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LA ESCALA DE LOS MAPAS

Belén Gopegui  

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Fragmento

1

Si un hombre pequeño nos besa la mano y acto seguido empieza a describirnos una manivela, ¿qué hacer? Dada mi actividad profesional, no deberían planteárseme estas dudas. Admito, sin embargo, que durante los primeros minutos Sergio Prim me confundió. De pie frente a mí, hablaba de la pequeña pieza. Su voz grave, estremecida, porosa, fluía con una lentitud inusual en este tipo de pacientes. Era bastante más bajo que yo. Sus brazos se movían en una capa inferior del aire, quizá por eso apenas me fijé en ellos. El recuerdo, en cambio, destaca ahora ese manoteo de ilusionista tímido, única nota disonante en el reposado aspecto del señor Prim.

—Frente a mi mesa de trabajo hay una ventana que da a un patio interior —dijo en tono reservado—. Es una ventana antigua: marco de madera, falleba negra, vidrio esmerilado y amarillo. La falleba se abre haciendo girar una manivela que termina en un remate circular, digamos un punto grueso. Si ahora le pido ayuda es porque tal vez decida irme a vivir ahí.

Conduje al señor Prim a mi despacho. El cielo se había oscurecido como si estuviera a punto de empezar a llover. Sergio carraspeó circunspecto y se instaló en uno de los sillones grandes que heredé de mis abuelos. Encendí una lámpara baja situada en el otro extremo del cuarto; su círculo de luz no nos tocaba. Antes de retirarme tras el ancho tablero de mi mesa, le ofrecí un cigarrillo que no aceptó.

—¿Así que piensa irse a vivir a su oficina?

Sonrió melancólico.
—No, no. Lo importante no es la oficina sino la manivela. Aunque, de todos modos, la manivela es sólo una posibilidad. Hay muchos más puntos, huecos, si no tiene inconveniente los llamaremos huecos. Me dirá que no hay nada malo en frecuentar unos cuantos huecos de vez en cuando. Tiene razón, tiene razón. Pero verá —el brazo de Sergio Prim cayó sobre el sillón con inesperada contundencia—, mi problema es que yo los necesito. Son el único modo que tengo de pararme. Esta misma tarde, si no hubiera sido por un hueco, seguramente no habría llegado aquí, no estaría conversando con usted porque le habría roto los auriculares al muchacho del microbús.

Me incorporé, moví unos papeles de sitio intentando disimular mi conmoción. Muchos años atrás había venido a mi consulta, aquejado de un problema parecido, Julio Bernardo Silveria. Su caso cambió el rumbo de mi tesis doctoral, así como también la biografía de mis afectos.

—Me ha tocado sentarme —proseguía Prim— justo detrás de un joven que llevaba puestos esos minúsculos artefactos de escuchar música por su cuenta. La situación era ridícula. Los cascos dejaban escapar la suficiente cantidad de sonido, moderno, monótono, ya sabe, para perturbar a los pasajeros más cercanos, y ni siquiera permitían apreciar la música naturalmente. Entretanto el joven, indiferente a su estruendo particular, tan pronto daba cabezadas como miraba las pá

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