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LA GRANJA DE CUERPOS

Patricia Cornwell  

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Fragmento

Título original: The Body Farm

Traducción: Hernán Sabaté

1.ª edición: enero, 2015

© 2015 by Patricia Daniels Cornwell

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-318-6

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Al senador Orrin Hatch, de Utah,

por su lucha incansable contra la delincuencia»

 

 

 

 

 

Los que a la mar se hicieron en sus naves,

llevando su negocio por las aguas inmensas,

vieron las obras de Yahveh,

sus maravillas en el piélago.

Salmo 107: 23-24

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

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La autora

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El 16 de octubre, mientras el sol asomaba sobre el manto de la noche, unos ciervos tímidos se acercaron con cautela a las lindes de la oscura arboleda que se extendía ante mi ventana. Encima y debajo de mí, las cañerías gimieron y, una a una, las demás habitaciones se iluminaron al tiempo que los secos estampidos de unas armas que no alcanzaba a ver acribillaban el amanecer. Me había acostado y me levantaba con el sonido de disparos.

Es un ruido que no cesa nunca en Quantico, Virginia, donde la Academia del FBI es una isla rodeada de infantes de marina. Varios días al mes me quedaba a dormir en la planta de seguridad de la Academia, donde nadie podía llamarme sin mi consentimiento ni seguirme después de beber demasiada cerveza en la cafetería.

A diferencia de los dormitorios espartanos que ocupaban los nuevos agentes y los policías visitantes, en mi habitación había televisor, cocina, teléfono y un cuarto de baño que no tenía que compartir. No estaba permitido fumar ni tomar alcohol, pero sospecho que los espías y testigos protegidos que normalmente eran recluidos allí obedecían las normas tanto como yo.

Mientras el café se calentaba en el microondas, abrí el maletín para sacar un expediente que me estaba esperando a mi llegada, la noche anterior. No lo había examinado todavía porque era incapaz de arroparme con una cosa como ésa, de llevarme a la cama algo así. En este aspecto, yo había cambiado.

Desde la Facultad de Medicina, me había acostumbrado a exponerme a cualquier trauma en cualquier momento. Había hecho turnos de veinticuatro horas en urgencias y había realizado autopsias sola en el depósito hasta el amanecer. Dormir siempre había sido una breve escapada a un lugar oscuro y vacío del que muy rara vez guardaba recuerdo al despertar. Luego, con los años, poco a poco, se produjo cierto cambio a peor. Empecé a aborrecer el trabajo a altas horas de la madrugada y me volví propensa a las pesadillas: imágenes terribles de mi vida aparecían en la máquina tragaperras de mi inconsciente.

Emily Steiner tenía once años y su naciente sexualidad era apenas un rubor en su cuerpo infantil cuando, dos domingos antes, el 1 de octubre, había escrito en su diario:

¡Oh, qué feliz soy! Es casi la una de la madrugada y mamá no sabe que estoy escribiendo en el diario porque estoy en la cama con la linterna. Hemos ido a la cena comunitaria en la iglesia, ¡y he visto a Wren! He notado que me miraba. ¡Luego me ha dado un petardo! Lo he guardado cuando él no miraba. Lo tengo en mi caja de los secretos. Esta tarde hay una reunión del grupo de juventud y quiere que me encuentre con él antes ¡y que no se lo diga a nadie!

A las tres y media, de aquella tarde, Emily salió de su casa de Black Mountain, al este de Asheville, e inició el trayecto de tres kilómetros a pie hasta la iglesia. Con posterioridad, varios niños recordaron haberla visto marcharse sola después de la reunión mientras el sol se hundía tras las montañas, a las seis. Emily se desvió de la carretera principal, con la guitarra a cuestas, y tomó un atajo que rodeaba un pequeño lago. Según los investigadores, es probable que durante este paseo se topara con el hombre que horas más tarde le quitaría la vida. Tal vez se detuvo a hablar con él. O tal vez no advirtió su presencia entre las sombras crecientes mientras apretaba el paso de vuelta a casa.

En Black Mountain, una población del oeste de Carolina del Norte de unos siete mil habitantes, la policía local tenía muy poca experiencia en homicidios o en asaltos sexuales a niños. Desde luego, no había trabajado en ningún caso que fuera ambas cosas. En Black Mountain no habían prestado la menor atención a Temple Brooks Gault, de Albany, Georgia, a pesar de que su rostro sonreía desde la lista de los diez más buscados exhibidas por doquier. Los criminales notorios y sus fechorías no habían constituido nunca una preocupación en esta pintoresca parte del país, conocida por ser la cuna de Thomas Wolfe y Billy Graham.

Yo no pude comprender qué habría atraído a Gault a aquel lugar, hacia aquella frágil chiquilla llamada Emily que echaba de menos la compañía de

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