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HUESOS SIN DESCANSO

Cristóbal Marín  

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Fragmento

Viajé a Londres en septiembre de 1992, en parte para estudiar las ideas de Jeremy Bentham sobre Hispanoamérica y en parte para escapar de algunas dificultades. Mi interés por el filósofo británico se debía a dos razones muy distintas. Primero, a su idea de implementar en las nuevas repúblicas hispanoamericanas y bajo supervisión directa, la doctrina utilitarista. Segundo, a su fascinación por el embalsamamiento y el uso de los cadáveres, que lo llevó a la extraña decisión de donar su cuerpo para el avance de la ciencia.

Durante los últimos veinticuatro años de su vida, entre 1808 y 1832, Bentham estuvo obsesionado con ser el legislador de los nuevos gobiernos que surgían en Hispanoamérica. Este entusiasmo tuvo su origen en la amistad que entabló con el venezolano Francisco de Miranda, precursor de la independencia sudamericana que vivía exiliado en Londres. Fueron varios los personajes destacados de los procesos independentistas que se relacionaron con el filósofo británico. En 1821, por ejemplo, Bentham le escribió una carta de siete páginas a Bernardo O’Higgins, director supremo de la república de Chile —y discípulo de Miranda—, donde le ofrecía sus servicios como redactor de los nuevos códigos legales.1 También mantuvo una importante correspondencia con Simón Bolívar y con Bernardino Rivadavia, el futuro primer presidente de Argentina, quien se consideraba su discípulo al punto de visitarlo en Londres en tres ocasiones. Bentham intentó, incluso, radicarse en México, motivado por la extravagante promesa que le hizo el aventurero y político estadounidense Aaron Burr de nombrarlo su legislador cuando fuera coronado emperador azteca.2 Pero su influencia no solo fue importante en las ideas filosóficas, políticas y legislativas, sino que también en la arquitectura carcelaria. Entre otros establecimientos, el tenebroso Presidio del Fin del Mundo, construido en 1902 en Tierra del Fuego, fue diseñado según su modelo del panóptico.

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La segunda razón de mi interés por estudiar a Bentham era mucho más personal y había surgido varios años antes de viajar a Inglaterra, cuando al comenzar mis estudios de filosofía, a inicios de la década de los ochenta, leí en una vieja biografía las particularidades de su último acto en vida. Bentham pensaba que el cuerpo de los muertos debía tener una utilidad para los vivos, por lo que decidió —contra todas las costumbres y religiones— entregar el suyo para que fuera diseccionado públicamente, y luego conservado y exhibido como un ejemplo para la humanidad, un «auto-icono», como lo denominó. Al menos dos décadas antes de morir, ya traía en sus bolsillos los ojos de vidrio que adornarían su cabeza, que debía ser disecada mediante la técnica de los maoríes, consistente en drenar todos los fluidos del cráneo en ácido sulfúrico a alta temperatura.3 En su testamento se puede apreciar su determinación:

Mi cuerpo se lo dono a mi querido amigo el doctor Southwood Smith, para que sea usado en la manera mencionada anteriormente […]. Respecto a este legado espero que ningún miembro de mi familia se opondrá. Si alguna oposición surgiera, le solicito a mi albacea, considerando todo el afecto que siente por mí, que no la tome en cuenta.

Con la donación de su cuerpo, Bentham pensaba compensar como muerto las oportunidades de hacer el bien que podía haber desperdiciado en vida. Escribió: «Si desde mi temprana juventud dediqué mis facultades mentales al servicio de la humanidad, lo que resta para mí es dedicar mi cuerpo al mismo propósito».4 En los términos de la doctrina utilitarista, donó su cuerpo «para la mayor felicidad del mayor número». Pero, a pesar de su determinación y audacia en relación con el destino de sus restos, Bentham experimentaba algunas contradicciones respecto a la muerte y el más allá. Si bien era un racionalista que creía que su pensamiento liberaría a los hombres de las supersticiones y la religión, poco antes de morir, relató a su primer biógrafo que el tema de los fantasmas había sido uno de los tormentos de su vida.5

* * *

Cuando leí la biografía de Bentham y me enteré de su fascinación por los cadáveres, todavía me encontraba bajo el influjo de la última ocurrencia de mi abuelo paterno: desenterrar y trasladar los restos de mis bisabuelos y tatarabuelos desde el Cementerio General de Santiago a un pequeño cementerio improvisado en el parque de un campo ubicado cerca de Melipilla, que mi familia había mantenido por varias generaciones. Un primo y un chofer de confianza lo acompañaron durante una tarde con llovizna a fines de los años setenta a exhumar a los antepasados que ascendían por la línea de mi abuela. Cuando los sepultureros abrieron el ataúd del padre de mi tatarabuelo, a todos les sorprendió que su cadáver se encontrara amortajado con una sábana blanca de lino amarrada con un cordel y que sus características patillas, con las que aparecía en una vieja fotografía, estuvieran casi intactas, a pesar de haber sido enterrado en 1882. Había llegado de España a los veinte años con el propósito de disputar con un pariente lejano —el padre del presidente Balmaceda— la herencia del usufructo de la gran hacienda Bucalemu, gracias a la cual obtuvo una importante fortuna.

El tatarabuelo, ornitólogo y taxidermista aficionado, que reunió una colección de casi mil pájaros embalsamados de todo el mundo que se exhibía en un salón especial de la casa del campo,6 estaba vestido con un distinguido traje oscuro y llevaba zapatos negros aún lustrados, a pesar de haber muerto en 1904. Este tatarabuelo también tenía una obsesión por los árboles y le encargó al paisajista francés Georges Dubois el diseño de un parque de veintidós hectáreas, donde convivían más de cinco mil árboles de todo el mundo, entre otros: cedros del Líbano, secuoyas californianas, castaños de la India, palmeras africanas y chilenas, jacarandas brasileños, alcornoques españoles, ceibos gigantes del Ecuador, araucarias y encinas del paraíso.

El bisabuelo también estaba vestido elegantemente, con un terno gris moderno y una corbata que parecía a rayas. Según pude averiguar, este bisabuelo había logrado huir de la masacre de Lo Cañas, ocurrida en agosto de 1891, en la cual muchos jóvenes conservadores que complotaban contra el presidente Balmaceda fueron asesinados sin compasión por el ejército oficial. Su padre se asustó y lo mandó en el primer barco disponible a Inglaterra a estudiar en un internado para jóvenes ubicado en la ciudad de Hastings, a noventa kilómetros al sureste de Londres. No era de los más prestigiosos, pero sí lo bastante como para que se codeara con los hijos de algunos aristócratas menores y burgueses que habían ascendido en las últimas décadas. En la familia se conservan dos extraordinarias fotografías suyas en ese internado, una con el equipo de cricket y la otra con el equipo de fútbol. Fue enterrado por primera vez en 1925.7

Mi bisabuelo (de pie, el cuarto de izquierda a derecha) en el internado inglés junto al equipo de cricket. © Archivo de la familia Marín

Los sepultureros se persignaron antes de comenzar su labor. Debían reducir los huesos quebrando algunas coyunturas todavía firmes y depositarlos en unos pequeños ataúdes que mi abuelo había mandado a construir en una funeraria ubicada en la calle Ortúzar de Melipilla. Cuando los tres pequeños ataúdes estuvieron listos, con la mayor cantidad posible de restos en su interior, como insistía mi abuelo, los sepultureros sacaron del mausoleo el ataúd de mi bisabuela, su suegra, que había muerto más recientemente, en 1952. Habían tenido una relación cercana y, cuando abrieron el ataúd, le impactó que su cuerpo no estuviera tan deteriorado y su rostro se pudiera reconocer con claridad (lo único raro era que su pelo parecía más largo). El ataúd se estropeó al ser removido, de manera que mi abuelo, mi primo y el chofer tuvieron que partir a una funeraria en la calle Recoleta a comprar uno nuevo, en el que, con mucho cuidado, traspasaron el cuerpo completo, tal cual estaba. Las esposas de mis otros dos antepasados quedaron en la soledad de sus nichos.

Luego de enviudar y con el apoyo de mi abuelo, mi bisabuela modernizó el campo: importó maquinarias inglesas de última generación para hacer mantequilla y queso, y contrató a dos queseros escoceses para que capacitaran a los locales respecto a su elaboración. En la biblioteca del campo, encontré un viejo libro con su firma, titulado The Book of Butter. Además, construyó una escuela, un hospital y, en las viejas pesebreras de caballos, un cine que proyectaba películas mexicanas a la par de los estrenos de Hollywood.

Con la ayuda de los sepultureros, acomodaron los cuatro ataúdes en una camioneta Chevrolet y emprendieron el viaje a su nueva morada. Días después, hicieron una ceremonia religiosa y enterraron los restos en el cementerio familiar, ubicado en la mitad del parque. Mi abuelo, que lo había diseñado, ya tenía experiencia en la creación de cementerios, pues dos décadas antes se le había ocurrido hacer uno para sus perros en el patio interior de los naranjos. Ahí fue enterrando a generaciones de Chimpín y Peter, nerviosos foxterriers chilenos, a los que les ponía sucesivamente el mismo nombre. También hubo lugar para otros perros, como perdigueros, grandaneses y diversos quiltros. Con mis primos varias veces planeamos desenterrarlos, pero nunca pudimos. La vez que más nos acercamos fue una tarde de semana en que conseguimos un chuzo y dos palas y comenzamos a cavar. En el momento en que uno de nosotros sintió que había quebrado unos huesos, apareció el jardinero jefe, don Manuel Atenas, y nos reprendió.

—No se despierta a los finados —nos dijo varias veces con voz firme.

Luego de requisar nuestras herramientas de «resucitadores», nos amenazó con acusarnos al abuelo. Al final no lo hizo.

El propósito oculto de mi abuelo al construir un cementerio para los antepasados era que sus propios restos y los de mi abuela descansaran en ese lugar y no fueran del todo olvidados. Poco tiempo después, a ambos los enterramos allí. Primero a ella y dos años más tarde a él, que murió de un ataque al corazón en la plaza de Armas de Melipilla. Sin embargo, debido al empobrecimiento de la familia, luego de algunos años, hubo que vender la casa patronal y el parque. Tuvimos que desenterrar a mis abuelos y al resto de los antepasados y trasladar sus huesos a un nuevo cementerio que implementamos en un jardín detrás de la vieja iglesia del campo, que había sido construida por los jesuitas hacia 1900 y no habíamos tenido que vender.8

Casi tres décadas más tarde, un cáncer cerebral abatió a mi padre. El padecimiento duró un año. Había dejado todo dispuesto para que lo enterráramos en el cementerio familiar. La noche que murió se encontraba con mi madre y algunos hermanos en el campo. Me llamaron a Santiago a las dos de la mañana para avisarme. Me lavé la cara, me vestí, me subí al auto y manejé con la cabeza repleta de recuerdos que pasaban como una película al ritmo de las luces de la carretera. Creía que podía llegar antes de que su espíritu abandonara del todo su maltratado cuerpo. Por supuesto, no fue así y, cuando le di un beso en la frente, solo quedaba la rigidez y el frío de su cadáver. Dos días después, cavamos una fosa profunda y lo sepultamos junto a su madre, su padre y el resto de los antepasados.

* * *

Al comienzo de mis investigaciones sobre Bentham, me instalaba durante las mañanas en la impresionante Sala de Lectura de la Biblioteca Británica, aún situada al interior del Museo Británico, pues ahí estaba una parte de los documentos inéditos del filósofo. El lugar, inspirado en el Panteón de Roma, fue inaugurado el 5 de mayo de 1857. Durante los primeros días, la visitaron más de sesenta mil personas, impresionadas por su moderno diseño y sus materiales: concreto, fierro y vidrio; por el novedoso sistema de calefacción, y por los firmes estantes de metal que podían albergar miles de pesados libros y protegerlos del fuego. Ya no estaban, sin embargo, las decenas de pájaros embalsamados que observaban con sus ojos de vidrio desde los muros de la antigua sala de lectura. Me sentaba siempre en la misma fila B y en el mismo asiento número 13, cerca de donde lo hacía Karl Marx cuando realizaba sus investigaciones para escribir El capital (había una pequeña placa en su puesto, el número 7). Lenin también trabajó allí en 1902, aunque bajo el pseudónimo de Jacob Richter (según consta en su carné de lector) para ocultarse de la policía zarista mientras complotaba en Londres.

El interior de la Sala de Lectura (1874). © Wellcome Collection

Las tardes las pasaba en el University College, donde se mantiene el resto de los manuscritos de Bentham y en un pasillo, dentro de un mueble de caoba —tal como lo ordenó en su testamento—, se exhibe su auto-icono: su esqueleto rellenado con paja, algodón y otros materiales, vestido con su mejor ropa dominguera, su sombrero y su bastón (llamado Dapple9), pero con una cabeza de cera hecha poco después de su muerte por Jacques Talrich, un médico y artista francés especialista en modelos de cera anatómicos. La cabeza original disecada, si bien al comienzo se exhibía entre los pies de Bentham (y luego en un piso a su costado), se puso tan fea y sin expresión que debió ser relegada a una caja: la técnica de embalsamamiento no había funcionado bien.

Terminaba de revisar los manuscritos de Bentham a eso de las seis de la tarde. Además de los textos sobre Hispanoamérica, había encontrado extrañas cartas y documentos —mucho más apasionantes— sobre el uso de los cadáveres y la idea del auto-icono. Luego me dirigía a las librerías de segunda mano ubicadas en Charing Cross Road, que estaban cerca y que cerraban tarde, para buscar textos sobre el filósofo y su época.

Fue en una de esas librerías donde encontré una edición publicada por Everyman’s Library de las sorprendentes meditaciones sobre los ritos funerarios del famoso médico inglés del siglo XVIII sir Thomas Browne. El libro, titulado Hydriotaphia: el enterramiento en urnas, me sirvió para reflexionar sobre ciertos aspectos de la muerte que me inquietaban en esa época. Era, además, uno de los libros favoritos de Jorge Luis Borges, quien, junto con Adolfo Bioy Casares, había hecho la única traducción al castellano disponible en ese momento (aunque solo del capítulo quinto), que había sido publicada en 1944 en la revista Sur.10 Borges ya había escrito un ensayo sobre Thomas Browne en su libro Inquisiciones, donde citaba un largo pasaje sobre el olvido y la muerte tomado de Hydriotaphia.

Browne, que había estudiado medicina y anatomía en las academias de Montpellier, Padua, Viena y Leiden, las mejores de Europa en aquel entonces, se preguntaba si Diógenes el Cínico (también conocido como Diógenes el Perro) estaba en lo cierto cuando afirmaba que los restos mortales no tenían importancia, pues tras el velo del cuerpo no había nada más que materia orgánica podrida. Para ser consecuente con sus ideas, Diógenes había pedido a sus discípulos que, una vez muerto, entregaran su cuerpo a las fieras salvajes para que lo devoraran (otras versiones hablan de sus hermanos los perros). Al principio, daba la impresión de que Browne estaba de acuerdo con Diógenes, porque después de diseccionar muchos cuerpos y —como escribió— «hurgar en las entrañas de los muertos», había aprendido por experiencia que no eran más que putrefacción y decadencia. Por eso, abrir un cuerpo era considerado una trasgresión, una búsqueda de los secretos que Dios había intentado mantener ocultos en la envoltura de la piel. La disección no era más que un paso hacia la creencia impía de que el alma es mortal y decae junto con la carne.

En su libro Los anillos de Saturno, el escritor W. G. Sebald especula, a partir de evidencias razonables, que Thomas Browne pudo haber estado entre el público cuando, en 1632, Rembrandt pintó en el Anfiteatro de Anatomía de Ámsterdam su famoso cuadro La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp. Entonces, solo se realizaba una disección pública al año, durante el invierno para que el cadáver se preservara mejor. Además, el cuerpo debía pertenecer a un criminal recién ejecutado, de modo que era un acontecimiento social relevante, más aún en un contexto de gran sed por nuevos conocimientos sobre el cuerpo humano y sus misterios. De acuerdo con algunos de sus biógrafos, Descartes, que vivía en ese momento en Ámsterdam, también habría asistido. Sin embargo, ya se habían realizado en esta ciudad otras disecciones bastante más terribles, como la del niño recién nacido que aparece en La lección de anatomía de Frederick Ruysch (1683), del pintor Jan van Neck.11

La lección de anatomía del Dr. Frederick Ruysch (1683). © Amsterdam Museum

Para Browne, desde una perspectiva de largo plazo, no es relevante qué se hace con los muertos, pues «el olvido no perdona ni se compra». Al respecto afirmó: «No hay antídoto contra el opio del tiempo, que comprende todas las cosas […]. Durante cuarenta años escasos las lápidas preservan la verdad […]. El olvido es insobornable». Por ello, el escritor inglés decía que no le preocupaba lo que pasara con su cuerpo. Sin embargo, si se lee el texto con atención, se puede apreciar su fascinación por los restos mortales y los ritos fúnebres. En cierto momento, admite que no es tan cínico como para aprobar el testamento de Diógenes y que le gustaría ser enterrado y permanecer en la imaginada comunidad de los vivos, con el propósito de ser recordado.

¿De dónde proviene este deseo tan hondo de seguir perteneciendo al mundo de los vivos a través de la memoria? ¿Por qué nuestra especie entierra y venera los restos mortales desde los tiempos más remotos? ¿Cuál es el motivo que nos hace tratar a los difuntos con respeto y someterlos a tantos rituales? En su magnífica obra sobre la historia cultural de los restos mortales, el historiador Thomas Laqueur examina todos estos asuntos y afirma que la convivencia con los muertos y el cuidado de sus restos «es un signo, quizás el signo, de nuestra emergencia del orden de la naturaleza a la cultura». En otras palabras, enterrar, respetar y recordar los restos mortales es tal vez el hecho fundamental del convertirse en humano, como el filósofo Hans-Georg Gadamer alguna vez expresó:

Aquí nos encontramos con el fenómeno del entierro de los muertos, que quizás es el fenómeno básico de la humanización. Entierro no significa el apresurado colocar bajo tierra al muerto, la rápida desaparición de la impresión atemorizante de algo que queda bruscamente rígido en un sueño permanente. Por el contrario, con un enorme despliegue de entrega y de trabajo humanos se procura permanecer con los muertos y asegurar su permanencia entre los vivos.12

El destino de los huesos de Browne, sepultados en 1682 en la parroquia de Saint Peter Mancroft, en Norwich, fue fiel a una de las terribles profecías de su libro: nadie sabe lo que ocurrirá con sus restos («¿quién conoce el destino de sus huesos o cuántas veces habrá de ser enterrado?»).13

Sebald cuenta que en su peregrinaje por Norfolk buscó sin éxito el cráneo de Browne, que se suponía estaba en el hospital de Norwich, un pueblo donde había ejercido como médico. Averiguó que su cuerpo había sido desenterrado en 1840 porque su ataúd se había estropeado en los preparativos para un sepelio. El cráneo fue separado del resto de sus huesos y llegó a manos de un médico local, Edward Lubbock, quien lo legó en testamento al pequeño museo del hospital de Norwich.14 En ese l ...