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JULIO CéSAR PARA JóVENES Y NO TANTO

Fernando Villegas Darrouy  

0


Fragmento

1

Una calurosa noche de enero, tras acomodarse en el último taburete de la barra del Azul Profundo, Cayetano Brulé ordenó un mojito. Gente de mediana edad, vestida a la moda, con aire de intelectuales sesudos, políticos renovados o de nuevos ricos, conversaba animadamente en las mesas del restaurante disfrutando los platos de mariscos y pescados mientras una grabación del insuperable Coleman Hawkins brindaba la música de fondo.

El barman, un joven de ojos penetrantes y cola de caballo azabache, examinó divertido la corbata lila con guanaquitos y la chaqueta brillosa de solapa ancha de aquel bigotudo de anteojos gruesos e incipiente calvita, personaje, por cierto, inusual en ese escenario capitalino, y luego comenzó a combinar el Havana Club con jugo de limón, azúcar y hojas de yerbabuena.

—Que te quede legal, mi socio, que soy cubano y entiendo de esos menesteres —advirtió Cayetano en medio del rumor de avispero que los envolvía, y encendió con fruición un Lucky Strike.

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—No se preocupe, señor, que aquí hacemos los tragos como Dios manda —repuso picado el barman, ciñéndose la cola a la altura de la nuca, aunque en realidad su atención estaba fija ahora en el meneo arrabalero de una mesera negra.

Cayetano se encontraba en ese restaurante, al que se accede después de que un tipo jovial, bien peinado y perfumado, en verdad un discreto catador de estirpes, abre la pesada puerta que da a la calle Constitución, solo porque un desconocido con acento caribeño lo había citado allí.

—Es de suma urgencia —afirmó la voz. Cayetano dormía la siesta en su casa del cerro Concepción de Valparaíso después de una mañana sin encargos—. Necesito verle. Espéreme esta noche, a las diez en punto, en la barra del Azul Profundo de la capital.

—Pero identifíquese al menos —farfulló Cayetano mientras intentaba emerger de la somnolencia. Afuera el cielo seguía encapotado—. ¿Y por qué me llama a mí?

—Tengo datos de algo denominado Delenda est Australopithecus. Pero no se me vaya a acercar. Debo cerciorarme antes de que no me siguen. Llevaré un maletín attaché. Déjeme a mí la iniciativa.

—¿De qué se trata?

—No puedo hablar ahora. Me siguen, ¿entiende? Pero hoy, a las diez, podré. No me falle.

Y tras decir eso colgó.

En cuanto el barman puso el mojito sobre la barra, el investigador lo llevó a sus labios preguntándose qué podría significar Delenda est Australopithecus. Encontró soberbio el trago: fuerte, dulce y aromático, tal vez el mejor mojito que había probado en Chile.

—En verdad te quedó pasable, chico —admitió Cayetano—. ¿No serás habanero tú también?

—Soy del patio, no más —respondió el barman sonriendo—. Pero el secreto está en usar ron de primera, yerbabuena fresca, limoncitos del oasis de Pica y dos gotitas de amargo Angostura, mi amigo.

—Y buena mano, mi socio, que la mano es la que hace al experto. El comentario tuvo la virtud de arrancarle una sonrisa al barman del Azul Profundo, cuyo interior lo adornan estructuras, instrumentos y aparejos del Santa Fe, un velero que naufragó en 1918 en el cabo de Hornos, cuando buscaba una nueva patria para nobles rusos fugitivos de los bolcheviques.

Mientras saboreaba el trago, los ojos miopes de Cayetano tropezaron con el palo mayor del velero, que se eleva en diagonal sobre las mesas hasta alcanzar los balcones interiores del segundo piso, construidos con el casco de la nave. Sirven allí de mesas barriles rescatados de las bodegas, y de lámparas unos faroles ya oxidados de la cubierta. También son auténticos el timón, la brújula de San Petersburgo y los molinetes de la proa con huellas de broma.

En la sala del fondo, Cayetano divisó una rubia de pómulos altos y pechos ubérrimos, con algo de Juana de Arco y la ansiedad pintada en el rostro, que levitaba sobre los comensales. Era el mascarón de proa del Santa Fe.

—¿Siempre se llena tanto este sitio? —preguntó al barman.

—Cuando yo preparo los tragos, siempre —repuso el hombre, cerciorándose una vez más de la correcta postura de su peinado.

Cayetano hizo girar el taburete y fijó la atención en una pared amarilla con retratos de escritores. Bajo los rostros de Whitman, Hemingway y Coloane cenaba tranquilamente una pareja con aspecto de diplomáticos. Más allá varias mujeres saboreaban un curanto acompañado de vino blanco, mientras en un rincón cuatro hombres, al parecer ejecutivos, reían alrededor de unas copas de champán y una fuente de picorocos. Justo cuando Coleman Hawkins comenzaba a interpretar La Rosita, la mirada del detective tropezó con la única mesa vacía. Estaba junto a la ventana abierta que daba a la calle.

Tuvo la certeza de que había sido reservada por el hombre a quien esperaba. Bajó del taburete y, vaso en mano, se aproximó a la mesa. Una tarjeta apoyada contra una copa decía «Sr. Sami» y debajo, en números, veintidós horas. Miró a través de los barrotes hacia los automóviles estacionados en la calle y luego consultó su Poljot adquirido en La Habana, una reliquia que podría vender a buen precio en el Persa si la necesidad era mucha. Faltaban dos minutos para las diez. Regresó a la barra imaginando que pronto descifraría aquel misterio.

Y a la hora en punto emergió en el umbral un hombre de aspecto distinguido y ojos vivaces, que vestía chaqueta de lino negro, camisa de cuello abierto y pantalón claro, y cargaba un maletín attaché. Constituía una presencia singular, por lo que durante algunos instantes cautivó la atención de las mujeres.

Sonriendo amable, la mesera negra lo guió hasta la mesa junto a la ventana. El hombre colocó el attaché sobre una silla, ocupó la de enfrente y ordenó algo de beber. Desde allí, con la calle a su izquierda, contempló con disimulo el local y por una fracción de segundo sus ojos se cruzaron con los de Cayetano, que lo observaba a su vez acodado en la barra. Le calculó treinta y cinco años, registró sus facciones finas y su aire deportivo, mas permaneció inmóvil, a la expectativa, tal como la voz le había indicado por teléfono.

Y fue mientras el barman agitaba la coctelera que las circunstancias se precipitaron con una celeridad tan pasmosa como indescriptible: una moto con dos ocupantes de casco con mirilla se detuvo junto a la ventana, uno de ellos desenfundó una pistola con silenciador y disparó varias veces contra Sami. Luego, antes de que la víctima se desplomara sobre la mesa con estruendo de copas y platos, cogió el maletín por entre los barrotes y el vehículo se dio a la fuga sin que nadie, excepto Cayetano y el barman, pudiera percatarse de lo ocurrido.

En cuanto comenzó a escurrir la sangre sobre las tablas del piso, estallaron los gritos, las carreras y el pánico. Cayetano Brulé aprovechó la confusión para abandonar discretamente el Azul Profundo.

2

Como era de suponer, los diarios de la mañana siguiente no alcanzaban a informar sobre el crimen de la víspera, por lo que Cayetano hojeó infructuosamente los periódicos en su oficinita del entretecho del Turri, edificio que se alza en el plan de Valparaíso. No obstante, el bloque informativo matutino de Radio Cooperativa sí se refería al asunto.

—Ajuste de cuentas entre narcos —concluyó Bernardo Suzuki, el secretario de origen japonés del detective, mientras corrían los comerciales. Por las mañanas este hombre menudo y pícaro, de piel amarilla y ojos rasgados, recortaba las noticias policiales y las archivaba, pero durante la noche atendía su puesto de fritangas en el barrio del puerto, intoxicando a menudo a marineros y prostitutas—. A este paso los narcos terminarán por controlar el país, como a todo el continente.

—Los periodistas siempre especulan mucho, Suzukito —repuso Cayetano. Colaba café en la hornilla instalada junto a una ventana que daba a la bahía—. Tengo que averiguar la verdadera razón por la cual ese hombre quería verme.

Aquella mañana fresca y nublada la radio informó que la víctima era un ciudadano estadounidense de origen cubano, de profesión desconocida, llamado Agustín Lecuona. Desde hacía unos días alquilaba un cuarto en el céntrico hotel Carrera de la capital.

En cuanto el café estuvo listo, Cayetano le agregó varias cucharadas de azúcar y lo vertió en dos tacitas. Pronto se olvidará la gente del cubano, pensó mientras le alcanzaba la bebida a Suzuki. Había otros asuntos inquietantes: el desempleo, asaltos a residencias, una rebelión mapuche en el sur y huelgas en el área exportadora. El país pasaba por una mala racha, se dijo al repantigarse en el sillón del escritorio que compartía con su secretario, mueble en el cual reinaba un desorden endémico. Ahora no tenía otra que esperar la llamada del Escorpión, el comisario de la Policía de Investigaciones, quien a veces solía suministrarle datos novedosos.

Lo había llamado a primera hora al cuartel central en Santiago y él le dijo que estaba ocupado. Eso significaba que lo llamaría desde una cabina pública para burlar al temido Departamento Quinto de la institución, especializado en vigilar a los agentes. Cayetano alzó el auricular en cuanto sonó el aparato.

—¿Y qué deseas ahora? —preguntó la voz del Escorpión.

El apodo de Arsenio Marín databa de años atrás, cuando la mafia le había emboscado en el puerto para secuestrarlo. Había repelido el ataque desde lo alto de un contenedor, reservándose la última bala del arma para suicidarse y no caer en manos de sus enemigos. El ulular de sirenas de los patrulleros lo salvó. Marín, como los escorpiones heridos, no habría dudado en poner punto final a su vida.

—Te pedí que me llamaras por lo de Lecuona —dijo Cayetano—. Tengo que confesarte algo.

—Algo terrible será, entonces.

—Ayer lo presencié todo en el Azul Profundo. Estaba allí echándome unos tragos.

—¿Y desde cuándo te sobra el dinero?

No le respondió. El Escorpión era un tipo tranquilo, caballeroso, siempre de traje, cuello y corbata, lo que lo asemejaba más a un maestro de colegio de clase media que a un inspector de Investigaciones. Tenía buenos modales, incluso para tratar a los delincuentes peligrosos, modales que seguro había aprendido cuando estudiaba en el Instituto Nacional.

—Eras tú entonces el tipo con bigotazos al cual se refirió el barman —comentó atando cabos—. ¿Y por qué huiste como la mayoría?

—Los que mataron a Lecuona podían liquidarme.

—No bromees —advirtió serio—. A los motociclistas y la moto se los tragó la tierra, y a mí me endilgaron el caso. Uno más, como si no tuviera ya bastante con el secuestro del hijo del presidente de la Corte Suprema.

La noticia sorprendió a Cayetano. No sabía nada de ese secuestro. La prensa tampoco lo mencionaba. Era, en todo caso, un asunto delicado, porque dentro de poco el máximo tribunal debía entregar un fallo sobre la ocupación mapuche de tierras. Los indígenas alegaban ser los propietarios de ellas justo cuando una empresa pretendía iniciar allí el mayor proyecto de explotación maderera del hemisferio sur.

—¿Y cuándo lo secuestraron? —preguntó.

—Olvídalo, mejor, Cayetano.

—No, cuéntamelo. Yo también manejo algo importante sobre tu cubano.

—El viernes pasado —repuso tras lanzar un suspiro—. Y el gobierno optó por silenciar la noticia para facilitar las negociaciones y evitar que los jueces se vean presionados. Ellos tienen que decidir si las tierras pertenecen a los mapuches o a la empresa inversionista. ¿Y el cubano?

Le relató el breve contacto telefónico y el encuentro abortado. Quizás al Escorpión le serviría saber que la víctima había mencionado algo así como Delenda est Australopithecus.

—¿Quieres ayudarme esta vez? —preguntó el Escorpión—. Quizás pueda conseguir unos pesos para pagarte el viaje a Santiago y la comida. Puedes alojar en mi departamento. Tú sabes cómo le quedan las empanaditas de piure a mi mujer...

Era cierto, Yolanda tenía una mano de ángel, pero, francamente, no le interesaba ponerse bajo el mando de nadie. Si bien como detective privado no ganaba mucho, gozaba de una independencia que lo enorgullecía. Sí, podía darse el lujo de aceptar los casos que le interesaran y disponer del tiempo a su antojo. Cuando le bajaban deseos de tomarse un café en el Bosanka, allá iba, o si tenía ganas de sentarse frente al muelle a ver los botes y soñar con otros países, nadie podía prohibírselo. Su libertad no tenía precio.

—Gracias por la oferta, Escorpión, pero recuerda que soy un pequeño empresario. Ya veré si salta otra liebre. Le seguiré de todos modos la pista al asunto, pues me dejó intrigado. Parecía un buen tipo.

—De poco le servirá ahora con trajecito de madera —fanfurruñó el Escorpión—. Delenda est Australopithecus, ¿dijiste?

3

—Voy a ver a Margarita —anunció Cayetano a Suzukito mientras esperaba que llegara el roñoso ascensor de jaula del Turri—. Si alguien me llama, ya sabes, cuéntale que estoy atendiendo asuntos delicados y que deje las señas para localizarlo más tarde.

Siempre que partía a visitar a su amante, le recordaba a Suzuki que no fuera a meter las patas ante los clientes. No fuese a ocurrir que el japonés aquel, con la cabeza mala aún por los pisco sours embotellados y la trasnochada de la víspera en el Kamikaze, confesara que en medio de la crisis económica los encargos escaseaban y que su jefe aprovechaba el tiempo en materias de índole amorosa.

Salió al estrépito de calle Prat rumiando Delenda est Australopithecus y entró a La Cueva del Pirata, una minúscula cafetería que atendían muchachas curvilíneas en trajes breves y ajustados. Ordenó un express y aguardó admirando los muslos gruesos de su dependienta favorita, una cubana exiliada, que durante el día colaba café y por las noches enseñaba pasos de salsa y otros menesteres en el sindicato de estibadores.

—¿Valentina, has escuchado alguna vez la palabra australopithecus? —le preguntó acodado en la barra.

Las micros circulaban a la vuelta de la rueda frente al local despidiendo un humo negro y ácido, que terminaría pronto con los pulmones nada vírgenes de la muchacha. Afuera el viento levantaba papeles y la gente transitaba apresurada.

—¿Australo cuánto? Ten cuidado, chico, que eso me huele a secta satánica —reclamó escandalizada Valentina, mientras con una mano sostenía la taza bajo el chorrito de café y con el meñique de la otra corregía el rímel que le colgaba de las pestañas postizas—. ¿Por qué, papo? ¿Te integraste acaso a una?

—Porque creo que me persigue un australopithecus —comentó divertido, a la vez que se preguntaba qué relación existiría entre el hombre mono y el asesinato de Lecuona.

Intuyó que no podría desentenderse tan fácilmente del caso como lo deseaba, y vació de un largo sorbo la tacita ante el rostro maquillado y pícaro de Valentina, quien, con los brazos cruzados sobre el mesón y a escasos centímetros de sus bigotes, le enseñaba ahora con impudicia el excitante canal que moldeaban sus senos juveniles por sobre el escote. Desvió de mala gana la vista hacia su Poljot y constató que eran las doce.

Tomó un trolley, se apeó frente al mercado del puerto, donde compró cuatro reinetas de tamaño mediano, y se las llevó a Margarita de las Flores, quien a esa hora atendía su agencia de empleadas domésticas. Pensó que en cuanto ella cerrara a mediodía, se marcharían a su departamento ubicado bajo los rieles del ascensor Artillería. Allí adobaba ella el pescado y lo colocaba casi con unción en el horno envuelto en papel de aluminio, mientras el arroz graneado se cocinaba a fuego lento. Las melodías de Beny Moré y una buena botella de vino blanco se encargaban del resto.

Tras el almuerzo bien sazonado y mejor regado, pasaban al dormitorio, desde donde, como en toda vivienda porteña que se respete, podían contemplarse los cerros y la bahía. Entonces Cayetano se daba a la tarea de desnudar a la voluminosa mujer con lentitud y maña, mientras desde el tocadiscos llegaba la voz del Bárbaro del Ritmo, quien lo inducía a ensayar las posiciones más enrevesadas y portentosas, desde las propias del lecho hasta aquellas más atrevidas inspiradas en el Kamasutra o en el antiguo teatro chino de La Habana. Como aquella que ejecutaban en el taburete de respaldo alto, o esa en el columpio interior, o bien esa tan famosa, la de la jamba de la ventana, por donde Margarita se asomaba como si contemplase la herradura de Valparaíso, cuando en verdad ocurría que Cayetano, semioculto entre los pliegues de las cortinas, la atacaba por su ampulosa retaguardia, de modo que los transeúntes que acertaban a pasar por allí, o bien los pasajeros de los carros del ascensor, eran incapaces de imaginar que la dicha de esa mujeraza de ojos y labios pintados no la causaba tanto el grato espectáculo de los cerros y la bahía, sino el experimentado manipuleo de su amante tras las bambalinas.

Pero aquel mediodía, Margarita le anunció que no tenía tiempo para almorzar, lo que constituía a fin de cuentas un cruel rechazo a sus pretensiones amorosas. Confundido, el investigador encendió un cigarrillo y se sentó en el escritorio.

—¿Y dejaste aquello? —preguntó ella en tono gélido.

Se había pintado, quizás en exceso, tanto las cejas como el lunar que tenía junto a la boca, y sus labios gruesos parecían una frutilla a causa del rouge.

Con lo de «aquello» se refería a su oficio, a si había colgado los guantes de investigador privado. Desde hacía tiempo anhelaba para él un trabajo tranquilo, sin riesgos y de ingreso estable, quizás el de ascensorista o portero en un edificio institucional, opción, por cierto, que a él no le apetecía para nada, pues intuía que al aceptarla no tardaría en morir de tristeza.

—No, no lo he dejado —repuso desafiante y vio cómo el pecho de Margarita se agitaba bajo el vestido.

—¿Tu última palabra?

—No puedo dejar esto, Margarita, es mi vida, y tú lo sabes.

A ella se le escapó un suspiro mientras reprimía la ira.

—Pues si no lo dejas, ya sabes, me perderás —afirmó displicente, cerrando los párpados.

—Si eso ocurre, no será tan terrible —repuso en el tono tragicómico propio de las telenovelas de las dos de la tarde, que era el lenguaje que ella mejor entendía—, pero si dejo de hacer lo que hago, me muero y pierdo toda esperanza de reconquistarte.

—Te quiero, Cayeta, y tú lo sabes —dijo ella de pronto, quebrada emocionalmente—. No puedo dormir tranquila sabiendo que te metes en asuntos peligrosos. Los delincuentes se apoderan de la ciudad y cualquier día una investigación tuya se les cruza en el camino y te despachan de un tiro.

—No puedo aceptar lo que me propones —dijo lacónico.

—Pues entonces ya todo estaría dicho —puntualizó ella con ojos enrojecidos, extrayendo de la manga de la chaleca un pañuelo arrugado con el cual se enjugó unas lágrimas invisibles.

Minutos más tarde, Cayetano se encontraba en la calle, acompañado solo del firme propósito de preservar su oficio. Si Margarita discrepaba, que se atuviera entonces a las consecuencias. Tendría que vivir sin él y resignarse a las visitas de algún amante ocasional, huérfana del privilegio de acompañar a un hombre modesto y bienintencionado, de los que ya quedaban pocos, que pasaba el tiempo tratando de que la vida, ya de por sí bastante tortuosa, no terminara del todo torcida.

Volvió al Turri con un gusto amargo en la boca, subió en el ascensor y entró a su oficinita.

—Qué bueno que volvió, jefe —dijo Suzuki arrojando una caluga de sopas Maggi al agua que hervía en la cacerola—. ¿Le apetece? Las presas de esta cazuelita las trae el Viejo Pascuero el próximo diciembre.

—Ponme solo consomé, que estoy a dieta. Las presas te las cedo. ¿Algún llamado?

—No, jefe, pero llegó un sobre que lo tirará de espaldas.

—¿De quién?

—De Agustín Lecuona —afirmó tras dejar caer una nueva caluga en la cacerola.

Cayetano se afincó incrédulo los anteojos sobre la nariz.

—Pero si está muerto.

—Estará muerto, pero le mandó un sobre por TNT —dijo el secretario apuntando con un cucharón al caos del escritorio.

Cogió la bolsa de plástico y la examinó. El remitente era efectivamente Lecuona. La abrió presuroso y extrajo un sobre de su interior. Al rasgarlo, sus dedos desplegaron una hoja manuscrita con un cheque corcheteado al reverso. Leyó el mensaje con la respiración agitada:

«No sabe cuánto me alivia que tenga en su poder el Delenda est Australopithecus. Aquí va un anticipo por las molestias y los riesgos. El documento hágalo llegar a quien corresponda. Ya ve que es clave y salvará muchas vidas.

»Cuídese. Pronto volveré a ponerme en contacto con usted.

Agustín».

4

Cobró el cheque a la mañana siguiente en Cambios Prat. Ermenegildo Vega, el dueño de la agencia, le arrojó sobre el mesón cuatro mil setecientos dólares en billetes de veinte, en lugar de los cinco mil anunciados por el cheque, alegando que se trataba de un documento de «otra plaza» y podía carecer de fondos. Con el dinero en el bolsillo se fue a desayunar al Bosanka, la fuente de soda más pequeña de la ciudad, situada en perpendicular al Bar Inglés.

—Préstame el diario, Califa —le dijo a Mustafá, el propietario del local, un viejo de origen palestino que, pese a los decenios que llevaba en Chile, aún no se libraba del fuerte acento de su idioma materno ni había amasado fortuna.

Lo escrutó con sus ojos negros entre divertido y molesto, y luego hizo aparecer La Tercera que escondía bajo el mostrador.

—Tú bien sabes que me disgusta prestar el diario, porque la gente no se va nunca —reclamó con voz aguardentosa, entregándoselo a regañadientes—. Piden una leche con plátano o un agua mineral y se pasan la mañana leyendo, sacando la vuelta, ocupando espacio, sin consumir nada más.

—Tienes que modernizarte, Califa —dijo Cayetano con una amplia sonrisa bajo el bigotazo mientras abría el periódico—. Expansión es la palabra de moda, quien no se expande y moderniza está condenado al fracaso, lo dicen los economistas, y hasta los políticos de la izquierda renovada.

Mustafá prefirió no responder al arranque neoliberal de su cliente y se dio a la tarea de seguir bruñendo la cafetera italiana. El detective era uno de los pocos a quien prestaba el diario, y eso se debía a que lo consideraba no solo un cliente asiduo, sino también un experto en café, poseedor de un fino olfato que le permitía rechazar a la distancia las borras que él servía tranquilamente a la mayoría de sus habitués. Además, el cubano fumaba a veces unos tabacos que en cierta medida paliaban los detestables gases de las micros.

—¿Un cortado o un express? —preguntó.

—Un cortado y agrégale un Barros Jarpa —aclaró Cayetano sin levantar la cabeza del diario.

En cuanto desayunara viajaría en el Lada a la capital a reunirse con el Escorpión. Ahora que el caso Lecuona también era asunto suyo, necesitaba consultar ciertos detalles al policía. Sí, porque ahora, aunque sonase paradójico, trabajaba para un hombre que, a través de los malabares del correo, le había hecho llegar su paga desde el más allá.

Tropezó con la noticia en las páginas interiores. Ocupaba un recuadro menor debajo de un amplio reportaje sobre la rebelión mapuche y el eco internacional que despertaba en Europa. Varios gobiernos europeos —especialmente los de Berlín y París, liderados por socialdemócratas— solicitaban al mandatario chileno que diera muestras de prudencia y tolerancia ante los indígenas, y le recordaban que las tierras en disputa pertenecían a los mapuches desde tiempos inmemoriales.

Sin embargo, ninguna sección de La Tercera se refería al secuestro del hijo del presidente de la Corte Suprema. ¿Cómo había logrado el gobierno ocultar la noticia a los periodistas? Sí halló datos nuevos sobre el crimen de Lecuona, como por ejemplo que la víctima era hijo de cubanos exiliados de mucho dinero, y que en los años setenta había sido integrante de la controvertida Brigada Antonio Maceo.

—¡Coño, qué cosa! —exclamó en el momento en que Mustafá le servía una tacita llena.

—¿Algún reclamo? —preguntó el dueño del Bosanka posando las manazas sobre la barra. Miró a Cayetano de arriba abajo con aire de pocos amigos—. ¿Demasiado claro acaso?

—Es que las noticias son del carajo a veces, Califa —explicó el detective.

Mustafá se retiró a un rincón, donde calentaba algo en el microondas.

Aquello de la Brigada Antonio Maceo constituía un dato importante, pensó Cayetano, pues en la década del setenta la integraban jóvenes cubanos que vivían en Estados Unidos y simpatizaban con Fidel Castro. Viajaban a la isla y permanecían allá durante semanas, participando en la zafra y conociendo el rostro amable de la revolución. Se sabía que la Dirección General de Inteligencia, la DGI, cuerpo de espías de primer orden, aprovechaba las jornadas para reclutar a gente. La pertenencia de Lecuona a la brigada permitía suponer que el hijo de contrarrevolucionarios había terminado en Estados Unidos convertido en agente castrista, circunstancia que tal vez explicaría su asesinato.

¿Implicaba todo aquello que Lecuona era un agente cubano quemado? ¿Pero por qué había ido a buscar ayuda a un lugar tan remoto como Valparaíso? ¿Y por qué se había dirigido precisamente a él? Revolvió el cortado después de echarle tres cucharadas de azúcar, y mientras lo saboreaba —no había nada que reclamar, Califa seguía siendo el mejor manipulador de café del puerto— se dijo que ahora le resultaba menos convincente la tesis de que Lecuona había sido asesinado por un asunto de drogas.

Le dio un mordisco al Barros Jarpa. Nunca había enfrentado un caso en el cual el cliente le hubiese encargado investigar su propia muerte, y tuvo que admitir que, de tener pepinos escabechados y algo más de jamón, el sándwich habría pasado por pariente de los «medianoche» habaneros de antes. Consultó el Poljot. Debía marcharse para llegar a tiempo al Chez Henry a conversar con el Escorpión. De pronto sonó el teléfono del local. Mustafá le anunció que era para él y le advirtió que fuera breve, porque podían estar llamando de uno de aquellos celulares que cobran el llamado también a quien lo recibe.

—Jefazo, le habla Suzuki desde el despacho —escuchó decir a su secretario.

—¿Qué pasa, chino?

—Acaban de telefonear de urgencia.

—¿Un cobrador o un receptor judicial?

—Nada de eso, jefazo. Una dama. Una dama con voz encantadora.

—¿Quién?

—Usted no lo va a creer, jefe.

—Coño, Suzukito, ya está bueno de historias. ¿Quién llamó?

—Es que no lo va a creer, jefazo.

—Vamos, Suzukito, ¿quieres matarme acaso de curiosidad? —exclamó plegando el diario.

—Bueno, jefazo, usted manda. Llamó Lourdes.

Cayetano se pasó el dorso de la mano por los bigotes y preguntó:

—Lourdes, ¿qué Lourdes?

—Lourdes, jefe, Lourdes Cisneros, prima de Agustín Lecuona. Llegará pronto a Chile y necesita hablarle.

5

—¿Cómo que te han quitado el caso? Si lo tenías hasta esta mañana.

—Pues me lo quitaron —contestó el Escorpión, resignado, de espaldas a la barra del Chez Henry, mirando con desgano la punta de sus zapatos bruñidos y después, con cierta curiosidad, a los hombres de terno y corbata que, con apariencia de corredores de la bolsa con tendencia a la baja, entraban a almorzar—. Y lo peor es que se lo pasaron al Pipa Núñez.

Cayetano acarició con sus dedos la copa helada de pisco sour después de echarse unas nueces de macadamia en la boca y contempló el cabello liso y canoso del policía. La noticia constituía un golpe fuerte para la autoestima del Escorpión y, en cierto sentido, también para su propia tarea.

Núñez era hijo de un viejo cacique político de izquierda, y contaba ahora, por lo tanto, con santos en el gobierno así como en la dirección de la policía, lo cual explicaba su ascenso meteórico. El Escorpión, por su parte, disponía de antecedentes de probada convicción democrática, incluso durante el régimen militar, pero carecía de los vínculos necesarios para prosperar. Ciertas personas instaladas en el poder mostraban no solo desmesurado interés por conseguir mejores puestos en la administración pública, sino también por enriquecerse rápido. En medio de esas circunstancias, a gente sin influencia, como el Escorpión, no le quedaba más que resignarse a los hechos, confiando en que quienes ostentaban el poder lo perdieran mañana.

—Entonces te quedas solo con el secuestro del tipo de la Suprema —resumió Cayetano.

—Así es, pero eso lo monitorean desde arriba —comentó el Escorpión tras beber del pisco sour—. Ya me advirtieron que coordine cada paso con La Casa, y allá se mueven exclusivamente por olfato político.

La Casa era un socorrido eufemismo para referirse a la institución del gobierno que estudiaba, mediante recursos conspirativos y análisis de inteligencia, a los grupos que pudieran amenazar la estabilidad del país. El misterio envolvía tanto su origen e instalaciones como a sus miembros, aunque se sabía que sus principales agentes habían sido formados en Cuba y la desaparecida Alemania Oriental.

—¿Y tú? ¿Vas a seguir con lo de Lecuona? —preguntó el Escorpión depositando otra macadamia en su boca.

—Sí.

—Te estás convirtiendo en un Quijote —comentó el Escorpión en tono de burla, acodado en la barra—. Aunque con la barriguita esa tienes poco del caballero de la triste figura. Tal vez es gente como tú la que necesitamos.

Cayetano elevó la copa para observarla a contraluz, como si le estorbase lo turbio de la bebida y el asunto. Dijo:

—Lo que sucede es que Lecuona me pagó por adelantado y lo mínimo que puedo hacer es respetar su última voluntad. ¿No averiguaste nada con respecto al Delenda est Australopithecus?

—No alcancé. Pero grábate esas palabras, que en algún momento armas el rompecabezas. Lo del sobre con cheque sí puede complicarte la existencia si son narcos —añadió preocupado.

—¿No crees que la pertenencia de Lecuona a la Brigada Antonio Maceo en el pasado no huele más bien a espionaje? —preguntó Cayetano—. ¿Que trabajaba para La Habana y lo descubrieron?

—¿Quiénes?

—Los del exilio cubano.

—Todo puede ser —el policía inclinó la cabeza inseguro—. Si era agente cubano o de la CIA, menos va a permitir La Casa que alguien ajeno se acerque al asunto.

El Escorpión se llevó la copa a los labios, sorbió el pisco sour con parsimonia y los párpados entornados y luego hizo chasquear la lengua. Lo mortificaba el hecho de que mientras a Núñez le entregaban el caso del cubano, a él lo obligaban a ocuparse del hijo de una personalidad nacional. Intuía que ese asunto no podría reportarle beneficios a su carrera, porque el gobierno, a través de La Casa, buscaba negociar con los secuestradores.

—Es una indiscreción tremenda la que voy a cometer —anunció mientras jugaba con la copa medio vacía. Estaban solos en el bar, envueltos en el silencio y la luz ámbar de las lámparas con pantalla de género—, pero tal vez te sirva para impresionar a la prima de Lecuona.

—Fumando espero...

—Dicen que Lecuona intentó hablar con el jefe de La Casa.

Aquella revelación situaba las cosas súbitamente en otra perspectiva e hizo que Cayetano se volviera hacia el policía y le preguntara:

—¿Cómo lo sabes?

—Desde su cuarto habló en dos oportunidades con la oficina del Conde Rojo. Los llamados quedaron registrados por mi gente.

—¿Entonces Lecuona llamó nada más y nada menos que al jefe de La Casa?

—Así es.

El Conde Rojo era el nombre de guerra de Ignacio Alcántara, descendiente de una antigua familia venida a menos. Había fundado la organización en 1990, tras el retorno del país a la democracia, con el objetivo de que el gobierno recolectara información de inteligencia prescindiendo de los militares. A los cincuenta años, amante de la buena mesa, los habanos y los vinos de calidad, el Conde Rojo solía recordar con orgullo en su oficina, instalada en la casona de rejas altas y ventanas tapiadas del barrio cívico, su paso por las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas. Veterano de las guerras de Angola y Nicaragua, había regresado a Chile con el grado de capitán de las FAR y el apoyo de un grupo del Partido Socialista para formar el Servicio de Inteligencia.

—¿Y qué ha dicho La Casa? —preguntó Cayetano.

—Que Lecuona nunca habló con el Conde Rojo, pues la secretaria de este pensó que se trataba de un chiflado y no le pasó la llamada.

—¿Y hay forma de comprobarlo? Porque si Lecuona tuvo vínculos con el jefe de La Casa, entonces el asunto cambia de tono.

—Ya te dije. El asunto está ahora en manos del Pipa Núñez y averiguar la verdad es cosa tuya —repuso el Escorpión colocando la copa sobre la barra—. Por cierto, ¿no será ya hora de almorzar?

6

—Solo quiero saber si has recapacitado…

Desde las profundidades del sueño creyó reconocer el registro dramático de la voz de Margarita de las Flores. Encendió a tientas la lámpara del veladorcito y, desprovisto de sus anteojos, descifró con dificultad los números del despertador. Carajo, eran las seis de la mañana. Afuera estaba aclarando entre el cantar de pájaros y el rumor de la ciudad.

—¿A qué te refieres? —preguntó ronco.

—A si has cambiado —insistió ella. Su voz resonó enigmática, con el ligero acento agudo que solía emplear en la agencia de empleos para afrontar los conflictos—. A si abandonarás de una vez por todas esa profesión peligrosa y de medio pelo.

Lo irritó saber que era víctima del insomnio de Margarita. Ella no tenía derecho a despertarlo. Él había pasado el día anterior en la capital, acababa de tomarse un ron doble en la barra de La Piedra Feliz, planeando sus próximos pasos, y ahora necesitaba descansar.

—No tengo nada de que arrepentirme, ni ningún guanajo —repuso sin perder la ecuanimidad, sabiendo que ya no reconciliaría el sueño. Se acordó de Lecuona, de su mensaje y su cheque venido del más allá, de las revelaciones del Escorpión en el Chez Henry y de la posibilidad de que Agustín hubiese contactado al Conde Rojo y fuese un espía cubano liquidado por el exilio—. Ignoro por qué me llamas a esta hora.

—Porque quiero salvarte —repuso ella con el tono mesiánico de algunos programas religiosos de la radio, a punto de romper en llanto—, porque aún creo que podemos ser felices juntos. Deja ese oficio, Cayetano. Solo te ha traído dolores de cabeza, deudas, golpizas y enemigos.

—Y mucho mundo, Margarita, mucho mundo. No sé de qué otro modo podría hacer llevadera la vida en este rincón tan alejado de mi isla.

—Eres un malagradecido, eso es lo que eres —gritó ella llorando—. Chile te recogió como a un paria y de esa forma nos agradeces ahora…

Otra vez ella ponía en marcha el carrusel de reproches. No entendería jamás lo que era la nostalgia por su patria verde y calurosa, donde los inviernos no existían y la vegetación brotaba gracias a las lluvias tibias y generosas. Ella interpretaba su nostalgia como una traición a Chile, y no comprendía que la nostalgia crecía al mismo tiempo que su amor por Valparaíso y el país que lo había acogido decenios atrás. Ella no podía imaginar el nudo que esos países, distintos y a la vez complementarios, le iban amarrando en el alma.

—Ahora que mataron al cubano, seguro te vas a enredar en eso —continuó ella mientras Cayetano se revolvía entre las sábanas—. Ya me contó Suzukito que andabas en Santiago. Pero deberías saber lo que todo el mundo ya sabe: a ese hombre lo mataron los narcos. Si metes tu nariz en eso, no me sorprendería que te hicieran papilla y terminaras en un cauce.

Y tras decir esto colgó.

Cayetano calzó el auricular en el aparato. Eran las seis y cuarto y estaba completamente desvelado. Esa relación no daba para más por la sencilla razón de que Margarita quería obligarlo a renunciar a una de las pocas cosas que le interesaban realmente en la vida, la investigación privada. Bajó a la cocina envuelto en la sábana, murmurando maldiciones, y se quemó un dedo mientras sostenía, mediante un tenedor, la mitad de una hallulla sobre la hornilla. Tras colar café, quebró dos huevos en la paila.

De cuanto había conversado con el Escorpión, lo más llamativo era el supuesto contacto entre Lecuona y el Conde Rojo. Se trataba solo de un rumor, y la única forma de corroborarlo era conversando con el jefe de La Casa. Sin embargo, este se había convertido en un hombre inalcanzable, de quien se ignoraban tanto su rutina como su vida privada y domicilio. Solo se sabía que gustaba de los trajes Hugo Boss, que se desplazaba en vehículo blindado y que lo protegían unos guardaespaldas llamados «los africanos», porque en los ochenta habían combatido en Angola vistiendo el uniforme del Ejército cubano. Formado en los servicios secretos de los países comunistas, el Conde Rojo no había tardado en imitar las medidas de seguridad que rodeaban a los jefes de esas instituciones y en granjearse cierta autonomía con respecto al poder político.

Durante los primeros años de democracia, La Casa había jugado un papel clave en el desmantelamiento de los grupos revolucionarios armados que operaban desde la época de Pinochet. La misión del Conde Rojo había consistido en desarticular a sus antiguos compañeros de armas. Unos aceptaron desmovilizarse a cambio de prebendas o garantías, otros rechazaron su oferta y continuaron la lucha desde la clandestinidad ...