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HISTORIAS EN VOLá

Simón Espinosa  

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Fragmento

Me pegó el sol en la cara, la marihuana en el alma, y la pelota en las weas. Minuto ochenta y nueve y vamos perdiendo siete a cero por mi culpa, por mi maldito autogol y porque el arquero fumó marihuana, y yo soy el arquero.

Pero antes, retrocedamos un poco en el tiempo. Recuerdo que la primera vez que pateé una pelota supe que no sería futbolista, y que me costaría hacer amigos en los recreos.

Como mis padres no pertenecieron nunca a la cultura futbolística, yo perdí por walkover. Fui triste e inconscientemente aislado de una realidad país, hasta que la reconciliación fue, definitivamente, impracticable.

La exclusión deportiva me obligó a generar una coraza para proteger mi corazón de la soledad. Anulé mis sentimientos y atrofié mi capacidad de sentir pasión por el deporte. Ya nada podía penetrar esa barrera; ni los estadios llenos, ni el plantel saliendo a la cancha, ni los cantos de la hinchada, ni el candor ni los bombos de las barras bravas, ni los goles de la selección en el mundial.

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Para mí el fútbol se había transformado en cualquier otro juego, como el Mortal Kombat. Si ganaba la Universidad de Chile o Sub Zero, me daba igual. En general prefiero Mario Kart, pero si llego y están viendo el superclásico entre Colo-Colo y Universidad de Chile, me da lo mismo mientras haya algo para comer o una cervecita.

No entiendo bien por qué le dicen «superclásico» a algo que ocurre casi todos los fines de semana. En mi humildísima opinión, se están gastando el valor semántico de la expresión. Deberían decirle «Típica Pichanga», con mayúscula, para que sea nombre propio. Me da risa.

Eso es lo primero que me da risa, lo segundo es la Católica.

Pero la verdad es que me río porque soy malo para la pelota, siempre fui el niño que elegían al final y, por lo tanto, no culeé hasta viejo. No se preocupen, jóvenes lectores, algún día, tarde o temprano, van a culear y será increíble. Porque culear es bacán, siempre y cuando todos los involucrados estén de acuerdo.

Volvamos al presente.

De un duro pelotazo, el balón fue a dar a mi entrepierna, dejándome acunado en la miseria como un chanchito de tierra que sabe que lo van a pisar. ¿Por qué cuando te pegan en los testículos más que dolor como que da pena? Como si fuera el funeral de tu mejor amigo.

«Que no te vean llorar», me dije mientras lloraba. Siempre lo echo todo a perder. Era mi debut en la liga de fútbol de mis nuevos amigos de la universidad y lo había arruinado. Cuando me preguntaron si sabía jugar al arco contesté que sí, porque sabía que no había que dejar que la pelota entrara.

Me imaginé en una multicancha de cemento con la situación totalmente controlada, siendo el héroe del partido con mis arriesgadas atajadas aéreas, quizás metiendo un gol o haciendo una chilena para rescatar a una linda niña del público a la que le iba directo un pelotazo. «No es nada», le diría yo, y volvería corriendo al arco antes del pitazo final. Habíamos ganado, todo gracias a mí, pensaba mientras contestaba que «me encantaba jugar al arco».

Pero oh, mi Dios, cuán distinta es la realidad de los delirios de grandeza. Apenas llegué a la cancha supe que la había cagado medio a medio: era una gigantesca explanada de pasto y yo ni siquiera tenía toperoles. Apenas eran las nueve de la mañana y había salido a carretear la noche anterior, porque asumí que era un peloteo amistoso.

En el camino hacia la cancha, había decidido parar a fumar marihuana para contrarrestar las náuseas de la resaca, y se me había pasado un poquito la mano. No bien hube puesto un pie en el campo de fútbol, entendí exactamente por qué en los Super Campeones duraban tanto los partidos: la cancha era gigante.

¿Qué estaba haciendo ahí? Me demoré unos tres años en llegar a mi arco, que de lejos se veía normal y de cerca parecía una generosa jaula para una familia de avestruces. ¿Qué mierda estaba haciendo ahí?

El primer gol fue el más humillante; me tiraron un pase y no alcancé a llegar. El segundo fue un pelotazo que venía fuerte y me tiré a propósito para el otro lado, porque tampoco tenía guantes y la pelota oficial del partido la habían inflado con cemento o algo similar. El tercer gol fue un poquito más culpa de todos, porque el delantero del otro equipo, antes de enchufarme un despiadado proyectil, se bailó a los dos defensas. El cuarto fue un golazo, colocado en toda la esquina, que ni siquiera intenté atajar porque no hubiese llegado.

Primer tiempo. Cambio de lado. (Ojalá uno pudiera cambiar de equipo o retroceder el tiempo.)

El quinto fue un autogol. Despejé con chanfle en medio de un confuso ataque de hombres sudorosos y ahí la moral del equipo, junto con mi credibilidad y respeto, se fue a la chucha. El sexto gol llegó en el minuto ochenta cuando, por error, acepté jugar ochenta minutos de partido, y el séptimo fue como esa parte de las películas en que matan al animal para que no siga sufriendo (quizás es una realidad para alguien, yo nunca lo he hecho).

Lo había perdido todo en la cancha. Mi orgullo, mi honra, mis posibles nuevos amigos y ahora, quizás, un testículo.

Mientras aún me retorcía en el suelo, escuché el pitazo final. Fue horrible. Me paré solo para darme cuenta de que mi técnica del chanchito de tierra había surtido un inesperado efecto: la pelota seguía en mis manos, la había atajado. Miré a mi alrededor y el equipo corría a felicitarme, aparentemente nadie se había dado cuenta del fortísimo impacto en mis gónadas.

Ya en los camarines pude explicarles y, sorprendentemente, a nadie pareció importarle, porque mientras lo decía estaba terminando de rolar un silbato final.

#primerahojaperdida

DROGAS DE DISEÑO

No todas las historias que empiezan con marihuana terminan con marihuana. Solo Dios sabe cuánta mierda he metido en este cuerpecito, en mi templo. Qué bueno que Dios ha muerto, porque los humanos lo matamos, porque matamos todo. Esta es la historia de cuando traté, sin querer, de matarme.

Fue en Valparaíso hace algunos años. Se los trajeron a un «amigo» sus «amigos» de Colombia, después me los soltó a mí por diez lucas, a los «menos amigos» por doce y a los «no amigos» a quince. Igual valían la pena. Se llama Nbome, feniletilamina para los preguntones. Hay tres tipos dependiendo del químico con que se sintetice: 25i Nbome con yodo, 25b Nbome con bromo y 25c Nbome con cloro. Todos con efectos sumamente distintos y muchísimo más fuertes que esos ácidos de mierda que llegan ahora de Argentina, pateados con anfetas.

La cara burlona de Bob Esponja me miraba desde una estampilla en la palma de mi mano. Había ido al puerto a drogarme con el nuevo asunto y nada impediría que eso pasara. En pocos segundos, Bob Esponja, su cara amarilla y dientes separados, comenzaron el proceso de disolución en mi boca. Nos perdimos en un Valparaíso que, de a poco, dejaba que la oscuridad ganara terreno.

Cerro abajo me enteré de las intenciones del «amigo». Detesto las tocatas punk (no el punk) y ahora me encaminaba directo a una de ellas. Habían pasado veinte minutos y ese calor en el pecho, tan característico de las drogas de diseño, empezaba a transformarse en un vértigo inexpugnable, que se amplificó considerablemente cuando llegamos a la puerta del local, una boca oscura que amenazaba con tragarnos.

Fue mucho, una dosis es mucho. Los mohicanos, las expansiones, las caras y cuerpos de los punkys eran una masa de hostilidad inasimilable. Tenía que salir de ahí. Entre codazos y empujones logré escapar. Fui escupido por la boca oscura que acababa de engullirnos, pero perdí al «amigo», o él me perdió a mí.

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