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JAZZ BLANCO

James Ellroy  

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Fragmento

 

 

 

Lo único que tengo es la voluntad de recordar. Tiempo cancelado/sueños febriles: despierto inquieto, temeroso de olvidar. Los retratos mantienen joven a la mujer.

Los Ángeles, otoño de 1958.

Hojas de periódico: una los puntos. Nombres, hechos: tan brutales que suplican ser relacionados. Pasan los años; la historia sigue dispersa. Los nombres están muertos o son demasiado culpables para contar nada.

Estoy viejo y temo olvidar:

Maté hombres inocentes.

Traicioné juramentos sagrados.

Saqué provecho del horror.

Fiebre: en esa ocasión, ardiente. Quiero ir con la música: girar, caer con ella.

 

 

 

 

 

Herald-Express de Los Ángeles, 17/10/58:

AVANZA LA INVESTIGACIÓN

SOBRE EL BOXEO;

LOS TESTIGOS DECLARARÁN ANTE

EL GRAN JURADO FEDERAL

Un portavoz de la Fiscalía de Los Ángeles anunció ayer que los agentes federales están investigando los círculos pugilísticos de Southland «infiltrados por el hampa», a fin de obtener autos de acusación por parte del gran jurado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El fiscal Welles Noonan, exconsejero del Comité McClellan sobre el fraude organizado, declaró que los investigadores del Departamento de Justicia interrogarán próximamente al pintoresco Mickey Cohen, «miembro prominente del hampa» de Los Ángeles, respecto a ciertas informaciones suministradas por informantes anónimos. Se rumorea que Cohen, quien salió de la cárcel hace trece meses, ha propuesto infracciones de contrato a diversos pugilistas locales. En la actualidad, están siendo interrogados Reuben Ruiz, boxeador de peso gallo y atracción habitual del Olympic Auditorium, y Sanderline Johnson, ex peso mosca que trabaja actualmente como crupier en un garito de póquer de Gardena. Una nota de prensa del Departamento de Justicia afirma que Ruiz y Johnson son «testigos favorables». En un aparte privado con el reportero del Herald, John Eisler, el fiscal Noonan declaró: «La investigación se encuentra aún en pañales, pero tenemos grandes esperanzas de que resulte fructífera. El fraude en el boxeo no es más que eso: fraude organizado. Sus tentáculos cancerosos están conectados con otras ramas del crimen organizado, y si gracias a esta investigación conseguimos que el gran jurado federal dicte autos de acusación, tal vez se aprecie la conveniencia de una investigación general sobre la delincuencia en el sur de California. El testigo Johnson ha asegurado a mis investigadores que los amaños en el ring no son la única información incriminatoria de la que tiene conocimiento, así que tal vez podamos partir de ahí. Sin embargo, de momento, todos nuestros esfuerzos se centran en el mundo del boxeo».

INSINUACIONES DE OPORTUNISMO POLÍTICO

La noticia de la investigación sobre el mundo del cuadrilátero ha sido recibida con cierto escepticismo. «Lo creeré cuando el gran jurado haya dictado los autos de acusación —ha declarado William F. Degnan, exagente del FBI y actualmente retirado en Santa Mónica—. Contar con dos testigos no significa que la investigación vaya a tener éxito. Además, desconfío de todo lo que aparece en la prensa: este asunto huele a búsqueda de publicidad.»

La opinión del señor Degnan es compartida por una fuente de la Fiscalía del Distrito de Los Ángeles. Interrogado sobre la investigación, un fiscal que desea permanecer en el anonimato afirmó: «Esto es pura y simple política. Noonan es amigo de John Kennedy (senador por Massachusetts y posible aspirante a la Presidencia), y he oído que va a presentarse para fiscal general de California en 1960. Esta investigación tiene que servirle de carburante para esa carrera, pues es probable que el candidato republicano para el cargo sea Bob Gallaudet (responsable interino de la Fiscalía del Distrito de Los Ángeles, para la cual se espera que resulte elegido dentro de diez días para un período completo). Una investigación federal es un reconocimiento implícito de que la policía y los fiscales “locales” no son capaces de controlar la delincuencia en su jurisdicción. Yo calificaría este asunto de Noonan y su gran jurado como una maniobra de oportunismo político».

El fiscal Noonan, de 40 años, rehusó hacer comentarios sobre estas declaraciones, pero un aliado inesperado ha salido en su defensa con cierto vigor. Morton Diskant, abogado por las libertades civiles y candidato demócrata a la concejalía del Distrito Quinto, ha declarado a este redactor: «Desconfío de la capacidad del Departamento de Policía de Los Ángeles para mantener el orden sin infringir los derechos civiles de los ciudadanos. Por las mismas razones, desconfío de la Fiscalía del Distrito de Los Ángeles. Y desconfío especialmente de Robert Gallaudet, sobre todo por su apoyo a mi oponente, Thomas Bethune (concejal republicano por el Distrito Quinto). La postura de Gallaudet en el tema de Chavez Ravine es inmoral. Se propone expulsar de sus casas a los latinoamericanos pobres para hacer sitio a un nuevo estadio para los Dodgers, una frivolidad que considero criminal. Welles Noonan, en cambio, ha demostrado ser un decidido defensor de la ley y un amigo de los derechos civiles. El boxeo es una actividad turbia que convierte a seres humanos en vegetales ambulantes. Aplaudo a Noonan por haber tomado la iniciativa de combatirlo».

TESTIGOS BAJO CUSTODIA

El fiscal Noonan ha respondido a la declaración del señor Diskant: «Aprecio su apoyo, pero no quiero comentarios políticos partidistas que enturbien el tema. Y el tema es el boxeo y el mejor modo de cortar sus conexiones con el crimen organizado. La Fiscalía no pretende suplantar la autoridad del Departamento de Policía de Los Ángeles, ni tampoco ridiculizarla o socavarla».

Mientras tanto, la investigación continúa. Los testigos Ruiz y Johnson se encuentran bajo custodia en un céntrico hotel, protegidos por agentes federales con el apoyo del teniente David Klein y el sargento George Stemmons, Jr., del Departamento de Policía de Los Ángeles.

«Cabalgata de Hollywood», columna de la revista Hush-Hush, 28/10/58:

EL MISÁNTROPO MICKEY SE REFORMA,
PIERDE COMBA Y CAE EN PICADO
TRAS SU LIBERTAD CONDICIONAL

Enteraos, jazzeros y jazzeras: Meyer Harris Cohen, el maravilloso, benévolo, malévolo Mickster, lleva fuera de la custodia federal desde septiembre del 57, tras cumplir una sentencia de tres a cinco años por evasión de impuestos; su heterogénea banda se disgregó y la vida del antiguo jefe ha sido desde entonces una continua serie de patinazos a lo largo de la ciudad de Los Ángeles Caídos, la ciudad que un día él dominó a base de balas, sobornos y fingida afabilidad. Enteraos bien, queridos, y oled la goma quemada de esos patinazos: extraoficial, confidencial y muy Hush-Hush.

Abril de 1958: Johnny Stompanato, antiguo secuaz de Cohen, es apuñalado por la hija de Lana Turner, una precoz jovencita de 14 años que debería haber estado probándose vestidos para el baile de fin de curso en lugar de acechar la puerta de la alcoba de su madre con un cuchillo en la mano. Una lástima, Mickster: Johnny fue tu principal guardaespaldas entre 1949 y 1951, más o menos, y tal vez podría haberte ayudado a frenar tu declive en barrena tras el paso por la cárcel. ¡Ay, muchacho!, está claro que no deberías haber vendido las sensacionales y escandalosas cartas de amor de Lana a Johnny (se dice que allanaste el nidito de amor de tu «mamporrero» en Benedict Canyon mientras Johnny aún estaba en el furgón de la carne camino de Ciudad Morgue).

Más noticias de Mickster en centelleante exclusiva:

Bajo la atenta mirada de su agente de la condicional, Mickey ha hecho varios intentos de enderezarse y sentar cabeza. Primero adquirió una heladería que no tardó en convertirse en centro de reunión de delincuentes y que tuvo que cerrar cuando los padres dejaron de llevar a sus hijos al local. Luego financió su propia actuación en un club nocturno, un número sonámbulo en el Club Largo, Ciudad de los Bostezos: chistes malos sobre Ike y su dominio del golf, bromas acerca de Lana T. y Johnny S. con insistentes referencias a «Oscar», el apéndice del matón del tamaño de la estatuilla de la Academia. Y luego —Ciudad de la Desesperación—, ¡¡¡Mickster abrazando a Jesucristo durante la Cruzada de Billy Graham en el Coliseum de Los Ángeles!!! ¡El jeta de Mickey renunciando a su herencia judía como maniobra de relaciones públicas! ¡Qué vergüenza, Mickster, qué vergüenza!

Y, ahora, la trama se ensombrece.

Asunto:

Agentes federales se disponen a regañar a Mickey por la violación de contrato de varios boxeadores locales.

Asunto:

Cuatro de los muchachos de la banda —Carmine Ramandelli, Nathan Palevsky, Morris Jahelka y Antoine «El Pez» Guerif— han desaparecido misteriosamente, se supone que asesinados por persona o personas desconocidas, pero Mickey, normalmente tan locuaz, mantiene la boca cerrada al respecto (cosa muy extraña, queridos).

Llegan rumores de los bajos fondos: dos pistoleros supervivientes de la banda de Cohen (Chick Vecchio y su hermano Salvatore «Touch» Vecchio, un actor fracasado de quien se dice que es muy mariposón) proyectan organizar sus actividades sin el control de Mickey. Hay que volver a empezar desde abajo, Mickster: hemos oído que tu única fuente de ingresos son las máquinas expendedoras del Southside —cigarrillos, gomas, fotos porno— y las tragaperras instaladas en las trastiendas llenas de humo de los clubes de jazz de los barrios negros. De nuevo, ¡qué vergüenza, Mickey! ¡Explotar a los shvartze! ¡Tener que ir recogiendo monedas, tú que un día dirigiste el fraude organizado en Los Ángeles con una energía y una violencia sobrecogedoras!

¿Os hacéis una idea, gatitos y gatitas? Mickey Cohen está en la ciudad y necesita pasta, guita, el viejo parné. Lo cual explica nuestra próxima confidencia, un rumor de lo más fenomenal que revelamos aquí en absoluta y frenética primicia.

Ahí va:

¡Ahora, Meyer Harris Cohen se ha metido en el negocio del cine!

Aproximación a C. B. DeMille: el fabuloso, benévolo, malévolo Mickster financia actualmente, bajo mano, una película de horror de bajo presupuesto que se rueda estos días en Griffith Park. Mickey ha ahorrado las monedas extraídas a los negros y ahora es socio de Variety International Pictures en la producción de El ataque del vampiro atómico. ¡Es sensacional, es antisindical, es un fiasco de proporciones épicas!

Más novedades:

Siempre tacaño y presto a reducir gastos, Mickey ha colocado en un papel clave a Touch Vecchio, el guapito de la acera de enfrente… Y ahora el tal Vecchio está colado, coladísimo, por la estrella de la película, Rock Rockwell, ese seductor blandengue. ¡Juergas homo fuera de cámara! ¡Lo leísteis primero aquí!

Último cotilleo:

Entra en escena Howard Hughes, el magnate Míster Aviones/Máquinas Perforadoras, acosador lascivo de bellezas de Hollywood. Antiguo dueño de los estudios R. K. O., en la actualidad es un productor independiente conocido por tener a un montón de chicas extraordinariamente bien dotadas bajo «contratos de servicios personales», léase pequeños papeles a cambio de frecuentes visitas nocturnas. Un rumor: hemos oído que la protagonista de la película de Mickey había mandado al magnate sobatetas a tomar el viento de sus propias hélices. Por lo visto, había roto uno de esos contratos con Hughes y acabó sirviendo comidas por las ventanillas de los coches hasta que Mickey se materializó en el autorrestaurante Scrivner’s muriéndose por un chocolate malteado.

¿Impresionado por la chica, Mickster?

Y a ti, Howard, ¿te ha roto el corazón?

La Cabalgata de Hollywood cambia ahora de tema con una carta abierta al LAPD, Departamento de Policía de Los Ángeles:

Querido LAPD:

Recientemente, tres indigentes alcohólicos han sido encontrados estrangulados y mutilados en casas abandonadas de la zona de Hollywood. Muy Hush-Hush: nos hemos enterado de que el asesino, que aún anda suelto, les rajó la tráquea después de muertos, empleando una fuerza extraordinaria. La prensa ha prestado escasa atención a estas muertes atroces; solo al sensacionalista L. A. Mirror parece preocuparle que tres ciudadanos de Los Ángeles hayan tenido un final tan horrendo y espantoso. La División de Homicidios del LAPD no ha recibido orden de investigar y solo se ocupan del caso dos detectives de la División de Hollywood. Jazzeros míos, es el pedigrí de las víctimas lo que determina la magnitud de la investigación. Y si tres ciudadanos de poca monta han sido estrangulados por un psicópata rompecuellos, el jefe de Detectives del LAPD, Edmund J. Exley, no va a perder el tiempo organizando una investigación a gran escala. A menudo es preciso dar con un nombre pegadizo para que el público tome conciencia de algún oscuro asunto criminal y exija justicia. Por ello, Hush-Hush bautiza aquí a ese asesino anónimo como «el Diablo de la Botella», y eleva su exigencia al LAPD para que lo encuentre y le consiga una cita caliente en la sala verde de San Quintín. Allí cocinan con gas y este asesino merece una cocina de cuatro quemadores.

Estad atentos a futuras novedades sobre el Diablo de la Botella y recordad que lo leísteis primero aquí: extraoficial, confidencial y muy Hush-Hush.

 

I

Una vida convencional

1

El trabajo: una redada en una casa de apuestas. Dejad que se inmiscuya la prensa: un poco de tinta para competir con la investigación del boxeo.

Un marica que sufría una denuncia por sodomía se chivó: catorce teléfonos, un telégrafo. La nota de Exley decía utilizad algo de fuerza, exprimid a los testigos del hotel más tarde; averiguad qué habían planeado los federales.

En persona: «Si las cosas se tuercen, no permita que los reporteros tomen fotos. Es usted abogado, teniente. Recuerde que a Bob Gallaudet le gustan los casos limpios».

Odio a Exley.

Exley cree que compré el título de derecho con dinero de sobornos.

Le pedí cuatro hombres, armas, y a Junior Stemmons de segundo. Exley: «Chaqueta y corbata; esto saldrá en televisión. Y nada de balas perdidas: recuerde que trabaja para mí, no para Mickey Cohen».

Algún día le meteré una lista de sobornos por la garganta.

Junior lo preparó todo. Perfecto: una calle del barrio negro acordonada; agentes de uniforme vigilando el callejón. Periodistas, coches patrulla, cuatro hombres con chaqueta y corbata empuñando hierros del calibre doce.

El sargento George Stemmons, Jr., dando rápidas chupadas al cigarrillo.

Alboroto: reunión de vagos y maleantes, vigilantes ojos de vudú. Mis ojos en el objetivo —cortinas cerradas, el camino de entrada lleno de coches— calculan que hay un buen puñado de gente haciendo apuestas en el interior. Una choza de bloques de cemento, imagino que con la puerta de plancha de acero.

Lancé un silbido; Junior se acercó, guardando el arma.

—Tenla en la mano, puedes necesitarla.

—No, tengo un rifle antidisturbios en el coche. Echamos abajo la puerta y…

—No echamos abajo la puerta. Está blindada. Si aporreamos la puerta, quemarán los boletos. ¿Todavía cazas pájaros?

—Claro. Dave, ¿qué…?

—¿Tienes munición en el coche? ¿Algún cartucho de perdigones?

Junior sonrió.

—La ventana grande. Disparo, la cortina amortigua los balines y entramos.

—Exacto. Ve a decírselo a los demás. Y diles a esos payasos de las cámaras que lo filmen, por cortesía del jefe Exley.

Junior volvió corriendo, extrajo las balas del rifle, cargó las postas. Cámaras a punto; silbidos y aplausos de los ociosos entre trago y trago.

Manos en alto, cuenta atrás…

Ocho: Junior corre la voz.

Seis: los hombres apostados.

Tres: Junior apunta a la ventana.

Uno:

—¡Ahora!

El vidrio estalló, ka-BUM, fuerte fuerte fuerte; el retroceso derribó al suelo a Junior. Los agentes demasiado aturdidos para gritar «¡DIANA!».

La cortina de la ventana hecha jirones.

Gritos.

Carreras. Salto el alféizar. Caos: salpicaduras de sangre, confeti de boletos de apuestas y billetes. Mesas de teléfono derribadas, una estampida: los apostadores se pelean para salir por la puerta de atrás.

Un negro tosiendo cristal.

Un pachuco sin varios dedos.

«Munición equivocada» Stemmons:

—¡Policía! ¡Quieto todo el mundo o disparamos!

Le agarro, le grito:

—Se han oído disparos en el interior, un maldito altercado criminal. Hemos entrado por la ventana porque calculamos que la puerta no cedería. Sé simpático con la prensa y diles que les debo una. Reúne a los hombres y asegúrate bien de que aprenden la lección. ¿Entendido?

Junior se soltó de una sacudida. Fuertes pisadas: agentes de paisano irrumpiendo por la ventana. Ruidos para la coartada: saqué mi arma de reserva, dos tiros al techo. Limpié la pistola: pruebas.

Arrojé el arma a un rincón. Más caos: los sospechosos, a patadas en el suelo, boca abajo, esposados.

Gemidos, gritos, casquillos de bala/hedor a sangre.

«Descubrí» el arma. Los reporteros irrumpieron en la casa; Junior les echó un sermón: Fuera, al porche a tomar el aire.

—Me debes mil cien, consejero.

Reconozco la voz: Jack Woods. Oficios diversos: corredor de apuestas/guardaespaldas/intermediario de sobornos.

Me acerqué a él.

—¿Has visto el espectáculo?

—Acababa de llegar. Y deberías atar más corto a ese Stemmons.

—Su papá es inspector. Yo soy el mentor del chico, por encargo del capitán. ¿Tenías alguna apuesta pendiente?

—Exacto.

—¿Qué haces por los barrios bajos?

—Yo también estoy en el negocio, de modo que vengo a negociar las apuestas con mi clientela. Dave, me debes mil cien.

—¿Cómo sabes que has ganado?

—La carrera estaba amañada.

Alboroto: periodistas, vecinos.

—Los sacaré de la caja fuerte de las pruebas.

—C’est la guerre. Por cierto, ¿qué tal tu hermana?

—Meg está bien.

—Salúdala de mi parte.

Sirenas: coches patrulla frenando ante la casa.

—Jack, lárgate de aquí.

—Me alegro de haberte visto, Dave.

Comisaría de Newton Street: fichar a los detenidos.

Comprobación de informes: nueve órdenes de detención pendientes en total. El tipo de los dedos amputados resultó ser un encanto: violación, agresión, estafa. Pálido por la conmoción, quizá muriéndose. Un enfermero le dio café y aspirinas.

Anoté en el registro de pruebas la pistola, los boletos de apuestas y el dinero, menos los mil cien de Jack Woods. Junior, relaciones públicas con la prensa: el teniente te debe una historia.

Dos horas de un trabajo de mierda.

4.30: de vuelta en Detectives. Mensajes esperando: Meg, para decir que se pasaría por allí; Welles Noonan, para recordarme el turno de vigilancia, a las seis en punto. Y Exley: «Informe con detalle».

Detalles: mecanografiarlos, más trabajo de mierda:

Naomi Avenue 4701, 14.00 horas. Cuando nos disponíamos a irrumpir en un local de apuestas ilegales, el sargento George Stemmons, Jr., y yo oímos unos disparos procedentes del interior. No informamos a los demás agentes por temor a sembrar el pánico. Ordené disparar una andanada contra la ventana delantera; el sargento Stemmons despistó a los demás con una historia falsa sobre un «asalto a perdigonadas». En el registro se encontró un revólver del 38. Detuvimos a seis apostadores. Los sospechosos han sido fichados en la comisaría de Newton Street. Los heridos han recibido los primeros cuidados precisos y tratamiento hospitalario. La comprobación de antecedentes en Archivos ha revelado que los seis tienen pendientes numerosas órdenes de detención, por lo que serán enviados a la prisión municipal acusados de violar los artículos 614.5 y 859.3 del Código Penal de California. A continuación, los seis hombres serán interrogados acerca de los disparos efectuados y sobre sus relaciones con las apuestas ilegales. Me ocuparé de los interrogatorios yo mismo: como jefe de la división, debo garantizar personalmente la veracidad de todas las declaraciones realizadas. La cobertura del suceso por parte de la prensa será mínima: los reporteros presentes en el lugar no estaban preparados para la rapidez con que se desarrollaron los hechos.

Firmado: teniente David D. Klein, Placa 1091, oficial responsable, Antivicio.

Copias a: Junior, jefe Exley.

El teléfono…

—Antivicio, Klein.

—¿Davey? ¿Tienes un momento para un viejo expresidiario?

—¡Mickey! ¡Cielo santo!

—Ya sé, debería haberte llamado a casa. Esto… Davey… ¿puedo pedirte un favor de parte de Sam G.?

G. de Giancana.

—Supongo que sí. ¿De qué se trata?

—¿Conoces a ese crupier que tenéis bajo protección?

—Sí.

—Bueno… el radiador de su dormitorio está suelto.

2

Reuben Ruiz, el boxeador:

—Esto es de puta madre. Podría acostumbrarme a esta vida.

El hotel Embassy: salón, dormitorios, televisión. Noveno piso, servicio completo en la suite: comida y bebida.

Ruiz, nervioso y medio trompa, bebiendo lingotazos de whisky. Sanderline Johnson viendo dibujos animados con la mandíbula colgando.

Junior haciendo prácticas de desenfundar el arma con rapidez.

Intentar un poco de conversación:

—¡Eh, Reuben!

—¡Eh, teniente! —responde amagando unos directos.

—Oye, Reuben. ¿Mickey intentó infringir tu contrato?

—Lo que hizo fue sugerirle a mi representante con mucha insistencia, ¿lo pilla?, que le cediera el contrato. Envió a los hermanos Vecchio para que hablaran con él y luego se achantó cuando Luis les dijo: «Eh, largaos porque no voy a firmar ningún traspaso». ¿Quiere saber mi opinión? Creo que Mickey ya no tiene huevos para andar dando mamporros.

—Pero tú tienes cojones para ir de soplón.

Directos, ganchos.

—Tengo un hermano desertor del ejército, quizá los federales ya van a por él. Dentro de poco tengo tres peleas en el Olympic y Welles Noonan me las puede joder a citaciones. Mi familia forma parte de una, digamos, larga estirpe de ladrones, lo que se diría propensa a los problemas, de modo que me gusta hacer amigos entre lo que se podría llamar la comunidad de servidores de la ley.

—¿Crees que Noonan tiene algo sólido contra Mickey?

—No, teniente, creo que no.

—Llámame Dave.

—Le llamaré teniente. Ya tengo suficientes amigos entre la comunidad de servidores de la ley.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, Noonan y su colega del FBI, Shipstad. Eh, ¿conoce a Johnny Duhamel, el Escolar?

—Claro. Estuvo en los Guantes de Oro, pasó a profesional y se retiró enseguida.

—Si pierdes el primer combate profesional, es mejor que te retires. Se lo dije, porque Johnny y yo somos viejos amigos, y ahora Johnny es el «agente» Johnny Duhamel, el Escolar, del puto LAPD, en la intocable Brigada contra el Hampa, nada menos. Y es muy amigo del… ¿cómo le llamáis?, ¿legendario?, capitán Dudley Smith. Así que basta ya de joder…

—Ruiz, vigila ese lenguaje.

Junior, enojado. Johnson, embobado ante el televisor: el ratón Mickey huyendo del pato Donald.

Junior quitó el volumen.

—Conocí a Johnny Duhamel cuando estuve de instructor en la Academia. Le tenía en mi clase de recogida de pruebas y era un estudiante jodidamente bueno. No me gusta que los criminales confraternicen con los policías, ¿comprendes, pendejo?

—Pendejo, ¿eh? Bien, yo seré el estúpido, pero tú eres un vaquero de pacotilla, jugando con la pistola como ese ratón marica de la jodida televisión.

Un tirón de la corbata, una señal a Junior: PARA YA.

Junior paró de juguetear con la pistola.

Ruiz:

—Siempre puedo utilizar a otro amigo, «Dave». ¿Hay algo que quiera saber?

Subí el volumen del televisor. Johnson miraba, extasiado: Daisy vampirizando al pato Donald.

Ruiz:

—Eh, «Dave». ¿Se ha agenciado este trabajo para sonsacarme?

Me arrimé a él, para hablar casi en privado:

—Si quieres hacer otro amigo, suelta información. ¿Qué tiene Noonan?

—Tiene lo que uno llamaría aspiraciones.

—Eso ya lo sé. Qué más.

—Bueno... he oído hablar a Shipstad y a ese otro tipo del FBI. Decían que Noonan quizá tema que la investigación sobre el boxeo sea demasiado limitada. En cualquier caso, ya está dándole vueltas a ese plan B.

—¿Y?

—Y se trata de una especie de redada general contra las bandas de Los Ángeles, sobre todo en el Southside. Drogas, tragaperras… ya sabe, máquinas expendedoras ilegales y mierdas por el estilo. Oí a Shipstad decir algo de que el LAPD no investiga los homicidios de negros a manos de otros negros, y como todo esto va de que Noonan consiga dejar en mal lugar al nuevo fiscal del distrito… ¿cómo se llama?

—Bob Gallaudet.

—Exacto, Bob Gallaudet. En fin, se trata de hacerle quedar mal para que Noonan pueda disputarle el cargo en las próximas elecciones.

El barrio negro, el negocio de las tragaperras: el último asunto que Mickey C. tenía entre manos.

—¿Qué hay de Johnson?

Risitas.

—Vaya con el mulato cabeza de serrín. Quién diría que tiene un historial de cuarenta y tres, cero y dos, ¿verdad?

—Vamos, Reuben, habla.

—Está bien. Vale que no le falta mucho para ser un idiota profundo, pero tiene una memoria asombrosa. Es capaz de memorizar barajas enteras, de modo que unos tipos bien situados le dieron un empleo en el Lucky Nugget, en Gardena. También es capaz de memorizar conversaciones, y algunos clientes no eran lo que se dice muy discretos en su presencia. He oído que Noonan quiere que exhiba esos trucos de memoria en el estrado y…

—Me hago una idea.

—Bien. Yo he abandonado mis actividades conflictivas, pero sigo teniendo una familia propensa a meterse en problemas. No debería haberle contado lo que hice, pero como es usted amigo mío, estoy seguro de que esto no va a llegar a oídos de los federales, ¿verdad, «Dave»?

—De acuerdo. Ahora termínate la cena y descansa un poco, ¿vale?

Medianoche. Luces apagadas. Yo me encargué de Johnson; Junior, de Ruiz. Lo propuse yo.

Johnson leyendo en la cama: «El poder secreto de Dios puede ser tuyo». Acerqué una silla y observé sus labios: Sigue el camino interior hacia Cristo, combate la conspiración judeo-comunista que intenta desnaturalizar la América cristiana. Envía tu contribución al apartado de correos bla, bla, bla.

—Sanderline, déjame preguntarte algo.

—¿Uh? Sí, señor.

—¿Tú crees lo que dice ese folleto?

—¿Uh? Sí, señor. Aquí pone que una mujer que resucitó dice que Jesucristo garantiza a todos los contribuyentes de la categoría oro un coche nuevo cada año en el cielo.

HOSTIA PUTA.

—Sanderline, ¿verdad que te sacudieron un poco en tus dos últimas peleas?

—¿Uh? No. El árbitro detuvo el combate con Bobby Calderón por cortes y perdí en una decisión muy dividida frente a Ramón Sánchez. Señor, ¿cree usted que el señor Noonan nos llevará un almuerzo caliente cuando estemos ante el gran jurado?

Saqué las esposas.

—Póntelas mientras echo una meada.

Johnson se levantó, bostezando, desperezándose. Comprobé el radiador: tubos gruesos, resistentes.

La ventana abierta: nueve pisos de altura. El mestizo y su sonrisa de zumbado.

—Señor, ¿qué coche cree que conduce Jesucristo allá arriba?

Le estrellé la cabeza contra la pared y lo arrojé por la ventana, gritando.

3

Homicidios declaró suicidio, caso cerrado.

La Fiscalía del Distrito: probable suicidio.

Confirmación de Junior y Ruiz: Sanderline Johnson, chiflado.

Declaración:

Le vi leer, dormirse, despertarse. Johnson proclamó que podía volar. Y saltó por la ventana sin darme tiempo siquiera a expresar mi incredulidad.

Preguntas: federales, LAPD, hombres de la Fiscalía del Distrito. Hechos: Johnson se estrelló sobre un De Soto aparcado, muerte instantánea, ningún testigo. Bob Gallaudet parecía complacido: un tropiezo en el camino de un rival político. Ed Exley: preséntese en mi despacho a las diez en punto.

Welles Noonan: vergüenza de policía incompetente; triste parodia de abogado. Suspicaz; mi antiguo apodo: «el Ejecutor».

Ninguna mención de un 187 CP: homicidio culposo.

Ninguna mención de investigaciones externas.

Ninguna mención de acusaciones interdepartamentales.

Me fui a casa, tomé una ducha y me cambié. Ningún periodista rondando, todavía. Al centro, un vestido para Meg; lo hago cada vez que mato a un hombre.

Diez en punto de la mañana.

Esperando: Exley, Gallaudet, Walt van Meter (jefe de la División de Inteligencia). Café, pastas… Mierda.

Tomé asiento. Exley:

—Teniente, ya conoce al señor Gallaudet y al capitán Van Meter.

Gallaudet, todo sonrisas:

—Nos hemos llamado «Bob» y «Dave» desde la facultad de derecho y no voy a fingir la menor indignación por lo sucedido anoche. ¿Has visto el Mirror, Dave?

—No.

—«Caída mortal de un testigo federal», con un ladillo: «Declaración de suicidio: “¡Aleluya, puedo volar!”». ¿Te gusta?

—Es una mierda.

Exley, frío:

—El teniente y yo discutiremos eso más tarde. En cierto modo está relacionado con lo que nos ha traído aquí, así que vamos a ello.

Bob Gallaudet tomó un sorbo de café.

—Una intriga política. Cuéntaselo, Walt.

Van Meter carraspeó.

—Bueno… Inteligencia ha hecho algunas operaciones políticas anteriormente y ahora tenemos el ojo puesto en otro objetivo, un abogado rojillo que tiene por costumbre hablar mal del Departamento y del señor Gallaudet.

Exley:

—Continúa.

—Bien. La próxima semana, el señor Gallaudet debería ser elegido para un período normal. Es un expolicía y habla nuestro idioma. Tiene el apoyo del Departamento y de parte del Consejo Municipal, pero…

Bob le interrumpió.

—Morton Diskant. Esta igualado con Tom Bethune para la concejalía del Distrito Quinto y lleva semanas atacándome. Ya sabes: que si solo he sido fiscal durante cinco años, que si me aproveché fraudulentamente cuando Ellis Loew dimitió como fiscal del distrito. He oído que tiene una amistad muy estrecha con Welles Noonan, quien podría estar en mi carnet de baile para el año 60. Y Bethune es de los nuestros. Están muy a la par. Diskant anda diciendo que Bethune y yo somos unos derechistas cerriles, y el distrito tiene un veinticinco por ciento de negros, muchos de ellos registrados como votantes. Sigue desde ahí.

Van Meter tomó de nuevo la palabra.

—Diskant ha estado agitando el asunto de Chavez Ravine; algo así como «Votadme para que vuestros hermanos mexicanos no sean expulsados de su barrio de chabolas para dejar sitio a un estadio de béisbol para las clases acomodadas». El Consejo está cinco a cuatro a favor nuestro y tomará una decisión definitiva hacia noviembre, después de la elección. Bethune ocupa el cargo interinamente, como Bob, y si pierde tiene que dejarlo antes de que se tome la decisión. Si Diskant consigue el puesto, hay empate. Y todos nosotros somos hombres blancos civilizados que sabemos que los Dodgers son buenos para los negocios, de modo que manos a la obra.

Exley, sonriente:

—Conocí a Bob en el 53, cuando era sargento en la oficina de la Fiscalía. El mismo día que se licenció en derecho se registró como republicano. Ahora los popes nos dicen que solo le tendremos dos años como fiscal del distrito. En el 60, fiscal general, ¿y luego qué? ¿Te quedarás en gobernador?

Un coro de risas. Van Meter:

—Yo conocí a Bob cuando él era patrullero y yo sargento. Ahora somos «Walt» y «señor Gallaudet».

—Sigo siendo «Bob». Y tú solías llamarme «hijo».

—Volveré a hacerlo, Robert. Si retiras tu apoyo al juego en el distrito.

Una broma estúpida: la legislatura estatal no aprobaría la ley. Cartas, tragaperras y apuestas confinadas a ciertas zonas y gravadas con muchos impuestos. Los polis estaban en contra; Gallaudet aprovechaba el tema para conseguir votos.

—Cambiará de idea. Es un político.

No hubo risas. Bob carraspeó, incómodo.

—Parece que la investigación sobre el boxeo está acabada. Con Johnson muerto, no tienen ningún testigo que pueda confirmar nada y tengo la impresión de que Noonan solo utilizaba a Reuben Ruiz porque tiene cierto nombre. ¿No estás de acuerdo, Dave?

—Sí, Reuben es una celebridad local que despierta simpatías. Al parecer, Mickey C. cometió la torpeza de intentar hacerse por la fuerza con su contrato, así que probablemente Noonan se proponía utilizar a Mickey también por su nombre.

Exley, entrando a cuchillo:

—Y todos sabemos que el teniente es un experto en Mickey Cohen.

—Nos conocemos de antiguo, jefe.

—¿En calidad de qué?

—Le he ofrecido cierto asesoramiento legal gratuito.

—¿Por ejemplo…?

—Por ejemplo: «No intentes joder al Departamento». Por ejemplo: «Cuidado con el jefe de Detectives Exley, porque nunca dice exactamente lo que piensa».

Gallaudet, tranquilizador:

—Vamos, vamos, ya basta. El alcalde Poulson me pidió que convocara esta reunión, de modo que estamos empleando su tiempo. Y tengo una idea, que es conservar a Ruiz de nuestro lado. Le utilizaremos para apaciguar a los mexicanos de Chavez Ravine: si el asunto de los desahucios se pone feo, Ruiz puede ser nuestro relaciones públicas. ¿No tiene antecedentes por robo?

—Correccional juvenil por robo con allanamiento. He oído que formaba parte de una banda de ladrones de casas y sé que sus hermanos también hacen trabajitos. Tienes razón: podríamos utilizarle. Prometerle que no habrá líos con su familia si colabora.

Van Meter:

—Me gusta.

Gallaudet:

—¿Qué hay de Diskant?

Me lancé a fondo:

—Es un rojillo, ¿no? Entonces debe tener algunos colegas comunistas. Daré con ellos y los presionaré. Los amenazaré con sacarlos por la tele y seguro que lo delatarán.

Bob, moviendo la cabeza:

—No. Es demasiado inconcreto y no tenemos tiempo suficiente.

—Chicas, chicos, licores… denme una debilidad. Escuchen, anoche metí la pata. Déjenme que cumpla mi penitencia.

Silencio, largo, sonoro. Van Meter, tras un suspiro:

—Tengo entendido que le gustan las jovencitas. Se supone que engaña a su mujer con mucha discreción. Le gustan las chicas universitarias. Jóvenes, idealistas.

Bob, con un asomo de sonrisa presuntuosa:

—Dudley Smith puede encargarse de prepararlo. Ya ha hecho cosas parecidas otras veces.

Exley, con extraña insistencia:

—No, Dudley no. Klein, ¿conoce a la gente adecuada?

—Conozco a un redactor jefe de Hush-Hush. Puedo hablar con Pete Bondurant para las fotos y con Fred Turentine para poner los micrófonos. Antivicio reventó una casa de citas la semana pasada y tenemos pendiente de pagar la fianza a la chica perfecta para el asunto.

Intercambio de miradas. Exley, con una media sonrisa:

—Entonces cumpla su penitencia, teniente.

Bob G., diplomático:

—Dave me dejó sus apuntes en la facultad de derecho. Sé amable con él, Ed.

Desfilando hacia la salida: Gallaudet, tan tranquilo; Van Meter, con aire avergonzado.

Lo solté:

—¿Pedirán los federales una investigación?

—Lo dudo. El año pasado Johnson estuvo noventa días en observación en Camarillo y los doctores le confirmaron a Noonan que el tipo era inestable. Seis hombres del FBI han peinado el barrio buscando testigos pero no han conseguido nada. Serían idiotas si abrieran una investigación. Está usted limpio, teniente, pero no me gusta cómo pinta el asunto.

—¿Habla usted de negligencia criminal?

—Hablo de sus relaciones con criminales, bastante conocidas y que vienen de antiguo. Hablo, y me quedo corto, de que tiene «trato» con Mickey Cohen, un objetivo de la investigación que ha echado por tierra con su negligencia. Alguien con un poco de imaginación podría dar un pequeño salto a «conspiración criminal», y Los Ángeles está llena de gente así. Ya ve cómo…

—Jefe, escuche…

—No, escuche usted. Les asigné esa misión a usted y a Stemmons porque confiaba en su competencia y quería su valoración como abogado sobre los planes de los federales en nuestra jurisdicción. Y lo que he conseguido ha sido: «¡Aleluya, puedo volar!» y «Detective dormita mientras un testigo salta por la ventana».

Reprimí una carcajada.

—¿Dónde nos deja eso?

—Dígamelo usted. ¿Tiene idea de qué piensan hacer los federales, además de la investigación sobre el boxeo?

—Yo diría que, con Johnson muerto, poca cosa. Ruiz me habló de que Noonan tenía la vaga idea de montar una investigación sobre el crimen organizado en el Southside: drogas, las máquinas tragaperras y expendedoras de Darktown… Si esos planes se quedan en nada, la imagen del Departamento puede salir malparada. Pero si la investigación se pone en marcha, Noonan correrá a anunciarlo. Le encantan los titulares. Eso nos dará ocasión de prepararnos.

Exley sonrió.

—Mickey Cohen dirige el negocio de las monedas en el Southside. ¿Le avisará para que lo deje?

—Ni soñarlo. Cambiando de tema, ¿ha leído el informe sobre la casa de apuestas?

—Sí. Excepto por los disparos, todo fue correcto. ¿Qué sucede? Me mira usted como si quisiera algo.

Me serví café.

—Écheme una mano a cambio de lo de Diskant.

—No está en situación de pedir favores.

—Después de lo de Diskant lo estaré.

—Entonces pida.

Un café malísimo.

—Antivicio me aburre. Pasé casualmente por Robos y vi que tienen pendiente un caso con buena pinta.

—¿El atraco a la tienda de electrodomésticos?

—No, el trabajo del almacén de pieles Hurwitz. Un millón en pieles desaparecido, sin pistas, y Junior Stemmons pilló a Sol Hurwitz en una partida de dados el año pasado. Es un jugador empedernido, de modo que apostaría por un fraude para cobrar el seguro.

—No. El caso es de Dudley Smith y ya ha descartado la estafa. Y usted es un oficial, no un sabueso.

—Entonces sáltese las normas. Yo le encierro a ese comunista y usted me hace ese favor.

—No, el trabajo es de Dudley. El caso es de hace tres días y ya se le ha asignado a él. Además, no me gustaría que se viera tentado con objetos vendibles como esas pieles.

Tirando a dar. Esquivé el dardo.

—Usted y Dud no se llevan bien. Él aspiraba a jefe de Detectives, pero usted consiguió el cargo.

—Los oficiales siempre se aburren y quieren casos. ¿Tiene alguna razón particular para pedirme este?

—Robos es una división limpia. Y usted no sospecharía de mis amigos si me ocupara de asaltos y atracos.

Exley se puso en pie.

—Una pregunta antes de que se marche.

—¿Señor?

—¿Algún amigo suyo le pidió que empujara a Sanderline Johnson por la ventana?

—No, señor. Pero ¿no se alegra de que el tipo saltara?

Pasé la noche fuera, en una habitación del Biltmore; supuse que los periodistas ya habrían localizado mi piso. No soñé nada. Servicio de habitaciones: seis de la mañana, desayuno, periódicos. Nuevos titulares: «La Fiscalía Federal furiosa con el policía “negligente”»; «Detective dice lamentar el suicidio de un testigo». Puro Exley: la nota a la prensa, mis lamentaciones… todo cosa suya. Página tres, más Exley: sin pistas del asunto Hurwitz; una banda con expertos en electrónica y herramientas se había llevado más de un millón en pieles. Foto: un guardia de seguridad lleno de vendajes; Dudley Smith mirando ávidamente un visón.

Robos, un trabajo agradable: pescar al ladrón y quedarse con el botín.

Manos a la obra con el comunista: llamadas telefónicas.

Fred Turentine, el de los micrófonos: sí, por quinientos. Pete Bondurant: sí, por uno de los grandes, y él pagaría al fotógrafo. Pete, íntimo de Hush-Hush: más presión en el chantaje.

La gobernanta de la Cárcel de Mujeres me debía un favor; una tal La Verne Benson la liberaría de la deuda. La Verne: tercera denuncia por prostitución, sin fianza ni fecha de juicio. La Verne al teléfono: supón que perdemos tu ficha… ¡Sí, sí, sí!

Inquieto. Mi estado habitual después de matar. Entre inquieto e impaciente. Subo al coche.

Una ronda por mi casa. Periodistas. Imposible quedarse allí. Sigo hacia Mulholland, semáforos en verde/sin tráfico: 90, 100, 120. El coche culea, derrapa en una curva: más despacio, me digo.

Pienso en Exley.

Inteligente, frío. En el 53 se cargó a cuatro negros: punto final del caso del Nite Owl. Primavera del 58: las pruebas demuestran que los muertos no tenían nada que ver. El caso fue reabierto; Exley y Dudley Smith se encargaron de él: el mayor trabajo en la historia de Los Ángeles. Homicidios múltiples/redes porno/conspiraciones interrelacionadas: Exley lo resolvió de una vez por todas. Su padre, un magnate de la construcción, se suicidó sin razón aparente; Ed, ahora inspector, heredó su dinero. Thad Green dejó el puesto de jefe de Detectives; el jefe Parker se saltó a Dudley para reemplazarlo por Edmund Jennings Exley, treinta y seis años.

No se llevaban bien, Exley y Dudley: dos odios mutuos.

Ninguna remodelación en la División de Detectives; simplemente Exley, frío como un témpano.

Semáforos en verde hasta la casa de Meg. Su coche en la entrada. Meg en la ventana de la cocina.

La observé.

Lavando los platos. Una cadencia en sus manos; quizá una música de fondo. Sonriente. Casi mi mismo rostro, pero en dulce. Toco el claxon…

Sí; un rápido retoque: el cabello, las gafas. Una sonrisa. Nerviosa.

Subí los peldaños al trote. Meg aguardaba con la puerta abierta.

—Tenía el presentimiento de que me traerías un regalo.

—¿Por qué?

—La última vez que saliste en los periódicos me compraste un vestido.

—Eres la más lista de la familia. Vamos, ábrelo.

—Qué cosa más terrible, ¿no? Ha salido por la tele.

—El tipo estaba sonado. Vamos, ábrelo.

—David, tenemos que hablar de un asunto.

Con suavidad, la empujé adentro.

—Vamos…

Meg tira, rasga. Jirones de papel de envoltorio. Una exclamación, una carrera al espejo: seda verde, la talla perfecta.

—¿Te va bien?

Un torbellino. Las gafas casi salen volando.

—¿Me subes la cremallera?

Se lo ajusta y tiro de la cremallera. Perfecto.

Meg me dio un beso y se miró en el espejo.

—Cielos, tú y Junior. Él tampoco puede dejar de admirarse.

Un giro, un recuerdo: el baile de promoción del 35. El viejo dijo que llevara a Sissy; los chicos que iban detrás de ella no eran adecuados.

—Es bonito. Como todo lo que me regalas. —Meg suspiró—. ¿Qué tal Junior Stemmons últimamente?

—Gracias, de nada, y Junior Stemmons está regular. En realidad no está hecho para el trabajo de detective, y si no fuera porque su padre me consiguió el puesto en Antivicio le devolvería a su puesto de instructor de una patada en el culo.

—¿No tiene una presencia suficientemente enérgica?

—Eso mismo. Y con una sensibilidad de perrito caliente que aún lo empeora más. Y más nervioso que si estuviera vaciando la caja fuerte de las drogas en Narcóticos. ¿Dónde está tu marido?

—Repasando los planos de un edificio que está proyectando. Y ya que hablamos de eso…

—Mierda. Nuestros edificios, ¿no? ¿Morosos? ¿Alguien se ha ido sin pagar?

—Somos caseros de barrio pobre, así que no te sorprendas. Son las casas de Compton. Tres inquilinos con atrasos.

—Aconséjame, pues. Tú eres la agente inmobiliaria.

—Dos de los morosos deben un mes; el otro, dos. Conseguir una orden de desahucio lleva noventa días y precisa una vista ante el juez. Y tú eres el abogado.

—Detesto los litigios, maldita sea. ¡Y siéntate de una vez!

Meg se arrellanó en una silla. Una silla verde, el vestido verde. El verde en contraste con el pelo: negro, un poco más oscuro que el mío.

—Eres un buen litigador, pero sé que te limitarás a enviar a unos cuantos matones con papeles falsos.

—Es más sencillo de ese modo. Enviaré a Jack Woods o a alguno de los muchachos de Mickey.

—¿Armado?

—Sí, y jodidamente peligroso. Ahora dime otra vez que te encanta el vestido. Dímelo para que pueda irme a casa y dormir un rato.

Enumerando puntos, nuestra vieja costumbre:

—Uno, me encanta el vestido. Dos, me encanta mi hermano mayor, aunque se llevara todo el atractivo y la mayor parte del cerebro. Tres, como novedades, te diré que he dejado de fumar otra vez, que estoy harta de mi trabajo y de mi marido y que estoy pensando en acostarme con alguien antes de que cumpla los cuarenta y pierda el resto de mis encantos. Cuatro, si conocieras a algún hombre que no fuera policía o ladrón, te pediría que me lo presentaras.

Réplica a los puntos:

—Yo tengo el atractivo de Hollywood, tú tienes el auténtico encanto. No te acuestes con Jack Woods, porque la gente tiene una extraña propensión a dispararle y porque la primera vez que Jack y tú intentasteis vivir juntos, la cosa no duró mucho. Y conozco algunos fiscales, pero te aburrirían.

—¿Quién me queda? Como consorte de un gángster, fui un fracaso.

La habitación osciló. Se agotó el tiempo.

—No lo sé. Vamos, acompáñame a la puerta.

Seda verde... Meg la acarició.

—Estaba pensando en aquel curso de lógica que nos dieron en la universidad. Ya sabes, causa y efecto.

—¿Sí?

—Yo… en fin, los periódicos traen un delincuente muerto y yo recibo un regalo…

Osciló de mala manera.

—Déjalo.

—Trombino y Brancato, luego Jack Dragna. Cariño, puedo vivir con lo que hicimos.

—Tú no me quieres como yo a ti.

4

Reporteros ante mi puerta, engullendo comida preparada.

Aparqué lejos, me acerqué por la parte de atrás, forcé una ventana del dormitorio. Ruido. Periodistas parloteando de mi historia. Luces apagadas, abro un poco la ventana: escucho su charla para desactivar la bomba Meg.

Cierto: soy alemán, no judío; en Ellis Island se comieron letras del apellido del viejo. En el 38, Departamento de Policía de Los Ángeles; en el 42, los marines. Servicio en el Pacífico y vuelta al Departamento en el 45. El jefe Horrall deja el cargo; le sustituye William Worton (un general de división del Cuerpo de Marines de una integridad dudosa). Semper Fidelis: Worton forma una brigada de matones exmarines. Esprit de Corps: rompemos huelgas, apaleamos a los tipos que incumplen la provisional antes de encerrarlos otra vez.

Facultad de derecho, trabajos eventuales: la paga de desmovilización no cubre la universidad. Recuperador de coches, cobrador de Jack Woods: mi apodo, «el Ejecutor». Trabajo para Mickey C. arreglando disputas sindicales por la fuerza.

Hollywood me llama: soy alto y guapo. No sale nada, pero eso proporciona trabajo de verdad. Soluciono una extorsión a Liberace: dos negros muy bien dotados, chantaje con fotografías. Estoy en buenas relaciones con Hollywood y con Mickey C. Entro en la Oficina, llego a sargento. Apruebo derecho, llego a teniente.

Todo cierto.

Liquidé a mi número veinte el mes pasado: cierto. Con mis ganancias como «el Ejecutor» compré bloques de pisos en los barrios bajos: cierto. Estuve viviendo con Anita Ekberg y con la pelirroja del programa de Spade Cooley: falso.

Después empezaron las estupideces; la charla derivó hacia el asunto de Chavez Ravine. Cerré la ventana y traté de dormir.

No hubo forma.

Abro la ventana: ningún reportero. Televisión: solo cartas de ajuste. Apago, ya no tengo escapatoria: MEG.

Siempre resultaba terriblemente equívoco… y nos tocábamos durante demasiado rato como para hablar de ello. Yo impedía que los puños del viejo ...