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LA FELICIDAD DE CORRER

Gonzalo Zapata  

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Fragmento

No sé por qué, pero creo que tengo el deporte en las venas. Mis padres nos impulsaron siempre hacia el deporte. Hice gimnasia hasta los doce años, también jugué tenis, pimpón y paddle en el colegio, aunque mi principal pasión siempre fue el fútbol. Jugué mucho fútbol. Cuando digo mucho, era al nivel de pensar si me iba a dedicar profesionalmente a él o no. Como somos de Viña del Mar, jugué hasta los dieciséis, diecisiete años en el club deportivo Everton. Mi papá me incentivaba y apoyaba mucho, me llevaba a todos lados. Tengo recuerdos de estar dominando la pelota y estar llamando a mi papá cada veinte minutos: «Ayer hice veinte y hoy hice treinta seguidas».

Yo era muy hiperactivo. En parte, porque nací con el cordón umbilical enrollado, y eso hizo que tuviera una enfermedad que se llama amnea emocional. Aproximadamente hasta los seis o siete años tuve que seguir un tratamiento en Santiago y debía tomar una pastilla que, como efecto secundario, me activaba mucho. Los recuerdos que tengo son todos asociados al movimiento, a la actividad física. Me fracturé a los cuatro años por saltar de un árbol. Después me quitaron este medicamento y pasé a ser una persona mucho más tranquila.

Cuando entré a la universidad, ya estaba bastante agotado del fútbol, porque era mucho tiempo jugando, y además tuve una lesión más o menos seria a la rodilla. En la universidad experimenté un gran cambio, pues yo en Viña del Mar había estado en un colegio muy católico y con disciplina militar, y en la Universidad Adolfo Ibáñez, donde estudié Ingeniería Comercial, se me abrió un mundo, pues empezaron los carretes y las salidas con amigos. Siempre he sido de muchas relaciones sociales, y entonces el deporte ya no tenía la atención exclusiva, sino que competía con los estudios y el carrete. Creo que esto, lamentablemente, es algo muy común.

Cuando salí de la universidad, ya mi condición física había empeorado bastante. Pero en ese momento no me importaba. Mis hábitos de alimentación eran paupérrimos. No conocía el desayuno, mi primera comida era el almuerzo o probablemente un sándwich con mucho queso y mucha grasa a media mañana. En 2002, un mes antes de salir de la universidad, conocí a Javiera, que en mi vida y en mis proyectos ha sido un pilar fundamental, hoy llevamos diecisiete años juntos y ya tenemos dos hijos. Entré a trabajar y me fui a vivir a Santiago. Mi primer trabajo era muy bueno. Fue una época muy intensa donde tenía que equilibrar mi trabajo, mis amigos —y el carrete— y los viajes a Viña para ver a la Javi, por lo que tenía menos horas de sueño, menos descanso, peor alimentación, y todo esto con más recursos que antes. Cuando se es joven, uno cree que es inmortal, y no ve que la vida tiene que durar muchos años más. Yo podía dormir muy poco y mantener el ritmo sin problema.

Cuando me casé con Javiera, en abril de 2007, yo acababa de volver a Viña a causa de un nuevo trabajo como gerente general de Everton, el mismo equipo de fútbol donde había jugado de niño. Y fue entonces cuando empecé con algunos cuestionamientos internos, y empecé a pensar sobre qué es lo que quería hacer con mi vida. El nivel de trabajo era realmente desgastador, trabajaba de lunes a domingo muchas horas. Era lo que se necesitaba en esa etapa para ese equipo de fútbol. En fin, en ese contexto decidí renunciar al trabajo. Definitivamente, no era lo que yo quería.

Me ofrecieron trabajo en algunas empresas, pero finalmente decidí emprender, seguir por mi cuenta. Después de varios intentos, terminé con una constructora, que en ese momento se dedicaba a trabajar en proyectos del gobierno, realizando viviendas sociales. Tenía un socio constructor mientras yo me encargaba de las funciones de administración y comercial. Es la misma empresa donde continúo trabajando hoy, aunque evolucionó. No están los socios d

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