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JASY (TRILOGíA DEL PERDóN 1)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

(1736-1750)

CAPÍTULO

I

Provincia Jesuítica del Paraguay,

en algún paraje sobre el río Paraná.

Febrero de 1736.

El niño se asomó para observar los rebalajes que formaba el agua del río al chocar contra los troncos de la balsa. Lo hipnotizaban esos remolinos y la manera en que desaparecían para formarse unos nuevos a medida que la jangada, como llamaban a la rústica embarcación, se deslizaba por ese sector manso del río Paraná. Era la primera vez que viajaba en una de ellas y le resultaba difícil permanecer quieto, pese a que el padre Ursus mantenía ojo avizor y le había ordenado que se sentase a su lado, bajo la casilla, para protegerse del sol; a esa hora del día, sus rayos golpeaban con inclemencia.

El niño despegó la vista del agua y de los remolinos y emprendió de nuevo la recorrida por la extensión de la balsa, cuidándose de pasar lejos de los bogadores que la conducían con largas y gruesas cañas, llamadas tacuaras; ninguno había hecho un misterio del desprecio que él les provocaba. Uno de ellos, el más diestro, antes de emprender el viaje, había expresado que no transportaría al niño lobisón; la mala suerte caería sobre la jangada y su pasaje.

—¡Calla, ignorante! —despotricó el padre Ursus en perfecto guaraní, y el vozarrón, a tono con su estampa de gigante, hizo bajar la cabeza al indio—. Ya les he dicho que creer en esas supersticiones es pecado mortal. Tendrás que confesarte, Antonio.

—Sí, pa’i Ursus.

—Si vuelves a referirte a él como al niño lobisón, te mandaré azotar en la plaza. Y ahora ¡a bogar! Que debemos estar en Asunción dentro de dos días.

El niño, aunque pequeño, había sabido que él era el motivo de la discusión; estaba habituado a las miradas recelosas y a que la gente lo rehuyese. Por eso, hizo un rodeo para mantener la distancia con esos hombres y llegar al sector donde estibaban los atados de cueros que contenían los tercios de yerba. Se trepó en la cima con la agilidad de una cabra y se acomodó para observar el río cuyas aguas turbias corrían encajonadas entre dos muros de selva y que sus antepasados habían bautizado con el nombre “pariente del mar”. Él no conocía el mar, pero el padre Ursus se lo había descripto, y a él le había parecido que el sacerdote exageraba.

* * *

Bajo la protección de la casilla construida en medio de la jangada, el padre Octavio de Urízar y Vega, a quien todos llamaban padre Ursus, escribía la carta anua en la cual detallaba los sucesos acaecidos en la doctrina a su cargo, la de San Ignacio Miní. Escribir constituía uno de sus talentos, y en ese caso lo hacía con especial empeño porque sabía que su epístola se adjuntaría a la que el provincial de los jesuitas, Jaime de Aguilar, preparaba para enviar a la máxima autoridad de la Compañía de Jesús, el general Franz Retz, quien, desde su sede en Roma, conocía en detalle la realidad de las misiones jesuíticas dispersas por el mundo gracias al eficaz sistema de informes que, anualmente, le enviaban los provinciales.

—Fue una feliz idea agregar vuestra carta anua a la que envié al prepósito general —le había confesado el padre Jaime de Aguilar el año anterior—. Es clara su redacción, plagada de relatos interesantes. Más allá de los datos demográficos, que son necesarios, pero bueno, la verdad sea dicha, muy aburridos, siempre me encuentro compelido a seguir leyendo. Vuestras historias acerca de las vidas de los indios de vuestra doctrina son, en verdad, fascinantes. El general Retz me aseguró que vuestra carta se leería en voz alta en todos los seminarios durante el almuerzo.

Ursus había asentido con gesto impasible para disfrazar la preocupación. No deseaba volverse notable a los ojos de sus superiores y que tal vez por creer que le hacían un bien, terminaran por hacerle un flaco favor enviándolo a ocupar puestos más encumbrados lejos de San Ignacio Miní y de sus indios. No obstante, si el provincial o el general de la orden disponían de su servicio en otro sitio, sin decir ni tus ni mus, tendría que obedecer. Después de todo, en las Constituciones de Ignacio de Loyola se postulaba que un jesuita se debía comportar perinde ac cadaver, del mismo modo que un cadáver.

Igualmente, cierta satisfacción atenuó los temores al imaginar que sus relatos serían leídos a los seminaristas y jóvenes sacerdotes. Conocía, por experiencia propia, lo que las cartas anuas llegaban a provocar en el espíritu de un aspirante a sacerdote. Había sido una escrita por el misionero más famoso con que había contado la orden en esas tierras del Paraguay, Roque González de Santa Cruz, la que había sellado su destino.

Apenas ingresado en el seminario del Colegio Máximo en Córdoba, el joven Octavio se había convencido de que su vocación eran esas cátedras y la docencia. Durante un almuerzo en el día en que conmemoraban el martirio del padre Roque González a manos de un grupo de indios, se leyó una de sus cartas, y la atención del seminarista Octavio, que aún meditaba acerca de unos pasajes de los filósofos griegos del siglo V antes de Cristo, había saltado a la epístola del misionero. “Ser labrador es como previa disposición para ser cristiano, porque si no tienen la comida en la reducción, van a buscarla y no pueden ser catequizados porque andan todo el año muy lejos cazando.” A decir verdad, no se había tratado de un párrafo brillante, ni que resolviese los grandes misterios de la fe, sino que era un comentario sensato y práctico, que de una manera inexplicable lo había cautivado. Oyó con atención hasta el final.

Después de profesar como sacerdote, conseguir que lo enviasen a misionar a la región del Paraná no había resultado fácil. A los aspirantes se los sometía a largas y severas pruebas para descubrir si contaban con el temple para soportar las adversidades de una realidad tan distinta, sin mencionar que se les exigía el dominio del guaraní, cuando no de otra de las tantas lenguas que se hablaban en aquellas extensiones.

El ahínco del joven padre Ursus —para esa época, el mote lo empleaban aun sus superiores— había terminado por convencer al rector del Colegio Máximo y al provincial de que poseía un espíritu templado, capaz de afrontar las asperezas de la vida en las reducciones. Cierto que atrás habían quedado las penurias por las que habían pasado los primeros misioneros a principios del siglo anterior, cuando pernoctaban en chozas de barro y techo de hojas de palmera y amanecían con mordidas de murciélagos y de otras alimañas, y cuando se sustentaban con raíces y maíz, nada de pan, ni de carne; no sin razón el padre del Valle, compañero de Roque González, había declarado que el silencio y el ayuno se guardaban ahí forzosamente y que la Cuaresma duraba todo el año. Esos hombres habían sido misioneros, pero también carpinteros, albañiles, agricultores, chacareros, cocineros, costureros, hiladores, alfareros, herreros, y cualquier oficio que sirviese para educar a los indios y construir la reducción. En cambio, cuando Ursus llegó a su primera misión, la de San Ignacio Guazú —lo de Guazú, que significa “grande”, para distinguirla de la de Miní, que significa “pequeña”—, se sorprendió al hallar una ciudad con edificaciones y estructuras urbanas que habrían avergonzado a Buenos Aires, a Asunción y a Santa Fe.

Aun en el presente, no todo el monte era orégano, como solía decir su madre; la vida presentaba desafíos y dificultades a diario. Cuando no se trataba de una peste de viruela, que mataba a los indios como a moscas, los portugueses robaban el ganado —cuando no a algún indio desprevenido para esclavizarlo en las minas brasileras—, se perdía la cosecha de trigo, una jangada se hundía con el cargamento de yerba, o un grupo, en abierta violación a una de las reglas más estrictas de la reducción, se emborrachaba con chicha y armaba una trifulca en medio de la plaza de armas. Todo esto sin mencionar los problemas que nacían fuera de las doctrinas, en las ciudades, en especial en Asunción, donde la Compañía de Jesús poseía más detractores que amigos. Hasta el año anterior, el destino de la orden y de sus misiones en el territorio paraguayo había pendido de un hilo debido a las revueltas que los “comuneros”, como se denominaban los criollos asuncenos, habían llevado adelante para expulsarlos de la provincia, hacerse con sus propiedades y repartir a los guaraníes en el marco del viejo régimen de las encomiendas. Por fortuna, el gobernador de Buenos Aires, Bruno de Zabala, se había movilizado con su ejército, al cual se le había sumado el de los soldados guaraníes de las reducciones, bien entrenados y bien armados, para desarticular la revuelta y devolver las cosas a su debido orden.

Ni siquiera se había entablado una batalla. Los comuneros se desbandaron ante la llegada de Zabala, que se hizo cargo del gobierno con mano férrea. Se mostró implacable con los que consideró traidores al rey, por lo que ejecutó a los cabecillas y mandó esparcir sus miembros por distintos puntos de la provincia. Encarceló a muchos y les confiscó los bienes. El provincial, el padre Aguilar, que vivía en Asunción, le había confesado a Ursus en una epístola que aún quedaba un sabor amargo en el espíritu de la gente como consecuencia de la feroz represión de Zabala.

Aunque le dolía pensar en el sufrimiento de las familias de los comuneros, Ursus había respirado cuando, en junio del año anterior, lo alcanzaron las noticias de que la revuelta había terminado con el éxito del gobernador. Solo pensar en que lo separasen de sus indios, y el estómago se le volvía de piedra. Aunque a veces lo sacaban de sus casillas, los amaba como a los hijos que jamás tendría.

Detuvo la pluma de oca con la que escribía las últimas palabras de la carta anua, levantó la vista y, mientras escudriñaba en torno, se rascó la barba que le cubría el filo de las mandíbulas y el mentón, ademán en el que caía cuando algo lo inquietaba. Se puso de pie y casi chocó la cabeza con el mojinete del techo. ¿Dónde estaba el niño? ¿Tal vez los bogadores lo habían arrojado al agua? Se cubrió la cabeza con un chapeo de fibra de palmera, muy al estilo de los sombreros cordobeses, y salió de la casilla. La luz lo encegueció. El sol del verano en esas tierras calurosas y húmedas y a esas horas tempranas de la tarde resultaba implacable.

Lo divisó sentado sobre los atados de yerba, con las piernas recogidas cerca del pecho y los bracitos en torno a las pantorrillas, serio, como era lo usual, con la mirada quieta en el paisaje que iba quedando atrás; la juzgó una mirada demasiado grave para un niño de cuatro años; demasiado triste también. Le extrañó verlo tan quieto. Se quedó observándolo.

En verdad, quería a todos sus indios, pero a ese niño lo quería como a nadie. Desde que Malbalá, la madre del pequeño, se lo había colocado en los brazos y le había pedido que le pusiera un nombre, el vínculo que lo había unido a esa criatura se había demostrado diferente del que establecía con los cientos de niños de la doctrina. Por lo pronto, la criatura, de apenas unos días, lo miraba fijamente, no como los otros recién nacidos, que no enfocaban y veían tras una nebulosa. Este le clavaba los ojos, con una expresión impaciente que parecía decir: “¿Y bien, pa’i? ¿Me darás o no un nombre? Acabemos ya con esto”. Ursus había soltado una corta carcajada, que sobresaltó a Malbalá y a la abuela del niño, la sabia Vaimaca.

El jesuita sonrió con el recuerdo, mientras se abanicaba con el chapeo. Fingió enojo al vociferar:

—¡Aitor! —y acentuó la “o” más de lo necesario y prolongó la erre.

El niño giró la cabeza con un movimiento rápido, y su cabello, largo, lacio y de ese color tan peculiar, negro con destellos de cobre, le acarició los hombros. Sus ojos se clavaron en los del sacerdote. No había vestigio de miedo, ni de contrición. Lo admiraba por eso, si bien, como de costumbre, lo ocultaría; su deber como educador era señalarle que tanta arrogancia, temeridad y soberbia eran pecados mortales.

—¡Baja de esos cueros, inmediatamente! ¡Ven aquí!

Apreció la agilidad con la que descendió de la pila de atados de yerba —alcanzaba las casi tres varas y media de altura—, como también la que empleó para correr hacia él, sorteando los montículos del matalotaje, los rollos de cuerdas y las cajas de madera con productos de la misión. Iba descalzo.

—Mande, pa’i.

—¿Mande, pa’i? ¿Para qué voy a mandar si el karai Aitor no se dignará jamás a cumplir mis órdenes?

Una sombra de sonrisa estiró apenas los labios pulposos del niño, aunque se desvaneció tan rápidamente que Ursus no habría podido confirmar si había existido o si se había tratado de un movimiento involuntario. Tal vez le había hecho gracia que lo llamase karai, señor. “Sí, hijo mío”, le habló con el alma, “adelante, sonríe, quiero verte sonreír”.

Prosiguió con menos acritud.

—¿Dónde están tus sandalias? —El niño señaló un sitio bajo la casilla—. ¿Por qué no las llevas puestas?

—Me hacían doler.

—Nunca te acostumbrarás a ellas si no las usas. ¿No te ordené que permanecieras bajo la casilla? El sol está demasiado fuerte. Podrías enfermar de tabardillo. ¿Qué le diría yo a tu pobre madre? —Le apoyó la mano sobre la coronilla—. ¡Aitor! ¡Tienes la cabeza hirviendo! Ven aquí.

Lo condujo cerca de la baranda, tomó una cuerda con un calabacín atado en el extremo, la echó al río y recogió agua.

—Inclina la cabeza. —El niño la sacó fuera de la embarcación—. Esto te refrescará un poco. —Le vertió el líquido en la parte posterior y observó cómo se escurría por la nuca y por debajo del tejido de algodón de su camisa blanca. Aitor no emitió sonido, ni se movió. A Ursus, el estoicismo de alguien tan pequeño a veces lo asustaba.

Regresaron bajo el techo, y el sacerdote lo levantó para sentarlo sobre un atado de lienzos de bocací confeccionados por las indias de la reducción. Se puso de rodillas frente a él y le sonrió.

—Veamos ahora, amigo mío. ¿Cómo está esa herida?

Aitor abrió grandes los ojos, cuadró los hombros y elevó ligeramente el mentón. Ursus no se percató de su actitud defensiva, concentrado como estaba en el color de sus ojos, algo en lo que caía a menudo, pues ese color amarillo tan contundente no parecía natural, ni humano. Él jamás había visto una tonalidad como esa, que, a veces, dependiendo de cómo estuviese el cielo, se tornaban de un dorado desconcertante. ¿De quién los habría heredado? Por cierto, esos ojos amarillos —bastante achinados, de espesísimas pestañas negras y coronados por un par de cejas gruesas, que formaban dos triángulos sobre sus párpados— no lo ayudaban a quitarse de encima la fama de lobisón que lo perseguía desde el día de su nacimiento, más bien desde el de su concepción, por el simple hecho de ser el séptimo hijo varón de Malbalá y de Laurencio. ¿Tal vez por esta razón Laurencio no lo aceptaba, porque él también creía que su hijo era una criatura perversa que, en las noches de luna llena, se convertía en un monstruo para devorar humanos? Porque no lo aceptaba, de eso estaba seguro.

—No te haré doler. —Le desató la tira de algodón, ahora mojada, que le rodeaba la cabeza para sostener la venda sobre la ceja que Laurencio le había partido con un golpe de su vara de alcalde de segundo voto—. ¿Duele, hijo? —preguntó al retirar el esparadrapo que le cubría la herida y que se había pegado un poco. El niño apenas movió la cabeza para negar—. Veamos cómo está esto. El padre Johann van Suerk, su compañero y sotocura de la reducción, médico y cirujano holandés, lo había cosido luego de restañar la sangre y de estudiar el corte profundo que le partía la ceja izquierda justo por el medio. Aitor no había llorado, ni siquiera cuando el padre van Suerk hincaba la aguja. Ursus, que tenía a Aitor sobre sus piernas, se daba cuenta, mientras lo sujetaba, de que le dolía porque la respiración se le aceleraba, gotas de sudor le brotaban sobre el labio superior y los ojos se le colmaban de lágrimas, que caían en silencio.

—Le quedará una recia cicatriz —le informó en latín el médico, para no hacerlo en guaraní y que el paciente comprendiese—. El corte es profundo, y no volverá a crecer el pelo de la ceja en ese sitio. ¿Por qué Laurencio lo ha golpeado tan salvajemente? Es un hombre tranquilo y muy civilizado. Quiere a sus hijos.

—Estaba tomado —justificó Ursus.

—¿Tomado? —se escandalizó el holandés—. ¿Dónde habrá obtenido la chicha?

—Ya lidiaré con él. Primero, el niño.

Esa noche, por orden de Ursus, Aitor durmió en la casa de sus abuelos maternos; en realidad, de su abuela materna, Vaimaca, y del esposo de esta, Ñezú. A la mañana siguiente, después de oír misa, el alcalde de primer voto del Cabildo, un cacique muy respetado y querido, llamado Palmiro Arapizandú, de conocida estirpe guaraní, mandó comparecer a Laurencio en la sede del Cabildo para que oyese los cargos que se le imputarían. El corregidor, la máxima autoridad del ayuntamiento, otro cacique de gran ascendencia llamado Cecilio Pindoyuví, que se presentó especialmente ataviado con una capa de plumas y su bastón, mucho más vistoso que las varas de los alcaldes y demás funcionarios, le dio un largo discurso, como era costumbre entre los guaraníes, en el cual lo acusó de beber chicha, que le había desatado al demonio Añá que habitaba en él, y de golpear a su hijo Aitor, y lo conminó a avergonzarse porque, habiendo sido elegido alcalde de segundo voto poco tiempo atrás, había dado un mal ejemplo a la juventud de la doctrina, además de avergonzar a sus antepasados, porque ya en la época del ser antiguo, el pueblo guaraní siempre se había caracterizado por ser muy tierno con sus niños.

A continuación, las autoridades del Cabildo, algunos curiosos y el reo, seguido de su familia y escoltado por el alguacil mayor para evitar que se fugase, caminaron por una de las avenidas principales del pueblo hacia la casa de los padres, donde los esperaban el capellán mayor y superior de la misión, el padre Ursus, su compañero y segundo en el mando, el padre Johann van Suerk, a quien los indios llamaban padre Bansué, y el hermano coadjutor Pedro de Cormaner, que era lego.

El corregidor se adelantó para dirigirse a Ursus con la autoridad que le confería su bastón de mando, aunque con el respeto que esos hombres de negro siempre le inspiraban, no solo por su sapiencia y bondad, sino por la castidad que mantenían a rajatabla; a él, que le encantaban las mujeres, le habría gustado contar con esa fuerza de voluntad, en parte porque las mujeres siempre traían problemas y era mejor mantenerlas lejos, pero sobre todo porque los jesuitas les habían impuesto como regla que solo podían tener una.

—Aquí te traigo a nuestro hermano Laurencio, pa’i Ursus. Se ha equivocado y suplica que lo liberes de la culpa que lo agobia. —A continuación, el cacique pronunció otro discurso que los sacerdotes y el hermano lego oye

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