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LA CASA DEL DOLOR AJENO

Flavio Julian Herbert Chavez  

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Fragmento

LA CASA DE LIM

La antigua casa de campo del doctor Walter J. Lim es un chalet de tejados color verde y muros de ladrillo rojo intenso. Los ladrillos adquieren una tonalidad profunda porque las juntas fueron delineadas con empaste blanco. El techo es curvo y parece derramarse como una ola esmeralda sobre un jardín en el que habitan, al lado de naranjos y toronjos más jóvenes, dos moreras centenarias. Estos árboles, tal vez emparentados con otros de la misma especie que hay en el bosque Venustiano Carranza, al oriente, donde hace muchos años prosperaron huertas chinas, dan testimonio de un anhelo empresarial: la intención de convertir en productora de seda a una comarca famosa por sus cultivos de algodón. No hubo tiempo de hacerlo. Seis meses después de iniciada la Revolución Mexicana, los maderistas entraron en esta finca y violaron a la mujer encargada de cuidarla. Luego una turba intentó linchar a Lim frente a la plaza del 2 de Abril pese a que el médico portaba en el antebrazo izquierdo un distintivo de la Cruz Roja. Walter J. logró salvarse para narrar, meses después, su versión del pequeño genocidio perpetrado en Torreón entre el 13 y el 15 de mayo de 1911. No todos sus compatriotas corrieron con la misma suerte: alrededor de 300 inmigrantes chinos fueron asesinados, mutilados, desvestidos y saqueados. Sus cadáveres terminaron en una fosa común, cavada bajo las órdenes de un inglés, junto al muro exterior de la Ciudad de los Muertos. Otros acabarían al fondo de las norias del rumbo de El Pajonal.

—El doctor nunca fue cónsul ni encargado de negocios del imperio —aclara Silvia Castro: una mujer delgada, entrecana y aguileña—. Era líder de la comunidad china local, que es muy distinto. Para la época en la que ocurrió la matanza, ya había tomado incluso la nacionalidad mexicana.

Estamos a las puertas del Museo de la Revolución, del que la maestra es directora. Es decir, a las puertas del chalet que fuera propiedad de Lim a principios del siglo XX. Hace décadas que el edificio se halla en plena ciudad, a 10 minutos en taxi del centro histórico de Torreón, en medio de un distrito comercial y habitacional de clase media.

—Ésta no era su casa —añade Silvia—. Él sí era el dueño pero no vivía aquí. La quinta la cuidaba Ten Yen Tea, su cuñado. La hermana de Lim, que es la única mujer china de la que hablan los archivos, estaba acá en compañía de sus hijos cuando llegaron los rebeldes. Cuenta el doctor que apuntaron con rifles a la niña mayor para obligarla a decir que se casaría con ellos. Luego echaron a todos a la calle y saquearon la propiedad. Los Ten se refugiaron en casa de un señor apellidado Hampton.

Entramos en el vestíbulo, un pasillo muy corto y oscuro. Un óvalo de cerámica empotrado a la pared aclara que:

Esta casa fue construida por el doctor J. Wong Lim. Posteriormente fue adquirida por la Compañía Explotadora de Bienes Raíces, S. A. Luego, y según algunos testimonios, funcionó como prostíbulo. Más adelante perteneció a Ignacio Berlanga García, y después a Carlos Valdés Berlanga y a su familia. Finalmente pasó a manos de don Ramón Iriarte Maisterrena, quien la donó durante los festejos por el Centenario de Torreón para que albergara el Museo de la Revolución.

Me divierte la parodia de las genealogías bíblicas que el cartel consagra a la propiedad privada, y es curioso que el texto llame al dueño original J. Wong Lim: todos los documentos que conozco, incluso un anuncio de periódico donde el facultativo promueve su consulta, lo presentan como Walter J. Lim, Sam Lim o JW: adaptaciones anglosajonas de su nombre. Es un detalle sin importancia y un guiño del tiempo que permite atisbar cuán teñido de tradición oral llegó a nosotros el relato de la masacre.

También encuentro irónico que Ramón Iriarte Maisterrena —ex CEO del emporio de lácteos Grupo Lala, figura tutelar del conservadurismo norteño e ícono de la burguesía en Hispanoamérica: un prototipo del capitalista salvaje— aparezca como mecenas del museo. Apuesto a que, si estuviéramos en 1914, ninguno de los héroes que el recinto ensalza consideraría la prosperidad de su benefactor ya no digamos deseable, sino siquiera lícita. Ésta es una de las paradojas que le dan a Torreón su aura sublime: es una ciudad profundamente porfirista que ama la revolución con ardor de quinceañera.

Es lunes. Las salas de exhibición están cerradas al público. Recorro en penumbra la duela recién pulida, me aposto en ventanas que semejan troneras, descifro haciendo bizcos cicloramas que, con párrafos pulcros y fotografías borrosas, intentan resumir una guerra civil que se cobró un millón de muertos (buena parte de ellos víctimas del hambre y las enfermedades) en 10 años. Subo la escalera de pino que conduce a la segunda planta. En un rincón de la sala, desplegada en gran formato, descubro una imagen traviesa: una primera plana de El Imparcial que magnifica los triunfos del ejército huertista en 1914. No es eso lo que llama mi atención sino una nota marginal sobre el arribo de una nueva y muy nutrida misión diplomática china. La integraban los señores Chen Loh, Hu Chen Ping, T. Chen y George H. Hu. Infiero que entre sus encargos albergaban el reclamo a Victoriano Huerta de los tres millones cien mil pesos en oro que el presidente Madero prometió pagar tras la desgracia lagunera. Pero a Madero lo mandó asesinar el propio Huerta una noche de febrero de 1913, sin permiso de la civilización occidental y con la venia del Muy Respetable Señor Embajador de los Estados Unidos. Dudo que estuviera entre los planes del gobierno golpista amortizar las deudas de un demócrata muerto.

—¿Quiere un té? —pregunta Silvia.

Acepto.

Nos dirigimos a su oficina, un edificio independiente ubicado en el traspatio del precioso chalet. Conversamos. La maestra me hace un resumen del libro Tulitas of Torreon, me muestra imágenes de la época revolucionaria captadas por H. H. Miller, me permite digitalizar un ejemplar de The Torreon Enterprise que conserva enmarcado sobre su escritorio, me concierta una cita con Ilhuicamina Rico, historiador local que ha escrito sobre el movimiento magonista en La Laguna…

—Mire —dice girando hacia mí la pantalla de su computadora—: así es como se veían las turbas de menesterosos captadas por la lente de Miller la víspera del asalto.

La fotografía muestra un conjunto de carretas en formación dizque militar. No hay armas a la vista. Los vehículos parecen cuerpos de gigantes acuclillados y desnudos. La madera está podrida. Los personajes —hombres y mujeres— lucen paupérrimos.

—Fueron ellos quienes atacaron a los chinos —asevera Silvia—. Eran una troupe de pícaros que seguía a todas partes a los ejércitos revolucionarios con la abierta intención de consagrarse al saqueo. La mayoría ni era de aquí. Como apunta Juan Puig al final de Entre el río Perla y el Nazas, la del 15 de mayo fue una tragedia espontánea: la reacción de una masa popular que desahogó su frustración sobre un grupo particular de inmigrantes por considerarlos demasiado diferentes. Poco o nada tiene que ver lo que pasó con un acto de xenofobia de los laguneros.

Palabras más o menos, y a excepción de unos cuantos, ésa es la opinión de los historiadores mexicanos. Es una tesis plausible y, a la vez, una muy conveniente para la idiosincrasia lagunera, la burguesía y los anales de la patria. Es una tesis con la que no estoy de acuerdo y cuyos argumentos me propongo rebatir.

***

La matanza de chinos de Torreón es un episodio revelador y soterrado de la Revolución Mexicana, y no podría decirse que el nulo (re)conocimiento histórico que hay de ella se deba a falta de testimonios. Entre 1911 y 1934 circularon distintas versiones orales e impresas. Son varios —no diré que muchos— los acad

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