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HISTORIAS DEL ESTUDIO DE YOGA

Mitchell, Rain   

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Fragmento

Es en momentos así, después de haber puesto a prueba al grupo y a continuación pedirles que vuelvan a distenderse en sus esterillas, sumidos en un estado de paz colectiva, satisfacción y relajación profunda, con el cuerpo cubierto de una fina película de sudor que lo hace resplandecer, con el sol de la tarde destellando en la otra punta del embalse de Silver Lake, que se puede divisar a través de la pared de cristal que Alan y ella instalaron en la cara sur del estudio, es en instantes así, en que todo parece hallarse en armonía con el mundo, cuando a Lee le entran unas ganas tremendas de fumarse un cigarrillo.

—Inhalad por la nariz hacia los reductos de tensión que podáis seguir reteniendo, y exhalad todo el aire por la boca —les indica—. Soltad, soltad...

Las ganas de fumar son simplemente un fantasma del pasado que la visita de vez en cuando, que le viene de los tiempos de estudio equivocado y de excesivo estrés en la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia, una época en la que ella, al igual que una cuarta parte de los estudiantes, salía corriendo a la calle 165 tras una ponencia sobre enfisemas, crecimiento celular anómalo o cardiopatía, se encendía un pitillo y se arrimaba al muro de los edificios en medio de la gris humedad de aquellas tardes neoyorquinas.

—Inhalamos una vez más, con una respiración profunda, exuberante, y hacemos otra exhalación completa más.

Pero aquello no había sido ni siquiera lo peor de su comportamiento. Menos mal que atrás han quedado, por siempre jamás, aquellos tiempos dedicados a empollar lecciones, a tratar de demostrarle no se sabe qué a su imposible madre, siempre con la sensación de haber cogido el vuelo equivocado y de dirigirse de cabeza hacia un destino ignoto. No se arrepiente en absoluto, nunca dudó de su decisión.

El hecho de que la noche en la que Alan se llevó sus cosas a la habitación libre de casa de un amigo, sin previo aviso, explicando tan solo que necesitaba un poco de espacio para «aclarar las ideas», ella se parase en el autoservicio camino de casa desde el estudio y se comprase un paquete de Marlboro Lights encendió una lucecita en la pantalla del radar. Prefería ser indulgente consigo misma y decir que aquella noche no estaba en su sano juicio.

—Om shanti, señora Yoga —había comentado con ironía el dependiente indio, restregándole lo contradictorio del hecho.

—Son para una amiga —había mentido ella, lo cual lo había empeorado aún más si cabe.

Se fumó solo dos y estaba a punto de tirar el paquete a la basura cuando se paró a pensar en lo caro que se había puesto el tabaco en los últimos diez años (¿quién podía saberlo?) y se dijo que tirarlos representaba una espantosa pérdida de dinero. Los guardó bajo llave en la guantera. A lo mejor podía repartirlos entre unos cuantos vagabundos. Solo que ¿no sería como regalar enfermedad de pulmón? Para que luego digan del mal karma... Total, que ahora no sabía qué hacer con ellos, aparte de mantenerlos bien fuera de alcance hasta que se le ocurriese la mejor manera de proceder.

¿Cuánto rato hace que tiene a la clase en savasana?

Se queda mirando cómo las quince cajas torácicas suben y bajan todas a la vez en medio de la preciosa luz dorada de la tarde, hace caso omiso de una erección inoportuna cortesía de Brian (el Cipote, como lo llaman Katherine y otras cuantas más, o sea, Brian, el de las mallas de yoga de licra blanca) y también ella cierra los ojos. Si se empeña mentalmente, es capaz de sentir un subidón solo con observar a su clase. Una inspiración profunda, una exhalación profunda, un recordatorio de que por mucho que de repente en las últimas semanas la vida se le haya complicado mucho más, por mucho que de momento la vida sea una caca pinchada en un palo, sigue siendo mejor que en los oscuros tiempos de Nueva York en que con veintipocos años era una estudiante fracasada de Medicina, antes de Alan, antes de los gemelos, antes de Los Ángeles. Antes del yoga.

Abre los ojos y ve que se ha pasado siete minutos del final de la clase. Es la cuarta vez esta semana. ¿O la quinta?

Hace volver al grupo, les pide que se sienten con las piernas cruzadas y entonces, con la súbita sensación de afecto y ternura hacia todos ellos que le invade invariablemente en ese punto de la sesión, dice:

—Llevaos esta sensación con vosotros, allá adonde os dirijáis. Esta calma estará ahí para cuando os haga falta. Si de pronto ocurre algo totalmente inesperado, no permitáis que os deje sin fuelle. No podéis controlar a las otras personas de vuestra vida. Pero sí podéis controlar vuestra manera de reaccionar ante ellas. No podéis predecir qué demonios van a hacer de repente, sin venir a cuento, sin previo aviso, justo cuando creíais que todo iba a las mil maravillas, que todo era perfecto y de pronto... —«Oh, oh»—. Que paséis una tarde verdaderamente estupenda, chicos. No dejéis que nada os saque de vuestras casillas. Namaste.

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—¿No te dije yo que era la mejor profesora de yoga de Los Ángeles?

Esta es Stephanie, presumiendo ante la amiga que se ha traído esta tarde al estudio de yoga, gorjeando con su estilo hiperbólico y simpático a la vez. No puede evitarlo; precisamente la hipérbole sin tapujos es lo que le ha granjeado el éxito en el sector del desarrollo de guiones cinematográficos. O por lo menos eso le ha contado a Lee. En lo relativo al negocio del cine, Lee ha aprendido a tamizar los superlativos, eliminar el ochenta y cinco por ciento de la mayoría de las afirmaciones, dividir por dos y, finalmente, creerse algo solo cuando ha visto la película en Netflix.

La amiga de Stephanie, tumbada boca arriba aún en el suelo, estira la columna vertebral como hacen los gatos. Es una belleza joven de cabellos azabache, con las piernas largas, el tono muscular perfecto y las inconfundibles señales de lesiones pasadas y presentes que Lee conoce demasiado bien de tanto observar alumnos. Bailarina, sin lugar a dudas.

—No es para tanto, Stephanie, qué apuro —dice Lee.

—No me lo estoy inventando —replica Stephanie—. Te encanta.

—Tienes razón, me chifla. Pero, si me quieres bien, procura ser un poquito más sutil, ¿vale?

—La sutileza está tan sobrevalorada... Y tú eres fabulosa.

Lee apila primorosamente en los anaqueles los bloques de espuma forrados de tela morada. Alan ha dado un par de talleres de kirtan en el estudio y, por si fuera poco que hace dos semanas se marchase sin que ella entendiese nada, encima ahora le venía con quejas sobre menudencias relacionadas con tareas domésticas. Que si las esterillas no estaban pulcramente apiladas, que si las mantas no estaban debidamente dobladas, que si los cinturones estaban hechos un lío... «Estoy tratando de crear un espacio sagrado con la música» —le dijo hacía unos días — «y no me ayuda mucho tenerlo todo manga por hombro».

A ella le habían dado ganas de gritar: «¿Me estás tomando el pelo? ¿Tú te crees que a mí me importan unas mantas desordenadas en este preciso instante? ¿Qué te parece si me explicas lo que está pasando? ¿Y si me cuentas de qué va el desorden que has creado en nuestro matrimonio?».

Pero, en lugar de eso, se ha dedicado a respirar y a ordenar las cosas para intentar procurarle un espacio sagrado y que él pueda ponerse las puñeteras pilas.

—O sea, Chloe y Gianpaolo también son muy buenos profes —dice Stephanie—. Pero tú, Lee, tú tienes la magia. Si consiguiese convencer a Matthew para que se venga por aquí alguno de estos días, se engancharía, te lo garantizo.

La semana pasada era «Zac» y la semana anterior fue «Jen» o cualquier otro nombre suelto con el que supuestamente uno se crea la impresión de que Stephanie se trata de tú a tú con las primeras figuras del escalafón hollywoodiense —y que goza de influencia sobre ellas—. Pues igual es verdad.

Lee no tiene ni idea de si a Stephanie o a alguna de las habituales les han llegado cuchicheos sobre lo que está pasando en su vida. Alan ensaya en el estudio y se ocupa de un montón de tareas de mantenimiento (se le da bien la carpintería si se pone a ello, y es bastante habilidoso para arreglar pequeños problemas de fontanería), así que entre eso y los talleres de música, todo el mundo le conoce. Lee le pidió a Alan que no airease su vida privada (¡si además el traslado es temporal!), pero desde que él leyó Come, reza, ama le ha dado por esta nueva y molesta necesidad de «elaborar» y «discutir» sus sentimientos, lo que podría significar ponerla a caer de un burro delante de absolutos desconocidos. No debería haberle sugerido que leyese el libro. Fue como darle a un niño un arma cargada. Lo que quería era que la entendiese un poco mejor, a ella, no que aprovechase para eludir sus responsabilidades con el estudio y con los gemelos, ni para que volviese a las viejas lamentaciones de siempre sobre sus decepciones como compositor de canciones y como intérprete ejecutante.

Stephanie, al igual que muchas de las mujeres que acuden al estudio, tiene idealizado el matrimonio de Lee. Lee y Alan, la pareja perfecta, agendas profesionales coordinadas a la perfección, cuerpos perfectos, niños perfectos. A Lee todo eso le resultaba menos embarazoso antes, cuando tanto Alan como el matrimonio le parecían más ideales. Está bastante segura de que Stephanie viene a Yoga Jardín del Edén en parte para empaparse del aura de dicha y estabilidad (dos cosas que casi brillan por su

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