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LA BOMBA NúMERO SEIS Y OTROS RELATOS

Paolo Bacigalupi  

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Fragmento

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En las calles de la antigua Chengdu, resbaladizas a causa de la llovizna, Wang Jun tenía la mirada fija en Huojianzhu.

Las tinieblas del anochecer envolvían el descomunal centro urbano, ante el cual empequeñecían incluso los rascacielos de Chengdu. De su esqueleto en evolución colgaban obreros que utilizaban sus largos arneses de rappel para columpiarse de una sección inacabada a otra. Otros trepaban sin ningún instrumento de seguridad, engarfiando los dedos en la laberíntica estructura, desafiando al peligro mientras gateaban con indiferencia por las riostras. Su corazón, cada vez mayor, no tardaría en rebasar los tejados empapados de agua de la antigua ciudad. Y Huojianzhu, la Arquitectura Viviente, remplazaría a Chengdu por completo.

Crecía sobre entramados de minerales, tendiendo su propio esqueleto y recubriéndolo de piel de celulosa. Resistente y recia su infraestructura, extendiéndose y ramificándose sin cesar, sus raíces se hundían en el fértil suelo verde de la cuenca de Sichuan. Extraía nutrientes y minerales de la tierra y el sol, y de las fétidas aguas del Bing Jiang; sorbiendo los contaminantes con la misma avidez con que devoraba la luz solar que se filtraba a través de la sarmentosa neblina veteada de hollín.

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En el interior, sus venas y arterias producían los canales que requerirían los desechos, el alimento y las necesidades comunicativas de sus futuros ocupantes. Era una ciudad vertical animal, construida primero en las fértiles mentes de los biotectos y ahora hecha realidad. La criatura en gestación irradiaba una energía intermitente. Al alcanzar la madurez mediría un kilómetro de alto y cinco de ancho. Una inmensa ciudad biológica que, a excepción de su soporte vital, yacería aletargada cuando la humanidad transitara por sus arterias ahuecadas, recorriera sus venas y le claveteara recuerdos en la piel siguiendo los rituales de la habitabilidad.

Wang Jun contemplaba Huojianzhu y, con su modesta mente de niño pordiosero, soñaba con planes y estrategias que pudieran sacarlo de la humedad y el hambre de las calles e introducirlo en sus comodidades. Algunas secciones brillaban ya, iluminadas por sus habitantes. Sobre su cabeza, muy lejos, había personas que deambulaban por los pasillos de aquel organismo. Solo los ricos y los poderosos vivirían a semejante altura. Quienes dispusieran de guanxi. Contactos. Influencia.

Buscó con la mirada la cúspide del corazón de la ciudad entre la oscuridad, la lluvia y la niebla, pero se perdía de vista mucho antes de que sus ojos pudieran coronarla. Se preguntó si quienes estuvieran allí arriba verían las estrellas mientras él debía conformarse con chiribitas de agua. Le habían contado que si uno practicaba un corte en Huojianzhu, sus paredes sangraban. Algunos decían que lloraba. Se estremeció ante la colosal criatura y volvió a fijar la mirada en el suelo para continuar abriéndose paso, con sus brazos delgados como ramas y su postura encorvada, entre el gentío de Chengdu.

Los transeúntes se guarecían de la fina llovizna con paraguas negros o ponchos de plástico azules y amarillos. Su cabello, empapado, se adhería a los contornos de su cráneo. Paseó la mirada a su alrededor, tiritando, buscando cualquier pista que pudiera aprovechar, y a punto estuvo de arrollar al tibetano.

El hombre estaba en cuclillas en el asfalto mojado, con un plástico transparente extendido sobre sus mercancías. El hollín y el sudor que le cubrían el rostro conferían a sus rasgos una pátina negra y viscosa bajo el implacable fulgor halógeno de las farolas. Su sonrisa dejaba al descubierto los muñones torcidos y aserrados de su dentadura. Sacó una zarpa de tigre disecada de debajo del plástico y la agitó ante el rostro de Wang Jun.

—¿Quieres huesos de tigre? —Sus labios formaron una mueca lasciva—. Son buenos para la virilidad.

Wang Jun se detuvo en seco ante la oscilante extremidad amputada. De su propietario, muerto hacía mucho, solo quedaban tendones, huesos y pelaje encrespado, restos secos y nervudos. Sin dejar de contemplar con fijeza la reliquia, alargó la mano para acariciar los tendones protuberantes y las garras amarillentas, ferozmente curvas.

El tibetano la retiró de repente y volvió a reírse. Llevaba un deslustrado anillo de plata en el dedo, tachonado con incrustaciones de turquesas; una serpiente que se enroscaba en su dedo y se devoraba la cola en un bucle interminable.

—No puedes permitirte tocarlo. —Aplastó una mezcla de flemas y saliva en el pavimento a su lado, dejando un charco de mucosidades amarillas veteadas con la negra textura del aire de Chengdu.

—Sí puedo —dijo Wang Jun.

—¿Qué llevas en los bolsillos?

Wang Jun se encogió de hombros, y el tibetano se carcajeó.

—No llevas nada, canijo. Vuelve cuando tengas los bolsillos llenos.

Exhibió sus potenciadores de virilidad ante los curiosos más interesados y adinerados que se habían congregado a su alrededor. Wang Jun se adentró en la multitud.

El tibetano tenía razón. No llevaba nada en los bolsillos. Sus pertenencias se reducían a una raída manta de lana oculta en una caja de cartón de Stone-Ailixin, un Micro Machine de despegue y aterrizaje verticales estropeado y un apolillado gorro de escolar de lana amarilla.

Más de lo que poseía cuando llegó de las exuberantes laderas terraplenadas de las afueras. Deforme y marcado ahora, tras sobrevivir a la plaga, había acudido a Chengdu con las manos tan vacías como los bolsillos y con el recuerdo de una polvorienta aldea muda en la que no vivía nada. Su cuerpo cargaba con el peso de un hondo dolor, permanentemente al acecho en la memoria muscular de su agonía.

No llevaba nada en los bolsillos entonces y no llevaba nada en los bolsillos ahora. Quizá su preocupación fuese mayor si alguna vez hubiera conocido algo más que la carestía. Algo más que el hambre. Odiar al tibetano por su rechazo sería como odiar los logotipos de neón que colgaban de lo alto de las torres e iluminaban el aguacero con sus intermitentes rojos, amarillos, azules y verdes. Los colores eléctricos llenaban la oscuridad de ritmos hipnóticos y sueños resplandecientes. Cigarrillos Red Pagoda, cerveza Five Star, software Shizi Jituan y sucursales bancarias de Heaven City. Confucio Jiajiu prometía el cálido consuelo de su vino de arroz mientras la farmacéutica JinLong garantizaba la longevidad, y todo ello quedaba lejos de su alcance.

Se guareció en un portal resbaladizo a causa de la lluvia, con el espinazo retorcido, los bolsillos vacíos y el estómago más vacío aún, buscando con los ojos muy abiertos la marca que le daría de comer esa noche. Las relucientes promesas colgaban muy por encima de él, más conectadas con aquellas personas que vivían en los rascacielos: personas con dinero y funcionarios del gobierno en los bolsillos. Él no conocía ni comprendía nada de lo que había allí arriba. Tosió, carraspeó para desprender la negra mucosidad de su garganta. Las calles, eso sí lo conocía. Conocía la podredumbre y la desesperación. El hambre era un murmullo constante en su barriga.

Observaba con disimulo a las personas que pasaban ante él, dirigiéndose a ellas en un popurrí de mandarín, dialecto de Chengdu y las únicas palabras en inglés que conocía:

—Dame dinero. Dame dinero.

Tironeaba de sus paraguas y sus ponchos amarillos. Acariciaba sus mangas de diseño y sus pieles empolvadas hasta que claudicaban y le daban una limosna. Escupía a los que se escabullían. A quienes se encaraban con él, irritados, los mordía con sus afilados dientes amarillos.

Con las lluvias llegaba la escasez de extranjeros. A finales de octubre se apresuraban a volver a casa, a sus provincias, sus hogares y sus países. Sobre el horizonte se cernían nubes de penuria, tantas que temía por su futuro mientras contaba los arrugados trozos de papel que le tiraba la gente. Se aferraba con fuerza a los jiao en livianas monedas de aluminio que le lanzaban. Los extranjeros siempre tenían dinero de papel y a menudo eran generosos, pero cada vez había menos.

Mientras paseaba la mirada por la calle, arrancó una escama de cemento del suelo. En Huojianzhu, contaban, no construían con cemento. Se preguntó cómo serían los suelos, las paredes. Guardaba un vago recuerdo de su hogar antes de venir a Chengdu, una choza de barro con el suelo de tierra. Dudaba que el corazón de la ciudad fuera igual. Su estómago estaba cada vez más vacío. Sobre su cabeza, un vídeo en bucle de Lu Xieyan, una cantante de Guangdong, exhortaba a los transeúntes a combatir los Tres Males de la Religión: el dogmatismo, el terrorismo y la escisión. Desoyendo sus estridentes exhortaciones, volvió a fijarse en la multitud.

Un rostro pálido flotaba como una boya en la marea de chinos. Un forastero, aunque extraño. Ni caminaba a grandes zancadas sin mirar a los lados ni se quedaba embobado con los esplendores de Chengdu. Parecía sentirse como en casa en aquella calle extranjera. Llevaba puesto un abrigo negro que llegaba hasta al suelo, tan lustroso que reflejaba los rojos y los azules de neón y el destello de las farolas. Los reflejos eran hipnóticos.

Wang Jun se acercó con discreción. El hombre era alto, medía dos metros, y unas gafas de sol le ocultaban los ojos. Wang Jun reconoció las lentes y no le cupo la menor duda de que el hombre veía sin ningún problema tras los óvalos tintados. Sus microfibras capturaban la luz, la amplificaban y la distribuían para que el hombre viera como si fuese de día mientras escondía sus ojos de los demás en la noche.

Wang Jun sabía que las gafas valían mucho dinero y que Gao Tres Dedos se las compraría si lograba robarlas. Observó al hombre y esperó mientras seguía caminando con paso confiado y arrogante. Wang Jun lo siguió, sigiloso y furtivo. Cuando el hombre se adentró en una callejuela y desapareció, Wang Jun se apresuró a imitarlo.

Se asomó a la boca del callejón. Los edificios se agolpaban en la penumbra del pasaje, que olía a excrementos y a cadáveres mohosos. Pensó en la zarpa de tigre del tibetano, seca e inerte, con sus huesos y tendones desportillados allí donde los clientes habían seleccionado su parte de virilidad. Los pasos del forastero resonaban y chapoteaban en la oscuridad; los pasos seguros de alguien que no necesitaba luz para ver. Wang Jun partió detrás de él, agazapado y a tientas. La superficie de las paredes era irregular. Cemento instantáneo. Acariciando las tinieblas, siguió los pasos que se alejaban.

Unos susurros rompieron el silencio goteante. Wang Jun sonrió en la oscuridad al reconocer el sonido propio de una transacción. ¿Se dedicaba el extranjero a comprar chicas? ¿Heroína? Un extranjero podía comprar tantas cosas... Se quedó inmóvil, escuchando con atención.

Los susurros dieron paso a voces acaloradas y concluyeron con un pequeño grito truncado de sorpresa. Alguien emitió un gorgoteo estrangulado; se oyó un jadeo ronco primero, y después un chapoteo. Wang Jun se estremeció y aguardó, tan petrificado como el cemento contra el que aplastaba su cuerpo.

—Kai deng ba —resonaron las palabras de su región. Las orejas de Wang Jun se atiesaron ante el acento familiar. Una luz se encendió con un resplandor cegador, dejándole los ojos irritados. Cuando su vista se acostumbró, se encontró ante los ojos oscuros del buhonero tibetano. Este esbozó una sonrisa gradual, revelando las incrustaciones de sus dientes, y Wang Jun trastabilló de espaldas en busca de una salida.

El tibetano capturó a Wang Jun con inexorable eficiencia. Wang Jun le mordió las manos y se debatió, pero el tibetano era rápido y lo empujó contra el suelo de cemento mojado hasta que todo lo que Wang Jun pudo ver fueron dos pares de botas; las del tibetano y las de un acompañante. Tras forcejear un poco más, dejó que su cuerpo yaciera inerte, comprendiendo que era fútil rebelarse.

—Vaya, conque eres un luchador —dijo el tibetano, y lo retuvo un momento más antes de dar por concluida la lección. A continuación levantó a Wang Jun en volandas. Su mano se cerró sobre la nuca del muchacho en una dolorosa tenaza—. Ni shi shei?

Tembloroso, Wang Jun gimoteó:

—Nadie. Un mendigo. Nadie.

El tibetano lo observó más de cerca y sonrió.

—El mocoso feúcho de los bolsillos vacíos. ¿Quieres la zarpa de tigre, después de todo?

—No quiero nada.

—Nada recibirás —dijo el acompañante del tibetano, que hizo una mueca. Por el acento, Wang Jun calificó de hunanés a quien acababa de hablar.

El hunanés preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Wang Jun.

—¿Qué «jun»?

Wang Jun se encogió de hombros.

—No lo sé.

El hunanés sacudió la cabeza y sonrió.

—El hijo de un campesino —dijo—. ¿Qué cultiváis? ¿Coles? ¿Arroz? —Se rió—. Los sichuaneses son unos ignorantes. Deberías saber cómo se escribe tu nombre. Asumiré que tu «jun» significa soldado. ¿Eres un soldado?

Wang Jun negó con la cabeza.

—Soy un mendigo.

—¿Soldado Wang, el mendigo? No. No suena bien. Serás el Soldado Wang, a secas. —Sonrió—. Dime, Soldado Wang, ¿qué haces aquí, en este peligroso callejón a oscuras, bajo la lluvia?

Wang Jun tragó saliva con dificultad.

—Quería las gafas de sol del extranjero.

—¿Sí?

Wang Jun hizo un gesto afirmativo.

El hunanés miró a Wang Jun a los ojos, sin pestañear, y asintió con la cabeza.

—De acuerdo, Pequeño Wang. Soldado Wang. Puedes quedártelas. Acércate ahí. Cógelas si no tienes miedo. —El tibetano aflojó su presa, liberando a Wang Jun.

Miró y vio dónde yacía el extranjero, boca abajo en medio de un charco de agua. Cuando el hunanés le dio permiso con un ademán, se acercó de puntillas al cuerpo inmóvil hasta situarse a su lado. Se agachó y tiró del pelo del gigante hasta que el rostro de este se elevó goteando del agua y sus carísimas gafas quedaron accesibles. Wang Jun retiró las lentes de la cara del cadáver y, con delicadeza, volvió a dejar su cabeza en el charco estancado. Sacudió el agua de las gafas mientras el hunanés y el tibetano sonreían.

El hunanés le hizo señas con un dedo para que se acercara.

—Ahora, Soldado Wang, tengo una misión para ti. Las gafas serán tu recompensa. Guárdatelas en el bolsillo. Toma esto —dijo mientras en su mano aparecía un cubo de datos azul— y llévalo al puente de Renmin Lu, al otro lado del Bing Jiang. Dáselo a una persona con guantes blancos. Ella te dará un extra para el bolsillo. —Se inclinó para acercarse en un gesto de complicidad, rodeó el cuello de Wang Jun y lo sujetó hasta que sus narices se tocaron y el muchacho pudo oler su aliento rancio—. Como no realices esta entrega, mi amigo te perseguirá y se asegurará de que mueras.

El tibetano sonrió.

Wang Jun tragó saliva con dificultad y asintió con la cabeza, cerrando su manita en torno al cubo.

—Adelante, Soldado Wang. Cumple con tu deber. —El hunanés le soltó el cuello, y Wang Jun salió disparado en pos de las calles iluminadas, con el cubo de datos aferrado con fuerza en su mano.

La pareja lo vio alejarse corriendo.

—¿Crees que sobrevivirá? —preguntó el hunanés.

El tibetano se encogió de hombros.

—Ahora debemos confiar en que Palden Lhamo lo proteja y lo guíe.

—¿Y si no lo hace?

—El azar lo ha traído hasta nosotros. ¿Quién sabe adónde lo llevará? Quizá nadie registre a un niño mendigo. Quizá ambos sigamos con vida mañana para descubrirlo.

—O quizá cuando la Rueda gire otra vez.

El tibetano asintió con la cabeza.

—¿Y si accede a la información?

El tibetano suspiró y apartó la mirada.

—También eso depende del azar. Venga, nos estarán buscando.

El Bing Jiang se escurría bajo el puente como una mancha de aceite, negro y pesado. Wang Jun estaba sentado en la barandilla de piedra sucia de hollín, inscrita con dragones y fénix que cabriolaban entre las nubes. Bajó la mirada para contemplar el río y vio cómo los restos de poliestireno de embalajes flotaban lánguidos en la gruesa superficie del agua. Apuntando a un cartón, amasó un pegote de flemas y escupió. Erró el blanco, y sus mucosidades fueron a unirse al resto de los residuos fluviales. Miró el cubo una vez más. Le dio vueltas entre las manos, como había hecho ya en repetidas ocasiones mientras esperaba al hombre de los guantes blancos. Era de color azul, con la tersura propia de todos los plásticos refinados. Su textura le recordaba una diminuta silla de plástico que había tenido una vez. Era de un rojo chillón, pero tan lisa como esto. Había mendigado desde ella hasta que un chico más fuerte se la quitó.

Hizo girar el cubo azul en sus manos, acariciando su superficie y palpando el puerto de conexión negro con un dedo inquisitivo. Se preguntó si podría tener más valor que las gafas que llevaba puestas ahora. Demasiado grandes para su cabecita, no dejaban de resbalarse por su nariz. A pesar de todo no se las quitaba, entusiasmado por la novedad de ver en la oscuridad como si fuera de día. Se empujó las gafas hacia arriba y siguió dando vueltas al cubo.

Miró a su alrededor en busca del hombre de los guantes blancos, pero no vio ninguno. El cubo seguía girando en sus manos. Se pregunto qué debía de sentirse al matar a un extranjero.

El hombre de los guantes blancos no aparecía.

Wang Jun carraspeó y volvió a escupir. Si el hombre no llegaba antes de que él terminara de contar diez trozos grandes de poliestireno, se quedaría con el cubo e intentaría venderlo.

Veinte trozos de poliestireno más tarde, el hombre de los guantes blancos seguía sin dar señales de vida, y el cielo comenzaba a clarear. Wang Jun miró fijamente el cubo. Contempló la posibilidad de tirarlo al agua. Esperó mientras un reguero de nongmin empezaba a cruzar el puente con sus carretas cargadas de mercancías. Campesinos procedentes de las afueras que llegaban a la ciudad desde los fértiles campos inundados de la periferia, con barro entre los dedos de los pies y las espaldas encorvadas bajo el peso de sus hortalizas. Amanecía. Huojianzhu resplandecía, recortándose inmensa y rebosante de vida contra el firmamento que comenzaba a iluminarse. Carraspeó, escupió otra vez y bajó del puente de un salto. Se guardó el cubo de datos en un bolsillo raído. De todas formas, el tibetano jamás daría con él.

La bruma de la ciudad filtraba los rayos de sol. Chengdu absorbía el calor. La humedad escapaba rezumando del aire, un brusco cambio de temperatura, una última ola de calor antes de que llegara el invierno. Wang Jun estaba sudando. Encontró a Gao Tres Dedos en una sala de juegos. En realidad Gao no tenía tres dedos, sino diez, y los utilizaba todos para controlar un soldado tridimensional que se enfrentaba a los rebeldes en las cumbres del Tíbet. En los círculos de las tríadas de Chengdu lo conocían como el hombre que había conseguido que el director de reputación corporativa de TexTel pagara 10.000 yuanes al mes en concepto de protección hasta que el sistema de rotación lo condujo de regreso a Singapur. Empleando tres dedos como incentivo.

Wang Jun tiró de la cazadora de cuero de Tres Dedos. Distraído, este pereció ante el asalto de un ejército de monjes armados con bastones.

Miró a Wang Jun con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Tengo algo que vender.

—No quiero que me traigas más placas. Ya te lo he dicho, sin procesadores no sirven de nada.

—Tengo otra cosa —dijo Wang Jun.

—¿Qué cosa?

El muchacho le enseñó las gafas, y los ojos de Tres Dedos se dilataron. Fingió indiferencia.

—¿De dónde has sacado eso?

—Me las encontré por ahí.

—Déjame ver.

A regañadientes, Wang Jun se las dio a Tres Dedos, que se las puso, se las quitó y volvió a lanzárselas.

—Te doy veinte por ellas. —Se dio la vuelta, dispuesto a empezar otra partida.

—Quiero cien.

—Mei me’er. —En el argot de Beijing: «Ni loco».

Reinició la partida. Su soldado se agazapó en las planicies, con una muralla de cumbres nevadas ante él. Empezó a caminar, aplastando la hierba en dirección a una choza confeccionada con la piel de antiguos soldados chinos. Wang Jun, que lo observaba, dijo:

—No entres ahí.

—Ya lo sé.

—Me conformaría con cincuenta.

Tres Dedos resopló. Su soldado divisó unos jinetes que se acercaban y se desplazó para que la construcción lo ocultara a sus ojos.

—Te daré veinte.

—Quizá BeanBean me ofrezca algo más por ellas —repuso Wang Jun.

—Treinta, a ver si BeanBean está dispuesto a darte tanto. —Su soldado esperó a que los jinetes se arracimaran. Disparó un cohete contra el centro del grupo. La consola de juegos retumbó con la explosión del proyectil.

—¿Llevas treinta encima?

Tres Dedos dio la espalda a la partida, y el soldado sucumbió de inmediato al asalto de los hombres-yak modificados biológicamente que salieron en tromba de la choza. Desoyó los alaridos de su personaje mientras contaba el dinero en efectivo para Wang Jun. El muchacho dejó a Tres Dedos con sus juegos y celebró la venta buscando una zona desocupada bajo uno de los puentes del Bing Jiang. Se dispuso a echar una siesta a la sombra hasta que pasara el abrasador calor de la tarde.

Anochecía cuando se despertó, con hambre. El peso de las monedas en el bolsillo le animó a contemplar las puertas que podía abrirle su recién descubierta riqueza. Entre las monedas, sus dedos tocaron la incongruente forma del cubo de datos. Lo sacó y le dio vueltas entre las manos. Casi se había olvidado del origen de su dinero. Mientras sostenía el cubo de datos, se acordó del tibetano, del hunanés y de su misión. Pensó en buscar al tibetano para devolvérselo, pero en el fondo albergaba la sospecha de que esa noche no encontraría al hombre vendiendo huesos de tigre. Su estómago profirió un rugido. Soltó el cubo de datos en su bolsillo e hizo tintinear las monedas que convivían con él. Esa noche llevaba dinero en los bolsillos. Cenaría bien.

—¿Cuánto cuesta el mapo dofu?

El cocinero lo observó sin moverse del sitio, atento al siseo del ancho wok de sopa que estaba removiendo.

—Demasiado para ti, Pequeño Wang. Vete a mendigar a otra parte. No quiero que me espantes a los clientes.

—Shushu, tengo dinero. —Wang Jun le enseñó las monedas—. Y hambre.

El cocinero se rió.

—¡Xiao Wang es rico! En tal caso, Pequeño Wang, dime qué te apetece.

—Mapo dofu, cerdo yu xiang, dos liang de arroz y cerveza Wu Xing. —El pedido brotó de sus labios como un aluvión.

—¡El Pequeño Wang tiene la tripa grande! Me pregunto dónde piensas meter todo eso. —Cuando Wang Jun se limitó a mirarlo ceñudo por toda respuesta, el cocinero añadió—: Venga, siéntate, enseguida podrás darte un festín.

Wang Jun se sentó en una mesa baja a observar cómo crepitaba el fuego mientras el cocinero freía los pimientos en el wok. Se enjugó la boca para que no se le cayera la baba cuando el aroma de la comida llegó a su nariz. La mujer del cocinero le abrió una botella de Five Star, y el muchacho vio cómo vertía la cerveza en un vaso húmedo. El calor acumulado durante el día comenzaba a disiparse. La lluvia empezó a tamborilear en el tejado de arpillera de la terraza. Wang Jun probó la cerveza y se fijó en los demás comensales, tomando buena nota de lo que comían y de sus acompañantes. Estas eran las mismas personas a las que antes habría acosado para que le dieran limosna. Pero esta noche no. Esta noche era un rey. Rico, con dinero en los bolsillos.

Interrumpió sus pensamientos la llegada de un extranjero. Un tipo fornido, con el largo cabello cano recogido en una coleta. Tenía la piel pálida y llevaba puestos unos guantes blancos. Se refugió debajo de la arpillera y observó a los comensales con sus llamativos ojos azules. Los chinos le devolvieron la mirada desde sus mesas. Cuando el forastero reparó en la encorvada figura de Wang Jun, sonrió. Se acuclilló en un taburete enfrente del muchacho y, con acento mandarín, dijo:

—Eres el Pequeño Wang. Tienes algo para mí.

Wang Jun observó al hombre sin pestañear; envalentonado por la atención que le dispensaban los demás chinos, repuso:

—Ke neng. —«Quizá.»

El extranjero frunció el ceño y se inclinó sobre la mesa. La mujer del cocinero los interrumpió en ese momento para servir el mapo dofu que había encargado Wang Jun, seguido de inmediato de la carne de cerdo. A continuación sacó de la cocina un cuenco de arroz humeante, más grande que la mano de Wang Jun, y se lo puso delante. Wang Jun cogió unos palillos y empezó a meterse la comida en la boca, sin dejar de observar al forastero. El dofu picante le anegó los ojos de lágrimas, y el familiar entumecimiento de los granos de pimienta molida le hacía cosquillas en el paladar.

La esposa del cocinero preguntó si el recién llegado iba a cenar con él, y Wang Jun miró al extranjero. Palpó el dinero que tenía en el bolsillo mientras continuaba ardiéndole la boca. El tamaño del forastero le hizo asentir a regañadientes con la cabeza, presintiendo que sus riquezas se quedarían cortas. Mantuvieron la conversación en chengdu hua, el dialecto de la ciudad, para que el extranjero no entendiera lo que decían. El hombre vio cómo la mujer cogía otro cuenco de arroz y lo dejaba ante él con un par de palillos. Bajó la mirada a la montaña blanca del tazón y volvió a subirla en dirección a Wang Jun. Sacudió la cabeza.

—Tienes algo para mí —dijo—. Dámelo ya.

Wang Jun se sintió dolido por el desprecio del extranjero hacia la comida que le ofrecía. Impulsado por el resentimiento, preguntó:

—¿Por qué debería dártelo?

El pálido hombre blanco frunció el ceño; sus ojos azules se volvieron airados y glaciales.

—¿No te encargó el tibetano que me dieras una cosa? —Extendió una mano embutida en un guante blanco.

Wang Jun se encogió de hombros.

—No acudiste al puente. ¿Por qué debería dártelo ahora?

—¿Lo tienes?

Wang Jun se puso a la defensiva.

—No.

—¿Dónde está?

—Lo tiré.

El hombre estiró los brazos por encima de la mesa y aferró el raído cuello de la camisa de Wang Jun. Tiró del muchacho hacia él.

—Dámelo ahora mismo. Eres un alfeñique, me lo llevaré por las buenas o por las malas. Pequeño Wang, no puedes ganar esta noche. No pongas a prueba mi paciencia.

Wang Jun miró al extranjero sin parpadear y vio un destello plateado en el bolsillo de la pechera del hombre. Por impulso, extendió los dedos hacia su origen y extrajo el objeto hasta interponerlo entre sus caras. Las personas sentadas en las mesas vecinas contuvieron la respiración ante lo que sostenía el muchacho. La mano de Wang Jun empezó a temblar, sufriendo unos espasmos incontrolables, hasta que el dedo amputado del tibetano, ceñido aún por su deslustrado anillo de plata y turquesas, resbaló de su horrorizada presa y fue a aterrizar en el cerdo yu xiang.

El forastero sonrió; una mueca indiferente y resignada. Dijo:

—Dame el cubo de datos antes de que me lleve un trofeo tuyo también.

Wang Jun asintió en silencio y, muy despacio, introdujo la mano en el bolsillo. Los ojos del extranjero no se apartaban de ella.

Desesperado, Wang Jun catapultó la mano libre a lo alto de la mesa y agarró un puñado de dofu hirviendo de su bandeja. Antes de que al hombre le diera tiempo a reaccionar, arrojó el contenido, repleto de guindillas y granos de pimienta, contra aquellos fríos ojos azules. Mientras el extranjero profería un aullido, Wang Jun hundió sus afilados dientes amarillos en la pálida carne de las manos que lo apresaban. Martirizado, el forastero soltó a Wang Jun para frotarse las cuencas oculares escaldadas con las manos lastimadas cubiertas de sangre.

Wang Jun aprovechó su libertad para adentrarse corriendo en la oscuridad y los callejones que tan bien conocía, dejando atrás al extranjero, que no dejaba de bramar.

La lluvia había arreciado, y el frío regresaba a Chengdu con más intensidad que antes. El cemento y los edificios irradiaban frescor, y el aliento de Wang Jun formaba nubes de vaho en el aire. Estaba agazapado en su caja, con el logotipo de los ordenadores Stone-Ailixin impreso en un lateral. A juzgar por las imágenes que se veían debajo de la marca, en su día debió de contener teléfonos satelitales. Se acurrucó en el interior, con los restos de su niñez.

Todavía recordaba la región de la que había surgido, y vagas impresiones de una casa de adobes. Con más nitidez se acordaba de las colinas terraplenadas, y de cómo le gustaba correr por ellas. Recordó cómo jugaba en el cálido barro del verano con un Micro Machine de despegue y aterrizaje verticales mientras sus padres trabajaban con los tobillos hundidos en el agua marrón y el légamo erizado de verdes brotes de arroz. Más tarde habría de pasar por aquellas mismas terrazas, exuberantes y sin recolectar, cuando saliera de su aldea enmudecida.

Bajo las frías sombras de cemento instantáneo de los rascacielos, acarició su avión de juguete. Las alas que se abatían tanto hacia arriba como hacia abajo se habían roto y las había perdido. Le dio la vuelta, contemplando su fuselaje de acero troquelado. Sacó el cubo de datos y lo miró fijamente. Sopesó el juguete y el cubo en sus manos. Pensó en el dedo del tibetano, amputado con el anillo de la serpiente de plata en él todavía, y se estremeció. El hombre blanco de los ojos azules estaría buscándolo. Paseó la mirada por el interior de la caja. Se guardó el Micro Machine en el bolsillo, pero dejó la manta raída. Cogió su anchuan maozi amarillo, el gorro de seguridad vial que utilizaban todos los escolares, sustraído a un niño aún más pequeño que él. Se caló la prenda de lana amarilla sobre las orejas, volvió a guardar el cubo de datos en el bolsillo y se marchó sin mirar atrás.

Tres Dedos estaba cantando en un bar de karaoke cuando lo encontró Wang Jun. Lo acompañaban dos mujeres de pieles lustrosas y ojos duros y vacíos, vestidas con chipao de seda roja, al estilo de Shangai. Los cuellos de los vestidos eran altos y recatados, pero sus rajas se extendían casi hasta las cinturas de las mujeres. Tres Dedos adoptó una expresión furibunda a la tenue luz roja veteada de humo cuando Wang Jun se acercó.

—¿Qué?

—¿Tienes algún ordenador que pueda leer esto? —Le enseñó el cubo de datos.

Tres Dedos se lo quedó mirando sin pestañear y estiró el brazo.

—¿De dónde lo has sacado?

Wang Jun continuó ofreciéndoselo, pero sin soltarlo.

—De alguien.

—¿Del mismo sitio que las gafas?

—Es posible.

Tres Dedos escudriñó el cubo de datos.

—No es un cubo de datos estándar. ¿Ves las clavijas que tiene dentro? —Wang Jun miró el puerto de conexión—. Solo hay tres. Necesitarás un adaptador para leer lo que contenga. Y quizá ni siquiera baste con eso. Depende del sistema operativo para el que esté diseñado.

—¿Qué hago?

—Dámelo.

—No. —Wang Jun dio un paso atrás.

A una de las mujeres se le escapó una risita ante la discusión entre el hampón de poca monta y el granujilla callejero. Acarició el pecho de Tres Dedos.

—No te preocupes por el taofanzhe. Préstanos atención a nosotras. —Se volvió a reír.

Wang Jun se encrespó. Tres Dedos se quitó a la azafata de encima.

—Largo. —La mujer hizo un mohín exagerado, pero se alejó con su compañera.

Tres Dedos extendió la mano.

—Déjame verlo. No podré ayudarte como no dejes que me acerque al tamade chisme.

Wang Jun frunció el ceño, pero le entregó el cubo de datos. Tres Dedos lo giró entre las manos. Se asomó al puerto de conexión y asintió con la cabeza.

—Es de HuangLong. —Se lo lanzó al muchacho—. Se trata de un sistema operativo especial empleado en medicina. Lo utilizan en operaciones de cirugía cerebral, en la elaboración de mapas de ADN y cosas por el estilo. Sus fines son muy concretos. ¿De dónde lo has sacado?

Wang Jun se encogió de hombros.

—Me lo dio alguien.

—Fang pi. —«Chorradas.»

Wang Jun guardó silencio. Se sostuvieron la mirada durante unos instantes.

—Xing —masculló Tres Dedos al cabo—, te lo compro. Pero solo porque me pica la curiosidad. Te daré cinco yuanes. ¿Quieres venderlo?

Wang Jun negó con la cabeza.

—Vale. Diez yuanes, ni uno más.

Wang Jun volvió a sacudir la cabeza.

Gao Tres Dedos arrugó el entrecejo.

—¿Te has vuelto rico de pronto?

—No quiero venderlo. Lo que quiero es saber qué contiene.

—Bueno, pues ya somos dos. —Continuaron sosteniéndose la mirada un rato más, hasta que Tres Dedos dijo—: De acuerdo. Te ayudaré. Pero como haya algo de valor ahí dentro, me llevaré tres cuartas partes de los beneficios.

—Yi ban.

Tres Dedos puso los ojos en blanco.

—Está bien. Que sea la mitad.

—¿Adónde vamos?

Tres Dedos caminaba con brío en medio de la fría neblina. Los callejones por los que conducía a Wang Jun eran cada vez más angostos. El carácter de los relucientes edificios modernos de cristal y acero dio paso a ladrillos de adobe y techados de tejas y arpillera. Las calles se volvieron adoquinadas y abruptas, y las ancianas los observaban fijamente desde lóbregos zaguanes de madera. Wang Jun recelaba de las viejas. Sus ojos los seguían impasibles, anotando el paso de Tres Dedos y el muchacho.

Tres Dedos se detuvo para sacar una cajetilla de Red Pagodas. Se llevó un cigarrillo a la boca.

—¿Fumas?

Wang Jun aceptó el pitillo y se acercó mientras Tres Dedos encendía una cerilla. La llama se inflamó, alta y amarilla, antes de encogerse ante la presión del aire húmedo. Wang Jun aspiró con fuerza y expulsó una bocanada de humo. Tres Dedos se encendió otro cigarro.

—¿Adónde vamos?

Tres Dedos se encogió de hombros.

—Aquí. —Inclinó la cabeza hacia el edificio que se erguía a sus espaldas. Continuó fumando un rato más antes de tirar el cigarrillo a los adoquines mojados y aplastarlo con una bota negra—. Apaga eso. El humo es malo para las máquinas.

Wang Jun lanzó la colilla contra una pared. Saltaron chispas rojas cuando rebotó antes de yacer humeando en el suelo. Tres Dedos abrió una puerta de madera. La pintura comenzaba a descascarillarse y el marco estaba combado, por lo que hubo de empujar con fuerza; la puerta emitió un chirrido estridente cuando la traspusieron.

A la tenue iluminación de la estancia, Wang Jun vio docenas de monitores con resplandecientes salvapantallas y datos. Distinguió columnas de cifras y caracteres en movimiento, conectadas a lejanas redes de información. Las personas que estaban sentadas ante ellos trabajaban en un silencio roto tan solo por el sonido de las teclas pulsadas a un ritmo incesante.

Tres Dedos tiró de Wang Jun hasta uno de los técnicos y dijo:

—He Dan, ¿puedes leer esto? —Propinó un codazo a Wang Jun, que sacó el cubo de datos. He Dan se lo quitó de las manos con unos dedos ágiles como patas de araña y se lo acercó a la cara en la penumbra. Con un encogimiento de hombros, empezó a revolver una pila de adaptadores. Eligió uno, lo conectó a un cable suelto e insertó el adaptador en el cubo de datos. Introdujo algún tipo de orden en el ordenador; los marcos y las ventanas que ocupaban la pantalla parpadearon y cambiaron de color. Apareció una caja, y He Dan oprimió una sola tecla en respuesta.

—¿Dónde estoy? —La voz era tan alta que los altavoces se acoplaron y crepitaron. Todos los técnicos dieron un respingo cuando el silencio saltó por los aires. He Dan ajustó los controles. La voz resonó de nuevo, más baja—. ¿Hola? —Su tono estaba teñido de temor—. ¿Hay alguien ahí?

—Sí —fue la impulsiva respuesta de Wang Jun.

—¿Dónde estoy? —preguntó la voz, temblorosa.

—Dentro de un ordenador —contestó Wang Jun.

Tres Dedos le propinó un pescozón.

—Silencio.

—¿Qué? —dijo la voz.

Se quedaron escuchando con atención.

—Hola, ¿alguien ha dicho que estoy dentro de un ordenador?

—Sí —respondió Wang Jun—, estás en un ordenador. ¿Qué eres?

—¿Estoy en un ordenador? —La voz denotaba perplejidad—. Iban a operarme. ¿Cómo he llegado aquí dentro?

—¿Quién eres? —Wang Jun hizo como si no viera la mirada furibunda de Tres Dedos.

—Soy Naed Delhi, el decimonoveno dalái lama. ¿Quién eres tú?

Los teclados enmudecieron. Nadie dijo nada. Hasta los oídos de Wang Jun llegaron el suave chirrido de los ventiladores y las resonancias de alta frecuencia del zumbido de los monitores. Todos los técnicos se habían girado para observar al trío y a la computadora parlante. Wang Jun oyó cómo alguien carraspeaba y escupía las flemas en la calle. El ordenador continuó, ajeno al efecto de sus palabras:

—¿Hola? ¿Con quién hablo?

—Me llamo Wang Jun.

—Hola. ¿Por qué no puedo ver nada?

—Estás en un ordenador. No tienes ojos.

—Te escucho. ¿Por qué puedo oír pero no veo nada?

—El emulador de software que ejecuta tu programa —intervino He Dan— no es compatible con la entrada de vídeo.

—No lo entiendo.

—Eres un constructo de inteligencia artificial. Tu consciencia es software. Tus sentidos dependen del hardware. Son incompatibles con el sistema en el que te hemos instalado.

—No soy ningún software —tembló la voz—. Soy el dalái lama de la secta del Sombrero Amarillo. Su decimonovena reencarnación. Mi destino no es reencarnarme en un programa. Debéis de estar confundidos.

—¿Eres el dalái lama de verdad? —preguntó Wang Jun.

—Sí —respondió el ordenador.

—¿Cómo...? —empezó Wang Jun, pero Tres Dedos lo apartó del sistema antes de que pudiera formular la pregunta. Se arrodilló frente a Wang Jun. Le temblaban las manos cuando agarró al muchacho por el cuello de la camisa. Sus rostros casi se tocaban cuando escupió:

—¿De dónde has sacado este cubo?

Wang Jun se encogió de hombros.

—Me lo dio una persona.

La mano de Tres Dedos surcó el aire convertida en un borrón y se estrelló en la mejilla de Wang Jun. El impacto sacudió al muchacho de la cabeza a los pies. Le picaba toda la cara. Los técnicos se quedaron mirando mientras Tres Dedos siseaba:

—No me mientas. ¿Dónde encontraste este chisme?

Wang Jun se tocó la cara.

—De un tibetano, lo saqué de un tibetano que vendía huesos de tigre, y de un tipo de Hunan. Y había un cadáver. Un gigantón extranjero. Las gafas que te vendí eran suyas.

Tres Dedos ladeó la cabeza para fijar la mirada en el techo.

—No me engañes. ¿Sabes lo que significaría tener al dalái lama en un cubo de datos que ha estado dando tumbos por ahí en tu bolsillo? —Zarandeó a Wang Jun—. ¿Lo sabes?

—Se suponía que debía dárselo a un tipo con guantes blancos —sollozó Wang Jun—, pero no apareció. Y había otro hombre. Un extranjero que asesinó al tibetano y le cortó un dedo, y quería hacer lo mismo conmigo, y salí corriendo y... —Se le truncó la voz entre balbuceos gimoteantes.

Las manos de Tres Dedos se cerraron sobre el cuello de Wang Jun y apretaron hasta que al muchacho le pitaron los oídos y se le nubló la vista. A lo lejos, oyó que Tres Dedos decía:

—No me vengas con llantos. No soy tu madre. Te arrancaré la lengua como sigas complicándome la vida. ¿Entendido?

Wang Jun, al borde del desfallecimiento, asintió con la cabeza.

Tres Dedos lo soltó.

—Bien. Ve a hablar con el ordenador.

Wang Jun respiró hondo y, tambaleándose, regresó junto al dalái lama.

—¿Cómo te has metido en el ordenador? —preguntó.

—¿Cómo sabes que estoy en un ordenador?

—Porque enchufamos tu cubo de datos y empezaste a hablar.

El ordenador guardó silencio.

—¿Cómo se está ahí dentro? —tanteó Wang Jun.

—Es horrible, y hay mucho silencio —dijo el ordenador. Después añadió—: Iban a operarme, y ahora estoy aquí encerrado.

—¿Tuviste algún sueño?

—No recuerdo ninguno.

—¿Vas a dirigir una rebelión contra mi país?

—Hablas chino. ¿Vienes de China?

—Sí. ¿Por qué quieres que la gente pelee en el Tíbet?

—¿Dónde está este ordenador?

—En Chengdu.

—Ay, cielos. Bombay queda muy lejos —murmuró el ordenador.

—¿Vienes de Bombay?

—Iban a operarme allí.

—¿Te sientes solo ahí dentro?

—No recuerdo nada hasta este momento. Pero hay mucho silencio. Un silencio sepulcral. Te oigo, pero no puedo sentir nada. Aquí no hay nada. Me asusta no estar aquí. Es demencial. He perdido todos mis sentidos. Quiero salir de este ordenador. Ayúdame. Devuélveme a mi cuerpo —imploró la voz del ordenador, reverberando en los altavoces.

—Podríamos venderlo —injirió de repente Tres Dedos.

Wang Jun se lo quedó mirando sin parpadear.

—No puedes venderlo.

—Si te persiguen es porque alguien lo quiere. Podemos venderlo.

—No podéis venderme —di ...