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LA CRESTA DE ILIóN

Cristina Rivera Garza  

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Fragmento

Tres días después de su llegada, Amparo había creado una rutina que los dos compartíamos y respetábamos por igual. Tan plácida, tan natural, que cualquiera que no nos conociera se habría podido llevar la impresión de que formábamos un buen matrimonio. A primer vistazo nadie habría sospechado que le seguía el juego porque el miedo no había disminuido en absoluto. Al contrario, seguía creciendo.

Amparo se levantaba temprano, se bañaba y, todavía con el cabello mojado, bajaba a la cocina a preparar café para mí y té para la Traicionada. Cuando ella subía a atender a su paciente, yo bajaba al comedor, encontraba el periódico a un lado del jugo de naranja y de una taza vacía que, de inmediato, llenaba con calma, tratando de detectar el murmullo matutino del mar. Amparo me dejaba iniciar el día a solas, que es la única manera en que un día puede empezar, pero se aparecía con una libreta y un lápiz justo cuando yo terminaba de leer el periódico. Entonces mascullaba algo regularmente insulso sobre el estado de salud de la Traicionada y, sin más, se inclinaba sobre su cuaderno y empezaba a escribir.

—¿De qué se trata? —le pregunté la primera mañana señalando con los ojos la libreta abierta y pensando que, de contestarme, me diría que eran cartas personales, cosas sin importancia.

—De mi desaparición —dijo en voz baja pero firme y luego se volvió a ver el reflejo del sol sobre el manto marino. Después, sin añadir nada más, volvió a concentrarse en las páginas de su cuaderno.

Su respuesta me pareció absurda ciertamente, pero plausible. Es más: ayudaba a explicarlo todo. Sólo un desaparecido podría llegar de la manera en que ella llegó a la orilla del mar. Si se hubiera tratado de Alguien, por ejemplo, la habrían detenido a la entrada de la comunidad de la playa donde el hospital para el que trabajaba me asignó una casa grande y austera sobre el agua. Por Alguien ya habrían hecho llamadas telefónicas. Alguien con datos y con historia me habría preguntado si se podía quedar en mi casa y me habría informado, por lo menos, acerca del número de días, las condiciones de su estancia. Sólo un desaparecido como Amparo, lo comprendí de súbito, podía actuar como si en realidad no existiera porque, he aquí la ausencia de paradoja, no existía en realidad. La mujer, ahora no me cabía la menor duda, era totalmente consciente de su condición. Y lo era a tal grado que su conducta, su manera de caminar y de ver, de interactuar y hasta de callarse, correspondía a reglas del todo ajenas a mí. Desconocía, por ejemplo, el orden de los factores en la relación causa-efecto. No sólo ignoraba que los actos, todos los actos, tienen consecuencias, sino también que las consecuencias proceden de, y nunca preceden a, las causas. Parecía no entender que hay que conocer al anfitrión para llegar a visitar su casa. Amparo, apoyada en la singular lógica del desaparecido, actuaba de manera contra

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