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JURAMENTADA

Brandon Sanderson  

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Fragmento

PRÓLOGO

Montreal, 2009

Aquella tarde hacía frío, frío canadiense. Teníamos un tiempo muerto y entonces mi amigo pronunció una oferta irrechazable.

—¿Me acompañas a buscar una librería?

Siempre que viajo, y más si es fuera de España, busco un nuevo libro que incorporar a mi colección. Mis presas suelen ser libros de cocina local —cuanto más raros, mejor—, joyas que no puedo conseguir en mis librerías habituales o internet. Pero hay algo que me anima a hacer el esfuerzo de viajar de vuelta a casa con un nuevo ejemplar, o varios, bajo el brazo o en la maleta. Primero, el conocer librerías de todo el mundo, en especial aquellas que desprenden un aroma a papel viejo en cuanto abres la puerta y la campanilla tintinea sobre tu cabeza. Esas en las que uno sabe que las baldas han soportado el peso de infinidad de libros que han ido saliendo para dejar sitio a otros nuevos. A veces me gusta imaginar qué libros han podido estar apoyados en según qué estanterías, cosas mías.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Hablo de lugares sagrados. No de supermercados de libros. Tú ya me entiendes.

Segundo, me encanta tener la oportunidad de cruzar unas palabras con quien me atienda, buscar la recomendación, el consejo, el contacto humano que nunca se separará del volumen que adquiero. Aportarle alma e historia a un libro que va a formar parte de mi biblioteca particular, a un libro que voy a ver, a veces sin darme ni cuenta, muchos de los días de mi vida.

Y tercero, tengo por costumbre pedir que estampen en una de sus primeras páginas, en las que suele figurar el título, autor o dedicatoria, el sello identificativo del establecimiento. Eso le confiere una especie de huella o cicatriz, una trazabilidad —en las cocinas utilizamos mucho este término— que va a figurar junto a mi ex libris, que voy a poner en esa misma página en cuanto llegue a casa.

Me gusta que sea así.

Pero ese día, no iba a serlo.

El que había pronunciado la oferta irrechazable era Antonio Saura, gran amigo y gran conocedor y lector de ciencia ficción y fantástica. Yo iba al tuntún, sin saber bien lo que buscaba más allá de algún recetario de cocina canadiense o algún volumen culinario que llamase mi atención. Antonio iba buscando una nueva entrega de un autor de literatura fantástica llamado Brandon Sanderson.

—No me suena de nada.

Antonio meneó la cabeza con incredulidad y me puso en las manos —en inglés— el primer tomo de la trilogía Nacidos de la Bruma.

—Vete a la caja y no peques más —dijo, como si aquel simple acto pudiera remediar el que, a su juicio, era un pecado de omisión injustificable.

Antonio me conoce bien. Sabe que siempre hago caso de los consejos de un amigo, y que cuando un autor me gusta, me compro todo lo que haya publicado. Menos mal que en aquella época Sanderson solo tenía tres libros en castellano: esta anécdota podría haber ocurrido años después, y al ritmo de producción de Sanderson adquirir todos sus volúmenes disponibles en castellano hubiese supuesto un dispendio considerable.

Y fue entonces, en 2009, cuando arranqué con Elantris.

Yo trabajaba a turno partido en el restaurante, es decir que por la tarde me quedaban unas horas libres para descansar un rato hasta que llegase el momento de volver a la cocina para afrontar las cenas.

Cada minuto que tenía libre en el trabajo del restaurante lo dedicaba a viajar a Elantris.

Pero se me acabó enseguida. Menos de dos días, y eso que lo había leído en inglés, en el que todavía no me manejaba como ahora, y tenía que hacerlo con el diccionario al lado.

Así que hice lo que tocaba, empezar El imperio final, continuar con El pozo de la ascensión, y me pasó lo mismo. A los pocos días estaba esperando impaciente que se publicase en castellano El héroe de las eras. Exactamente igual que le había pasado a mi amigo.

Sanderson se dibujó para mí como un autor fresco, diferente, original y sorprendente, capaz de sumergirme en un mundo que era suyo, pero donde yo tenía cabida: el Cosmere, un universo fantástico creado por su autor, suyo y solo suyo, que se rige por sus normas inalterables, aunque no por eso estáticas. Ahí es donde se alojan los mundos en los que ocurren sus novelas.

Yo no sé a ti, pero a mí solo de pensarlo se me eriza el vello de la emoción.

Los mundos que se alojan en el Cosmere son únicos, no se parecen en nada al resto de los que los lectores de fantástica estamos acostumbrados. Los escenarios son diferentes, están construidos desde una concepción distinta de los lugares, los espacios o los escenarios habituales y ya tan manidos.

Algunos son traslaciones de nuestro planeta, magnificadas o minimizadas, modeladas o transformadas, y otros han nacido directamente de la imaginación prolífica de Brandon Sanderson, quien no para de observar nuestro universo para construir el suyo y devolvérnoslo como nuestro.

Esa es para mí una de las mayores capacidades del autor: crear mundos a partir de lo conocido, pasar este por su tamiz y medir con una exactitud milimétrica la cantidad exacta de magia, fantasía, mitología y realidad que crean ese espacio literario único que no quieres abandonar. En el que descubres más y más cualidades que Sanderson se va encargando de enseñarte poco a poco. Sin nunca contradecirse, sin hacer trampas ni aplicar decorados que no tengan sentido ni razón.

Si bien el Cosmere está en constante construcción y desarrollo, voy a poner este universo en situación conforme a lo que sabemos hasta ahora.

No es necesario tener conocimientos acerca de cómo se creó el Cosmere o cómo se rige, pero toda información ayuda a anticipar el disfrute de lo que vamos a consumir, de la misma forma que un sumiller puede anticipar de forma astuta los matices de una añada de especial bouquet que pone delante del comensal.

El punto primigenio de creación es Adonalsium —llámalo Dios, llámalo energía—, que contenía el poder de crear, transformar y destruir tanto energía como cantidades ingentes de Magia.

En un momento (y sin que aún sepamos el porqué) Adonalsium estalla violentamente, se rompe en 16 fragmentos y estos van a parar a algunos de los diferentes mundos que formaban parte del sistema galáctico del Cosmere. Estos 16 pedazos se llaman Esquirlas de Adonalsium y se han repartido por la galaxia, teniendo cada uno de ellos diversas cualidades y poderes que precisan de diferentes personajes para dominarlas. Estos personajes que portan los fragmentos obtuvieron una parte del poder de la Divinidad asociada a las cualidades del poder de Adonalsium. Este punto de partida permite a Brandon Sanderson desarrollar distintos espacios, los mundos, diferentes reglas en cada uno de ellos y diversos personajes que lo habitan y hacen avanzar la historia.

La obra de Sanderson en lo que a la creación de mundos se refiere es absolutamente mastodóntica y plagada de líneas secantes, tal y como nos muestra en sus tablas mágicas, para que se relacionen entre sí y todo funcione.

No existe el azar en el Cosmere, siempre hay una razón para todo, un motivo y un respeto reverencial a las normas que rigen el mundo en el que Brandon Sanderson nos sumerge. Él es el Dios de su mundo y todo ocurre bajo su tutela, pero no por esto es caprichoso, sino audaz; no es tramposo, sino eficaz.

Conoceremos seres increíbles, innumerables razas con capacidades, orígenes e historias diversos y apasionantes. Algunos de esos seres habitaban el Cosmere antes del estallido de Adonalsium y otros no, algunos recibieron unos fragmentos determinados y otros no, la magia está presente en algunos planetas o no lo está, y así ocurren cosas diferentes en los mundos.

Cualquiera de los reinos es válido para que Sanderson cree una especie, un ser, un motivo o una razón para existir y formar parte de una obra gigantesca. Ninguno de los personajes pasa inadvertido ni está sin cumplir una función, que, aunque aparentemente no sea de importancia en un principio, siempre termina teniendo su sentido.

La magia reside y fluye en el Cosmere, ¡¡y cómo!!

Estas vienen definidas por el fragmento de Adonalsium que cayó en cada uno de los mundos.

Las magias de los metales de Nacidos de la Bruma en el planeta Scadrial (Alomancia y Feruquimia), o la de los colores en El aliento de los dioses (íntimamente ligada a cierto personaje y que también aparece en Palabras radiantes), o de las piedras cargadas con energía de las tormentas en El camino de los reyes, magias nunca antes vistas y sorprendentemente cercanas, entendibles y casi reconocibles.

La magia en manos de Brandon Sanderson no es una excusa, no es un recurso para hacer que las cosas pasen sin tener que explicar nada —A wizard did it!—. La magia tiene sus reglas, sus normas, y estas están ahí puestas por su creador desde el principio, a la vista, para que nada quede más escondido de lo que debe.

La magia dibuja al personaje, complementa y hace más comprensible el mundo en el que estamos, y, sobre todo, dota de voluntad y magnificencia a muchos de los protagonistas, forma parte de la construcción del mundo en el que nos movemos. Es un todo con el resto. Los mundos del Cosmere no se entienden sin magia, y a su vez no se entiende la magia fruto de la imaginación de Sanderson sin sus mundos únicos y diría que casi posibles, al menos en parte.

Existe una magia que me parece aún más alucinante, la magia de que los lectores podamos «vivir» en el Cosmere, sentir que el espacio fantástico no lo es tanto, que nos es cercano y reconocible, si hasta casi parece que podamos haber pisado sus calles, donde las haya, o mirado al fondo de sus abismos. Es todo tan familiar que parece que hayamos hablado alguna vez con los habitantes que pueblan las páginas de la saga, que hayamos acariciado sus ropajes y oteado sus horizontes.

Y por fin llega a las librerías la esperada continuación de El Archivo de las Tormentas.

La gran obra monumental de Brandon Sanderson.

Esa obra en la que todos sus admiradores queremos degustar, descubriendo página a página los destinos y aventuras de nuestros personajes favoritos.

Ya tenemos en nuestras manos Juramentada.

Si estás leyendo este prólogo es que ya acompañaste a Kaladin, Shallan, Jasnah, Eshonai, el Asesino Blanco y el resto de personajes en los dos volúmenes anteriores, El camino de los reyes y Palabras radiantes, y también que conoces la historia de la ladronzuela Lift, que acontece en Danzante del Filo, novelita incluida en Arcanum ilimitado. Supongo que has visitado Roshar, el mundo donde discurre esta monumental historia. Que ya conoces y has visto, en las magníficas ilustraciones que Brandon Sanderson ha decidido utilizar para salpicar sus novelas, a los principales personajes que nos llevan de lado a lado, incluidos Hoid, las razas y especies de seres, la ecología que compone este entramado. Que ya has explorado los misterios de las llanuras quebradas, o al menos alguno de ellos, y has disfrutado del poder de las hojas y armaduras esquirladas.

Relájate, tómate tu tiempo. Lo que viene ahora es... No. No escribiré nada más.

Da un paso adelante, viajero, y descubre por ti mismo lo que te espera.

Alberto Chicote

Abril, 2018

INTRODUCCIÓN Y AGRADECIMIENTOS

¡Bienvenidos a Juramentada! He dedicado mucho tiempo a escribir este libro y os agradezco que hayáis tenido paciencia. Los libros de El Archivo de las Tormentas son unos proyectos inmensos, como quizá podáis colegir de la larga lista de nombres que tenéis más adelante.

Si no habéis tenido ocasión de leer Danzante del Filo, una novela corta de El Archivo de las Tormentas que transcurre entre el segundo y este tercer libro, os recomiendo que lo hagáis ya. La encontraréis en la antología Arcanum ilimitado, compuesta de novelas cortas y relatos ambientados por todo el Cosmere (el universo en el que tiene lugar esta serie y también», Elantris, El aliento de los dioses y otras).

Dicho eso, como de costumbre mencionaré que cada serie está escrita para poder leerla y disfrutarla por sí misma, sin necesidad de tener conocimientos sobre otras series o novelas. Si os intriga el Cosmere, tenéis una explicación más larga escrita por mí en <brandonsanderson. com/cosmere>.

¡Y vamos con la ristra de nombres! Como digo muy a menudo, aunque sea mi nombre el que figura en la portada, es necesaria la participación de muchísima gente para ofreceros estos libros. Todos ellos merecen mi más sentido agradecimiento, y también el vuestro, por su esfuerzo incansable durante los tres años que ha costado escribir esta novela.

Mi principal agente para esta serie (y para todo lo demás) es el maravilloso Joshua Bilmes, de JABberwocky. Entre las demás personas de la agencia que han trabajado en ella están Brady McReynolds, Krystyna Lopez y Rebecca Eskildsen. También querría dar las gracias en especial a John Berlyne de Zeno, mi agente en el Reino Unido, y a todos los demás subagentes que trabajan con nosotros a lo largo y ancho del mundo.

Mi editor en Tor para este proyecto fue el siempre brillante Moshe Feder. Muchísimas gracias a Tom Doherty, que cree en el proyecto El Archivo de las Tormentas desde hace años, y a Devi Pillai, que me proporcionó una importantísima ayuda editorial durante la creación de esta novela.

También en Tor me ayudaron, entre otros, Robert Davis, Melissa Singer, Rachel Bass y Patty Garcia. Nathan Weaver fue nuestro gerente de producción, Irene Gallo nuestra directora artística y Carly Sommerstein nuestra revisora de estilo.

De Gollanz/Orion, mi editorial en Reino Unido, muchas gracias a Gillian Redfearn, Stevie Finegan y Charlotte Clay.

Nuestro corrector para este libro ha sido Terry McGarry, que ha hecho un trabajo excelente en muchas de mis novelas. El libro electrónico lo prepararon Victoria Wallis y Caitlin Buckley en Macmillan.

Mucha gente de mi propia empresa ha trabajado largas horas para crear este libro. Una novela de El Archivo de las Tormentas siempre es hora de dar el callo aquí en Dragonsteel, de modo que, por favor, levantadles el pulgar (o regaladle una cuña de queso, en el caso de Peter) la próxima vez que los veáis. Nuestra gerente y directora ejecutiva es mi encantadora esposa, Emily Sanderson. El vicepresidente y director editorial es el insistente Peter Ahlstrom. El director artístico es Isaac St3wart.

Nuestra gestora de envíos (y gracias a quien os llegan todos nuestros libros firmados y camisetas desde la tienda de brandonsanderson.com) es Kara Stewart. La editora de continuidad (y guardiana sagrada de nuestra wiki interna de continuidad) es Karen Ahlstrom. Adam Horne es mi asistente ejecutivo y director de publicidad y marketing. La asistente de Emily es Kathleen Dorsey Sanderson y nuestra secuaz ejecutiva es Emily «Mem» Grange.

El audiolibro está leído por mis narradores de audiolibros favoritos personales, Michael Kramer y Kate Reading. ¡Gracias otra vez a los dos por hacerle un hueco en vuestras agendas!

Juramentada mantiene la tradición de que El Archivo de las Tormentas incluya unas ilustraciones preciosas. De nuevo, tenemos una cubierta fantástica realizada por Michael Whelan, cuya atención al detalle nos ha traído una interpretación increíblemente exacta de Jasnah Kholin. Me encanta que Jasnah tenga un lugar donde brillar en la portada de este libro, y no dejo de sentirme honrado y agradecido de que Michael robe tiempo a su trabajo de galería para ilustrar el mundo de Roshar.

Es necesario contar con distintos artistas para recrear los estilos que pueden hallarse en la parafernalia de otro mundo, por lo que en esta ocasión hemos trabajado incluso con más ilustradores que en los libros previos. Dan dos Santos y Howard Lyon son los responsables de los cuadros de los Heraldos que hay en las guardas delantera y trasera del libro. Quería que el estilo de esas ilustraciones evocara los cuadros clásicos del Renacimiento y el romanticismo tardío, y tanto Dan como Howard superaron con creces mis expectativas. Sus ilustraciones no son solo grandes obras de arte para un libro, sino grandes obras de arte y punto, merecedoras de un lugar en cualquier galería.

Debo mencionar que Dan y Howard también aportaron su talento a las ilustraciones interiores, y también por ello les estoy agradecido. Las ilustraciones sobre moda de Dan son de tal calidad que perfectamente podrían haber ocupado la portada, y el trabajo en tinta de Howard para algunos de los nuevos iconos de capítulo es algo que espero ver más a menudo en futuros volúmenes.

Ben McSweeney vuelve a colaborar con nosotros y nos ofrece nueve ilustraciones del cuaderno de bocetos de Shallan. Pese a haberse mudado a otro continente, pese a tener otro trabajo muy exigente y pese a las necesidades de una familia en crecimiento, Ben siempre ha entregado unas ilustraciones de primera. Es un gran artista y un mejor ser humano.

También prestan su talento a este volumen con ilustraciones a página completa Miranda Meeks y Kelley Harris. Ambas han realizado un trabajo fantástico para nosotros en el pasado, y creo que esta vez también os encantarán sus contribuciones.

Además, una gran variedad de personas maravillosas han ayudado entre bambalinas como asesores o facilitando otros aspectos artísticos del libro. The David Rumsey Map Collection, Brent de Woodsounds Flutes, Angie and Michelle de Two Tone Press, Emily Dunlay, David y Doris Stewart, Shari Lyon, Payden McRoberts y Greg Davidson.

Entre los miembros de mi grupo de escritura para Juramentada (que a menudo han leído entregas semanales de entre cinco y ocho veces el tamaño normal) están Karen Ahlstrom, Peter Ahlstrom, Emily Sanderson, Eric James Stone, Darci Stone, Ben Olsen, Kaylynn ZoBell, Kathleen Dorsey Sanderson, Alan «Leyten del Puente Cuatro» Layton, Ethan «Cikatriz del Puente Cuatro» Skarstedt y Ben «No me pongas en el Puente Cuatro» Olsen.

Un agradecimiento muy especial para Chris «Jon» King por sus comentarios sobre unas escenas particularmente complicadas de Teft, a Will Hoyum por su asesoramiento sobre la paraplejia y a Mi’chelle Walker por sus consejos para unos pasajes relacionados con unos problemas de salud mental concretos.

Entre nuestros lectores beta se cuentan (respirad hondo) Aaron Biggs, Aaron Ford, Adam Hussey, Austin Hussey, Alice Arneson, Alyx Hoge, Aubree Pham, Bao Pham, Becca Horn Reppert, Bob Kluttz, Brandon Cole, Darci Cole, Brian T. Hill, Chris «Jon» King, Chris Kluwe, Cory Aitchison, David Behrens, Deana Covel Whitney, Eric Lake, Gary Singer, Ian McNatt, Jessica Ashcraft, Joel Phillips, Jory Phillips, Josh Walker, Mi’chelle Walker, Kalyani Poluri, Rahul Pantula, Kellyn Neumann, Kristina Kugler, Lyndsey «Lyn» Luther, Mark Lindberg, Marnie Peterson, Matt Wiens, Megan Kanne, Nathan «Natam» Goodrich, Nikki Ramsay, Paige Vest, Paul Christopher, Randy MacKay, Ravi Persaud, Richard Fife, Ross Newberry, Ryan «Drehy» Dreher Scott, Sarah «Saphy» Hansen, Sarah Fletcher, Shivam Bhatt, Steve Godecke, Ted Herman, Trae Cooper y William Juan.

Las coordinadoras de comentarios de los lectores beta fueron Kristina Kugler y Kellyn Neumann.

Entre nuestros lectores gamma repiten muchos de los lectores beta, además de: Benjamin R. Black, Chris «Gunner» McGrath, Christi Jacobsen, Corbett Rubert, Richard Rubert, el doctor Daniel Stange, David Han-Ting Chow, Donald Mustard III, Eric Warrington, Jared Gerlach, Jareth Greeff, Jesse Y. Horne, Joshua Combs, Justin Koford, Kendra Wilson, Kerry Morgan, Lindsey Andrus, Lingting Xu, Loggins Merrill, Marci Stringham, Matt Hatch, Scott Escujuri, Stephen Stinnet y Tyson Thorpe.

Como podéis ver, un libro como este supone un esfuerzo enorme. Sin la colaboración de todos los anteriores, tendríais en las manos un libro muy inferior a este.

Y como de costumbre, termino dando las gracias a mi familia: Emily Sanderson, Joel Sanderson, Dallin Sanderson y Oliver Sanderson. Les toca soportar a un marido/padre que pasa mucho tiempo en otro mundo, pensando en altas tormentas y Caballeros Radiantes.

Por último, ¡gracias a todos vosotros por apoyar estos libros! No siempre salen todo lo deprisa que me gustaría, pero eso se debe en parte a que quiero que sean tan perfectos como lo puedan ser. Sostenéis un volumen que llevo preparando y esbozando durante casi dos décadas. Espero que disfrutéis de vuestra estancia en Roshar.

Viaje antes que destino.

SEIS AÑOS ANTES

Eshonai siempre había dicho a su hermana que estaba segura de que les esperaba algo maravilloso más allá de la siguiente colina. Y luego, un día, había coronado una colina y hallado seres humanos.

Siempre había imaginado a los humanos, por la manera en que se cantaba sobre ellos, como monstruos oscuros y amorfos. En cambio, eran unas criaturas portentosas y estrambóticas. Hablaban sin ningún ritmo discernible. Llevaban ropajes más brillantes que el caparazón, pero no les crecía su propia armadura. Tenían tanto pavor a las tormentas que incluso para viajar se ocultaban dentro de vehículos.

Y lo más extraordinario de todo era que solo tenían una forma.

Al principio supuso que los humanos debían de haber olvidado sus formas, como una vez también hicieron los oyentes. Aquello le inspiró una afinidad instantánea hacia ellos.

Más de un año después de ese primer encuentro, Eshonai estaba canturreando al Ritmo del Asombro mientras ayudaba a descargar tambores del carro. Habían recorrido una gran distancia para visitar la patria humana, y con cada paso que daba iba notándose más y más abrumada. La experiencia culminaba allí, en la increíble ciudad de Kholinar y su espléndido palacio.

El cavernoso muelle de carga, en el lado occidental del palacio, era tan inmenso que ya acogía a los doscientos oyentes que habían llegado, y sin llenarse. De hecho, la mayoría de los oyentes no había podido asistir al banquete de arriba, donde estaba ratificándose el tratado entre los dos pueblos, pero de todos modos los alezi se habían ocupado de atenderlos, proporcionando una enorme cantidad de comida y bebida al grupo que había tenido que quedarse abajo.

Eshonai bajó del carro y contempló el muelle de carga, canturreando a Emoción. Cuando había asegurado a Venli que estaba decidida a cartografiar el mundo, había imaginado una vida de descubrimientos naturales. Desfiladeros y colinas, bosques y laits rebosantes de vida. Y durante todo ese tiempo, aquello había existido allí fuera, esperando justo más allá de su alcance.

Y también existían más oyentes.

Cuando Eshonai conoció por primera vez a los humanos, había visto a los pequeños oyentes que llevaban con ellos. Eran una desdichada tribu atrapada en la forma gris. Eshonai había dado por hecho que los humanos estaban cuidando de esas pobres almas sin canciones.

Ay, qué inocentes habían sido aquellos primeros encuentros.

Los oyentes cautivos no eran solo una pequeña tribu, sino representantes de una población inmensa. Y los humanos no habían estado cuidando de ellos.

Los humanos eran sus propietarios.

Un grupo de aquellos parshmenios, como los llamaban, se había congregado alrededor del círculo de trabajadores de Eshonai.

—Intentan ayudar todo el tiempo —dijo Gitgeth a Curiosidad. Negó con la cabeza y en su barba relucieron unos rubíes que casaban con los tonos rojos predominantes en su piel—. Los pequeños sinritmos quieren estar cerca de nosotros. Sienten que algo anda mal en sus mentes, te lo digo yo.

Eshonai le pasó un tambor del fondo del carro y empezó a canturrear a Curiosidad ella también.

—No os necesitamos —dijo a Paz, extendiendo los brazos a los lados—. Preferiríamos manipular nosotros los tambores.

Los carentes de canciones la miraron con ojos apagados.

—Marchaos —dijo al Ritmo de la Súplica mientras señalaba las celebraciones de alrededor, con oyentes y siervos humanos riendo juntos, pese a la barrera del idioma. Los humanos daban palmadas para acompañar las antiguas canciones que entonaban los oyentes—. Disfrutad.

Unos cuantos miraron hacia los festejos y ladearon la cabeza, pero no se movieron.

—No te harán caso —dijo Brianlia a Escepticismo, apoyando los brazos en un tambor cercano—. Sencillamente, no son capaces de imaginar siquiera lo que es vivir. Son propiedades, posesiones con las que comerciar.

¡Qué idea tan extraña! ¿Esclavos? Klade, una de los Cinco, había acudido a los esclavistas de Kholinar con la intención de comprar una persona, para comprobar si de verdad era posible. Ni siquiera había adquirido un parshmenio, porque había alezi a la venta. Al parecer, los parshmenios eran caros y se consideraban esclavos de calidad. Habían explicado ese hecho a los oyentes como si debiera inspirarles orgullo.

Eshonai canturreó a Curiosidad y señaló con el mentón a un lado, mirando hacia los otros. Gitgeth sonrió y emprendió el Ritmo de la Paz, haciéndole un gesto para que se marchara. Todos estaban acostumbrados a que Eshonai desapareciera en pleno trabajo. No era que no fuese fiable... o bueno, quizá sí, pero al menos era consistente.

De todos modos, pronto la reclamarían en la celebración del rey; no en vano era una de las mejores oyentes en el apagado idioma humano, que había aprendido casi como una segunda lengua materna. Era una ventaja que le había valido un puesto en aquella expedición, pero también suponía un problema. Hablar el idioma humano la volvía importante, y la gente que cobraba demasiada importancia no tenía permitido marcharse en pos del horizonte.

Dejó el muelle de carga y subió los escalones del palacio en sí, tratando de fijarse en los ornamentos, en el arte, en la abrumadora maravilla que era el edificio. Hermoso y terrible. El lugar lo mantenían personas compradas y vendidas, pero ¿era eso lo que concedía a los humanos el tiempo para crear grandes obras de arte, como las tallas de las columnas que iba dejando atrás o el taraceado en el mármol del suelo?

Pasó junto a soldados que llevaban sus caparazones artificiales. Eshonai no tenía armadura propia en ese momento: llevaba la forma de trabajo y no la de guerra, porque le gustaba su flexibilidad.

Los humanos no tenían elección. No era que hubieran perdido sus formas, como había supuesto al principio, sino que ¡solo tenían una! Estaban siempre en forma carnal, forma de trabajo y forma de guerra al mismo tiempo. Y las emociones asomaban a sus rasgos mucho más que en los oyentes. Sí, el pueblo de Eshonai sonreía, lloraba, reía, pero no como los alezi.

El nivel inferior del palacio se componía de amplios salones y galerías, iluminados por gemas talladas con esmero que hacían destellar la luz. Había candelabros colgados del techo, soles partidos que derramaban su luz por todas partes. Quizá la apariencia llana de los cuerpos humanos, con su insulsa piel en distintos tonos de moreno, era otro motivo de que anhelaran adornarlo todo, desde sus vestimentas hasta aquellas columnas.

«¿Podríamos hacer esto nosotros? —se preguntó, tarareando a Apreciación—. ¿Si conociéramos la forma correcta para crear arte?»

Las plantas superiores del palacio se parecían más a túneles. Angostos pasillos de piedra y estancias que eran como refugios tallados en la ladera de un monte. Se dirigió hacia el salón del banquete para averiguar si la necesitaban, pero iba deteniéndose de vez en cuando para echar vistazos rápidos a las habitaciones. Le habían dicho que podía ir allá donde quisiera, que el palacio estaba abierto a ella exceptuando las zonas con guardias en la entrada.

Pasó frente a una sala con pinturas en todas las paredes, y luego frente a otra con una cama y muebles. Otra puerta abierta le reveló un excusado interior con agua caliente, una maravilla que seguía sin comprender.

Curioseó en una docena de estancias. Mientras llegara a la celebración del rey a tiempo para la música, Klade y el resto de los Cinco no se quejarían. Eran igual de conscientes de sus costumbres que todos los demás. Eshonai siempre vagabundeaba, siempre lo investigaba todo, siempre escrutaba por las rendijas de las puertas...

... ¿y encontraba al rey?

Se quedó petrificada, junto a la puerta entreabierta que le permitía ver una lujosa sala con una gruesa alfombra roja y las paredes cubiertas de estanterías con libros. ¡Cuánta información dejada por ahí de cualquier modo, sin hacerle mucho caso! Pero lo más sorprendente era que en la sala estaba el rey Gavilar en persona, señalando algo en una mesa y rodeado de otras cinco personas: dos oficiales, dos mujeres con largos vestidos y un anciano con túnica.

¿Por qué no estaba Gavilar en el banquete? ¿Por qué no había guardias en la puerta? Eshonai armonizó al Ritmo de la Ansiedad y retrocedió, pero no antes de que una de las mujeres llamara la atención de Gavilar y señalara hacia ella. Con la Ansiedad atronando en su mente, tiró de la puerta para cerrarla.

Al momento, salió al pasillo un hombre uniformado.

—Al rey le gustaría hablar contigo, parshendi.

Eshonai fingió confusión.

—¿Señor? ¿Palabras?

—No seas tímida —dijo el soldado—. Eres una intérprete. Pasa. No estás en apuros.

Sacudida por la Ansiedad, se dejó acompañar por el hombre al interior de la sala.

—Gracias, Meridas —dijo Gavilar—. Dejadnos todos a solas un momento.

Los demás se marcharon, dejando a Eshonai en la puerta armonizando a Consuelo y canturreándolo en voz alta, aunque los humanos no fuesen a captar su significado.

—Eshonai —dijo el rey—, tengo una cosa que enseñarte.

¿El rey sabía cómo se llamaba? Eshonai se internó en la pequeña y cálida sala, con el torso rodeado con firmeza por sus brazos. No entendía a ese hombre. No era solo su forma de hablar ajena y muerta. No era solo el hecho de que no pudiera anticipar las emociones que podían bullir en su interior, donde competían las formas de guerra y carnal.

Más que ningún otro humano, aquel hombre la desconcertaba. ¿Por qué les había ofrecido un tratado tan favorable? Al principio había parecido un simple acomodo entre tribus. Pero eso había sido antes de ir a aquel lugar, de ver la ciudad y los ejércitos alezi. El pueblo de Eshonai una vez había poseído ciudades propias y legiones dignas de envidia. Lo sabían por las canciones.

Pero eso había sido mucho tiempo atrás. Los oyentes eran un fragmento de un pueblo perdido, traidores que habían abandonado a sus dioses para ser libres. Aquel hombre podría haber aplastado a los oyentes. En otra época habían dado por sentado que sus esquirlas, las armas que hasta el momento habían mantenido ocultas a los humanos, bastarían para protegerlos. Pero ya había visto más de una docena de hojas y armaduras esquirladas entre los alezi.

¿Por qué le sonreía de aquel modo? ¿Qué ocultaba al no cantar a ritmos que la tranquilizaran?

—Siéntate, Eshonai —pidió el rey—. No temas, pequeña exploradora. Llevo un tiempo queriendo hablar contigo. ¡Tu dominio de nuestro idioma no tiene igual!

Eshonai se sentó en una silla mientras Gavilar se inclinaba y sacaba algo de una carterita. Era una construcción de gemas y metal, trabajada con un diseño hermoso y brillando de luz tormentosa roja.

—¿Sabes lo que es esto? —preguntó el rey, pasándoselo con suavidad sobre la mesa.

—No, majestad.

—Es lo que llamamos un fabrial, un artilugio accionado por luz tormentosa. Este genera calor. Solo un poco, por desgracia, pero mi esposa está convencida de que las eruditas podrán crear uno que caliente una habitación entera. ¿No sería maravilloso? Se acabarían los fuegos humeantes en los hogares.

A Eshonai le parecía un objeto inerte, pero no lo dijo. Tarareó a Alabanza para que Gavilar se alegrara de hablarle del objeto y se lo tendió de vuelta.

—Fíjate bien —dijo el rey Gavilar—. Mira en sus profundidades. ¿Ves lo que se mueve dentro? Es un spren. Así es como funciona el artilugio.

«Cautivo como en una gema corazón —pensó ella, armonizando a Asombro—. ¿Han construido aparatos que imitan nuestra manera de aplicar las formas?» ¡Cuánto lograban los humanos, pese a sus limitaciones!

—Los abismoides no son vuestros dioses, ¿verdad?

—¿Cómo? —preguntó, armonizando a Escepticismo—. ¿Por qué esa pregunta?

«Qué giro más extraño en la conversación», pensó.

—Ah, es tan solo algo en lo que he estado pensando. —El rey recuperó el fabrial—. Mis oficiales se creen muy superiores porque creen que no tenéis secretos para ellos. Os toman por salvajes, pero se equivocan del todo. No sois salvajes. Sois un enclave de recuerdos, una ventana al pasado.

Se inclinó hacia delante y la luz del rubí escapó entre sus dedos.

—Necesito que transmitas un mensaje a vuestros líderes. ¿Los Cinco, se llaman? Tú puedes acercarte a ellos y a mí se me observa. Necesito su ayuda para lograr una cosa.

Eshonai canturreó a Ansiedad.

—Venga, venga —dijo él—. Voy a ayudaros, Eshonai. ¿Sabías que he descubierto cómo devolveros a vuestros dioses?

«No. —Musitó al Ritmo de los Terrores—. No.»

—Mis antepasados —continuó él, sosteniendo en alto el fabrial— fueron los primeros en averiguar cómo retener a un spren dentro de una gema. Y con una gema muy especial, puede contenerse incluso a un dios.

—Majestad —dijo ella, atreviéndose a coger la mano del rey. Él no podía sentir los ritmos. No lo sabía—. Por favor. Ya no adoramos a esos dioses. Los dejamos, los abandonamos.

—Ah, pero esto es por vuestro bien y por el nuestro. —Gavilar se levantó—. Vivimos sin honor, pues vuestros dioses una vez trajeron a los nuestros. Sin ellos, no tenemos poder. ¡El mundo está atrapado, Eshonai! Atrapado en un estado gris y sombrío de transición. —Miró hacia el techo—. Hay que unirlos. Necesito una amenaza. Solo el peligro logrará unirlos.

—¿Qué... qué estás diciendo? —preguntó ella a Ansiedad.

—Nuestros parshmenios esclavizados una vez fueron como vosotros. Luego, de algún modo, nosotros los despojamos de su capacidad de experimentar la transformación. Lo hicimos capturando a un spren, a uno antiguo e importantísimo. —La miró con los ojos verdes iluminados—. He visto cómo puede revertirse el proceso. Una nueva tormenta que hará salir de sus escondrijos a los Heraldos. Una nueva guerra.

—Un disparate. —Eshonai se puso de pie—. Nuestros dioses intentaron destruiros.

—Las antiguas Palabras deben pronunciarse de nuevo.

—No puedes... —Eshonai dejó la frase en el aire, reparando en que una mesa cercana estaba cubierta por un mapa. Era extenso, mostraba una tierra circundada por océanos... y estaba trazado con un arte que dejaba por tierra sus propios intentos.

Se acercó a la mesa, boquiabierta, con el Ritmo del Asombro vibrando en su mente. «Qué preciosidad.» Ni siquiera los grandiosos candelabros y las paredes talladas se le aproximaban. Aquello combinaba conocimiento y belleza en una fusión perfecta.

—Pensaba que te alegraría saber que somos aliados en buscar el regreso de vuestros dioses —dijo Gavilar. Eshonai casi pudo oír el Ritmo de la Reprimenda en sus palabras mortecinas—. Afirmáis temerlos, pero ¿por qué temer lo que os confirió la vida? Mi pueblo necesita unirse, y yo necesito un imperio que no se deshaga en luchas intestinas cuando yo no esté.

—¿De modo que buscas la guerra?

—Busco un final para algo que nunca hemos completado. Los míos fueron Radiantes una vez, y los tuyos, los parshmenios, fueron vibrantes. ¿A quién beneficia este mundo apagado en el que mi pueblo lucha contra sí mismo en inacabables escaramuzas, sin luz que los guíe, y tu pueblo está compuesto de cadáveres?

Eshonai volvió a mirar el mapa.

—¿Dónde... dónde están las Llanuras Quebradas? ¿Son esta parte de aquí?

—¡Eso que señalas es toda Natanatan, Eshonai! Las Llanuras Quebradas son esto. —Señaló una extensión poco más grande que su uña, cuando el mapa completo ocupaba toda la mesa.

Verlo le trajo una repentina y mareante perspectiva. ¿Aquello era el mundo? Había supuesto que en su viaje a Kholinar había recorrido casi la extensión completa del terreno. ¿Por qué no le habían enseñado aquello antes?

Le flaquearon las piernas y armonizó a Duelo. Volvió a dejarse caer en su silla, incapaz de mantenerse en pie.

«Qué inmenso.»

Gavilar se sacó algo del bolsillo. ¿Una esfera? Era algo oscuro, pero aun así, de algún modo brillaba. Como si tuviera... un aura de negrura, una luz fantasmal que no era luz. De un violeta tenue. Parecía absorber la luz de cuanto había alrededor. El rey lo dejó en la mesa, delante de ella.

—Lleva esto a los Cinco y explícales lo que te he contado. Diles que recuerden lo que fue una vez vuestro pueblo. Despertad, Eshonai.

Le dio una palmadita en el hombro y abandonó la sala. Eshonai se quedó contemplando aquella luz terrible, y recordando las canciones supo lo que era. Las formas de poder habían estado asociadas a una luz oscura, una luz procedente del rey de los dioses.

Recogió la esfera de la mesa y salió corriendo.

Cuando hubieron colocado los tambores, Eshonai insistió en unirse a los percusionistas. Una vía de escape para su ansiedad. Tocó al ritmo de su cabeza, con tanta fuerza como pudo, intentando con cada compás desterrar de su mente lo que le había dicho el rey.

Y las cosas que acababa de hacer.

Los Cinco habían estado sentados en la mesa principal, con los restos del último plato sin terminar.

—Pretende traer de vuelta a nuestros dioses —había dicho a los Cinco.

«Cierra los ojos. Concéntrate en los ritmos.»

—Puede hacerlo. Sabe muchísimo.

Los furiosos compases palpitando en su alma.

—Tenemos que hacer algo.

El esclavo de Klade era un asesino. Klade afirmaba que una voz, una voz que hablaba a los ritmos, la había llevado hasta el hombre, que le había confesado sus destrezas al interrogarlo. Al parecer, Venli había estado con Klade, aunque Eshonai no había visto a su hermana desde muy temprano aquel día.

Tras un debate encendido, los Cinco habían acordado que aquello era una señal de lo que debían hacer. Mucho tiempo atrás, los oyentes habían hecho acopio de valor para adoptar la forma gris y así poder escapar de sus dioses. Habían ansiado la libertad a cualquier precio.

Aquel día, el precio de conservar esa libertad sería alto.

Tocó los tambores. Sintió los ritmos. Sollozó quedamente, y no miró cuando el extraño asesino, con los ropajes amplios y blancos que le había proporcionado Klade, abandonó la sala. Había votado igual que los demás, a favor de aquella medida.

«Siente la paz de la música —decía siempre su madre—. Busca los ritmos. Busca las canciones.»

Se resistió cuando los demás se la llevaron. Sollozó al dejar atrás la música. Sollozó por su pueblo, que podría terminar destruido por los actos de aquella noche. Sollozó por el mundo, que quizá nunca supiera lo que los oyentes habían hecho por él.

Sollozó por el rey, a quien había condenado a muerte.

El sonido de los tambores fue cesando a su alrededor y la música moribunda resonó por los pasillos.

Sin duda, habrá quien se sienta amenazado por esta narración. Quizá unos pocos se sientan liberados. La mayoría, simplemente, sentirá que no debería existir.

De Juramentada, prólogo

Dalinar Kholin apareció en la visión de pie junto al recuerdo de un dios muerto.

Habían transcurrido seis días desde que sus fuerzas llegaran a Urithiru, la sagrada ciudad-torre de los Caballeros Radiantes. Habían huido de la llegada de una nueva y devastadora tormenta, buscando refugio a través de un antiguo portal. Estaban asentándose en su nuevo hogar oculto en las montañas.

Y aun así, Dalinar tenía la sensación de no saber nada. No era capaz de comprender la fuerza que combatía, y mucho menos la forma de derrotarla. Apenas comprendía la tormenta y su significado en el retorno de los Portadores del Vacío, antiguos enemigos de la humanidad.

De modo que acudía allí, a sus visiones. Pretendía extraer secretos al dios, llamado Honor o el Todopoderoso, que los había abandonado. Aquella visión concreta era la primera de todas las que había experimentado Dalinar. Comenzaba con él de pie junto a una imagen del dios en forma humana, ambos en lo alto de un risco desde el que se dominaba Kholinar, el hogar de Dalinar y sede del gobierno. En la visión, la ciudad había sido arrasada por una fuerza desconocida.

El Todopoderoso empezó a hablar, pero Dalinar le hizo caso omiso. Dalinar se había convertido en Caballero Radiante al vincular al mismísimo Padre Tormenta, al alma de la alta tormenta, el spren más poderoso de Roshar, y había descubierto que a partir de entonces podía reproducir sus visiones a voluntad. Ya había escuchado el monólogo tres veces, y lo había recitado al pie de la letra a Navani para que lo transcribiera.

En esa ocasión, Dalinar fue hasta el borde del precipicio y se arrodilló para contemplar las ruinas de Kholinar. El aire de allí tenía un olor seco, polvoriento y cálido. Forzó la vista, intentando captar algún detalle significativo entre el caos de edificios derrumbados. Incluso las hojas del viento, que una vez fueron majestuosas formaciones rocosas en forma de pico, con incontables estratos y variaciones, estaban hechas añicos.

El Todopoderoso siguió pronunciando su discurso. Aquellas visiones eran como un diario, una sucesión de mensajes inmersivos dejados atrás por el dios. Dalinar agradecía su ayuda, pero en ese momento le interesaban los detalles.

Escrutó el cielo y descubrió una ondulación en el aire, como calor alzándose de una piedra lejana. Un titilar del tamaño de un edificio.

—Padre Tormenta —dijo—, ¿puedes llevarme ahí abajo, a los escombros?

No se supone que debas bajar. Eso no forma parte de la visión.

—Olvida un momento lo que se supone que debo hacer —pidió Dalinar—. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes transportarme a esas ruinas?

El Padre Tormenta rugió. Era un ente extraño, conectado de algún modo con el dios muerto, pero no del todo lo mismo que el Todopoderoso. Por lo menos, ese día no estaba usando la voz que sacudía todos los huesos del cuerpo de Dalinar.

En un abrir y cerrar de ojos, Dalinar fue transportado. Ya no estaba en la cima del risco, sino en la llanura, ante las ruinas de la ciudad.

—Gracias —dijo Dalinar, mientras cruzaba a zancadas la escasa distancia que lo separaba de los escombros.

Solo habían pasado seis días desde que descubrieran Urithiru. Seis días desde el despertar de los parshendi, que habían obtenido extraños poderes y unos brillantes ojos rojizos. Seis días desde la llegada de la nueva tormenta, la tormenta eterna, una tempestad de truenos oscuros y relámpagos rojos.

Entre sus tropas había quienes la consideraban extinta, pasada, un acontecimiento catastrófico puntual. Pero Dalinar sabía que no era así. La tormenta eterna volvería, y no tardaría en alcanzar Shinovar, en el lejano oeste. Después de hacerlo, recorrería de nuevo la tierra.

Nadie daba crédito a sus advertencias. Los monarcas de lugares como Azir y Thaylenah reconocían que había aparecido una tormenta inusual por el este, pero no creían que fuese a volver.

No podían adivinar lo destructivo que sería el regreso de esa tormenta. En su primera aparición, había impactado contra la alta tormenta, generando un cataclismo único. Con un poco de suerte, por sí misma no sería tan destructiva, pero no dejaría de ser una tormenta que soplaba desde el lado contrario. Y despertaría a los siervos parshmenios del mundo para transformarlos en Portadores del Vacío.

¿Qué esperas descubrir?, preguntó el Padre Tormenta mientras Dalinar llegaba a los escombros de la ciudad. La visión se construyó para llevarte al risco y que hablaras con Honor. Todo lo demás es un escenario, un cuadro.

—Honor puso aquí estos cascotes —respondió Dalinar, señalando las murallas destruidas que se apilaban ante él—. Escenario o no, su conocimiento del mundo y de nuestro enemigo no pudo sino afectar a la forma en que creó esta visión.

Dalinar escaló los restos de las murallas exteriores. Kholinar había sido... ¡Tormentas! Kholinar era una gran ciudad, como muy pocas en el mundo. En vez de acurrucarse a la sombra de un acantilado o cobijarse en la protección de un abismo, Kholinar confiaba en sus enormes murallas para resguardarla de los vientos de las altas tormentas. Desafiaba a los vientos y no se plegaba a las tormentas.

En esa visión, algo la había destruido de todos modos. Dalinar coronó los restos y estudió sus alrededores, tratando de imaginar cómo habría sido asentarse en aquel lugar hacía milenios. Cuando aún no había murallas. Los constructores de la ciudad habían sido una gente robusta y tozuda.

Vio raspones y hendiduras en la piedra de las murallas caídas, como los que haría un depredador en la carne de su presa. Las hojas del viento estaban destrozadas, y desde cerca distinguió marcas de zarpas también en una de ellas.

—He visto criaturas capaces de hacer esto —dijo, arrodillándose junto a una piedra y palpando el basto tajo en su superficie de granito—. En mis visiones, vi a un monstruo de piedra que se desgajaba de la roca subyacente.

»No hay cadáveres, pero imagino que será porque el Todopoderoso no pobló la ciudad en esta visión. Solo quería un símbolo de la destrucción que se avecina. No creía que Kholinar fuese a caer frente a la tormenta eterna, sino frente a los Portadores del Vacío.

Así es, confirmó el Padre Tormenta. La tormenta será una catástrofe, pero ni por asomo en la misma escala de lo que seguirá. De las tormentas puedes refugiarte, hijo de Honor. De nuestros enemigos, no.

Dado que los monarcas de Roshar se habían negado a escuchar la advertencia de Dalinar de que la tormenta eterna los alcanzaría pronto, ¿qué otra cosa podía hacer? Según los informes, la auténtica Kholinar era presa de las revueltas, y la reina había dejado de comunicarse. Los ejércitos de Dalinar habían salido cojeando de su primer enfrentamiento con los Portadores del Vacío, y hasta muchos de sus propios altos príncipes habían rechazado unirse a él en esa batalla.

Se avecinaba una guerra. Al despertar la Desolación, el enemigo había reavivado un conflicto que databa de milenios atrás, entre criaturas antiguas con motivaciones inescrutables y poderes desconocidos. Se suponía que debían aparecer los Heraldos para dirigir la carga contra los Portadores del Vacío. Los Caballeros Radiantes ya deberían estar establecidos, preparados y entrenados, dispuestos a enfrentarse al enemigo. En teoría, debían poder confiar en la guía del Todopoderoso.

Pero en vez de eso, Dalinar solo contaba con un puñado de nuevos Radiantes y no había la menor señal de que fuese a llegar ayuda de los Heraldos. Y, para colmo, el Todopoderoso, el mismísimo Dios, estaba muerto.

Y de algún modo, de todas formas, Dalinar debía salvar el mundo.

El suelo empezó a sacudirse: la visión concluía con la tierra hundiéndose. En lo alto del risco, el Todopoderoso habría terminado su discurso hacía pocos instantes.

Una última oleada de destrucción recorrió el terreno como una alta tormenta. Se trataba de una metáfora diseñada por el Todopoderoso para referirse a la oscuridad y la devastación que se cernían sobre la humanidad.

«Vuestras leyendas dicen que ganasteis —había dicho—. Pero la verdad es que perdimos. Y estamos perdiendo.»

El Padre Tormenta retumbó. Es hora de irnos.

—No —replicó Dalinar, alzándose sobre los escombros—. Déjame.

Pero...

—¡Déjame sentirlo!

La oleada de destrucción lo alcanzó y cayó contra Dalinar, que bramó en un gesto de desafío. ¡No se había inclinado ante la alta tormenta y no se inclinaría ante aquello! La afrontó con la frente bien alta, y en la descarga de poder que desmenuzó la tierra, vio algo.

Una luz dorada, brillante y aun así temible. De pie frente a ella, una silueta oscura con armadura esquirlada negra. La figura tenía nueve sombras, cada una extendida en una dirección distinta, y sus ojos refulgían en rojo.

Dalinar miró al fondo de esos ojos y notó que lo inundaba una sensación gélida. Aunque lo rodeaba una furiosa devastación que vaporizaba las rocas, aquellos ojos le daban aún más miedo. Percibió algo terriblemente familiar en ellos.

Era un peligro que superaba con mucho al de las tormentas.

Era el campeón del enemigo. Y se acercaba.

ÚNELOS. DEPRISA.

Dalinar dio un respingo mientras la visión se resquebrajaba. Se encontró sentado al lado de Navani en una tranquila sala de piedra en la ciudad-torre de Urithiru. Ya no era necesario que Dalinar estuviera atado durante sus visiones: tenía el suficiente control sobre ellas para no interpretarlas físicamente mientras las experimentaba.

Respiró hondo, con el sudor goteándole de la cara y el corazón acelerado. Navani dijo algo, pero aún no podía oírla. La notaba muy lejos en comparación con la avalancha de sus oídos.

—¿Qué era esa luz que he visto? —susurró.

No he visto ninguna luz, dijo el Padre Tormenta.

—Era brillante y dorada, pero terrible —dijo Dalinar en voz baja—. Lo bañaba todo con su calor.

Odium, retumbó el Padre Tormenta. El enemigo.

El dios que había matado al Todopoderoso. La fuerza que había detrás de las Desolaciones.

—Nueve sombras —susurró Dalinar, temblando.

¿Nueve sombras? Los Deshechos. Sus secuaces, spren antiguos.

¡Tormentas! Dalinar los conocía solo por las leyendas. Eran unos spren espantosos que retorcían las mentes de las personas.

Aun así, aquellos ojos lo perturbaban. Por temible que resultara contemplar a los Deshechos, lo que más temía era aquella figura de ojos rojos. El campeón de Odium.

Dalinar parpadeó y miró a Navani, la mujer a la que amaba, con el rostro dolorido y preocupado mientras le sostenía el brazo. En aquel lugar extraño, en aquellos tiempos más extraños, era algo auténtico. Algo a lo que aferrarse. Una belleza madura, y en ciertos aspectos el vivo retrato de una perfecta mujer vorin: labios carnosos, ojos de color violeta claro, pelo entre moreno y plateado recogido en unas trenzas perfectas y curvas acentuadas por la prieta havah de seda. Nadie podría acusar a Navani de ser una mujer esquelética.

—¿Dalinar? —dijo—. Dalinar, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?

—Estoy... —Dalinar respiró hondo de nuevo—. Estoy bien, Navani. Y sé lo que debemos hacer.

Navani frunció más el ceño.

—¿Qué?

—Tengo que unir al mundo contra el enemigo más deprisa de lo que él es capaz de destruirlo.

Debía hallar la forma de hacer que los demás monarcas del mundo lo escucharan. Tenía que prepararlos para la nueva tormenta y los Portadores del Vacío. Y en caso de no poder, debía ayudarlos a sobrevivir a sus efectos.

Pero si tenía éxito, no se vería obligado a afrontar solo la Desolación. Aquello no era cuestión de un país contra los Portadores del Vacío. Necesitaba que los reinos del mundo se unieran a él, y necesitaba encontrar a los Caballeros Radiantes que estaban creándose entre sus poblaciones.

Unirlos.

—Dalinar —dijo ella—, me parece un objetivo digno. Pero ¡tormentas!, ¿qué hay de nosotros? Esta montaña es un erial. ¿Cómo vamos a alimentar a nuestras tropas?

—Los moldeadores de almas...

—Se quedarán sin gemas en algún momento —lo interrumpió Navani—. Y solo pueden suplir las necesidades básicas. Dalinar, aquí arriba estamos medio congelados, rotos y divididos. Nuestra estructura de mando está desorganizada y...

—Paz, Navani —dijo Dalinar, levantándose. La ayudó a hacer lo mismo—. Lo sé. Debemos luchar de todos modos.

Navani lo abrazó. Él se agarró a ella, sintiendo su calidez, oliendo su perfume. Prefería un aroma menos floral que otras mujeres, una fragancia con un toque especiado, como la de la madera recién cortada.

—Podemos hacerlo —dijo Dalinar—. Mi tenacidad y tu astucia. Juntos, convenceremos a los demás reinos de que se unan a nosotros. Cuando regrese la tormenta, verán que nuestras advertencias eran ciertas y se unirán contra el enemigo. Podemos usar las Puertas Juradas para trasladar tropas y darnos apoyo mutuo.

Las Puertas Juradas. Había diez portales, diez antiguos fabriales, que daban acceso a Urithiru. Cuando un Caballero Radiante activaba uno de esos dispositivos, quienes estuvieran en la plataforma que la rodeaba se veían transportados a Urithiru y aparecían sobre un artefacto similar en la torre.

Solo tenían un par de Puertas Juradas activas, las que trasladaban a la gente entre Urithiru y las Llanuras Quebradas en ambos sentidos. En teoría, podían poner en funcionamiento otros nueve pares, pero, por desgracia, según sus investigaciones había que desbloquear un mecanismo de su interior desde ambos lados para activarlas.

Si querían viajar a Vedenar, a Ciudad Thaylen, a Azimir o a alguna de las otras ubicaciones, primero tenían que enviar a un Radiante a la ciudad para desbloquear el aparato.

—De acuerdo —dijo ella—. Lo haremos. De algún modo, lograremos que escuchen, por muy tapadas con los dedos que tengan las orejas. Cosa que, por cierto, cabe preguntarse cómo consiguen, ya que tienen las cabezas metidas en sus propios traseros.

Dalinar sonrió y, de pronto, se sintió estúpido por haberla idealizado un momento antes. Navani Kholin no era ningún ideal perfecto y trémulo, sino una acre tempestad de mujer, inflexible y terca como un peñasco cayendo por una ladera, y cada vez más temperamental con todo lo que consideraba una necedad.

Era por eso por lo que más la amaba. Por ser directa y genuina en una sociedad que se enorgullecía de sus secretos. Había roto tabús, y corazones, desde su juventud. En algunos momentos, la idea de que Navani también lo amara a él se le antojaba tan surrealista como sus visiones.

Llamaron a la puerta de su habitación y Navani concedió el paso. Una exploradora de Dalinar asomó la cabeza por la puerta. Dalinar se volvió y frunció el ceño al reparar en la postura nerviosa de la mujer y en su respiración rápida.

—¿Qué ocurre? —exigió saber.

—Señor —dijo la mujer, saludando, con la cara pálida—. Ha habido un... incidente. Se ha encontrado un cadáver en los pasillos.

Dalinar sintió que algo se acumulaba, una energía en el aire parecida a la sensación del relámpago a punto de caer.

—¿Quién?

—El alto príncipe Torol Sadeas, señor —respondió la mujer—. Lo han asesinado.

Debo escribirla de todos modos.

De Juramentada, prólogo

¡Alto! ¿Qué creéis que estáis haciendo?

Adolin Kholin fue con paso firme hacia un grupo de trabajadores con la ropa manchada de crem que descargaban cajas de un carro. Su chull se retorcía, buscando rocabrotes que zamparse. En vano. Se hallaban en las profundidades de la torre, por mucho que aquella caverna fuera tan grande como un pueblecito.

Los trabajadores tuvieron la decencia de aparentar desazón, aunque con toda probabilidad no sabrían por qué. La bandada de escribas que seguía a Adolin comprobó el contenido del carro. Las lámparas de aceite que había en el suelo a duras penas lograban apartar un poco la oscuridad de la enorme sala, cuyo techo tenía una altura de cuatro plantas.

—¿Brillante señor? —llamó un trabajador, rascándose el pelo bajo el gorro—. Solo estaba descargando. Eso creo que hacía.

—Cerveza según el manifiesto —informó Rushu, una joven fervorosa, a Adolin.

—Sector dos —dijo Adolin, golpeteando con los nudillos de la mano izquierda contra el carro—. Las tabernas están estableciéndose a lo largo del pasillo central, donde los ascensores, seis cruces hacia dentro. Mi tía se lo comunicó expresamente a vuestros altos señores.

Los hombres se limitaron a mirarlo inexpresivos.

—Puedo hacer que os lo muestre una escriba. Recoged otra vez estas cajas.

Los hombres suspiraron, pero empezaron a devolver las cajas a su carro. Sabían que no les convenía discutir con el hijo de un alto príncipe.

Adolin se volvió para contemplar la profunda caverna, que se había convertido en un punto de descarga para material y personas. Los niños pasaban corriendo en grupos. Los trabajadores levantaban tiendas. Las mujeres recogían agua del pozo que había en el centro. Los soldados llevaban antorchas o lámparas. Hasta los sabuesos-hacha correteaban de aquí para allá. Cuatro campamentos de guerra enteros, a rebosar de gente, habían cruzado a las Llanuras Quebradas forzando la marcha hasta Urithiru, y Navani se las había visto y deseado a la hora de encontrar el lugar correcto para alojarlos a todos.

Sin embargo, a pesar de tanta confusión, Adolin se alegraba de tener allí a aquellas personas. Estaban frescas: no habían sufrido la batalla contra los parshendi, ni el ataque del Asesino de Blanco, ni la terrible colisión de las dos tormentas.

Los soldados Kholin estaban en un estado lamentable. El propio Adolin tenía la mano de la espada vendada y todavía palpitante, después de haberse roto la muñeca en combate. También tenía un cardenal muy feo en la cara, y aun así era de los más afortunados.

—Brillante señor —dijo Rushu, señalando hacia otro carro—. Ese parece de vinos.

—Maravilloso —repuso Adolin. ¿Es que nadie prestaba atención a las indicaciones de su tía Navani?

Se ocupó del segundo carro y luego tuvo que resolver una disputa entre hombres que estaban furiosos por haber sido asignados a acarrear agua. Afirmaban que era trabajo de parshmenios, por debajo de su nahn. Pero por desgracia, ya no había parshmenios.

Adolin los tranquilizó y sugirió que fundaran un gremio de aguadores si los obligaban a seguir con ello. Su padre sin duda lo aprobaría, aunque Adolin estaba preocupado. ¿Dispondrían de los fondos para pagar a toda esa gente? Los salarios estaban basados en el rango de un hombre, y no se podía convertir a nadie en esclavo sin motivo.

Adolin se alegraba de la distracción que le proporcionaba su cometido. Aunque no tenía que inspeccionar cada carro en persona —su función era de supervisor—, se sumergió en los detalles del trabajo. Tampoco era que pudiese entrenar teniendo la muñeca como la tenía, pero si se quedaba quieto y solo demasiado tiempo, empezaba a pensar en lo que había ocurrido el día anterior.

¿De verdad lo había hecho?

¿De verdad había asesinado a Torol Sadeas?

Fue casi un alivio cuando, por fin, llegó un mensajero corriendo para susurrarle que habían encontrado algo en los pasillos del tercer piso.

Adolin estaba seguro de saber qué era.

Dalinar empezó a oír los gritos mucho antes de llegar. Resonaban por los túneles en un tono que conocía bien. El conflicto estaba cerca.

Echó a correr y, dejando atrás a Navani, llegó sudando a una amplia intersección de túneles. Unos hombres de azul, iluminados por la burda luz de las lámparas, se enfrentaban a otros vestidos de verde bosque. Del suelo emergían furiaspren con la forma de charcos de sangre.

Y allí, tendido, había un cadáver con una casaca verde cubriéndole el rostro.

—¡Basta ya! —bramó Dalinar, cargando hacia el espacio entre los dos grupos de soldados. Apartó a un hombre del puente que se había encarado con un soldado de Sadeas—. ¡Si no lo dejáis estar, os envío al calabozo a todos!

Su voz sacudió a los hombres como los vientos de las tormentas y atrajo las miradas de ambos bandos. Dalinar empujó al hombre del puente hacia sus compañeros y a continuación apartó a un soldado de Sadeas, rezando para que el hombre tuviera la claridad suficiente como para no atacar a un alto príncipe.

Navani y la exploradora se detuvieron al borde del conflicto. Los hombres del Puente Cuatro por fin se retiraron por un pasillo, y los de Sadeas por el opuesto. Pero solo lo justo, asegurándose de seguir pudiendo mirarse furibundos.

—¡Más vale que te prepares para el trueno de la mismísima Condenación! —gritó el oficial de Sadeas a Dalinar—. ¡Tus hombres han asesinado a un alto príncipe!

—¡Lo hemos encontrado así! —replicó a viva voz Teft, del Puente Cuatro—. Seguro que tropezó y cayó sobre su propio puñal. Por la tormenta, a ese cabronazo le está bien merecido.

—¡Teft, ya es suficiente! —le gritó Dalinar.

El hombre del puente pareció avergonzarse e hizo un agarrotado saludo marcial.

Dalinar se arrodilló y retiró la casaca de la cara de Sadeas.

—Esa sangre está seca. Lleva ya un tiempo tendido aquí.

—Estábamos buscándolo —dijo el oficial de uniforme verde.

—¿Buscándolo? ¿Habías perdido a vuestro alto príncipe?

—¡Los túneles son un mareo! —exclamó el hombre—. No siguen las direcciones naturales. Nos perdimos y...

—Creíamos que habría vuelto a otra parte de la torre —dijo un hombre—. Estuvimos buscándolo allí toda la noche. Algunos decían que les parecía haberlo visto, pero no era así y...

«Y un alto príncipe se ha quedado yaciendo en su propia sangre durante medio día —pensó Dalinar—. ¡Sangre de mis padres!»

—No lo pudimos encontrar —añadió el oficial—, porque tus hombres lo asesinaron y movieron el cuerpo.

—Esa sangre lleva horas acumulándose ahí. Nadie ha movido el cuerpo —señaló Dalinar—. Meted al alto príncipe en esa sala lateral y enviad a buscar a Ialai, si aún no lo habéis hecho. Quiero observarlo mejor.

Dalinar Kholin era un entendido en la muerte.

Ya en su juventud, se había acostumbrado a ver hombres muertos. Si alguien pasa el suficiente tiempo en el campo de batalla, se acostumbra a su señora.

En consecuencia, el rostro ensangrentado y partido de Sadeas no lo impresionó. Como tampoco el ojo perforado, aplastado contra su cuenca por la hoja que le había apuñalado el cerebro. El fluido y la sangre habían manado y luego se habían secado.

Una puñalada en el ojo era la clase de ataque capaz de matar a un hombre con armadura y yelmo completo. Era una maniobra que se practicaba para emplearla en el campo de batalla. Pero Sadeas no había llevado armadura ni estado en un campo de batalla.

Dalinar se inclinó sobre la mesa en la que estaba tendido el cadáver para inspeccionarlo a la titilante luz de las lámparas de aceite.

—Un asesino —dijo Navani, haciendo chasquear la lengua y meneando la cabeza a los lados—. Mal asunto.

Detrás de ella, Adolin y Renarin se unieron a Shallan y a algunos hombres del puente. Enfrente de Dalinar estaba Kalami, una mujer delgada y de pelo anaranjado que se contaba entre sus escribas más expertas. Habían perdido a su marido, Teleb, en la batalla contra los Portadores del Vacío. A Dalinar le agriaba la boca convocarla durante su período de duelo, pero ella insistía en permanecer de servicio.

Tormentas, qué pocos oficiales superiores le quedaban. Cael había caído en el choque entre tormenta eterna y alta tormenta, a punto de lograr ponerse a salvo. Había perdido a Ilamar y Perethon cuando Sadeas lo traicionó en la Torre. El único alto señor que aún tenía era Khal, que aún se recuperaba de una herida del enfrentamiento con los Portadores del Vacío, una herida que se había callado hasta que todos los demás estuvieron a salvo.

Incluso Elhokar, el rey, había resultado herido por asesinos en su palacio mientras los ejércitos combatían en Narak. Estaba convaleciente desde entonces. Dalinar no estaba seguro de si acudiría a ver el cuerpo de Sadeas o no.

En cualquier caso, la carencia de oficiales de Dalinar explicaba los demás ocupantes de la sala: el alto príncipe Sebarial y su amante, Palona. Agradable o no, Sebarial era uno de los dos altos príncipes vivos que habían respondido a la llamada de Dalinar a marchar hacia Narak. Dalinar tenía que apoyarse en alguien, y la mayoría de los altos príncipes le inspiraban la confianza justa. Muy justa.

Sebarial y Aladar, que estaba convocado pero aún no había aparecido, tendrían que constituir los cimientos de una nueva Alezkar. Que el Todopoderoso se apiadara de todos ellos.

—¡En fin! —exclamó Palona, contemplando el cadáver de Sadeas con los brazos en jarras—. ¡Supongo que problema resuelto!

Todos los presentes se volvieron hacia ella.

—¿Qué pasa? —dijo la mujer—. No me digáis que no estabais pensándolo todos.

—Esto va a tener muy mala pinta, brillante señor —dijo Kalami—. Todo el mundo hará como esos soldados de fuera y supondrá que tú lo has hecho asesinar.

—¿Algún rastro de la hoja esquirlada? —preguntó Dalinar.

—No, señor —dijo un hombre del puente—. Quienquiera que lo matara debió de llevársela.

Navani frotó el hombro de Dalinar.

—Yo no lo expresaría igual que Palona, pero es cierto que Sadeas intentó hacerte matar. Quizá esto sea para bien.

—No —repuso Dalinar con la voz ronca—. Lo necesitábamos.

—Sé que estás desesperado, Dalinar —dijo Sebarial—. Mi presencia aquí es prueba suficiente de ello. Pero no creo que hayamos caído tan bajo como para desear a Sadeas entre nosotros. Opino como Palona. Con viento fresco.

Dalinar alzó la mirada y estudió a los presentes en la sala. Sebarial y Palona. Teft y Sigzil, tenientes del Puente Cuatro. Otro puñado de soldados, entre ellos la joven exploradora que había ido a buscarlo. Sus hijos, el firme Adolin y el inescrutable Renarin. Navani, con la mano apoyada en su hombro. Y la madura Kalami, con las manos juntas, mirándolo a los ojos y asintiendo con la cabeza.

—Estáis todos de acuerdo, ¿verdad? —preguntó Dalinar.

Nadie puso objeciones. En efecto, el asesinato perjudicaba la reputación de Dalinar, y por supuesto ninguno habría llegado al extremo de matar a Sadeas por sí mismo. Pero si estaba muerto... en fin, ¿para qué derramar lágrimas?

Los recuerdos se revolvieron en la mente de Dalinar. Los días enteros en los que Sadeas escuchaba los grandiosos planes de Dalinar. La víspera de la boda de Dalinar, cuando había compartido vino con Sadeas en la fiesta desenfrenada que este había organizado en su nombre.

Costaba reconciliar aquel hombre más joven, aquel amigo, con el rostro más grueso y viejo que había en la mesa frente a él. El Sadeas adulto había sido un asesino cuya traición había provocado las muertes de hombres mejores. Por esos hombres, por los abandonados durante la batalla en la Torre, Dalinar no podía sentir más que satisfacción al ver muerto a Sadeas por fin.

Y eso lo atormentaba. Porque sabía exactamente, sin lugar a dudas, lo que estaban sintiendo los demás.

—Acompañadme.

Dejó el cuerpo y salió a zancadas de la sala. Pasó entre los guardias de Sadeas, que se apresuraron a entrar. Ellos se encargarían del cuerpo; con un poco de suerte, Dalinar había apaciguado el encontronazo lo suficiente para evitar un choque espontáneo entre sus fuerzas y las de ellos. De momento, lo mejor era alejar de allí al Puente Cuatro.

El séquito de Dalinar lo siguió por los corredores de la torre cavernosa, portando lámparas de aceite. Las paredes estaban surcadas de líneas que se retorcían, estratos naturales de tonos térreos alternados, como los del crem al secarse en capas. No podía reprochar a los soldados que hubieran perdido a Sadeas; era increíblemente fácil perderse en aquel lugar, con sus inacabables pasillos que llevaban sin excepción a la oscuridad.

Por suerte, Dalinar tenía cierta idea de dónde estaban y guio a los suyos al borde exterior de la torre. Una vez allí, cruzó una cámara vacía y salió a una terraza, una de las muchas que se parecían a espaciosos patios.

Sobre él se alzaba la gigantesca ciudad-torre de Urithiru, una estructura de inconcebible altura construida contra las montañas. Estaba compuesta de una secuencia de diez capas con forma de anillo, cada una de las cuales contenía dieciocho niveles, y rematada con acueductos, ventanales y terrazas como a la que acababan de llegar.

Además, el anillo inferior contaba con amplias secciones que se extendían hacia el perímetro, grandes superficies de piedra, cada una de ellas una meseta de pleno derecho. Tenían barandillas de piedra en los bordes, donde las plataformas terminaban con una abrupta caída a plomo hacia las profundidades de los abismos entre las cimas de las montañas. Al principio, aquellas secciones de piedra anchas y planas lo habían desconcertado. Pero los surcos en la piedra y los maceteros a lo largo de los bordes le habían revelado su propósito. De algún modo, aquello eran campos de cultivo. Al igual que los extensos espacios que había sobre cada anillo de la torre para jardines, aquella zona se había labrado a pesar del frío. Uno de aquellos campos se extendía bajo la terraza que ocupaban Dalinar y los demás, dos anillos por debajo.

Dalinar fue al extremo de la terraza y apoyó las manos en el liso muro protector de piedra. Los demás se congregaron a su espalda. Por el camino habían recogido al alto príncipe Aladar, un distinguido alezi calvo con la piel oscura. Iba acompañado de May, su hija, una veinteañera bajita y guapa con los ojos castaños y una cara redonda en torno a la que se curvaba su cabello alezi negro azabache, que llevaba corto. Navani les susurró los detalles de la muerte de Sadeas.

Dalinar hizo un amplio gesto hacia fuera en el aire gélido, señalando lejos de la terraza.

—¿Qué veis?

Los hombres del puente se acercaron para mirar fuera de la terraza. Entre ellos estaba el herdaziano, que volvía a tener dos brazos después de hacer crecer el que le faltaba con luz tormentosa. Los hombres de Kaladin habían empezado a manifestar poderes de Corredores del Viento, aunque por lo visto eran solo «escuderos». Según Navani, eran una especie de aprendices de Radiante que en sus tiempos fueron muy comunes, hombres y mujeres cuyas capacidades se derivaban de las de su maestro, un Radiante completo.

Los hombres del Puente Cuatro no habían vinculado sus propios spren y, aunque habían empezado a mostrar poderes, sus capacidades habían desaparecido cuando Kaladin partió volando hacia Alezkar para avisar a su familia de la tormenta eterna.

—¿Que qué veo? —dijo el herdaziano—. Veo nubes.

—Muchas nubes —matizó otro hombre del puente.

—Y también hay montañas —dijo otro—. Parecen dientes.

—Qué va, parecen cuernos —objetó el herdaziano.

—Nosotros —los interrumpió Dalinar— estamos por encima de las tormentas. Nos resultará fácil olvidar la tempestad que afronta el resto del mundo. La tormenta eterna regresará, trayendo consigo a los Portadores del Vacío. Debemos dar por hecho que esta ciudad, que nuestros ejércitos, tardarán poco en ser el único bastión de orden que permanezca en el mundo. Es nuestro cometido, nuestro deber, guiar al resto.

—¿Orden? —dijo Aladar—. Dalinar, ¿tú has visto nuestros ejércitos? Libraron una batalla imposible hace solo seis días y, a pesar del rescate, el resultado es que perdimos. Duele ver lo mal preparado que está el hijo de Roion para ocuparse de los restos de su principado. Algunas de nuestras mejores tropas, las de Thanadal y Vamah, ¡se quedaron atrás en los campamentos de guerra!

—Y los que sí nos siguieron ya están riñendo entre ellos —añadió Palona—. La muerte del viejo Torol solo servirá para darles más motivo de disensión.

Dalinar se volvió hacia fuera y asió el parapeto de piedra con los fríos dedos de sus dos manos. Contra él soplaba un viento helado, y unos pocos vientospren pasaron junto a él con la forma de pequeñas personas traslúcidas montando a lomos del aire.

—Brillante Kalami —dijo Dalinar—, ¿qué sabes de las Desolaciones?

—¿Brillante señor? —preguntó ella, vacilante.

—Las Desolaciones. Has estudiado la teórica vorin, ¿no es así? ¿Puedes hablarnos de las Desolaciones?

Kalami carraspeó.

—Fueron la destrucción manifiesta, brillante señor. Cada una de ellas fue tan devastadora que dejó resquebrajada a la humanidad. Poblaciones destruidas, sociedades mermadas, eruditas muertas. La humanidad se vio obligada a dedicar generaciones y generaciones a reconstruir después de cada Desolación. Las canciones hablan de que las pérdidas se fueron acumulando unas sobre otras, haciéndonos caer más hondo cada vez, hasta que los Heraldos dejaron un pueblo que disponía de espadas y fabriales y, a su regreso, los hallaron blandiendo palos y hachas de piedra.

—¿Y los Portadores del Vacío? —preguntó Dalinar.

—Vinieron para aniquilar —dijo Kalami—. Su objetivo era barrer a la humanidad de Roshar. Eran unos espectros informes. Algunos dicen que son los espíritus de los muertos, otros que son spren de Condenación.

—Tendremos que buscar la forma de impedir que vuelva a suceder —dijo Dalinar con suavidad, volviéndose de nuevo hacia el grupo—. Debemos ser aquellos a quien el mundo pueda acudir en busca de ayuda. Debemos proveer estabilidad, ser un punto de reunión. Y por eso no puedo regocijarme de haber encontrado muerto a Sadeas. Era una espina que tenía clavada, pero también un general diestro y una mente brillante. Lo necesitábamos. Antes de que esto termine, necesitaremos a todo aquel que sea capaz de luchar.

—Dalinar —dijo Aladar—, yo antes era de los que regañaban. Era como los demás altos príncipes, pero lo que vi en ese campo de batalla... esos ojos rojos... Mi señor, estoy contigo. Te seguiré hasta el mismo final de las tormentas. ¿Qué quieres que haga?

—Tenemos poco tiempo. Aladar, te nombro nuestro nuevo Alto Príncipe de Información, encargado de la justicia y la ley en esta ciudad. Establece el orden en Urithiru y ocúpate de que los altos príncipes tengan sus dominios de control delineados con claridad en la torre. Establece una fuerza de vigilancia que patrulle estos pasillos. Mantén la paz y evita enfrentamientos entre soldados como el que hemos impedido antes.

»Sebarial, te nombro Alto Príncipe de Comercio. Haz inventario de nuestros recursos y funda mercados en Urithiru. Quiero que esta torre se convierta en una ciudad funcional, no solo en un lugar de descanso temporal.

»Adolin, ocúpate de que las tropas reciban entrenamiento regular. Haz recuento de los efectivos de que disponemos, los de todos los altos príncipes, y transmíteles que se requerirán sus lanzas para la defensa de Roshar. Mientras permanezcan aquí, se someterán a mi autoridad como Alto Príncipe de la Guerra. Aplastaremos sus rencillas bajo un peso de entrenamiento. Controlamos a los moldeadores de armas y controlamos el alimento. Si quieren sus raciones, deberán obedecer.

—¿Y nosotros? —preguntó el desaliñado teniente del Puente Cuatro.

—Seguid explorando Urithiru junto a mis exploradores y escribas —respondió Dalinar—. Y avisadme tan pronto como regrese vuestro capitán. Espero que traiga buenas noticias de Alezkar.

Respiró hondo. Una voz resonaba al fondo de su mente, como lejana: Únelos. Estad preparados cuando llegue el campeón del enemigo.

—Nuestro primer objetivo es la preservación de todo Roshar —añadió Dalinar en voz baja—. Hemos visto el coste de que haya división en nuestras filas. Por ella, fracasamos en detener la tormenta eterna. Pero aquello fue solo el recorrido de prueba, el combate de práctica antes de la lucha real. Para enfrentarnos a la Desolación, hallaré la forma de lograr lo que mi antepasado, el Hacedor de Soles, intentó y no logró mediante la conquista. Yo sí que unificaré Roshar.

Kalami dio un leve respingo. Nadie había unificado jamás el continente entero, ni durante las invasiones shin, ni en la época más álgida de la Hierocracia, ni con las conquistas del Hacedor de Soles. Dalinar estaba cada vez más convencido de que esa era su tarea. El enemigo desataría sus terrores más crueles, los Deshechos y los Portadores del Vacío. Y aquel campeón fantasmal de la armadura oscura.

Dalinar resistiría con un Roshar unificado. Era una pena que no hubiera podido convencer de alguna manera a Sadeas para que se uniera a su causa.

«Ay, Torol —pensó—. ¡Lo que podríamos haber conseguido juntos, si no hubiéramos estado tan divididos!»

—¿Padre? —Una voz suave le llamó la atención. Era Renarin, que estaba entre Shallan y Adolin—. A nosotros no nos has mencionado. A la brillante Shallan y a mí. ¿Cuál será nuestro deber?

—Practicar —dijo Dalinar—. Vendrán a nosotros otros Radiantes, y vosotros dos deberéis liderarlos. En tiempos remotos, los caballeros fueron nuestra arma más poderosa contra los Portadores del Vacío. Necesitaremos que vuelvan a serlo.

—Padre, yo... —farfulló Renarin—. Es que... ¿Yo? No puedo. No sé cómo... y ya no digamos...

—Hijo —lo interrumpió Dalinar, acercándose a él. Cogió a Renarin por un hombro—. Confío en ti. El Todopoderoso y los spren te han concedido poderes para defender y proteger a este pueblo. Utilízalos. Domínalos, y luego ven a informarme de lo que puedes hacer. Creo que todos tenemos mucha curiosidad por averiguarlo.

Renarin soltó una tenue bocanada de aire y asintió.

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES

Los rocabrotes se trituraron como cráneos bajo las botas de Dalinar, que se había lanzado a la carga cruzando el campo incendiado. Le seguía los pasos su elite, una unidad de soldados escogidos uno por uno, tanto de ojos claros como oscuros. No eran una guardia de honor, porque Dalinar no necesitaba ninguna guardia. Se trataba, sin más, de los hombres a los que consideraba lo bastante competentes para no avergonzarlo.

A su alrededor, los rocabrotes humeaban. El musgo, seco por el calor del verano y los largos días entre tormentas de la época del año, ardía en oleadas y encendía los caparazones de los rocabrotes. Entre ellos danzaban los llamaspren. Y como un spren, Dalinar cargaba a través del humo, confiando en la protección de su armadura acolchada y sus gruesas botas.

El enemigo, presionado hacia el norte por sus ejércitos, se había retirado hacia el pueblo que tenían delante. A regañadientes, Dalinar había decidido esperar para poder reforzar el flanco con su elite.

No había previsto que el enemigo pudiera incendiar la llanura, quemar a la desesperada sus propias cosechas para bloquear el frente meridional. Pues muy bien, a la Condenación con el fuego. Aunque algunos de sus hombres se habían visto abrumados por el humo o el calor, la mayoría seguían con él. Embestirían al enemigo y lo obligarían a retirarse de vuelta hacia el grueso de las tropas de Dalinar.

Yunque y martillo, su táctica favorita, de las que no permitían a sus enemigos huir de él.

Dalinar emergió del humo y descubrió unas pocas hileras de lanceros formando a toda prisa en el límite sur del pueblo. A su alrededor se acumularon expectaspren, como gallardetes rojos que crecían del suelo y revoloteaban al viento. La muralla del pueblo, que ya era baja en un principio, se había derrumbado en una batalla pocos años antes, por lo que los soldados enemigos solo estaban fortificados por escombros. Sin embargo, una gran cresta al este actuaba como cortavientos natural contra las tormentas, lo que había permitido que el pueblo se expandiera hasta casi poder considerarse ciudad.

Dalinar vociferó desafiando a los soldados enemigos mientras batía su espada —una espada larga normal y corriente— contra el escudo. Llevaba un peto robusto, un yelmo sin celada y botas con refuerzos de hierro. Los lanceros que tenía delante titubearon al oír los rugidos de la elite de Dalinar entre el humo y las llamas, la cacofonía sedienta de sangre.

Algunos lanceros soltaron sus armas y huyeron. Dalinar sonrió de oreja a oreja. No necesitaba esquirlas para intimidar.

Cayó sobre los lanceros como un peñasco rodando por una arboleda de retoños, haciendo saltar sangre al aire con su espada. Las buenas peleas se basaban en el ímpetu. No pares. No pienses. Sigue adelante y convence a tus enemigos de que ya pueden darse por muertos. De ese modo, se resistirán menos a que los envíes a sus piras.

Los lanceros atacaron frenéticos con sus astas, menos para intentar matar que con ánimo de apartar de ellos a aquel demente. Sus filas se deshilacharon cuando los suficientes lanceros desviaron su atención hacia él.

Dalinar rio, desvió un par de lanzas con su escudo y destripó a un hombre de un profundo tajo en el vientre. El soldado soltó su lanza, agonizando, y sus compañeros retrocedieron ante la horrible visión. Dalinar llegó a ellos con un rugido y los mató con la espada todavía manchada de la sangre de su amigo.

La elite de Dalinar atacó la línea ya quebrada y dio inicio a la auténtica carnicería. Dalinar embistió hacia delante, manteniendo el ímpetu y atravesando las filas enemigas hasta llegar al final, donde se detuvo, respiró hondo y se limpió el ceniciento sudor de la cara. Un joven lancero sollozaba en el suelo cerca de él, llamando a gritos a su madre mientras se arrastraba por la piedra dejando atrás un reguero de sangre. A su alrededor, los miedospren se entremezclaban con los anaranjados y nervudos dolorspren. Dalinar negó con la cabeza y clavó la espada en la espalda del chico al pasar.

Los hombres solían llamar a sus padres al morir, sin importar la edad que tuvieran. Dalinar había visto hacerlo a hombres de barba canosa, en la misma medida que a chavales como aquel. «No es mucho más joven que yo —pensó—. Tendrá unos diecisiete años.» Pero lo cierto era que Dalinar nunca se había sentido joven, a ninguna edad.

Su elite partió la línea enemiga en dos. Dalinar bailó, sacudió la sangre de su hoja ensangrentada, sintiéndose alerta, emocionado, pero todavía no vivo. ¿Dónde estaba?

«Venga...»

Un grupo más numeroso de soldados enemigos bajaba al trote por la calle hacia a él, dirigidos por oficiales con uniformes en blanco y rojo. Por la forma en que se detuvieron de repente, Dalinar supuso que se habían alarmado al ver que sus lanceros caían tan deprisa.

Dalinar se lanzó a la carga. Su elite sabía que debía observarlo, de modo que al momento se unieron a él cincuenta hombres, mientras el resto se quedaba a acabar con los desafortunados lanceros. Bastaría con cincuenta, dados los abarrotados confines del pueblo.

Centró la atención en el único hombre que iba a caballo. El jinete llevaba una coraza que sin duda pretendía parecerse a una armadura esquirlada, aunque era solo de acero normal. Carecía de la belleza y el poder de la auténtica armadura esquirlada. Pero aun así, el hombre parecía la persona más importante de las presentes. Con un poco de suerte, significaría que era el mejor combatiente.

La guardia de honor del hombre avanzó para interceptar a los atacantes y Dalinar sintió algo que se agitaba en su interior. Como una sed, una necesidad física.

Desafío. ¡Necesitaba un desafío!

Se enfrentó al primer miembro de la guardia, atacando con veloz brutalidad. Luchar en el campo de batalla no era lo mismo que afrontar un duelo, por lo que Dalinar no se entretuvo en bailar alrededor de su adversario y evaluar su pericia. Allí fuera, esos miramientos solo servían para llevarse una puñalada en la espalda por parte de otro soldado. Dalinar descargó su espada contra el enemigo, que alzó su escudo para bloquear. Dalinar atestó una sucesión de golpes rápidos y poderosos, como un percusionista inmerso en un ritmo furibundo: ¡pam, pam, pam, pam!

El soldado enemigo sostuvo el escudo sobre su cabeza, cediendo todo control a Dalinar, que levantó su propio escudo hacia delante y embistió con él al hombre, obligándolo a retroceder hasta que tropezó y dejó su guardia abierta.

Aquel hombre no tuvo ocasión de llamar a su madre.

El cuerpo cayó a los pies de Dalinar, que dejó a su elite encargarse de los demás porque tenía vía libre hacia el brillante señor. ¿Quién sería? El alto príncipe combatía al norte. ¿Sería algún otro ojos claros importante? O quizá... A Dalinar le parecía recordar que se decía algo sobre un hijo en las inacabables sesiones de planificación de Gavilar.

En fin, aquel hombre desde luego tenía un aspecto majestuoso sobre su yegua blanca, observando la batalla desde el visor de su yelmo y con la capa ondeando a su alrededor. El enemigo se encaró hacia Dalinar y alzó la espada hasta su yelmo, en señal de que aceptada el desafío.

Menudo idiota.

Dalinar levantó el brazo del escudo y señaló, contando con que al menos uno de sus arqueros seguiría junto a él. Y en efecto, Jenin dio un paso adelante, se soltó el arco corto de la espada y, mientras el brillante señor daba un grito de sorpresa, disparó una flecha a la yegua en el pecho.

—Odio disparar a caballos —rezongó Jenin mientras la yegua se encabritaba de dolor—. Más que tirar mil broams al tormentoso océano, brillante señor.

—Te compraré dos cuando esto termine —dijo Dalinar mientras el brillante señor caía del caballo.

Dalinar esquivó las rápidas coces y, entre los gemidos de dolor, buscó al hombre derribado. Le satisfizo encontrar a su enemigo levantándose.

Entablaron combate, lanzándose tajos frenéticos uno al otro. La vida consistía en el ímpetu, en elegir una dirección y no permitir que nada, ni hombre ni tormenta, lo desviaran de ella. Dalinar soltó golpe tras golpe contra el brillante señor, haciéndolo retroceder, feroz e insistente.

Tenía la sensación de tener el combate ganado, controlado, hasta el momento en que dio un golpe con el escudo al enemigo y, al impactar, notó que algo cedía. Una de las correas que sujetaban el escudo a su brazo se había partido.

El enemigo reaccionó al instante. Empujó contra el escudo, lo retorció en torno al brazo de Dalinar y logró partir la otra correa. El escudo cayó al suelo. Dalinar trastabilló y trazó un arco con la espada, intentando parar un golpe que no llegó. El brillante señor se había internado en su guardia y embistió a Dalinar con su escudo por delante.

Dalinar esquivó el espadazo que llegó a continuación, pero el revés le acertó de pleno a un lado de la cabeza e hizo que tropezara. Se le giró el yelmo y el metal doblado se le clavó en el cuero cabelludo y le hizo sangre. Empezó a ver doble, borroso.

«Va a entrar a matar.»

Con un rugido, Dalinar alzó su hoja en una parada instintiva y salvaje que encontró el arma del brillante señor y se la arrancó limpiamente de las manos.

El hombre golpeó a Dalinar en la cara con su guantelete. Le partió la nariz.

Dalinar cayó de rodillas y se le escurrió la espada de los dedos. Su adversario jadeaba, maldiciendo entre resuellos, sin aliento por el breve y frenético combate. Llevó la mano al cinturón para desenfundar un puñal.

Una emoción se removió en el interior de Dalinar.

Era un fuego que llenaba el hueco de su interior. Lo inundó y lo despertó, proporcionándole claridad. El sonido de su elite combatiendo contra la guardia de honor del brillante señor se atenuó, los tañidos convertidos en tintineos, las voces convertidas en un mero y distante zumbido.

Dalinar sonrió, y la sonrisa fue ensanchándose hasta mostrar los dientes. Su visión regresó mientras el brillante señor, puñal en mano, alzaba la mirada, daba un respingo y retrocedía a trompicones. Parecía horrorizado.

Dalinar bramó, escupió sangre y se arrojó contra el enemigo. El tajo que vino hacia él le pareció lamentable y se agachó para esquivarlo antes de empotrar su hombro contra el abdomen del enemigo. Algo tamborileaba dentro de Dalinar, el pulso de la batalla, el ritmo de matar y morir.

La Emoción.

El golpe desequilibró a su enemigo y Dalinar aprovechó para buscar su espada. Pero Dym gritó su nombre y le lanzó una alabarda, con un garfio en un extremo y una hoja de hacha amplia y fina por el otro. Dalinar la atrapó en el aire, rodó, enganchó al brillante señor por el tobillo con la hoja y tiró.

El hombre cayó con un estrépito de acero. Antes de que Dalinar pudiera aprovechar la ventaja, dos miembros de su guardia de honor lograron zafarse de los hombres de Dalinar y acudir en ayuda de su brillante señor.

Dalinar atacó y enterró la hoja de hacha en el costado de un guardia. La arrancó del hombre y giró de nuevo para descargar un golpe en el yelmo del brillante señor, que estaba levantándose, y hacerlo caer de rodillas. Al volverse de nuevo, apenas logró detener la espada del otro guardia con el asta de su alabarda.

Empujó hacia arriba, sosteniendo la alabarda con las dos manos, y envió el arma del guardia por los aires. Dalinar dio un paso adelante y se encaró con el hombre. Alcanzaba a notar su aliento.

Escupió la sangre que le salía de la nariz a los ojos del guardia y le dio un puntapié en la barriga. Se volvió hacia el brillante señor, que intentaba huir. Dalinar gruñó, rebosante de Emoción. Descargó la alabarda con una mano, clavó el garfio en el costado del brillante señor y tiró, haciéndolo caer otra vez.

Su adversario rodó. Al quedar mirando al cielo, lo recibió la visión de Dalinar soltando un hachazo con las dos manos que atravesó la coraza y se le hundió en el pecho. Dalinar oyó el satisfactorio crujido y sacó la hoja ensangrentada de su enemigo.

Como si aquel golpe hubiera sido una señal, la guardia de honor por fin cedió a su elite. Dalinar sonrió al contemplar su avance, mientras a su alrededor brotaban glorispren, brillantes esferas doradas. Sus hombres sacaron los arcos cortos y alcanzaron a más de una docena de enemigos en retirada. Condenación, qué bien sentaba derrotar a una fuerza más numerosa que la propia.

El brillante señor caído dio un suave gemido.

—¿Por qué? —preguntó el hombre desde debajo de su yelmo—. ¿Por qué nosotros?

—No lo sé —dijo Dalinar mientras devolvía la alabarda a Dym.

—¿No... no lo sabes? —dijo el moribundo.

—Mi hermano es quien elige —respondió Dalinar—. Yo solo voy donde él me envía.

Señaló al hombre agonizante y Dym le clavó una espada en la axila para terminar el trabajo. El brillante señor había luchado razonablemente bien y no había por qué prolongar su agonía.

Otro soldado se acercó y devolvió a Dalinar su espada. Tenía una muesca del tamaño del pulgar en la hoja, y daba la impresión de haberse doblado también.

—Se supone que tienes que clavarla en las partes blanditas, brillante señor —comentó Dym—, no usarla para aporrear las partes duras.

—Lo tendré en cuenta —dijo Dalinar, arrojando la espada a un lado mientras uno de sus hombres elegía un reemplazo entre las armas de los derrotados.

—¿Estás... bien, brillante señor? —preguntó Dym.

—Mejor que nunca —dijo Dalinar, con la voz algo alterada por la obstrucción en su nariz. Dolía como la mismísima condenación, y atrajo una pequeña bandada de dolorspren, manitas de largos dedos que salieron del suelo.

Sus hombres formaron en torno a él y Dalinar los guio calle abajo. Al poco tiempo, divisó al grueso del enemigo luchando más adelante, acosados por su ejército. Detuvo a sus hombres y consideró sus opciones.

Thakka, el capitán de su elite, se volvió hacia él.

—¿Órdenes, señor?

—Asaltad esos edificios —dijo Dalinar, señalando una hilera de construcciones—. A ver lo bien que luchan mientras nos ven sacar de casa a sus familias.

—Los hombres querrán saquear —dijo Thakka.

—¿Qué van a saquear en estos cuchitriles? ¿Piel de cerdo húmeda y viejos cuencos de rocabrote? —Se quitó el yelmo para limpiarse la sangre de la cara—. Ya saquearán después. Ahora necesito rehenes. En este tormentoso pueblo hay civiles en alguna parte. Encontradlos.

Thakka asintió con la cabeza y empezó a berrear órdenes. Dalinar bebió un poco de agua. Tendría que reunirse con Sadeas y...

Algo se clavó en el hombro de Dalinar. Solo llegó a atisbar un borrón negro que impactó con la fuerza de una patada giratoria. Cayó al suelo y sintió un dolor agudo en el costado.

Parpadeó al verse tendido en el suelo. De su hombro derecho asomaba una tormentosa flecha, con el asta larga y gruesa. Había atravesado limpiamente la cota de malla, justo en el hueco entre el peto de su coraza y las protecciones del brazo.

—¡Brillante señor! —exclamó Thakka, arrodillándose y escudando a Dalinar con su cuerpo—. ¡Kelek! Brillante señor, ¿estás...?

—Por la Condenación, ¿quién ha hecho ese disparo? —preguntó Dalinar con voz imperiosa.

—Desde ahí arriba —respondió uno de sus hombres, señalando la cima de la montaña que se alzaba sobre el pueblo.

—¡Eso tiene que estar a más de trescientos metros! —dijo Dalinar sorprendido, mientras apartaba a Thakka y se levantaba—. Es impos...

Estaba mirando, por lo que pudo esquivar de un salto la siguiente flecha, que cayó a escasos treinta centímetros de él y se partió contra la piedra del suelo. Dalinar la miró un momento y luego empezó a gritar órdenes:

—¡Caballos! ¿Dónde están los tormentosos caballos?

Llegó un grupito de soldados al trote, trayendo los once caballos que habían guiado con cautela por el campo. Dalinar tuvo que esquivar otra flecha mientras asía las riendas de Nochecerrada, su semental negro, y se aupaba a la silla de montar. La flecha del brazo le provocaba un dolor atroz, pero sentía algo más apremiante que lo impulsaba a avanzar, que lo ayudaba a centrarse.

Galopó de vuelta por donde habían venido, fuera del campo de visión del arquero, seguido por sus mejores hombres. Tenía que haber alguna forma de superar esa pendiente... ¡Ahí! Una senda rocosa en zigzag, lo bastante lisa como para que no le preocupara dejar correr a Nochecerrada por ella.

Dalinar temía que, al llegar a la cima, su presa ya hubiera huido. Sin embargo, cuando por fin coronó la montaña, una flecha se clavó en su pectoral izquierdo, atravesando la coraza cerca del hombro y casi derribándolo de la silla.

¡Condenación! Dalinar mantuvo el equilibrio de algún modo, aferró las riendas con una mano y se agachó, mirando hacia delante mientras el todavía lejano arquero se ponía de pie en un promontorio rocoso y lanzaba otra flecha. Y otra. ¡Tormentas, qué rápido era!

Desvió a Nochecerrada a un lado y luego a otro, sintiendo el tamborileo de la Emoción crecer en él. Espantaba el dolor y le permitía concentrarse.

Por delante, el arquero por fin empezó a inquietarse y saltó de la roca para escapar.

Dalinar cargó con Nochecerrada por encima de ese promontorio al momento. El arquero resultó ser un hombre entre veinte y treinta años, con ropa desaliñada y unos brazos y hombros que parecían capaces de levantar un chull a pulso. Dalinar habría podido pasarle por encima, pero prefirió pasar junto a él al galope y darle una patada en la espalda, que lo tiró despatarrado al suelo.

Al tirar de las riendas para detener a su caballo, notó una punzada de dolor en el brazo. Aunque le asomaron lágrimas a los ojos, contuvo el dolor y se volvió hacia el arquero, que estaba tendido de cualquier manera entre flechas negras caídas de su carcaj.

Dalinar desmontó con una flecha asomando de cada hombro y sus hombres llegaron a la cima. Agarró al arquero y lo puso de pie, reparando en el tatuaje azul que llevaba en la mejilla. El arquero dio un respingo y miró boquiabierto a Dalinar. Tenía que ser todo un retrato, cubierto del hollín de los fuegos y con la cara hecha una máscara de sangre de la nariz y los cortes en su cuero cabelludo, por no mencionar que llevaba clavadas no una, sino dos flechas.

—Has esperado a que me quitara el yelmo —afirmó Dalinar—. Eres un asesino. Te han colocado aquí con el único objetivo de matarme a mí.

El hombre hizo una mueca y luego asintió.

—¡Asombroso! —exclamó Dalinar, soltando al hombre—. Enséñame otra vez ese disparo. ¿Qué distancia hay, Thakka? Tenía razón, ¿verdad? ¿Más de trescientos metros?

—Unos trescientos cincuenta —dijo Thakka, acercándose sin desmontar—. Pero con la ventaja de la altura.

—Sigue siendo prodigioso —repuso Dalinar, yendo al borde de la cima. Volvió la mirada hacia el confuso arquero—. ¡Venga, coge el arco!

—¿El... arco? —dijo el arquero.

—¿Es que estás sordo? —le espetó Dalinar—. ¡Venga, ve a cogerlo!

El arquero contempló a los diez miembros montados de la elite, con rostros adustos y emanando peligro, antes de tomar la sabia decisión de obedecer. Recogió del suelo una flecha y luego su arco, que estaba hecho de una madera lisa y oscura que Dalinar no identificó.

—Me ha atravesado la tormentosa armadura —musitó Dalinar, tocando la flecha que lo había alcanzado en el lado izquierdo. Esa no parecía demasiado grave: había perforado el acero, pero perdiendo la mayor parte de su impulso al hacerlo. En cambio, la de la derecha había atravesado la malla y estaba enviando sangre brazo abajo.

Meneó la cabeza y se hizo visera con la mano izquierda para inspeccionar el campo de batalla. A su derecha, los ejércitos se enfrentaban y el grueso de su elite había acudido para presionar en el flanco. La retaguardia había encontrado a algunos civiles y estaba sacándolos a la calle.

—Escoge un cadáver —dijo Dalinar, señalando hacia una plaza vacía donde había tenido lugar una escaramuza—. Clava una flecha a un cuerpo de ahí, si puedes.

El arquero se lamió los labios, aún con apariencia confundida. Luego sacó un catalejo de su cinturón y estudió la zona.

—El de azul, cerca de la carreta volcada.

Dalinar miró con los ojos entornados y asintió. Cerca de él, Thakka había desmontado y desenfundado la espada, que llevaba apoyada al hombro. Una advertencia no demasiado sutil. El arquero tensó el arco y lanzó una flecha de plumas negras. Acertó de pleno en el cadáver elegido.

—¡Padre Tormenta! Thakka, hasta el día de hoy, te habría apostado medio principado a que era imposible hacer un disparo así. —Se volvió hacia el arquero—. ¿Cómo te llamas, asesino?

El hombre alzó el mentón, pero no respondió.

—Bueno, en todo caso, bienvenido a mi elite —dijo Dalinar—. Que alguien traiga un caballo para nuestro amigo.

—¿Qué? —dijo el arquero—. ¡Pero si he intentado matarte!

—Sí, a distancia. Lo que demuestra un notable buen juicio. Puedo sacar provecho de alguien con tus habilidades.

—¡Somos enemigos!

Dalinar señaló con un gesto de la cabeza el pueblo de abajo, donde el acosado ejército enemigo por fin había decidido claudicar.

—Ahora ya no. ¡Parece que ahora todos somos aliados!

El arquero escupió a un lado.

—Esclavos sometidos por tu hermano, el tirano.

Dalinar dejó que uno de sus hombres lo ayudara a montar.

—Si prefieres que te matemos, lo respetaré. O también puedes poner tu precio y unirte a mí.

—La vida de mi brillante señor Yezriar —respondió el hombre—. El heredero.

—¿Ese no es el tipo que...? —dijo Dalinar, mirando a Thakka.

—¿El que has matado ahí abajo? Sí, señor.

—Tiene un agujero en el pecho —dijo Dalinar, mirando de nuevo al asesino—. Pobrecito mío.

—¡Eres... un monstruo! ¿No podrías haberlo capturado?

—Qué va. Los otros principados están poniéndose tozudos. Se niegan a reconocer la corona de mi hermano. Jugar a pillar con los señores de ojos claros solo sirve para animar a que la gente se resista. Si saben que vamos al cuello, se lo pensarán dos veces. —Dalinar se encogió de hombros—. A ver qué te parece esto: únete a mí y no saquearemos el pueblo. O lo que queda de él, al menos.

El arquero bajó la mirada hacia el ejército que se rendía.

—¿Te apuntas o no? —preguntó Dalinar—. Prometo no hacerte disparar a nadie que te caiga bien.

—Esto...

—¡Estupendo! —exclamó Dalinar antes de volver grupas y alejarse al trote.

Al cabo de poco tiempo, cuando la elite de Dalinar lo alcanzó, el taciturno arquero iba montado a caballo detrás de otro hombre. El dolor se acentuó en el brazo derecho de Dalinar a medida que se desinflaba la Emoción, pero era controlable. Tendría que ir a los cirujanos para que echaran un vistazo a la herida de flecha.

Cuando volvieron al pueblo, dio órdenes de que cesaran los saqueos. A sus hombres no iba a sentarles nada bien, pero de todos modos aquel pueblo tampoco era gran cosa. Las riquezas llegarían cuando fueran alcanzando el centro de los principados.

Permitió que su caballo lo llevara a paso tranquilo por el pueblo, dejando atrás a soldados que se habían sentado a beber agua y descansar del prolongado enfrentamiento. Seguía doliéndole la nariz y tuvo que obligarse a no respirar sangre. Si de verdad la tenía rota, iba a ser un problema.

Dalinar siguió adelante, resistiéndose a la apagada sensación de... nada que solía embargarlo después de una batalla. Eran los peores momentos de todos, en los que aún recordaba estar vivo pero tenía que afrontar su regreso a lo mundano.

Se había perdido las ejecuciones. Sadeas ya había montado las cabezas del alto príncipe y sus oficiales en picas. A Sadeas siempre le había gustado el espectáculo. Dalinar pasó por delante de la lúgubre hilera negando con la cabeza y oyó una maldición murmurada de labios de su nuevo arquero. Tendría que hablar con el hombre, insistir en que al atacar a Dalinar antes, estaba disparando una flecha a un enemigo, y eso era digno de respeto. Pero si a continuación intentaba algo contra Dalinar o Sadeas, la situación sería muy distinta. Thakka ya debía de estar buscando la familia del hombre.

—¿Dalinar? —llamó una voz.

Refrenó su caballo y lo hizo girar hacia el sonido. Torol Sadeas, resplandeciente en una armadura esquirlada dorada que ya había lavado tras la batalla, se abrió paso entre un grupo de oficiales. El joven rubicundo parecía mucho mayor que solo un año antes. Cuando habían empezado con todo aquello, había sido un jovenzuelo desgarbado, pero ya no.

—Dalinar, ¿eso son flechas? ¡Padre Tormenta, pero si pareces un espino! ¿Qué te ha pasado en la cara?

—Un puño —respondió Dalinar, y luego señaló con la barbilla las cabezas en las picas—. Buen trabajo.

—Se nos ha escapado el príncipe heredero —dijo Sadeas—. Organizará una resistencia.

—Me impresionaría si lo hiciera —repuso Dalinar—, teniendo en cuenta lo que le he hecho yo a él. Sadeas se relajó a ojos vistas.

—Ay, Dalinar, ¿qué haríamos sin ti?

—Perder. Que alguien me traiga algo de beber y a un par de cirujanos. En ese orden. Ah, y Sadeas, he prometido que no saquearemos la ciudad. Nada de tomar esclavos tampoco.

—¿Has hecho qué? —casi gritó Sadeas—. ¿A quién se lo has prometido?

Dalinar señaló con el pulgar por encima del hombro al arquero.

—¿Otro más? —dijo Sadeas con un gemido.

—Tiene una puntería increíble —dijo Dalinar—. Y es leal.

Miró a un lado, donde los soldados de Sadeas habían reunido un grupo de mujeres sollozantes para que Sadeas eligiera entre ellas.

—Con las ganas que tenía de que llegara esta noche —comentó Sadeas.

—Y las que tenía yo de respirar por la nariz. Sobreviviremos. Que es más de lo que puede decirse de los chiquillos contra los que hemos luchado hoy.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Sadeas, y suspiró—. Supongo que podemos perdonar un pueblo. Como símbolo de que no somos despiadados del todo. —Volvió a mirar a Dalinar—. Tenemos que conseguirte unas esquirladas, amigo mío.

—¿Para protegerme?

—¿Protegerte? Tormentas, Dalinar, a estas alturas no estoy seguro de que pudiera matarte ni una avalancha. No, lo digo porque nos hace quedar mal a los demás que logres las cosas que logras yendo prácticamente desarmado.

Dalinar alzó los hombros. Sin esperar el vino ni a los cirujanos, guio su caballo de vuelta hacia su elite, para congregarla y reforzar la orden de impedir los saqueos en el pueblo. Cuando terminó, desmontó y llevó su caballo por el terreno humeante hasta su campamento.

Lo que podía vivir aquel día había terminado. Pasarían semanas, quizá incluso meses, antes de que tuviera otra oportunidad.

Sé que muchas mujeres que lean esto lo considerarán solo una prueba más de que soy el hereje impío que todos afirman.

De Juramentada, prólogo

Dos días después de que hallaran muerto a Sadeas, la tormenta eterna llegó de nuevo.

Dalinar recorrió sus aposentos en Urithiru, atraído por la tormenta antinatural. Pies descalzos sobre la fría roca. Pasó junto a Navani, que estaba sentada al escritorio trabajando de nuevo en sus memorias, y salió al balcón, que se alzaba sobre los acantilados que había debajo de Urithiru.

Sentía algo, una presión en los oídos, un frío más intenso de lo normal que llegaba desde el oeste. Y también otra cosa. Una gelidez interior.

—¿Eres tú, Padre Tormenta? —susurró—. ¿Esta sensación de pavor?

Eso que llega no es natural, dijo el Padre Tormenta. Es desconocido.

—¿No llegó antes, en las anteriores Desolaciones?

No. Es nuevo.

Como de costumbre, la voz del Padre Tormenta se oía lejana, como un trueno distante. El Padre Tormenta no siempre respondía a Dalinar, ni permanecía cerca de él. Pero era de esperar, ya que era el alma de la tormenta. No podía, ni debería, contenerse.

Y aun así, había una cierta petulancia casi infantil en la forma en que a veces hacía caso omiso a las preguntas de Dalinar. Parecía que, en ocasiones, lo hacía solo para que Dalinar no creyera que vendría siempre que se lo llamara.

Apareció en la lejanía la tormenta eterna, nubes negras iluminadas desde dentro por chisporroteantes relámpagos rojos. Por suerte, estaba lo bastante baja en el cielo para no alcanzar Urithiru. Cargaba como la caballería, arrollando a las tranquilas nubes ordinarias de abajo.

Dalinar se obligó a contemplar cómo aquella oleada de oscuridad fluía en torno a la meseta de Urithiru. Al poco tiempo su torre solitaria parecía un faro vigilando un mar oscuro y mortífero.

El silencio era inquietante. Esos relámpagos rojos no crepitaban ni atronaban como deberían. De vez en cuando se oía algún chasquido, crudo y sorprendente, como el de cien ramas partiéndose al mismo tiempo. Pero el sonido no parecía encajar con los fogonazos de luz roja que emergían de las profundidades.

De hecho, la tormenta era tan silenciosa que Dalinar pudo oír el revelador roce de tela cuando Navani se le acercó por detrás. Navani le pasó los brazos alrededor, se apretó contra su espalda y apoyó la cabeza en su hombro. Dalinar bajó la mirada un instante y reparó en que se había quitado el guante de la mano segura. Apenas se distinguía en la oscuridad, delgada, de preciosos y delicados dedos con las uñas pintadas de un rojo arrebatador. La vio a la luz de la Primera Luna en lo alto y los intermitentes destellos de la tormenta por debajo.

—¿Han llegado nuevas del oeste? —susurró Dalinar. La tormenta eterna avanzaba más despacio que una alta tormenta y había caído sobre Shinovar muchas horas antes. No recargaba esferas, ni aunque se dejaran expuestas durante toda la tormenta eterna.

—Las vinculacañas están que echan humo. Los monarcas están retrasando el momento de responder, pero sospecho que tardarán poco en darse cuenta de que tienen que escucharnos.

—Creo que subestimas la terquedad que puede dar una corona a quien la lleva, Navani.

Dalinar había capeado su buena cantidad de altas tormentas, sobre todo de joven. Había presenciado el caos de la muralla de tormenta empujando rocas y detritos por delante, los relámpagos que partían el cielo, el chasquido de los truenos. Las altas tormentas eran la expresión definitiva del poder de la naturaleza: salvajes, sin domesticar, enviadas para recordar a la humanidad su insignificancia.

Pero las altas tormentas nunca parecían llenas de odio. Aquella otra tormenta era distinta. Daba una sensación vengativa.

Con la mirada fija en la negrura de abajo, a Dalinar le pareció visualizar lo que había hecho la tormenta. Una secuencia de impresiones, arrojadas a él con furia. Las experiencias de la tormenta en su lento paso por Roshar.

Casas hechas pedazos, chillidos de sus ocupantes reclamados por la tempestad.

Gente atrapada en sus campos, corriendo presa del pánico por una tormenta inesperada.

Ciudades acribilladas de relámpagos. Pueblos sumidos en la sombra. Campos arrasados y estériles.

Y vastos mares de brillantes ojos rojos, despertando como esferas renovadas de pronto con luz tormentosa.

Dalinar soltó una larga exhalación siseante mientras las impresiones remitían.

—¿Eso era real? —susurró.

Sí, dijo el Padre Tormenta. El enemigo cabalga en esta tormenta. Y sabe de ti, Dalinar.

No había sido una visión del pasado, ni tampoco alguna posibilidad futura. Su reino, su pueblo, su mundo entero estaba bajo ataque. Respiró hondo. Por lo menos, aquella no era la singular tempestad que habían sufrido cuando la tormenta eterna topó contra la alta tormenta la primera vez. Parecía menos poderosa. No derrumbaría ciudades, pero sí desataría la destrucción en ellas... y los vientos atacarían en ráfagas, hostiles, incluso deliberadas.

El enemigo parecía más interesado en caer sobre los pueblos pequeños. Los campos. La gente desprevenida.

Aunque no era tan destructiva como Dalinar había temido, la tormenta provocaría millares de muertes. Quebraría las ciudades, sobre todo las expuestas al oeste. Y lo más importante, se llevaría los trabajadores parshmenios y los convertiría en Portadores del Vacío, sueltos entre civiles.

Sumándolo todo, aquella tormenta se cobraría de Roshar un precio en sangre que no se había visto desde... bueno, desde las Desolaciones.

Alzó la mano para coger la de Navani, que a su vez se cerró en torno a la suya.

—Has hecho lo que has podido, Dalinar —susurró ella después de estar mirando un tiempo—. No te empeñes en cargar con ese fracaso a la espalda.

—No lo haré.

Navani lo soltó y le hizo dar la vuelta, apartarse de la visión de la tormenta. Llevaba puesto un fino batín, inadecuado para llevar en público pero tampoco precisamente inmodesto.

Excepto por la mano con la que le empezó a acariciar el mentón, mientras susurraba:

—No te creo, Dalinar Kholin. Sé leer la verdad en la tensión de tus músculos, en la mandíbula crispada. Y sé que, si te estuviera aplastando un peñasco, insistirías en que lo tienes bajo control y pedirías ver los informes de campo de tus hombres.

Su aroma era embriagador. Y aquellos hipnóticos y brillantes ojos violetas...

—Tienes que relajarte, Dalinar —dijo ella.

—Navani... —dijo él.

Ella lo miró, interrogativa, tan hermosa. Mucho más preciosa que cuando eran jóvenes. Dalinar estaría dispuesto a jurarlo, porque ¿cómo se podía ser la mitad de hermosa que la mujer que tenía delante?

Le puso la mano en la nuca y atrajo la boca de Navani hacia la suya. La pasión despertó en él. Navani apretó el cuerpo contra el suyo, presionando con los pechos a través del fino batín. Dalinar bebió de sus labios, su boca, su aroma. Los pasionspren revolotearon a su alrededor como cristalinos copos de nieve.

Dalinar se obligó a parar y dio un paso atrás.

—Dalinar —dijo ella mientras él se apartaba—. Tu enconado rechazo a dejarte seducir me está haciendo dudar de mis argucias femeninas.

—El control es importante para mí, Navani —respondió él con la voz ronca. Se agarró con fuerza a la barandilla de piedra de la terraza—. Ya sabes cómo era, en qué me convertía, cuando era un hombre sin control. No voy a renunciar a él ahora.

Navani suspiró y se acercó a su lado, le separó un brazo de la pierna y se metió debajo.

—No voy a presionarte, pero necesito saberlo. ¿Es así como va a seguir siendo esto? ¿Coquetear, bailar en el límite?

—No —dijo él, con la mirada perdida en la oscuridad de la tormenta—. Sería un ejercicio fútil. Un general sabe que no debe comprometerse en batallas que no puede ganar.

—¿Qué, entonces?

—Encontraré la forma de hacerlo bien. Con juramentos.

Los juramentos eran cruciales. La promesa, el acto de quedar unidos.

—¿Cómo? —preguntó ella, y le dio un golpecito en el pecho—. Yo soy la mujer más religiosa del mundo... o más que la mayoría, al menos. Pero Kadash nos ha rechazado, igual que Ladent y hasta Rushu. Ella dio un gañido cuando le saqué el tema y literalmente salió corriendo.

—Es por Chanada —dijo Dalinar, refiriéndose a la superior fervorosa de los campamentos de guerra—. Habló con Kadash e hizo que él fuera a los demás fervorosos. Supongo que fue nada más se enteró de nuestro cortejo.

—Por tanto, ningún fervoroso querrá casarnos —dijo Navani—. Nos consideran hermanos. Te esfuerzas por encontrar un acomodo imposible y, como sigas así, alguna dama empezará a preguntarse si de verdad te importa.

—¿Alguna vez has pensado eso? —preguntó Dalinar—. Sé sincera.

—Bueno, no.

—Tú eres la mujer que amo —dijo Dalinar, atrayéndola hacia él—. Una mujer a la que siempre he amado.

—Entonces, ¿qué más da? —replicó ella—. Por mí, los fervorosos pueden irse a la Condenación dando saltitos con cintas en los tobillos.

—Serás blasfema.

—No soy yo quien va diciendo a todo el mundo que Dios ha muerto.

—No a todo el mundo —protestó Dalinar.

Suspiró, la soltó con reparos y regresó a sus aposentos, donde un brasero de carbón daba una bienvenida calidez, además de la única luz de la estancia. Habían recuperado su fabrial calefactor de los campamentos de guerra, pero aún no tenían la suficiente luz tormentosa para activarlo. Las eruditas habían encontrado largas cadenas y jaulas, que por lo visto se usaban para hacer descender esferas a las tormentas, así que podrían recargar sus esferas... si en algún momento regresaban las altas tormentas. En otras partes del mundo el Llanto había empezado y luego se había ido interrumpiendo. Quizá se reanudara. O quizá arrancaran las tormentas en sí. Nadie lo sabía, y el Padre Tormenta se negaba a iluminar a Dalinar al respecto.

Navani entró tras él, cerró las gruesas cortinas de la terraza y las dejó atadas con nudos firmes. La habitación estaba atestada de muebles, con sillas a lo largo de las paredes y alfombras enrolladas amontonadas sobre ellas. Hasta había un espejo de cuerpo entero. Las imágenes de vientospren serpenteantes que tenía en los lados tenían el distintivo aspecto redondeado de algo tallado en cera de gorgojo y luego incrustado en la dura madera mediante el moldeado de almas.

Habían dejado todas esas cosas allí para él, como si les preocupara que su alto príncipe pudiera vivir en un sencillo cuarto de piedra.

—Mañana haremos que despejen esto —dijo Dalinar—. Cabrá bien en la habitación de al lado, y así podemos convertirla en sala de estar o sala común.

Navani asintió con la cabeza mientras se sentaba en un sofá, y Dalinar la vio reflejada en el espejo, con la mano aún desvestida como si nada y el batín caído por un lado, revelando el cuello, la clavícula y parte de lo de debajo. No intentaba ser seductora en esos momentos; sencillamente, estaba cómoda con él. Era una intimidad familiar, superado el punto en que la habría incomodado que Dalinar la viera sin cubrir.

Era bueno que uno de los dos estuviera dispuesto a llevar la iniciativa en la relación. Por muy impaciente que fuese Dalinar a la hora de avanzar en el campo de batalla, en esa otra área siempre había necesitado que lo animaran. Igual que tantos años antes.

—Cuando estuve casado —dijo Dalinar en voz baja— hice mal muchas cosas. Ya empecé mal.

—Yo no diría tanto. Te casaste con Shshshsh por su armadura esquirlada, pero muchos matrimonios son políticos. No significa que hicieras mal. Recordarás que te animamos todos.

Como siempre, cuando se pronunciaba el nombre de su difunta esposa, la palabra se reemplazaba en su mente por el sibilante sonido de una brisa. El nombre no lograba fijarse en su mente, igual que nadie podía aferrarse a una ráfaga de viento.

—No pretendo sustituirla, Dalinar —dijo Navani, en un repentino tono de preocupación—. Sé que aún guardas afecto a Shshshsh, y no pasa nada. Puedo compartirte con su recuerdo.

Ay, qué poco lo entendían todos. Se volvió hacia Navani, tensó la mandíbula ante el dolor y lo dijo.

—No la recuerdo, Navani.

Ella lo miró ceñuda, como si temiera no haberlo oído bien.

—No recuerdo a mi esposa en absoluto —explicó él—. No sé cómo era su cara. Veo los retratos de ella como borrones y manchas. Su nombre escapa de mí cuando se pronuncia, como si alguien lo atrapara y se lo llevara. No recuerdo lo que nos dijimos al conocernos. Ni siquiera recuerdo verla aquella noche al este, cuando llegó por primera vez. Es todo una neblina. Recuerdo algunos acontecimientos relacionados con mi esposa, pero ningún detalle concreto. Todo ha... desaparecido sin más.

Navani se llevó los dedos de la mano segura a la boca, y por cómo se le arrugó la frente de preocupación, Dalinar supuso que debía de estar viéndolo sufrir mucho.

Se dejó caer en una silla delante de ella.

—¿El alcohol? —preguntó Navani con suavidad.

—Algo más.

Navani soltó una bocanada de aire.

—La Antigua Magia. Dijiste que conocías tanto tu don como tu maldición.

Él asintió.

—Oh, Dalinar.

—La gente me echa miradas cuando sale su nombre —siguió diciendo Dalinar—, y siempre es con cara de pena. Me ven con la expresión tensa y suponen que estoy siendo estoico. Me atribuyen un dolor oculto cuando en realidad solo intento mantenerme a la altura. Cuesta seguir una conversación cuando la mitad de ella no te llega al cerebro.

»Navani, quizá con el tiempo sí llegué a amarla. No me acuerdo. No recuerdo ni un solo momento íntimo, ni una pelea, ni siquiera una sola palabra que me dijera jamás. Ha desaparecido, dejando escombros que me enturbian la memoria. No me acuerdo de cómo murió. Y eso sí que me escama, porque hay partes de ese día que sé que debería recordar. ¿Algo sobre una ciudad que se rebeló contra mi hermano, sobre mi esposa capturada como rehén?

Eso y una larga marcha de vuelta en solitario, con el odio y la Emoción por únicos compañeros. Recordaba esas emociones con nitidez. Había llevado la venganza a quienes le habían arrebatado a su mujer.

Navani pasó al asiento contiguo al de Dalinar y le apoyó la cabeza en el hombro.

—Ojalá pudiera crear un fabrial que se llevara esa clase de dolor —susurró.

—Creo... creo que perderla debió de dolerme horrores —dijo Dalinar en voz baja—, por lo que me impulsó a hacer. Solo me quedan las cicatrices. Pero de todos modos, Navani, quiero hacerlo bien con nosotros. Sin errores. Como debe ser, con juramentos a ti pronunciados ante alguien.

—Meras palabras.

—Las palabras son lo más importante de mi vida ahora mismo.

Navani abrió los labios, pensativa.

—¿Elhokar?

—No querría ponerlo en esa tesitura.

—¿Un sacerdote extranjero? ¿Azishiano, tal vez? Vienen a ser casi vorin.

—Eso equivaldría a declararme hereje. Sería pasarnos. No quiero desafiar a la Iglesia Vorin. —Titubeó un momento—. Pero sí que estaría dispuesto a saltármela.

—¿Qué? —preguntó ella.

Dalinar miró hacia arriba, al techo.

—Podemos recurrir a alguien con más autoridad que ellos.

—¿Quieres que nos case un spren? —dijo ella con tono divertido—. ¿Crees que un sacerdote extranjero sería una herejía y un spren no?

—El Padre Tormenta es el mayor remanente de Honor —argumentó Dalinar—. Es una astilla del mismísimo Todopoderoso y lo más cercano a un dios que nos queda.

—No, si no me opongo —dijo Navani—. Por mí, podría casarnos un friegaplatos despistado. Solo me parece que es un poco inusual.

—Es lo mejor que podemos conseguir, suponiendo que esté dispuesto. —Miró a Navani, enarcó las cejas y se encogió de hombros.

—¿Eso es una petición?

—Eh... ¿sí?

—Dalinar Kholin —dijo ella—. Estoy segura de que se te puede dar mejor.

Él le llevó la mano en la nuca y acarició su cabello negro, que se había dejado suelto.

—¿Mejor que tú, Navani? No, no creo que se me pueda dar mejor. No creo que ningún hombre haya tenido jamás una oportunidad mejor que esta.

Navani sonrió y respondió solo con un beso.

Dalinar fue presa de un sorprendente nerviosismo cuando, varias horas más tarde, ascendía en uno de los extraños fabriales elevadores de Urithiru hacia la cima de la torre. El ascensor se parecía a una terraza de las muchas que sobresalían al inmenso hueco abierto en el centro de Urithiru, una columna de vacío amplia como un salón de baile que se extendía desde el primer piso al último.

Los anillos de la ciudad, aunque parecían circulares vistos desde delante, en realidad eran más bien semicírculos, con las caras planas mirando hacia el este. Los bordes de los niveles inferiores se fundían con las montañas a ambos lados, pero el centro estaba abierto al este. Las habitaciones que daban a ese lado plano tenían ventanas con vistas al Origen.

Y allí, en aquel hueco central, las ventanas componían una pared entera. Una sola lámina de cristal puro y continuo, de decenas y decenas de metros de altura. De día, dejaba pasar la brillante luz solar al hueco. En ese momento dejaba pasar la tiniebla de la noche.

La terraza ascendió sin descanso por una zanja vertical en la pared. Dalinar subía con Adolin y Renarin, además de unos cuantos guardias y Shallan Davar. Navani esperaba arriba. El grupo se había apartado hacia los extremos de la terraza, dejándole espacio para pensar. Y para ponerse nervioso.

¿Por qué tenía que estar nervioso? A duras penas evitaba que le temblaran las manos. ¡Tormentas! Cualquiera lo tomaría por un virgen vestido de seda y no por un general bien entrado en su mediana edad.

Sintió un estruendo en las profundidades de su ser. El Padre Tormenta estaba mostrándose receptivo de momento, cosa que agradecía.

—Me sorprende que aceptes esto de tan buen grado —susurró Dalinar al spren—. Me alegro, pero aun así me sorprende.

Yo respeto todos los juramentos, respondió el Padre Tormenta.

—¿Y los juramentos necios, los hechos deprisa y corriendo o desde la ignorancia?

No hay juramento necio. Todos ellos son lo que distingue al hombre y el auténtico spren de los animales y los infraspren. La marca de la inteligencia, el libre albedrío y la elección.

Dalinar meditó sobre aquello y descubrió que no le sorprendía escuchar una opinión tan extrema. Los spren debían ser extremos: no en vano eran fuerzas de la naturaleza. Pero ¿sería así como había pensado el propio Honor, el Todopoderoso?

La terraza siguió su inexorable camino hacia la cima de la torre. Solo funcionaba un puñado de las docenas de ascensores, pero en el apogeo de Urithiru sin duda habrían ido todos en marcha al mismo tiempo. Ascendieron un nivel tras otro de espacio inexplorado, lo que molestaba a Dalinar. Convertir aquella torre en su fortaleza estaba siendo como acampar en territorio desconocido.

El ascensor por fin llegó al piso superior y sus guardias se apresuraron a abrir las puertas. En los últimos tiempos procedían del Puente Trece, pues Dalinar había asignado otras responsabilidades al Puente Cuatro. Lo consideraba demasiado importante para las simples tareas de vigilancia, desde que sus miembros estaban cerca de convertirse en Radiantes.

Cada vez más ansioso, Dalinar abrió el paso entre unas columnas talladas con representaciones de las órdenes de Radiantes. Unos escalones lo llevaron hasta una trampilla por la que salió al mismo techo de la torre.

Aunque cada anillo era más pequeño que el inferior, el techo seguía teniendo más de cien metros de diámetro. Allí arriba hacía frío, pero alguien había encendido braseros para dar calor y antorchas para dar luz. Era una noche impresionantemente clara, y en lo alto los estrellaspren revoloteaban y zigzagueaban componiendo lejanos patrones.

Dalinar no estaba seguro de cómo tomarse que nadie, ni siquiera sus hijos, lo hubiera cuestionado al anunciar su intención de casarse en plena noche, en el techo de la torre. Localizó a Navani y se sorprendió al ver que había encontrado una diadema de novia tradicional. La intricada tiara complementaba su vestido de boda. Era rojo para que diera suerte, con bordados de oro y mucho más suelto que la havah, con amplias mangas y una elegante caída.

¿Dalinar debería haber buscado también algo más tradicional que ponerse? De pronto se sintió como un polvoriento y vacío marco colgado junto al bello cuadro que era Navani en sus galas nupciales.

Elhokar estaba de pie junto a ella, envarado, con un formal chaquetón dorado y una takama suelta por debajo. Estaba más pálido que de costumbre después del intento fallido de asesinato durante el Llanto, cuando casi se había desangrado. Últimamente necesitaba descansar mucho.

Aunque habían decidido prescindir de la extravagancia de las bodas tradicionales alezi, tenían algunos invitados: el brillante señor Aladar y su hija, Sebarial y su amante. Kalami y Teshav como testigos. Sintió alivio al verlas allí, porque había temido que Navani no lograra encontrar a mujeres dispuestas a certificar la boda.

Completaban la breve procesión unos pocos escribas y oficiales de Dalinar. Al mismo fondo del grupo reunido entre los braseros, distinguió un rostro sorprendente. Kadash, el fervoroso, había acudido en respuesta a su petición. Su cara barbuda y llena de cicatrices no expresaba la menor satisfacción, pero se había presentado. Buena señal. Quizá con todo lo demás que sucedía en el mundo, que un alto príncipe se casara con su cuñada viuda no provocaría demasiado revuelo.

Dalinar fue hasta Navani y la tomó de las manos, una embozada en una manga y la otra cálida al contacto.

—Estás impresionante —le dijo—. ¿Cómo has encontrado todo eso?

—Una dama debe estar preparada.

Dalinar miró a Elhokar, que inclinó la cabeza. «Esto enturbiará aún más la relación entre nosotros», pensó Dalinar, e interpretó el mismo sentimiento en las facciones de su sobrino.

A Gavilar no le habría gustado la forma en que se había tratado a su hijo. Pese a sus mejores intenciones, Dalinar había pisoteado al chico y había asumido el poder. El tiempo de recuperación de Elhokar había empeorado la situación, ya que había permitido a Dalinar acostumbrarse a tomar decisiones sin consultarlas.

Sin embargo, Dalinar estaría mintiéndose a sí mismo si se dijera que ahí había empezado todo. Sus actos habían sido por el bien de Alezkar, por el bien de todo Roshar, pero eso no quitaba que, paso a paso, hubiera usurpado el trono a pesar de estar diciendo todo el tiempo que no tenía la menor intención de hacerlo.

Dalinar soltó una mano de Navani y la apoyó en el hombro de su sobrino.

—Lo lamento, hijo —dijo.

—Siempre lo lamentas, tío —replicó Elhokar—. No es que eso te detenga, pero supongo que tampoco debería. Tu vida se define por decidir lo que quieres y hacerte con ello. Los demás podríamos aprender algo de eso, con solo que encontráramos la forma de mantenerte el ritmo.

Dalinar hizo una mueca.

—Tengo asuntos que tratar contigo, planes que tal vez te gusten. Pero esta noche solo te pido tu bendición, si te ves capaz de dármela.

—Esto hará feliz a mi madre —dijo Elhokar—, así que adelante.

Elhokar besó a su madre en la frente y los dejó dando zancadas por el techo. Al principio Dalinar temió que el rey se marchara hacia abajo, pero se detuvo junto a uno de los braseros más alejados y se calentó las manos.

—Bueno —dijo Navani—, lo único que falta es tu spren, Dalinar, si es que al final va a...

Un fuerte viento corrió por el techo de la torre, trayendo el aroma a lluvia reciente, a piedra mojada y a ramas rotas. Navani ahogó un grito de sorpresa y se apretó contra Dalinar.

Emergió una presencia en el cielo. El Padre Tormenta lo abarcaba todo, su rostro extendido entre horizonte y horizonte, observando a los humanos con gesto imperioso. El aire adquirió una extraña calma y todo salvo la cima de la torre pareció difuminarse. Era como si hubieran caído a un lugar apartado del propio tiempo.

Tanto los ojos claros como los guardias murmuraron o dieron voces. Incluso Dalinar, que ya esperaba que ocurriera, se descubrió dando un paso atrás y tuvo que reprimir el impulso de encogerse ante el spren.

LOS JURAMENTOS SON EL ALMA DE LA RECTITUD, atronó el Padre Tormenta. SI ES VUESTRO DESTINO SOBREVIVIR A LA TEMPESTAD QUE SE AVECINA, LOS JURAMENTOS DEBERÁN GUIAROS.

—No me incomodan los juramentos, Padre Tormenta —respondió al cielo Dalinar—, como bien sabes.

CIERTO. ERES EL PRIMERO QUE ME VINCULA EN MILENIOS. De algún modo, Dalinar sintió que la atención del spren pasaba a Navani. Y TÚ, ¿LOS JURAMENTOS OSTENTAN SIGNIFICADO PARA TI?

—Los juramentos adecuados —dijo Navani.

¿Y TU JURAMENTO A ESTE HOMBRE?

—A él le juro, como te juro a ti y a quienquiera que me escuche, que Dalinar Kholin es mío y yo soy suya.

HAS ROTO JURAMENTOS EN OTRAS OCASIONES.

—Como todo el mundo —repuso Navani sin inmutarse—. Somos frágiles e insensatos. Este no lo romperé. Hago voto de ello.

El Padre Tormenta pareció satisfecho con su respuesta, aunque se alejaba mucho de un voto nupcial alezi clásico.

¿FORJADOR DE VÍNCULOS?

—Pronuncio el mismo juramento —dijo Dalinar, cogiéndola de la mano—. Navani Kholin es mía y yo soy suyo. La amo.

QUE ASÍ SEA.

Dalinar había esperado truenos, relámpagos, algún tipo de signo triunfal en el cielo. En lugar de ello, la atemporalidad cesó. El viento remitió. El Padre Tormenta se desvaneció. Por encima de las cabezas de todos los invitados surgieron los anillos de humo azulado de los asombrospren, pero no sobre la de Navani. Ella estaba rodeada de glorispren, luces doradas que rotaban por encima de ella. Cerca de ellos, Sebarial se frotó una sien como si intentara comprender lo que había visto. Los nuevos guardias de Dalinar flaquearon, con un repentino aspecto cansado.

Adolin, que no dejaba de ser Adolin, soltó un hurra. Corrió hacia ellos, dejando atrás un rastro de alegrespren con forma de hojas azules que se apresuraban a seguirlo. Dio fuertes abrazos a Dalinar y después a Navani. Lo siguió Renarin, más reservado pero, a juzgar por la amplia sonrisa que traía, igualmente complacido.

La siguiente parte se convirtió en un batiburrillo de manos estrechadas y palabras de agradecimiento. De insistir en que no había necesidad de hacer regalos, ya que se habían saltado esa parte de la ceremonia tradicional. Por lo visto, el dictamen del Padre Tormenta había sido lo bastante teatral para que todos lo aceptaran. Incluso Elhokar, a pesar de su anterior disgusto, dio a su madre un abrazo y a Dalinar un agarrón de hombro antes de retirarse hacia abajo.

Solo faltaba Kadash. El fervoroso esperó hasta el final. Se quedó con las manos juntas por delante mientras la cima de la torre se vaciaba.

A Dalinar siempre le había parecido que Kadash no encajaba en su túnica. Aunque llevaba la barba recortada con la tradicional forma cuadrada, lo que Dalinar veía al mirarlo no era un fervoroso. Era un soldado, de complexión esbelta, postura peligrosa y unos atentos ojos de color violeta claro. Tenía una vieja cicatriz torcida que le llegaba a la coronilla de su cabeza afeitada y la rodeaba. Quizá la vida de Kadash hubiera pasado a ser de paz y servicio, pero su juventud la había dedicado a la guerra.

Dalinar susurró una promesa a Navani y ella lo dejó para bajar al nivel inferior, donde había ordenado que se sirviera comida y vino. Dalinar se aproximó a Kadash, confiado. Lo embargaba el placer de haber hecho por fin lo que tanto tiempo llevaba posponiendo. Estaba casado con Navani. Era un deleite que había dado por perdido desde su juventud, un resultado que ni siquiera se había permitido soñar que alcanzaría.

No pensaba disculparse por él, ni por ella.

—Brillante señor —saludó Kadash en voz baja.

—¿Formalismos, viejo amigo?

—Ojalá pudiera haber venido solo como un viejo amigo —dijo Kadash con suavidad—. Tengo que informar de esto, Dalinar. Al fervor no va a hacerle ninguna gracia.

—Pero no podrán rechazar mi matrimonio si el Padre Tormenta en persona ha bendecido la unión.

—¿Un spren? ¿Esperas que aceptemos la autoridad de un spren?

—Un remanente del Todopoderoso.

—Dalinar, eso es una blasfemia —dijo Kadash con dolor en la voz.

—Kadash, sabes que no soy un hereje. Has luchado junto a mí.

—¿Y se supone que eso debe tranquilizarme? ¿Los recuerdos de las cosas que hicimos juntos, Dalinar? Aprecio al hombre en el que te has convertido; deberías evitar recordarme al hombre que fuiste una vez.

Dalinar se quedó callado y un recuerdo emergió de lo más profundo de su mente, algo en lo que llevaba años sin pensar. Un recuerdo que lo sorprendió. ¿De dónde había salido?

Recordó a Kadash ensangrentado, arrodillado en el suelo después de vomitar hasta la primera papilla. Un soldado encallecido que había presenciado algo tan vil que lo había perturbado hasta a él.

El día siguiente había dejado el ejército para hacerse fervoroso.

—La Grieta —susurró Dalinar—. Rathalas.

—No hay que remover los tiempos oscuros —dijo Kadash—. El problema no es... ese día, Dalinar. Es lo de hoy, y las cosas que vas diciendo a las escribas. La narración de esas visiones tuyas.

—Mensajes sagrados —dijo Dalinar, sintiendo frío—. Enviados por el Todopoderoso.

—¿Mensajes sagrados que afirman que el Todopoderoso está muerto? —preguntó Kadash—. ¿Y, para colmo, en la víspera del retorno de los Portadores del Vacío? Dalinar, ¿es que no ves la imagen que da eso? Yo soy tu fervoroso, según la ley tu esclavo. Y sí, quizá todavía tu amigo. He intentado explicar a los concilios de Kharbranth y Jah Keved que tienes buena intención. He dicho a los fervorosos del Santo Enclave que evocas los tiempos en que los Caballeros Radiantes eran puros y no su posterior corrupción. Les he asegurado que no tienes ningún control sobre esas visiones.

»Pero Dalinar, eso era antes de que empezaras a predicar que el Todopoderoso está muerto. Eso ya los cabrea bastante, ¡y tú vas y desafías los convencionalismos, escupes en la cara a los fervorosos! Personalmente, no creo que tenga importancia que te cases con Navani. Esa prohibición está anticuada, desde luego. Pero lo que has hecho esta noche...

Dalinar hizo ademán de poner una mano en el hombro de Kadash, pero el fervoroso se apartó.

—Viejo amigo —dijo Dalinar en voz baja—, Honor puede estar muerto, pero he sentido... otra cosa. Algo que hay más allá. Un calor y una luz. No es que Dios haya muerto, es que el Todopoderoso nunca fue Dios. Hizo lo que pudo para guiarnos, pero era un impostor, o quizá solo un agente. Un ser no muy distinto de los spren, con el poder de un dios pero sin su pedigrí.

Kadash lo miró ensanchando los ojos.

—Por favor, Dalinar, no repitas jamás lo que acabas de decir. Creo que podré justificar lo ocurrido esta noche. Tal vez. Pero no pareces comprender que vas a bordo de un barco que apenas se mantiene a flote en la tormenta, ¡y te empeñas en bailar y brincar en la proa!

—No voy a callarme la verdad si la hallo, Kadash —dijo Dalinar—. Acabas de ver que estoy vinculado a un spren de los juramentos. No me atrevo a mentir.

—No creo que vayas a mentir, Dalinar —repuso Kadash—, pero sí que puedes cometer errores. No olvides que estuve allí. No eres infalible.

«¿Allí? —pensó Dalinar mientras Kadash retrocedía, hacía una inclinación y daba media vuelta para retirarse—. ¿Qué recuerda él que yo no puedo?»

Dalinar lo vio marcharse. Al cabo de un momento, sacudió la cabeza y bajó para unirse al banquete nocturno, con la intención de terminar cuanto antes, mejor. Necesitaba pasar un tiempo con Navani.

Con su esposa.

Puedo señalar con exactitud el momento en que decidí sin la menor duda que esta crónica debía escribirse. Pendía entre reinos, contemplando Shadesmar, el reino de los spren, y más allá.

De Juramentada, prólogo

Kaladin cruzó con paso trabajoso un campo de silenciosos rocabrotes, muy consciente de que llegaba demasiado tarde para impedir un desastre. Su fracaso lo hundía con una sensación casi física, como el peso de un puente que estaba obligado a llevar en solitario.

Después de pasar tanto tiempo en la parte oriental de las tierras de tormentas, casi había olvidado la visión de un terreno fértil. Allí los rocabrotes crecían hasta casi el tamaño de toneles, con enredaderas gruesas como su muñeca que se extendían y lamían el agua acumulada en los huecos de la piedra. Campos enteros de vibrante hierba verde, de un metro largo de altura estando erguida, se replegaban en sus grietas ante él. El prado estaba salpicado de brillantes vidaspren, como motas de polvo verde.

La hierba en las inmediaciones de las Llanuras Quebradas apenas le había llegado al tobillo, y, sobre todo, crecía en acumulaciones amarillentas a sotavento de las colinas. Kaladin se sorprendió desconfiando de aquella hierba más alta, más exuberante. Si alguien pretendía tenderle una emboscada, solo tenía que agacharse y esperar a que la hierba volviera a alzarse. ¿Cómo podía ser que nunca lo hubiera pensado? Había corrido por campos como aquel jugando a pillar con su hermano, compitiendo para ver quién era lo bastante rápido para agarrar manojos de hierba antes de que se ocultara.

Kaladin se sentía drenado. Consumido. Cuatro días antes, había viajado por la Puerta Jurada hasta las Llanuras Quebradas y había echado a volar a gran velocidad hacia el noroeste. Lleno hasta reventar de luz tormentosa y cargando con mucha más en gemas, había pretendido llegar a su tierra natal, Piedralar, antes de que regresara la tormenta eterna.

Después de solo medio día, se le había terminado la luz tormentosa en algún lugar del principado de Aladar. Desde entonces, caminaba. Quizá hubiera logrado llegar volando hasta Piedralar si dominara mejor sus poderes. Tal y como estaban las cosas, había recorrido bastante más de mil quinientos kilómetros en solo medio día, pero el último tramo (de unos ciento cincuenta kilómetros) le había costado tres jornadas agotadoras.

No había ganado la carrera a la tormenta eterna, que había caído un poco antes, alrededor del mediodía.

Kaladin reparó en unos desechos que asomaban de la hierba y fue hacia ellos con esfuerzo. El obediente follaje se retrajo ante él, revelando una mantequera de madera rota, de las que se usaban para convertir la leche de cerda en mantequilla. Kaladin se acuclilló, posó los dedos en la madera astillada y otro pedazo de madera que sobresalía de la hierba atrajo sus ojos.

Syl descendió revoloteando junto a su cabeza en forma de lazo de luz y se puso a dar vueltas alrededor del tablón.

—Es el borde de un tejado —dijo Kaladin—, el saliente que cae a sotavento de los edificios. —Seguramente sería de un cobertizo, a juzgar por los demás restos.

Alezkar no estaba situada en las tierras de tormentas más duras, pero tampoco era ningún vergel occidental. Allí los edificios se construían bajos y robustos, con las fachadas más resistentes hacia el este, hacia el Origen, como el hombro de un hombre dispuesto a absorber la fuerza de un impacto. Las ventanas solo podían estar en la cara de sotavento, la occidental. Al igual que la hierba y los árboles, la humanidad había aprendido a capear las tormentas.

Pero eso dependía de que las tormentas soplaran siempre en la misma dirección. Kaladin había hecho todo lo posible para preparar los pueblos por donde pasaba para la tormenta eterna que se avecinaba, que llegaría en sentido opuesto y transformaría a los parshmenios en destructivos Portadores del Vacío. Pero en aquellos pueblos nadie tenía vinculacañas que funcionaran, de modo que no había podido establecer contacto con su hogar.

No había sido lo bastante rápido. Unas horas antes, se había refugiado de la tormenta eterna en un sepulcro que había vaciado de roca usando su hoja esquirlada, la propia Syl, que podía manifestarse como cualquier arma que Kaladin deseara. En realidad, la tormenta no había sido ni por asomo tan espantosa como la anterior, durante la que había combatido al Asesino de Blanco. Pero los escombros que acababa de hallar demostraban que sí había sido bastante violenta.

El mero recuerdo de aquella tormenta roja fuera de su refugio le provocó una oleada de pánico. La tormenta eterna era ajena, antinatural, como un bebé nacido sin rostro. Algunas cosas no deberían existir, y punto.

Se levantó y siguió su camino. Se había cambiado de uniforme antes de marcharse, porque el anterior estaba ensangrentado y hecho jirones. Llevaba puesto un uniforme Kholin genérico. No le gustaba no llevar el símbolo del Puente Cuatro.

Coronó una colina y divisó un río a su derecha. Habían brotado retoños a lo largo de sus orillas, sedientos de más agua. Debía de ser el arroyo del Cojo, así que si miraba directamente al oeste...

Haciéndose visera con la mano alcanzó a ver unas colinas que alguien había despojado de hierba y rocabrotes. Pronto se untarían con semillacrem y empezarían a crecer pólipos de lavis, pero aún no se había hecho. En teoría era la época del Llanto y debería estar cayendo una lluvia suave y constante.

Syl ascendió delante de él como una cinta de luz.

—Vuelves a tener los ojos marrones —comentó.

Hacían falta unas pocas horas sin invocar su hoja esquirlada. Cuando lo hiciera, sus ojos perderían tono hasta quedar de un cristalino azul claro, casi brillante. Syl encontraba fascinante la variación, pero Kaladin aún no se había formado una opinión al respecto.

—Estamos cerca —dijo Kaladin, señalando—. Esos campos pertenecen a Sabecojo. Deben de faltarnos unas dos horas para Piedralar.

—¡Y habrás vuelto a casa! —exclamó Syl mientras su luz trazaba una espiral y adoptaba la forma de una joven con una havah de falda suelta, abotonada y prieta por encima de la cintura y con la mano segura cubierta.

Kaladin hizo un sonido gutural y bajó la cuesta, anhelando aunque fuese un poco de luz tormentosa. Estar sin ella después de haber tenido tanta era como tener un vacío cavernoso en su interior. ¿Se sentiría igual cada vez que se le terminara?

La tormenta eterna no había imbuido sus esferas, por supuesto. Ni de luz tormentosa ni de ninguna otra energía, como había temido que ocurriera.

—¿Te gusta el vestido nuevo? —preguntó Syl, moviendo la mano segura cubierta mientras flotaba en el aire.

—Te queda raro.

—Pues que sepas que le he estado dando mil vueltas. He dedicado horas, ¡horas enteras!, pensando en la forma de... ¡Anda! ¿Qué es eso?

Se transformó en una pequeña nube de tormenta que salió disparada hacia un lurg que había en una piedra. Inspeccionó al anfibio del tamaño de un puño desde un lado y luego desde el otro, antes de dar un gritito gozoso y convertirse en una imitación perfecta del animal, solo que de color azul blanquecino. La criatura se asustó al verla y Syl dio una risita mientras regresaba rauda hacia Kaladin en forma de cinta de luz.

—¿Qué estábamos diciendo? —preguntó, volviendo a adoptar la apariencia de una joven y posándose en su hombro.

—Nada importante.

—Estoy segurísima de que reñía por algo. ¡Ah, sí, que vuelves a casa! ¡Yuju! ¿No estás emocionado?

Syl no lo veía, no se daba cuenta. A veces, por muy curiosa que fuese, no se enteraba de nada.

—Pero... es tu hogar... —dijo Syl. Se acurrucó—. ¿Qué ocurre?

—La tormenta eterna, Syl —respondió Kaladin—. Teníamos que llegar antes que ella. Necesitábamos llegar antes que ella.

Tenía que haber algún superviviente, ¿verdad? ¿De la furia de la tormenta y la furia más peligrosa de después? ¿De la violencia asesina de sirvientes convertidos en monstruos?

Oh, Padre Tormenta, ¿por qué no había llegado antes?

Se obligó a redoblar el paso de nuevo, con el jubón al hombro. El peso seguía siendo enorme, abrumador, pero Kaladin descubrió que tenía que saberlo. Tenía que verlo.

Alguien tenía que ser testigo de lo que le había ocurrido a su hogar.

La lluvia regresó cuando estaban más o menos a una hora de distancia de Piedralar, por lo que al menos el clima no estaba desbaratado del todo. Por desgracia, también significaba que tendría que recorrer el resto del camino empapado. Pisó charcos en los que crecían lluviaspren, velas azules con ojos en la misma punta.

—Estará todo bien, Kaladin —le aseguró Syl desde su hombro. Había creado un pequeño paraguas para sí misma y seguía llevando puesto el vestido tradicional vorin en vez de su habitual falda juvenil—. Ya lo verás.

El cielo se había oscurecido cuando por fin remontó la última colina de lavis y pudo contemplar Piedralar. Se había mentalizado para la destrucción que encontraría, pero aun así lo dejó anonadado. Algunos edificios que recordaba... ya no existían, sin más. Otros se mantenían en pie pero sin tejados. Desde la cima y con la penumbra del Llanto no llegaba a ver el pueblo entero, pero muchas de las estructuras que discernía estaban huecas y en ruinas.

Se quedó allí de pie mucho rato mientras caía la noche. No captó ni un solo destello de luz en el pueblo. Estaba vacío.

Muerto.

Una parte de Kaladin se estrujó en su interior, se acurrucó en un rincón, cansada de que la apalearan tan a menudo. Había aceptado de buen grado su poder y había emprendido la senda de un Radiante. ¿Por qué no bastaba?

Sus ojos buscaron su propia casa en las afueras del pueblo. Pero no. Aunque hubiera podido ver en la tiniebla lluviosa del ocaso, no quería ir allí. Aún no. No podría afrontar la muerte que quizá hallara.

En vez de eso, rodeó Piedralar por el lado noroccidental, donde la falda de una colina ascendía hasta la mansión del consistor. Los pueblos grandes como aquel hacían las veces de núcleo comercial para las pequeñas comunidades granjeras de los alrededores y, en consecuencia, tenían que sufrir la presencia de un dirigente ojos claros de cierto estatus. En el caso de Piedralar, se trataba del brillante señor Roshone, un hombre cuya avaricia había arruinado no pocas vidas.

Kaladin pensó en Moash mientras subía cansado la cuesta hacia la mansión, tiritando en el frío y la oscuridad. En algún momento, tendría que hacer frente a la traición de su amigo y al intento de asesinato de Elhokar, fallido por los pelos. De momento, tenía heridas más acuciantes que atender.

La mansión era donde habían estado alojados los parshmenios del pueblo, de modo que la destrucción habría comenzado allí. Kaladin estaba bastante seguro de que, si topaba con el cadáver destrozado de Roshone, tampoco iba a lamentarlo demasiado.

—¡Hala! —exclamó Syl—. ¡Un melancospren!

Kaladin alzó la mirada y vio un spren muy poco habitual revoloteando, largo y gris, como un banderín de tela deshilachada al viento. Rodó a su alrededor, ondeando. Kaladin solo había visto a sus congéneres un par de veces.

—¿Por qué son tan raros de ver? —preguntó—. La gente está melancólica a todas horas.

—¿Quién sabe? —dijo Syl—. Algunos spren son muy comunes, otros menos. —Dio un golpecito a Kaladin en el hombro—. Estoy bastante segura de que a una tía mía le gustaba ir en su caza.

—¿En su caza? ¿Los buscaba para observarlos?

—No, no, igual que vosotros cazáis conchagrandes. No me acuerdo de cómo se llamaba. —Syl ladeó la cabeza, sin darse cuenta de que la lluvia estaba atravesando su forma—. En realidad no era tía mía. Era solo una honorspren a la que llamaba así. Qué recuerdo tan raro.

—Parece que cada vez te vuelven más cosas a la memoria.

—Cuanto más tiempo pase contigo, más sucederá. Suponiendo que no intentes matarme otra vez. —Lo miró de soslayo y, aunque estaba oscuro, Syl brillaba lo suficiente para que Kaladin le distinguiera la expresión.

—¿Cuántas veces vas a hacer que me disculpe por eso?

—¿Cuántas veces lo he hecho hasta ahora?

—Cincuenta como mínimo.

—Embustero —dijo Syl—. No pueden haber sido más de veinte.

—Lo siento.

Un momento. ¿Era luz lo que se veía por delante?

Kaladin se detuvo en el camino. En efecto, era luz, procedente de la mansión. Titilaba de forma irregular. ¿Fuego? ¿Estaba ardiendo la mansión? No, más bien parecían ser velas o lámparas en su interior. Al parecer, alguien había sobrevivido. ¿Serían humanos o Portadores del Vacío?

Tenía que ir con cuidado, pero al irse acercando descubrió que no le daba la gana. Quería ser imprudente, iracundo, destructivo. Si encontraba a las criaturas que le habían arrebatado su hogar...

—Prepárate —musitó a Syl.

Salió del camino, que estaba limpio de rocabrotes y otras plantas, y siguió ascendiendo despacio y con cautela hacia la mansión. La luz brillaba entre los tablones que habían clavado para tapar las ventanas del edificio, reemplazando el cristal que sin duda había roto la tormenta eterna. Lo sorprendió que la mansión estuviera tan entera como estaba. El porche estaba arrancado de cuajo, pero el tejado seguía en su sitio.

La lluvia amortiguaba los demás sonidos y le dificultaba ver mucho más, pero dentro había alguien... o algo. Se movían sombras delante de las luces.

Con el corazón aporreándole el pecho, Kaladin dio un rodeo hacia la cara norte del edificio. Allí estaría la entrada para sirvientes, además del alojamiento de los parshmenios. Del interior de la mansión surgía un estruendo inusual. Golpeteos. Movimiento. Como una madriguera llena de ratas.

Tuvo que orientarse al tacto por los jardines. Los parshmenios habían estado alojados en una estructura pequeña construida a la sombra de la mansión, con una sola cámara abierta y bancos para dormir. Kaladin llegó a ella palpando y encontró un gran agujero abierto a un lado.

Oyó un sonido rasposo a su espalda.

Kaladin dio media vuelta mientras se abría la puerta trasera de la mansión, combada, rascando contra la piedra. Se arrojó al suelo para esconderse detrás de una pila de cortezapizarra, pero la luz lo envolvió, hendiendo la lluvia. Una lámpara. Kaladin extendió el brazo a un lado, preparado para invocar a Syl, pero de la mansión no había salido un Portador del Vacío, sino un guardia humano con un viejo casco picado de herrumbre. El hombre sostuvo en alto su lámpara.

—¡Muéstrate! —gritó a Kaladin, buscando a tientas la maza que llevaba al cinto—. ¡Muéstrate! ¡El de ahí! —Logró soltar el arma y la empuñó con una mano temblorosa—. ¿Qué eres, un desertor? Sal a la luz y deja que te vea. Kaladin se levantó, cauto. No reconocía al soldado, pero o bien había sobrevivido al ataque de los Portadores del Vacío, o bien formaba parte de una expedición enviada a investigar su resultado. En cualquier caso, era el primer signo de esperanza que había visto Kaladin desde su llegada.

Levantó las manos —iba desarmado, si no se contaba a Syl— y permitió que el guardia lo metiera de malos modos en el edificio.

Pensé que, sin duda, moriría. Bien cierto era que algunos con mayor visión que la mía habían caído.

De Juramentada, prólogo

Kaladin entró en la mansión de Roshone y sus visiones apocalípticas de muerte y pérdida empezaron a desvanecerse a medida que iba reconociendo a gente. En el pasillo se cruzó con Toravi, uno de los muchos granjeros del pueblo. Kaladin lo recordaba como un hombre gigantesco y de hombros amplios. En realidad, era medio palmo más bajito que Kaladin y casi todos los miembros del Puente Cuatro tenían más músculo que él.

Toravi no dio signos de reconocer a Kaladin. Pasó a una cámara lateral, atestada de ojos oscuros sentados en el suelo.

El soldado hizo avanzar a Kaladin por el pasillo iluminado por velas. Cruzaron la cocina y Kaladin vio decenas más de rostros conocidos. La gente del pueblo abarrotaba la mansión, llenando hasta la última sala hasta los topes. La mayoría estaban sentados en el suelo, agrupados en familias, con aspecto cansado y desaliñado pero vivos. ¿Habían rechazado el asalto de los Portadores del Vacío, entonces?

«Mis padres», pensó Kaladin, y forzó el ritmo abriéndose paso entre un grupito de lugareños. ¿Dónde estaban sus padres?

—¡Eh, tú! —gritó el guardia desde atrás, y agarró a Kaladin por un hombro. Apretó su maza contra la rabadilla de Kaladin—. No me obligues a tumbarte, hijo.

Kaladin se volvió hacia el guardia, un tipo bien afeitado con ojos castaños que parecían un poco demasiado juntos. Aquel casco oxidado era vergonzante.

—Vamos a ir a buscar al brillante señor Roshone —dijo el soldado—, y tú vas a explicarle qué hacías rondando fuera de la casa. Compórtate pero que muy bien y a lo mejor no acabas ahorcado, ¿estamos?

La gente de la cocina empezó a reparar por fin en la presencia de Kaladin y se apartó. Muchos empezaron a bisbisear entre ellos, con los ojos muy abiertos, temerosos. Oyó decir «desertor», «marcas de esclavo», «peligroso».

Nadie pronunció su nombre.

—¿No te reconocen? —preguntó Syl mientras bordeaban una encimera.

¿Por qué iban a reconocer al hombre en que se había convertido? Kaladin se vio reflejado en una sartén colgada junto al horno de ladrillo. Pelo largo y algo rizado, las puntas descansando en sus hombros. Uniforme áspero que le venía un poco pequeño, barba descuidada de varias semanas sin afeitarse. Empapado y exhausto, tenía todo el aspecto de un vagabundo.

No era el recibimiento que había imaginado durante sus primeros meses en la guerra. No era un glorioso reencuentro al que acudía como un héroe con galones de sargento para devolver a su hermano sano y salvo a su familia. En sus ensoñaciones, la gente lo alababa, le daba palmaditas en la espalda y lo aceptaba sin reservas.

Había que ser idiota. Aquella gente nunca los había tratado a él y a su familia con la menor pizca de amabilidad.

—Andando —dijo el soldado, dándole un empujón en el hombro.

Kaladin no se movió. Cuando el hombre le dio otro empujón más fuerte, Kaladin dejó rodar su cuerpo con el impulso y el cambio de peso envió al guardia trastabillando por delante. El hombre dio media vuelta, iracundo. Kaladin le sostuvo la mirada. El guardia vaciló, dio un paso atrás y empuñó su maza con mano más firme.

—¡Hala! —Syl subió volando al hombro de Kaladin—. Menuda mirada acabas de echarle.

—Es un viejo truco de sargento —susurró Kaladin.

Dio la espalda al guardia y salió de la cocina. El hombre lo siguió, ladrando una orden a la que Kaladin no hizo caso.

Cada paso que daba por la mansión era como caminar en un recuerdo. Allí estaba el comedor en el que se había enfrentado a Rillir y Laral la noche que había descubierto que el padre de él era un ladrón. El pasillo del fondo, con sus paredes llenas de retratos de personas que no conocía, era donde había jugado de niño. Roshone no había cambiado los retratos.

Tendría que hablar con sus padres de Tien. Por eso no había intentado ponerse en contacto con ellos después de salir de la esclavitud. ¿Podría mirarlos a la cara? Tormentas, ojalá aún vivieran, pero ¿podría mirarlos a la cara?

Oyó un gemido. Era muy tenue entre el ruido de la gente hablando, pero aun así lo distinguió.

—¿Ha habido heridos? —preguntó, girando la cabeza hacia su guardia.

—Sí —respondió el hombre—, pero...

Kaladin dejó de escuchar y cruzó el pasillo dando zancadas, con Syl volando al lado de su cabeza. Empujó a gente para apartarla, siguiendo los sonidos de los atormentados, y por fin llegó al umbral del salón. Lo habían transformado en la sala de triaje de un cirujano y el suelo estaba ocupado por heridos tumbados en improvisados catres.

Había alguien arrodillado junto a un camastro, concentrado en entablillar un brazo roto. Kaladin había sabido dónde encontraría a su padre en el momento en que oyó los gemidos de dolor.

Lirin levantó la vista hacia él. Tormentas, el padre de Kaladin parecía avejentado, con ojeras bajo sus ojos de color castaño oscuro. Tenía más canas en el pelo de las que recordaba Kaladin, y la cara más chupada. Pero era el mismo hombre. Calvo, menudo, delgado, con gafas... y asombroso.

—¿Qué es esto? —preguntó Lirin, devolviendo la atención al trabajo—. ¿La casa del alto príncipe ya está enviando soldados? Esperaba que tardaran más. ¿A cuántos traes contigo? Nos vendrá muy bien la...

Lirin dejó la frase en el aire y volvió a mirar a Kaladin. Abrió los ojos como platos.

—Hola, padre —dijo Kaladin.

El guardia por fin recuperó terreno, avanzando a empujones entre sorprendidos lugareños y blandiendo su maza como si fuera una porra. Kaladin se hizo a un lado sin pensarlo y empujó al hombre para que siguiera tropezando pasillo abajo.

—Sí que eres tú —dijo Lirin. Se acercó a toda prisa y dio un abrazo a Kaladin—. Oh, Kal. Mi chico. Mi niño. ¡Hesina! ¡Hesina!

La madre de Kaladin apareció en el umbral un momento más tarde, llevando una bandeja de vendajes recién hervidos. Debía de pensar que Lirin necesitaba su ayuda con algún paciente. Sacaba unos pocos dedos de altura a su marido y llevaba el pelo recogido bajo un pañuelo, tal y como la recordaba Kaladin.

Se llevó la mano segura enguantada a los labios, boquiabierta, y la bandeja se inclinó en su otra mano y esparció vendas por el suelo. Detrás de ella aparecieron sorpresaspren, triangulitos de color amarillo claro que se rompían y se recomponían. Soltó la bandeja y tocó suavemente la mejilla de Kaladin. Syl voló a su alrededor convertida en cinta de luz, riendo.

Kaladin no podía reír. No hasta que se hubiera dicho. Respiró hondo, se le atragantaron las palabras al primer intento y tuvo que obligarlas a salir.

—Lo siento mucho, padre, madre —susurró—. Me enrolé en el ejército para protegerlo, pero apenas pude protegerme a mí mismo. —Se descubrió temblando, apoyó la espalda en la pared y se dejó caer resbalando hasta quedar sentado—. Dejé morir a Tien. Lo siento. Es culpa mía.

—Oh, Kaladin —dijo Hesina, arrodillándose a su lado y atrayéndolo a un abrazo—. Recibimos tu carta, pero hace más de un años nos dijeron que tú también habías muerto.

—Tendría que haberlo salvado —susurró Kaladin.

—No tendrías que haberte ido, para empezar —dijo Lirin—. Pero ahora... ¡Todopoderoso, ahora has vuelto! —Lirin se levantó con las mejillas surcadas de lágrimas—. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo está vivo!

Poco tiempo después, Kaladin estaba sentado entre los heridos, con un tazón de sopa caliente entre las manos. Llevaba sin comer caliente desde... ¿desde cuándo?

—Está clarísimo que es una marca de esclavo, Lirin —dijo el oficial que estaba hablando con el padre de Kaladin cerca del umbral del salón—. Y por el glifo sas, fue aquí, en el principado. Seguro que te dijeron que había muerto para que no te avergonzara la verdad. Y luego está la marca del shash, que no ponen a nadie solo por insubordinarse.

Kaladin sorbió la sopa. Su madre estaba arrodillada junto a él, con una mano en su hombro, protectora. La sopa sabía a hogar. Era un caldo de verduras con lavis al vapor, especiada como la hacía siempre su madre.

No había hablado mucho en la primera media hora desde su llegada. Por el momento, solo quería estar allí con ellos.

Lo más raro era que sus recuerdos habían pasado a ser entrañables. Recordaba a Tien riendo, iluminando hasta el día más sombrío. Recordaba las horas que pasó estudiando medicina con su padre y limpiando con su madre.

Syl flotaba delante de su madre, aún vestida con su pequeña havah, invisible para todos excepto Kaladin. La spren tenía una expresión perpleja.

—La alta tormenta que vino del revés arrasó muchas casas del pueblo —le explicó Hesina con voz suave—, pero la nuestra sigue en pie. Tuvimos que usar tu cuarto para otra cosa, Kal, pero podemos hacerte sitio.

Kaladin echó una mirada al oficial. Era el capitán de la guardia de Roshone y a Kaladin creía haberlo visto alguna vez. Casi parecía demasiado guapo para ser militar, pero en fin, era un ojos claros.

—Tú no te preocupes por eso —dijo Hesina—. Lo solucionaremos, sea cual sea el... problema. Con tantos heridos llegando de los pueblos de alrededor, Roshone va a necesitar la habilidad de tu padre. No va a montar una tormenta y arriesgarse a disgustar a Lirin, así que no se te llevarán otra vez de nuestro lado.

Le estaba hablando como si Kaladin fuese un niño.

Era una sensación surrealista haber vuelto, que lo trataran como si aún fuese el chico que se había marchado a la guerra cinco años antes. Y en ese tiempo habían vivido y muerto tres hombres que se llamaban igual. El soldado que se había curtido en el ejército de Amaram. El esclavo, amargado y furioso. Sus padres no conocían al capitán Kaladin, guardaespaldas del hombre más poderoso de Roshar.

Y luego... luego estaba el siguiente, el hombre en el que estaba transformándose. Un hombre que dominaba los cielos y pronunciaba antiguos juramentos. Habían transcurrido cinco años. Y cuatro vidas enteras.

—Es un esclavo fugado —siseó el capitán de la guardia—. Eso no podemos pasarlo por alto, cirujano. Seguro que robó ese uniforme. Y aunque por algún motivo le permitieran blandir una lanza a pesar de las marcas, sería un desertor. Mira esos ojos torturados y dime que no ves a un hombre que ha hecho cosas terribles.

—Es mi hijo —dijo Lirin—. Compraré sus papeles de esclavitud. No vais a llevároslo. Dile a Roshone que tiene dos opciones: hacer la vista gorda o apañárselas sin cirujano. A menos que crea que Mara puede ocupar mi puesto después de solo unos años de aprendizaje.

¿Creían que hablaban en voz lo bastante baja para que Kaladin no los oyera?

«Mira a los heridos de esta sala, Kaladin. Se te escapa algo.»

Los heridos... tenían fracturas, contusiones, alguna laceración aquí y allá, pero muy pocas. Aquello no era el resultado de una batalla, sino de un desastre natural. Pero entonces, ¿qué había pasado con los Portadores del Vacío? ¿Quién los había rechazado?

—Las cosas han mejorado desde que te fuiste —prometió Hesina a Kaladin, apretándole el hombro—. Roshone no es tan malo como antes. Creo que tiene remordimientos. Podemos reconstruir, ser una familia otra vez. Y hay otra cosa que tienes que saber. Hemos...

—Hesina —llamó Lirin, echando las manos al aire.

—¿Sí?

—Escribe una carta a los administradores del alto príncipe —pidió Lirin—. Explícales la situación y mira a ver si nos conceden una indulgencia, o al menos una explicación. —Miró al soldado—. ¿Con eso tu amo quedará satisfecho? Esperaremos a una autoridad superior y, mientras tanto, podré estar con mi hijo.

—Ya veremos —replicó el soldado, cruzándose de brazos—. No sé si me hace mucha gracia tener a un hombre con la marca del shash suelto en mi pueblo.

Hesina se levantó y fue junto a Lirin. Cuchichearon entre ellos mientras el guardia se apoyaba en el marco de la puerta, haciendo notar que no apartaba la mirada de Kaladin. ¿Sabría la poca pinta de soldado que tenía? No caminaba como un hombre acostumbrado a la batalla. Pisaba demasiado fuerte y ponía las rodillas demasiado rectas. No tenía muescas en el peto de la coraza y la vaina de su espada topaba contra cosas cuando se giraba.

Kaladin siguió tomando sopa. ¿Tan de extrañar era que sus padres siguieran considerándolo un crío? Había llegado con aspecto raído y abandonado y lo primero que había hecho era lloriquear por la muerte de Tien. Al parecer, estar en casa hacía salir a su niño interior.

Quizá había llegado el momento de dejar de permitir que la lluvia dictase su humor, aunque fuese por una vez. No podía expulsar la semilla de oscuridad que llevaba dentro, pero por el Padre Tormenta que tampoco tenía que dejar que lo dominara.

Syl anduvo hacia él por el aire.

—Son tal cual los recordaba.

—¿Recordarlos? —susurró Kaladin—. Syl, aún no me conocías cuando vivía aquí.

—Es verdad —dijo ella.

—¿Y cómo es que los recuerdas? —preguntó Kaladin, frunciendo el ceño.

—Porque los recuerdo y ya está —dijo Syl, revoloteando a su alrededor—. Todas las personas están conectadas, Kaladin. Todas las cosas están conectadas. Entonces no te conocía, pero los vientos sí, y yo soy de los vientos.

—Tú eres una honorspren.

—Los vientos son de Honor —repuso ella, riendo como si Kaladin hubiera dicho alguna necedad—. Somos parientes de sangre.

—Tú no tienes sangre.

—Y tú no tienes imaginación, por lo que veo. —Se posó en el aire frente a él y se convirtió en una joven—. Además, había... otra voz. Pura, con un cantar como de cristal golpeteado, lejana pero apremiante... —Sonrió y salió disparada.

En fin, quizá el mundo estuviera del revés, pero Syl seguía tan insondable como siempre. Kaladin dejó el tazón y se puso de pie. Se estiró a un lado y luego al otro, sintiendo los satisfactorios crujidos en sus articulaciones. Fue hacia sus padres. Tormentas, de verdad que en aquel pueblo todos parecían más bajitos de lo que recordaba. Tampoco podía haber crecido tantísimo desde que se marchó de Piedralar, ¿verdad?

Había otro hombre fuera del salón, hablando con el guardia del casco oxidado. Roshone llevaba un chaquetón de ojos claros que estaba varias temporadas pasado de moda; Adolin se habría ofendido si lo viera. El consistor tenía la pierna derecha de madera por debajo de la rodilla y había perdido peso desde la última vez que lo vio Kaladin. La piel le caía como cera derretida y se le acumulaba en el cuello.

Sin embargo, Roshone tenía la misma pose imperiosa, la misma expresión de enfado, como si sus ojos amarillos culparan a todos y a todo en aquel pueblucho insignificante de su destierro. Antes vivía en Kholinar, pero se había visto implicado en la muerte de unos ciudadanos —los abuelos de Moash— y lo habían enviado allí como castigo.

Se volvió hacia Kaladin, iluminado por las velas de las paredes.

—Conque estás vivo. Pero no te enseñaron a seguir en el ejército, por lo que veo. Déjame echar un vistazo a esas marcas que llevas. —Levantó el brazo y apartó el pelo de la frente de Kaladin—. Tormentas, chico. ¿Qué hiciste? ¿Pegar a un ojos claros?

—Sí —dijo Kaladin.

Y le atizó un puñetazo.

Estrelló el puño en toda la cara de Roshone. Fue un golpe potente, tal y como le había enseñado Hav a darlos. Con el pulgar fuera del puño, estampó los dos primeros nudillos de la mano en el pómulo de Roshone y acompañó el movimiento haciendo que se deslizara por su cara. Pocas veces había dado un puñetazo tan perfecto. Apenas le dolió el puño siquiera.

Roshone cayó como un árbol talado.

—Eso va por mi amigo Moash —dijo Kaladin.

No morí.

Experimenté algo peor.

De Juramentada, prólogo

¡Kaladin! —exclamó Lirin, agarrándolo por el hombro—. ¿Se puede saber qué haces, hijo?

En el suelo, Roshone escupió sangre que le había caído de la nariz.

—¡Guardias, apresadlo! ¡Obedeced!

Syl se posó en el hombro de Kaladin, con los brazos en jarras. Se puso a dar golpecitos con el pie.

—Supongo que se lo merecía.

El guardia ojos oscuros corrió a ayudar a Roshone a levantarse mientras el capitán apuntaba con su espada a Kaladin. Se unió a ellos un tercer hombre que llegó corriendo desde otra sala.

Kaladin atrasó un pie, adoptando una postura de guardia.

—¿Y bien? —exigió Roshone, con un pañuelo apretado contra la nariz—. ¡Derribadlo! —Los furiaspren emergieron bullentes del suelo y formaron charcos.

—Por favor, no —sollozó la madre de Kaladin, agarrada a Lirin—. Es solo que está alterado. Acaba de...

Kaladin extendió una mano hacia ella, con la palma hacia fuera, pidiéndole silencio.

—No pasa nada, madre. Solo estaba saldando una pequeña deuda entre Roshone y yo.

Miró a los guardias a los ojos, uno tras otro, y los tres se removieron inseguros. Roshone dio un bufido de ira. De improviso, Kaladin se sentía con un control absoluto de la situación. Y bueno... también avergonzado en no poca medida.

Porque de pronto, lo enfocó todo con perspectiva. Desde que había dejado Piedralar, Kaladin había conocido la auténtica maldad, y Roshone difícilmente podía compararse. ¿Acaso no había prometido proteger incluso a quienes no le gustaban? ¿Acaso todo lo que había aprendido no era con la intención de evitar que hiciera cosas como aquella? Miró un instante a Syl, que asintió con la cabeza.

Hazlo mejor.

Durante un rato, había estado bien ser solo Kal de nuevo. Por fortuna, ya no era ese joven. Era una persona nueva, y por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, estaba satisfecho de ser esa persona.

—Bajad las armas —dijo Kaladin a los soldados—. Prometo no volver a pegar a vuestro brillante señor y me disculpo por haberlo hecho. Me ha cegado un momento nuestro pasado, algo que tanto él como yo deberíamos olvidar. Decidme, ¿qué ha pasado con los parshmenios? ¿No han atacado el pueblo?

Los inquietos soldados lanzaron miradas furtivas a Roshone.

—He dicho que bajéis las armas —restalló Kaladin—. Por la tormenta, hombre, estás sosteniendo esa espada como si fueras a talar un tocopeso. ¿Y tú? ¿Herrumbre en el casco? Sé que Amaram reclutó a casi todos los hombres capaces que había en la región, pero he visto a chavales mensajeros más dispuestos al combate que tú.

Los soldados se miraron entre ellos. Luego, sonrojándose, el ojos claros envainó de nuevo su espada.

—Pero ¿qué hacéis? —bramó Roshone—. ¡Atacad!

—Brillante señor, por favor —dijo el capitán de la guardia—. Puede que yo no sea el mejor soldado de por aquí, pero... en fin, señor, confía en mí. Deberíamos fingir que no ha habido puñetazo.

Los otros dos soldados asintieron con la cabeza, a favor de la idea.

Roshone evaluó a Kaladin mientras se limpiaba la nariz, que no sangraba mucho.

—Veo que al final sí que han hecho algo de ti en el ejército, ¿eh?

—No lo sabes tú bien. Tenemos que hablar. ¿Hay alguna habitación aquí que no esté repleta de gente?

—Kal —terció Lirin—, estás diciendo estupideces. ¡Deja de dar órdenes al brillante señor Roshone!

Kaladin pasó al otro lado de los soldados y Roshone, pasillo abajo.

—¿Y bien? —ladró—. ¿Alguna habitación vacía?

—Por la escalera, señor —dijo un soldado—. En la biblioteca no hay nadie.

Kaladin sonrió para sus adentros al oír que lo llamaban señor.

—Excelente. Acompañadme allí.

Kaladin echó a andar hacia la escalera. Por desgracia, aparentar autoridad tenía sus límites. Nadie lo siguió, ni siquiera sus padres.

—Os he dado una orden —dijo Kaladin—. No me gusta tener que repetirme.

—¿Y qué te hace pensar que puedes dar órdenes a nadie, chico? —replicó Roshone.

Kaladin dio media vuelta y sacó el brazo hacia delante mientras invocaba a Syl. Una hoja esquirlada brillante y cubierta de rocío cobró forma en su mano a partir de la niebla. Hizo girar la espada y la clavó en el suelo con un solo movimiento fluido. Mantuvo la mano en el puño, sintiendo cómo sus ojos se volvían azules.

Todo quedó en silencio. Los lugareños se quedaron paralizados, boquiabiertos. Los ojos de Roshone se desorbitaron. En cambio, el padre de Kaladin solo agachó la cabeza y cerró los ojos.

—¿Alguna otra pregunta? —dijo Kaladin.

—Habían desaparecido cuando hemos ido a ver qué pasaba con ellos, esto... brillante señor —dijo Aric, el guardia bajito del casco oxidado—. Les habíamos cerrado la puerta con llave, pero la pared del lado estaba destrozada del todo.

—¿No han atacado a nadie? —preguntó Kaladin.

—No, brillante señor.

Kaladin paseaba por la biblioteca. Era una sala pequeña pero bien organizada, con hileras de estantes y un buen atril de lectura. Los libros estaban alineados con pulcritud: o las doncellas eran muy meticulosas o los libros se movían poco. Syl estaba sentada al borde de un estante, con la espalda apoyada en un libro y balanceando los pies como una niña.

Roshone se había sentado en un extremo de la sala, y cada cierto tiempo se apretaba las palmas de las manos contras las mejillas sonrojadas y frotaba hasta llevárselas a la nuca, en un extraño gesto de nerviosismo. La nariz había dejado de sangrarle, aunque le quedaría un buen cardenal. Era una fracción mínima del castigo que merecía, pero Kaladin descubrió que no tenía ganas de maltratar a Roshone. Tenía que ser mejor que eso.

—¿Qué aspecto tenían los parshmenios? —preguntó Kaladin a los guardias—. ¿Han cambiado después de la tormenta rara?

—Ya lo creo que sí —dijo Aric—. He salido a mirar cuando he oído que escapaban, después de que pasara la tormenta. Parecían Portadores del Vacío, de verdad que sí, con unas cosas así como huesos grandotes saliéndoles de la piel.

—Eran más altos —añadió el capitán de la guardia—. Más altos que yo, y seguro que al menos tanto como tú, brillante señor. Con piernas gruesas como tocopesos y unas manos que podrían estrangular a un espinablanca, te lo aseguro.

—Entonces, ¿por qué no han atacado? —preguntó Kaladin. Podrían haber tomado la mansión sin dificultades, pero habían optado por perderse en la noche. Sugería un objetivo más perturbador. Tal vez Piedralar fuese demasiado pequeño para merecer la pena—. No los habréis seguido para ver hacia dónde huían, ¿verdad? —Miró primero a los guardias y luego a Roshone.

—Hum, no, brillante señor —respondió el capitán—. La verdad es que solo nos preocupaba sobrevivir.

—¿Se lo dirás al rey? —preguntó Aric—. Esa tormenta nos ha barrido cuatro graneros, nada menos. Tardaremos poco en pasar hambre, con tanto refugiado y sin nada que llevarnos a la boca. Y cuando vuelvan a empezar las altas tormentas, no tendremos ni la mitad de las casas que necesitamos.

—Se lo diré a Elhokar —prometió. Pero por el Padre Tormenta, el resto del reino estaría igual de apurado.

Tenía que centrarse en los Portadores del Vacío. No podía regresar con Dalinar hasta que tuviera la luz tormentosa suficiente para hacerlo volando, de modo que su cometido más útil sería averiguar dónde se congregaba el enemigo, si podía. ¿Qué planeaban los Portadores del Vacío? Kaladin no había experimentado en persona sus extraños poderes, aunque había escuchado informes de la batalla de Narak. Parshendi con ojos refulgentes y el relámpago a sus órdenes, despiadados y terribles.

—Necesitaré mapas —dijo—. Mapas de Alezkar, los más detallados que tengas, y alguna forma de transportarlos bajo la lluvia sin que se echen a perder. —Hizo una mueca—. Y un caballo. Varios, los mejores que tengas.

—¿Así que ahora vas a robarme? —preguntó Roshone en voz baja, mirando al suelo.

—¿Robarte? —dijo Kaladin—. Mejor llamémoslo un alquiler. —Sacó un puñado de esferas del bolsillo y las dejó en la mesa. Miró hacia los soldados—. ¿Y bien? ¿Esos mapas? Seguro que Roshone tiene mapas detallados de los alrededores.

Roshone no era lo bastante importante para administrar ningún territorio del alto príncipe, una distinción de la que Kaladin nunca había sido consciente mientras vivía en Piedralar. Aquellas tierras serían responsabilidad de algún ojos claros mucho más importante, del que Roshone sería tan solo un primer punto de contacto con los pueblos circundantes.

—Tendremos que esperar a que nos dé permiso la señora —dijo el capitán de la guardia—. Señor.

Kaladin enarcó una ceja. ¿Habían desobedecido a Roshone por él y no lo hacían por la señora de la casa?

—Id a los fervorosos de la casa y decidles que vayan preparando todo lo que he solicitado mientras llega el permiso. Y localizad una vinculacaña conectada con Tashikk, si la tiene algún fervoroso. Cuando disponga de la luz tormentosa para usarla, querré informar a Dalinar.

Los guardias saludaron y se marcharon.

Kaladin se cruzó de brazos.

—Roshone, voy a tener que perseguir a esos parshmenios, a ver si me entero de qué traman. Algún guardia tuyo no tendrá experiencia en rastrear, ¿verdad? Seguir a esas criaturas ya costaría bastante sin la lluvia empantanándolo todo.

—¿Por qué son tan importantes? —preguntó Roshone, sin apartar la vista del suelo.

—Tienes que haberlo adivinado —dijo Kaladin, saludando a Syl con la cabeza cuando bajó a su hombro en forma de cinta de luz—. ¿El tiempo descontrolado y siervos comunes que se transforman en seres terroríficos? ¿Y esa tormenta del relámpago rojo que va en sentido contrario? La Desolación ha llegado, Roshone. Los Portadores del Vacío han regresado.

Roshone gimió, encorvó más la espalda y se abrazó las rodillas como si fuese a vomitar.

—¿Syl? —susurró Kaladin—. Puede que vuelva a necesitarte.

—Lo dices como lamentándolo —repuso ella, ladeando la cabeza.

—Es que lo lamento. No me gusta la idea de zarandearte por ahí y estrellarte contra cosas.

Syl bufó.

—En primer lugar, yo no me estrello contra cosas. Soy un arma grácil y elegante, imbécil. Y en segundo lugar, ¿a ti qué más te da?

—No me parece que esté bien —respondió Kaladin, todavía en susurros—. Eres una mujer, no un arma.

—Un momento, ¿todo esto es porque soy chica?

—No —dijo Kaladin de inmediato, pero entonces vaciló—. Puede. El caso es que se me hace raro.

Syl bufó de nuevo.

—No veo que preguntes a tus otras armas qué opinan de que las zarandees por ahí.

—Mis otras armas no son personas. —Titubeó—. ¿Verdad?

Ella lo miró con la cabeza echada a un lado y las cejas alzadas, como si acabara de decir una idiotez muy grande.

«Todo tiene un spren.» Su madre se lo había inculcado desde muy pequeño.

—Entonces... ¿he tenido lanzas que también eran mujeres? —preguntó.

—Hembras como mínimo —dijo Syl—. Más o menos la mitad, como suele pasar con estas cosas. —Saltó al aire y revoloteó delante de él—. Es culpa vuestra por personificarnos, así que ahora no me valen quejas. Aunque, por supuesto, algunos spren viejos tienen cuatro géneros en vez de dos.

—¿Cómo? ¿Por qué?

Syl le dio un puñetazo amistoso en la nariz.

—Porque a esos no los imaginaron los humanos, ¿por qué va a ser?

Se dispersó delante de él, convirtiéndose en una neblina. Cuando Kaladin levantó la mano, apareció la hoja esquirlada.

Llegó con paso firme al asiento de Roshone, se acuclilló y sostuvo la hoja esquirlada en alto, con la punta hacia el suelo.

Roshone alzó la mirada, fascinado por la hoja del arma, como Kaladin había previsto. No se podía estar cerca de una cosa como aquella y no sentirse atraído. Tenían magnetismo.

—¿Cómo la conseguiste? —preguntó Roshone.

—¿Tiene alguna importancia?

El consistor no respondió, pero los dos conocían la verdad. Poseer una hoja esquirlada era suficiente: si alguien podía reclamarla e impedir que se la arrebataran, era suya. Estando en posesión de una, las marcas en la cabeza de Kaladin perdían todo su significado. Nadie, ni siquiera Roshone, se atrevería a sugerir lo contrario.

—Eres un tramposo, un rastrero y un asesino. Pero por mucho que me revuelva las tripas, no tenemos tiempo de derrocar a la clase dirigente de Alezkar y organizar algo mejor. Estamos bajo el ataque de un enemigo al que no comprendemos y que no podríamos haber anticipado. Así que vas a tener que ponerte en pie y dirigir a esta gente.

Roshone tenía la mirada en su propio reflejo en la hoja.

—No estamos indefensos —dijo Kaladin—. Podemos contraatacar y lo haremos, pero antes tenemos que sobrevivir. La tormenta eterna va a volver. Cada cierto tiempo, aunque aún no sé la frecuencia. Necesito que os preparéis.

—¿Cómo? —dijo Roshone con un hilo de voz.

—Construid casas con pendiente a los dos lados. Si no da tiempo, buscad un buen refugio y resguardaos allí. Yo no puedo quedarme. Esta crisis abarca más que un pueblo y una gente, aunque sean mi pueblo y mi gente. Tengo que confiar en ti. Que el Todopoderoso nos asista, porque eres lo único que tenemos.

Roshone se hundió más en su asiento. Estupendo. Kaladin se levantó y descartó a Syl.

—Lo haremos —dijo una voz a su espalda.

Kaladin se quedó petrificado. La voz de Laral le provocó un escalofrío. Se volvió despacio y encontró a una mujer que no encajaba en absoluto con su imagen mental. La última vez que la había visto fue llevando un perfecto vestido de ojos claros, joven y hermosa aunque sus luminosos ojos verdes dieran sensación de vacíos. Había perdido a su prometido, el hijo de Roshone, y había pasado a estar prometida con el padre, un hombre que le duplicaba la edad.

La mujer que estaba en la puerta ya no era una jovenzuela. Tenía el rostro firme, esbelto, y el pelo recogido en una práctica coleta negra con vetas rubias. Llevaba botas y una cómoda havah mojada por la lluvia.

Lo miró de arriba abajo y resopló.

—Parece que te ha dado por crecer, Kal. Lamenté mucho enterarme de lo de tu hermano. Acompáñame. ¿Necesitas una vinculacaña? Tengo una enlazada con la reina regente en Kholinar, pero no está muy receptiva últimamente. Por suerte, también tenemos una con Tashikk, como pedías. Si crees que el rey te responderá, podemos valernos de un intermediario.

Volvió a salir por la puerta.

—Laral... —dijo él, siguiéndola.

—Dicen que has apuñalado mi suelo —comentó Laral—. Pues que sepas que es de madera noble. De verdad, cómo sois los hombres con vuestras armas.

—Soñaba con regresar —dijo Kaladin, deteniéndose en el pasillo que daba a la biblioteca—. Me imaginaba volviendo aquí convertido en un héroe de guerra y desafiando a Roshone. Quería salvarte, Laral.

—¿Ah, sí? —Laral se volvió hacia él—. ¿Y por qué creías que necesitaba que me salvaran?

—No irás a decirme —respondió Kaladin con suavidad, señalando hacia la biblioteca— que has sido feliz con ese.

—Salta a la vista que convertirse en ojos claros no otorga ni una pizca de decoro —dijo Laral—. Deja de insultar a mi marido, Kaladin. Portador de esquirlada o no, como vuelvas a hablar así haré que te echen de mi casa.

—Laral...

—Sí que soy bastante feliz aquí. O lo era, hasta que el viento empezó a soplar desde donde no debe. —Negó con la cabeza—. Eres como tu padre, siempre pensando que tienes que salvar a todo el mundo, hasta a quienes preferirían que no te metieras en sus asuntos.

—Roshone maltrató a mi familia. ¡Envió a mi hermano a la muerte e hizo todo lo que pudo para destruir a mi padre!

—Y tu padre alzó la voz contra mi marido —replicó Laral—, desprestigiándolo delante de los demás. ¿Cómo te sentirías tú si fueses un nuevo brillante señor, exiliado lejos de casa, y resultara que el ciudadano más importante del pueblo te critica abiertamente?

Laral tenía la perspectiva sesgada, por supuesto. Al principio Lirin había intentado trabar amistad con Roshone, ¿verdad? Aun así, Kaladin tenía pocas ganas de seguir discutiendo sobre el tema. ¿Qué más le daba? Pretendía sacar a sus padres del pueblo, de todos modos.

—Iré a preparar la vinculacaña —dijo ella—. Puede que tardemos un poco en recibir respuesta. Mientras tanto, los fervorosos deberían estar reuniendo tus mapas.

—Muy bien —dijo Kaladin, pasando junto a ella en el pasillo—. Voy a hablar con mis padres.

Syl revoloteó sobre su hombro mientras Kaladin bajaba la escalera.

—Entonces, ¿esa es la chica con la que ibas a casarte?

—No —susurró Kaladin—. Esa es una chica con la que nunca iba a casarme, pasara lo que pasara.

—Me cae bien.

—No me extraña.

Llegó al rellano inferior y miró hacia arriba. Roshone se había reunido con Laral junto a la escalera, llevando en la mano las gemas que Kaladin había dejado en la mesa. ¿Cuánto había sido?

Cinco o seis broams de rubí, pensó, y quizá un zafiro o dos. Hizo cálculos de cabeza. Tormentas, era una cantidad desorbitada, más que la copa llena de esferas por la que Roshone y el padre de Kaladin se habían pasado años peleando en sus tiempos. Para Kaladin, había pasado a ser apenas calderilla.

Siempre había creído que todos los ojos claros eran ricos, pero un brillante señor inferior en un pueblo insignificante... bueno, en realidad Roshone era pobre, solo que pobre de un tipo distinto.

Kaladin deshizo el camino por la casa, cruzándose con gente que había conocido, gente que al verlo susurraba: «Portador de esquirlada» y se apresuraba a quitarse de en medio. Que así fuese, pues. Había aceptado su lugar en el mismo instante en que había asido a Syl del aire y había pronunciado las Palabras.

Lirin volvía a estar en el salón, ocupado con los heridos. Kaladin se detuvo un momento en el umbral, suspiró y fue a arrodillarse junto a Lirin. Su padre extendió el brazo hacia su bandeja de utensilios, pero Kaladin la cogió y la sostuvo, preparada. Era su viejo puesto como ayudante de su padre en las operaciones. La nueva aprendiz estaba tratando a los heridos en otra habitación.

Lirin miró un instante a Kaladin y volvió al paciente, un chico que tenía un vendaje ensangrentado en torno al antebrazo.

—Tijeras —pidió Lirin.

Kaladin se las tendió y Lirin cogió el instrumento sin mirar y lo usó para cortar el vendaje y retirarlo. El chico tenía un trozo de madera serrada clavado en el brazo. Se quejó cuando Lirin palpó la carne cercana, cubierta de sangre seca. No pintaba nada bien.

—Cortar para sacar el palo —dijo Kaladin—, y también la carne necrótica. Cauterizar.

—Un poco extremo, ¿no te parece? —preguntó Lirin.

—Quizá haya que amputar por el codo de todos modos. Eso va a infectarse seguro, mira lo sucia que está esa madera. Dejará astillas.

El chico volvió a gemir. Lirin le dio unas palmaditas en el hombro.

—Te pondrás bien. Aún no se ve ningún putrispren, así que no vamos a amputarte el antebrazo. Déjame hablar con tus padres. De momento, mastica esto. —Dio al chico un poco de corteza relajante.

Juntos, Lirin y Kaladin pasaron a otro paciente. El chico no corría un peligro inmediato y Lirin querría operar cuando hubiera hecho efecto el anestésico.

—Te has endurecido —dijo Lirin a Kaladin mientras inspeccionaba el pie del paciente—. Me preocupaba que nunca te salieran callos.

Kaladin no respondió. En realidad, sus callos no eran tan ásperos como su padre habría querido.

—Pero también te has vuelto uno de ellos —añadió Lirin.

—El color de mis ojos no cambia nada.

—No me refería al color de tus ojos, hijo. No me importa ni dos chips que alguien sea ojos claros o no. —Meneó una mano y Kaladin le pasó un paño para limpiar el dedo del pie y empezó a preparar una tablilla pequeña—. Lo que te has vuelto es un asesino. Resuelves los problemas con el puño y la espada. Confiaba en que encontraras un puesto con los cirujanos del ejército.

—No me dieron mucha elección —repuso Kaladin, pasándole la tablilla y empezando a preparar los vendajes para el dedo del pie—. Es una larga historia. Algún día te la contaré.

«Al menos las partes menos descorazonadoras», pensó.

—Supongo que no vas a quedarte.

—No. Tengo que seguir a esos parshmenios.

—Más muertes, pues.

—¿De verdad crees que no deberíamos combatir a los Portadores del Vacío, padre?

Lirin vaciló.

—No —susurró—. Sé que la guerra es inevitable. Pero no quería que tú intervinieras en ella. He visto lo que hace a la gente. La guerra les fustiga el alma, y esas heridas no puedo sanarlas. —Fijó la tablilla y miró a Kaladin—. Nosotros somos cirujanos. Que otros desgarren y rompan; nosotros no debemos hacer daño a los demás.

—No —dijo Kaladin—. Tú eres cirujano, padre, pero yo soy otra cosa. Un vigilante en el perímetro. —Eran palabras que había recibido Dalinar Kholin en una visión. Kaladin se levantó—. Protegeré a quienes lo necesiten. Hoy, eso significa salir a la caza de Portadores del Vacío.

Lirin apartó la mirada.

—Muy bien. Me... me alegro de que hayas vuelto, hijo. Me alegro de que estés sano.

Kaladin apoyó la mano en el hombro de su padre.

—Vida antes que muerte, padre.

—Ve a ver a tu madre antes de irte —dijo Lirin—. Tiene que enseñarte una cosa.

Kaladin frunció el ceño, pero salió de la enfermería hacia la cocina. La casa entera estaba iluminada solo por velas, y tampoco había muchas. Fuera donde fuese, veía sombras y una luz insegura.

Llenó su cantimplora y encontró un pequeño paraguas. Lo necesitaría para consultar los mapas con aquella lluvia. Después subió para ver cómo iba Laral en la biblioteca. Roshone se había retirado a su dormitorio, pero ella estaba sentada ante un escritorio con una vinculacaña delante.

Un momento. La vinculacaña estaba funcionando. Su rubí brillaba.

—¡Luz tormentosa! —exclamó Kaladin, señalando.

—Bueno, por supuesto —dijo ella, frunciéndole el ceño—. Es necesaria para los fabriales.

—¿Cómo es que tenéis esferas infusas?

—La alta tormenta de hace unos días —explicó Laral.

Durante el enfrentamiento con los Portadores del Vacío, el Padre Tormenta había convocado una alta tormenta anómala para compensar la tormenta eterna. Kaladin había volado frente a su muralla de tormenta, luchando contra el Asesino de Blanco.

—Esa tormenta fue inesperada —dijo Kaladin—. ¿Cómo pudiste saber que tenías que sacar las esferas?

—Kal —dijo ella—, no es tan difícil colgar fuera unas cuantas esferas cuando la tormenta ya ha empezado.

—¿Cuántas tienes?

—Algunas —respondió Laral—. Los fervorosos también tienen unas pocas, no se me ocurrió solo a mí. Escucha, tengo a alguien en Tashikk dispuesta a transmitir un mensaje a Navani Kholin, la madre del rey. ¿No era lo que insinuabas que querías? ¿Crees que de verdad va a contestarte?

La respuesta, por fortuna, llegó cuando la vinculacaña empezó a escribir. Laral leyó:

—«¿Capitán? Aquí Navani Kholin. ¿De verdad eres tú?»

Laral parpadeó y miró a Kaladin a los ojos.

—Lo soy —dijo Kaladin—. Lo último que hice antes de partir fue hablar con Dalinar en la cima de la torre. —Confiaba en que ese dato bastara para confirmar su identidad.

Laral se sobresaltó y luego lo escribió. Al poco tiempo, leyó el mensaje que llegó en respuesta.

—«Kaladin, soy Dalinar. ¿Cuál es la situación, soldado?»

—Mejor que lo esperado, señor —dijo Kaladin. Resumió lo que había descubierto y añadió—: Me preocupa que se hayan marchado porque Piedralar no era lo bastante importante para molestarse en destruirla. He pedido caballos y unos mapas. He pensado en explorar un poco, a ver qué puedo averiguar del enemigo.

Dalinar respondió:

—«Ten cuidado. ¿No te queda nada de luz tormentosa?»

—A lo mejor puedo encontrar un poco. Dudo que sea la suficiente para llevarme a casa, pero ayudará.

Dalinar tardó unos minutos en responder, y Laral aprovechó para cambiar el papel en el tablero de la vinculacaña.

—«Tienes buen instinto, capitán. En esta torre, me siento ciego. Acércate lo suficiente para descubrir qué está haciendo el enemigo, pero no asumas riesgos innecesarios. Llévate la vinculacaña. Envíanos un glifo al final de cada día para que sepamos que estás a salvo.»

—Entendido, señor. Vida antes que muerte.

—«Vida antes que muerte.»

Laral lo miró y Kaladin asintió con la cabeza para indicar que la conversación había terminado. La mujer envolvió la vinculacaña para que se la llevara y Kaladin la aceptó agradecido, salió deprisa de la biblioteca y bajó la escalera.

Sus actividades habían atraído a una multitud bastante numerosa, congregada en el recibidor que había al pie de la escalera. Iba a preguntarles si alguien tenía esferas infundidas, pero se interrumpió al ver a su madre. Estaba hablando con varias chicas jóvenes y tenía un bebé en brazos. ¿Qué estaba haciendo ella con un...?

Kaladin se detuvo al final de la escalera. El bebé tendría un año más o menos, tenía los dedos metidos en la boca y balbuceaba a través de ellos.

—Kaladin, te presento a tu hermano —dijo Hesina, volviéndose hacia él—. Lo estaban cuidando las chicas mientras yo ayudaba en el triaje.

—Un hermano —susurró Kaladin. No se le habría ocurrido en la vida. Su madre cumpliría los cuarenta y uno ese año, y...

Un hermano.

Kaladin extendió los brazos. Su madre le dejó coger al niño, sostenerlo con unas manos que se le antojaron demasiado bastas para estar tocando aquella piel tan suave. Kaladin tembló, y luego se abrazó al bebé. Los recuerdos de aquel lugar no habían podido con él y ver a sus padres no lo había abrumado, pero aquello...

No pudo contener las lágrimas. Se sintió estúpido. Aquello no cambiaba nada: los miembros del Puente Cuatro seguían siendo sus hermanos, tan cercanos como cualquier pariente de sangre.

Y aun así, sollozó.

—¿Cómo se llama?

—Oroden.

—Niño de paz —susurró Kaladin—. Buen nombre. Muy buen nombre.

Una fervorosa se acercó por detrás con una funda para pergaminos. Tormentas, ¿era Zeheb? Seguía viva, por lo visto, aunque a él siempre le había parecido más vieja que las mismas piedras. Kaladin devolvió al pequeño Oroden a su madre, se secó los ojos y cogió la funda.

La gente estaba amontonada contra las paredes de la estancia. Kaladin era todo un espectáculo, el hijo del cirujano convertido en esclavo y luego en portador de esquirlada. Piedralar tardaría otros cien años en ver algo tan emocionante.

Por lo menos, si Kaladin tenía algo que decir al respecto. Saludó con la cabeza a su padre, que había salido del salón, y se dirigió al grupo reunido.

—¿Alguien de aquí tiene esferas infundidas? Os las cambio, dos chips por uno. Sacadlas.

Syl zumbó a su alrededor mientras las reunían, y la madre de Kaladin se ocupó de los trueques. Terminó con solo un saquito, pero le pareció una fortuna. Como mínimo, ya no iba a necesitar los caballos.

Cerró el saquito, lo ató y miró atrás mientras su padre se acercaba. Lirin se sacó del bolsillo un pequeño y luminoso chip de diamante y se lo ofreció a su hijo.

Kaladin lo aceptó y miró a su madre y al niño que llevaba en brazos. Su hermano.

—Quiero llevaros a un lugar seguro —dijo a Lirin—. Ahora tengo que irme, pero volveré pronto para llevaros a...

—No —lo interrumpió Lirin.

—Padre, es la Desolación —insistió Kaladin.

La gente que estaba cerca hizo gestos de sorpresa y sus ojos se ensombrecieron. Tormentas, Kaladin tendría que haber hecho aquello en privado. Se inclinó hacia Lirin.

—Conozco un lugar que es seguro. Para ti, para madre, para el pequeño Oroden. Por favor, por una vez en la vida, no seas tozudo.

—Puedes llevártelos a ellos si tu madre quiere —dijo Lirin—, pero yo me quedo aquí. Sobre todo si... eso que has dicho es verdad. Esta gente va a necesitarme.

—Ya veremos. Volveré nada más pueda.

Kaladin tensó la mandíbula y fue a la puerta delantera de la mansión. La abrió, dejando entrar los sonidos de la lluvia y los olores de una tierra anegada.

Se detuvo un momento ...