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LA CIENCIA POP

Gabriel León  

5


Fragmento

PRÓLOGO

La vida de un científico gira en gran medida en torno a los artículos, los famosos papers. De hecho, la carrera de uno de ellos puede medirse por el alto de artículos que ha publicado (y en qué revistas lo ha hecho). Y si bien esta forma de evaluar a un científico o académico —ya sea para una promoción o para la asignación de recursos de investigación— está cada vez más cuestionada, es innegable el rol central que los papers siguen teniendo en la vida cotidiana de estos profesionales.

En mi experiencia, antes de cursar el ramo de Biología Celular jamás había visto un artículo científico ni nada medianamente parecido. Estaba en primer año de Bioquímica en la Pontificia Universidad Católica de Chile y me devanaba los sesos tratando de traducir un texto escrito en un inglés demasiado técnico para mi inglés de cancionero, intentando darle sentido a frases que, una vez traducidas, seguían siendo imposibles de entender. Es uno de los recuerdos más vívidos que tengo de mi primer año universitario: sentado en un banco en el patio de la Facultad de Ciencias Biológicas —paper en la mano izquierda, diccionario en la mano derecha y una hoja con apuntes en el suelo— con la mirada perdida hacia la biblioteca, como culpando al bibliotecario por esta tortura en forma de papel. Evidentemente, con el paso del tiempo la lectura de papers dejó de ser un problema y se convirtió en un placer. Era habitual que entre compañeros nos recomendáramos papers como quien recomienda una película o una banda nueva. También era normal que me llevara papers para leer en mis vacaciones o que aparecieran desperdigados por cada rincón de la casa de mis papás. Recuerdo papers que me erizaron los pelos de emoción y otros que destrocé. Algunos, literalmente.

Los papers, entonces, son el producto final de una investigación científica, artículos que lentamente ayudan a construir el corpus en cuestión con pequeñas —a veces grandes— correcciones, precisiones metodológicas y refinamientos técnicos que expanden un poquito más la frontera del conocimiento. Sin embargo, como relato, los papers siempre han sido demasiado asépticos e impersonales. Y hay buenas razones para que ello sea así, ya que, después de todo, están tratando de contar con gran detalle y precisión los descubrimientos que les ha costado meses —tal vez años— de trabajo. La rigurosidad del lenguaje empleado no es casual, y la inmensa mayoría de los investigadores no puede permitirse una creatividad desbordada.1

Es cierto, pues, que la estructura rígida en la forma de escribir un paper es muy útil para la ciencia,

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