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INDIVIDUALIDAD HUMANA

Remo H. Largo  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Vivir nuestra individualidad de forma solidaria

Todo ser humano es único. Vivir su individualidad constituye el sentido de su vida

Llega a ser el hombre único, inconfundible, insustituible que hay en ti.

PÍNDARO, 518-442 a. C.

 

Me gusta observar a las personas, sean de la edad que sean; por ejemplo, las que cruzan la plaza de la catedral del casco antiguo de Zurich en verano. En esta plaza reina un continuo ajetreo de turistas curiosos, apresurados hombres de negocios, ciudadanos que comentan las últimas noticias y niños que corretean. Me fascinan la diversidad de rostros y figuras y las distintas maneras en que se relacionan niños, adultos y mayores: lo variable que es el lenguaje corporal cuando los mayores se saludan y los pequeños se persiguen unos a otros y lo diverso que es el interés de los adultos por la vieja catedral de Nuestra Señora y por los escaparates de los comercios. Nadie me encontrará aburrido. Estoy seguro de que jamás veré por la plaza a dos personas que guarden una perfecta similitud en el aspecto y en el comportamiento, pues sé que cada uno de los casi ocho mil millones de seres humanos que hoy viven en la Tierra es único. Esta diversidad no es extraordinaria; cada especie de planta y animal es igual de variada. Pero lo que hace especiales a los seres humanos y me incita a la observación es que solo nosotros —gracias a nuestras facultades mentales, tan extraordinariamente desarrolladas— somos conscientes de nuestra propia individualidad y de nuestras diferencias.

Ya a la edad de dos años empezamos a sentirnos independientes. En los años que siguen somos capaces de ponernos en el lugar de los demás y comprender sus emociones, pensamientos y maneras de actuar. Y entonces tenemos esta revelación: cada persona posee sus propias características, capacidades e ideas. Al comienzo de la edad escolar, si no antes, empezamos a compararnos con los que nos rodean, algo que nunca dejaremos de hacer durante el resto de nuestra vida. De adultos nos confrontamos con nuestros semejantes en cuestiones como la apariencia externa, la profesión, la posición social, las aptitudes o el sueldo. Nos animan nuestros puntos fuertes y nos desalientan nuestras debilidades. Nos preguntamos cómo nos ven los demás y, en todo momento, reflexionamos sobre nosotros mismos: ¿qué tenemos que aceptar como algo «dado» y qué podemos cambiar cuando aspiramos a algo más? Con el tiempo acabamos comprendiendo que no existe una regla de oro que nos indique la mejor manera de dirigir nuestra vida, aunque muchos nos prometan unas cosas u otras si seguimos sus consejos. Este libro no pretende ofrecer esa regla de oro. Más bien intenta explicar al lector cómo adecuar a este mundo la individualidad y sus múltiples aspiraciones; no obstante, todavía no tenemos lo bastante claro qué es la individualidad. Pensamos y obramos como si todos fuésemos iguales, tuviésemos las mismas necesidades y pudiésemos hacer las mismas cosas. Pero esto no es así. No existen reglas universalmente válidas que nos digan cómo vivir en armonía con el mundo que nos rodea. Este es un reto al que cada individuo debe responder a su manera, y de ninguna otra.

No solo es un desafío vivir en consonancia con nuestra propia individualidad; también lo es convivir con la multitud y diversidad de nuestros semejantes. Imaginemos por un momento que todos somos iguales, igual de altos y gruesos, iguales en aspecto, y que desde que nacemos tenemos los mismos sentimientos y cualidades y las mismas necesidades. La vida sería uniforme, y no experimentaríamos muchos de los problemas que nos crean las diferencias en la familia, la escuela y la sociedad. Pero sin diversidad no existirían seres humanos, ni tampoco los demás seres vivos. Diversidad e individualidad son condiciones básicas de la vida.

Las diferencias entre los seres humanos y las dificultades que estas nos originan han constituido el objeto de estudio de toda mi actividad durante cuarenta años como científico y pediatra clínico especializado en el desarrollo. Tuve el privilegio de dirigir, de 1974 a 2005, un gran proyecto de investigación que comenzó en 1954 en el Hospital Infantil de Zurich. En los estudios longitudinales de Zurich hemos acompañado a más de setecientos niños con desarrollo normal y pertenecientes a dos generaciones sucesivas desde su nacimiento hasta la edad adulta, y hemos documentado la evolución de cada uno en aspectos como la motricidad y el lenguaje. Nuestra motivación para llevar a cabo estos estudios tan laboriosos fue el convencimiento de que solo si conocemos lo suficiente tanto la diversidad como las leyes del desarrollo normal, podremos comprender las necesidades y capacidades individuales de los niños y ayudarlos de forma eficaz como padres, terapeutas y docentes. El análisis de los resultados puso de manifiesto que no existe ninguna capacidad, ningún comportamiento y ninguna característica física o psíquica que progrese de la misma manera en todos los niños. A cualquier edad se observan grandes variaciones en su peso y estatura; algunos necesitan más o menos horas de sueño y más o menos cantidades de alimento; unos dan los primeros pasos a los diez meses, y otros a los veinte; hay otros que con tres o cuatro años se interesan por las letras, cuando la mayoría aprende a leer entre los seis y los ocho, e incluso hay personas a las que aún les cuesta leer en la edad adulta. La diversidad aumenta sin cesar en todos los aspectos durante la infancia, y esto se da —hasta cierto punto— aun en los años venideros. Por eso hay adultos que en aritmética nunca han logrado un nivel superior al de los estudios primarios, mientras que otros poseen habilidades lógico-matemáticas que les permiten desarrollar tareas complejas en el ámbito de la informática.

Todos los seres humanos poseemos capacidades muy diferentes para responder a los pequeños y grandes desafíos de la vida. Por ejemplo, Luca, que acudió a mi consultorio con sus padres, se sentía un fracasado porque, con nueve años, aún no sabía leer. Le resultaba doloroso ser consciente de que no podía cumplir las expectativas de sus padres y de su profesora. Esto mermaba considerablemente su autoestima, lo que generaba una falta de concentración e inquietud motora. A lo largo de mi vida profesional he visto que nos remitían a miles de niños como él, que se apartan de la «norma», niños que acusan una amplia variedad de anomalías del desarrollo y del comportamiento, como insomnio, torpeza motora o retraimiento social. La tarea que, muchas veces de forma tácita, nos encargaban los padres y los profesores era la de intentar reconducirlos a esa «norma», algo que —como muchos años de experiencia nos han enseñado— no puede lograrse. Concluimos que el verdadero problema de los niños radicaba en que, al no cumplir las normas establecidas, no podían tener la libertad de ser «ellos mismos». Por eso intentamos ayudarlos conociendo primero sus necesidades y capacidades particulares para luego reunirnos con los padres y otros responsables y encontrar la mejor manera de ayudar a cada niño considerando sus aptitudes y debilidades individuales. Con frecuencia no era una tarea fácil, pues los

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