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HOMEOSTASIS

Felipe Monsalve  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.

ALBERT EINSTEIN

Las cosas no cambiarán luchando contra la realidad existente. Las cosas cambian cuando se construye un modelo que torna obsoleto el que existe.

RICHARD BUCKMINSTER FULLER,
INGENIERO E INVENTOR ESTADOUNIDENSE

Cada chileno sufre en forma directa los efectos de la precaria situación energética del país. No solo por el alto precio que paga por los combustibles y la electricidad, o por la mala calidad del aire que respira. La energía está presente en cada aspecto de la vida moderna, desde los alimentos que consumimos hasta los medios de transporte que utilizamos o la forma en que están diseñadas las ciudades. El destino de los países y sus industrias depende en un alto grado de la abundancia o escasez de los recursos energéticos, y el estilo de vida de las sociedades está condicionado por la administración de estos recursos. Es, por lo tanto, un tema que debe figurar en el centro de la atención nacional.

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La ciudadanía debería poder escoger cómo quiere vivir en las décadas venideras. Cada cual tendría que poder expresar si estima correcto o no que el país importe el 70 por ciento de los insumos energéticos o si se debiesen aprovechar los recursos nacionales que existen en abundancia. Cada individuo debería señalar si desea que Chile sea uno de los países con una de las tasas más altas de carbonización proveniente de combustibles fósiles o si prefiere que se utilicen las energías limpias. Si quiere continuar pagando una de las tarifas eléctricas más altas del mundo o si desea reducirlas en forma sustantiva. Tendría que poder pronunciarse ante el hecho de que un trío de empresas eléctricas controle más del 80 por ciento del mercado. Quizá muchas personas considerarían más segura y competitiva una descentralización que acabe con el oligopolio imperante.

¿Es posible un empoderamiento efectivo de la ciudadanía que le permita escoger entre energías limpias y sucias? Más aún, ¿es posible que un número creciente de personas desarrolle sus propias fuentes de abastecimiento con energías renovables? ¿Son demasiado utópicas estas preguntas? En los hechos, estas opciones son reales, aunque parezcan lejanas. La razón por la cual la gente no se pronuncia es porque está desinformada y no percibe alternativas. Nunca le han preguntado a nadie qué es lo que quiere ni menos cómo se podría cambiar el actual estado de las cosas. Tenemos un país con una energía desmedidamente cara, contaminante y con un alto nivel de inseguridad en el abastecimiento. Los temas energéticos son manejados, en primer lugar, por los empresarios del rubro, a veces en consulta con selectos comités de tecnócratas gubernamentales. Es un coto cerrado, al cual los profanos ajenos a la industria no tienen acceso. Es más, la información es filtrada a cuentagotas. En muchos casos, incluso, es entregada de tal forma que no es posible establecer qué ocurre. Todo apunta a mantener el mayor sigilo en torno a un statu quo. Mientras menos se hable e indague sobre el negocio energético, mejor para sus beneficiarios.

El propósito de este libro, al igual que el de Chao, petróleo y Chile a ciegas, es contribuir a explicitar las alternativas abiertas para el futuro del país. En la medida en que la ciudadanía aquilate la enormidad de lo que está en juego, se movilizará por soluciones más económicas y amigables. Las grandes decisiones pendientes no son demasiado complejas; y ciertamente no son técnicas, ni tampoco económicas, como a menudo se nos quiere hacer creer.

La sociedad chilena debe escoger, ante todo, un modelo de desarrollo. Puede optar por la vía actual, que asegura una gran concentración de la riqueza en grandes grupos económicos, o preferir un modelo orientado al bienestar de las personas. De esta opción esencial se derivarán las directrices para configurar una matriz energética destinada al mayor lucro o al mejor servicio de la comunidad. La sociedad debe tener la última palabra, pero esta no le será concedida gratis, como ha ocurrido con todos los que han contrariado a los poderes dominantes. Para cambiar el rumbo es necesario abatir la maraña de obstáculos erigidos por los intereses creados que, como es natural, buscan preservar sus privilegios.

Una de las barreras a derribar, sutil y efectiva, es la compartimentación de los diversos aspectos de la vida nacional. La ciudadanía elige al Presidente, al Parlamento y a los alcaldes y concejales. Pero es una cuota de poder bastante exigua frente al enorme poder económico acumulado por las empresas que, además, juegan un papel significativo por la vía de donaciones en quienes resultan electos. En todo caso, en este ámbito de lo público es posible ejercer algún control.

No se puede perder de vista que el sector privado está regido por la lógica del mercado. Esa área está prácticamente fuera del alcance del escrutinio ciudadano. La energía pertenece a la esfera de lo técnico y económico, donde rigen reglas con las que no cabe interferir. Son los capitanes de la industria y sus ingenieros los que deciden, a puertas cerradas, qué fuentes son las más convenientes para todos y, por supuesto, cuáles rinden los mejores dividendos de cara a las juntas accionistas: de las ganancias logradas se derivan los bonos devengados por los ejecutivos.

Todo el sistema de producción y distribución energética está orientado en la actualidad por un solo criterio: el lucro. Otras consideraciones, como la protección del medioambiente, la seguridad del país, la autonomía o la calidad del servicio al cliente, resultan secundarias.

En algunos rubros las personas, en tanto consumidores, tienen un estrecho margen de elección. Pueden comprar un remedio u otro en una cadena de farmacias u otra. Pero en lo que toca a los servicios eléctricos, es un mercado absolutamente cautivo. El cliente no tiene voz ni voto acerca de si recibe energía producida con carbón contaminante, diésel a precios exorbitantes o fuentes renovables a precios razonables, como debieran ser los de la hidroelectricidad.

En todos los campos es el ciudadano quien tendría que ejercer el poder y velar por que sus mandatados, los que ocupan los cargos electos, cumplan con su voluntad. Ese es el poder político efectivo. Y para ejercerlo de manera real es necesario saber cuáles son las alternativas y qué representan. No es cuestión de que todos deban estudiar las particularidades de los diversos proyectos, pero la ciudadanía sí debiera poder señalar, por ejemplo, su posición a favor o en contra de la energía atómica, del carbón o el diésel. Las líneas maestras de la política energética tendrían que figurar en los programas presidenciales, y los partidos deberían explicitar sus propuestas.

Contenidos de este libro

El primer capítulo trata de las ideas, la esfera en que se dirimen las grandes opciones. A menudo los argumentos pueden parecer etéreos, contrastados con el cemento y el acero de las obras ingenieriles. Pero cada proyecto es antecedido por una idea. El enfrentamiento entre los distintos criterios sobre cómo avanzar puede ser áspero. Ya se sabe que los protagonistas están guiados, sobre todo, por sus intereses materiales, los que a su vez moldean percepciones y preferencias. Cada cual invocará a la ciencia, a la eficacia técnica, al bien común e incluso a la ética para imponer su respectiva opción sobre el ámbito energético. El debate es amplio y va desde el calentamiento global a las formas más eficaces y económicas para lograr resultados positivos. Más que discusión inspirada en evidencias empíricas, se trata de un enfrentamiento o, si se prefiere, de una lucha ideológica. Las empresas, que en general llevan la voz cantante en la materia, invierten sumas importantes de dinero para convencer a la ciudadanía de que sus actuaciones no solo no dañan el medioambiente, sino que son lo más conveniente para todos. Y esto es así, porque quien gana la batalla de las ideas tiene buena parte del camino despejado para imponer su voluntad.

Cada cual tendrá que aprender a distinguir entre propaganda y realidad. Ello no siempre resulta simple, pues la presión surgida de los intereses creados es monumental. El maquillaje verde, o cómo los contaminadores se hacen pasar por protectores del medioambiente, está a la orden del día. Una bien acei ...