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LA EDAD DE LA PENUMBRA

Catherine Nixey  

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Fragmento

PRÓLOGO

UN INICIO

 

Palmira, c. 385 d.C.

 

 

No existe el delito para quienes verdaderamente tienen a Jesús.

 

SAN SHENUTE

 

Los destructores surgieron del desierto. Palmira debía haberles estado esperando; durante años, bandas de saqueadores formadas por fanáticos barbudos con ropajes negros, armados con poco más que piedras, barras de hierro y una férrea idea de la rectitud habían estado aterrorizando el extremo oriental del Imperio romano.

Sus ataques eran primitivos, violentos y muy efectivos. Esos hombres se movían en jaurías —más tarde en manadas de hasta quinientos— y cuando aparecían, lo que seguía era la completa destrucción. Sus objetivos eran los templos, y los ataques podían ser asombrosamente rápidos. Grandes columnas de piedra que habían resistido durante siglos se desmoronaban en una tarde; las caras de las estatuas que habían permanecido en pie durante medio milenio eran mutiladas en un momento; templos que habían visto el auge del Imperio romano caían en un solo día.

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Era un trabajo violento, pero no era ni mucho menos solemne. Los fanáticos se reían a carcajadas mientras hacían pedazos las estatuas «malvadas», los ídolos; los fieles se mofaban mientras derruían templos, hacían caer techos y despedazaban tumbas. Aparecieron los cantos, que inmortalizaban esos momentos gloriosos. «Esas cosas vergonzosas», cantaban orgullosamente los peregrinos; los «demonios e ídolos... que nuestro buen Salvador pisoteó de una vez».[1] El fanatismo rara vez da lugar a buena poesía.

En este ambiente, el templo de Atenea en Palmira era un objetivo evidente.(1) El elegante edificio era una celebración sin complejos de todo lo que los creyentes odiaban, un rechazo monumental al monoteísmo. Tras cruzar sus magníficas puertas y dejar atrás el refulgente sol sirio, los ojos habrían necesitado unos momentos para adaptarse a la fresca oscuridad de su interior. Mientras lo hacían, uno se habría percatado de que el aire estaba cargado del característico humo del incienso, o quizá de que la poca luz que allí había procedía de lámparas dispersas dejadas por los fieles. Al levantar la mirada, en el resplandor tintineante, se veía una gran figura de Atenea.

El elegante y altivo perfil de esta estatua podía encontrarse lejos de la Atenas nativa de Atenea, pero se reconocía al instante, con su recta nariz griega, su piel de mármol traslúcida y la boca carnosa, un poco mohína. El tamaño de la estatua —era mucho mayor que cualquier hombre— impresionaba. Aunque quizá aún más admirable que la escala física era la escala de la infraestructura y la ambición imperiales que habían llevado la pieza hasta allí. La estatua recordaba a otras que se encontraban en la acrópolis ateniense, a más de mil quinientos kilómetros; esta versión en concreto se había hecho en un taller a cientos de kilómetros de Palmira y, después, transportado hasta allí con considerables dificultades y costes, para crear una pequeña isla de cultura grecorromana en las arenas del desierto sirio.

Los destructores, ¿se percataron de esto al entrar?, ¿se quedaron impresionados, quizá fugazmente, por la sofisticación de un imperio que podía extraer, esculpir y después transportar el mármol a través de esas vastas distancias? ¿Ni que fuera por un momento, admiraron el talento que podía convertir el duro mármol en una boca tan suave que se podía besar? ¿Se quedaron asombrados por su belleza al menos por un segundo?

Parece que no. Porque cuando entraron en el templo cogieron un arma y golpearon con tanta fuerza la nuca de Atenea que con un solo y fortísimo golpe decapitaron a la diosa. La cabeza cayó al suelo, la nariz se partió y lo que fueran sus lisas mejillas quedaron aplastadas. Los ojos de Atenea, intactos, contemplaban ahora desde una cara desfigurada.

Pero la decapitación no era suficiente. Se desencadenaron más golpes que arrancaron el cuero cabelludo de Atenea, que hicieron saltar el casco de la cabeza de la diosa, que quedó hecho añicos. Siguieron más golpes. La estatua cayó de su pedestal y luego se separaron los brazos y los hombros. El cuerpo se dejó boca abajo sobre el polvo; el altar próximo se partió justo por encima de la base.

Parece que solo entonces esos hombres —esos cristianos— sintieron, satisfechos, que habían hecho su trabajo. Volvieron a fundirse una vez más con el desierto. Tras ellos, el templo quedó en silencio. Las lámparas votivas, desatendidas, se apagaron. En el suelo, la cabeza de Atenea empezó a cubrirse lentamente con la arena del desierto sirio.

Había empezado el «triunfo» de la cristiandad.

INTRODUCCIÓN

UN FINAL

 

Atenas, 532 d.C.

 

 

Contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad?

 

SÍMACO, autor pagano

 

Dios quiere, lo mandó, lo predijo, comenzó ya a llevarlo a efecto, y en muchos lugares de la tierra ya lo ha realizado en parte: la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles.

 

SAN AGUSTÍN

 

Debieron de formar un grupo melancólico. En el 532 d.C., siete hombres partieron de Atenas llevando consigo poco más que obras de filosofía. Todos eran miembros de la que había sido la más famosa de las escuelas de filosofía de Grecia, la Academia. Los filósofos de la institución remontaban orgullosamente su historia en una línea ininterrumpida —«una cadena de oro»,[2] como la llamaban— hasta el propio Platón, casi mil años antes. Ahora, esa cadena se rompía de la manera más dramática posible; esos hombres estaban abandonando no solo su escuela sino el propio Imperio romano. Atenas, la ciudad que había contemplado el nacimiento de la filosofía occidental, ya no era un lugar para filósofos.

Su líder, Damascio, debió de servirles de consuelo mientras emprendían ese viaje hacia lo desconocido. Era viejo para lo habitual en la época, incluso anciano —casi setenta años cuando empezó el viaje—, pero formidable. Damascio era un pensador brillante, densamente sutil, que sazonaba sus escritos con símiles matemáticos y que no tenía mucha paciencia con los idiotas. Escribió un mordaz «quién es quién» sobre sus compañeros filósofos, lleno de comentarios demoledores sobre cualquiera cuya inteligencia o valentía consideraba insuficientes. En la vida real, podía ser tan desmesurado como en sus escritos; en una ocasión casi se ahogó en el río cuando, demasiado impaciente para esperar a que un barquero lo llevara, decidió cruzarlo a nado y por poco no lo arrastró la corriente.

Las temeridades más importantes que realizó Damascio fueron en nombre de su amada filosofía. Para entonces, ya había dado refugio en su casa a un filósofo perseguido, se había embarcado en un peligroso viaje de mil quinientos kilómetros hacia lo desconocido y había corrido el riesgo de ser torturado y detenido. Ningún hombre, creía, debía hacer menos. «Los hombres suelen concederle el nombre de la virtud a una vida de inactividad —escribió en una ocasión con desdén—. Pero yo no estoy de acuerdo [...]. Los sabios, aquellos que se sientan en su esquina y filosofan a fondo de una manera grandilocuente sobre la justicia y la moderación, se deshonran a sí mismos si son llamados a actuar».[3]

No era momento para que los filósofos fueran filosóficos. «El tirano»,[4] como lo llamaban ellos, estaba al mando y tenía muchas costumbres inquietantes. En la época de Damascio, se entraba en las casas y se buscaban libros y objetos considerados inaceptables. Si se encontraba alguno, se confiscaba y se quemaba en triunfantes hogueras en las plazas de las ciudades. La discusión sobre cuestiones religiosas en público había pasado a considerarse una «audacia maldita» y estaba prohibida por ley.[5] Cualquiera que hiciera sacrificios a los antiguos dioses podía, según esta, ser ejecutado. En todo el imperio, se habían asaltado templos antiguos y hermosos, se habían arrancado sus tejados, fundido sus tesoros y destrozado sus estatuas. Para asegurarse de que las leyes se respetaban, el Gobierno empezó a emplear espías, funcionarios e informantes para que le contaran qué pasaba en las calles, en los mercados y tras las puertas de los hogares. Como afirmó un influyente orador cristiano, la congregación debía perseguir a los pecadores y ponerlos en el camino de la salvación con la misma constancia con que un cazador persigue a su presa hasta que cae en sus redes.[6]

Las consecuencias de la desviación de las reglas podían ser graves y la filosofía se había convertido en una actividad peligrosa. El propio hermano de Damascio había sido detenido y torturado para que revelara los nombres de otros filósofos, pero como Damascio recordaba con orgullo, había «recibido en silencio y con fortaleza los muchos golpes de la vara que caían sobre su espalda».[7] Otros filósofos del círculo de Damascio habían sido torturados y colgados de las muñecas hasta que dieron los nombres de sus colegas académicos. Algunos años antes, se había despellejado vivo a un filósofo. A otro lo habían apaleado ante un juez hasta que la sangre le cubrió la espalda.

Aquel salvaje «tirano» era la cristiandad. Casi desde los primeros años después de que un emperador cristiano pasara a gobernar Roma, en el 312 a.C., las libertades empezaron a deteriorarse. Y después, en el 529 d.C., se produjo el golpe final. Se decretó que a todos aquellos que trabajaban «bajo la locura del paganismo» —en otras palabras, Damascio y sus colegas filósofos— ya no se les permitiría enseñar. Pero sucedieron cosas peores. También se anunció que cualquiera que no hubiera sido bautizado aún tenía que dar un paso al frente y darlo a conocer de inmediato en las «iglesias sagradas» o enfrentarse al exilio. Y si alguien se hacía bautizar y luego volvía a sus viejas creencias paganas, sería ejecutado.

Para Damascio y sus colegas filósofos, esto era el final. No podían adorar a sus antiguos dioses. No podían ganar dinero. Por encima de todo, ya no podían enseñar filosofía. Durante un tiempo, permanecieron en Atenas e intentaron subsistir a duras penas. En el 532 d.C., finalmente se dieron cuenta de que no lo lograrían. Habían oído que en Oriente había un rey que era un gran filósofo. Decidieron que irían allí, a pesar de los riesgos que implicaba un viaje como ese. La Academia, la más grande y más famosa escuela del mundo antiguo —quizá de toda la historia—, una escuela que podía remontar su historia a casi un milenio atrás, cerró.

Es imposible imaginar lo doloroso que tuvo que ser atravesar Atenas. Mientras avanzaban, los hombres debieron caminar por las mismas calles y plazas en las que sus héroes —Sócrates, Platón, Aristóteles— habían andado, trabajado y discutido. Debieron ver en ellas mil recordatorios de que esos célebres tiempos habían terminado. Los templos de Atenas estaban cerrados, se venían abajo, y muchas de las magníficas estatuas que en el pasado se erigían en ellos habían sido desfiguradas o retiradas. Ni siquiera la acrópolis se había salvado; la gran estatua de Atenea había sido derribada.

La mayor parte de los escritos de Damascio se han perdido, pero quedan algunas frases ocasionales; sin duda, las suficientes para comprender sus sentimientos. Toda su vida, escribió, había sido «barrida por el torrente».[8] Los escritos de otro autor griego fechados pocos años antes muestran una desesperación similar. Somos, escribió, «varones reducidos a cenizas [...] pues ahora todas las acciones están trastocadas». En otro lúgubre epigrama, el mismo poeta angustiado se preguntaba: «¿Acaso no hemos muerto y solamente nos parece estar viviendo, griegos? [...] ¿O existimos nosotros cuando ha muerto la vida?».[9]

Cuando las historias modernas describen este periodo, este tiempo en el que las viejas religiones se desvanecieron y el cristianismo finalmente se volvió predominante, tienden a llamarlo el «triunfo de la cristiandad». Vale la pena recordar, sin embargo, el significado original romano de la palabra «triunfo». Un verdadero triunfo romano no consistía únicamente en la victoria del ganador.[10] Significaba la total y absoluta subyugación del perdedor. En un verdadero triunfo romano, al bando perdedor se le hacía desfilar por la capital mientras el vencedor contemplaba a un enemigo a cuyos soldados habían masacrado, cuyas posesiones habían saqueado y a cuyos líderes habían humillado.

Un triunfo no era solamente una «victoria»; era una aniquilación.

 

 

Poco de lo que aborda este libro se conoce fuera de círculos académicos. Desde luego, yo no estaba al tanto cuando era una niña en Gales, hija de unos antiguos monja y monje. Mi infancia, como se puede imaginar, fue bastante religiosa. Íbamos a la iglesia todos los domingos, bendecíamos la mesa, y yo rezaba (o al menos enumeraba mi lista de peticiones, que consideraba lo mismo) todas las noches. Si nos visitaban los parientes católicos, no jugábamos a interpretar escenas de películas, sino el rito de la primera comunión, y, a veces, hasta comulgábamos de verdad. Esto era un pecado terrible (y, como juego, no muy divertido), pero nos daba al menos la oportunidad de sacarle a los adultos un poco de zumo de grosella extra.

Así que Dios, o al menos el catolicismo, estuvieron muy presentes en mi infancia. Pero la fe de mis padres, a pesar de haberse pasado entre los dos un total de veintiséis años entre las paredes de un monasterio, nunca fue dogmática. Si yo preguntaba por los orígenes del mundo, era más probable que me hablaran del Big Bang que del Génesis. Si preguntaba de dónde procedían los humanos, me hablaban más de la evolución que de Adán. No recuerdo que, de niña, cuestionara jamás la existencia de Dios, pero del mismo modo recuerdo que, de adolescente, estaba bastante convencida de su inexistencia. La fe que tenía había muerto, y mis padres o no se dieron cuenta o no le dieron importancia. Sospecho que, en algún momento entre el monasterio y el mundo, su fe también había muerto.

Lo que nunca murió en nuestra familia, sin embargo, fue la fe que mis padres tenían en el poder educativo de la Iglesia. De niños, ambos habían sido educados por monjas y monjes, y ambos habían dado clases cuando lo fueron. Creían como un artículo de fe que la misma Iglesia que había ilustrado sus mentes había ilustrado, en la historia lejana, a toda Europa. Era la Iglesia, me decían, quien había mantenido con vida el latín y el griego del mundo clásico durante la ignorante Edad Media, hasta que pudieron retomarse a lo ancho del mundo en el Renacimiento. En los días de fiesta, visitábamos museos y bibliotecas en los que se afirmaba lo mismo. De niña, miraba el refulgente oro de los manuscritos iluminados y creía en una iluminación más metafórica en tiempos de oscuridad intelectual.

Y, en cierto sentido, mis padres estaban en lo cierto al creer esto, porque es verdad. Los monasterios preservaron mucho del conocimiento clásico.

Pero no es ni mucho menos toda la verdad. De hecho, este atractivo relato casi ha oscurecido por completo otra historia anterior, menos gloriosa. Porque antes de preservar, la Iglesia destruyó. En un arrebato de destrucción nunca visto hasta entonces —y que dejó estupefactos a los muchos no cristianos que lo contemplaron—, durante los siglos IV y V la Iglesia cristiana demolió, destrozó y fundió una cantidad de obras de arte simplemente asombrosa. Se derribaron las estatuas clásicas de sus pedestales y se desfiguraron, profanaron y desmembraron. Los templos se arrasaron por completo y se quemaron hasta que de ellos no quedó nada. Incluso el que era considerado el más glorioso de todo el imperio fue destruido. Muchas de las esculturas del Partenón sufrieron daños; se les mutilaron las caras y las manos, se les arrancaron las extremidades y se decapitó a los dioses. Algunas de las estatuas más hermosas de todo el edificio casi sin duda fueron derrumbadas y convertidas en escombros, que después se utilizaron para construir iglesias. Los libros —que con frecuencia se guardaban en los templos— sufrieron terriblemente. Lo que quedaba de la mayor biblioteca del mundo antiguo, una biblioteca que había llegado a albergar alrededor de setecientos mil volúmenes, fue también destruido. Transcurrió más de un milenio antes de que cualquier otra biblioteca pudiera siquiera acercarse a esa cifra de ejemplares. Se prohibieron las obras de filósofos censurados y en todo el imperio ardieron hogueras con las llamas de los libros proscritos.

Aunque todo esto ya era suficiente dramático, aún se produjo más destrucción por el puro abandono. En las silenciosas salas de copiado, los monjes preservaron muchas obras, pero dejaron que se perdieran muchas más. El ambiente podía ser agresivamente hostil con los autores no cristianos. En el silencio en el que los monjes trabajaban a diario, se utilizaban los gestos para pedir determinados libros: las palmas extendidas y el ademán de pasar página significaban que un monje quería que se le pasara una salmodia. Los libros paganos se pedían haciendo el gesto de amordazar.[11]

No resulta sorprendente, pues, que las obras de estos autores despreciados se vieran afectadas. En una época en la que el pergamino era escaso, muchos escritores antiguos fueron simplemente eliminados; las páginas de sus obras se raspaban para poder ser reutilizadas con temas más elevados. Los palimpsestos —manuscritos sobre los que se grababa (psao) de nuevo (palin)— aportan indicios de los momentos en que desaparecieron estas obras antiguas. Agustín sobrescribió el último ejemplar de Sobre la república de Cicerón para anotar encima sus comentarios a los Salmos. Una obra biográfica de Séneca desapareció bajo otro Antiguo Testamento más. Un códice con las Historias de Salustio se raspó para dar lugar a más escritos de san Jerónimo. Otros textos antiguos se perdieron por ignorancia. Despreciados e ignorados, con el transcurso de los años simplemente se convirtieron en polvo, en alimento para gusanos pero no para el intelecto. La obra de Demócrito, uno de los mayores filósofos griegos y padre de la teoría atómica, se perdió por completo. Solo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El noventa y nueve por ciento se perdió. Es mucho lo que se puede conseguir con las romas armas de la indiferencia y la pura estupidez.

Los asaltos violentos de este periodo no fueron terreno exclusivo de chiflados y excéntricos. Hombres que estaban en el corazón mismo de la Iglesia católica alentaron y lideraron los ataques contra los monumentos de los «locos», «malditos» y «dementes» paganos.[12] El gran san Agustín afirmó ante una congregación en Cartago: «¡Dios quiere, lo mandó, lo predijo, comenzó ya a llevarlo a efecto, y en muchos lugares de la tierra ya lo ha realizado en parte: la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles!».[13] San Martín, todavía hoy uno de los santos franceses más populares, arrasaba los campos galos destruyendo templos y consternando a los lugareños a su paso. En Egipto, san Teófilo demolió uno de los edificios más hermosos del mundo antiguo. En Italia, san Benito destruyó un santuario dedicado a Apolo. En Siria, despiadados grupos de monjes aterrorizaban las zonas rurales, derribando estatuas y arrancando los techos de los templos.

Los ataques no se detenían en la cultura. Todo, desde la comida que se ponía en el plato (que debía ser sencilla y sin especias) hasta lo que se hacía en la cama (que debía ser igualmente sobrio y sin especiar) empezaba, por primera vez, a quedar bajo el control de la religión. La homosexualidad masculina se prohibió; la depilación se despreciaba, así como el maquillaje, la música, los bailes sugerentes, la comida sofisticada, las sábanas moradas, la ropa de seda... La lista seguía y seguía.

Lograr todo esto no fue sencillo. Aunque el Dios omnisciente no tenía problemas para ver no solo en los corazones de los hombres sino también en sus casas, los sacerdotes cristianos lo tenían un poco más difícil. Se encontró una solución; san Juan Crisóstomo alentó a los miembros de su congregación a espiarse mutuamente. Entrad en las casas de los demás, decía. Meteos en los asuntos ajenos. Rehuid a quienes no cumplan. Después informadme de todos los pecadores y los castigaré como merecen. Y si no informabas sobre ellos, entonces él podía castigarte a ti también. «Así como los cazadores persiguen a los animales salvajes [...] no desde una dirección sino desde todas partes, y les hacen caer en sus redes, persigamos juntos a los que se han convertido en animales salvajes y arrojémoslos inmediatamente a la red de la salvación, nosotros desde este lado, vosotros desde ese otro.»[14] Fervientes cristianos iban a las casas de la gente y buscaban libros, estatuas y pinturas consideradas demoníacas. Esta clase de atención obsesiva no era crueldad. Al contrario; refrenar, atacar, forzar y hasta pegar a un pecador era —si le devolvías al camino de la rectitud— salvarlo. Como dijo san Agustín, el maestro de la paradoja pía: «¡Oh, crueldad misericordiosa!».[15]

Los resultados de todo esto fueron sorprendentes y, para los no cristianos, aterradores. Los vecinos corrían a contemplar cómo se destruían templos famosos en el mundo entero. Los intelectuales veían desesperados cómo volúmenes de autores supuestamente anticristianos —a menudo, en realidad, textos sobre las artes liberales— ardían. Los amantes del arte observaban horrorizados cómo una gente demasiado idiota para apreciarlas y, sin duda, para reproducirlas, destruía algunas de las grandes esculturas del mundo antiguo. Los cristianos con frecuencia ni siquiera sabían destruir de manera efectiva; gran cantidad de estatuas de muchos templos se salvaron simplemente por la virtud de estar demasiado altas para que, con sus primitivas escaleras y martillos, los destructores llegaran a ellas.

 

 

Al principio, concebí este libro como un relato de viajes. Pensé que sería interesante seguir a Damascio mientras recorría en zigzag el Mediterráneo, como un san Pablo pagano. Siria, Damasco, Bagdad, partes de Egipto y la frontera sur de Turquía, todos los lugares a los que él había llegado no eran ni mucho menos de fácil alcance, pero eran más o menos hacederos. Sin embargo, en los años que transcurrieron entre esa idea y la escritura de este libro, hacerlo se volvió imposible.

Desde entonces, y en el momento en que escribo, la guerra civil siria ha dejado zonas del país bajo el control de un nuevo califato islámico. En 2014, en ciertas áreas del país, se prohibió la música y se quemaron libros; el ministerio de Asuntos Exteriores británico recomendó que no se realizara ningún tipo de viaje al norte de la península del Sinaí. En 2015, unos militantes del Estado Islámico empezaron a demoler la antigua ciudad asiria de Nimrud, al sur de Mosul, en Irak, porque era un «ídolo». Las imágenes de los militantes islámicos derribando estatuas de alrededor de tres milenios de antigüedad y, después, golpeándolas con martillos, dieron la vuelta al mundo. Los «falsos ídolos» deben ser destruidos. En Palmira, los restos de la gran estatua de Atenea, que habían sido cuidadosamente reconstruidos por los arqueólogos, sufrieron un nuevo ataque. Una vez más, se decapitó a Atenea; una vez más, se le arrancó un brazo.

El viaje que había imaginado se había vuelto imposible. En consecuencia, este libro se ha convertido en una especie de viaje histórico. Un viaje por todo el Imperio romano, con parada en determinados lugares y determinados momentos que son significativos. Como sucede con los libros de viajes, los lugares en los que me he centrado son el resultado de una elección personal y, en cierto sentido, discutible. He escogido Palmira como un inicio porque estaba al este del imperio a mediados de la década del 380, cuando la violencia esporádica contra los antiguos dioses y sus templos aumentó hasta convertirse en algo mucho más grave. Podría haber escogido asimismo el ataque a un templo anterior o posterior. Esta es la razón por la que es un inicio, no el inicio. He optado por Atenas en los años en torno al 529 d.C. como un final, pero, de nuevo, podría haber escogido igualmente alguna ciudad situada más al este cuyos habitantes fueran masacrados por no convertirse al cristianismo, y sus brazos y piernas cortados y arrojados por las calles como advertencia a los demás.

Este libro trata de la destrucción cristiana del mundo clásico. La agresión cristiana no fue la única —el fuego, las inundaciones, las invasiones y el propio paso del tiempo también hicieron su papel—, pero la atención de este libro se dirige, en particular, al asalto cristiano. Esto no significa que la Iglesia no preservara cosas, pues lo hizo. Pero la historia de las buenas obras de la cristiandad en este periodo se ha contado una y otra vez; esos libros abundan en las bibliotecas y en las librerías. La historia y los sufrimientos de aquellos a quienes la cristiandad abatió, en cambio, no. Este libro se centra en ellos.

El área abarcada es inmensa, de modo que esta es una historia fragmentaria que salta a través de la geografía y el tiempo. No me disculpo por ello. El periodo cubierto es demasiado largo para hacer un recorrido lineal del pasado, y la narración subsiguiente hubiera sido, simplemente, demasiado aburrida. Es también una historia narrativa; he intentado transmitir lo que se sentía al estar ante un templo antiguo, cómo olía al entrar, lo agradable que debía ser la luz de la tarde cuando atravesaba el vapor de una casa de baños. Tampoco me disculpo por ello. Este enfoque tiene sus problemas. ¿Quién puede saber cómo olía realmente un templo antiguo sin haberlo visitado? Pero no tratar de recrear ese mundo constituye otro tipo de falsedad; los antiguos no se movían por una realidad delimitada por periodos históricos definidos y fechas de batallas. Vivían en un mundo en el que el humo procedente de los sacrificios llenaba las calles en los días de fiesta; donde la gente defecaba detrás de las estatuas en el centro de Roma, donde la luz refulgía en el teatro sobre los cuerpos húmedos y desnudos de jóvenes ninfas. Tanto las fechas como los cuerpos son esenciales para comprender a la gente de ese periodo.

Todo intento de escribir sobre la historia antigua está plagado de dificultades. Hilary Mantel afirmó en una ocasión que la «historia no es el pasado [...]. Es lo que queda en el cedazo cuando los siglos han pasado a través de él». La Antigüedad tardía deja menos restos en el cedazo que la mayoría de las épocas. Lo poco que queda, por lo tanto, a menudo es fruto de acalorados debates, y los académicos han discutido parte de ello durante siglos. Algo de apariencia tan sencilla como un edicto puede suscitar años de desacuerdo entre quienes lo consideran seminal y quienes lo relegan al estatus de una mera carta. He puesto notas al pie sobre algunas de las controversias más significativas, pero no sobre todas; habría sido imposible y, además, ilegible.

Lo que queda —sea discutido o no— debería tratarse con cautela. Como ocurre con toda la historia antigua, los escritores que cito tenían puntos de vista limitados y sus propios intereses. Cuando san Crisóstomo se jactaba de que los escritos de los griegos se habían destruido, estaba expresando más una esperanza que un hecho. Cuando el biógrafo de san Martín escribió con entusiasmo sobre cómo el santo había quemado y derruido violentamente templos en toda la Galia, el objetivo era menos dar cuenta de la realidad que inspirar. Ahora llamaríamos a esos escritos propaganda. Los argumentos de esos autores son discutibles, cada escritor que cito es falible. Eran, por decirlo brevemente, humanos, y debemos leerlos con precaución, pero debemos leerlos, porque aún merece la pena contar sus historias.

Mi narración empieza en Egipto, con el nacimiento del monasticismo, después se desplaza a Roma cuando la nueva religión empieza a aparecer allí. Más adelante se traslada al norte de Turquía, a Bitinia, donde se escribió el primer testimonio sobre los cristianos obra de un no cristiano. Después se dirige a Alejandría, en Egipto, donde se produjeron algunas de las peores profanaciones, y se adentra en los desiertos de Siria, donde vivieron algunos de los actores más extraños de esta historia, monjes que, por amor a Dios, vivieron toda su vida encaramados en pilares, en árboles o en jaulas. Y llega, al final, a Atenas, la ciudad donde se puede decir que nació la filosofía occidental y en la que, en el 529 d.C., terminó.

La destrucción descrita en este libro es inmensa y, sin embargo, ha sido prácticamente olvidada por el mundo moderno. Uno de los historiadores más influyentes de la Iglesia describiría el momento en el que la cristiandad asumió el control como el instante en el que cesó toda opresión, un tiempo en el que «los que antes andaban cabizbajos se miraban mutuamente con rostros sonrientes y ojos radiantes».[16] Los historiadores posteriores se sumarían al coro de aprobación. ¿Por qué no iban a alegrarse los romanos de convertirse? Eran, se argumentaba, gente sensata y nunca habían creído de veras en su propia religión, con sus indignos Júpiters priápicos y sus Venus lujuriosas. No, los romanos habían sido cristianos latentes, dispuestos y deseosos a abandonar sus absurdos y confusos rituales politeístas en cuanto una religión juiciosa (es decir, monoteísta) apareciera en el escenario. Como dijo Samuel Johnson, sucinto como siempre: «Los infieles se convirtieron fácilmente porque no tenían nada a lo que renunciar».[17]

Estaba equivocado. Muchos se convirtieron alegremente al cristianismo, es cierto. Pero muchos no lo hicieron. Muchos romanos y griegos no sonreían mientras veían cómo se suprimían sus libertades religiosas, se quemaban sus libros, se derruían sus templos y unas bestias con martillos destruían sus estatuas. Este libro cuenta su historia; es un libro que lamenta sin complejos la mayor destrucción de arte que ha conocido la humanidad. Es un libro sobre las tragedias que se ocultan tras el «triunfo» de la cristiandad.

Una nota sobre el vocabulario: he intentado evitar la utilización de la palabra «pagano», excepto cuando transmite las ideas o los actos de un protagonista cristiano. Se trataba de una palabra peyorativa y un insulto, y ningún no cristiano de la época la habría utilizado para describirse a sí mismo. También era una innovación cristiana: antes del auge del cristianismo, pocas personas habrían pensado en describirse a sí mismas por su religión. Luego, el mundo se separó para siempre mediante líneas religiosas, y aparecieron palabras para demarcar esas divisiones. Una de las más comunes fue «pagano». Al inicio, la palabra se había utilizado para referirse a un civil en oposición a un soldado. Después del auge del cristianismo, los soldados en cuestión ya no eran los legionarios romanos sino quienes se habían alistado en el ejército de Cristo. Más tarde, los escritores cristianos tramaron etimologías falsas y poco favorecedoras de la palabra; sostuvieron que estaba relaciona con pagus, con los «campesinos» y el campo. No era así, pero esos ataques prendieron y «paganismo» adquirió el poco atractivo aire de lo rústico y atrasado, una corrupción que mantiene hasta hoy.

También, cuando me ha sido posible, he evitado por lo general asignar nacionalidades modernas a personajes antiguos y, en su lugar, los he descrito en función del idioma en el que escribían habitualmente. Así, aunque nació y vivió en Siria, describo al orador Libanio como griego, no como «sirio». Aquel era un mundo cosmopolita en el que cualquiera, en cualquier parte entre Alejandría y Atenas, podía considerarse «heleno» —griego— y he intentado reflejar esa situación.

En ocasiones, para facilitar la lectura, he utilizado la palabra «religión» para referirme al amplio espectro de cultos profesados por la sociedad grecorromana antes de la introducción del cristianismo. El término plantea problemas, concretamente implica una estructura más centralizada y coherente de la que, en la práctica, existió. Con todo, es más elegante que muchas de las engorrosas alternativas.

Una nota final: hay muchas, muchas buenas personas que se ven impulsadas por la fe cristiana a hacer muchas, muchas cosas buenas. Lo sé porque casi a diario yo soy beneficiaria de esa bondad. Este libro no pretende ser un ataque a esas personas y espero que no sea visto como tal. Pero es innegable que han existido —y siguen existiendo— quienes usan el monoteísmo y sus armas con fines terribles. El cristianismo es una religión más grande y fuerte cuando también admite esta realidad y la desafía.

1

EL EJÉRCITO INVISIBLE

 

 

 

He aquí os doy potestad de hollar sobre las serpientes y sobre los escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo.

 

SAN LUCAS, 10:19

 

 

Satanás sabía cómo tentar a san Antonio. Un día, en un lejano rincón del Imperio romano, en Egipto, este próspero joven llamó la atención del maligno al hacer algo que en aquel momento era muy inusual. Con alrededor de veinte años, Antonio abandonó su casa, vendió sus posesiones, regaló todas sus tierras y se fue a vivir a una pocilga.[18]

El mundo romano del 270 d.C. no solía celebrar la vida sencilla. De hecho, si entonces Satanás hubiera echado un vistazo por ese territorio, se habría permitido una expresión satisfecha ante lo que era un trabajo bien hecho. Los pecados de lascivia, glotonería y avaricia acechaban por todas partes. Mientras que en el pasado los aristócratas romanos se habían enorgullecido de llevar túnicas sencillas tejidas en casa, ahora los ricos paseaban sudando bajo tejidos morados con refulgentes bordados de oro. Las mujeres eran aún peores, llevaban sandalias con joyas incrustadas y caros vestidos de seda, tan diáfanos que se podía ver cada curva de su cuerpo aunque fueran completamente vestidas. Aunque hubo un tiempo en el que un noble romano se habría jactado de disfrutar de fortalecedores chapuzones fríos en el serpenteante Tíber, esta generación prefería acudir a las casas de baños barrocamente decoradas y llevar consigo incontables botellas plateadas de ungüentos que tintineaban al paso.

El comportamiento en esas salas llenas de vapor, se decía, era disipado. Las mujeres se desnudaban y se permitían tener esclavos, cuyos dedos refulgían con aceite, que frotaban cada centímetro de sus cuerpos. Los hombres y las mujeres se bañaban juntos, y como señalaba un observador de la época «allí se desnudan en busca de la incontinencia» y «arrojan el pudor con la túnica».[19] El escritor, avergonzado, no pudo más que mascullar palabras abstractas sobre la «lujuriosa lascivia» y la «ardiente concupiscencia» que podían surgir en esas húmedas habitaciones. Los frescos en las casas de baños de Pompeya eran bastante más precisos. En un vestuario, sobre una repisa en la que los bañistas dejaban la ropa, había una pequeña pintura de un hombre practicando sexo oral a una mujer. De hecho, sobre cada una de las repisas de la sala había una imagen distinta: un trío en una; sexo lésbico en otra, etcétera. Un método mucho más memorable de marcar dónde se dejaba la ropa, se ha especulado, que un número de taquilla.

Si Satanás hubiera contemplado las mesas donde se comía en el imperio, podría haber concluido con satisfacción que ahí el comportamiento mejoraba bien poco. Siglos antes, el emperador Augusto se deleitaba (con cierta ostentación) con una simple dieta a base de pan tosco y queso hecho a mano. Esa frugalidad no duró mucho; pronto, los gourmets beberían vinos de cien años de antigüedad enfriados con agua de nieve y servidos en jarras con joyas, y se harían traer las ostras de Abidos. Todo esto, mientras muchos morían de hambre. Aunque ni siquiera los que se hallaban en las mejores mesas podían dar por sentado la mejor comida y la mejor bebida; en este ostentoso y jerárquico mundo, los anfitriones estratificaban el vino que servían a sus invitados y daban el peor a los comensales menos importantes, el mediocre a los mediocres y el mejor a los invitados más selectos.

Antes de partir hacia esa pocilga, el joven Antonio había sido la clase de hombre que, con el tiempo, se habría ganado beber los mejores vinos en el banquete. Era provinciano, cierto, pero también era joven, guapo, delgado y sano; había recibido una educación razonable (aunque, a la entonces honrosa manera de los jóvenes privilegiados, había declinado sacarle partido), y era rico; no hacía mucho, había heredado cientos de hectáreas de tierras de cultivo envidiablemente fértiles. Tenía la edad justa en la que un hombre debía empezar a dejar su huella en el mundo.

En lugar de eso, Antonio lo abandonó todo. Poco después de la muerte de sus padres, se encontraba en la iglesia cuando oyó la lectura de un capítulo del Evangelio según Mateo. «Si quieres ser perfecto —decía—, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.»[20] Y, sin titubear, eso hizo. Quince años más tarde, Antonio —pronto sería tan famoso que bastaba mencionarlo por su nombre de pila— decidió llegar incluso más allá, al proponerse ir a vivir a un fuerte romano abandonado, en el borde del desierto egipcio, donde permaneció veinte años. Más tarde, iría aún más lejos, al hacer de una montaña junto al Mar Rojo su hogar. Permaneció ahí hasta que murió en el 356 d.C.

Antonio no era uno de los gourmets del imperio. No había lampreas sicilianas para él; solo comía pan, sal y agua, y muy poco de cada cosa, únicamente una vez al día y tras la puesta de sol. Su dieta no debió causar mucha envidia, mientras vivió en el fuerte, solo le llevaban pan dos veces al año. Contados aspectos de su vida habrían tentado el apetito de un esteta. Antonio dormía sobre una simple esterilla de junco y se cubría con una manta de pelo de cabra. Con frecuencia no dormía, pues prefería pasarse la noche despierto, rezando. Mientras otros jóvenes se embadurnaban con caros perfumes y ungüentos y se depilaban con tanta frecuencia que (murmuraban los moralistas) era imposible distinguir la mandíbula de un joven de la de una mujer, Antonio castigaba su cuerpo. Lo maltrataba a diario, se negaba a utilizar aceites para ungirlo y limpiarlo, llevaba un cilicio y nunca se lavaba. Solo se quitaba el barro de los pies cuando tenía que cruzar un riachuelo. Se decía que nadie vio su cuerpo desnudo hasta que murió.

La suya fue una vida dedicada al aislamiento, la humildad (o, por darle un lustre menos cristiano, la humillación) y la abnegación. Pero, apenas unas décadas después de su muerte, Antonio se convirtió en una celebridad. La historia de su vida, escrita por un obispo llamado Atanasio, fue una éxito literario, devorado por lectores desde Egipto hasta Italia, y continuó siendo un superventas durante siglos. Los jóvenes leían este relato de autonegación castigadora e, inspirados y en un gesto de imitación, se encaminaban al desierto. Fueron tantos hombres, se decía, que los monjes convirtieron el desierto en una ciudad. Con los siglos, se veneraría a Antonio como padre fundador del monasticismo, uno de los hombres más influyentes en la historia de la cristiandad. Pocos años después de su muerte, la gente ya había empezado a reconocer su importancia. Cuando san Agustín supo de la vida austera de Antonio, parece que se quedó tan conmovido por su fuerza que salió corriendo de su casa al jardín, se arrancó el pelo y se golpeó la cabeza con las manos. Esos hombres simples, dijo, estaban alzándose y «se apropian del cielo».[21]

 

 

No todo el mundo estaba tan entusiasmado. Según Atanasio, Satanás miró al santo insomne que vestía un cilicio y sintió repulsa. Era una virtud intolerable en alguien tan joven, y el príncipe de las tinieblas tenía que actuar. No tuvo dudas acerca de la forma que adquiriría su ataque: Antonio era un hombre que se mofaba de los placeres de la carne, de modo que sería con los placeres de la carne con lo que lo tentaría. Los pensamientos impuros eran, explica Atanasio, el arma habitual de Satanás para tentar a los jóvenes, y, así, empezó a mandar sueños seductores para perturbar las noches del inocente. Por desgracia, el santo Antonio resistió; los expulsó con el poder del rezo constante.

El diablo se vio obligado a adoptar una tentación de nivel superior. Una noche, el retorcido Satanás adoptó la forma de una hermosa joven, sin omitir, añade Atanasio, un maestro del matiz intrigante, «ningún detalle que pudiera provocar pensamientos lascivos». Antonio batalló, pero se mantuvo firme al recordar «las amenazas del fuego y el tormento del gusano».[22] Satanás apretó los dientes con furia, pero aún no había terminado. Decidió jugar su mejor carta, una aparición en la forma de un niño negro que se postró a los pies de Antonio. Mientras yacía allí, el demonio anunció que era «amigo de la fornicación» y fanfarroneó sobre cuántas almas castas había echado a perder. Antonio respondió con el canto de un salmo, un acto que era, incluso en esas circunstancias, tan poco afrodisíaco, que el niño desapareció al instante.[23]

Quizá Antonio hubiera ganado esas primeras batallas, pero la guerra con el maligno no había, ni mucho menos, terminado. Durante las décadas siguientes, mientras se desplazaba por el vacío del desierto, se enfrentó a repetidos ataques infernales. Unos demonios lo apalearon tan gravemente que quedó incapacitado para hablar. Vio cómo las reglas de la naturaleza se incumplían: de la nada aparecía plata que después desaparecía como el humo; las paredes se convertían en aire y escorpiones; aparecían en tropel leones y víboras que lo atacaban. Hasta vio al propio Satanás; se le apareció a Antonio del mismo modo que a Job. Sus ojos eran como el lucero del alba, su boca arrojaba incienso, en su pelo refulgían las llamas, le salía humo por las fosas nasales y su aliento era como carbón encendido. A Antonio, escribió su biógrafo, le «inspiró terror».[24]

 

 

Hoy, la historia de cómo la cristiandad conquistó Roma se cuenta en tranquilizadores términos laicos. Es un relato de emperadores debilitados y ejércitos bárbaros invasores; de impuestos punitivos, plagas espantosas y un populacho cansado y perezoso. Cuando en estas historias se menciona la religión, con frecuencia adquiere un papel psicológico. Fue, dice el planteamiento, una era de ansiedad. La enfermedad, la guerra, la hambruna y la muerte, por no mencionar el horror igualmente inevitable del recaudador de impuestos, campaban por el imperio. En el siglo III, durante un periodo de cincuenta años, no menos de veintiséis emperadores y quizá otros tantos, si no más, usurpadores, reclamaron el poder. Los bárbaros, aunque no estaban aún a las puertas de Roma, sin duda se concentraban cerca, para llevar a cabo incursiones en Britania, la Galia, Hispania, Mauritania y hasta en la propia península Itálica. Justo cuando parecía que las cosas no podían ponerse peor, se desencadenó una terrible plaga; las víctimas se «agitaban con un vómito continuo», tenían los ojos «encendidos, inyectados en sangre»; los pies y partes de las extremidades quedaban amputados «por el contagio de una enfermiza putrefacción»; por no mencionar otras aflicciones todavía menos agradables.[25]

¿Quién, dicen los relatos tradicionales de la cristiandad, no buscaría consuelo en tiempos así? ¿Quién no se vería arrastrado a una religión que consolaba a sus seguidores con que, si no en esta vida, quizá en la siguiente, las cosas serían un poco más placenteras? ¿Quién no desearía que le dijeran que alguien, en algún lugar, tenía un plan, y que todo esto era parte de él? Como afirmó un historiador del siglo XX: «En una era de ansiedad, cualquier credo “totalitarista” ejerce una poderosa atracción; solo hay que pensar en el atractivo que tiene el comunismo para muchas mentes desorientadas en nuestro tiempo».[26]

Sin embargo, sigue ese argumento, las viejas religiones de Roma no ofrecían ese consuelo. Ni mucho menos. El submundo grecorromano era un lugar en el que se torturaba a Tántalo con la sed y Sísifo pasaba los días empujando una piedra montaña arriba, solo para ver cómo volvía a caer ladera abajo. Difícilmente era el sitio al que una querría retirarse. El sistema religioso grecorromano tampoco ofrecía mucha orientación a los vivos. Estos cultos no aportaban un manual de moral para la vida cotidiana. No emitían mandamientos, catecismos o credos para guiar a las almas en la incerteza entre el nacimiento y la muerte. Había reglas generales y demandas de sacrificios. Es cierto que, allí donde la religión no llegaba, podía hacer aparición la filosofía para ofrecer cierto consuelo, pero, puesto que la filosofía estoica de «al mal tiempo buena cara» era una de las más populares de la época, en el mejor de los casos suponía un magro consuelo. «Teatro es toda la vida, y juego», escribió desoladamente un poeta griego posterior:

 

o aprendes a jugar

dejando de lado las preocupaciones,

o soporta los dolores.[27]

 

Entonces, en ese gélido mundo nihilista, estalló el cristianismo. La nueva religión no solo aportaba consuelo, compañía y un sentido a esta vida, sino que además ofrecía la promesa de la felicidad eterna en la siguiente. Y, por si todo eso no fuera suficientemente tentador, la cristiandad pronto tuvo más cosas que ofrecer a los conversos. En el 312 d.C., el propio emperador Constantino se proclamó seguidor de Cristo. Bajo sus auspicios, la Iglesia no tardó en ser eximida de impuestos, y se empezó a recompensar a su jerarquía con generosidad. Los obispos cobraban cinco veces más que los profesores, seis veces más que los médicos, tanto como un gobernador local. Gozo eterno en la próxima vida, promoción burocrática en esta. ¿Qué más se podía desear?

Eso es lo que dice el relato tradicional. Y, de hecho, tiene una buena parte de verdad. Sin duda el atractivo del dinero, la riqueza, el estatus, así como la idea de la vida eterna (más allá del auténtico buen juicio y la bondad de muchas de las enseñanzas de Jesús) debieron de tener efecto en las masas dispuestas a unirse a esa religión relativamente joven.

Pero no es así como se vendió el cristianismo en el siglo IV. La Iglesia no se presentó como una manera de mejorar la cuenta de los impuestos o como un bálsamo para la ansiedad. El cristianismo no se ofreció al Imperio romano como una fuente de consuelo eclesiástica frente a los males del mundo. No se trataba de escoger un modo de vivir. Ni siquiera era una cuestión sobre la vida o la muerte. Era algo mucho más importante que eso.

Se trataba de una guerra. La lucha para convertir al imperio fue nada menos que una batalla entre el bien y el mal, entre las fuerzas de la oscuridad y las de la luz. Fue una batalla entre Dios y el mismo Satanás.

2

EL CAMPO DE BATALLA DE LOS DEMONIOS

 

 

 

Legión me llamo; porque somos muchos.

 

SAN MARCOS, 5:9

 

 

Este periodo fue, para la Iglesia posterior, una época de héroes. En esos días, los grandes gigantes de la Iglesia todavía caminaban por la tierra; fue un tiempo en el que san Agustín podía conversar con san Ambrosio o escribir una carta a san Jerónimo. Muchos de sus nombres son bien conocidos aún hoy. Hemos oído hablar del emperador Constantino, de san Martín y de san Antonio, o al menos de su monasterio. Podemos incluso conocer algunos detalles sobre ellos que los convierten en seres de carne y hueso; que Constantino fundó Constantinopla y que (esto es menos atractivo) hirvió a su mujer en un baño; que Agustín tenía una madre controladora o que, siendo joven, deseó que Dios le hiciera casto (pero no de inmediato). Es un periodo que puede resultar familiar.[28]

No deberíamos dejarnos engañar. Esto ocurrió en otra región, donde las cosas se hacían de manera diferente. Era una época en la que un monje podía hablar en persona con Cristo, caminar con Juan el Bautista y sentir cómo las lágrimas de un profeta caían del cielo sobre su piel. El mund ...