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HISTORIAS EN VOLá

Simón Espinosa  

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Fragmento

La primera vez que fumé marihuana tenía quince años. Y no era marihuana. Era caca de vaca, bosta.

Se la compré a un dealer que la fue a cosechar atrás de un galpón en Talagante, donde estábamos carreteando cuando yo todavía no sabía carretear. La metió en un cilindro plástico de los rollos de foto (porque los millennial alcanzamos a sacar fotos con rollo) y me la vendió en cinco lucas, lo que fue una suerte, porque justo le había comentado (como buen negociante) que solo me quedaban cinco lucas.

Recuerdo bien que el careraja (o genio del mal) incluso tuvo la astucia de sacar un poco cuando le dije que tenía menos plata. La treta funcionó a la perfección: compré cinco lucas de caca, añejada en cuatro estómagos, la enrolé a la perfección, porque había estado entrenando con el tabaco de mis primos grandes, me la fumé, tosí, y me hice el volao toda la noche.

¿Por qué da tanta vergüenza la pubertad? Imagino que todos tenemos cosas de qué arrepentirnos, secretos que queremos enterrar, como haberte caído en clases mientras te balanceabas en la silla. ¿Por qué duele tanto el recuerdo? ¿En qué sección de la memoria se aloja la temperamental culpa y, del mismo modo, por qué vienen sus fragmentos a cazarnos cuando estamos débiles? ¿Dónde estará el encendedor?

Esa noche traté de agarrar con la hermana mayor de un amigo. Fracasé. Porque estaba muy volao y también porque era un pendejo p

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