños de la ciudad. ¿Que necesita algo de tiempo para analizar lo que está haciendo y revisar la cosa? Por ella ningún problema. Él le ha dicho que no tiene nada que ver con ella y, por descontado, tampoco con ningún lío de faldas. De momento lo más fácil es creer que le está diciendo la verdad. Todo va a salir bien. Todo va a ir bien.

Dobla una esquina y el colegio aparece ante su vista. La comunidad escolar al completo está en la acera, en fila, y hay una flota de coches patrulla de la policía delante de la entrada con luces azules destellantes. Se oye el sonido de unos camiones de bomberos en la distancia.

Es entonces cuando echa a correr.

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—El ayuno fue increíble —le dice la mujer mientras Katherine le masajea las pantorrillas—. Después del tercer día no sentía absolutamente nada de hambre. Y digo yo: ¿por qué será eso? Y durante los diez días, diez días enteros sin un solo bocado, seguí yendo a…, ya me entiendes…, un par de veces al día. Y en cantidades increíbles. Me alegro tanto de haber liberado a mi cuerpo de eso…

—¿Y quién no? —dice Katherine.

El soliloquio de Cindy, que comenzó ya antes de tumbarse en la camilla de Katherine, ha entrado oficialmente en el terreno del «exceso de información». Lo que no es de extrañar en absoluto. Katherine ya vio la que se le venía encima en cuanto Cindy le dijo, cuando concertó la cita, que no podía esperar a describirle una «experiencia alucinante» que había tenido durante una limpieza de diez días. Es el quinto masaje de Cindy con Katherine y cada vez que viene tiene una nueva experiencia alucinante que contarle con todo lujo de detalles. Un régimen nuevo, un método nuevo de lavado de senos paranasales, una nueva técnica de irrigación de colon, una nueva sauna indígena.

Lo que a Katherine siempre le sorprende es descubrir una vez más lo aburrido que resulta escuchar los avatares alimenticios y digestivos de la gente. Katherine no es ajena a todo esto (coquetear con las modas pasajeras de «salud» la ayudó a cortar con sus adicciones más perniciosas) y tiene que reconocer que Cindy tiene un aspecto estupendo, con el cutis terso y tirante. Pero a veces Katherine piensa que debería colgar un letrero para recordar a sus clientas que no tiene ninguna necesidad de conocer con tanto detalle sus experiencias fisiológicas íntimas. Estira un brazo y sube la música unas rayitas, con la esperanza de que la otra capte la indirecta.

—Seguro que te preguntarás qué comí para terminar el ayuno, ¿a que sí?

Más bien no.

—Normalmente es lo primero que te pregunta la gente.

Si es que son capaces de meter una palabra de canto.

—Se suponía que tenía que empezar por un zumo verde que debía tomar todo el día. No estoy segura de lo que era, pero sabía como si estuviese bebiendo heno y me provocó tales náuseas que tuve que echar mano de lo primero que pillé para intentar quitarme el mal sabor de boca, y resultó que fue un rosco con pepitas de chocolate que Henry había dejado en la encimera de la cocina.

Ahora viene la arremetida contra Henry.

—Pues muchas gracias, ¿sabes? Quiero decir: él sabía que ese día yo terminaba mi ayuno. Le ha dado por el sabotaje. Pero, oye, le quiero igualmente. Madre de mi vida, pero si tiene un culo precioso, de escultura de mármol. La que no me vuelve loca es su mujer, pero por lo menos él ha tenido la delicadeza de no decirle que hay otra mujer en su vida, cosa que a mí me parece como tierno por su parte. Total: que el rosco no era lo que yo tenía planeado, pero pensé que como ya me lo había comido, pues podía perfectamente disfrutarlo, y entonces..., ¿has estado en esa pastelería nueva en Hyperion?...

Entre las personas a las que da masajes Katherine ha detectado una extraña desconexión: hablan de su cuerpo como si fuese un templo de pureza al que quisieran honrar recibiendo masajes, haciendo yoga, ingiriendo únicamente alimentos de cultivo ecológico. Pero, mientras tanto, se pasan media vida tratando de vaciar sus sistemas para purgarlos de todo fluido y efluvio corporal como si estuviesen en guerra con sus funciones más elementales y sanas.

Lo bueno de estos parlanchines es que una puede abstraerse de la perorata y concentrarse en sus propias obsesiones, tales como, a ver, digamos: pergeñar el modo de entablar contacto con el bombero pelirrojo que ha entrado a trabajar en el parque de bomberos que hay en esta misma calle. Gran Rojo. Ese sí que es alguien con quien merece la pena obsesionarse.

Cuando ha acabado con Cindy, Katherine le coloca sobre los párpados una almohada de ojos, le dice que se tome su tiempo y sale en dirección a la zona de recepción. Rodea la mesa y por poco se tropieza con Alan, que está arrodillado detrás del mostrador, revisando las hojas de asistencia a clase de la semana pasada. Últimamente está cada vez más insistente con contrastar las hojas de asistencia con los recibos, pues quiere demostrar que Lee no está haciendo firmar a todo el mundo o bien está brindando a algunos alumnos una escala móvil de precios. Y de eso Katherine no piensa decir ni pío.

—¿Qué hay, nena? —dice él.

Son tantos los motivos por los que a Katherine le pone ligeramente enferma que Alan la llame «nena» que no sabría por cuál empezar si tuviera que quejarse. En vez de eso, suelta un «¿Qué haaaay?» con exagerado coqueteo por su parte, con la esperanza de que a él le resulte ofensivo.

Nunca se ha fiado del todo de Alan; ese cuerpo alucinante, ese pelo largo, esa cara demasiado guapa, de rasgos como esculpidos, esa manera de pavonearse delante de la clase cuando toca en vivo... Ni que fuera el centro del universo. Desde que Lee le confió que se había largado de casa dejándola a ella y a los niños, todavía se fía menos de él. Lee está mucho mejor sin Alan, pero él no tiene derecho a abandonarla. Respecto de los motivos que haya detrás de semejante decisión, Katherine alberga sus propias sospechas, pero tampoco sobre este tema piensa decir esta boca es mía.

—¿Tú sabes cuánta gente se ha apuntado a mi taller de kirtan de la semana que viene? —pregunta Alan.

—Tres personas —responde Katherine.

Si en lugar de llevar las cuentas de los recibos de Lee prestase atención a su propio negocio lo sabría. Katherine paga un alquiler por su salita de masajes en Yoga Jardín del Edén y al final se pasa más tiempo en el estudio que todos los demás, incluida Lee, esperando a sus clientes y matando el tiempo entre cita y cita. Por puro cariño hacia Lee, procura prestar atención al máximo posible de detalles, pero sin pasarse tampoco —está firmemente decidida a no involucrarse más de la cuenta en la vida de nadie—. Con todo, son demasiadas las personas que meten la zarpa en los diversos asuntos del estudio, mayormente las ayudantes que a cambio de clases gratis echan una mano en las labores de atención al público. Además de poseer mínimos conocimientos sobre cómo manejar los programas informáticos, van siempre con tantas prisas para no entrar tarde en sus respectivas clases que se dejan dinero encima del mostrador, o comprobantes de pago con tarjeta de crédito tirados por ahí, y la pantalla del ordenador atestada de notitas adhesivas con preguntas, peticiones y toda clase de detalles relativos a transacciones inconclusas. La semana pasada Katherine vio una que decía: «No he sbido imprmr ls recibos, así q dejé ntrar grtis a todo el mundo. Spero q no pse nada. J Tara».

—Tres —dice Alan—. Perfecto. Tenía la esperanza de que fuese un grupo reducido. Es mucho más fácil trabajar con ellos.

Katherine se queda callada, la mejor manera de hacerle saber que no se traga el comentario. Alan es un buen músico y tiene una bonita voz, pero, después del último taller que impartió, a Katherine le han llegado un montón de quejas de los alumnos, diciendo que se pasó gran parte del tiempo tocando y que no les dejó cantar mucho.

Katherine sabe también que hoy Alan tenía que dejar el coche en el colegio para que Lee lo cogiese, pero lo está viendo aparcado delante del estudio. Clásica táctica pasivo-agresiva, amén de un lío en el que no piensa entrometerse.

Alan se mete en la sala de yoga y Katherine puede verle a través de las puertas de cristal, «estirándose», una tabla de ejercicios que implica grandes dosis de pavoneo, meneos, unas cuantas flexiones para inflarse bien los bíceps, y termina haciendo el pino, una postura en la que se queda durante casi un minuto. Supuestamente, en la universidad fue corredor de atletismo o algo así, y es verdad que conserva una forma física excelente, cosa que impresionaría mucho más si no estuviese tan obviamente pensada para impresionar al personal.

La carrera musical de Alan es la razón por la que Lee y él se vinieron a vivir aquí. El hecho de que las cosas no salieran como él las tenía planeadas no dice nada en contra de su talento; el show business no ha salido según lo planeado para la mayoría de los residentes de esta ciudad, incluida ella misma. Katherine ha asistido a suficiente cantidad de actuaciones suyas, tanto en cafés como en salas privadas, para saber que posee destreza musical y que es un compositor muy capaz. Pero, tristemente, tiene la tendencia a exagerar sus propios méritos delante del público y a manifestar un asomo de resentimiento por la decepcionante cantidad de público congregado, de modo que acabas sintiéndote como si fueras imbécil por haber ido a escucharle. En cierta ocasión dijo desde el escenario ante un auditorio formado por diez personas: «Esta noche cuarenta personas me habían confirmado su asistencia. Supongo que tenían mejores cosas que hacer».

En opinión de Katherine, el comportamiento de Alan hacia Lee no es ni más ni menos que un montón de numeritos que de atractivo no tienen nada: el niño malcriado que está acostumbrado a ser el centro de atención necesita espacio para lamerse el ego herido. Y en cuanto a lo que le vio hacer en el despacho dos semanas atrás..., otro numerito.

Apila las hojas de asistencia a clase y vuelve al despacho de Lee, enciende el ordenador y abre los recibos de la semana anterior. Como su trabajo es manual y en tiempos pasados fue yonqui, todo el mundo da por hecho que sus habilidades informáticas no pasan de lo elemental. A veces eso ayuda a mantener bajas las expectativas.

Lo último que Lee necesita en estos momentos es tener a Alan calentándole la cabeza con el asunto de los pases gratis que ella regala a diestro y siniestro, con el tema de los trueques que ofrece a algunas alumnas fijas o con la cuestión de lo descuidadas que son las ayudantes del estudio. Siempre que puede, Katherine trata de eliminar las notitas adhesivas y de aportar algo de cordura al aspecto contable del negocio. Si Alan se e ...