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INFORME TAPIA

Marcelo Mellado Suazo  

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Fragmento

CARTOGRAFÍA DEL CAMPO CULTURAL

Es una buena mierda estar siempre condenados a articular, ahuevonadamente, lo simbólico, lo imaginario y lo real. Es alarmante, se insiste, el ser testigo indómito de la instalación de aquel sujeto probable y con algo de conciencia de mundo en un contexto fatalmente triangular que nos hace rearmar la vieja trama vernácula: la del padre ausente, la del hijo desgarrado por una orfandad sobrevaluada y la del esquivo espíritu santo que merodea a medio filo por el vecindario. Aquí todas las homologías son posibles. El punto es que en este campo bordado de flores la cosa se pone peluda a la hora de recorrer y pisar la flora silvestre sin mirar las rutas previas que nuestros pasos dejan como residuo corporal o marca territorial sobre el suelo patrio. La cosa es distinta cuando recogemos algunas dicotiledóneas de registro incierto y armamos un ramo que luego exhibimos impunemente a la brisa que se derrama por los valles interiores para hacer el recambio de las que teníamos en el florero de la mesa de centro. Igual no es fea la oferta panorámica cuando se anda en ese trance aventurero, más aún, es hermoso experimentar el paisaje de este lado del relato, del lado de acá de la experiencia mundana. El territorio así recorrido es un papiro con vocación de palimpsesto, es decir, con capitas ocultas, con espesuras y volúmenes que el deseo suele desparramar por el mentado paño territorial.

Sin ir más lejos, cuando sobrevino la catástrofe que echó todo el entramado por tierra y que fue consecuencia del proceso de municipalización del territorio y de la desestatización de la república —según se comprobó después cuando una empresa externa hizo un estudio de impacto ambiental—, la Asociación de Jubilados de Ferrocarriles del Puerto de San Antonio se encontraba en franca decadencia. Situación verificada no sólo por la desaparición de los ramales que históricamente desembocaban en el litoral y por la privatización del tren granelero, que dinamizaba las faenas portuarias, sino por la falta de un mundo que soportara esas nostalgias de muchas toneladas. Casi todos sus miembros se habían retirado a los cuarteles de invierno, habían fallecido o habían sido borrados por las estrategias radicales del olvido. Era difícil no sucumbir, en ese contexto de borrones y tachaduras —bajo el velo acrílico con que el aparataje oficial pretende desactivar las productividades autónomas—, en el ámbito de la cosa pública, lo que incluye, obviamente, la política y la cultura, sobre todo esta última área, por la extraña hegemonía que alcanza en el nuevo orden.

Omar Padilla o Badilla desparramó una amplia variedad de relatos, todos más o menos contradictorios, en el contexto de la investigación de campo que realizaría años más tarde en la zona y que encargaría a un funcionario de confianza. Era el único dirigente del gremio de jubilados de ferrocarriles que había persistido obsesivamente por mantener viva la cosa gremial, aunque

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