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HISTORIAS EN VOLá

Simón Espinosa  

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Fragmento

La primera vez que fumé marihuana tenía quince años. Y no era marihuana. Era caca de vaca, bosta.

Se la compré a un dealer que la fue a cosechar atrás de un galpón en Talagante, donde estábamos carreteando cuando yo todavía no sabía carretear. La metió en un cilindro plástico de los rollos de foto (porque los millennial alcanzamos a sacar fotos con rollo) y me la vendió en cinco lucas, lo que fue una suerte, porque justo le había comentado (como buen negociante) que solo me quedaban cinco lucas.

Recuerdo bien que el careraja (o genio del mal) incluso tuvo la astucia de sacar un poco cuando le dije que tenía menos plata. La treta funcionó a la perfección: compré cinco lucas de caca, añejada en cuatro estómagos, la enrolé a la perfección, porque había estado entrenando con el tabaco de mis primos grandes, me la fumé, tosí, y me hice el volao toda la noche.

¿Por qué da tanta vergüenza la pubertad? Imagino que todos tenemos cosas de qué arrepentirnos, secretos que queremos enterrar, como haberte caído en clases mientras te balanceabas en la silla. ¿Por qué duele tanto el recuerdo? ¿En qué sección de la memoria se aloja la temperamental culpa y, del mismo modo, por qué vienen sus fragmentos a cazarnos cuando estamos débiles? ¿Dónde estará el encendedor?

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Esa noche traté de agarrar con la hermana mayor de un amigo. Fracasé. Porque estaba muy volao y también porque era un pendejo pintamonos al peo. Un pendejo que compraba caca y se la fumaba en las peores fiestas imaginables.

Pero era el inicio de una aventura, y esa equivocación fue solo la primera de una secuencia de malas decisiones que envolverían mi vida en un circuito de errores. En otras palabras, mi carrusel privado de la estupidez.

FUMAR EN LA U

La universidad implica todo lo que un joven puede soñar alguna vez: libertad absoluta, ausencia de control parental, normativas académicas débiles; en fin, lo necesario para desplegar, de manera irreparable, la etapa más irresponsable de la vida del humano común.

La sociedad va depositando confianza en lo que puede. No todos los ciudadanos son un aporte, y la rueda social da siempre vueltas truncas o aporreadas. ¿Por qué? Porque existen los nefastos estudiantes universitarios, como el que me tocó ser. Un tipo socialmente nefasto.

La pubertad aún latente en el organismo, bloquea cualquier sistema de percepción del mundo exterior y transforma al universitario en una máquina de no entender mucho. Preocupado de drogarme todo el tiempo que permitiera el calendario de pruebas, tomé todas las decisiones que llevaron al triste camino de la fiesta. Evidentemente, no todas estas decisiones fueron correctas. Recuerdo una particularmente mala.

Corría el año 2007 y un diciembre tórrido azotaba el barrio universitario de Santiago Centro. La eminente llegada de las vacaciones había desconcentrado a varios de los asistentes de un electivo de filosofía: un lugar de muchísimas palabras y poca ventilación. Un desesperado profesor intentaba repasar la materia del examen final, mientras los estudiantes de la última fila sucumbían a las oleadas de aburrimiento y colapsaban en un sueño profundo bajo el peso de sus cabezas llenas de ideales. Yo, unos veinte minutos antes, me había comido un queque de marihuana y estaba 100 por ciento concentrado, pero en algo que parecía ser una dimensión espacio-temporal distinta a la sala de clases.

¿Qué sabemos de la digestión de cannabis? Pues bien, el THC (su componente activo más concentrado y psicoactivo), al ser procesado por el hígado, reestructura su composición molecular y aumenta su biodisponibilidad; vale decir, pega mucho más fuerte y por mucho más tiempo.

Eso significa que yo estaba súper pal pico de volao en clases y que todo iba a salir mal. De nuevo. Necesitaba concentrarme, necesitaba, urgentemente, eliminar las distracciones y poner atención para que nadie se diera cuenta de la terrible verdad.

«Señor Espinosa», escuché a lo lejos.

«Señor Espinosa», volví a escuchar, pero más cerca esta vez.

El profesor me miraba directamente, con los ojos desorbitados y ambas manos abiertas, como demandando una explicación racional de por qué estaba tratando de matar una mosca con aplausos.

LA MANO DE LA CALLE BREMEN

En la calle Bremen vendían pitos malos, pero pitos al fin y al cabo. Además, en los albores de 2007, muy poca gente en Chile conocía la marihuana de calidad y yo, ciertamente, no era una de ellas. Por lo tanto en la calle Bremen vendían pitos malos… pero sí que eran pitos.

Ahora bien, que vendieran pitos era un asunto, pero poder comprarlos era algo totalmente distinto. Había que conocer los códigos, saber qué significaban los sutiles gestos y símbolos del narcotráfico, entender las esquinas sombrías por donde cada noche se descolgaban los dealers con sus manos rápidas y bolsillos profundos. Pero, sobre todo, había que contestar «sí» cuando, por la calle Bremen, pasaba un viejo en bicicleta gritando «¿buena, mijo, ¿quiere pititos?».

Aroldo, el viejo de la bicicleta, no se llamaba Aroldo, pero es un buen nombre para ponerle a un viejo que andaba en una bicicleta igual de vieja. Aroldo, entonces, aparecía por una esquina de la mal iluminada calle Bremen y pedaleaba lento alrededor de los transeúntes, preguntando si querían pititos. Te pedía la plata (cinco lucas, generalmente), desaparecía por una esquina y, en pocos minutos, reaparecía por otra con una caleta de hoja de cuaderno.

Esa era mi técnica para ...