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LA BIBLIA PERDIDA

Igor Bergler  

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Fragmento

Prólogo

Intentó abrir los ojos, pero no pudo. Volvió a intentarlo. Los párpados parecieron moverse, pero no cambió nada. Con esfuerzo, levantó el brazo y un agudo pinchazo casi le paralizó el hombro de dolor. Se llevó la mano a los ojos: estaban abiertos. Los párpados, levantados. Sentía las pestañas. Cuando las tocó. Pero entonces ¿por qué no veía nada? Intentó concentrarse. ¿Estaba soñando? El dolor del hombro le subió por el cuello y se le fijó en la coronilla. Se llevó la mano atrás, donde le pareció palpar una aguja larga y fina que penetraba directamente en su cerebro. ¿Qué demonios estaba pasando? Le asaltó un intenso pinchazo. Sintió que se mareaba. Alejó la mano y la sensación pareció remitir, se volvió más difusa. Notaba algo húmedo y pegajoso en los dedos. «Es sangre», se dijo. Los ojos empezaron a adaptarse poco a poco a la oscuridad. ¡Qué oscuridad! Nunca se había encontrado en una negrura tan profunda. Los ojos se le fueron acostumbrando. Poco a poco. Hizo un esfuerzo: movió la cabeza y buscó con la mirada una fuente de luz, la más mínima, una ventana, un difuso haz que pudiera vislumbrarse bajo alguna puerta o por algún resquicio. Nada.

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Estaba tumbado de espaldas. Aunó fuerzas e intentó poner orden en sus pensamientos. No recordaba nada. Tanteó con las manos a su alrededor. Tierra. Inspiró profundamente y un olor fétido le llenó las narices. «Estoy enterrado vivo», se dijo. Luego levantó los brazos y las manos en el vacío hasta donde le permitió el dolor, en un intento de alcanzar la tapa del ataúd. Nada. Por lo menos tenía aire. Se alegró por poder respirar a pesar de que le dolían las costillas. No estaba enterrado. Para convencerse se levantó sobre un codo, se dio la vuelta y se puso a cuatro patas. No se atrevió a más. No tenía ninguna referencia espacial, la desorientación era total. Podía estar en el sótano de una casa antigua, aunque no apreciaba dónde estaban las paredes ni la altura del techo. Tenía miedo de golpearse.

Debía acostumbrarse lo más rápido posible a la oscuridad. Se dijo a sí mismo, con toda la fuerza con la que podía pensar, que tenía que utilizar los demás sentidos. Inspiró otra vez: el mismo olor acre de tierra fresca mezclado con un aire enrarecido, húmedo. Y había algo más, algo que no reconocía, algo espantoso. El sentido del olfato no le servía para averiguarlo, así que aguzó el oído. Las manos y las piernas le temblaban. Le dolían las palmas y las rodillas: unas piedrecitas se le clavaban en la piel de las manos y sentía como si hubiera apoyado las rodillas, que aguantaban el considerable peso de su cuerpo, encima de cáscaras de nueces. Se volvió de nuevo de espaldas y escuchó. Nada. Como la oscuridad, el silencio era absoluto. Ningún ruido de la calle, si es que había alguna por los alrededores.

¿Dónde estaba? ¿Y cómo había llegado allí? ¿Qué era lo último que recordaba? Estaba en casa. Se preparaba para ir a dormir. La cama estaba hecha. El lado de su esposa estaba vacío, intacto. Su mujer le había abandonado hacía tiempo, pero él siempre la buscaba antes de acostarse. La luz del baño estaba encendida y la puerta algo entornada. Una antigua costumbre, desde que tenía uso de razón; desde los tiempos en que tenía mucho miedo a la oscuridad. La encendía sistemáticamente antes incluso de que anocheciera. Dejaba el pequeño taller de carpintería para subir a encender la luz y luego volvía con sus muebles. La oscuridad pesaba mucho. Sobre todo allí, en su ciudad. Y sobre todo desde que se había quedado solo. Hacía esfuerzos para recordar, pero no le venía nada a la memoria. ¿Se habría quedado dormido enseguida? Quizá estaba soñando. Sin embargo, el dolor de la coronilla parecía muy real. Intentó agarrarse a otra cosa, otro recuerdo. Tal vez había soñado algo. Empezó a tener mucho frío. Temblaba bajo el edredón y una sombra se deslizaba sobre la pared del dormitorio. Una sombra larga y deforme que se acercaba a su cama. Y aquel olor. Una mano le había cogido la cabeza como un torno. Algo le arañó el rostro en varios puntos. Empezó a sangrar. Algo, un trozo de tela, le cubrió la boca y la nariz. Respiraba cada vez con más dificultad.

¡Qué raro! Se llevó la mano a la mejilla para convencerse de que todo había sido real. Se sobresaltó al tocarse. Los surcos de la mejilla derecha le escocían: la sangre coagulada empezaba a transformarse en costra. Entonces era verdad. Se concentró. Si los surcos de la mejilla tenían costra, significaba que había pasado algo de tiempo. ¿Cuánto llevaba allí? ¿Cuánto había dormido? ¿Desde cuándo estaba inconsciente?

Un ruido interrumpió el hilo de sus pensamientos. Parecía estar cerca, pero venía de fuera del habitáculo donde se encontraba. Un chirrido. Otro más. ¿Quizá unos pasos? Era un ruido extraño. Parecían unas piernas que se arrastraban, como si alguien anduviera tocando ligeramente la tierra, a intervalos regulares. Un cojo que levitaba. Luz, algo de luz. Como por un reflejo se volcó hacia ella, aunque era lo bastante tenue como para herirle los ojos acostumbrados a la oscuridad. Vio una especie de ranura en la pared, pero, en vez de ventana, había unos barrotes de hierro. Rejas. La luz llegaba desde fuera, desde algún corredor, cada vez más intensa. Por un instante se paró. Volvió la mirada. Se le heló la sangre en las venas. Justo a su lado, casi tocándole la sien, vio unas piernas. Se retiró hacia atrás instintivamente, de lado. El dolor era inaguantable; cualquier movimiento brusco era terriblemente doloroso. Hizo un esfuerzo para incorporarse y se apoyó en un codo. Aquellas piernas se prolongaban en un cuerpo desnudo. «¡Dios mío!» Era un cadáver. El olor era cada vez más fuerte, mareante. En aquel momento su cerebro procesó lo que veía. Sentía el hedor de un cuerpo en descomposición. A pesar del dolor, se echó aún más atrás y se golpeó con algo. Algo blando. No era la pared porque se movía al tocarlo. Se llevó una mano a la espalda, luego la otra. Alguien se le agarró. Trató de gritar, pero no oyó nada. Intentó chillar. Se había quedado sin voz. Sacudió el brazo, y la mano que le había agarrado cayó inerte. Otro cadáver.

Volvió la luz. Y también el ruido. Ambos crecían en intensidad. El habitáculo se iluminó un poco, y pudo observarlo con más claridad. Frente a él yacía un cadáver desnudo y amarillento, quizá por culpa de la luz, que titilaba. Provenía de una vela. Detrás, otro cadáver. Y entonces vio pasar la sombra por encima de los cuerpos, levitando torpemente como los pasos de afuera. Chocó con un cadáver, tropezó con otro, pálido, con los ojos desencajados. Se le puso la piel de gallina. El corazón casi se le salió del pecho. No eran ojos: eran agujeros. El cadáver que tenía delante no tenía ojos, solamente unos grandes agujeros donde la oscuridad parecía no tener fin. La sombra continuaba su camino y se proyectaba sobre la pared. Era terrorífica.

Se puso de pie para defenderse, a pesar de que estaba muerto de miedo, tenía la sensación de haber encanecido de golpe y sentía que una losa, una lápida que pesaba una tonelada, le aprisionaba el pecho. Tenía que defenderse ocurriera lo que ocurriese. Oyó un chirrido de bisagras oxidadas. Una puerta de hierro a sus espaldas. Intentó darse la vuelta, pero no le dio tiempo. El miedo se apoderó de él, lo paralizaba, pero a la vez lo protegía. No sintió nada cuando una mano de acero lo agarró por detrás. La mano lo cogió por la nuca, pasó por debajo de su brazo y lo inmovilizó. Tenía un miedo atroz. Estaba aterrorizado. Quizá era mejor así, se sentía un antílope atrapado por un tigre. La adrenalina anuló el dolor, el terror lo anestesió. También sintió un ligero pinchazo en el cuello. Luego empezó a tener frío. Cada vez más frío. Era lo único que notaba. Lianas de hielo empezaron a treparle, a envolverle. Y, en ese momento, dejó de sentir.

1

El discurso de Charles Baker fue interrumpido exactamente en el momento en que los tañidos de la campana de la iglesia anunciaban el mediodía. En la pequeña pero coqueta sala de conferencias del hotel Central Park casi no había necesidad de usar el micrófono. Todo el mundo se conocía y estaba muy interesado en las presentaciones de los demás colegas. Los sesenta y ocho invitados volvieron la cabeza a la vez cuando la puerta de la sala se abrió de repente golpeando la pared y un manojo de hombres en uniforme y cazadora de piel invadió el espacio. Los intelectuales no están muy acostumbrados a los burdos modales de los policías, y todavía menos a los de los países cuya reciente desmilitarización no les ha dado tiempo para aprender a comportarse. Desde la tarima, Charles Baker hizo un chascarrillo sobre una invasión ostrogoda. Los que acababan de irrumpir sin invitación se habían quedado en la puerta. Uno de ellos se acercó con pasos agigantados y le susurró algo al oído al profesor Baker, que con un gesto reflejo, tapó el micrófono con la mano. Después de escuchar con atención lo que le decía el policía, preguntó:

—¿Durará mucho?

El policía se encogió de hombros, su inglés dejaba mucho que desear. Contestó brevemente, intentando hacerse comprender.

—I hope no. My chief tell you.[1]

Charles se preguntó qué tenía que ver él con lo que pudiera suceder en aquella pequeña ciudad del corazón de Transilvania. En sus libros apenas citaba el lugar y la conferencia que participaba en aquel momento era sobre historia medieval. Los policías estaban quietos, con los pies clavados en la alfombra de doce centímetros de grosor que cubría la sala. Entre ellos llamaba la atención una mujer con un corte de pelo juvenil que paseó su mirada por los asistentes y se detuvo para leer el cartel que anunciaba la conferencia extraordinaria sobre historia medieval que daría el famoso profesor de Princeton, Charles S. Baker. Charles pensó que su celebridad había traspasado fronteras y que solicitaban su colaboración para resolver un caso. Sin embargo, le pareció exagerado tal despliegue de fuerzas.

—Las autoridades locales necesitan que les ayude con mis conocimientos detectivescos por unas horas. Propongo hacer un receso y que nos veamos a las cuatro de la tarde, según el programa, me gustaría escuchar las exposiciones de mis colegas Johansson y Briot, de las Universidades de Uppsala y de La Sorbona. Espero que me disculpen, mi segunda profesión me requiere.

Pronunció esas últimas palabras en tono irónico. Sabía que desde que había tenido sus dos «éxitos» —cuando descubrió y dio a conocer el secreto más guardado de Abe Lincoln y el misterio de la joroba perdida, tal como llamaba a Ricardo III—, la gente lo tomaba por una especie de Sherlock Holmes de la cultura. Las cosas llegaron hasta tal punto que a menudo recibía cartas de individuos que lo querían contratar para resolver todo tipo de misterios, desde tesoros enterrados por los aztecas, hasta la identidad de los fantasmas que azotaban un castillo de Cornualles recién comprado por un millonario ruso.

Tenía la costumbre de entablar conversación con cualquier loco que se le acercara, de modo que, dada su categoría, las autoridades locales insistieron en asignarle un escolta. Como no le gustaba nada tener la misma protección que un alto mandatario o algún mafioso de un país del Este, rechazaba siempre ese tipo de ofertas. Pero el alcalde lo apremió tanto y tan firmemente, que Baker pensó que al fin y al cabo dos días no suponían el fin del mundo, sobre todo, cuando le vio la cara al que le iba a proteger. Puso una condición: que se cumpliera su deseo de quedarse a solas en algún momento por razones personales, sin comentario alguno del improvisado escolta.

La noche anterior, durante la cena de bienvenida en el barrestaurante del hotel, un individuo intentó acercársele demasiado. Parecía ansioso por entregarle algo: una carpeta marrón repleta de documentos. Al final intervino el vigilante del hotel y lo echó. El hombre se resistió, clavando las botas en el suelo. Luego, esa misma mañana, en el desayuno sueco colmado de manjares, una mujer de mediana edad logró colarse hasta su mesa, entregarle una nota y retirarse rápidamente antes de que Baker pudiera reaccionar. No consideró necesario recurrir al obeso policía que tenía que protegerle, demasiado preocupado por engullir a cuatro manos las maravillas desplegadas en las seis mesas de la planta baja del restaurante. Sin pensar, Baker se metió la nota en el bolsillo y se olvidó de ella.

Para Charles la comida de la mañana era la más importante del día. En su juventud muchas veces no desayunaba y comía por la noche, pero cambió rápida y definitivamente esta costumbre cuando empezó a engordar. Además, nunca sabía a dónde lo llevaría el día y con qué tipo de tentempié tendría que contentarse para toda la jornada. Así que desde hacía un tiempo se atiborraba por la mañana y por la noche se acostaba con el estómago casi vacío. De esta manera compensaba los pequeños excesos, pues cada vez que llegaba a un lugar como este, no podía resistirse al banquete que le ofrecían aquellas mesas cargadas de platos tradicionales, cocinados según se hacía en el Medievo.

Charles Baker no era muy sofisticado, y mucho menos un engreído, pero lo cierto era que últimamente lo buscaba por diferentes motivos gente de toda índole. Se decía para sus adentros que, si hubiera sabido que sería tan famoso, habría preferido ser una estrella de rock. Eso en el caso de que fuera capaz de entonar alguna melodía, porque la única canción que le salía más o menos bien era el himno de Estados Unidos, que aprendió gracias a la paciencia de sus abnegados amigos. Las melodías le costaban mucho, pero las letras se las sabía a la perfección. Recordó la canción de Phil Collins «You can wear my hat» y pensó que quizá tendría que encargar pañuelos y corbatas con el estribillo serigrafiado para sus seguidores.

Bajó las escaleras, flanqueado por el pequeño ejército de acompañantes que lo llevaron hacia los dos coches. Lo invitaron a subir al más lujoso, el único Volkswagen de la policía municipal. A su lado subió la mujer del peinado juvenil, que le tendió la mano como un hombre y se presentó fríamente:

—Soy Christa Wolf.

—Charles Baker. Necesito que me ponga al tanto mientras vamos hacia la comisaría. Así ganamos tiempo, quizá pueda resolver el enigma en el trayecto.

Para su sorpresa, la mujer le respondió en un fluido inglés con un marcado acento británico, con una gramática perfecta.

—No vamos a la comisaría ni tampoco le hemos invitado por su capacidad de deducción.

Su tono era neutro y directo, sin rastro de arrogancia. Baker la miró con más detenimiento y decidió que le gustaba. Siempre le ocurría así: la primera impresión era la definitiva. Aunque mantenía la mente abierta en absolutamente todas las cosas que hacía y estaba siempre preparado para aceptar una opinión bien argumentada que le llevara la contraria —incluso cambiaba su parecer si el interlocutor conseguía convencerlo—, en cuanto a las mujeres, la primera impresión era la que valía. De Christa Wolf le atrayeron los grandes ojos y la piel aceitunada, el corte de pelo masculino y la intrigante cicatriz que le bajaba por detrás de la oreja hasta perderse por el cuello en la camisa de corte militar.

—Y entonces ¿para qué?

—No se lo puedo decir ahora mismo, pero en pocos minutos lo sabrá.

Parecía que la mujer había dado por acabada la conversación, así que a Charles no le quedó otra cosa que admirar por la ventana del coche la entrada a la ciudad medieval de Sighișoara, que conocía tan bien. Era la cuarta vez que la visitaba y continuaba fascinado por las casas torcidas que se apoyaban entre ellas como viejos en apuros, obligados a confiar el uno en el otro. El motivo que lo había traído la primera vez fue un libro que gozó de bastante éxito entre sus lectores habituales. Había alcanzado la fama académica mucho tiempo atrás, igual que la celebridad política como jefe de las campañas electorales de seis senadores y un presidente de Estados Unidos. Las había ganado todas. Su libro sobre la propaganda y la manipulación a lo largo de algunos milenios de historia se había convertido en los últimos diez años en la segunda fuente más citada en todas las publicaciones y tesis doctorales sobre comunicación.

El coche pasó por debajo del estrecho portal de la plaza central de la ciudad, giró enseguida a la derecha, subió con un chirrido el suelo de piedras cúbicas irregulares y paró casi al pie de las escaleras. Enfrente había multitud de coches de policía con las sirenas en marcha y un cordón de agentes intentando contener a los numerosos curiosos. Era principio de verano y Sighișoara se llenaba de turistas, especialmente extranjeros, deseosos de visitar una ciudadela medieval perfectamente conservada en el confín del mundo y ver la casa donde podría haber nacido el Príncipe de las Tinieblas, Vlad III Țepeș, también conocido como Drácula.

2

Al bajar del coche lo recibió el comisario de policía Gunther Krauter, que le estrechó la mano y se presentó formalmente.

Charles estaba dispuesto a montar un pequeño escándalo por haber sido molestado en plena conferencia entre tanto misterio y falta de delicadeza. Odiaba las intervenciones de la policía incluso cuando eran más o menos discretas. De hecho, había renunciado a la carrera de asesor político justamente por su rigidez. No soportaba llevar traje y corbata, y el atuendo oficial le hacía parecer, según sus propias palabras, un pingüino. Como tenía el cuello corto y grueso, en contraste con el resto del cuerpo —un físico normal, de altura y peso medianos, bien conservado—, no podía comprarse camisas normales. Las entalladas no se podían abrochar en el cuello y las que sí se adaptaban le quedaban demasiado anchas. Por tanto, se veía obligado a hacérselas a medida. Se preocupaba mucho por su aspecto y vestimenta, y le gustaba el estilo smart casual, de colores vivos y combinaciones sorprendentes. Nunca le había faltado el dinero, y en los últimos quince años lo había ganado a espuertas impartiendo cursos, haciendo marketing político y escribiendo libros de éxito, además los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña, junto con otros inversores privados, le habían otorgado generosos reconocimientos, de modo que era casi rico. Sus firmas preferidas eran Chavert, Brioni y Kiton. En el día a día y para variar llevaba también Breuer, Eton o Turnball & Asser. De hecho, su fondo de armario estaba tan bien surtido y su vestidor era tan grande que una de sus amantes se había echado a llorar una mañana cuando se equivocó de puerta y entró en el vestidor en vez de en el baño. Estaba obsesionado con las marcas, pero especialmente con el tipo de tejidos y costuras que estarían en contacto directo con su cuerpo. Nunca había llevado algo parecido a un jersey de textura áspera, e incluso no podía soportar las mantas de algunos hoteles. Las camisas tenían que acariciarle el cuerpo, darle sensación de bienestar durante todo el día. Tenía preferencia por el algodón, especialmente Pima, egipcio o Sea Island, cualquier cosa que entrara en la categoría ELS (extra long staple, hilo extra largo). Asimismo, apreciaba la sarga italiana, la batista y la marcela. De vez en cuando se daba el gustazo con camisas de popelín o de velo suizo. Nunca optaba por producciones en masa, solamente por series limitadas. Esas firmas tenían sus propios diseñadores, y a veces cada una abastecía solamente a un puñado de clientes. Charvet era su fabricante preferido, era el Rolls Royce de las camisas hechas a medida. Con más de seis mil materiales diferentes, ofrecía a sus clientes tanta variedad que a veces los ponía en un brete. Por ejemplo, solo de los matices de blanco o azul había más de doscientas variedades. Por ello, cada vez que Baker viajaba a París, la visita a la sede de Charvet en la plaza Vendôme era un destino obligatorio.

—¿Dónde compra sus camisas? —le preguntó el comisario.

A Charles le extrañó la capacidad de observación del policía. No todo el mundo es capaz de reconocer una prenda de una marca tan distinguida como Brioni, la camisa rosa pálido que llevaba puesta aquel día. Así que el sabueso tenía buen gusto. «¿Dónde lo habrá desarrollado?», se preguntó Baker. Estaba convencido de que en aquella región no habían visto nada parecido en unos trescientos kilómetros a la redonda. Sin embargo, por precaución, porque odiaba poner a alguien en un aprieto si no era absolutamente necesario, contestó:

—Me las compra mi mujer, no me gusta ir de compras.

No estaba casado pero, como no era un buen mentiroso, dijo lo primero que se le pasó por la cabeza. De todos modos, el policía no tenía ni idea de su situación conyugal.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó.

El policía lo miró como si todavía no supiera si explicárselo, llevarlo al lugar del crimen o dejarlo en la comisaría para interrogarlo. Christa Wolf insistió en llevar a Baker rápidamente al lugar del crimen y decidió obedecerla.

—Venga conmigo.

Y empezó a subir las escaleras.

3

La carretera se encaramaba por las neblinosas colinas de Saschiz. Un Porsche Panamera negro, quizá contagiado por el nerviosismo de la mujer del asiento trasero, relinchó e, impaciente, advirtió con ráfagas de luz al coche de delante. Desganado, el conductor del Citroën se apartó farfullando algo sobre los estúpidos ricos de hoy en día, pero los del Porsche estaban ya muy lejos cuando terminó sus imprecaciones, aunque si lo hubieran oído, posiblemente no le habrían prestado atención. La mujer del asiento trasero escondía con dificultad sus prominentes muslos debajo de un traje chaqueta naranja, rematado de forma romántica con un pañuelo Hermès que pretendía esconderle las arrugas del cuello. En el asiento contiguo tenía abiertos dos portátiles, y el teléfono pegado a la oreja mostraba que la habían interrumpido con algo de mucha importancia. Hasta el chófer y el individuo alto como un armario sentado a su lado oían la voz del interlocutor. Después de casi dos minutos de recibir órdenes a gritos, la mujer balbuceó algo, respiró y dijo:

—Esta vez no se nos escapará. ¡Se lo aseguro! —Colgó y se dirigió a los que estaban delante—: ¿Estáis convencidos de que lo hicisteis todo tal como os había pedido?

El chófer masculló que se había asegurado personalmente de que todo fuera como se le había encargado y que sus agentes lo mantuvieran al tanto de cada movimiento. Los mensajes de sus hombres salían con letras pequeñas en la pantalla del ordenador del salpicadero, por lo que ella también los había leído, los había visto con sus propios ojos.

—¿Esta vez estás seguro de haber elegido a la gente idónea? No quiero que nos pase como en Marsella. O peor aún, como en Colonia, y que se nos escape de las manos otra vez, como a unos novatos.

El chófer estaba seguro de sí mismo y el armario asintió con la cabeza.

Para una mujer como Bella, perseguir a alguien era una pérdida de tiempo, un aburrimiento continuo y un terrible despilfarro de recursos. Era una mujer de acción. Por tanto, la misión que le habían encomendado la ponía de los nervios. Pero las órdenes eran órdenes y ella acostumbraba a acatarlas sin rechistar.

4

La escalera hacia donde se dirigía la pareja era una rareza. Construida en 1642, comunicaba el casco antiguo y el instituto de la colina y estaba cubierta o, más bien, envuelta en vigas de madera apoyadas en molduras; en el interior las nervaduras de apoyo, colocadas a espacios regulares, recordaban vagamente a las ojivas de las catedrales góticas. La pintura negra del exterior le daba un aire siniestro. El instituto fue construido al lado de la iglesia «de la colina» en 1525. Detrás de la iglesia está la Torre de los Sogueros, una de las nueve torres de los gremios que habían contribuido al nombramiento de la ciudad como patrimonio de la UNESCO. La escalera, conocida como «escalera de los alumnos», tenía inicialmente trescientos peldaños. Para llegar al instituto, los alumnos debían subirlos y bajarlos día tras día, y el cobertizo de madera se construyó para protegerlos de accidentes. Ya cansado por la agitación de la mañana, Charles deseó que alguien hubiese tenido la genial idea de poner un ascensor, le valía uno mecánico o un saco llevado por poleas como en los monasterios griegos suspendidos en las rocas. Recordó que en 1849 el número de los escalones fue reducido a 175. «Felicidades al que tuvo la iniciativa —dijo para sus adentros—. Hoy le entregaría una medalla.» Le pasó por la cabeza Hitchcock con sus 39 escalones y terminó por preguntarse qué sorpresas le esperaban todavía.

Alrededor había gente de uniforme y muchos civiles. A estos se les permitía estar en la parte interior de una barricada improvisada con una cuerda y protegida por un muro vivo de policías que se comportaban como si estuvieran en alguna manifestación no autorizada contra la cumbre del G8. Parecía que toda la policía de la ciudad estuviera allí reunida, incluidos porteros, chóferes y secretarias. Era obvio que fuera lo que fuese lo sucedido, Sighișoara no había vivido algo de tal importancia desde hacía mucho tiempo.

La entrada de la escalera estaba tapada con algunos sacos de plástico para que la muchedumbre no alcanzara a verla. Antes de quitar los sacos, el comisario le avisó:

—Lo que hay ahí dentro no es divertido, aunque parece usted un hombre que no pierde la compostura. —Después de crear este suspense con el propósito de confundirlo y pillarlo desprevenido, formuló una pregunta que parecía traer preparada—: ¿Por qué aparece el Diablo en sus tarjetas de visita?

Baker lo miró asombrado. Pensó que quizá el policía quería gastarle una broma con alguna palabra inglesa. Su acento alemán no era fácil de entender. Charles se limitó a pronunciar un británico «¿Perdón?», contaminado tal vez por el acento de la mujer que lo había traído a aquel lugar, a la que parecía haberse tragado la tierra.

—Le pregunto si usted venera al Diablo o es una broma de aquellas que nosotros, los simples mortales, no podemos entender. Algún inside joke.

—¿Que si venero al Diablo?

A Charles no le era ajeno el provincianismo de la gente de las ciudades pequeñas, sobre todo en lugares como ese, donde las supersticiones dejaban sus improntas desde el mismo nacimiento y, a pesar de haber estudiado, no se libraban de ellas fácilmente. En sus libros, las creencias populares tenían una importancia especial y la mayoría de sus teorías sobre la persuasión se apoyaban justamente en esos inquebrantables convencimientos, en los prejuicios llegados de algún lugar de la oscuridad del tiempo a los que ningún argumento racional podía borrar o al menos apaciguar.

Mientras Charles pensaba en lo que quería decir el comisario, este echó a un lado la improvisada cortina y la mantuvo abierta. Subió. Enfrente, hacia la mitad de la escalera, encontró otra vez mucha gente. Hacían fotos, tomaban medidas y Christa Wolf discutía con un hombre, tal vez un colega, vestido de paisano. No había mucha luz porque las maderas laterales filtraban los rayos de sol, de manera que las zonas iluminadas alternaban con las oscuras como en un fotograma de una película en blanco y negro que más que revelar el misterio lo oculta. Baker se acercó. El fotógrafo que le obstruía el campo de visión continuaba su ridículo baile y esperó a un lado. Entonces lo vio, y se quedó boquiabierto.

5

La pantalla gigante de la sala central parpadeó algunos segundos. Un cursor se movió un poco, se paró y después se puso a bailar como loco sobre la pantalla que mostraba un barullo de imágenes, ecuaciones matemáticas, textos de distintas épocas, jeroglíficos y runas, y después de treinta segundos de orgía visual acompañada por el Himno a la Alegría de Beethoven, la instalación de sonido, exagerada incluso para el hangar de cinco mil metros cuadrados donde se hallaba, se paró y en el monitor apareció el mensaje PROBLEM SOLVED. Primero en inglés, luego en alemán, francés, español, ruso y en todos los idiomas del mundo, vivos o muertos y enterrados desde hace siglos, a los que solo conocía el colosal ordenador del Instituto de Estudios sobre el Comportamiento (IREHB). Luego una figura animada empezó a bailar en la pantalla a un ritmo frenético. Los empleados de la consola central se quedaron quietos, mirando enmudecidos y, tras una señal de Werner Fischer, empezaron a gritar, a chillar, a abrazarse y a tirar por los aires lo que pillaban, desde vasos de plástico hasta folios, sujetapapeles y todos los objetos que tenían a su alcance. Aunque la pantalla no se podía ver desde todos los puntos del hangar, algunos altavoces estaban colocados de tal manera que se transmitía un mensaje general a todos los empleados. Cada vez que obtenían resultados tan importantes como el de aquella noche, el jefe regordete y pelirrojo del lugar programaba que el mensaje apareciera en el monitor y la música retumbase en todo el hangar.

Werner Fischer era en primer lugar un genio de las matemáticas y de la física, pero la lista de disciplinas que dominaba era interminable. Desde los tiempos de la universidad —había sido descubierto en la Universidad de Berlín y se lo llevaron a Estados Unidos casi a rastras— se decía de él que era un genio. Hubo una batalla feroz entre las universidades más poderosas del mundo para hacerse con él. Al final, ganó el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el MIT. Con solo veintiséis años tenía ya cuatro doctorados coordinados por sendos ganadores del premio Nobel. Cuando todavía estaba estudiando, las grandes empresas, los servicios secretos y, sobre todo, los del IREHB se fijaron en él. El propio director del Instituto llevó a cabo el trabajo de persuasión y lo cortejó arduamente durante casi cinco años, hasta que, al final, venció a la oposición y se lo llevó con él. Haciendo muchas pesquisas y una compleja investigación a lo largo de los años, a veces infructuosa, los del Instituto habían encontrado su talón de Aquiles y le habían dado lo que más deseaba o, mejor dicho, la única cosa que realmente quería y no podía obtener de otra manera. El genio, el jefe de todos los grandes proyectos que se cocían en el IREHB, no se dejaba impresionar por cualquier cosa. Comía de todo, especialmente comida basura y toneladas de caramelos, dormía en cualquier lugar, de pie o con la cabeza sobre el escritorio cuando era necesario, y podría haber ganado mucho dinero siempre que quisiera, todo el que deseara.

Satisfecho por el gran logro, mientras los demás seguían gritando cogió una carpeta de su escritorio y se largó por la puerta. Subió a la minitransportadora de dos ruedas y se dirigió como un rayo hacia el supervigilado edificio al que solo los privilegiados tenían acceso. Pasó por todos los filtros de seguridad, el detector de metales y el de fluidos corporales nocivos, introdujo una tarjeta, tecleó un número, luego otra tarjeta más, un nuevo código personal, después cruzó más puertas, pasó el sensor de huellas dactilares, de la palma y, para terminar, de la retina. Finalmente, llegó.

6

Hacia la mitad de las escaleras vio unos cadáveres apelotonados. Por suerte, el gentío que tenía delante se interponía entre los muertos y su campo visual, así que solamente veía partes, aunque fue suficiente para sentir náuseas. Se tocó la frente y logró reprimir el vómito. No sabía lo que sucedía y esto aumentaba su incertidumbre. Pensó en dar la vuelta y salir a la calle, pero Christa bajó rápidamente por las escaleras detrás de él y lo agarró por el hombro. Se pusieron a mirar hacia fuera.

—Está bien; si no lo puede soportar, podemos hablar más tarde.

—¿Por qué me han traído aquí? —preguntó Charles casi sin respiración—. Mis escaramuzas con policías y ladrones han tenido siempre una dimensión más bien teórica. No tengo estómago para depósitos de cadáveres y lugares siniestros.

—Lo lamento. Le dije al policía que le acompañó que le informara de que el panorama no sería muy bonito.

Christa estaba mintiendo, y Charles lo sabía porque el comisario apenas hablaba inglés. Tenía toda la intención de llevarlo allí sin avisarle de nada, pues quería ver su primera reacción. Por desgracia, el comisario había desobedecido las instrucciones, preocupado por satisfacer su curiosidad sobre la tarjeta de visita pero también porque hería su orgullo recibir órdenes de una mujer mucho más joven que él y que hablaba un alemán excelente. En su casa solo cantaba el gallo, a pesar de las cinco mujeres que la habitaban. Así que no tuvo tiempo para disponer el lugar para que el impacto de la imagen, aunque a cierta distancia, fuera brusco y frontal.

—Si está convencido de poder resistir, nos ayudaría mucho. Los cadáveres están mutilados... Sería de gran ayuda.

Charles asintió, respiró hondo y se volvió. Mientras tanto, Christa ya estaba arriba y hablaba con algunos policías que habían tapado, finalmente, los cuerpos con una sábana. Le hizo un gesto alentador a Charles para que se acercara. El profesor Baker había visto cadáveres, pero siempre los evitaba. Le gustaba un precepto hebreo que decía que los hombres vivos no han de ver nunca un muerto que no esté envuelto. Casi siempre, cuando eso sucedía, su pensamiento volaba hacia meditaciones sobre la futilidad de la vida y otras por el estilo, con las que él, un carácter eminentemente optimista, no encajaba.

Christa dejó el lugar y envió a todos los presentes a dar un paseo, a excepción del comisario y del colega con el que había discutido antes.

En la mitad de las escaleras, este destapó ligeramente la pierna de un cadáver. Su palidez era más que cadavérica, trascendía incluso la idea de blanco: parecía como si se hubiera mantenido en yeso o talco. Esperó la aprobación de Charles, que asintió con la cabeza, y levantó la sábana. El cadáver tenía enrollada la pierna sobre una estaca de madera muy puntiaguda. Levantó la sábana aún más hasta descubrir todo el cuerpo. La imagen era horrible. Los ojos del cadáver habían sido extraídos, y el maestro sintió arcadas de nuevo. Se dio la vuelta y se inclinó hacia atrás, estirando la mano para decir que estaba bien pero necesitaba un momento. Pensó que se estaba comportando como una damisela, que hacía el ridículo y, con un esfuerzo de voluntad, se incorporó. El policía destapó de repente otros dos cuerpos, uno de ellos colocado más arriba y el otro tumbado de manera perpendicular sobre el primero. Charles se acercó y vio que al que estaba encima le faltaban las orejas. Se dijo que al otro debía de faltarle la lengua. Le colgaba del cuello una ristra de ajos. Para intentar librarse de la horrible visión, Charles pensó que parecía una guirnalda de flores de aquellas que reciben los turistas en las islas exóticas.

El policía, que no le quitaba ojo, le hizo una señal para que mirase hacia el techo. Allí, entre ojivas, había un espejo que reflejaba toda la escena al revés. Charles vio que los tres lo miraban con curiosidad, como si estuvieran esperando a que dijera algo o reaccionase de una manera determinada. Aunque la escena desbordaba dramatismo, Charles, que no era un cínico, no pudo dejar de notar la dimensión teatral del espectáculo y, al mismo tiempo, una especie de torpeza de la puesta en escena, como si el autor tuviera prisa. Los tres cadáveres formaban una cruz. Dos para formar la parte vertical, y el que estaba tumbado de manera perpendicular, la horizontal. Pensó que la puesta en escena era bastante rudimentaria, que parecía una escena de los misterios medievales. Así pues, la cruz, la estaca, el espejo, el ajo. No ve, no oye, no habla. El criminal quería transmitir un mensaje, aunque no a él, desde luego. Empezó a suponer cuál era el motivo de que lo hubieran requerido. El hombre vestido de paisano interrumpió su hilo de pensamiento cuando le dijo:

—Al otro le falta la lengua.

Charles no se inmutó. Descontento con la reacción del profesor, el hombre sacó unos guantes quirúrgicos y se acercó al primer cadáver. Se puso en cuclillas y colocó la mano sobre la cabeza, como para apoyarla. Con la otra mano, dio ligeramente la vuelta al cuello y con los dedos apartó el pelo.

—Cada uno de ellos tiene dos agujas en la carótida derecha. La autopsia se realizará más adelante, pero, en el primer examen, nuestro médico forense dijo que la causa de la muerte parece ser el desangramiento.

—¡Es terrible! —exclamó Charles—. Pero todavía no comprendo... ¿qué pinto yo aquí? —Y aunque hizo un esfuerzo para abstenerse, añadió con ironía—: ¿Realmente piensan que un vampiro puede haber hecho esto? Vamos, caballeros, ¿qué demonios quieren?

Charles Baker no entendía cómo alguien podía tomarse en serio esta hipótesis. Sin duda las historias de vampiros eran muy populares, pero representaban una especie de convención de la ficción, como los superhéroes de los cómics o los combates de lucha libre. No se podía imaginar que alguien pensara que los dos oponentes luchaban de verdad en el ring y no se diera cuenta de que todo era una coreografía diseñada para entretener, por alguna razón que a él se le escapaba, a un público que era, sin embargo, entendido en el tema. Las supersticiones existían y las leyendas todavía tenían una gran influencia sobre el imaginario colectivo. Especialmente allí, en Rumanía. Y la necesidad de la gente de creer en algo sobrenatural les alimentaba la esperanza de una vida mejor o llena de acontecimientos, de un milagro. Pero que las autoridades se tomaran en serio tal posibilidad le parecía absurdo. Era retroceder en el tiempo unos cuantos siglos.

Nadie pareció apreciar la intervención del profesor y Charles tuvo la sensación de que lo miraban con desconfianza. Los demás estaban convencidos de que ocultaba algo.

—¿No es usted el mejor experto en vampiros? —preguntó el policía.

Así que necesitaban de su asesoramiento. Probablemente querían que les explicara si se trataba de algún ritual conocido o si había visto antes algo similar. Después de todo, era una casualidad que estuviera en el país justo en ese momento.

—Todo lo que hice fue escribir un libro sobre un tema que me parecía interesante, pero mi perspectiva de las cosas es la del científico. Es cierto que he escrito una historia del fenómeno; sin embargo, me he centrado estrictamente en cómo se crea una leyenda y cómo funciona la propaganda.

—Pero usted ha dado conferencias sobre el tema por todo el mundo.

Tal como parecía, la conversación se había convertido en un diálogo de besugos entre Charles y aquel hombre que no sabía quién era. Miró inquisitivamente a Christa. Ella entendió la mirada y le presentó al desconocido.

—Disculpe —dijo—. Este señor es del SRI, el Servicio Rumano de Inteligencia.

—Nuestro FBI —añadió el individuo tendiéndole la mano—. Ion Pop. John, si prefiere.

Charles le estrechó la mano, sin apenas tocar el guante.

—Mi principal tesis en las conferencias y trabajos a los que se refieren es precisamente que no existen vampiros y que el llamado vampirismo de Vlad ŢepeŞ es un invento que comienza mucho antes de la novela de Bram Stoker. Un clásico ejemplo de una guerra de descrédito mediante la transformación de un personaje peligroso en algo demoníaco. Hablé de esto en el contexto de las campañas electorales y de la historia de la propaganda. Demostré de una manera simpática, diría que matemática, que la existencia de los vampiros es teóricamente imposible. Pero no creo que sea el momento y el lugar para impartir un curso aquí, por muy gótico que sea el ambiente.

El agente no parecía muy convencido. Le indicó que se inclinara sobre el cadáver y le preguntó:

—Y entonces ¿cómo explica usted eso?

En la parte posterior del cuello, el cuerpo tenía un tatuaje del tamaño de cuatro dedos. Era un diablo con dos lenguas saliendo de las comisuras de la boca, la cabeza cubierta con una suerte de sombrero de cazador de color bellota del que salían dos cuernos rojos, vestido con una especie de pañal con lunares del mismo color; en cada mano y cada pie tenía cuatro uñas, todas de color rojo, largas y encorvadas, los dientes eran pequeños y muy afilados, los ojos redondos y maliciosos, la cara verde; un diablo con rasgos parcialmente humanos que parecía bailar una danza apocalíptica que, dejando a un lado la posición en la que lo había sorprendido la muerte, recordaba a la alocada danza de Shiva sobre la tumba de un mundo completamente destruido. El tatuaje estaba ejecutado perfectamente, con una minuciosidad y una atención a los detalles obsesiva. A Charles le brillaron los ojos de un modo que no pasó desapercibido a los otros tres.

Cuando el policía levantó la mano del cuello del cadáver, Charles notó que los dedos del guante estaban teñidos. Así que no era un tatuaje permanente; más bien una suerte de calcomanía.

—Es idéntico en los tres —dijo el comisario.

—¿Debería saber lo que significa?

La respuesta del comisario llegó al instante como un golpe difícil de parar:

—Es usted quien nos lo debería explicar.

—¿Yo? —replicó Charles, molesto—. ¿Piensa que tengo algo que ver con estos crímenes?

—No directamente. No pensamos que usted pueda ser el autor —dijo el agente—. Los mataron mucho antes de que aterrizara en Rumanía. Lo hemos comprobado. Pero hay algo más. ¿Lleva encima una tarjeta de visita?

—Mis tarjetas de visita son privadas. Llevan impreso mi número de teléfono y mi correo electrónico personal, y no se las doy a nadie, por lo que raras veces las llevo conmigo. Solamente cuando creo que las necesito. Las dejé en el hotel. Quien quiere encontrarme sabe cómo hacerlo.

—¿Su tarjeta de visita es así? —preguntó el agente. Abrió la mano de uno de los cadáveres y sacó de allí una tarjeta de visita algo arrugada.

Charles se quedó mudo. ¿Cómo demonios? El policía se levantó, acercó la tarjeta a la cara del profesor y súbitamente le dio la vuelta.

—¿Y esto qué es?

Si es posible quedarse perplejo después de estar ya petrificado, eso fue lo que le pasó a Charles. En su tarjeta de visita había, esta vez impreso, el diablo danzarín.

—Mire lo que pensamos nosotros: o tiene usted algo que ver con lo que ocurre aquí, en el sentido de que lo sabe, o...

Charles lo interrumpió inmediatamente.

—¿Cree que dejo mis tarjetas encima de las víctimas? ¿Sobre los cuerpos que descuartizo? ¿O que lo hice justamente para poder disculparme? ¿Para tener así una falsa coartada? Sí, este es el aspecto, de hecho, de mis tarjetas de visita. Menos por el diablo. Y son simples, sin código o huella digital. Cualquiera que haya visto alguna vez una tarjeta mía la puede reproducir.

Con calma y sin tomar en cuenta las protestas del interlocutor, Ion Pop continuó su teoría:

—Puede que se trate de alguien que sabía exactamente que estos días estaría usted aquí para el simposio y quiere enviarle un mensaje, o que sea víctima de un montaje. Yo sé que usted es una persona importante y que con una simple llamada de teléfono puede no solo quedar en libertad, sino que nos veamos obligados a llevarlo al aeropuerto. Sobre todo, porque no está bajo sospecha. No obstante, en el caso de que estos crímenes tengan, de algún modo, algo que ver con usted, sea para transmitirle un mensaje, o sea alguna broma macabra de un desequilibrado, tiene que echarnos una mano. Así que agradeceríamos que nos acompañase unas horas en las dependencias de la policía. Luego lo llevaremos de vuelta al hotel.

Charles miró su reloj y tras unos instantes contestó:

—En breve comienza la segunda parte de la conferencia. Los acompaño solamente con la condición de que ustedes transmitan a mis compañeros las disculpas necesarias y les pidan que continúen sin mí. Además, tengo que estar de vuelta como muy tarde dos horas antes del cóctel de las nueve. ¿Saben por lo menos quiénes son las víctimas?

—El señor comisario ha reconocido a uno de los tres. Es, o era, el dueño de una carnicería de nuestra ciudad.

—El mejor carnicero que he conocido —dijo Gunther con pena y rencor.

7

Charles Baker salió a las cinco de la sede central de la jefatura de policía de la ciudad. Los agentes no habían podido encontrar ninguna razón para retenerlo, sobre todo porque el profesor era una de esas personalidades intocables que podía causar enormes problemas. Era una patata caliente y nadie tenía ganas de soportar ninguna consecuencia ni de asumir ningún riesgo. Además, tenía una coartada sólida: los cuerpos habían sido colocados por la noche, justo cuando él había llegado, y el policía obeso no le había quitado el ojo de encima; incluso durmió en un sofá en la recepción. Los cuerpos los descubrieron cerca de la medianoche dos turistas polacos, uno de los cuales se encontraba todavía en estado de shock. En el momento en el que probablemente se produjeron los asesinatos, Charles Baker estaba dando una serie de conferencias en Oxford sobre la guerra de las Dos Rosas y la famosa joroba perdida de Ricardo III.

Dos horas habían sido suficientes. Él no sabía gran cosa, no era consciente de que pudiera tener enemigos capaces de algo así. Quizá algún otro profesor con el que competía o un estudiante que le odiaba podía ser su adversario o tenerle antipatía, pero ninguno de ellos era capaz de esos crímenes atroces, y menos en ese confín del mundo. Podría haberles explicado que el sistema universitario estadounidense era muy diferente al de Rumanía pero no lo contó. Si tenía enemigos, no serían del círculo académico, sino de los tiempos en que conducía impecables campañas electorales. Era demoledor: nunca se le escapaba nada, ninguna debilidad del oponente. Siempre golpeaba donde más dolía. Los años de esgrima y la perspectiva de una terrible estocada, aun sin filo, le habían enseñado a controlarse. A esquivar cuando fuera necesario, a salir y a devolver el golpe más inesperado exactamente cuando el enemigo había bajado la guardia. Si no hubiera coincidido con el día de la desaparición de su abuelo —después de aquella alarmante llamada que sonó como testamentaria y le obligó a ausentarse de la convocatoria—, Charles habría formado parte del equipo olímpico de esgrima de Estados Unidos. A lo largo de su vida —tenía cuarenta y cinco años— solamente tres veces no había podido respetar sus promesas. Esa fue una de ellas. Cuando era pequeño, su abuelo le enseñó a defenderse con los puños, pero principalmente con las armas. «Provienes de una larga familia de valientes guerreros», le decía. Y le enseñó a disparar una pistola, a luchar con la espada y a sobrevivir en condiciones adversas. «Primero el cerebro, después la mano.»

Pero no había sido del todo honesto sobre el montaje y la imagen de su supuesta tarjeta de visita. Les dijo que no tenía idea de lo que ocurría y cambió de tema.

Christa se ofreció a acompañarle. Él contestó que el hotel estaba a la vuelta de la esquina y que le vendría bien dar un paseo. Antes de cerrar la puerta detrás de él, ella preguntó:

—Ha reconocido algo, ¿verdad?

—Te contesto si me acompañas al cóctel esta noche —respondió Charles, sonriendo enigmático.

En el monitor del Instituto de Estudios del Comportamiento, la figura animada, el diablo con la cara pintada de verde y con cuatro uñas encorvadas en cada extremidad, dejó de bailar y se quedó bloqueada en una esquina de la pantalla.

8

En el número 25 de la calle Hermann Oberth se encuentra el más bonito y moderno hotel de la ciudad natal del más célebre vampiro de todos los tiempos. En las anteriores visitas de Charles todavía no lo habían terminado, por lo que, en el momento en el que el coche de la embajada de Estados Unidos llevó al profesor desde el aeropuerto de Cluj directamente allí, se quedó gratamente sorprendido. A Charles le gustaban sobremanera los hoteles de lujo. Como estaba corriendo siempre de aquí para allá, los hoteles ocupaban una buena parte de su vida. A veces pasaban meses antes de volver a su casa. Le gustaba visitar los lugares antiguos, medievales, pero sobre todo deseaba, después de un ajetreado día en cualquier ciudad, poder relajarse en un refugio de lujo y buen gusto.

Apreciaba todo en un hotel, desde las arregladas habitaciones hasta los espaciosos pasillos, desde los uniformes de las camareras hasta el atuendo de los mayordomos, desde la amabilidad de los recepcionistas hasta las inmensas camas con muchas almohadas, desde los baños revestidos de mármol hasta los bombones o cestas de fruta que encontraba encima de la cama al llegar. Lo que más le gustaba era la campanilla de la recepción, en los pocos lugares donde todavía podía encontrarse.

A menudo se quedaba en el vestíbulo de cualquier hotel y, durante muchas horas, miraba a la gente variopinta que se hospedaba allí, con el ordenador portátil delante. Incluso había escrito algunos de sus libros en estos grandes espacios abiertos a lo largo y ancho del mundo. El zumbido de las personas elegantes que arrastraban un sinfín de equipajes, los destinos que se entrecruzaban por un período corto para separarse luego para siempre, le fascinaban. A veces apostaba consigo mismo e intentaba adivinar la ocupación de todas aquellas personas, les examinaba los rostros, la vestimenta, el comportamiento. Tenía una memoria formidable para las caras, de modo que si veía una que le llamaba la atención en algún hotel y la volvía a ver años después, recordaba dónde la había visto antes. Le gustaba la gente que no lo conocía, que no sabía quién era y que no quería nada de él. Entablaba conversación con todo el mundo, en todos los idiomas que sabía, y a menudo sus réplicas sorprendentes, de una cálida ironía, dejaban un buen recuerdo durante mucho tiempo en la gente con la que se había cruzado. Era un hombre dotado de un gran espíritu y su cultura enciclopédica —cuyos fundamentos se forjaron en la infancia, en la enorme y laberíntica biblioteca de la casa de su abuelo y de su padre— añadía a su encanto personal un plus de autenticidad.

Casi siempre sabía más que nadie sobre casi cualquier cosa, por supuesto que como diletante. Podía hablar con la misma naturalidad y facilidad con un médico o con un taxista. Había encandilado a cada camarera que le había servido en algún restaurante, pero era brillante también cuando hablaba de historia del cine o del sexo de los ángeles. En un momento dado, incluso se le pasó por la cabeza mudarse a un hotel. Pero la dependencia obsesiva de sus muchas y variadas colecciones le hacía echarse siempre atrás. Había conocido casi a todas sus novias en hoteles. Así que estos lugares le traían buenos recuerdos.

El hotel Central Park le había gustado nada más verlo por la combinación de viejo y de nuevo, y por la entrada que se asemejaba a un teatro parisino lleno de luz cálida y color, pero sin el estallido de carteles llamativos y luces de todos los colores de Broadway. A Charles le gustaban la madera y el hierro forjado en combinación con las alfombras rojas, los diseños clásicos y los lirios imperiales, los cuadros de los artistas locales o internacionales colgados en los pasillos. Todo era un poco kitsch, claro, pero qué sería la vida sin un poco de exceso de decoración, sin aquella parte tranquilizadora de buen gusto salida del mal gusto. Y se había enamorado del bar-restaurante con aires de residencia inglesa, con revestimientos de madera oscura y alternancia de lomos de libros encuadernados en cuero y botellas de vino, que le recordaban mucho la casa donde se había criado. No era el Ritz ni el Four Seasons, pero el que construyó algo así en una ciudad donde los mejores hoteles tenían, a lo sumo, un aire rústico, se merecía una felicitación.

Charles cruzó el parque central, que era, en realidad, una arboleda con algunos bancos, y entró en el hotel. Le preguntó al recepcionista, que le dio la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja, si la conferencia había terminado. Este asintió y le dio la llave. Según su costumbre, Charles echó una mirada alrededor del estrecho pasillo. En un sillón de terciopelo rojo con marco de madera dorada, una mujer no le quitaba ojo desde que entró. Sus miradas se entrecruzaron solo un momento, porque él bajó la vista. Las piernas de ella, que se apoyaban en unos tacones de quince centímetros, tenían una musculatura que solo se veía en las competiciones mundiales de culturismo. La falda, a punto de estallar a la altura de los muslos, dejaba intuir el mismo tipo de musculatura exagerada. Desde la puerta del bar llegó otro enorme hombre con una espalda que podría haber avergonzado al mismísimo Arnold Schwarzenegger. Se preguntó qué aspecto tendrían los hijos de esta extraña pareja. Cogió la llave y subió a la habitación 104, en la primera planta. Le habían ofrecido una suite tranquila, con vista al patio interior, la mejor del hotel, pero había elegido una de las dos habitaciones con balcón y vistas al parque encima de la entrada. Allí se había tomado el café de la mañana, acompañado de un Cohiba corto y delgado con el que se complacía una vez al día cuando estaba de buen humor.

9

De repente se despertó y miró alrededor desconcertado. Necesitó unos momentos para serenarse. La luz del sol que entraba a través de la puerta abierta del balcón le daba de lleno y estaba sudando. Había un poco de viento y la cortina del balcón se movía como si estuviera embrujada. Miró el reloj: eran las seis y cuarto. Había dormido como mucho media hora. Cuando llegó a la habitación salió al balcón y se puso a mirar a los coches que pasaban en cuenta gotas por la calle. En el horizonte veía la Torre del Reloj, la más alta de las nueve torres que sobrevivieron al paso del tiempo en la ciudad medieval. Con una altura de 64 metros, había sido construida alrededor del año 1300 para proteger la entrada principal de la ciudad. Parecía estar lejos, pero si se tomaba un atajo por el parque, en dos calles había una escalera de piedra que conducía hasta ella. No había necesidad, como hacían todos los turistas, de dar la vuelta por la carretera para entrar en la plaza central.

Recibía el nombre de Torre del Reloj porque alrededor de 1650 se le añadió un enorme reloj, flanqueado por estatuas de madera que representaban a los dioses responsables de los días de la semana. Diana, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y el Sol.

La ciudad originalmente tenía catorce torres utilizadas como sede de los gremios de artesanos medievales. Habían quedado en pie la Torre de los Herreros, la de los Boteros, la de los Sastres, la de los Peleteros, la de los Carniceros, la de los Peltreros, la de los Sogueros, la de los Curtidores y, por supuesto, la del Reloj, que no pertenecía a ningún gremio. Fueron completamente destruidas las torres de los Pescadores, de los Tejedores, de los Joyeros y los Orfebres y las de los Cerrajeros y los Toneleros.

En toda Europa los gremios jugaron un papel muy importante en la Edad Media, y fueron la principal causa de los cambios en la sociedad, a pesar de la resistencia que la nobleza y la Iglesia oponían demasiadas veces. Aunque se basaban en unos exclusivos principios, con reglas muy estrictas, y la mayoría de las veces actuaban como una especie de sindicatos mafiosos, actuaban como fideicomisos y establecían los precios de los productos y de los servicios a su antojo, porque eran monopolistas, los gremios forzaron y apresuraron la modernidad. Gracias a ellos surgieron, sucesivamente, de los gremios de los banqueros y de los notarios, la pequeña y luego la gran burguesía. Del de los albañiles nació la masonería, que dio lugar a la Revolución francesa, fundó los Estados Unidos de América, hizo las revoluciones de la primera mitad del siglo XIX y creó el mundo tal como lo conocemos hoy en día. Los miembros del gremio tenían un oficio en unos tiempos en que apenas nadie sabía hacer nada específico. Sin ellos no habrían existido las ciudades, las grandes catedrales, la economía ni siquiera las guerras, y la gente seguiría caminando en alpargatas. Y lo más importante de todo, eran hombres libres, bien informados y activos. Estos gremios fueron los verdaderos precursores del capitalismo moderno y la clase media.

Charles había escrito un estudio detallado sobre la importancia de los gremios en la historia y las complejas relaciones entre estos y las autoridades de las distintas épocas. Su estudio abarcaba este tema en todo el Viejo Continente, desde Italia a Francia, desde Inglaterra a Polonia, desde Alemania a Rumanía, y fue recibido, como siempre, con gran entusiasmo tanto por el mundo académico como también por el público en general.

Terminó el cigarrillo que se había encendido y se sentó en la cama a pensar en el suceso que acababa de presenciar. Recordaba cada momento y cada detalle. Había entendido perfectamente cada elemento de la escenificación; sospechaba que el mensaje se dirigía a él, pero no entendía el motivo. Y, sobre todo, no comprendía cuál era el mensaje. Se había dormido antes de hacerlo.

Mientras pensaba con qué entretenerse en las próximas dos horas hasta el cóctel, su teléfono móvil comenzó a vibrar y a bailar encima de la mesita de la correspondencia. Un número con prefijo de Francia apareció en la pantalla. No sabía de quién era, pero contestó. Charles era la cortesía personificada: siempre respondía a cualquier llamada y, cuando no podía hacerlo, volvía a llamar él.

—Tengo que verle inmediatamente —dijo la voz.

Era imposible no reconocer el marcado acento británico de Christa.

—Quedan dos horas hasta el cóctel. ¿O ha cambiado de idea? —preguntó él.

—No, lo prometido es deuda —le cortó—. Pero allí habrá mucha gente, cumplidos y sonrisas para intercambiar y no tendremos intimidad.

Mientras Charles pensaba en qué lugar citarla, Christa le dijo tajante:

—Estoy en el bar de abajo. Le espero.

Y colgó, dejando a Charles boquiabierto. Sin embargo, este sonrió, divertido ante la impetuosidad de la mujer. Bajó.

10

La oficina de Martin Eastwood era terriblemente intimidante. Tenía una secretaria con cara de bulldog a la que nadie en el Instituto le había visto sonreír jamás. Werner Fischer apareció en la puerta y la miró interrogante. Ella hizo un gesto con la cabeza, mirando por encima de las gafas, como diciendo que el gran jefe le esperaba. Entró. Había una distancia de al menos quince metros entre la puerta y el despacho del jefe y los dos sillones Chesterfield y el sofá de la misma gama estaban también a unos cinco metros. Y eran mucho más bajos que la mesa. Cuando alguien se sentaba en ellos parecía una escena de El gran dictador de Chaplin. A Eastwood le gustaba demostrar quién mandaba ahí. Lo máximo que se podía conseguir de él, y eso en el caso de que fueras el director de la CIA o de la NSA, o el vicepresidente, era que se sentara en una de las sillas cara a cara contigo. Ningún empleado había tenido jamás este privilegio, a excepción de Werner durante el período en que Martin lo halagaba asiduamente y cuando, para hacerse con sus servicios, le prometió la luna.

El Instituto de Estudios del Comportamiento era una institución secreta que pocas personas conocían en el mundo. Había sido fundado para estudiar y experimentar el comportamiento humano en situaciones extremas y encontrar métodos nuevos y complejos con el fin de mantener a la población en una dependencia permanente con respecto al Estado. Eso se consideraban las entidades que lo fundaron: el Estado. De aquí partían las ideas más descabelladas sobre cómo manejar la mente del individuo, reducido al papel de consumidor perpetuo de las obsesiones que se le servían en bandeja. Aquí se inventaban las terribles adicciones y construían las estrategias de fragmentación de la sociedad. En resumen, el Instituto se dedicaba al desarrollo continuo de medios originales para lavar el cerebro de las personas y disipar en ellas cualquier rastro de voluntad o de pensamiento independiente. En los raros casos en que estos fallaban, se pasaba al plan de reserva, es decir, al aislamiento de los sujetos de aquellos que podrían influirles. Y esto se hacía por cualquier medio, desde el descrédito total hasta montajes de lo más habituales y, si era necesario, incluso el asesinato. Sin embargo, este era el último recurso. Por lo general, las personas que pensaban por sí mismas, cada vez más raras, reaccionaban perfectamente al primer umbral de la persuasión, el soborno. Con sinecuras o directamente con dinero en efectivo.

—Me prometiste algo —ladró Eastwood al hombre que tenía delante en posición humilde.

—¿Puedo acercarme? —preguntó Werner.

El jefe asintió. Con una sonrisa de oreja a oreja, había llegado en un solo salto al lado de la mesa y le entregó el expediente al jefe. Este lo cogió desconfiado, lo abrió y lo hojeó.

—¿Estás seguro? —preguntó él.

Sí, estaba seguro. Más de lo que había estado jamás.

—¿Llamaste a Bella? —preguntó otra vez Eastwood.

—Solamente esperaba su visto bueno.

—¿Y no quieres decirme dónde has estado desaparecido dos días?

Werner sonrió.

—Ningún profesional revela sus métodos, como tampoco un periodista serio sus fuentes. Solo tengo que ofrecer resultados. Y usted desea eso: resultados.

Lo dejó marchar con un gesto. Se dio la vuelta. Cuando llegó al umbral de la puerta y puso la mano sobre el picaporte, su jefe vociferó de nuevo.

—Hablas de resultados. Vale, entonces manos a la obra. Estás muy cerca de obtener lo que siempre habías deseado. O muy cerca de desaparecer. ¡Encuentra la lista!

En el hotel Central Park, después de dar una buena propina para obtener la habitación reservada, pues estaba totalmente lleno por los participantes de la conferencia, Bella Cotton metió las musculosas piernas en agua caliente. Había pedido una palangana en la recepción y, gracias a la cantidad que metió en el bolsillo al recepcionista del turno de noche —alrededor de diez veces más que el precio de la habitación—, la tuvo en tres minutos. Bella tenía sus métodos de persuasión y sabía encontrar, en cualquier situación, una salida airosa. Una vez, cuando tuvo un problema parecido en un hotel donde el soborno no funcionó, arrojó por la ventana a uno de los inquilinos, esperó hasta que la policía terminó su trabajo y, a continuación, ocupó la habitación. A Milton y Julius Henry, el conductor y el armario, los había enviado a dormir a un hotel donde harían turnos, pues en cualquier momento uno de ellos debía estar a su disposición. Les aconsejó que aprovecharan para dormir unas pocas horas, porque la noche prometía ser larga.

El móvil sonó otra vez y un diablo apareció en la pantalla como identificador de llamada. Era Fischer.

11

Charles entró en el bar, que estaba cerrado en ese momento. Se estaban llevando a cabo los últimos preparativos para el cóctel, y los participantes de la conferencia se habían ido a sus habitaciones o a dar un paseo por el casco antiguo. Algunos, muy pocos, tomaban una cerveza en la terraza trasera. El jefe de sala había protestado al ver entrar a Christa, pero su placa y su mirada autoritaria le hicieron cambiar de opinión rápidamente. Esta se sentó a una mesa cerca de las ventanas entreabiertas que daban a la calle. Charles sonrió y se sentó, intrigado, en la silla frente a ella. El camarero les preguntó si les podía ofrecer algo y Charles pidió un whisky de malta escocés de doce años, mientras Christa se decantaba por una Coca-Cola. Sin saber por dónde empezar, Charles consideró que era mejor atacar.

—¿Por qué tiene mi teléfono personal? Entiendo que la policía rumana es muy eficiente, pero mi número es difícil de conseguir hasta en Estados Unidos.

—Es posible, pero la Interpol tiene muchos recursos.

Por tanto, era de la Interpol. Era difícil de creer que una persona como ella formara parte de la policía local.

—Señor Baker, ¿sería tan amable de decirme lo que ha podido observar en el lugar del crimen?

—Me parece mejor que nos tuteemos —propuso Charles, pero al ver lo seria que estaba Christa continuó con el tratamiento formal—: No tiene ningún sentido decirle nada, porque yo vi lo mismo que ustedes. En el peor de los casos, lo averiguaron consultando en Google o en Wikipedia.

Por primera vez Christa sonrió.

—No necesito Google. Tengo fuentes mucho más serias. En cuanto a Wikipedia, las informaciones incorrectas son a veces más largas que los artículos.

—Completamente de acuerdo. El conocimiento exacto no puede ser democratizado, aunque sí el acceso a él. Es aberrante hacer una enciclopedia donde cualquiera puede escribir todo lo que se le ocurra.

—Sí, pero consultarlo es gratis.

Era un argumento que a menudo había oído de sus estudiantes. Christa lo miró insistentemente.

—¿Entonces?

—Mira lo que vamos a hacer. —Charles intentó una nueva tentativa de derretir el muro de hielo que había entre ellos—. Vamos a jugar a un juego. Yo contesto sinceramente a una pregunta y tú contestas sinceramente a otra. Y seguimos así hasta la hora del cóctel. ¿De acuerdo?

—¿Quiere que juguemos a verdad o reto? ¿Piensa que estamos en algún club de su facultad?

—No, estamos en un bar que está totalmente a nuestra disposición. Anochece. Fuera hace bueno y el jardín está precioso. El ambiente es cálido y agradable. Me atrevería a decir que romántico. Así que, sí, propongo jugar a verdad o verdad. Eso a menos que quiera provocarme y hacerme hacer el ridículo.

Christa quiso responder, pero el camarero trajo las copas a la mesa. Ella se retiró hacia atrás, dio las gracias y miró largamente a Charles mientras se tomaba a sorbos la Coca-Cola fría. Había decidido concedérselo si quería sonsacarle algo.

—Ok. ¿Qué vio? —preguntó.

—Ajo, una estaca, un espejo y una cruz. Exactamente lo que mantiene a raya a un vampiro. También los aleja la luz del día, aunque es difícil que se materialice en un objeto. Podrían haberlo escrito con una tiza en la pared. —Parecía que había terminado, pero Christa no se rindió tan fácilmente y Charles continuó—: Todo ello resulta bastante extraño. Si fuese obra de un vampiro, cosa que es imposible porque no existen, este no pudo ser en ningún caso el asesino, porque estos objetos lo hubieran aniquilado. Hay una grave contradicción en los hechos. Puede que el vampiro mordiera a las víctimas y su criado, obediente y todavía no convertido en vampiro, llevara los cadáveres allí y dejara una signatura inversa. Además, el vampiro raramente desangra del todo a su víctima. Por lo general, bebe un poquito de sangre para calmar la sed y que la víctima, infectada, se convierta en vampiro. Y así sucesivamente. La colonización total. ¿Por qué no lo hizo? No lo sé. Quizá le resultaron simpáticos y no quiso que, dos días después del entierro, se levantasen y caminasen hasta la comisaría para pedir un permiso de residencia y que los policías se muriesen de miedo.

»Es mi turno. ¿Qué está haciendo aquí?

—¿Aquí en la mesa?

Christa se reservó la respuesta. Pensaba en la manera de esquivar la pregunta.

—No vale. La primera regla del juego es la sinceridad —dijo él, juguetón.

—Le estaba esperando.

—Buen intento. Me refería a este país, a esta ciudad, no a este bar.

—Yo también —dijo Christa—. Me ha dado la respuesta fácil. Ahora hábleme del resto.

—Que vaciaran los ojos y cortaran la lengua y las orejas hace pensar en tres simpáticas estatuas japonesas que se llaman Mizaru, Kikazaru y Iwazaru. Una se tapa los ojos, porque no vio nada, otra los oídos, porque no oyó nada y otra la boca, porque no dirá nada. El conjunto se conoce por muchos nombres: los Tres monos sabios, porque son discretos, o los Tres monos místicos...

—O la omertà —lo interrumpió Christa.

—Sí. Hay más variantes. ¿No las quiere conocer?

Ella continuó:

—La ley del silencio de la mafia siciliana.

—Sí, pero no solamente. Tampoco la calabresa o la corsa son ajenas a la amenaza de muerte a los soplones. Ni la neoyorquina, por lo que sé.

—Entonces se trata de una amenaza directa. Bajo ningún concepto debe decir lo que sabe..

—Esto suponiendo que se dirija a mí.

—El mensaje era para usted.

—¿Para mí? Asumiendo que no era ningún secreto que yo estaría aquí, ¿cómo supo el autor que ustedes me iban a llamar y que yo aceptaría la invitación?

—Pues lo sabía muy bien. Como yo.

—Ah, cree que me conoce. No sabe nada de mí, más allá de algunos trabajos públicos.

—Supe que iba a ac ...