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LA EDUCACIóN SENTIMENTAL

Gustave Flaubert  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

«¿Dónde ha visto usted una crítica que se preocupe con tanta intensidad por la obra en sí? Se analiza con gran agudeza el medio en que se ha producido y las causas que la han originado; pero ¿la poética insciente?, ¿su composición, su estilo?, ¿el punto de vista de su autor? ¡Nunca!» En esta carta que Gustave Flaubert escribe a George Sand en febrero de 1869, unos meses antes de terminar La educación sentimental, no es difícil adivinar la sombra de una inquietud. Tras cinco años de pertinaz trabajo en los que él mismo había ido de sorpresa en sorpresa, Flaubert temía que aquel texto extraño que estaba a punto de entregar al público fuera interpretado como una especie de meteorito llegado del espacio, tan extravagante por su contenido como por su forma, y que las críticas de la época fueran incapaces de penetrar en la conciencia de su proyecto con la profundidad suficiente para descifrar su belleza inédita y su increíble exactitud. Sus temores incluso se quedaban cortos. La incomprensión estuvo a la altura del acontecimiento, es decir, fue total. Ininteligible, sin interés, vulgar, confusa, inmoral, abstracta, vacía, heterogénea, inmunda, materialista, un insulto para el espíritu… Esas fueron las amables palabras con que, en 1869, fue acogida la novela por la inmensa mayoría de los críticos: un rechazo tan violento que habrá que esperar medio siglo, hasta Proust y los grandes novelistas del siglo XX, para que el caso de La educación sentimental sea examinado de nuevo por los profesionales de la literatura y, casi hasta finales de la década de 1960, al Nouveau Roman, los acontecimientos de 1968 y el estructuralismo, para que los «nuevos caminos de la crítica» y un público más amplio redescubran con asombro, cien años después de su publicación, la fuerza y la juventud de ese relato extraordinariamente lúcido que nos habla con melancolía de esperanza y de revolución, de amor y de amistad, de ideal y de corrupción, de sueños, de traiciones, de desprecio, de sangre derramada, de desengaños, de vidas perdidas y de tiempo recuperado. Entonces La educación se convirtió en un texto de culto.

En la actualidad, casi un siglo y medio después de su aparición, y de treinta años de estudios eruditos desde su recuperación, sigue siendo difícil hablar de esta novela con cierto desapego y más complicado aún explicarla, como deseaba Flaubert, con esa simpatía «insciente» que debía penetrar hasta el corazón mismo de su escritura. A falta de tal penetración, seamos claros al menos en las palabras. La educación sentimental no es tan solo una gran novela de Flaubert. Es una obra maestra que apenas tiene equivalente en la literatura mundial. Concebida de una forma completamente nueva, La educación proporcionó a nuestra modernidad la mayoría de sus reglas. Obra deslumbrante, dotada de una clarividencia tan penetrante respecto a nuestra sociedad contemporánea como a la de 1840, es un relato que, milagrosamente, no ha envejecido ni un ápice y cuya intensidad crítica se hace más profunda a cada nueva lectura: forjada con un material resplandeciente e inoxidable, despiadada con los doctrinarios de todas las tendencias, provista de una ironía corrosiva, pero también de una belleza cautivadora, conmovedora y dolorosa, esta máquina de pensar la historia escapa al desgaste del tiempo, de las modas y de las creencias.

 

UN TÍTULO ENIGMÁTICO

El título «Educación sentimental» ha acabado adquiriendo un valor casi genérico. Se utiliza para designar cualquier relato que presente cierta analogía con la historia de Frédéric Moreau: un joven frente a la vida, su aprendizaje del mundo y del amor, sus aspiraciones, sus experiencias y sus desengaños, etc. La fuerza de la expresión se debe, sin duda, a la universalidad del tema, pero también a su forma de octosílabo (Educación sentimental: 4-4) que provoca una sensación de estabilidad arquitectónica, de equilibrio casi material: un «título tan hermoso por su solidez», decía Proust en su famoso artículo en la N.R.F. («À propos du style de Flaubert»). Ahora bien, respecto al sentido, esta hermosa y densa isocolía sonora encierra una seria ambigüedad, una opacidad semántica y tal vez sintáctica, que llevaba a Proust a matizar casi de inmediato su elogio: «título tan hermoso (…) pero no demasiado correcto desde el punto de vista gramatical». Dos meses más tarde, en marzo de 1920, insiste en la cuestión en una carta a Léon Daudet: «Si adoptamos su punto de vista, el primer error lingüístico de La educación sentimental es el título. Es hasta oscuro, puesto que usted lo interpreta como la educación del sentimiento. Yo lo entiendo de una manera completamente distinta: la educación puramente sentimental, que ha hecho que los maestros solo apelaran al sentimiento en el joven al que tenían que educar. Si yo tengo razón, la novela a la que mejor convendría este título es Madame Bovary. No me cabe ninguna duda de que su heroína es víctima de una educación sentimental». En otras palabras, Proust llega a la conclusión de que el título es inadecuado, que le convendría más a la primera novela de Flaubert: una argumentación poco convincente, aunque Flaubert en un principio tituló su proyecto «Madame Moreau», en un primer esbozo construido en torno a una heroína femenina que seguía el modelo de su primera novela. Pero precisamente la evolución del proyecto le condujo en una dirección muy distinta. De modo que no es seguro que, con su interpretación restrictiva (una educación limitada al sentimiento), Proust tuviera una visión más correcta que Thibaubet o Léon Daudet, que interpretaban las cosas en sentido inverso (la formación del sentimiento). En 1959, Pierre-Georges Castex propone una tercera idea que pretende conciliar las posturas contrarias: «El título de la novela está plenamente justificado por su contenido. Se trata de la educación de dos jóvenes a través del sentimiento: ambos experimentan una gran pasión que les enseña a vivir». Sin duda, pero «sentimental» significa pasional, y la idea de «educación», en la novela, ¿remite tan solo a esta doble experiencia individual? Por otra parte, ¿dónde hay que colocar el acento en esta expresión de dos palabras: en «educación» o en «sentimental»?

 

LA NOVELA DE APRENDIZAJE

Colocar el acento en el primer término conduce al sentido genérico de «novela de aprendizaje» o «de formación»: a lo que se denomina, desde Dilthey, el Bildungsroman. Y no es una falsedad. Aunque sin estar en deuda con el Wilhelm Meister, La educación sentimental se sitúa con bastante claridad en la línea de Goethe y de la «novela de educación», pero invirtiéndola, del mismo modo que se apoya en Balzac (Las ilusiones perdidas y El lirio en el valle) para hacer lo contrario. En este sentido, es indudablemente el joven Lukàcs de la Teoría de la novela el que dio en el clavo: desde el punto de vista de las estructuras, La educación sentimental transforma el relato de aprendizaje en una auténtica epopeya de la desilusión. Flaubert coincide con Cervantes, y La educación sentimental desempeña, con respecto a la tradición novelesca de los siglos XVIII y XIX, el papel que Don Quijote había desempeñado en su época respecto a la novela de caballerías. Pero, si esto es así, La educación sentimental constituye de hecho, para el mundo de las letras, una pequeña revolución copernicana que perturba de manera tan profunda las reglas formales de la novela de educación y, más aún, redefine tan hondamente los principios de la escritura novelesca en general, que el problema de su pertenencia genérica a la especie «novela de educación» pasa a ser en cierto modo secundario. Lejos de aclarar el sentido del título, la noción de «educación» no haría más que intensificar su misterio formulando de otro modo esta pregunta: ¿qué clase de aprendizaje es este que tiene como objeto último la desilusión?

En cuanto a los contenidos temáticos del relato, la novela de Flaubert se mantiene fiel, en lo esencial, a las grandes características del género «novela de educación», pero con la salvedad de que las problematiza todas. El itinerario de Frédéric Moreau, doblado de vez en cuando por el de Deslauriers y de algunos otros comparsas, cuenta la historia de un joven que realiza un aprendizaje del tiempo histórico, de la vida social y de la vida amorosa, pero desde la perspectiva decepcionante del fracaso generalizado. Se muestra su historia personal como si fuera representativa de una experiencia más general que, detrás del destino individual del héroe, expresa la historia colectiva de toda una generación. Flaubert lo explica ya en los primeros meses de la redacción: «Heme aquí aplicado a la tarea de escribir una novela de costumbres modernas que transcurrirá en París. Quiero hacer la historia moral de mi generación; “sentimental” sería más exacto. Es un libro de amor, de pasión; pero de una pasión tal que puede existir ahora, es decir, inactiva» (carta a mademoiselle Leroyer de Chantepie, 6 de octubre de 1864). El término «historia» se refiere a la doble vocación del relato de integrar los recursos de una ficción narrativa, que es propiamente el objeto del novelista, y de un discurso verdadero sobre la época, que sería más específicamente el propósito del historiador; en cuanto al epíteto «moral», remite explícitamente a la tradición balzaquiana del «cuadro de costumbres», pero reubicado en un universo que nada tiene que ver ya con el que describía Balzac: un mundo en el que la realidad ha perdido su consistencia y ya no supone un asidero seguro para una voluntad de apropiación que se ha vuelto fantasmal. Queda la dimensión «sentimental», que constituye tal vez la figura más visible de esta inestabilidad, y en la que Flaubert insiste como si se tratara sin lugar a dudas de la clave del problema: el término «sentimental» parece designar el subconjunto de lo que, en el universo moral del tiempo, correspondería a un nuevo sentimiento amoroso, a la energía de la libido en una pasión amorosa, pero degradada bajo la forma de un Eros moderno atrofiado, reducido a una especie de extraña ociosidad: una pasión en cierto modo pasiva, tal vez ficticia. ¿Es esto lo que significa «sentimental»? Y, si es así, ¿cómo se ha llegado a ello? ¿De qué memoria semántica puede extraer esta palabra un sentido tan singular? Al igual que Proust, Daudet o Thibaudet, el lector de hoy ha perdido un poco de vista lo que el adjetivo «sentimental» podía dejar sobrentender en aquella época. Se impone un breve recorrido por la historia lexicológica.

LA HISTORIA DE UNA PALABRA RECIENTE

En 1768, Lawrence Sterne publica A Sentimental Journey, que se traduce al francés al año siguiente con el título de Voyage sentimental. En aquella época, «sentimental» no era de ningún modo una palabra francesa. Se trata de un puro anglicismo, no atestiguado hasta entonces. El traductor, puesto en un compromiso, da una explicación: «La palabra inglesa sentimental no ha podido traducirse al francés por ninguna otra expresión equivalente, y se ha dejado en su forma original. Tal vez leyendo la obra llegaremos a la conclusión de que merecía entrar en nuestra lengua». Lo merecía, sin duda, incluso con urgencia, a juzgar por la rapidez con la que dicho anglicismo dio lugar a derivados: sentimentalisme en 1801, sentimentalité en 1804, sentimentalement en 1845. De modo que justo un siglo (1769) antes de La educación sentimental de Flaubert (1869), el famoso adjetivo hace su entrada en la lengua literaria francesa. Cien años a lo largo de los cuales el adjetivo se forja primero un notable éxito (entre 1770 y 1820) y adquiere luego rápidamente un matiz sarcástico y peyorativo. El diccionario Boiste explica en 182

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