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LA CASA DE MODAS

Julia Kröhn  

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Fragmento

 

Septiembre de 2000

Querida Judy:

No sé si existe una palabra que defina lo que somos la una para la otra. Decir amigas, cuñadas o primas no es exacto. Tal vez, compañeras de destino, pero eso resulta grandilocuente y suena además como si el destino nos hubiera desafiado especialmente a nosotras, cuando, en realidad, a quien puso a prueba fue a nuestros padres, cuyas vidas ahora penden como una sombra sobre nosotras. Aunque desconozco el grado de oscuridad de esa sombra, estoy convencida de que también bajo ella puede florecer alguna cosa.

No importa. Usted me ha pedido que le cuente más cosas sobre el gran amor de mi madre. Yo estoy dispuesta a hacerlo, pero para hablarle de ese amor antes debo contarle su vida y, si le hablo de esta, entonces debo referirme también a la de mi abuela y a la de mi madre tanto como a la mía. En vez de comparar el destino con un monstruo siniestro, es mejor que lo veamos como un vestido cuyos hilos se tejieron mucho antes de nacer mi madre. Pero, mientras en un vestido es imposible saber qué costura fue la primera en coserse, me resulta fácil determinar el momento en el que empezó la historia de mi abuela.

Mi abuela se llamaba Fanny y cuando empezó el año 1900 ya tenía seis años. Sin embargo, más tarde ella afirmaría que el inicio del nuevo siglo había sido, en cierto modo, su segundo nacimiento. «El nuevo siglo estuvo a punto de matarme», solía decir. Eso a mí me parecía muy raro. A fin de cuentas, un siglo —ya sea nuevo e inmaculado, o avejentado precozmente por las muchas guerras— carece de manos para estrangular a alguien, hundirle un puñal en el pecho o envenenarlo. Sin embargo, si la contradecía, Fanny se limitaba a encogerse de hombros y se reafirmaba en sus palabras.

En todo caso, la Nochevieja de 1899 fue la primera vez que a Fanny le dejaron permanecer despierta hasta medianoche y sentarse con las mujeres de la familia, que esperaban siempre el año nuevo haciendo lo mismo: beber y coser. Bueno, en realidad, Elise, la abuela de Fanny, se limitaba a beber y no cosía. Ella sostenía que la vista ya no le permitía dar puntadas uniformes. Con todo, no estaba tan ciega como para no poder destilar aguardiente de frutas y hierbas. Para su brebaje especial empleaba doce ingredientes: hierba centáurea y cerezas, milenrama y pasas no sulfuradas, hipérico y grosellas... Después de su muerte, nadie fue capaz de recordar los otros seis. Sea como fuera, aquel aguardiente no solo era capaz de resucitar a los muertos, sino también de hacerlos sollozar y gemir ante el espanto de verse de nuevo con vida. En esos tiempos, Fanny no sabía nada de los muertos, pero, cuando se inclinó sobre su vaso, tuvo la impresión de que ya solo el olor le abrasaba los pelillos de la nariz.

Por su parte, Hilde, la madre de Fanny, cosía con empeño —enaguas, por lo general, pues solía llevar seis por lo menos, una sobre la otra—; desde la muerte del padre de Fanny no había vuelto a tomar ni un solo trago. Hilde decía que había sido un buen hombre; Elise, en cambio, lo llamaba el «borrachín bobo». Aunque entendía perfectamente que él a menudo bebiera más de la cuenta, no comprendía que en plena borrachera se hubiera podido tomar un vaso de hidróxido de potasio, una sustancia que usaban para teñir el caucho, abrasándose así la garganta y la cara. «¡Qué difícil fue componerlo para el entierro!», había murmurado Hilde en más de una ocasión. Era la única concesión a esa muerte tan mediocre; por lo demás, nunca habló de las circunstancias exactas.

La tercera del grupo era Alma, la tía de Fanny, que, aquella Nochevieja, en lugar de coser y beber, se dedicaba a su nuevo entretenimiento favorito, conocido con el nombre de pirograbado. Soy incapaz de explicarle exactamente en qué consistía aquello, querida Judy. En todo caso se utilizaban un aparato con llama de alcohol, un fuelle y un tubito de goma con el que se calentaba una varilla hasta volverla candente. Luego esa varilla se empleaba para dibujar arabescos, paisajes y figuras en la madera de cofres, armarios y sillas de cuero o, como esa noche, el escudo de la asociación de mujeres en la tapa de una cajita de madera. El escudo consistía en una cruz, una corona de laurel y una rosa con espinas, aunque, después de tomar un buen trago de su vasito de aguardiente, Elise afirmó con tono seco:

—Esa rosa tuya parece más bien una margarita. Y, si Cristo hubiera estado colgado de esa cruz, esta se habría venido abajo antes de que Él pudiera exhalar Su último suspiro. Imaginaos, el madero habría podido matar de golpe a María Magdalena y a la Madre de Dios.

Hilde tomó aire enfadada y eso la hizo toser. Elise, por su parte, soltó una carcajada y luego también empezó a toser hasta que Hilde tuvo que darle unos golpecitos en la espalda.

—Deja que tosa, a ver si hay suerte y me ahogo por fin.

—¡Qué tonterías dices!

—¡Pega más fuerte a ver si se me revientan los huesos!

—Hay que dar gracias por estar vivo, por mayor que uno sea —dijo Hilde con el mismo tono con el que obligaba a Fanny a comerse la col rizada—. Debemos apurar el vaso hasta la última gota. Es la voluntad de Dios.

—Bueno, si es cuestión de apurar vasos, que así sea —replicó Elise. Acto seguido, levantó el vaso y se tomó todo el contenido.

Entonces de su boca ya no salió tos, sino algo parecido a un balbuceo. Hilde trató de no volver a tomar aire, pero arrugó la nariz con disgusto, provocando así la carcajada de Alma.

—No entiendo cómo sois capaces de reíros en un día como hoy. —Hilde daba unas puntadas de forma rápida y con enojo; más de una vez la aguja dio contra el dedal.

—Hoy empieza un nuevo siglo —exclamó Alma—, eso no puede más que alegrarnos.

Hilde se detuvo un instante.

—¿Acaso has olvidado que hace poco que perdimos a nuestra querida prima?

Fanny dio un respingo. Para escapar del olor insoportable de la llama de alcohol se había refugiado bajo la mesa, donde jugaba con el costurero de su madre. Utilizaba los dedales como tacitas para la muñeca; el alfiletero, de cojín, y el hilo de coser, como si fuera un collar. La muñeca se llamaba Augusta Victoria en honor de la emperatriz, pero Elise había pasado a llamarla Espantajo después de que perdiera un ojo de cristal. Por motivos incomprensibles, la extraña cinta de tela que Hilde llevaba todas las noches en torno a la cabeza para evitar la papada también había ido a parar al costurero y, como era demasiado grande para ser el parche que habría convertido a Espantajo en una pirata, Fanny había decidido utilizarla como hamaca para la muñeca.

Ahora de pronto el juego se le había fastidiado porque la historia del trágico final de la prima segunda Martha le daba miedo y además contenía palabras que Fanny no entendía, como «burdel» y «embaucador». Así, por lo menos, era cómo Hilde llamaba siempre al hombre responsable de esa muerte. Alma lo veía de otro modo. Ella y Hilde contaban dos versiones muy distintas de la historia de Martha, como esa misma noche.

—Ella era joven y tenía sed de aventuras —dijo Alma.

—No se contentaba con el lugar que Dios le había asignado en la vida —criticó Hilde.

—Soñaba con una nueva vida en América —replicó Alma.

—¿Cómo puede alguien ser tan tonto como para querer vivir en un país sin emperador? —gruñó Hilde.

—Ella se enamoró de un hombre que la convenció para que emigrara con él —adujo Alma.

—¡Bobadas! —exclamó Hilde—. Se dejó encandilar por un hombre que convirtió sus sueños en su mortaja.

Alma bajó el quemador de alcohol.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan poética?

—La poesía no tiene culpa de que él la engatusara hasta Génova y que allí, en lugar de subirla a un barco, la metiera en una taberna de puerto que resultó ser un burdel. Ella saltó por la ventana para escapar del destino atroz que la amenazaba y al hacerlo se rompió las dos piernas.

—¿Y murió por eso? —preguntó Elise. Aunque conocía la historia, seguramente había vuelto a olvidar los detalles.

Primero Fanny escuchó inmóvil y luego salió de debajo de la mesa arrastrándose y se deslizó hasta la puerta a toda prisa. La cháchara sobre América no la inquietaba especialmente, pero sí, en cambio, la mención a tabernas siniestras. La primera vez que oyó hablar de piernas rotas había sufrido pesadillas durante dos noches. De ningún modo estaba dispuesta a volver a oír el final de la historia de Martha, que, tras ser ingresada en un hospital con las piernas rotas, acabó muriendo de tifus. Fanny no sabía si, como af

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