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HOTEL VENDôME

Danielle Steel  

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Fragmento

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La decoración del vestíbulo del Hotel Vendôme, situado en la calle Sesenta y nueve Este de Nueva York, era de una elegancia impecable y una minuciosidad absoluta. Los suelos de mármol blanco y negro estaban inmaculados, las alfombras rojas se desplegaban en cuanto caía la primera gota de lluvia en el exterior, las molduras de las paredes eran exquisitas y la enorme araña de cristal que colgaba del techo recordaba a los más refinados palacios de Europa. El establecimiento era mucho más pequeño que aquel que había inspirado su estética, pero quienes tenían costumbre de viajar descubrían en él un parecido extraordinario con el Ritz de París, donde el propietario del Vendôme había trabajado dos años como ayudante de dirección mientras completaba su formación en los mejores hoteles del viejo continente.

Hugues Martin tenía cuarenta años, se había graduado en la ilustre y prestigiosa École Hôtelière de Lausana, en Suiza, y el hotel del Upper East Side de Manhattan era su sueño. Todavía no daba crédito a la suerte que había tenido, a lo bien que le había salido todo cinco años antes. Sus padres, un banquero suizo y una mujer igual de conservadora que él, se habían quedado desolados cuando les anunció que quería estudiar hotelería. Hugues procedía de una familia de banqueros que creía que dirigir un hotel o trabajar en él era una actividad sórdida, y lo desaprobaban con firmeza. Habían hecho todo lo posible para disuadir a Hugues, sin éxito. Después de cuatro años en la escuela de Lausana, hizo las prácticas y acabó ocupando puestos importantes en el Hotel du Cap en Antibes, en el Ritz de París y en el Claridge’s de Londres, e incluso cubrió una breve vacante en el reputado Hotel Peninsula de Hong Kong. Fue en ese momento cuando decidió que, si algún día se establecía por cuenta propia, lo haría en Estados Unidos.

Hugues había trabajado en el Plaza de Nueva York antes de que lo cerraran para renovarlo de arriba abajo y tenía asumido que se encontraba todavía a años luz de cumplir su sueño. Entonces sucedió lo inesperado. Pusieron a la venta el Hotel Mulberry, un pequeño y destartalado establecimiento en decadencia que jamás había gozado de prestigio a pesar de su privilegiada ubicación. Cuando se enteró, reunió hasta el último centavo de sus ahorros, pidió todos los préstamos que pudo tanto en Nueva York como en Suiza, e invirtió por completo la modesta herencia que sus padres le habían dejado y que él se había ocupado de guardar e invertir. La combinación hizo posible la compra. Simplemente lo logró hipotecando el edificio. Sin haberlo previsto, Hugues adquirió el establecimiento y efectuó las reformas necesarias, que duraron dos años; y por fin se inauguró el Hotel Vendôme para asombro de los neoyorquinos, que en general decían desconocer que antes hubiera existido un hotel en esa misma parcela.

El edificio original era una pequeña clínica privada de los años veinte transformada en hotel durante los cuarenta, y su estética era espantosa. En cambio, con la renovación, cada centímetro del Vendôme rebosaba esplendor y el servicio era magnífico. Hugues había contratado a chefs de todo el mundo para su nuevo restaurante, tremendamente popular en ese momento. La jefa de catering era una de las mejores en su profesión, y los clientes coincidían en que incluso la comida que servían en las habitaciones era riquísima. Durante el primer año tuvo un éxito espectacular y los turistas que acudían a Nueva York desde los países más diversos efectuaban sus reservas con meses de antelación. La suite presidencial era una de las más elegantes de la ciudad. El Hotel Vendôme era una auténtica joya, con suites decoradas con gusto, habitaciones con chimenea, molduras y techos altos. La fachada estaba orientada al sur, de modo que casi todas las habitaciones tenían luz natural, y Hugues había elegido la porcelana, el cristal y la ropa de cama más selecta, además de las antigüedades que había podido permitirse, como la lámpara de araña del vestíbulo, adquirida en Ginebra durante una subasta de Christie’s. La pieza procedía de un château francés cercano a Burdeos y estaba en perfectas condiciones.

Hugues dirigía el hotel de ciento veinte habitaciones con precisión suiza, sonrisa cálida y mano de hierro. Sus empleados eran discretos y experimentados, tenían una memoria excelente para recordar a todos los huéspedes y mantenían un detallado archivo con las necesidades y preferencias de cada uno de los clientes importantes que se alojaban en cada momento. Estos detalles habían convertido al Vendôme en el hotel más popular de Nueva York de los últimos tres años. En cuanto se ponía un pie en el vestíbulo, se detectaba que era un establecimiento especial. Un joven botones aguardaba frente a la puerta giratoria ataviado con un uniforme inspirado en el de los chasseurs del Ritz: pantalón azul marino, chaqueta corta con un pequeño ribete dorado en el cuello y un sombrerito redondo sujeto con una cinta a la barbilla y colocado de medio lado. Para responder a las necesidades de los clientes había botones bien dispuestos y conserjes extraordinariamente competentes. Todos corrían a atender a los huéspedes, y la plantilla en pleno estaba a punto para ocuparse de cualquier tipo de petición. Hugues sabía que era esencial contar con un servicio impecable.

Los ayudantes de dirección iban vestidos con frac negro y pantalón de rayas, también inspirados en el Ritz. El propio Hugues estaba presente noche y día, vestido con un traje azul marino que solía conjuntar con una camisa blanca y una corbata de Hermès de color oscuro. Tenía una memoria asombrosa para recordar a la gente que ya se había alojado en el establecimiento y siempre que le era posible recibía a los clientes importantes en persona. Era un director consumado, no había detalle que escapara a su ojo experto, y esperaba que los jefes de los distintos departamentos estuvieran a la altura de los estándares que había establecido. Los huéspedes acudían allí tanto por la lujosa ornamentación como por el servicio.

Como toque adicional, el hotel lucía siempre una decoración floral espectacular, y su spa era uno de los mejores. No hab

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