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LA DIáSPORA

Horacio Castellanos Moya  

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Fragmento

1

Era el primer sábado de 1984. La Ciudad de México estaba sumida aún en el letargo de las vacaciones de fin de año. Juan Carlos llegó a mediodía, en el vuelo de Aeronica, casualmente puntual. Carmen lo recibió en el aeropuerto; él no se lo esperaba. La había llamado desde Managua una semana atrás para pedirle que le diera posada unos días en su apartamento. Carmen le había dicho que lo hablaría con Antonio, pero que no habría problema, que llegara, el estudio siempre estaba a su disposición. Cuando se abrazaron en el corredor del aeropuerto, ella dio por un hecho que el viaje de Juan Carlos era definitivo.

—Tronaste con el Partido, ¿verdad?

—No seas curiosa −respondió con un guiño.

Ella dijo que lo había intuido desde la llamada telefónica.

Abordaron uno de esos taxis colectivos que, luego de recorrer los hoteles del centro y de la Zona Rosa, los conduciría al apartamento de Carmen. Durante el trayecto, ella preguntó por algunos compañeros, por el desarrollo de la guerra, por la situación del Partido. Juan Carlos contestó con evasivas: no tenía ganas de revolver la miasma de la que venía huyendo, mucho menos frente a los gringos que viajaban en el taxi.

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La ciudad estaba igual de sucia, de desesperante; pero él la miró con nuevos ojos. «De aquí no hay regreso», se dijo. Carmen le contó que aún no había encontrado trabajo, que la situación en México estaba cada vez más difícil. Juan Carlos temió algún cambio político. Ella aclaró que hablaba de la crisis económica. Comenzó a darle datos y a hacer un análisis que él supuso que procedían de Antonio; eran la especialidad de éste.

El taxi se detuvo frente al edificio de apartamentos. Juan Carlos bajó sus pertenencias: una maleta y un maletín de mano. Carmen y Antonio vivían en un segundo piso, sobre la calle de Praga, en los linderos de la Zona Rosa. Desde hacía tres años, ese apartamento había sido la base de operaciones de Juan Carlos en esa ciudad. Se instaló, como siempre, en el estudio.

Antonio no estaba. Había viajado a Puebla, a visitar a sus padres. Regresaría esa tarde.

Carmen le preguntó si quería comer algo. Él le dijo que no, gracias, ya había almorzado en el avión. Ella le ofreció café.

—¿Cómo está tu familia? —inquirió Juan Carlos.

Ella relató las idas y venidas de sus dos hermanas, la llegada de un nuevo sobrino; su madre se había trasladado a vivir a la provincia.

Puso la cafetera sobre la mesa.

—¿No has vuelto a ver a la gente del Comité? —preguntó él.

La última vez que Juan Carlos había estado en México, en agosto de 1983, Carmen le había asegurado que estaba a punto de salirse del Comité de Solidaridad y también del Partido. Los sucesos que, a principios de abril, habían culminado con la muerte de los dos máximos comandantes revolucionarios, le habían quebrado su fe militante.

—Con alguna gente nos vemos de vez en cuando —afirmó Carmen—. Todos los de la dirección del Comité renunciamos. Sólo quedaron los que dicen sí a todo, ya sabes, la inutilidad pura…

Juan Carlos dijo que tenía que salir a hacer unas llamadas telefónicas.

—¿Por qué no usas el teléfono de aquí? —preguntó Carmen—. Creo que continúa intervenido, pero ahora tú ya no eres clandestino…

Juan Carlos dijo que prefería salir, para no perder la costumbre. Ella le entregó un juego de llaves. Él aprovecharía para recorrer la zona y tratar de contactar a algunos conocidos.

Caminó sobre la calle de Hamburgo. No hacía viento, pero el frío era penetrante. Probó un par de teléfonos públicos; estaban descompuestos. Atravesó la Zona Rosa, entre turistas, maricas y rateros. Entró en el Sanborns de Niza: compró tabaco para su pipa; uno de los teléfonos estaba desocupado. Le contestó Teresa, la mujer de Gabriel. Cuando supo que era Juan Carlos se alegró, lo invitó a que llegara a casa y le informó que Gabriel regresaría en un par de horas. Él dijo que llamaría de nuevo. Marcó el número del Turco, pero nadie contestó. Igual suerte tuvo con el Negro. Supuso que éstos no habrían vuelto de sus vacaciones de fin de año.

Compró los periódicos y caminó hasta el café de la librería Reforma. Era la hora de comida, pero en sábado estaba bastante vacío. Pidió un capuchino y se pasó alrededor de una hora leyendo y fumando. Pensó en que tendría que racionar el uso de su dinero. Había salido de Managua con doscientos dólares, ése era todo su capital, y en México estaría unos tres meses, por lo menos, mientras le aprobaban su viaje a Canadá. Si esto no se resolvía favorablemente, su situación se complicaría.

Telefoneó de nuevo a Gabriel, pero éste aún no había regresado. Juan Carlos se dijo que ése era un fin de semana perdido, que no encontraría a nadie ni avanzaría en nada; mejor se lo tomaba con calma. Se metió al cine París a ver un film de detectives en el que Clint Eastwood vomitaba fuego a cada minuto. A la salida, el frío golpeaba. Buscó una fonda donde beber un chocolate caliente. Antes de regresar al apartamento, logró comunicarse con Gabriel: éste lo invitó a comer a casa al día siguiente.

Cuando abrió la puerta, se encontró con Carmen y Antonio, frente a frente, en la mesa del comedor. Era evidente que habían estado discutiendo y que su inesperada aparición los había obligado a sosegarse. Antonio se abalanzó, cordial, a saludarlo. Había estudiado ciencias políticas y trabajaba en la Secretaría de Programación, como analista de prensa; simpatizaba con la revolución centroamericana, pero el horario y la intensidad de su trabajo no le permitían una colaboración directa.

—Que te llegó el turno de salir volando… —comentó Antonio.

Carmen fue por café.

—Pues sí, como que a todos nos está llegando la hora —dijo Juan Carlos.

Antonio afirmó que no se explicaba cómo podía estar sucediendo eso en la revolución salvadoreña, que si la gente se seguía saliendo quién iba a quedar ahí.

—Los combatientes… —murmuró Juan Carlos.

Carmen preguntó si querían echarle un poco de tequila al café, pues el frío amenazaba con apretar.

Antonio dijo que él entendía que los combatientes en los frentes de guerra no tuvieran otra opción que seguir combatiendo, morir o pasarse al enemigo, pero que ése no era el meollo del problema, que lo alarmante consistía en que el Partido se cerrara a discutir, que se militarizara, cuando la actual crisis interna exigía una respuesta política.

Juan Carlos vertió un poco de tequila en su taza.

—¿Y ahora cuáles son tus planes?

Le contó que pensaba conseguir el estatuto de refugiado de ACNUR y luego emigrar hacia Canadá o Australia, ya que estos países tenían un programa para aceptar refugiados centroamericanos.

—Tan lejos…

Pues sí, era bastante lejos, pero Juan Carlos estaba harto y quería irse precisamente lo más lejos posible, donde pudiera tomar distancia, reflexionar. A Centroamérica no podía regresar y si se quedaba en México se pasaría la vida como cucaracha buscando empleo.

—Lo que quiero es irme a un lugar donde pueda trabajar, ganar buena plata y que me quede tiempo para estudiar, leer o lo que se me ocurra.

Antonio prefirió servirse el tequila en una copita. Dijo ¡Salud! y se lo tomó de un trago.

La temperatura se hizo tibia, acogedora, propicia a la charla.

Carmen puso un disco de Mercedes Sosa, se metió a la cocina y les advirtió que si querían comer le tenían que ayudar a preparar la cena. Juan Carlos ya había terminado su café y ahora bebía el tequila, al igual que Antonio, en una copita. Los ojos de ambos brillaban.

Antonio repetía, con más amplitud y detalles, la versión sobre la crisis económica mexicana que horas antes, al llegar del aeropuerto, había expuesto Carmen. Juan Carlos preguntó hasta dónde esa situación podía convertirse en crisis política. No, de ninguna manera, las instituciones creadas por la revolución mexicana aún eran sólidas. Innecesario discutir sobre esto con Antonio; por cortesía, prudencia.

Carmen insistió en que le ayudaran a limpiar el arroz y a partir las verduras. Juan Carlos dijo que él se encargaría de preparar el arroz, era su especialidad; Antonio afirmó que él los asesoraría.

Ninguna frase reveladora se había filtrado, pero Juan Carlos pensó que esa pareja tenía problemas: en más de una ocasión se había encontrado con una rara mirada de Carmen. Quiso creer que era efecto de los tragos. Aunque luego de la cena, cuando ya se había arropado en el sofá del estudio, y esos ojos se le aparecieron de nuevo, tuvo que hacer un esfuerzo para cortar de tajo lo que consideró como una ilusión peligrosa.

2

A Gabriel tenía que pedirle un favor preciso: que lo ayudara a conseguir el estatuto de refugiado de ACNUR. En una ocasión éste le había dicho que una amiga trabajaba en esas oficinas. Era la ruta más corta y segura.

Se encontraron en el metro División del Norte. Salieron a un mediodía gris, ventoso. Pasaron al súper a comprar una botella de ron.

Se conocían desde una década atrás, antes de la revolución, cuando Gabriel era profesor de literatura y Juan Carlos estudiante de filosofía en la universidad jesuita. Luego se habían reencontrado en México: Gabriel colaboraba en la oficina de prensa del Partido. Pero estuvo un periodo corto. Cuando le exigieron que dejara su trabajo docente y se dedicara a tiempo completo a la revolución, se hizo a un lado. Juan Carlos fue de los pocos que lo entendieron.

Antes de llegar al apartamento, ya le había soltado a boca de jarro su historia: la ruptura con el Partido, las dificultades para salir de Managua, sus planes inmediatos. Gabriel lo alentó, le aseguró que Rita —así se llamaba— aún laboraba en ACNUR, que no habría ningún problema, que muchos compatriotas estaban partiendo hacia Canadá.

Teresa lo recibió afectuosa; era cuarentona, como Gabriel, pero se conservaba fresca, chispa.

—Bueno, maestro, ¡brindemos porque consiga usted unas buenas muchachonas allá en el norte! —exclamó Gabriel.

Teresa había preparado unos frijolitos y un guacamole al estilo salvadoreño; Gabriel era un fanático de Agustín Lara.

No hubo mayor preámbulo. Le preguntaron cuáles eran las causas de su ruptura, por qué no se había quedado en Managua, cómo miraba la situación del Partido, de la guerra. Juan Carlos no sintió ese aburrimiento propio de quien tiene que repetir un rollo harto conocido, sino el entusiasmo de quien tiene la oportunidad de aclarar y aclararse. Tomó impulso: se sirvió otro trago, con Coca-Cola y mucho limón.

Les explicó que para él ya resultaba imposible seguir trabajando con el Partido, que la muerte de los dos comandantes había llevado a una situación de desconfianza que, desgraciadamente, condujo a una vigilancia policíaca. Su trabajo con las agencias internacionales de financiamiento resultaba ineficaz, absurdo, pues siempre lo acompañaba una especie de comisario, un sujeto con la capacidad de decir la cosa más inapropiada en el momento exacto. Además, el mismo hecho de que le pusieran un informante para que lo controlara era una muestra de desconfianza intolerable.

La consigna en este momento es la incondicionalidad absoluta, cualquier crítica resulta sospechosa. Cerrar filas significa someterse.

—Qué triste —se lamentó Teresa—. ¿Adónde vamos a ir a parar?

La olla de presión comenzó a silbar desde la cocina.

En Managua, la situación era difíc ...