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LA EDUCACIóN SENTIMENTAL

Gustave Flaubert  

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Fragmento

I

Hacia las seis de la mañana del 15 de septiembre de 1840, próximo a zarpar, el Ville de Montereau despedía grandes torbellinos de humo delante del muelle de Saint-Bernard.

La gente llegaba sin aliento; las barricas, los cables, los cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no contestaban a nadie; tropezaban unas con otras las personas; los bultos subían por entre los dos tambores, y el bullicio se absorbía en el ruido del vapor, que, escapándose por las tapaderas de hierro de las chimeneas, todo lo envolvía en una nube blanquecina, mientras la campana sonaba avante sin cesar.

Por fin, el barco arrancó, y las dos orillas, pobladas de tiendas, de canteros y de fábricas, desfilaron como dos anchas cintas que se desenrollan.

Un joven de dieciocho años, de pelo largo, que llevaba un álbum debajo del brazo, estaba inmóvil cerca del timón. A través de la bruma contemplaba campanarios y edificios, cuyo nombre ignoraba; después abrazó en una última ojeada la isla de SaintLouis, la Cité, Notre-Dame, y muy pronto, al desaparecer París, lanzó un suspiro prolongado.

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Frédéric Moreau, que acababa de recibir el título de bachiller, regresaba a Nogent-sur-Seine, donde debía languidecer durante dos meses antes de ir a cursar derecho. Su madre, con la suma indispensable, le había enviado al Havre a ver a un hermano suyo, del cual esperaba que fuese heredero su hijo; volvió de allí la víspera, y lamentaba no poder permanecer en la capital, siguiendo, para llegar a su provincia, el camino más largo.

Se apaciguó el tumulto; todos ocuparon su sitio: algunos, en pie, se calentaban alrededor de la máquina, y la chimenea despedía con resoplido lento y rítmico su penacho de humo negro; gotitas de rocío resbalaban por los cobres, el puente temblaba al impulso de una pequeña vibración interior, y las dos ruedas, girando rápidamente, golpeaban el agua.

El río se veía costeado de playas arenosas; se encontraban algunas balsas de madera que ondulaban al compás de las olas, o lanchas sin velas en que pescaba un hombre sentado. Luego, las brumas errantes se fundieron, apareció el sol, descendió poco a poco la colina que seguía el curso del Sena, por la derecha, surgiendo otra, más próxima, en la orilla opuesta.

La coronaban algunos árboles en medio de casas chatas, cubiertas de tejados a la italiana, con jardines en declive, separados por muros nuevos, verjas de hierro, céspedes, templadas estufas y tiestos de geranios, espaciados con regularidad en terrazas provistas de antepechos. Más de uno, al divisar aquellas coquetonas residencias, tan tranquilas, deseaba ser propietario, para vivir en ellas hasta el fin de sus días, con un buen billar, una chalupa, una mujer, o cualquier otro sueño. El placer enteramente nuevo de una excursión fluvial facilitaba las expansiones. Ya los bromistas empezaban con sus gracias; muchos cantaban; la gente estaba alegre y se tomaban copas.

Frédéric pensaba en el cuarto que ocuparía en su casa, en el plan de un drama, en asuntos para cuadros, en futuras pasiones. Juzgaba que la felicidad merecida por la excelencia de su alma tardaba en venir. Declamó versos melancólicos; paseaba por el puente con rápido paso, se adelantó hasta el fin, del lado de la campana, y, en un círculo de pasajeros y marineros, vio a un señor que decía galanterías a una aldeana, jugando mientras con la cruz de oro que llevaba ella sobre el pecho. Era un hombre de cuarenta años, de cabello crespo. Su busto vigoroso llenaba una chaqueta de terciopelo negro; en su camisa de batista brillaban dos esmeraldas y su ancho pantalón blanco caía sobre unas botas raras, coloradas, de cuero de Rusia, bordadas con dibujos azules.

La presencia de Frédéric no le detuvo. Se volvió hacia él muchas veces, interpelándole por medio de sus ojos; después ofreció cigarrillos a cuantos le rodeaban. Pero harto de aquella compañía, sin duda, se fue más lejos. Frédéric le siguió.

La conversación transcurrió primeramente sobre las diferentes especies de tabaco; después, naturalmente, acerca de las mujeres. El señor de las botas coloradas dio consejos al joven; expuso teorías, narró anécdotas, se citó a sí mismo como ejemplo, diciendo todo esto con tono paternal, con una ingenuidad de corrupción divertida.

Era republicano; había viajado, conocía el interior de los teatros, de los restaurantes, de los periódicos, y a todos los artistas célebres, a los que llamaba familiarmente por sus nombres; Frédéric le confió poco a poco sus proyectos, y él le animó a seguirlos.

Pero se interrumpió para observar el cañón de la chimenea; luego formuló, deprisa, un cálculo para saber «cuánto cada golpe de pistón, tantas veces por minuto, debía, etcétera». Y cuando hizo la suma admiró mucho el paisaje, manifestándose dichoso por haber abandonado los negocios.

Frédéric sentía cierto respeto hacia él y no resistió al deseo de conocer su apellido. El desconocido contestó sin pararse:

—Jacques Arnoux, propietario del Arte Industrial, bulevar Montmartre.

Un criado, con galón dorado en la gorra, vino a decirle:

—Si el señor tuviera la bondad de bajar… la señorita le reclama.

Desapareció.

El Arte Industrial era un establecimiento híbrido, compuesto de una publicación pictórica y un almacén de cuadros. Frédéric había visto aquel título muchas veces en el escaparate de un librero de su país natal, en prospectos inmensos, donde el nombre de Jacques Arnoux aparecía ostentosamente.

El sol hería de plano, haciendo relucir las grímpolas de hierro, las gavias, alrededor de los mástiles, las planchas del filarete y la superficie del agua, que por la parte de proa se cortaba en dos surcos que se desvanecían en el límite de las praderas. En todos los recodos del río se encontraba el mismo panorama de álamos blancos. El campo se veía enteramente solitario, y en el cielo, nubecillas blancas y quietas. El tedio, vagamente esparcido, parecía amortiguar la marcha del barco y dar a los viajeros un aspecto más insignificante todavía.

Excepto algunos burgueses, en primera clase, los demás eran obreros, tenderos con sus mujeres y sus chicos. Como entonces había costumbre de vestirse con lo peor en los viajes, casi todos llevaban gorros griegos viejos o sombreros descoloridos; estrechos trajes negros, raídos por el roce de las mesas, o levitas con los ojales rotos de haber servido demasiado en la tienda; algunos chalecos de elástico dejaban asomar camisas de algodón manchadas de café, y algunos alfileres de similor clavados en corbatas hechas jirones; trabillas recosidas sujetando zapatos de orillo; dos o tres desharrapados que llevaban bastones con corregüelas lanzaban miradas oblicuas; y padres de familia abrían desmesuradamente los ojos, haciendo preguntas, hablando en pie o echados sobre sus equipajes; otros dormían por los rincones; muchos comían. El puente estaba sucio de cáscaras de nueces, colillas de cigarro, mondaduras de peras. Tres ebanistas, de blusa, estaban parados delante de la cantina; un músico, arpista, en harapos, descansaba apoyando los codos en su instrumento; se oía a intervalos el ruido del carbón de piedra en la hornilla, un grito, una risa. Y el capitán, en el entrepuente, andaba de uno a otro tambor, sin detenerse. Frédéric, para ir a su sitio, empujó la verja que separaba la primera clase y molestó a dos cazadores con sus perros.

Aquello fue como una aparición.

Ella estaba sentada en medio del banco, completamente sola; por lo menos, él no vio a nadie, debido al deslumbramiento que sus ojos le produjeron. Al mismo tiempo que pasaba él, ella alzó la cabeza, él la bajó involuntariamente, y cuando pasó más lejos, del mismo lado, la miró.

Llevaba un sombrero de paja ancho con cintas de color rosa, que fluctuaban al viento por su espalda. Sus cabellos negros, que descendían hasta el extremo de sus grandes cejas, parecían ceñir amorosamente el óvalo de su rostro. Su traje, de muselina clara con lunarcitos, caía en numerosos pliegues.

Se ocupaba en bordar algo, y su nariz recta, su mentón, su persona toda resaltaba sobre el fondo azul del espacio.

Como se mantenía en la misma actitud, dio él muchas vueltas a izquierda y derecha para disimular la maniobra; luego se detuvo muy cerca de su sombrilla, colocada contra el banco, y fingió que observaba una chalupa por el río.

Jamás había visto aquel esplendor de tez morena, la seducción de un busto, ni aquella delicadeza de los dedos que la luz atravesaban. Contemplaba su cesta de labor con arrobamiento, como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su domicilio, su vida, su pasado? Ansiaba conocer los muebles de su cuarto, todos los trajes que hubiera llevado, las gentes que la visitaban, y el deseo de la posesión física hasta desaparecía ante un afán más profundo, en una dolorosa curiosidad sin límites.

Una negra, de pañuelo a la cabeza, se presentó, llevando de la mano a una niña ya mayor, cuyos ojos estaban llenos de lágrimas y que acababa de despertarse. La cogió sobre sus rodillas. La señorita no era buena, aunque iba pronto a cumplir siete años; su madre ya no la quería; se le perdonaban demasiado sus caprichos.

Y Frédéric se alegraba de oír aquellas cosas, como si hubiera hecho un descubrimiento, una adquisición.

La suponía de origen andaluz, quizá criolla. ¿Habría traído de las islas, consigo, a aquella negra?

Un gran chal de rayas violeta ceñía su espalda sobre la borda de cobre. ¡Cuántas veces, en medio del mar, durante las noches húmedas, habría envuelto su busto, habría cubierto sus pies, hasta dormir a su abrigo! El chal iba deslizándose poco a poco hacia el agua. Frédéric dio un salto y lo cogió. Ella le dijo:

—Muy agradecida, caballero.

Sus ojos se encontraron.

—¿Estás lista, mujer? —preguntó el señor Arnoux, apareciendo en la escalera.

La señorita Marthe corrió hacia él y, colgada de su cuello, le tiraba de los bigotes. El sonido de un arpa se oyó de pronto, y quiso la niña oír la música; al punto, el del instrumento, traído por la negra, entró en el departamento de primera. Arnoux le reconoció por ser un antiguo modelo y le tuteó, cosa que sorprendió a los presentes. Por fin, el arpista echó hacia atrás su ancho pecho, extendió el brazo y se puso a tocar.

Era una romanza oriental, en que se trataba de puñales, de flores y de estrellas. El hombre de los harapos cantaba aquello con tono mordaz; los movimientos de la máquina cortaban la melancolía sin medida; apretaba él más, vibraban las cuerdas y sus sonidos metálicos parecían exhalar sollozos, como la queja de un amor orgulloso y vencido.

En ambas orillas del río se veían los bosques descender hasta el agua; circulaba una corriente de aire fresco; la señora Arnoux miraba vagamente a lo lejos.

Cuando cesó la música movió los párpados muchas veces, como si saliera de un sueño.

El arpista se les aproximó humildemente. Mientras Arnoux buscaba una moneda, Frédéric alargó hacia la gorra su mano cerrada y, abriéndola pudorosamente, depositó en ella una moneda de oro de veinte francos. Y no era la vanidad lo que le empujaba a dar aquella limosna delante de ella, sino un pensamiento de bendición a que la asociaba, un movimiento del corazón casi religioso.

Arnoux, enseñándole el camino, le invitó cordialmente a que almorzara. Frédéric aseguró que acababa de almorzar; sin embargo, se moría de hambre y no tenía ya ni un céntimo en el fondo de su bolsillo.

Después pensó que tenía tanto derecho como otro cualquiera a permanecer en la cámara.

Alrededor de las mesas redondas comían los burgueses y circulaba un camarero. Los señores de Arnoux se hallaban en el extremo, a la derecha; él se sentó en la larga banqueta de terciopelo y cogió un periódico que allí encontró.

Debían tomar la diligencia de Châlons en Montereau. Su viaje a Suiza duraría un mes.

La señora Arnoux censuraba a su marido por su debilidad con la pequeña. Murmuró él algo a su oído, una gracia indudablemente, puesto que ella sonrió; después fue a correr la cortina de la ventana de detrás.

El techo bajo, y enteramente blanco, arrojaba una luz fuerte. Frédéric, de frente, distinguía la sombra de sus pestañas. Mojaba ella sus labios en el vaso y entre sus dedos sostenía una cartera. El medallón de lapislázuli, sujeto con una cadenilla de oro a su muñeca, sonaba de cuando en cuando contra el plato. Los que estaban allí, sin embargo, no parecían notarlo.

Algunas veces se veía por las ventanas deslizarse el flanco de una barca que abordaba el barco para tomar o dejar viajeros. Las gentes que estaban sentadas a la mesa se inclinaban hacia las aberturas y decían el nombre de los lugares ribereños.

Arnoux se quejaba de la cocina; gritó mucho por la cuenta y obligó a que la redujeran. Después se llevó al joven a proa para beber grogs; pero Frédéric se volvió muy pronto a la toldilla, donde se encontraba la señora Arnoux, que leía un pequeño volumen de tapas grises.

Los extremos de su boca se entreabrían en algunos momentos, y un relámpago de placer iluminaba su frente. Frédéric tuvo celos del que había inventado aquellas cosas que ocupaban su mente. Cuanto más la contemplaba, más sentía que entre ambos se abrían abismos. Pensaba que era preciso abandonarla lenta, irrevocablemente, sin haber cruzado una frase, sin dejarse ni siquiera un recuerdo.

Una llanura se extendía hacia la derecha; a la izquierda, un herbazal iba a reunirse suavemente a una colina en que se percibían viñedos, nogales, un molino en medio del verde; algunos senderos, más allá, formando zigzag sobre la blanca roca que tocaba al límite del cielo. ¡Qué dicha subir juntos, el brazo rodeando su cintura, mientras su traje fuese barriendo las hojas amarillentas, escuchando su voz, dominado por los rayos de sus ojos! El barco podía detenerse, no tenían más que bajarse, y aquella cosa tan sencilla no era más fácil, sin embargo, que cambiar el curso del sol.

Algo más lejos se descubría un castillo de tejado puntiagudo con torrecillas cuadradas. Un parterre de flores se extendía delante de su fachada, y las avenidas penetraban en los altos tilos como negras bóvedas.

Se la figuró pasando por el límite de los setos.

En aquel instante, una señorita y un caballero joven se dejaron ver en la escalera, entre los tiestos de naranjos.

Luego, todo desapareció.

La chiquilla jugaba cerca de él; Frédéric quiso besarla; ella se ocultó detrás de la criada; le riñó su madre por no ser amable con el caballero que había salvado su chal.

«¿Era esta una manera indirecta de entrar en conversación? ¿Irá, por fin, a hablarme?», se preguntó.

Apremiaba el tiempo. ¿Cómo obtener una invitación para casa de Arnoux? Y no se le ocurrió nada mejor que hacerle notar el calor del otoño, añadiendo:

—Pronto el invierno, la estación de los bailes y las comidas…

Pero Arnoux se hallaba muy ocupado con sus equipajes.

La costa de Surville apareció; los dos puentes se juntaban, se costeó una cordelería; después, una fila de casas chatas; abajo, marmitas de brea, trozos de madera, y los pilluelos corrían por la arena, dando vueltas al cable. Frédéric reconoció a un hombre con chaleco de mangas y le gritó:

—Despáchate.

Llegaron. Buscó trabajosamente a Arnoux entre la multitud de pasajeros, y el otro contestó, estrechándole la mano:

—Hasta la vista, amigo mío.

Cuando estuvo sobre el muelle, Frédéric se volvió. La señora se hallaba cerca del timón, en pie. Le envió una mirada en que procuró poner toda su alma; como si nada hubiera hecho, permaneció ella inmóvil.

Después, sin fijar atención en los saludos de su criado, le dijo:

—¿Por qué no has traído el coche hasta aquí?

El buen hombre se excusó.

—¡Qué torpe! Dame dinero.

Y se fue a comer a una posada.

Un cuarto de hora después, tuvo deseos de entrar como por casualidad en el patio de las diligencias; todavía podía verla, quizá.

«¿Para qué?», se dijo.

Y el coche americano le llevó. Uno de los dos caballos no pertenecía a su madre; había pedido prestado el del señor Chambrion, el recaudador, para engancharlo con el suyo. Isidore salió la víspera y descansó en Bray hasta la noche, y había dormido en Montereau; por eso las bestias trotaban bien.

Campos segados se prolongaban hasta el infinito. Dos hileras de árboles bordeaban el camino y los moretones de guijarros se sucedían; poco a poco,Villeneuve-Saint-Georges,Ablon, Châtillon, Corbeil y los otros pueblos; todo «su» viaje le vino a la memoria de manera tan clara, que ahora distinguía detalles nuevos, particularidades más íntimas; por debajo del último volante de «su» vestido veía «su» pie, calzado con fina bota de seda color marrón; el toldo de cutí formaba un amplio dosel sobre su cabeza, y las bolitas encarnadas de las guarniciones se movían perpetuamente al soplo de la brisa.

Se parecía a las mujeres de los libros románticos. No hubiera querido añadir ni quitar nada a su persona. El universo se ensanchaba de repente; ella era el punto luminoso donde convergía el conjunto de las cosas. Y mecido por el movimiento del carruaje, con los párpados medio cerrados, la mirada en las nubes, se entregaba a una alegría soñadora e infinita.

En Bray no esperó a que le dieran la avena: se fue por el camino adelante, enteramente solo. Arnoux la había llamado Marie. Entonces, él gritó, muy alto: «¡Marie!». Su voz se perdió en el viento.

Una ancha franja de color púrpura inflamaba el cielo al Occidente. Grandes ruedas de molino, que se veían en medio de los rastrojos, proyectaban gigantescas sombras. Un perro se puso a ladrar en cierta lejana hacienda. Se estremeció, sobrecogido, con una inquietud sin causa.

Cuando Isidore se le reunió, se colocó en el pescante para guiar. Su desfallecimiento había pasado; se hallaba enteramente resuelto a introducirse, no importaba cómo, en casa de los Arnoux, a relacionarse con ellos. Su hogar debía de ser agradable;Arnoux, además, le gustaba; después, ¿quién sabe? Entonces, una oleada de sangre le subió a la cara; sus sienes zumbaban.

Chasqueó el látigo, sacudió las riendas y llevaba los caballos a un paso tal, que el viejo cochero le repetía:

—Despacio, más despacio; los dejará usted sin resuello.

Poco a poco se calmó Frédéric y escuchó a su criado.

Esperaban al señor con gran impaciencia. La señorita Louise había llorado porque quería venir en el coche.

—¿Quién es la señorita Louise?

—La chiquitina del señor Roque, ¿sabe usted?

—¡Ah!, no me acordaba —replicó Frédéric indolentemente.

A todo esto, los dos caballos no podían más, ambos cojeaban; y las nueve sonaban en Saint-Laurent cuando llegó a la plaza de armas, delante de la casa de su madre. Aquella casa espaciosa, con un jardín que lindaba con el campo, daba aún mayor consideración a la señora Moreau, que era la persona más respetada del país.

Procedía de una antigua familia noble, ya extinguida. Su marido, un plebeyo con quien sus padres la casaron, había muerto de una estocada, durante su embarazo, dejándole una fortuna comprometida. Recibía tres veces a la semana y daba de cuando en cuando una comida formal; pero el número de las bujías se hallaba calculado y esperaba con impaciencia sus rentas. Aquella estrechez, disimulada como un vicio, la hacía seria. Sin embargo, citaba sus virtudes sin ostentación de gazmoñería, sin acritud. Sus menores obras de caridad parecían grandes limosnas. Se le consultaba sobre la elección de los criados, la educación de las jóvenes, el arte de los dulces, y monseñor paraba en su casa en las visitas episcopales.

La señora Moreau alimentaba una gran ambición para su hijo; no le gustaba oír que censurasen al gobierno, por una especie de prudencia anticipada. Él necesitaría protección al principio; luego, merced a sus medios, llegaría a consejero de Estado, embajador, ministro. Sus triunfos en el colegio de Sens legitimaban aquel orgullo: había obtenido el premio de honor.

Cuando entró en el salón, todos se levantaron con gran ruido y le abrazaron, y con las butacas y las sillas se formó un amplio semicírculo alrededor de la chimenea. El señor Gamblin le preguntó inmediatamente su opinión sobre la señora Lafarge. Aquel proceso, el furor de la época, produjo una violenta discusión; la señora Moreau la contuvo, con pesar del señor Gamblin, que la juzgaba útil para el joven, en calidad de futuro jurisconsulto, y salió del salón contrariado.

Nada debía sorprender en un amigo del tío Roque. A propósito del tío Roque, se habló del señor Dambreuse, que acababa de adquirir la propiedad de la Fortelle. Pero el recaudador se había llevado aparte a Frédéric para saber lo que pensaba de la última obra de Guizot. Todos deseaban conocer sus asuntos, y la señora Benoît preguntó directamente sobre su tío.

¿Cómo estaba aquel buen pariente?

No daba ya noticias suyas.

¿No tenía un primo lejano en América?

La cocinera anunció que la sopa del señor estaba servida. La gente se retiró por discreción.

En cuanto, poco después, estuvieron solos, su madre le dijo en voz baja:

—¿Y bien?

El viejo le había recibido muy cordialmente, pero sin manifestar sus intenciones.

La señora Moreau suspiró.

«¿Dónde estará ahora ella?», pensó él.

La diligencia rodaba y, envuelta en el chal, sin duda, apoyaba en el paño del cupé su hermosa cabeza dormida.

Subían a sus cuartos, cuando un mozo del Cisne de la Cruz trajo una carta.

—¿Qué es eso?

—Deslauriers, que me necesita —dijo.

—¡Ah!, tu camarada —contestó la señora Moreau, con sonrisa de desprecio—. ¡La hora ha sido bien elegida, ciertamente!

Frédéric vacilaba; pero la amistad venció y cogió su sombrero.

—Por lo menos, no tardes mucho —le dijo su madre.

II

El padre de Charles Deslauriers, antiguo capitán de infantería, dimisionario de 1818, volvió a Nogent a casarse, y con el dinero de la dote había comprado una plaza de alguacil de corte, que apenas le bastaba para vivir. Agriado por grandes injusticias, sufriendo con sus antiguas heridas y echando siempre de menos al emperador, desahogaba en las gentes que le rodeaban las cóleras que le mortificaban. Pocos niños fueron más golpeados que su hijo. El muy travieso no cedía, a pesar de los golpes. Cuando su madre trataba de interponerse se veía tan maltratada como el chico. Por fin, el capitán le colocó en su estudio, y todo el día le tenía inclinado sobre el pupitre, copiando documentos, cosa que le produjo el desarrollo del hombro derecho, visiblemente mayor que el otro.

En 1833, el señor presidente le invitó a que vendiera su estudio, y así lo hizo. Su mujer murió de un cáncer. Él se fue a vivir a Dijon; después se estableció como procurador, en Troyes, y, habiendo obtenido para Charles media beca, le llevó al colegio de Sens, donde se encontró con Frédéric. Pero el uno tenía doce años, y el otro, quince; además, mil diferencias de carácter y de origen los separaban.

Frédéric encerraba en su cómoda toda clase de provisiones, cosas excelentes; un neceser de aseo, por ejemplo. Le gustaba levantarse tarde, mirar las golondrinas, leer obras dramáticas y, echando de menos las dulzuras de su casa, encontraba penosa la vida del colegio.

En cambio, al hijo del alguacil le parecía agradable. Trabajaba tanto, que al segundo año pasó a la clase tercera. Sin embargo, a causa de su pobreza o de su carácter pendenciero, le rodeaba una sorda malevolencia. Pero una vez que un criado le llamó hijo de mendigo, en pleno patio de los «medianos», le saltó al cuello, y lo hubiera matado si no intervienen tres profesores de estudios. Frédéric, lleno de admiración, le estrechó entre sus brazos. A partir de ese día, su intimidad fue completa. El afecto de un «grande» (de un «mayor») lisonjeó, sin duda, la vanidad del «pequeño», y el otro aceptó como una felicidad aquel sacrificio que le ofrecía.

Su padre le dejaba en el colegio durante las vacaciones.

Una traducción de Platón, que encontró por casualidad, le entusiasmó. Y entonces se apasionó por los estudios metafísicos, y sus progresos fueron rápidos, porque se entregaba con fuerzas juveniles y con el orgullo de una inteligencia que se emancipa. Jouffroy, Cousin, Laromiguière, Mallebranche, los escoceses: cuanto la biblioteca contenía, otro tanto aprendió; hasta tuvo necesidad de robar la llave para procurarse libros.

Las distracciones de Frédéric eran muy serias. Dibujó, en la calle Trois-Rois, la genealogía de Cristo, esculpida en un poste; luego, el pórtico de la catedral. Después de los dramas de la Edad Media leyó las memorias: Froissart, Comines, Pierre de l’Estoile, Brantôme.

Las imágenes que aquellas lecturas llevaban a su espíritu le dominaban tan por completo, que experimentaba la necesidad de reproducirlas. Ambicionaba ser un día el Walter Scott de Francia. Deslauriers meditaba un vasto sistema de filosofía que tuviera las más lejanas aplicaciones.

Hablaban de todo aquello durante los recreos, en el patio, enfrente de la inscripción moral pintada debajo del reloj; cuchicheaban en la capilla, en las barbas de san Luis; soñaban en el dormitorio, desde el cual se dominaba el cementerio. Los días de paseo se colocaban detrás de los demás y hablaban interminablemente.

Hablaban de lo que harían mucho más tarde, cuando salieran del colegio. Primero emprenderían un gran viaje con el dinero que Frédéric recibiría de su fortuna, a la mayoría de edad. Luego volverían a París, trabajarían juntos, no se separarían; y, como descanso de sus trabajos, tendrían amores de princesas en tocadores de raso, o fulgurantes orgías con ilustres cortesanas. Algunas dudas se presentaban después de sus entusiasmos y esperanzas, después de crisis de alegre facundia, cayendo en un profundo silencio.

Las noches de verano, cuando habían andado mucho tiempo por los caminos pedregosos, por las orillas de los viñedos o por el camino real en pleno campo, y los trigos ondulaban al sol, mientras perfumes de angélica embalsamaban el aire, una especie de sofocación los sobrecogía y se echaban de espaldas, aturdidos, embriagados. Los demás, en mangas de camisa, jugaban a la barra o lanzaban globos. El criado los llamaba. Se volvían, siguiendo los jardines que atravesaban arroyuelos; luego, los bulevares sombreados por los viejos muros; en las calles desiertas se oían sus pasos; la verja se abría, subían la escalera, como después de grandes desórdenes.

El señor censor pretendía que se exaltaban mutuamente. Sin embargo, si Frédéric trabajaba en las clases de altos estudios, era por las exhortaciones de su amigo; y en las vacaciones de 1837 le llevó a casa de su madre.

El joven desagradó a la señora Moreau; comió extraordinariamente, rehusó asistir los domingos a la misa, tenía ideas republicanas; por último creyó que había conducido a su hijo a lugares deshonestos. Se vigilaron sus relaciones y por eso se quisieron más. Su despedida fue penosa cuando Deslauriers, al año siguiente, dejó el colegio para estudiar derecho en París.

Frédéric pensaba reunirse con él. No se habían visto hacía dos años, y cuando sus abrazos terminaron, se fueron hacia los puentes para poder hablar con mayor libertad.

El capitán, que tenía por entonces un billar en Villenauxe, se había puesto rojo de cólera cuando su hijo le había reclamado las cuentas de su tutela, y hasta le había suprimido los alimentos netamente. Pero como trataba de presentarse más tarde a concurso para una cátedra de profesor de la escuela, y no tenía dinero, Deslauriers aceptó en Troyes una plaza de pasante en casa de un abogado. A fuerza de privaciones economizaría cuatro mil francos, y si no había de tomar nada de la herencia materna, siempre tendría con qué trabajar libremente, durante tres años, esperando a hacerse una posición. Era preciso, pues, abandonar su antiguo proyecto de vivir juntos en la capital, por el presente al menos.

Frédéric bajó la cabeza; aquel era el primero de sus sueños que se desvanecía.

—Consuélate —dijo el hijo del capitán—; la vida es larga; somos jóvenes. Ya me reuniré contigo. No pienses más en ello.

Le estrechaba las manos y, para distraerle, le hizo varias preguntas acerca de su viaje.

Frédéric no tenía grandes cosas que contar. Pero al recordar a la señora Arnoux desapareció su pena. No habló de ella, contenido por pudor; en cambio se extendió respecto a Arnoux, refiriendo sus ideas, sus maneras, sus amistades; y Deslauriers le animó mucho para que cultivara aquellas relaciones.

Frédéric, en aquellos últimos tiempos, no había escrito nada; sus opiniones literarias habían cambiado; estimaba por encima de todo la pasión: Werther, René, Franck, Lara, Lélia y otros más medianos le entusiasmaban casi igualmente. A veces la música le parecía la única capaz de expresar sus turbaciones interiores; entonces soñaba sinfonías; o le dominaba la superficie de las cosas, y quería pintar. Había compuesto versos, sin embargo. Deslauriers los encontró muy hermosos, pero sin pedir que le recitara más.

Él, a su vez, se había apartado de la metafísica. La economía social y la Revolución francesa le preocupaban. En aquella época era un gran diablo de veintidós años, flaco, con una boca ancha y aire resuelto. Aquella noche llevaba un mal paletó de lastén y sus zapatos estaban blancos de polvo, porque había andado a pie el camino de Villenauxe, expresamente para ver a Frédéric.

Isidore se acercó a ellos.

La señora rogaba al señorito que volviera, y temiendo que hiciera frío, le enviaba su capa.

—Quédate —dijo Deslauriers.

Y continuaron paseándose de uno a otro extremo de los dos puentes que se apoyaban en la estrecha isla que forman el canal y el río.

Cuando iban del lado de Nogent tenían enfrente un grupo de casas que se inclinaban levemente; a la derecha, la iglesia aparecía detrás de los molinos de madera, cuyas compuertas estaban cerradas; y a la izquierda, los setos de arbustos, a lo largo de la orilla, cercaban algunos jardines, que apenas se veían. Pero del lado de París, el camino real bajaba en línea recta, y las praderas se perdían a lo lejos en los vapores de la noche, que era silenciosa y de una claridad blanquecina. Olores de húmedo follaje subían hasta ellos, y la caída de la presa, cien pasos más allá, murmuraba con ese gran ruido dulce que hacen las olas en las tinieblas.

Deslauriers se paró y dijo:

—¡Esas buenas gentes que duermen tranquilas…! Es gracioso. ¡Paciencia! Un nuevo ochenta y nueve se prepara. ¡Ya se están cansando de constituciones, de cartas, de sutilezas, de mentiras! ¡Ah, si yo tuviera un periódico o una tribuna, cómo sacudiría todo eso! Pero para emprender cualquier cosa es preciso dinero. ¡Qué maldición ser hijo de un cantinero y perder uno su juventud buscándose el pan!

Bajó la cabeza, se mordió los labios; tiritaba debajo de su delgado traje.

Frédéric le echó la mitad de su capa sobre los hombros; se envolvieron ambos y abrazados por la cintura andaban abrigados y juntos.

—¿Cómo quieres que yo viva allá sin ti? —decía Frédéric. La amargura de su amigo le había vuelto a enternecer—. Yo habría hecho algo con una mujer que me hubiera amado… ¿Por qué te ríes? El amor es el alimento y como la atmósfera del genio. Las emociones extraordinarias producen las obras sublimes. En cuanto a buscar la que yo necesitaría, renuncio a ello. Además, si alguna vez la encuentro, me rechazará ella. Soy de la raza de los desheredados y me extinguiré con un tesoro que fuese de cristal o de brillantes, no lo sé.

La sombra de alguien se reflejó en el suelo, al mismo tiempo que oyeron estas palabras:

—Servidor, señores.

El que las pronunciaba era un hombrecillo con ancho levitón oscuro y gorra, cuya visera dejaba asomar la nariz afilada.

—El señor Roque —dijo Frédéric.

—El mismo —respondió la voz.

El de Nogent justificó su presencia, contando que volvía de vigilar sus trampas para lobos, en su jardín, a orillas del agua.

—¿Y ya está usted de regreso en nuestro país? Muy bien. Lo he sabido por mi chiquilla. La salud siempre buena, ¿verdad? ¿Aún no se retira usted?

Y se marchó, mortificado, sin duda, por la acogida de Frédéric.

La señora Moreau no le trataba con afecto; el tío Roque vivía en concubinato con su criada, y era poco considerado, aunque fuese el gancho de las elecciones, el administrador del señor Dambreuse.

—¿El banquero vive en la calle Anjou? —preguntó Deslauriers—. ¿Sabes lo que deberías hacer, querido amigo?

Isidore los interrumpió de nuevo. Tenía orden de llevarse a Frédéric inmediatamente. La señora se inquietaba por su ausencia.

—Bien, bien, ya se va —dijo Deslauriers—; no se quedará sin acostarse. —Y, cuando el criado se marchó, añadió—: Deberías rogar a ese viejo que te introdujera en casa de los Dambreuse; nada es tan útil como frecuentar una casa rica. Puesto que tienes un frac negro y unos guantes blancos, aprovéchalos. Es preciso que vayas a esa sociedad; tú me llevarás luego a mí. ¡Un hombre millonario, piénsalo bien! Arréglate de modo que le agrades y también a su mujer. Sé su amante.

Frédéric protestaba.

—Pues te digo cosas clásicas, me parece. Recuerda a Rastignac en La comedia humana. Tú triunfarás; estoy seguro.

Frédéric tenía tal confianza en Deslauriers, que se sintió vencido, y olvidando a la señora Arnoux, o creyéndola en la predicción hecha respecto de la otra, no pudo impedir una sonrisa.

El pasante añadió:

—Último consejo: examínate. Un título siempre es bueno, y abandona resueltamente tus poetas católicos y satánicos, tan adelantados en filosofía como se estaba en el siglo doce. Tu desesperación es muy tonta. Personajes más importantes tuvieron en sus principios mayores dificultades, comenzando por Mirabeau. Además, nuestra separació ...