Loading...

JULIO CéSAR PARA JóVENES Y NO TANTO

Fernando Villegas Darrouy  

0


Fragmento

1

Una calurosa noche de enero, tras acomodarse en el último taburete de la barra del Azul Profundo, Cayetano Brulé ordenó un mojito. Gente de mediana edad, vestida a la moda, con aire de intelectuales sesudos, políticos renovados o de nuevos ricos, conversaba animadamente en las mesas del restaurante disfrutando los platos de mariscos y pescados mientras una grabación del insuperable Coleman Hawkins brindaba la música de fondo.

El barman, un joven de ojos penetrantes y cola de caballo azabache, examinó divertido la corbata lila con guanaquitos y la chaqueta brillosa de solapa ancha de aquel bigotudo de anteojos gruesos e incipiente calvita, personaje, por cierto, inusual en ese escenario capitalino, y luego comenzó a combinar el Havana Club con jugo de limón, azúcar y hojas de yerbabuena.

—Que te quede legal, mi socio, que soy cubano y entiendo de esos menesteres —advirtió Cayetano en medio del rumor de avispero que los envolvía, y encendió con fruición un Lucky Strike.

—No se preocupe, señor, que aquí hacemos los tragos como Dios manda —repuso picado el barman, ciñéndose la cola a la altura de la nuca, aunque en realidad su atención estaba fija ahora en el meneo arrabalero de una mesera negra.

Cayetano se encontraba en ese restaurante, al que se accede después de que un tipo jovial, bien peinado y perfumado, en verdad un discreto catador de estirpes, abre la pesada puerta que da a la calle Constitución, solo porque un desconocido con acento caribeño lo había citado allí.

—Es de suma urgencia —afirmó la voz. Cayetano dormía la siesta en su casa del cerro Concepción de Valparaíso después de una mañana sin encargos—. Necesito verle. Espéreme esta noche, a las diez en punto, en la barra del Azul Profundo de la capital.

—Pero identifíquese al menos —farfulló Cayetano mientras intentaba emerger de la somnolencia. Afuera el cielo seguía encapotado—. ¿Y por qué me llama a mí?

—Tengo datos de algo denominado Delenda est Australopithecus. Pero no se me vaya a acercar. Debo cerciorarme antes de que no me siguen. Llevaré un maletín attaché. Déjeme a mí la iniciativa.

—¿De qué se trata?

—No puedo hablar ahora. Me siguen, ¿entiende? Pero hoy, a las diez, podré. No me falle.

Y tras decir eso colgó.

En cuanto el barman puso el mojito sobre la barra, el investigador lo llevó a sus labios preguntándose qué podría significar Delenda est Australopithecus. Encontró soberbio el trago: fuerte, dulce y aromático, tal vez el mejor mojito que había probado en Chile.

—En verdad te quedó pasable, chico —admitió Cayetano—. ¿No serás habanero tú también?

—Soy del patio, no más —respondió el barman sonriendo—. Pero el secreto está en usar ron de primera, yerbabuena fresca, limoncitos del oasis de Pica y dos gotitas de amargo Angostura, mi amigo.

—Y buena mano, mi socio, que la mano es la que hace al experto. El comentario tuvo la virtud de arrancarle una sonrisa al barman del Azul Profundo, cuyo interior lo adornan estructuras, instrumentos y aparejos del Santa Fe, un velero que naufragó en 1918 en el cabo de Hornos, cuando buscaba una nueva patria para nobles rusos fugitivos de los bolcheviques.

Mientras saboreaba el trago, los ojos miopes de Cayetano tropezaron con el palo mayor del velero, que se eleva en diagonal sobre las mesas hasta alcanzar los balcones interiores del segundo piso, construidos con el casco de la nave. Sirven allí de mesas barriles rescatados de las bodegas, y de lámparas unos faroles ya oxidados de la cubierta. También son auténticos el timón, la brújula de San Petersburgo y los molinetes de la proa con huellas de broma.

En la sala del fondo, Cayetano divisó una rubia de pómulos altos y pechos ubérrimos, con algo de Juana de Arco y la ansiedad pintada en el rostro, que levitaba sobre los comensales. Era el mascarón de proa del Santa Fe.

—¿Siempre se llena tanto este sitio? —preguntó al barman.

—Cuando yo preparo los tragos, siempre —repuso el hombre, cerciorándose una vez más de la correcta postura de su peinado.

Cayetano hizo girar el taburete y fijó la atención en una pared amarilla con retratos de escritores. Bajo los rostros de Whitman, Hemingway y Coloane cenaba tranquilamente una pareja con aspecto de diplomáticos. Más allá varias mujeres saboreaban un curanto acompañado de vino blanco, mientras en un rincón cuatro hombres, al parecer ejecutivos, reían alrededor de unas copas de champán y una fuente de picorocos. Justo cuando Coleman Hawkins comenzaba a interpretar La Rosita, la mirada del detective tropezó con la única mesa vacía. Estaba junto a la ventana abierta que daba a la calle.

Tuvo la certeza de que había sido reservada por el hombre a quien esperaba. Bajó del taburete y, vaso en mano, se aproximó a la mesa. Una tarjeta apoyada contra una copa decía «Sr. Sami» y debajo, en números, veintidós horas. Miró a través de los barrotes hacia los automóviles estacionados en la calle y luego consultó su Poljot adquirido en La Habana, una reliquia que podría vender a buen precio en el Persa si la necesidad era mucha. Faltaban dos minutos para las diez. Regresó a la barra imaginando que pronto descifraría aquel misterio.

Y a la hora en punto emergió en el umbral un hombre de aspecto distinguido y ojos vivaces, que vestía chaqueta de lino negro, camisa de cuello abierto y pantalón claro, y cargaba un maletín attaché. Constituía una presencia singular, por lo que durante algunos instantes cautivó la atención de las mujeres.

Sonriendo amable, la mesera negra lo guió hasta la mesa junto a la ventana. El hombre colocó el attaché sobre una silla, ocupó la de enfrente y ordenó algo de beber. Desde allí, con la calle a su izquierda, contempló con disimulo el local y por una fracción de segundo sus ojos se cruzaron con los de Cayetano, que lo observaba a su vez acodado en la barra. Le calculó treinta y cinco años, registró sus facciones finas y su aire deportivo, mas permaneció inmóvil, a la expectativa, tal como la voz le había indicado por teléfono.

Y fue mientras el barman agitaba la coctelera que las circunstancias se precipitaron con una celeridad tan pasmosa como indescriptible: una moto con dos ocupantes de casco con mirilla se detuvo junto a la ventana, uno de ellos desenfundó una pistola con silenciador y disparó varias veces contra Sami. Luego, antes de que la víctima se desplomara sobre la mesa con estruendo de copas y platos, cogió el maletín por entre los barrotes y el vehículo se dio a la fuga sin que nadie, excepto Cayetano y el barman, pudiera percatarse de lo ocurrido.

En cuanto comenzó a escurrir la sangre sobre las tablas del piso, estallaron los gritos, las carreras y el pánico. Cayetano Brulé aprovechó la confusión para abandonar discretamente el Azul Profundo.

2

Como era de suponer, los diarios de la mañana siguiente no alcanzaban a informar sobre el crimen de la víspera, por lo que Cayetano hojeó infructuosamente los periódicos en su oficinita del entretecho del Turri, edificio que se alza en el plan de Valparaíso. No obstante, el bloque informativo matutino de Radio Cooperativa sí se refería al asunto.

—Ajuste de cuentas entre narcos —concluyó Bernardo Suzuki, el secretario de origen japonés del detective, mientras corrían los comerciales. Por las mañanas este hombre menudo y pícaro, de piel amarilla y ojos rasgados, recortaba las noticias policiales y las archivaba, pero durante la noche atendía su puesto de fritangas en el barrio del puerto, intoxicando a menudo a marineros y prostitutas—. A este paso los narcos terminarán por controlar el país, como a todo el continente.

—Los periodistas siempre especulan mucho, Suzukito —repuso Cayetano. Colaba café en la hornilla instalada junto a una ventana que daba a la bahía—. Tengo que averiguar la verdadera razón por la cual ese hombre quería verme.

Aquella mañana fresca y nublada la radio informó que la víctima era un ciudadano estadounidense de origen cubano, de profesión desconocida, llamado Agustín Lecuona. Desde hacía unos días alquilaba un cuarto en el céntrico hotel Carrera de la capital.

En cuanto el café estuvo listo, Cayetano le agregó varias cucharadas de azúcar y lo vertió en dos tacitas. Pronto se olvidará la gente del cubano, pensó mientras le alcanzaba la bebida a Suzuki. Había otros asuntos inquietantes: el desempleo, asaltos a residencias, una rebelión mapuche en el sur y huelgas en el área exportadora. El país pasaba por una mala racha, se dijo al repantigarse en el sillón del escritorio que compartía con su secretario, mueble en el cual reinaba un desorden endémico. Ahora no tenía otra que esperar la llamada del Escorpión, el comisario de la Policía de Investigaciones, quien a veces solía suministrarle datos novedosos.

Lo había llamado a primera hora al cuartel central en Santiago y él le dijo que estaba ocupado. Eso significaba que lo llamaría desde una cabina pública para burlar al temido Departamento Quinto de la institución, especializado en vigilar a los agentes. Cayetano alzó el auricular en cuanto sonó el aparato.

—¿Y qué deseas ahora? —preguntó la voz del Escorpión.

El apodo de Arsenio Marín databa de años atrás, cuando la mafia le había emboscado en el puerto para secuestrarlo. Había repelido el ataque desde lo alto de un contenedor, reservándose la última bala del arma para suicidarse y no caer en manos de sus e

Recibe antes que nadie historias como ésta