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LA BOMBA NúMERO SEIS Y OTROS RELATOS

Paolo Bacigalupi  

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Fragmento

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En las calles de la antigua Chengdu, resbaladizas a causa de la llovizna, Wang Jun tenía la mirada fija en Huojianzhu.

Las tinieblas del anochecer envolvían el descomunal centro urbano, ante el cual empequeñecían incluso los rascacielos de Chengdu. De su esqueleto en evolución colgaban obreros que utilizaban sus largos arneses de rappel para columpiarse de una sección inacabada a otra. Otros trepaban sin ningún instrumento de seguridad, engarfiando los dedos en la laberíntica estructura, desafiando al peligro mientras gateaban con indiferencia por las riostras. Su corazón, cada vez mayor, no tardaría en rebasar los tejados empapados de agua de la antigua ciudad. Y Huojianzhu, la Arquitectura Viviente, remplazaría a Chengdu por completo.

Crecía sobre entramados de minerales, tendiendo su propio esqueleto y recubriéndolo de piel de celulosa. Resistente y recia su infraestructura, extendiéndose y ramificándose sin cesar, sus raíces se hundían en el fértil suelo verde de la cuenca de Sichuan. Extraía nutrientes y minerales de la tierra y el sol, y de las fétidas aguas del Bing Jiang; sorbiendo los contaminantes con la misma avidez con que devoraba la luz solar que se filtraba a través de la sarmentosa neblina veteada de hollín.

En el interior, sus venas y arterias producían los canales que requerirían los desechos, el alimento y las necesidades comunicativas de sus futuros ocupantes. Era una ciudad vertical animal, construida primero en las fértiles mentes de los biotectos y ahora hecha realidad. La criatura en gestación irradiaba una energía intermitente. Al alcanzar la madurez mediría un kilómetro de alto y cinco de ancho. Una inmensa ciudad biológica que, a excepción de su soporte vital, yacería aletargada cuando la humanidad transitara por sus arterias ahuecadas, recorriera sus venas y le claveteara recuerdos en la piel siguiendo los rituales de la habitabilidad.

Wang Jun contemplaba Huojianzhu y, con su modesta mente de niño pordiosero, soñaba con planes y estrategias que pudieran sacarlo de la humedad y el hambre de las calles e introducirlo en sus comodidades. Algunas secciones brillaban ya, iluminadas por sus habitantes. Sobre su cabeza, muy lejos, había personas que deambulaban por los pasillos de aquel organismo. Solo los ricos y los poderosos vivirían a semejante altura. Quienes dispusieran de guanxi. Contactos. Influencia.

Buscó con la mirada la cúspide del corazón de la ciudad entre la oscuridad, la lluvia y la niebla, pero se perdía de vista mucho antes de que sus ojos pudieran coronarla. Se preguntó si quienes estuvieran allí arriba verían las estrellas mientras él debía conformarse con chiribitas de agua. Le habían contado que si uno practicaba un corte en Huojianzhu, sus paredes sangraban. Algunos decían que lloraba. Se estremeció ante la colosal criatura y volvió a fijar la mirada en el suelo para continuar abriéndose paso, con sus brazos delgados como ramas y su postura encorvada, entre el gentío de Chengdu.

Los transeúntes se guarecían de la fina llovizna con paraguas negros o ponchos de plástico azules y amarillos. Su cabello, empapado, se adhería a los contornos de su cráneo. Paseó la mirada a su alrededor, tiritando, buscando cualquier pista que pudiera aprovechar, y a punto estuvo de arrollar al tibetano.

El hombre estaba en cuclillas en el asfalto mojado, con un plástico transparente extendido sobre sus mercancías. El hollín y el sudor que le cubrían el rostro conferían a sus rasgos una pátina negra y viscosa bajo el implacable fulgor halógeno de las farolas. Su sonrisa dejaba al descubierto los muñones torcidos y aserrados de su dentadura. Sacó una zarpa de tigre disecada de debajo del plástico y la agitó ante el rostro de Wang Jun.

—¿Quieres huesos de tigre? —Sus labios formaron una mueca lasciva—. Son buenos para la virilidad.

Wang Jun se detuvo en seco ante la oscilante extremidad amputada. De su propietario, muerto hacía mucho, solo quedaban tendones, huesos y pelaje encrespado, restos secos y nervudos. Sin dejar de contemplar con fijeza la reliquia, alargó la mano para acariciar los tendones protuberantes y las garras amarillentas, ferozmente curvas.

El tibetano la retiró de repente y volvió a reírse. Llevaba un deslustrado anillo de plata en el dedo, tachonado con incrustaciones de turquesas; una serpiente que se enroscaba en su dedo y se devoraba la cola en un bucle interminable.

—No puedes permitirte tocarlo. —Aplastó una mezcla de flemas y saliva en el pavimento a su lado, dejando un charco de mucosidades amarillas veteadas con la negra textura del aire de Chengdu.

—Sí puedo —dijo Wang Jun.

—¿Qué llevas en los bolsillos?

Wang Jun se encogió de hombros, y el tibetano se carcajeó.

—No llevas nada, canijo. Vuelve cuando tengas los bolsillos llenos.

Exhibió sus potenciadores de virilidad ante los curiosos más interesados y adinerados que se habían congregado a su alrededor. Wang Jun se adentró en la multitud.

El tibetano tenía razón. No llevaba nada en los bolsillos. Sus pertenencias se reducían a una raída manta de lana oculta en una caja de cartón de Stone-Ailixin, un Micro Machine de despegue y aterrizaje verticales estropeado y un apolillado gorro de escolar de lana amarilla.

Más de lo que poseía cuando llegó de las exuberantes laderas terraplenadas de las afueras. Deforme y marcado ahora, tras sobrevivir a la plaga, había acudido a Chengdu con las manos tan vacías como los bolsillos y con el recuerdo de una polvorienta aldea muda en la que no vivía nada. Su cuerpo cargaba con el peso de un hondo dolor, permanentemente al acecho en la memoria muscular de su agonía.

No llevaba nada en los bolsillos entonces y no llevaba nada en los bolsillos ahora. Quizá su preocupación fuese mayor si alguna vez hubiera conocido algo más que la carestía. Algo más que el hambre. Odiar al tibetano por su rechazo sería como odiar los logotipos de neón que colgaban de lo alto de las torres e iluminaban el aguacero con sus intermitentes rojos, amarillos, azules y verdes. Los colores eléctricos llenaban la oscuridad de ritmos hipnóticos y sueños resplandecientes. Cigarrillos Red Pagoda, cerveza Five Star, software Shizi Jituan y sucursales bancarias de Heaven City. Confucio Jiajiu prometía el cálido consuelo de su vino de arroz mientras la farmacéutica JinLong garantizaba la longevidad, y todo ello quedaba lejos de su alcance.

Se guareció en un portal resbaladizo a causa de la lluvia, con el espinazo retorcido, los bolsillos vacíos y el estómago más vacío aún, buscando con los ojos muy abiertos la marca que le daría de comer esa noche. Las relucientes promesas colgaban muy por encima de él, más conectadas con aquellas personas que vivían en los rascacielos: personas con dinero y funcionarios del gobierno en los bolsillos. Él no conocía ni comprendía nada de lo que había allí arriba. Tosió, carraspeó para desprender la negra mucosidad de su garganta. Las calles, eso sí lo conocía. Conocía la podredumbre y la desesperación. El hambre era un murmullo constante en su barriga.

Observaba con disimulo a las personas que pasaban ante él, dirigiéndose a ellas en un popurrí de mandarín, dialecto de Chengdu y las únicas palabras en inglés que conocía:

—Dame dinero. Dame dinero.

Tironeaba de sus paraguas y sus ponchos amarillos. Acariciaba sus mangas de diseño y sus pieles empolvadas hasta que claudicaban y le daban una limosna. Escupía a los que se escabullían. A quienes se encaraban con él, irritados, los mordía con sus afilados dientes amarillos.

Con las lluvias llegaba la escasez de extranjeros. A finales de octubre se apresuraban a volver a casa, a sus provincias, sus hogares y sus países. Sobre el horizonte se cernían nubes de penuria, tantas que temía por su futuro mientras contaba los arrugados trozos de papel que le tiraba la gente. Se aferraba con fuerza a los jiao en livianas monedas de aluminio que le lanzaban. Los extranjeros siempre tenían dinero de papel y a menudo eran generosos, pero cada vez había menos.

Mientras paseaba la mirada por la calle, arrancó una escama de cemento del suelo. En Huojianzhu, contaban, no construían con cemento. Se preguntó cómo serían los suelos, las paredes. Guardaba un vago recuerdo de su hogar antes de venir a Chengdu, una choza de barro con el suelo de tierra. Dudaba que el corazón de la ciudad fuera igual. Su estómago estaba cada vez más vacío. Sobre su cabeza, un vídeo en bucle de Lu Xieyan, una cantante de Guangdong, exhortaba a los transeúntes a combatir los Tres Males de la Religión: el dogmatismo, el terrorismo y la escisión. Desoyendo sus estridentes exhortaciones, volvió a fijarse en la multitud.

Un rostro pálido flotaba como una boya en la marea de chinos. Un forastero, aunque extraño. Ni caminaba a grandes zancadas sin mirar a los lados ni se quedaba embobado con los esplendores de Chengdu. Parecía sentirse como en casa en aquella calle extranjera. Llevaba puesto un abrigo negro que llegaba hasta al suelo, tan lustroso que reflejaba los rojos y los azules de neón y el destello de las farolas. Los reflejos eran hipnóticos.

Wang Jun se acercó con discreción. El hombre era alto, medía dos metros, y unas gafas de sol le ocultaban los ojos. Wang Jun reconoció las lentes y no le cupo la menor duda de que el hombre veía sin ningún problema tras los óvalos tintados. Sus microfibras capturaban la luz, la amplificaban y la distribuían para que el hombre viera como si fuese de día mientras escondía sus ojos de los demás en la noche.

Wang Jun sabía que las gafas valían mucho dinero y que Gao Tres Dedos se las compraría si lograba robarlas. Observó al hombre y esperó mientras seguía caminando con paso confiado y arrogante. Wang Jun lo siguió, sigiloso y furtivo. Cuando el hombre se adentró en una callejuela y desapareció, Wang Jun se apresuró a imitarlo.

Se asomó a la boca del callejón. Los edificios se agolpaban en la penumbra del pasaje, que olía a excrementos y a cadáveres mohosos. Pensó en la zarpa de tigre del tibetano, seca e inerte, con sus huesos y tendones desportillados allí donde los clientes habían seleccionado su parte de virilidad. Los pasos del forastero resonaban y chapoteaban en la oscuridad; los pasos seguros de alguien que no necesitaba luz para ver. Wang Jun partió detrás de él, agazapado y a tientas. La superficie de las paredes era irregular. Cemento instantáneo.

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