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INEVITABLE DESASTRE

Jamie McGuire  

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Fragmento

PRÓLOGO

Ni siquiera con el sudor de la frente y la respiración entrecortada parecía enferma. Su piel no tenía el hermoso aspecto habitual y sus ojos no brillaban como siempre, pero seguía siendo muy guapa. La mujer más guapa que hubiera visto jamás.

La mano cayó de la cama y el dedo se estremeció. Recorrí con la mirada las uñas amarillentas y quebradizas, luego subí por el brazo delgado hasta llegar al hombro huesudo y, finalmente, posé mis ojos en los suyos. Me estaba mirando, con los párpados abiertos en dos rendijas, lo suficiente como para hacerme saber que era consciente de que yo estaba allí. Eso era lo que me encantaba de ella. Cuando me miraba, lo hacía de verdad. No me miraba pensando en la otra media decena de cosas que tenía que hacer ese día ni pasaba de mis estúpidas historias. Me escuchaba y eso la hacía muy feliz. Todas las demás personas asentían sin escucharme, pero ella no. Ella nunca.

—Travis —me llamó con voz ronca y las comisuras de sus labios se elevaron—. Ven, cariño. No pasa nada. Ven aquí.

Papá me puso tres dedos en la base del cuello y me empujó hacia delante mientras hablaba con la enfermera. Papá la llamaba Becky. Vino a casa por primera vez pocos días antes. Me hablaba con voz suave y me miraba con amabilidad, pero no me gustaba Becky. No era capaz de explicarlo, pero que estuviera allí me daba miedo. Sabía que había venido a ayudar, pero eso no era bueno, ni siquiera aunque a papá le pareciera bien.

El empujón de papá me hizo dar unos cuantos pasos hacia delante, lo que me acercó lo suficiente como para que mamá me pudiera tocar. Alargó una mano de dedos elegantes y largos y me acarició el brazo.

—No pasa nada, Travis —me susurró—. Mamá quiere decirte algo.

Me metí un dedo en la boca y me lo pasé por las encías con gesto nervioso. Que asintiera la hacía sonreír más todavía, así que me aseguré de mover mucho la cabeza mientras me acercaba a su cara.

Usó las pocas fuerzas que le quedaban para inclinarse hacia mí e inspiró profundamente.

—Lo que voy a pedirte va a ser muy difícil, hijo. Pero sé que puedes hacerlo, porque ya eres un niño mayor.

Asentí de nuevo e imité su sonrisa, aunque no quería hacerlo. Sonreír cuando ella estaba tan cansada y enferma no me parecía bien, pero mostrarme valiente la hacía sentirse feliz. Así que me porté como un valiente.

—Travis, quiero que escuches con atención lo que voy a decirte y, lo que es más importante, necesito que lo recuerdes. Eso te va a costar mucho. He intentado recordar cosas de cuando tenía tres años, pero…

Se calló, porque el dolor fue demasiado intenso durante unos momentos.

—¿El dolor se vuelve insoportable, Diane? —le dijo Becky al mismo tiempo que clavaba una aguja en el tubo intravenoso de mamá.

Mamá se relajó tras unos instantes. Inspiró de nuevo e intentó hablar de nuevo.

—¿Lo harás por mamá? ¿Recordarás lo que te voy a decir?

Asentí una vez más y ella me acarició la mejilla con una mano. No tenía la piel muy tibia y apenas fue capaz de mantener la mano en mi cara unos segundos antes de que le empezara a temblar y la dejara caer en la cama.

—Lo primero, no es malo estar triste. No es malo tener sentimientos. Recuérdalo. Lo segundo, sé un niño todo el tiempo que puedas. Juega, Travis. Haz el tonto. —Su mirada se enturbió—. Cuidaos tú y tus hermanos y cuidad a vuestro padre. Incluso cuando os hagáis mayores y os vayáis, es importante que vengáis a casa. ¿Vale?

Afirmé con fuerza en un intento desesperado por agradarla.

—Hijo, algún día te enamorarás. No te conformes con cualquiera. Escoge a la chica que no sea fácil, esa por la que tengas que luchar, y después no dejes de luchar. Nunca… —inspiró profundamente— dejes de luchar por lo que quieres. Y nunca… —frunció el entrecejo— te olvides de que mamá te quiere. Aunque no puedas verme… —Una lágrima cayó por su mejilla—. Siempre, siempre te querré.

Respiró de forma entrecortada y luego se puso a toser.

—Vale —dijo Becky al mismo tiempo que se colocaba ese trasto de aspecto raro en las orejas. Puso el extremo en el pecho de mamá—. Es el momento de descansar.

—No hay tiempo —susurró mamá.

Becky miró a papá.

—Ya falta poco, Jim. Probablemente deberías traer a los demás niños para que se despidan.

Papá frunció los labios y negó con la cabeza.

—No estoy preparado —logró decir.

—Jim, jamás estarás preparado para perder a tu esposa. Pero no querrás que se vaya sin que los chicos se despidan de ella.

Papá se quedó pensativo durante unos momentos y luego se limpió la nariz con la manga. Después asintió. Salió con grandes zancadas de la habitación, como si estuviese enfadado.

Me quedé mirando a mamá. Miré cómo se esforzaba por respirar, miré cómo Becky comprobaba los números que había en la caja que tenía al lado. Le toqué la muñeca a mamá. La mirada de Becky parecía indicar que sabía algo que yo desconocía y eso me provocaba náuseas.

—Verás, Travis —me dijo Becky al mismo tiempo que se agachaba para poder mirarme directamente a los ojos—. Voy a darle una medicina a mamá y eso hará que se duerma, pero, aunque esté dormida, te puede oír. Puedes decirle que la quieres y que la echarás de menos, porque ella oirá todo lo que le digas.

Miré a mamá y negué rápidamente con la cabeza.

—No quiero echarla de menos.

Becky puso una de sus manos tibias y suaves en mi hombro, como solía hacer mamá cuando estaba disgustada.

—Tu mamá quiere quedarse aquí contigo. Lo desea mucho, pero Jesús quiere que vaya a su lado.

Fruncí el ceño.

—Yo la necesito más que Jesús.

Becky me sonrió y luego me besó en la coronilla.

Papá llamó a la puerta antes de abrir. Mis hermanos le rodeaban en el pasillo y Becky me agarró de la mano para llevarme con ellos.

Trenton no apartó la mirada de mamá, pero Taylor y Tyler miraron a todas partes menos a su cama. Me hizo sentirme un poco mejor que ellos parecieran tan atemorizados como me sentía yo.

Thomas se quedó a mi lado, un poco adelantado, igual que la vez que me protegió cuando jugábamos en el porche delantero y los niños de los vecinos quisieron pelearse con Tyler.

—No tiene buen aspecto —comentó Thomas.

Papá carraspeó.

—Niños, mamá lleva mala desde hace mucho tiempo y ha llegado el momento de que… De que ella…

Su voz se apagó poco a poco.

Becky nos sonrió levemente, en un gesto comprensivo.

—Vuestra madre no ha podido comer ni beber. Su cuerpo se apaga. Esto va a ser muy difícil para vosotros, pero es el momento de que le digáis a vuestra madre que la queréis, que la vais a echar de menos y que no pasa nada porque se marche. Necesita saber que todo está bien, que no os pasará nada.

Todos mis hermanos asintieron al mismo tiempo. Yo no. Aquello no estaba bien. No me importaba que Jesús la quisiera a su lado. Era mi mamá. Él podía llamar a una mamá más vieja. Una que no tuviera que cuidar de unos niños pequeños. Me esforcé por recordar todo lo que me había dicho. Intenté pegarlo al interior de mi cabeza: juega, visita a papá, lucha por lo que amas. Esto último me preocupó. Yo amaba a mamá, pero no sabía cómo luchar por ella.

Becky se inclinó a un lado para hablarle al oído a papá. Él hizo un gesto negativo con la cabeza y luego señaló con el mentón a mis hermanos.

—Venga, niños. Despedíos. Thomas, luego mete a tus hermanos en la cama. No tienen que estar aquí más tiempo.

—Sí, padre —le respondió Thomas.

Sabía que estaba fingiendo ser valiente. Su mirada era tan triste como la mía.

Thomas le habló a mi madre durante un rato y luego Tyler y Taylor le susurraron algo en cada oído. Trenton lloró y la abrazó durante mucho tiempo. Todo el mundo le dijo que podía irse tranquila. Todos menos yo. Mamá no me respondió nada esta vez.

Thomas me arrastró de la mano y me sacó de la habitación. Caminé de espaldas hasta que llegamos al pasillo. Intenté fingir que solo se iba a dormir, pero me mareé. Thomas me tomó en brazos y me subió las escaleras. Comenzó a caminar con más rapidez cuando empezaron a oírse los sollozos de papá.

—¿Qué te ha dicho? —me preguntó.

No le respondí. Le oí preguntármelo y recordé lo que ella me había dicho que hiciera, pero no fui capaz de llorar y tampoco fui capaz de hablar.

Thomas me quitó la camiseta manchada y los calzoncillos de Thomas el Tren.

—Hora de bañarse, bicho. Me alzó en brazos y me metió en el agua caliente. Empapó la esponja y la estrujó sobre mi cabeza. No parpadeé. Ni siquiera intenté quitarme el agua de la cara, una sensación que me disgustaba mucho.

—Mamá me dijo ayer que os cuidara a ti y a los gemelos, y que cuidara de papá. —Thomas colocó los brazos a lo largo del borde de la bañera y apoyó la barbilla en las manos para mirarme—. De modo que eso es lo que pienso hacer, Trav, ¿vale? Voy a cuidarte, así que no te preocupes. Vamos a echar de menos a mamá los dos juntos y no quiero que tengas miedo. Voy a asegurarme de que todo vaya bien. Te lo prometo.

Quise asentir o abrazarle, pero no pude hacer nada. Aunque debería estar luchando por ella, allí estaba yo, en el piso de arriba, en una bañera llena de agua, inmóvil como una estatua. Ya le había fallado a mi madre. Le prometí en lo más profundo de mi fuero interno que haría todo lo que me había dicho en cuanto mi cuerpo volviera a funcionar. Cuando desapareciera la tristeza, siempre jugaría y siempre pelearía. Con ferocidad.

Capítulo 1

PALOMA

Putos buitres. Pueden esperar durante horas. Días. Por las noches también. Te miran con descaro y eligen las partes que te arrancarán en primer lugar, qué trozos serán los más tiernos, los más sabrosos o qué parte será la más conveniente.

Lo que no saben, lo que nunca esperan, es que la presa esté fingiendo. Los buitres son presas fáciles. Justo cuando creen que lo único que deben hacer es tener paciencia, quedarse sentados y esperar a que te mueras, es cuando les golpeas. Es el momento en que utilizas el arma secreta: una falta de respeto absoluta por el statu quo; la negativa a aceptar el orden de las cosas.

Es justo entonces cuando los dejas pasmados al demostrarles que te importa un carajo.

Un oponente del Círculo, un fanfarrón cualquiera que intenta sacar tus puntos débiles con insultos, una mujer que intenta atarte; es algo que los deja siempre sorprendidos.

Desde joven he procurado siempre vivir de este modo. Todos esos capullos enamoradizos que le entregaban el alma a cualquier buscona aprovechada que les sonreía se equivocaban por completo. Por alguna razón yo era el único que iba a contracorriente. Era el que destacaba. Para mí, su modo de vida era una actitud difícil. No me costaba dejar mis emociones en la puerta y sustituirlas por la insensibilidad o por la rabia, que es mucho más fácil de controlar. Dejarte llevar por los sentimientos te vuelve vulnerable. Muchas veces intenté explicarles ese error a mis hermanos, a mis primos o a mis amigos. Me respondían con escepticismo. Muchas veces les vi llorar o no dormir por culpa de alguna zorra estúpida con un par de tacones de «fóllame» a la que jamás les importó lo que les pasaba, y nunca lo entendí. Las mujeres que se merecían esa clase de pena de amor no te dejaban enamorarte de ellas con tanta facilidad. No te dejaban echarlas en tu sofá ni te permitían que las encandilaras para llevártelas a tu dormitorio a la primera noche. Ni siquiera a la décima.

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