Loading...

JAQUE AL PSICOANALISTA

John Katzenbach  

0


Fragmento

PRÓLOGO

Negación

La pesadilla era siempre la misma: un reflejo distorsionado de la realidad, pervertido por el sueño, que lo atormentaba. Odiaba cada uno de los segundos que duraba:

Estaba escondido en el exterior de las ruinas carbonizadas de su casa de veraneo de Cape Cod, bajo una andrajosa lona que ocultaba su figura, esperando al asesino que llevaba semanas acosándolo. La amenaza inicial —«Suicídese o un inocente morirá»— se había convertido en él o yo. La pistola semiautomática le quemaba en la mano. Mientras esperaba escondido, en el sueño veía al asesino maniobrando en medio de la penumbra nocturna, tal como había sucedido en la vida real hacía cinco años. Le daba la espalda. Él levantaba el arma. Pero cuando el asesino se volvía bruscamente, empuñando una pistola, el sueño abandonaba la realidad y la historia. En aquella repentina pesadilla, primero se le empañaban las gafas y la silueta del asesino se volvía borrosa, hasta fundirse con la oscuridad. Después se le encasquillaba la pistola. Era como si se le hubiera congelado el dedo en un gatillo atascado y, por fuerte que apretara una y otra vez, el arma no se disparaba. Y entonces la pistola se le desintegraba en la mano y se convertía en un montón de fragmentos inútiles que caían a sus pies. En el sueño veía al asesino apuntándolo con su arma. Y entonces chillaba: «¡Eso no está bien! ¡No es así como pasó!». Pero su grito quedaba tapado por el disparo del asesino, y era como si estuviera fuera de su cuerpo, viendo cómo la bala le atravesaba el corazón y cómo la sangre de su vida pasada se derramaba por el suelo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Y entonces se despertaba. Yacía entre las sábanas empapadas de sudor, examinando la pesadilla y tratando de determinar qué cosa había oído, visto o recordado exactamente durante aquel día que hubiera podido desencadenar aquel sueño, mientras dudaba de que pudiera volver a dormirse fuera la hora que fuese.

Sabía que el sueño mezclaba lo sencillo y lo complejo en un pantano emocional. Lo comprendía y, aun así, no quería hacerlo. Como su figura aquella noche bajo la lona, combinaba lo oculto con lo vulnerable. En la realidad, había sido letal yendo un pasito por delante. En el sueño, se convertía en una víctima yendo un pasito por detrás. Y, a pesar de ser psicoanalista, se le escapaba su verdadero significado. Próximo, pero esquivo.

Cinco años después

Detestaba las turbulencias.

Era algo relativamente nuevo en su vida, un miedo que le había surgido de forma inesperada los últimos meses. A diez mil seiscientos metros de altura, cada vez que el avión daba alguna sacudida, Ricky Starks sentía aumentar su angustia. El estómago cerrado. Las palmas sudorosas. Era la perfecta contradicción entre lo que sabía con certeza (que los bandazos y las oscilaciones eran perfectamente normales, nada por lo que hubiera que preocuparse demasiado) y lo que imaginaba en lo más profundo de su ser (que cada vez que el avión parecía patinar por el aire, los pilotos estaban perdiendo frenéticamente el control). Encajado en su asiento de primera clase, era totalmente incapaz de hacer nada al respecto. Sabía que había muchos medicamentos que servían para combatir esos repentinos ataques de ansiedad. A menudo se los recetaba a sus pacientes, pero nunca a sí mismo. Jamás había intentado cuestionarse esa absurda bravuconada suya de «puedo aguantarlo», aparte de pensar de vez en cuando a qué obedecería y, acto seguido, rechazar la pregunta antes de encontrar una respuesta.

Volaba a Washington para dar un discurso en un seminario del Instituto Nacional de la Salud sobre los trastornos de estrés postraumático que afectaban a los jóvenes supervivientes del huracán Katrina y la posterior inundación que había golpeado Nueva Orleans. Las fotografías de la catástrofe, con personas subidas a los tejados de sus casas, calles inundadas y escenas de desesperación en el interior del estadio Superdome, lo había atraído poderosamente a la ciudad. La tormenta se había desatado poco tiempo después de que hubiera recuperado su nombre: se había deshecho por fin de la falsa identidad de Richard Lively, adoptada tras su encuentro con la familia que quería matarlo, y, prudentemente, había vuelto a ser un poco quien era: el doctor Frederick Starks; viudo, solitario, antiguo psicoanalista adinerado de Nueva York y figura emergente en la jerarquía de psicoterapeutas de esa ciudad.

Pero el mundo de la psiquiatría para la clase alta de Manhattan estaba ahora fuera de su vida. Su consulta, su reputación, sus finanzas, hasta su casa, todo había sido arruinado por las personas que querían verle muerto. Había dedicado los últimos seis meses a tratar a niños de Nueva Orleans con problemas graves. La tormenta se había cobrado un severo peaje: incontinencia y terrores nocturnos, temblores incontrolables, tartamudeo, incapacidad para concentrarse en tareas sencillas, ataques repentinos de depresión incapacitante. Y, además, agresividad: desobediencia, resentimiento, un resurgimiento de las conexiones con las bandas incluso en preadolescentes que poco antes estaban viendo los dibujos animados de los sábados por la mañana, mayor consumo de drogas, más violencia sin sentido.

Había oído una y otra vez lo siguiente:

«Quiero una pistola».

No puedes disparar a un viento de ciento noventa kilómetros por hora.

«Quiero luchar.»

No puedes hacer retroceder el agua que desborda un dique.

«Quiero matar.»

No puedes matar a la naturaleza.

Aquella situación parecía irle como anillo al dedo: personas que habían sido abandonadas y olvidadas. Su paciente favorito había sido un chaval atormentado de trece años llamado Tarik, que había pasado veinticuatro horas atrapado en un desván junto al cadáver de su tío ahogado. El chico se mostraba reacio a hablar porque pronunciaba cada una de sus palabras con un tartamudeo incesante. Así que Ricky había ideado un plan: jugaban a las damas. Cada vez que Tarik capturaba una de las piezas de Ricky o coronaba, paraban el juego y el chico tenía que contarle algo que recordara sobre el tiempo que había pasado en aquel desván. Cuanto más jugaban, mayor parte de la historia del chaval afloraba.

Martes y jueves de cuatro a cinco. Al principio fue lento, porque Tarik evitaba capturar ninguna pieza de Ricky y perdía aposta, o a veces, frustrado, tiraba el tablero al suelo, pero al final empezó a abrirse más y comenzó a ganar partidas. Y Ricky observaba que, con cada victoria en el tablero, el tartamudeo disminuía muy ligeramente. A medida que este iba desapareciendo, el niño empezaba también a perdonarse por haber logrado sobrevivir mientras su querido tío fallecía.

Pero un martes no fue a la consulta a la hora de su cita. Ni tampoco llamó su madre para dar explicación alguna.

Esa misma noche, a las diez, Ricky puso las noticias en su pisito de alquiler junto a Magazine Street en Garden District. El locutor anunció entrecortadamente: «Otro incidente de violencia callejera postormenta en el Lower 9th Ward se cobra la vida de un chico de trece años...».

Una banda rival había disparado a Tarik y lo había dejado morir. El tirador lo había confundido con su hermano, apenas un año mayor que él. Ricky llamó a la policía para obtener más detalles, pero no le fueron de mucha ayuda. También llamó al forense del condado y averiguó que el chico había sufrido una agonía prolongada y solitaria en mitad de la noche. El asesinato dejó a Ricky traumatizado, sensación que empeoró cuando, la semana siguiente, la afligida madre de Tarik se presentó a la hora habitual de las visitas de su hijo.

Lo recordaba palabra por palabra:

—Doctor, necesito saber algo y nadie quiere decírmelo.

—¿De qué se trata? Si puedo ayudarla...

—La ambulancia tardó casi dos horas en llegar. Les asusta ir allí a esas horas de la noche. Necesito saberlo. ¿Sufrió mi niño? ¿Sintió dolor antes de que Jesús se lo llevara entre sus brazos? Necesito saberlo. Tengo el corazón roto y necesito saberlo.

Lo había mirado con una poderosa mezcla de paciencia y resignación. Así que Ricky decidió mentirle:

—Creo que no, señora Johnson. Lo más probable es que Tarik estuviera inconsciente y en estado de shock, sin conciencia de lo que le rodeaba ni de lo que le estaba pasando.

Nada de aquello era cierto y se había detestado a sí mismo por cada palabra deshonesta que había pronunciado. En realidad, había ocurrido lo contrario: había sido una muerte espantosa; con los ojos abiertos y consciente, desangrándose lentamente, ahogándose; incapaz de pedir auxilio y de arrastrarse en busca de ayuda, con la muerte y el miedo llegando a él cogidos de la mano. También había sido una muerte innecesaria. Ricky sabía que si la ambulancia hubiese llegado pronto, Tarik podría haber sobrevivido.

La señora Johnson había sacudido la cabeza enérgicamente, hacia atrás y hacia delante.

—Está intentando que me sienta mejor, pero sus palabras no lo consiguen.

Ricky había sido incapaz de contestarle nada, y esa era la respuesta que ella realmente temía. Pero, aunque ya habían empezado a resbalarle las lágrimas por las mejillas, la mujer se había levantado con la cabeza bien alta y le había estrechado la mano con firmeza.

—Quiero darle las gracias por todo lo que hizo por mi niño. Le encantaba venir aquí. Decía que eran los mejores días de la semana.

Y se había marchado sin decir nada más.

No había ocupado la hora de Tarik en su agenda. No sabía muy bien por qué, ya que la lógica sugería que debía hacerlo, pero no lo había hecho. Y la semana siguiente, a la hora de su cita, el hermano mayor de Tarik se presentó en su consulta. Los primeros diez minutos, el joven se sentó en el mismo asiento que primero su hermano, y después su madre, habían ocupado. Se quedó inmóvil, sin mostrarse nervioso: parecía una roca.

—Fue culpa mía que le dispararan —dijo finalmente—. Fue todo culpa mía. Hasta el último ápice. Siempre será culpa mía.

Miró cómo los ojos del hermano mayor se llenaban de lágrimas y, en aquel momento, decidió irse de Nueva Orleans.

Ricky lo había comprendido: un huracán había lastimado a Tarik. Un segundo huracán había zarandeado a su madre y al único hijo que le quedaba. Le pareció una máquina de movimiento perpetuo.

Estaba pensando en esa madre e imaginando tanto a su hijo difunto como al que seguía vivo, preguntándose qué sería de ellos, cuando el avión dio una ligera sacudida y, de inmediato, se agarró a los apoyabrazos. Tarik era un pilar del discurso que iba a dar, el cual formaba parte del proceso de rehabilitación progresiva de su prestigio profesional. Tenía intención de conectar intelectualmente el trauma grave con planes de tratamiento funcional. «Damas —pensó—. El riesgo y la recompensa son los mismos: tienes que saltar cada pieza, lo que te lleva más cerca de la victoria. También puede situarte al borde de la derrota. Un juego de anticipación. Un juego de desgaste. Un juego de supervivencia.»

Pero comprendía algo: «Los planes no sirven de nada cuando doblas la esquina equivocada a una hora demasiado tardía de la noche en un mundo lleno de rabia».

El avión cabeceó de nuevo, como si hubiera pillado un bache en una carretera. Casi en el mismo instante, el sonido de campanilla que usan los auxiliares de vuelo para comunicar algo de un extremo a otro del aparato sonó tres veces consecutivas, seguido de un segundo trío de alarmas.

Ricky alzó los ojos rápidamente y vio que una de las tres auxiliares recorría a toda prisa el pasillo central con una mirada de preocupación en la cara.

Menos de un minuto después, se oyó un anuncio por el altavoz: «¿Hay algún médico a bordo?».

Ricky se levantó vacilante de su asiento, con la esperanza de que algún internista, traumatólogo o cardiólogo lo hiciera también. No vio a ninguno.

Sujetándose primero con una mano y luego con la otra a los respaldos de los asientos, dado que el avión daba otra vez bandazos, se dirigió con dificultad hacia la parte posterior. Vio a una auxiliar de vuelo inclinada sobre una figura que yacía en el pasillo y otras dos que alargaban el cuello desde detrás de ella. Las personas de los asientos adyacentes estaban medio levantadas y miraban fijamente la escena. En los rostros que vio se mezclaban la curiosidad con los tonos blancos de la conmoción.

La auxiliar de vuelo se volvió hacia él.

—¿Es usted...? —empezó a decir.

—Soy médico —afirmó Ricky—. Pero...

No terminó. Sus ojos fueron directos a la figura que había en el suelo. Era un hombre inmenso, gigantesco, que fácilmente pesaría ciento treinta kilos, con una camisa sport azul marino y unos pantalones cortos de camuflaje. Le afeaban el semblante unas sombras rojas y blancas, ruborizadas y fantasmales a la vez. Se aferraba el pecho con los dedos rechonchos y se retorcía la ropa. Tenía los ojos cerrados de dolor y su respiración era áspera y superficial. Un estremecimiento inmenso, como una sacudida sísmica, le recorrió el cuerpo y gimió con fuerza.

—¿Llevan un desfibrilador a bordo? —preguntó Ricky.

La auxiliar de vuelo negó con la cabeza.

Ricky vaciló. De pronto fue consciente de que alguien se le había acercado por detrás. Se volvió y vio a una joven imponente, pelirroja y esbelta, que debía de tener unos veinticinco años.

—Solo estoy en segundo de medicina —dijo la joven—. Pero soy técnica de emergencias sanitarias. ¿Puedo ayudar en algo?

Ricky señaló al hombre agonizante y se hizo a un lado para dejarla pasar.

Vio que la joven alargaba la mano hacia la muñeca del hombre para tomarle el pulso, pero mientras lo hacía, este se estremeció por segunda vez de pies a cabeza, como si tuviera todo el cuerpo atrapado en las mismas turbulencias que zarandeaban el avión. Se le agarrotaron las articulaciones, las estrías rojas de las mejillas le palidecieron al instante, dio un par de boqueadas, gimió, abrió un segundo los ojos, que se le pusieron en blanco, y, con un ruido de asfixia, dejó de respirar.

—Dios mío —exclamó Ricky.

La estudiante de medicina se agachó de inmediato, tiró de la mandíbula del hombre y empezó a hacerle el boca a boca. Con la mano libre, señaló el pecho de la víctima y, entre una respiración y otra, murmuró una orden a Ricky:

—¡Inicie las compresiones!

Ricky colocó las manos sobre la camisa y empujó hacia abajo con fuerza. Tenía dudas de si la presión que ejercía conseguía penetrar las capas gelatinosas de grasa y piel hasta alcanzar el corazón del hombre.

—Uno, dos, tres —susurró.

El hombre se estremeció de nuevo de la cabeza a los pies y, de repente, pareció quedarse rígido.

«Ha muerto —pensó Ricky—. Así, sin más.»

—No pare —gruñó la estudiante.

Ricky alzó la vista y vio, por encima del hombro de ella, que uno de los pilotos los observaba. Este pareció captar rápidamente la situación, se volvió y regresó con una carrera por el pasillo hacia la cabina.

—Cuatro, cinco —siguió, mientras presionaba repetidamente el pecho del hombre.

En unos segundos oyó un segundo anuncio: «Señores pasajeros, tenemos una emergencia médica a bordo. Vamos a desviarnos al aeropuerto más cercano. Por favor, regresen a sus asientos y abróchense los cinturones de seguridad».

Notó que el avión empezaba a descender. No de la forma suave y paciente que es habitual, sino en picado, perdiendo altitud lo más rápido posible.

—Seis, siete, ocho, nueve... —prosiguió. Cuando llegó a diez, empezó de nuevo.

La cara del hombre infartado adquirió de repente un atisbo de color rojo.

—Tiene pulso —aseguró la estudiante de medicina, levantándose. Se dirigió a una de las auxiliares—: ¿Llevan oxígeno portátil?

Esta vez la auxiliar sí que asintió.

—Tráiganlo enseguida —dijo la estudiante, con un tono marcial—. Ya puede parar —le indicó a Ricky.

El hombre pestañeó y abrió los ojos, y Ricky vio el pánico en ellos. Había recuperado algo de color.

—Una aspirina o cualquier clase de anticoagulante nos iría de perlas —comentó la estudiante de medicina, mientras ajustaba una máscara de oxígeno de plástico amarillo a la cara del hombre y giraba un regulador de una bombona verde. Luego se volvió hacia la auxiliar de vuelo—. Dígale al piloto que nos consiga una ambulancia lo antes posible —añadió.

Era joven, pero no le costaba nada dar órdenes de manera enérgica. Ricky vio que los ojos de aquel hombre descomunal volvían a quedarse en blanco y a cerrarse una segunda vez. No parecía estar consciente. La auxiliar se acercó a un teléfono intercomunicador y habló rápidamente por él. Esperó, escuchando la respuesta, y volvió al pasillo, donde estaban los tres.

—Diecisiete minutos —anunció.

—Demasiado tiempo —susurró la estudiante de medicina negando con la cabeza. Se quedó mirando cómo el pecho del hombre ascendía y descendía mientras inspiraba y espiraba. A Ricky le pareció que el movimiento era asincopado e irregular. La joven situó los dedos sobre la arteria carótida del hombre y volvió a negar con la cabeza—. Débil y cada vez más —dijo—. ¿Qué clase de médico es usted, doctor?

—Psicoanalista —respondió Ricky en voz baja.

—Esta no es exactamente su clase de emergencia —comentó la joven con una media sonrisa.

—No —coincidió Ricky. «Alucinaciones. Psicosis. Crisis nerviosas. Intentos de suicidio. Esas son mis emergencias»—. Pero le ha salvado la vida.

La estudiante de medicina miró al hombre que estaba en el suelo.

—Creo que no —susurró bajito.

Permanecieron allí, inclinados sobre el hombre, mientras el avión surcaba la noche tras las ventanillas. Cada minuto parecía corto y largo a la vez, como si el paso regular del tiempo se hubiera visto alterado. La respiración del hombre era áspera y sibilante. Parecía estar descendiendo con la misma rapidez que el avión. Ricky notó que el tren de aterrizaje bajaba.

—Tienen que tomar asiento —indicó la auxiliar de vuelo—. Estamos aterrizando.

—No —respondió la estudiante de medicina negando con la cabeza, mientras se aferraba al apoyabrazos más cercano con una mano. Con la otra siguió sujetando la muñeca de la víctima, como si quisiera reconfortarla. Ricky simplemente se sujetó.

El personal de la ambulancia estaba aguardando en la puerta para recorrer a la carrera el pasillo central del avión. Todo el mundo permaneció sentado mientras se esforzaban por cargar al corpulento hombre en una camilla y lo sacaban a toda prisa por el acceso delantero al aparato. Ricky oyó cómo una mujer hacía callar a sus dos hijos pequeños, que rebosaban de curiosidad. Los pasajeros siguieron con la mirada el camino que recorrió el equipo de rescate, la mayoría con una expresión en el rostro de «le podría pasar a cualquiera».

—¿Va a acompañarles? —preguntó la estudiante de medicina a Ricky.

—No. Tendría que ir usted.

—Creo que no —respondió tras un instante de vacilación.

Cada palabra que había pronunciado estaba cargada de contradicciones: duda y comprensión. Parecía exhausta y Ricky se percató de que él también debía de sonar igual.

Pasó una hora antes de que el avión despegara de nuevo. La estudiante de medicina regresó a su asiento en clase turista y Ricky, a primera. La auxiliar de vuelo le preguntó si quería beber algo mientras esperaban autorización en la pista, pero no le apetecía tomar nada. A pesar de que el avión estaba inmóvil sobre el asfalto, él seguía agarrándose a los apoyabrazos. Después de despegar, y una vez hubieron alcanzado la altitud de crucero, el piloto salió de la cabina. Se acercó primero a Ricky.

—Gracias por su ayuda —dijo con el inconfundible acento de un piloto veterano del Medio Oeste—. Le estamos realmente agradecidos.

—¿Se sabe algo del hombre...? —preguntó Ricky.

El piloto empezó a decir algo, pero se detuvo y se inclinó hacia él para responderle en voz baja:

—Mala suerte. Murió en la ambulancia: no pudieron reanimarlo una segunda vez. —Se enderezó y añadió—: Tengo que comunicárselo al otro médico, del asiento 24E. —Se refería a la estudiante de medicina.

Ricky se percató de que no sabía cómo se llamaba el difunto. Ni quién era, ni tampoco de dónde. Nada, aparte de que era enorme, tenía sobrepeso, llevaba unos pantalones cortos de camuflaje y que ahora estaba muerto. Familia. Amigos. Trabajo. Carrera profesional. Casado. Divorciado. Entrenador de la liga infantil de béisbol. Golfista. Papá Noel en las fiestas de la oficina. Republicano. Demócrata. Todo aquello que había sido desapareció en el pasillo del avión.

Se recostó en el asiento cuando el piloto salió de la primera clase.

«¿Qué le dimos? ¿Veinte minutos más de vida? ¿Treinta?»

Notó que el avión se zarandeaba de nuevo.

«¿Qué puedes hacer con esos veinte minutos más? —se preguntó—. ¿Hacer las paces? ¿Despedirte? ¿Maldecir tu mala suerte o rezar? ¿Arrepentirte de todos tus errores y pecados? ¿Es un tiempo suficiente para cualquier otra cosa que no sea el dolor y el terror al ver que la vida se te escapa?»

El avión cabeceó una segunda vez. Su imaginación parecía un revoltijo de imágenes de aquel corpulento hombre agonizando mientras él lo observaba impotente, de las pesadillas sobre cuando casi murió en Cape Cod cinco años antes y de Tarik desangrándose solo en una esquina. Intentó impedir que estos pensamientos se fundieran entre sí, pero no lo logró. Sobre él, la señal roja del cinturón de seguridad parpadeó, acompañada de nuevo de un sonido de campanilla cuando el avión se adentró en más turbulencias imprevistas.

PRIMERA PARTE

LA VISITA INOPORTUNA

Puedes escalar una montaña,

puedes surcar a nado el mar.

Puedes lanzarte a las llamas,

pero nunca serás libre...

HARRY NILSSON,

Jump Into The Fire, 1973

Vivimos atrapados entre el pasado agitado y examinado, y un futuro que espera nuestro trabajo.

ANNA FREUD,

Prose Reflections, 1920

1

La mañana del quinto aniversario del día en que murió y resucitó, lo único que oyó el doctor Frederick Starks fue una rabia apenas controlada, y lo único que vio fueron lágrimas y sollozos espontáneos.

La rabia había adoptado diversas formas.

Palabrotas: «Cabrones. Hijos de puta. Gilipollas». Torrentes de palabras despiadadamente amargas, dichas en aluviones de tonos de frustración. Unas eran susurradas, otras espetadas y unas cuantas más proferidas en los confines de su consulta casi a gritos. En voz alta. Murmuradas. Furibundas. Tristes. Las palabras florecían en su consulta, elevándose un instante, hundiéndose en el siguiente. Iban destinadas casi siempre a las madres, los padres, los hermanos, los jefes, las parejas infieles, los amigos mentirosos y los colegas deshonestos, incluso una vez, sorprendentemente en boca de la refinada señora Heath, sirvieron para describir a sus increíblemente desagradecidos hijos. Todos ellos parecían en extremo descontentos con las disposiciones de la última versión de su testamento, especialmente con la gran contribución que tenía intención de hacer a Médicos Sin Fronteras. A lo largo de toda la mañana, ninguna palabrota pronunciada por ningún paciente iba dirigida contra ellos mismos. Nadie había dicho sin el menor rigor científico: «¿Cómo he podido ser tan idiota, coño?».

Expresiones: había caras contorsionadas, ruborizadas. Labios que parecían fruncirse. Mandíbulas que se apretaban. Dientes que rechinaban. Ojos que se cerraban con fuerza, como si la rabia se contuviera mejor en una oscuridad interior. Oyó más de una vez: «Ojalá estuvieran muertos». O la variación estándar semificticia: «Me gustaría matarlos».

Sencillo de pensar.

Fácil de decir.

Difícil de hacer.

Lo sabía por experiencia propia.

Los pacientes lloraban por enfermedades. Lloraban por la muerte. Lloraban por las oportunidades perdidas y las esperanzas frustradas. Lloraban por sus pasados. Lloraban, presas de la desesperación, por lo que veían en sus futuros. Lloraban porque se sentían culpables. Lloraban porque no se sentían culpables. Sollozaban por lo que se les había hecho con crueldad o por lo que habían hecho de manera desconsiderada a otras personas.

Lágrimas de cocodrilo. Lágrimas sinceras. Lágrimas que ocultaban problemas complejos. Lágrimas enérgicas que obedecían a simples errores.

Sabía lo que era Rosebud.

Y la mayoría de las veces, esa mañana arquetípica, los sollozos se transformaban en rabia o la rabia se desintegraba en sollozos. Eran reflejos de las mismas imágenes. Él opinaba que la psiquiatría se parecía a veces a mirarse en un espejo y sujetar después otro, de modo que se creara una imagen dentro de otra imagen, en el interior de otra imagen, empequeñeciéndose hasta el infinito, pero mostrando siempre el mismo aspecto.

La señora Heath, su última paciente de la mañana, lo miró y dijo con una impotencia que contradecía la dureza que había caracterizado gran parte de sus ochenta y siete años:

—¿Por qué no puedo morir exactamente como quiero?

Ricky aguardó un instante, por si continuaba hablando, antes de responder:

—¿Cree que alguno de nosotros puede diseñar su propia muerte?

«Yo lo hice —pensó de repente—. En otra época, en otro mundo, salvé mi vida diseñando mi propia muerte.» No lo dijo en voz alta, aunque aquel día de aniversario sabía por qué aquellos recuerdos teñían implacablemente todas las palabras de cada uno de sus pacientes.

—Cuando has tenido tanto en la vida, ¿por qué no puede ser igual morirse? —continuó la señora Heath—. ¿Por qué es egoísta o está mal de algún modo querer morir de cierta forma?

—¿Cómo quiere usted morir, señora Heath?

La mujer soltó una carcajada que llenó la habitación.

—Oh, Ricky, quizá en la silla de montar en un arreo de ganado en Wyoming. O puede que al volante de un Ferrari a 190 km/h por el Bois de Boulogne en París. Tal vez unida por el sedal a un pez aguja de dieciocho kilos en la corriente del Golfo...

Era la única paciente que utilizaba un tono tan informal. Los demás preferían dirigirse a él como «doctor Starks» para asegurarse a sí mismos que cada hora de terapia era una manera formalizada de abordar una enfermedad fácilmente reconocible, como si los problemas que los llevaban a su consulta no fueran más complejos que un padrastro o un simple resfriado.

La señora Heath rio con ganas. Lucía una melena abundante y bien peinada de un rebelde cabello plateado. Su piel reflejaba el paso de los años, aunque no demasiado, de modo que las arrugas le conferían autoridad y no parecían tanto las huellas del envejecimiento. La señora Heath iba poco maquillada y llevaba ropa de marca, elegante y de tonos vivos, por lo que a menudo tenía el aspecto de un ave exótica especialmente vistosa. Tenía unos animados ojos azules que veían el aspecto divertido de muchas cosas. Sonrisa fácil. Risa cordial. Una mujer consciente de que había sido tan hermosa que solo tenía que entrar en un sitio para captar la atención pero que no estaba demasiado consternada por el deterioro de su aspecto. Para estar muy preocupada por el proceso de la muerte, la señora Heath parecía extraordinariamente alegre y abrumadoramente sana. Se le daba muy bien ocultar que su corazón estaba enfermo. El dolor físico parecía intrascendente para ella. Y sus abundantes problemas actuales no residían en su pasado, que Ricky supiera. Le habían llegado los últimos meses gracias a los batallones de familiares que la rondaban con las manos extendidas.

«¿Oh, tía, estás enferma? Eso es terrible. Terrible, sin duda. ¡Qué mal me sabe! Pero ¿qué hay de mi fondo fiduciario?»

Revisar esta clase de final emocional de su bagaje vital era lo que la había llevado a su consulta hacía seis meses. Al principio, él se había mostrado reacio a aceptarla como paciente («¿Qué soy? ¿Un psicoanalista de la muerte?»), pero eso había cambiado rápidamente, y ahora aguardaba con ansia sus sesiones.

La señora Heath se detuvo, meditó sus palabras y sonrió.

—Bueno, es muy posible que no me importe si hay alguien en mi familia que me entienda.

Se tapó la boca para ocultar su carcajada.

—¿Eso me convierte en una persona horrible, Ricky?

—No —respondió este.

—¿Tal vez un poquito horrible? —insistió, con un tono cantarín en la voz—. No me importa nada ser un poquito horrible. Hasta podría gustarme.

—No creo —la contradijo él.

—Ricky, Ricky... —dijo la señora Heath, echando la cabeza hacia atrás—. Todos somos un poquito horribles a veces.

Él sospechaba que eso era cierto.

—Si después de ochenta y siete años no ves la muerte como una enorme broma cósmica, bueno, es probable que la encuentres aterradora —aseguró con confianza.

—Usted es una auténtica filósofa —dijo Ricky.

Normalmente no solía dar así su opinión.

—Supongo que sí —admitió la señora Heath tras sonreír de nuevo—. Una heredera filósofa —añadió y, tras una pausa, se encogió de hombros y dijo—: Una heredera filósofa que se muere. Muy de Charles Dickens, ¿no crees? Suena al típico romanticismo de los páramos ingleses.

Ricky asintió.

—Ya no hay suficiente romanticismo en mi vida —prosiguió la señora Heath—. Es una pena. Lo que daría por hacer retroceder el reloj unas décadas. Me encantaría revivir uno o dos momentos. Eso sería bonito. Hubo un tiempo, Ricky... Caray, la de historias que podría contarte. Historias escandalosas. —Pronunció la palabra «escandalosas» como si fuera una invitación.

Ricky dudó que nada de lo que hubiera hecho fuera a escandalizarlo.

—En su día fui bastante atrevida —comentó moviendo la mano con displicencia—. Rebelde. Peligrosa. Aunque no te lo creas. —Echó un vistazo a su reloj—. Supongo que esto es todo por hoy —indicó—. Me siento mucho, muchísimo mejor. Gracias por escucharme, Ricky.

—Hasta la próxima entonces —respondió este.

—Si todavía sigo aquí —dijo la señora Heath sonriendo de nuevo, como si fuera la continuación de la misma broma. Se levantó del gran sillón de cuero reservado para los pacientes. Tomó el caro bastón escocés de endrino tallado a mano del lugar donde lo había colgado en el perchero, golpeó con él un par de veces la alfombra y anunció—: Realmente no lo necesito, pero me da un toque de distinción.

Y se marchó riendo, mientras pasaba por delante del diván que los pacientes rara vez utilizaban. Ya no había demasiadas personas que tuvieran el tiempo, la cobertura sanitaria o las ganas de realizar un psicoanálisis freudiano tradicional; el viejo estilo, entre cuatro y cinco días a la semana, una semana tras otra durante años, revisando recuerdos y experiencias para llegar a conocerse, había, en gran parte, desaparecido. Ahora la gente quería conversaciones rápidas cara a cara, buenos consejos y recetas de pastillas.

Y, si tenían que privarse de algo, prescindían de la conversación y de los consejos. Pero nadie renunciaba jamás a las pastillas.

«Soy un dinosaurio avanzando pesadamente por un mundo de coches-cohete. Muy pronto me habré extinguido», pensó.

Observó cómo la señora Heath salía de su consulta. Su chófer estaría fuera, aguardándola pacientemente junto a su limusina. En todas sus sesiones no había llorado ni una sola vez por su muerte inminente. Se preguntaba si alguna vez lo haría. Lo dudaba.

Pasó ese mediodía con una única variación de su rutina. Normalmente se ponía unos pantalones cortos y unas zapatillas deportivas y recorría tres kilómetros por el parque Kennedy, cerca de la orilla de la bahía. Hoy el sol parecía haberse tomado un respiro de su costumbre de abrasar el mundo tropical y la temperatura era suave. Pero, antes de salir, se sentó tras su escritorio. Abrió primero el cajón de arriba y sacó una fotografía enmarcada de su mujer. En la imagen estaba cuidando del jardín de su antigua casa de veraneo en Cape Cod, la que él había arrasado en un incendio para huir de la familia que quería verlo muerto. En la imagen, su mujer lucía una deliciosa medio sonrisa, como si quisiera decir: «¿Por qué me haces una foto ahora, cuando voy hecha un asco?». Siempre le había encantado esta fotografía. Lo decía todo sobre lo felices que habían sido y nada sobre el cáncer que había acabado con su vida. Tras mirarla un buen rato, la guardó y sacó el talonario de cheques. Extendió cuidadosamente los correspondientes a unos pequeños donativos a The Jimmy Fund en Boston por su lucha contra los cánceres pediátricos; a The Florida Wildlife Federation por su defensa de la pantera de Florida, un animal en peligro de extinción; a varios programas académicos que investigaban nuevos enfoques terapéuticos para las enfermedades mentales y, por último, a Puppies Behind Bars, una organización que ponía perros en manos de presos, qui ...