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LA HISTORIA DE LOS JUDíOS

Simon Schama  

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Fragmento

1

¿Podría ser ahora?

I. DAVID

Una vez, en un lugar situado entre África y el Indostán, había un río tan judío que observaba el sábado. Según Eldad el Danita, un viajero del siglo IX, durante seis días a la semana el río Sambatión arrastraba una gran cantidad de pesadas rocas a lo largo de su curso arenoso. Al séptimo día, como Dios cuando creó el universo, el río descansaba. Algunos autores escribieron que el Sambatión se transformaba de noche en un cauce seco. Otros juraron que el río no llevaba agua: era un discurrir de rocas que rodaban y chocaban unas contra otras con tanta violencia que el ruido que hacían, un estruendo sordo como «una tempestad en el mar», podía oírse a un par de kilómetros de distancia.[1] Nada podía detener el extraño comportamiento del Sambatión, excepto sus propias leyes antinaturales. Se contaba que si un hombre llenaba una bolsa de arena del río y la vaciaba en un recipiente de vidrio sería testigo de la magnitud del misterio. Al anochecer, al finalizar el sábado, los blancos granos que habían permanecido inertes durante el día de descanso empezarían a removerse, a agitarse y a golpear las paredes del recipiente como si ansiaran reunirse con la corriente de la que provenían. Si un viajero intrépido aprovechaba el sábado para vadear el cauce pedregoso, advertía Eldad, su plan se vería frustrado, pues «en cuanto comienza el sábado, un muro de fuego se levanta en la otra orilla del río, llamas que no se extinguen hasta la noche siguiente, cuando el sábado finaliza. Así pues, ningún ser humano puede aproximarse al río a una distancia menor de ochocientos metros, porque el fuego consume todo lo que allí crece».[2]

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En 1480 fueron publicadas en Mantua las Cartas de Eldad, de modo que uno de los primeros textos impresos en lengua hebrea fue un verdadero viaje a la imaginación. No obstante, los límites del mundo real iban cambiando con cada carabela que zarpaba para circunnavegar las costas de África y el nordeste rumbo a las Indias. Lo más extravagante y curioso podía resultar cierto. Además, había otra razón muy poderosa para confiar en que un intrépido viajero llegara a dar con el Sambatión. Se decía que en la otra orilla del río habitaban cuatro de las Diez Tribus Perdidas de Israel, el pueblo que en el siglo VIII a. e. c. había sido obligado a desplazarse a causa de los conquistadores asirios. Todo lo que se sabía sobre la localización definitiva de su exilio era que se trataba de un remoto territorio del este, pues los asirios habían gobernado un vasto imperio que se extendía desde la costa de Yemen hasta el mar Caspio. No obstante, encontrar el Sambatión significaba encontrar a los israelitas, preservados en su exilio como insectos en una pieza de ámbar. Todo lo que se decía de ellos era portentoso. Montaban elefantes para desplazarse por campos libres de criaturas dañinas. «No hay nada impuro entre ellos […] no hay bestias salvajes, no hay moscas, no hay pulgas, no hay piojos, no hay zorros, no hay escorpiones, no hay serpientes, no hay perros.» Vivían en hermosas torres, teñían de bermellón sus ropas y no tenían criados, sino que labraban ellos mismos los fructíferos campos. Un sinfín de granadas esperaban a ser recolectadas, y de los árboles caían suculentos higos carnosos, dulces como la miel. Su tierra era el país de Jauja kosher.

Incluso aquellos que sospechaban que la historia de Eldad era decididamente descabellada querían saber más, pues el descubrimiento del río, y el de esos israelitas perdidos de la otra orilla, podía ser una señal de lo que todos los judíos llevaban siglos anhelando. Según la tradición, la aparición de un príncipe libertador de la casa de David, el verdadero Mesías, el Redentor de Jerusalén, el Reconstructor del Templo, sería anunciada por el redescubrimiento de las Tribus Perdidas de Israel, con la tribu de Rubén a la cabeza. Cuando Constantinopla cayó en manos de los turcos en 1453, corrió el rumor de que el Sambatión había dejado de discurrir, y que las Tribus Perdidas estaban preparándose para volver a unirse al mundo, si es que, de hecho, no lo habían hecho ya. En 1487, durante un viaje a Jerusalén, el rabino Abdías de Bertinoro, que no era precisamente un pobre crédulo, no dudó en preguntar a algunos esclavos liberados si tenían noticias del río Sambatión y de la gente que vivía al otro lado. «Los judíos de Adén —escribió a su hermano— hablan de todo esto con bastante certidumbre, como si fuera por todos conocido, y nadie ha puesto en duda jamás la veracidad de sus afirmaciones.»[3] El primer manual hebreo de geografía académica, el Iggeret Orhot Olam («Itinerario cósmico») de Abraham Farissol, contenía un pasaje sobre la ubicación del río, y lo situaba en algún lugar de Asia.[4]

Encontrar a las Tribus Perdidas de Israel se convirtió en una pertinaz obsesión tanto para los cristianos como para los judíos. Para los primeros había razones estratégicas y apocalípticas para desear que la historia del Sambatión y las Tribus fuera cierta, y ambas convergían en un momento crucial del mundo hebreo. Si era verdad que los israelitas vivían de un modo u otro más allá de los límites del mundo musulmán, ya fuera en África o en Asia, el trato con ellos ofrecía la oportunidad de lanzar un ataque contra los turcos desde su retaguardia. El rey de Portugal ya había enviado emisarios judíos a buscar el reino del Preste Juan, de quien se decía que era un poderoso monarca cristiano de aquellas tierras remotas y que mantenía contacto con las Tribus Perdidas. Podría establecerse una santa alianza. El Fin de los Tiempos se precipitaría: se libraría la batalla profetizada de dos adversarios titánicos, Gog y Magog. Se quebrarían cabezas, se oirían hosannas, la tierra quedaría empapada en sangre. Guerreros nombrados por el Divino, en perfecta formación y armados con relucientes lanzas, avanzarían para enfrentarse a las legiones del Anticristo, y después de que se alzaran con la victoria comenzaría una edad de oro cristiana. Guiados por los israelitas perdidos, los demás judíos verían por fin el error en el que habían vivido y marcharían hacia el frente en tropel. Radiante en su divina majestad, Cristo regresaría. Gloria a Dios en las alturas.

Un día de 1523, poco antes de la fiesta de la Hanuká, un hombre bajito y moreno y de cuerpo enjuto por la práctica del ayuno, llegó a Venecia, donde dijo ser David, «hijo del rey Salomón y hermano del rey José», caudillo de la tribus de Rubén, de Gad y de una parte de la tribu de Manasés.[5] Cuando, unos años más tarde, se reunió con este embajador de las tierras de las Tribus Perdidas, Giambattista Ramusio —gran viajero y geógrafo, que creía que el individuo en cuestión era quien decía ser— lo describió como un tipo «muy delgado y enjuto, como los judíos del Preste Juan».[6] El propio rubenita extendió la idea de que, en efecto, procedía de aquel lugar tan buscado en el que cristianos y judíos negros habitaban en territorios vecinos y guerreaban unos con otros. El «embajador» sostenía que los miembros de otras tribus perdidas —la de Simeón y la de Benjamín— vivían junto al río Sambatión, y que su reino se encontraba en un valle desértico de las inmediaciones, el del Habor. El resto del pueblo perdido de Israel se encontraba más lejos aún. Así pues, ¿podía ser ese judío, de nombre David, aquel hombre largamente esperado, que traía en su enjuto cuerpo la noticia que tanto cristianos como judíos ansiaban oír?

A comienzos del siglo XVI, tras la conmoción que había supuesto su expulsión de España y Portugal, la comunidad judía europea comenzó a dejarse llevar por anhelos mesiánicos. En 1502, en la península adriática de Istria, Asher Laemmlein Reutlingen, hombre piadoso dedicado al estudio de la cábala, había declarado que, si los judíos expiaban sus pecados, en menos de seis meses se produciría la llegada del Mesías. La Iglesia se derrumbaría por su propia voluntad (imaginaba un derrumbamiento físico, en el que torres y campanarios se vendrían abajo) y Jerusalén sería liberada a tiempo de celebrar la siguiente Pascua en la largamente reivindicada ciudad de David. En respuesta al anuncio de Laemmlein se proclamaron días de ayuno en comunidades judías del norte de Italia, sur de Alemania y otras regiones más alejadas. Un hombre del que habría cabido esperar más sentido común, el padre del historiador David Gans, de Praga, creyó tan fervientemente las profecías de Laemmlein que hizo demoler el horno en el que cocía su pan ácimo. No obstante, los actos de arrepentimiento de aquellas gentes no lograron impresionar al Todopoderoso, pues no apareció ningún redentor como había sido profetizado. Triste y decepcionado, Gans padre se vio obligado a cocer su pan sin levadura en horno ajeno.

Pero, mientras duró, el llamamiento de Laemmlein causó un impacto extraordinario en las comunidades judías del norte de Italia, donde había una importante concentración de hebreos germanos que habían huido de las persecuciones sufridas en Baviera y en Franconia. La decepción supuso un duro golpe, pero no acabó con las expectativas mesiánicas; Laemmlein no había resultado nada más que el hombre equivocado en el año equivocado. El astrónomo y astrólogo Bonet de Lattes, que también era el rabino principal de la comunidad judía de Roma (además de médico de los papas Alejandro VI y León X), recurrió al reloj anular que había inventado para calcular la altitud del sol y los planetas tanto de día como de noche, y llegó a la conclusión de que 1505 sería el año en el que Júpiter y Saturno se alinearían correctamente para anunciar la llegada del Mesías. Una vez más, la esperanza acabó en decepción, si bien Bonet de Lattes dio comienzo a una tradición de almanaques anuales que combinaban predicciones astrológicas y teológicas sobre el año en el que tendría lugar la Gran Aparición. Así pues, cuando David Ha-Reuveni, el pequeño príncipe guerrero, se plantó en Venecia en 1523 ataviado con ropajes de seda negra, las señales de los astros se estudiaron y analizaron con gran entusiasmo. En Ferrara, Farissol, mientras trabajaba en su libro, consultó la geografía mítica del exilio israelita. «El desierto de Habor», donde gobernaba el rey José, era, en efecto, uno de los sitios identificados en el libro de los Reyes y en las Crónicas como destino de las tribus desplazadas. Farissol estaba convencido de que el lugar en cuestión tenía que encontrarse en Asia. Otros confundieron «Habor» por «Jaybar», una antigua ciudad situada en la península arábiga, en la región de Hejaz, habitada por judíos antes de la llegada del islam. Pero bastaría una localización aproximada para la batalla culminante que se habría de librar: un punto entre el cuerno de África y las montañas de la India. En todo caso, era indudable que las guerras entre el sultán otomano, Solimán el Magnífico, y el titular del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V, iban a acabar un día en un conflicto mesiánico. Y ese día estaba cerca. Un judío de Jerusalén había escrito que el mismísimo rey de Polonia (aunque por qué lo sabía es un misterio) había afirmado que el Sambatión estaba tan en calma que cuatro de las Diez Tribus Perdidas de Israel habían podido cruzarlo, y que otras cinco estaban preparándose para ello. Era evidente la inminencia de un gran reencuentro del pueblo judío. De modo que cuando David empezó a hablar en un hebreo extraño y entrecortado, a veces ininteligible, cuajado de palabras árabes, su acento, nunca oído hasta entonces, pareció —para entusiasmo de muchos— el de algún lugar remoto. Era el portador de algo sumamente antiguo, inmemorial, que, por designio divino, se manifestaba en aquel momento.

Desde el principio David apuntó alto. En Venecia, anunció que deseaba ser recibido en audiencia por el papa Clemente VII. El presupuesto en el que se basaba la estrategia que ideó el gran rubenita para liberar Tierra Santa de las manos opresoras de los turcos consistía en que el emperador Carlos V y el rey Francisco I de Francia, enemigos acérrimos, se avinieran a firmar la paz. Tan solo el papa podía conseguir que esto se hiciera realidad, de modo que David partió hacia Roma para compartir su plan con el sumo pontífice y hacerle notar los beneficios que podrían obtenerse de él.

Pero si ese era su objetivo, lo cierto es que tomó el camino más largo. Desde el desértico valle de Habor y las tierras etíopes, contaba, pasó a Arabia, pero luego, por una serie de razones desconocidas, regresó al sur siguiendo el Nilo. Allí donde el río discurría entre imponentes desfiladeros, en un magnífico y bárbaro reino africano, David se encontró con unas gentes que comían camellos, lobos y otros seres humanos, y cuyas mujeres se cubrían los genitales tan solo con una ligera malla de oro. Más adelante, durante su largo viaje le regalaron dos cachorros de león, que lo acompañaron a todas partes y le proporcionaron mucha felicidad hasta que un día los turcos, que por entonces ya gobernaban en Egipto, se los arrebataron. Remontando de nuevo el Nilo, se dirigió después hacia el nordeste, a Palestina, donde una serie de milagros validó su misión. En Hebrón, mientras rezaba en la tumba de los Patriarcas, se hizo de repente un brillante haz de luz en medio de la oscuridad como si los rayos del sol hubieran atravesado la piedra. En Jerusalén, la media luna que coronaba la Cúpula de la Roca reaccionó a su presencia cambiando de dirección, de oeste a este, como si se tratara de una veleta. Fortalecido por estas señales, se dirigió hacia el sudoeste en dirección al Mediterráneo, recorriendo la costa a lomos de un camello durante días hasta llegar a Alejandría y embarcar en la nave que lo habría de llevar por fin a Venecia y ante los judíos de esa ciudad.

En un primer momento, David se alojó en la casa del capitán del barco. Pero luego, según cuenta él mismo —en un relato conservado en la biblioteca Bodleiana, en un facsímil del siglo XIX del original escrito por su escriba personal, Salomón Cohen—, fue abordado por un grupo de judíos venecianos que se encontraban detrás de él mientras estaba rezando. Este hecho tuvo que suceder en una casa particular, en una sala que tal vez oliera a comida y humedad, con ventanas estrechas, situada en lo alto de un edificio y con vistas a uno de los pequeños canales que recorrían la zona en la que habitaban los judíos. Los patricios que habían establecido el gueto en 1516, siete años antes de la llegada de David, seguían prohibiendo la construcción de sinagogas incluso en aquel reducido barrio de Venecia en el que vivían encerrados los judíos. La primera sinagoga asquenazí no sería erigida hasta 1528.[7]

Antes de 1516, la mayoría de los asquenazíes se habían dedicado a ejercer su profesión como prestamistas o como vendedores de strazzarie —«trapos», como se llamaban las prendas de ropa usada— en la ciudad, pero luego tenían que regresar a sus casas en Mestre, o incluso más lejos, en Padua o Verona. Por mucho que Venecia alardeara de su independencia de la autoridad papal e imperial, lo cierto es que la Serenísima seguía siendo la República Cristiana de San Marcos, si bien no le importaba que durante la noche hubiera judíos por la ciudad. Era en la oscuridad, de hecho, cuando las seductoras mujeres hebreas, que tanto obsesionaban a los venecianos, atraían con sus artes a los cristianos y los inducían a cometer actos blasfemos. Bajo los puentes o los soportales no podía verse nunca con suficiente claridad quién era quién, y los jóvenes patricios, si no andaban con cuidado, podían encontrarse fácilmente con que habían engendrado una criatura judía. De modo que se obligó a todos los hebreos, hombres o mujeres, a llevar distintivos que indicaran su raza; además, había que guardar las distancias con ellos.

Y, sin embargo, como había venido ocurriendo durante siglos en la Europa cristiana, los que más despreciaban a los judíos reconocían que servían para ciertas cosas, en especial las relacionadas con el dinero para los menesterosos. (Shakespeare tenía razón en este sentido.) Después de que Venecia se viera invadida por los soldados de la Liga de Cambrai, contra la que la ciudad había entrado en una guerra destinada al fracaso, la necesidad de dinero, tanto entre los patricios como entre los buhoneros, se había convertido en un grave problema. Y los judíos podían cubrir dicha necesidad a unos intereses mucho más bajos que los que cobraban los prestamistas gentiles. Podían proporcionar efectivo a los más humildes a cambio de artículos y objetos que estos empeñaban, y la república, por su parte, se beneficiaba del impuesto que los hebreos debían pagar por el privilegio de vivir en la ciudad. De hecho, los judíos habían empezado a resultar tan provechosos que la autoridad veneciana comenzó a preocuparse ante la posibilidad de que se sintieran tentados de instalarse en Ancona, ciudad portuaria del Adriático en clara competición con Venecia, motivados por una propuesta mucho más favorable que la de las licencias quincenales renovables que en aquellos momentos estaban en vigor.

Que se queden, pues, pero bajo una regulación estricta que los recluya en una zona reducida de la ciudad en la que deberán permanecer confinados. Al anochecer, las puertas se cerrarían, se prohibiría el acceso por los puentes y sonarían las campanas. Las barcas patrullarían alrededor de la diminuta isla para impedir que nadie saliera, a menos que se tratara de algún médico llamado expresamente por un enfermo gentil. Y se les ocurrió un lugar idóneo. El Ghetto Novo había sido el emplazamiento de la fundición de cobre; y las inmediaciones, el vertedero de sus residuos. Alrededor del complejo se habían construido chabolas para algunos trabajadores de la fundición. Cuando los encargos para las flotas cada vez mayores del Stato da Mar veneciano comenzaron a superar la capacidad de la fundición y esta fue trasladada al Arsenale, aquel lugar quedó completamente vacío, sin utilidad alguna. Los hierbajos empezaron a cubrir aquel vertedero de chatarra. Los jóvenes patricios se reunían allí para practicar con sus ballestas, cazar codornices, organizar sus diabluras y hablar de chicas. Los tintoreros extendían sus telas al sol y ocupaban las chabolas abandonadas por los trabajadores de la fundición. Entonces, como suele ocurrir en cualquier sociedad dedicada al comercio que va quedándose sin espacio, entraron en escena los planificadores y los promotores. Los patricios y sus administradores se dieron cuenta de que podían ganar dinero construyendo viviendas baratas de alquiler para los trabajadores textiles. Alrededor de un gran patio se erigieron diversos edificios cuyas dimensiones apenas han cambiado desde entonces. En cuanto el Consejo de los Diez decidió permitir que los judíos vivieran en la ciudad (en un principio por un periodo de cinco años), siempre y cuando permanecieran confinados en aquella zona, los arrendatarios de esos edificios de pisos empezaron a ser rápidamente desalojados. Al mismo tiempo se ordenó que todos los judíos de Venecia evacuaran sus residencias (muchas de ellas situadas cerca del Rialto) y se trasladaran de inmediato al gueto, donde acabarían pagando unos alquileres muchísimo más elevados que los antiguos ocupantes. El mandato era innegociable, y los hebreos no podían interponer reclamación alguna.

Fue en una de esas casas del gueto donde unos hombres, tras ver cómo aquel hombrecito se balanceaba y hacía gestos de reverencia de un modo tan particular, sintieron curiosidad y preguntaron lo que los judíos preguntan siempre que un extraño reza con ellos: «Y ¿de dónde puedes ser?». Uno de aquellos curiosos era un artista, Mosè da Castellazzo, tan intrigado por la presencia de David, el emisario del rey José, que lo condujo a su casa en el gueto, donde lo alojó durante aquel frío invierno de 1523 y 1524.[8] Mosè da Castellazzo tenía por entonces cincuenta y tantos años y, para ser un judío, mucho renombre tanto dentro como fuera de su comunidad. Algunos afirmaban que provenía de los asquenazíes germanos, si bien en el norte de África y Egipto había una familia Castellazzo bastante famosa. Las ilustraciones de Mosè para la Biblia hebrea representaban escenas e historias de las «biblias reescritas», pintorescos añadidos midrásicos al canon. En 1521, dos años antes de la llegada de David, Mosè había realizado una serie de grabados en madera para una de esas biblias ilustradas que gozaban de tanta popularidad en el mundo judío de habla yídish. El original de esta obra no se ha conservado, pero una copia de la época con pluma y tinta revela con claridad tanto la inmersión de Mosè en ese tipo de textos apócrifos como la demanda que había de aquellos relatos no autorizados: el mismo apetito cultural que se podía mostrar muy receptivo a la aparición repentina de un «hermano del rey de Habor».[9] En vez de Abraham preparándose para sacrificar a su hijo Isaac, Mosè da Castellazzo eligió otra escena de la vida del patriarca, en la que este se recupera después de someterse a su propia circuncisión ya como hombre adulto (escena que, sin duda, habría despertado recuerdos sumamente dolorosos en los muchos conversos españoles que, tras llegar a Venecia, volvieron a abrazar el judaísmo de sus antepasados y demostraron su compromiso sometiéndose a esa misma intervención). Muchas de las escenas plasmadas por Mosè son escenificaciones de la vida del pueblo hebreo conviviendo con los gentiles. Después de recuperar el favor del Egipto faraónico, José hace algo que a ningún judío de Venecia o de ningún otro lugar le estaba permitido: monta a lomos de un caballo, conducido por un mozo de cuadras, y se sienta en un trono ante los que, arrodillados en el suelo, vienen a presentarle sus súplicas. Una ilustración de la torre de Babel muestra una de las escenas típicas que podían observarse durante la construcción de un edificio en la ajetreada Venecia: hombres transportando capachos llenos de ladrillos o trajinando escaleras y poleas, y un campanario que se eleva hacia el cielo.

No obstante, Mosè da Castellazzo hacía más que ilustrar los libros sagrados de los judíos. Era un artista de renombre que recibía numerosos encargos, como, por ejemplo, pintar retratos en medallones, tablas y lienzos. Este tipo de trabajos lo llevaban muy lejos del gueto, incluso hasta las cortes de Ferrara y Mantua. Sin embargo, aunque permaneciera cerrado y vigilado durante la noche, lo cierto es que no debemos imaginarnos el gueto como una prisión dentro de la ciudad: durante el día sus residentes tenían la libertad de entrar y salir de él, y los clientes gentiles podían hacer lo mismo. Había demanda de judíos, como siempre había existido, incluso por parte de culturas que los despreciaban. Había demanda de judíos médicos (a los que se les tenía permitido asistir a la escuela de medicina de la Universidad de Padua) y músicos, artistas del mundo del espectáculo y maestros de baile. Había también muchísima demanda de judíos vendedores de telas y ropa en los diez almacenes en los que tenían permitido vender en Venecia; lo que había empezado como una pequeña industria de confección se había desarrollado hasta convertirse en un verdadero arte de alta costura patrocinado por los patricios y sus esposas a lo largo y ancho de la ciudad.

Después de ser alojado por Mosè da Castellazzo, el exótico recién llegado debió de haber tenido acceso, en primer lugar, a la elite judía que ejercía un gran dominio sobre su comunidad, sobre todo la casa de Meshullam (oriundo de Padua), para quien llamarse banche no solo significaba —como había venido siendo habitual— ser un prestamista de poca monta, sino algo mucho mayor; y luego a los cristianos que habían oído los rumores que corrían sobre ese príncipe de las Tribus Perdidas y que, por muy escépticos que fueran, necesitaban verlo y escucharlo en persona. Poco, por no decir nada, se sabe de cómo pasó David su primer invierno en Venecia. Por muy cuestionado que fuera, lo cierto es que debió de resultar lo bastante convincente como para poder reunir el dinero necesario y dar un paso más en su misión de difundir aquel revelador mensaje tanto al mundo cristiano como al judío con el fin de promover su gran proyecto. Ese paso más sería una audiencia con el papa.

En poco tiempo, esa aventura dejó de ser una misión imposible para convertirse en algo sorprendentemente factible. Los ancianos del gueto de Venecia tenían contactos en Roma. Habría sido imposible que el rabino Meshullam no conociera al banquero Daniele da Pisa, entre cuya clientela figuraban cardenales, aristócratas y papas. Uno de esos príncipes de la Iglesia era el cardenal Egidio Antonini de Viterbo, quien, como muchos humanistas de su generación, era un estudioso de la cábala. Para los hebraístas cristianos como Antonini, la profecía de una nueva edad de oro cristiana se encontraba en el intrincado laberinto de símbolos y números de la cábala. El hecho de que los judíos no se dieran cuenta de ello no era más que otro síntoma de su miopía espiritual. Una vez establecida cierta sintonía exegética entre los rabinos y los clérigos dedicados al estudio minucioso de los textos sagrados, los maestros judíos se convertirían en discípulos de los cristianos y empezarían a seguir el camino de la luz redentora.

Las incursiones de Antonini a la cábala no eran precisamente el mero coqueteo con la materia propio de un diletante, sino el producto de un estudio —intenso, escrupuloso y prolongado— de los textos hebreos, que se vio posibilitado por el hecho de que en su palazzo de Viterbo residía uno de los grandes maestros de esa disciplina: el rabino Elías Levita Bahur. Al igual que otros muchos judíos cultos pero venidos a menos en lo financiero, Elías Bahur había entrado en contacto con humanistas cristianos en Padua, donde había sido contratado para enseñar hebreo a los hijos de familias acaudaladas, a menudo aristócratas, de todo el norte de Italia, así como para copiar textos hebreos para el estudio de aquellos. En su calidad de gramático acostumbrado a reflexionar sobre los verbos irregulares y los sustantivos (y a escribir sus consideraciones al respecto), Elías recibía numerosas ofertas de trabajo. Su manera de enseñar la lengua era cabalística: no había palabra que, además de su significado aparente, no acarreara, en los números asociados a sus letras, otro significado más profundo. Elías dividió su manual de gramática en los 52 capítulos correspondientes a los números que formaban su propio nombre. Este carácter fantástico e imaginativo de su obra hizo que cada vez hubiera más eruditos cristianos como Egidio Antonini que, deseosos de ver la luz, se sintieran cautivados por ella. De modo que en 1514, cuando las tropas de la Liga de Cambrai asolaron los territorios interiores de la república de Venecia y destruyeron y saquearon la ciudad de Padua, el cardenal ofreció refugio al rabino. Es harto probable que Elías perdiera su biblioteca de obras hebreas durante el conflicto. Quizá este hecho venga a explicar por qué más tarde se mostraría tan agradecido a esa época en la que ejerció de maestro y se dedicó a copiar obras en hebreo para sus jóvenes patronos cristianos, que luego se convertirían en los custodios de las únicas versiones conservadas. Antonini no solo puso a disposición de Elías un refugio en su biblioteca de Roma, sino también una casa para él, su esposa y sus hijos. Elías y su familia se trasladaron a la Ciudad Eterna, donde residieron trece años, y no cabe la menor duda de que habrían seguido viviendo allí mucho tiempo más de no ser por una catástrofe que asoló la ciudad en 1527, el saco de Roma por parte de las tropas imperiales.

Fue extraordinario que el cardenal y el rabino vivieran tan cerca el uno del otro, tanto que los judíos más piadosos de la ciudad murmuraban en señal de desaprobación mientras se tiraban de la barba. Pero esa amistad les proporcionó una serie de beneficios. En 1518, el papa León X autorizó el establecimiento de una imprenta hebrea en la ciudad de Viterbo. Gracias a ello, los estudios de gramática de Elías pudieron ser puestos en circulación junto con otros muchos textos, lo que produjo además un mayor acercamiento entre los cristianos y los judíos que integraban la comunidad de cabalistas.

Antonini estaba convencido de la convergencia de las dos historias proféticas, de que de alguna manera los judíos y sus libros serían fundamentales para la inauguración de la nueva edad de oro cristiana. Ese modo de pensar, como el de los hombres cultos de su época, no era el fruto de una primera versión de pluralismo cultural. Antes bien, tenía por objetivo acelerar la conversión. Pero la sensibilidad humanista de Antonini se había visto ofendida por la rudeza de la coerción vivida por los judíos en España y Portugal, el hedor producido por la quema de libros y personas. Es inconcebible, pues, que Antonini, con todos sus contactos y colegas judíos, no hablara con Elías y con otros eruditos judíos de la comunidad hebrea de Roma, en particular con el rabino Yosef Ashkenazi y su médico Yosef Sarfati, sobre la credibilidad de David Ha-Reuveni. La opinión de estos, y por consiguiente la suya, debió de ignorar los comentarios de escepticismo que sin duda corrieron por Roma cuando David llegó a la ciudad a comienzos de la primavera de 1524. No hay impostor que logre su objetivo sin que haya una predisposición a querer creerlo por parte de su público. No importaba que David dijera una y otra vez que no era ningún Mesías, sino tan solo «el hijo del rey Salomón el de justo recuerdo»; el emisario de su hermano mayor, el rey José, aquel gran comandante de los judíos que había matado a cuarenta hombres en un solo día. Un profeta-guerrero llegado de Oriente, de las Tribus Perdidas, con un semblante parecido al de los judíos de la tierra del Preste Juan, era precisamente lo que en 1524 buscaban tanto cristianos como judíos.

Estos estaban preparados para creer. A partir de su interpretación de las señales históricas —la conquista de Egipto por parte de los otomanos y la aparición de la figura de Martín Lutero—, el cabalista de Jerusalén Abraham Eliezer Haleví había llegado a la conclusión de que 1524 estaba destinado a ser el año de una gran alteración mesiánica, y había enviado misivas con este mensaje a todas las comunidades judías importantes de Italia.[10] Y cualquiera que estuviera familiarizado con los textos cabalísticos habría sabido que estos señalan a la tribu de Rubén como la primera en ponerse al frente del pueblo judío en la última confrontación con sus enemigos. De modo que se formaría un nuevo ejército de israelitas y soldados del reino del Preste Juan que se enfrentaría a los «ismaelitas», en primer lugar, según Haleví, en Arabia. A él se unirían las Tribus Perdidas. Jerusalén sería liberada.

Así pues, el hombre bajito y de tez morena empezó a ser considerado menos como un David y más como un Moisés: el liberador de la opresión. Las comunidades italianas más antiguas solían ser las primeras en acoger a los judíos expulsados de España y Portugal, a los que les costaba mucho superar la angustia de su traumática situación. Ciudades enteras como Ancona y Pésaro, Ferrara y Mantua, o la propia Venecia, habían sufrido una gran transformación a raíz de la llegada de los sefarditas. A causa de todo lo que habían sufrido, los expulsados traían consigo un sentimiento de desconfianza que hacía que sospecharan del carácter temporal de cualquier acogida. El rey de Portugal también les había ofrecido su reino como refugio, pero ese país no tardó en convertirse en otra cárcel de extorsión, coerción y conversión forzosa.[11] Por su parte, muchos estados principescos italianos, la república de Venecia e incluso el mismísimo papado se habían resistido a instaurar una Inquisición absoluta e implacable, y se mostraban más interesados en atraer a los judíos que en expulsarlos. Pero a pesar de la afinidad esporádica aunque genuina entre los judíos y los cristianos cultos, los primeros nunca lograban liberarse de una sensación de indefensión por seguir en manos de los gentiles. Si bien podemos encontrar una imagen de esa amistad en la relación del cardenal y el rabino, también es cierto que existe otra muy distinta en la de grupos de judíos, algunos de ellos ancianos, obligados a correr desnudos por las enfangadas calles de Roma durante el carnaval mientras los cristianos les lanzaban naranjas podridas.

Así pues, un nuevo Moisés que afirmara estar dispuesto a restaurar la dignidad perdida de los hebreos iba a encontrar siempre un público receptivo en los judíos romanos. Giorgio Vasari, biógrafo de Miguel Ángel, habla de estos «dirigiéndose en tropel los sábados por la tarde» a la iglesia de San Pietro in Vincoli —aunque fuera el día de la semana que el judaísmo consagra a Dios— con el fin de contemplar la heroica estatua de Moisés esculpida en 1513 para la tumba inacabada del papa Julio II. Poco importaban los cuernos —una confusión entre los términos qeren, «cuernos» en hebreo, y kareyn, la palabra para indicar el brillo que iluminaba el rostro de Moisés cuando bajó del Sinaí por segunda vez con las tablas de la Ley entre las manos—; el Moisés de Miguel Ángel habría sido, sin duda, tal como Vasari lo describía, «príncipe y santo». Si bien los judíos se abstenían de «venerar [a Moisés] como una figura más divina que humana», como indicaba Vasari —pues hacerlo habría supuesto una burda violación del Segundo Mandamiento—, lo cierto es que estaban claramente dispuestos a seguir a cualquier líder dotado de carisma.

David Ha-Reuveni, príncipe de Habor, hijo del «rey Salomón el de justo recuerdo», no se parecía a Moisés en absoluto. Pero sabía muy bien cómo representar el personaje que se había inventado y, además, cuando tramó la historia que iba a contar, también debía saber que la tribu de Rubén había recibido un protagonismo especial en aquel ejército mesiánico que tenía que coronar con éxito el rescate de la ciudad de Jerusalén. Se reveló muy versátil en lo tocante a sus prototipos de la Biblia. Tras asumir el papel de un Mardoqueo de su época, se empeñó en cruzar las puertas de Roma y entrar en la ciudad un día antes de la fiesta de Purim, cuando los judíos representan en sus casas y en las calles obras teatrales para conmemorar su huida de la destrucción perpetrada por el malvado Amán. El relato de David, escrito por su secretario Salomón Cohen, cuenta que él adquirió un «aro para saltos» con la finalidad de unirse a las celebraciones.

De extraño misterioso a liberador en potencia, David, príncipe de Habor, se convirtió en el centro de las conversaciones de los judíos de Roma. Una ruidosa minoría siempre lo consideró un fraude, pero los que estaban bien relacionados, empezando por el banquero del papa, el rabino Daniele da Pisa, lo creyeron a pies juntillas. Al Moisés-Mardoqueo le procuraron un caballo blanco, así como un séquito de criados entre los que figuraban un «cantor», un «judío árabe de nombre Shua» y un individuo indispensable, el escriba Salomón Cohen, que se encargaría de contar su historia a las generaciones venideras. Las figuras más prominentes de la Roma hebrea competían unas con otras para ser sus anfitriones, y se sentían ofendidas si veían que el orden jerárquico no era debidamente respetado. Mientras tanto, la costumbre de ayunar de David fue adquiriendo una pátina de ostentoso ascetismo. Los trances en los que caía en el cuarto o quinto día de aquella privación autoimpuesta empezaron a ser considerados por muchos como el signo característico de alguien que se hallaba en perfecta comunión con el mundo celestial. Su aspecto, sumamente estudiado, se correspondía con el de un místico oriental: dentro de casa iba vestido con seda negra, y para salir se cubría la cabeza con un gran pañuelo blanco que se anudaba al cuello como una bufanda cuyos extremos caían hasta el suelo. Los más burlones murmuraban, entre risitas, que el atavío en cuestión daba al hombre apariencia de mujer, pero había pocos de estos en 1524.

Montado en su yegua árabe, David fue a caballo hasta el Vaticano, como correspondía a todo un príncipe rubenita. A su llegada fue recibido por el cardenal Egidio, al que acompañaban dos notables: el médico Yosef Sarfati y un tal «Rabí Ashkenaz». Por su parte, Daniele da Pisa, cuyo poder en la comunidad hebrea le había permitido instaurar un consejo responsable de todos los asuntos propios de los judíos, había reunido una selección de sabios para examinar a David. Ninguno de ellos expresó duda alguna, hecho sumamente significativo en una comisión de notables judíos. Parecía que David era de veras un príncipe de las Tribus Perdidas, el esperado vindicador de Israel.

Después de obtener la aprobación de estos notables, David fue recibido por el papa Clemente VII, que lo escudriñó con el ojo meticuloso de los Medici. Parece harto probable que un maestro fabulador como David estuviera perfectamente al corriente de la última vez que, en el año 1280, un judío con aspiraciones mesiánicas —el cabalista Abraham Abulafía— había solicitado una audiencia con el papa. Cuando le comunicaron que Nicolás III se había retirado a su elegante residencia estival de Soriano nel Cimino, cerca de Viterbo, y no podía recibirlo, Abulafía no se dejó intimidar por ello ni por la amenaza de que, si persistía en su pretensión, podría ser detenido y ejecutado. Empeñado en entablar un debate sobre «el judaísmo en general», con la intención de corregir los conceptos equivocados y los prejuicios del papa, e incluso (como se ha indicado) con la idea de tratar de convencer al sumo pontífice de que se convirtiera al judaísmo, se dirigió a Soriano nel Cimino. Abulafía estaba dispuesto a sufrir el martirio, pero la muerte visitó primero a la parte equivocada, pues cuando llegó a la residencia papal le comunicaron que Nicolás III había fallecido de forma repentina e inexplicable. Es probable que el pontífice hubiera sufrido un derrame cerebral, pero Abulafía, el místico mesiánico, se tomó esa muerte como un castigo divino.

La audiencia de David Ha-Reuveni con Clemente VII fue menos dramática, pero no por ello menos memorable. Con Daniele da Pisa actuando como intérprete, y en presencia de al menos tres cardenales, David contó su historia, hizo su llamamiento y solicitó al papa que intercediera para reconciliar al rey de Francia con el emperador de Habsburgo, factor indispensable para que prosperara una gran campaña destinada a liberar Tierra Santa. Tras escucharlo, Clemente declinó la propuesta. Ojalá, dijo, dependiera de él que se produjera esa profética reconciliación, pero por desgracia ese no era el caso. Además, en aras de su estrategia, quizá David y su hermano, el rey José, estuvieran buscando en el lugar equivocado: ¿acaso no resultaría más conveniente conseguir el apoyo de una potencia marítima en vez de terrestre, en cuyo caso su llamamiento debía dirigirse al joven rey de Portugal, Juan III, cuyas naves «estaban más acostumbradas a navegar el gran océano todos los años», y cuyo vasto y remoto imperio afroasiático se encontraba mucho más cerca del país del Preste Juan y sus tribus? Establecer contacto con ese gran señor cristiano del este de África había sido siempre uno de los proyectos de la corona portuguesa. Y, en la India, Goa había sido establecida en 1512 como un puerto fortificado religioso y comercial. El papa dijo a su visitante que estaría encantado de proporcionarle una carta dirigida al monarca portugués para convencerlo de que apoyara los planes de David, y otra similar destinada al Preste Juan.

Decepcionado por la cautela del sumo pontífice, David no tuvo más remedio que aceptar lo que le ofrecían. Pero pasó un año entero antes de que recibiera esas cartas y pusieran a su disposición un barco para viajar hasta Lisboa. Durante la larga espera fue tratado como un miembro de la realeza, tanto en Roma como en otros lugares. Fue instalado en una espaciosa vivienda, pagada por el papa, en la que se hizo construir una pequeña sinagoga iluminada por treinta lámparas. Los ricos y los rabinos se desvivían por invitar a David Ha-Reuveni a su casa, aunque parece que este también vivió el acoso de la peste, y a veces llegó a sufrir unos trastornos estomacales tan dolorosos que pensó incluso en una muerte inminente. Los judíos de Roma, de toda clase y condición, acudían en tropel para contemplar con sus propios ojos al liberador prometido. Cuando se dirigió al norte con un cortejo de criados, carros y jinetes cada vez más numeroso, David visitó en primer lugar la ciudad de Viterbo para entrevistarse con su benefactor y patrono, el cardenal, y su viaje continuó luego por tierras de la Toscana, donde fue recibido por otro comité de bienvenida judío. Pasó varios meses en Pisa (pues las misivas prometidas por el papa aún no habían llegado) con el rabino Yechiel Nissim, famoso por su piedad y su erudición. Pero tanta ortodoxia no fue impedimento para que la esposa de Yechiel, Diamante (hija de Meshullam de Venecia), y su madre, Sara, entretuvieran a David tocando diversos instrumentos —como el arpa, el laúd y la flauta— y bailando, lo cual, incluso en las casas de los judíos más devotos de la Italia renacentista, estaba bien visto y no prohibido.

La misión con destino al rey de Portugal se adornó con las galas propias de sus ambiciones mesiánicas. Desde Nápoles, Bienvenida —la esposa de Samuel Abravanel (hermano del famoso Isaac del mismo apellido que se enfrentó a los Reyes Católicos de España en un último intento desesperado de impedir que en 1492 se emitiera la orden de expulsión de los judíos)— envió a David un magnífico estandarte de seda (todos los auténticos príncipes debían tener uno) para que fuera desplegado como señal de su nombramiento divino. Sobre un fondo blanquecino, los Diez Mandamientos aparecían escritos en dos columnas de «antiguos» hilos de oro. Bienvenida también sabía cómo debía presentarse un príncipe de los judíos ante el presuntuoso monarca de Portugal, cuyo padre se había vanagloriado de apartar a aquellos de la Ley de Moisés, y entregó a David un espléndido traje de estilo turco, largo hasta el suelo, de brocado de oro. La madre de Yechiel adornó con sellos de oro los dedos de las manos de David, a quien aconsejó, como una verdadera matriarca, que no se mostrara «enojado o enfurecido a la ligera» ante el notable hombre a causa de su poca paciencia, como él mismo reconocía. Cuando por fin llegó a Livorno para embarcar, David también recibió del papa Clemente un imponente escudo, una larga túnica de damasco rojo y un gorro negro de terciopelo para contrastar con el carmesí del resto del atavío. Vestido con tan ostentosas prendas, aquel hombre de corta estatura procedente de algún lugar de Oriente parecía más alto, un verdadero David, cuando se presentó en el puerto de Livorno dispuesto a zarpar. La mitad de la tripulación del barco era de origen judío. Los criados subieron a bordo, y en la nave también fueron cargados estandartes, banderas y caballos, además del fajo de cartas papales escritas en pergamino. Una fanfarria de trompetas hizo los honores cuando David embarcó. ¡Contemplad, es el redentor de Israel!

II. SALOMÓN

Portugal aguardaba su llegada. Gracias a su embajador en Roma, el rey Juan III había recibido noticia de David, el de las Tribus Perdidas, y su misión de lanzar una ofensiva judeocristiana contra el turco. Los emisarios no se ponían de acuerdo en lo concerniente a la fiabilidad del judío, pero el respaldo del papa Clemente tenía mucho peso. Le proporcionaron salvoconductos. El rey y la corte actuarían con cautela. Tanto si aquel hombrecito con grandes pretensiones era un fraude como si no, lo cierto es que se corría el peligro de que los cristianos nuevos, esto es, los conversos, decidieran, en un arrebato de fe repentina, volver a su antigua religión y abandonar Portugal en masa. Al fin y al cabo, solo habían pasado dos generaciones desde que el rey Manuel, padre de Juan III, hubiese impuesto la conversión, expulsando a todos los que no se avinieran a renegar de su religión. Con la clara intención de minimizar un posible éxodo masivo (tal vez tras darse cuenta de que el visir del sultán Bayaceto II había estado acertado al jactarse de que la expulsión de los judíos de España había constituido un verdadero regalo para los otomanos), las autoridades portuguesas se habían comprometido a abstenerse de investigar las creencias de los conversos durante un periodo de veinte años. Esta decisión había tenido el efecto deseado, esto es, retener una cantidad importante de población «marrana»(1) de cristianos nuevos, pero no había logrado impedir estallidos de violencia contra ella, el más espantoso de los cuales fue el que se produjo en Lisboa durante la Pascua de 1506, cuando tuvo lugar una masacre que se saldó con la muerte de dos mil personas en apenas tres días. La razón aparente fue un comentario en voz alta de un cristiano nuevo en la iglesia sobre una iluminación milagrosa en el rostro del Cristo crucificado, que tal vez fuera el mero efecto de la luz de una vela. Bastaron esas palabras para que lo sacaran del templo a rastras tirándole del pelo y le propinaran una paliza mortal. Incitada por los frailes dominicos, que solían llamar a los cristianos nuevos «judíos», una turba se echó a la calle y, con la ayuda de marineros extranjeros que se hallaban en Lisboa, acabó con la vida de todos los cristianos nuevos que cayeron en sus garras. Tan solo el domingo de Pascua quinientas personas fueron arrancadas de sus escondites y pasadas a cuchillo. Las calles se llenaron de tantos cadáveres que se tuvo que traer a la ciudad una remesa adicional de carros de leña para incinerar los cuerpos en enormes piras, que llenaron el puerto de un humo hediondo. La peste había obligado al rey Manuel a abandonar Lisboa, pero ninguno de sus oficiales se preocupó demasiado por detener aquella matanza. Al final, los principales instigadores dominicos fueron condenados a muerte y ajusticiados, pero el recuerdo de tanto horror perviviría en la memoria de los conversos. Más adelante, el entusiasmo del rey Juan III por instaurar la Inquisición en Portugal no vendría a infundir precisamente un gran optimismo entre los cristianos nuevos, cuyo futuro parecía cada vez más negro.

La preocupación que suscitaba la posibilidad de que los cristianos nuevos abandonaran el país, llevándose consigo toda su fortuna y sus relaciones comerciales con Oriente, indujo a la corona portuguesa a promulgar una serie de edictos que limitaban su movimiento y prohibían su salida del reino, a pesar de que, supuestamente, debían recibir el mismo trato y la misma consideración que los demás cristianos. Pero la propia naturaleza de las actividades económicas de los cristianos nuevos —la financiación y el desarrollo del comercio de la pimienta y de las especias, que había convertido aquel territorio costero y atrasado en un gran imperio pancontinental— vino a impedir que las restricciones de movimiento, tanto de personas como de dinero, fueran aplicadas de una manera rigurosa, pues se corría el grave peligro de acabar con tan próspero negocio. Todas estas consideraciones pesaron en el joven rey y sus consejeros. Aunque fueran de «raza judía», lo cierto es que los cristianos nuevos asistían a misa, se casaban en la iglesia y bautizaban a sus hijos en vez de circuncidarlos. ¿Era de veras necesario escrutarlos con mayor minuciosidad? Si se entrevistaban con el judío Ha-Reuveni, las autoridades portuguesas tal vez obtendrían una respuesta. Si el exótico visitante agitaba los sentimientos de los cristianos nuevos, los frailes tendrían razón al afirmar que un judío era siempre un judío, por muchos padrenuestros que pudiera recitar.

Y, además, bastaba suponer, solo suponer, que ese David en efecto fuera el enviado —largamente esperado— del reino del Preste Juan, deseoso de emprender una guerra contra el turco en cuanto tuviera a su disposición las armas necesarias. ¿Qué pasaría entonces? De todos los monarcas de Europa, el de Portugal era el que parecía más proclive a considerar seriamente esa posibilidad. Ya habían transcurrido diez años desde que el sacerdote Francisco Álvarez hubiese salido de Lisboa acompañado de un legado etíope, Mateus, en busca de Pêro da Covilhã, un primer emisario enviado al reino del Preste Juan. Tras sufrir un sinfín de percances, Álvarez y Mateus habían llegado por fin a Etiopía en 1520 y habían podido reunirse con Covilhã, pero esa importante noticia aún no había llegado a la corte portuguesa. Por lo que podía verse, el islam triunfaba en todas partes: en India, África o los Balcanes. Pero el conocimiento de las tierras de Oriente que poseían los judíos no tenía parangón. Años antes, habían sido dos hebreos, un zapatero y un rabino, los que habían conocido a Covilhã en El Cairo y los que le habían transmitido los importantísimos conocimientos marítimos que habían conducido a las flotas portuguesas hasta las innumerables riquezas de la costa de Coromandel. Si cabía la posibilidad de que David Ha-Reuveni fuera un hombre honesto y sincero, y así parecía creerlo el papa Medici, entonces había que concederle como mínimo una audiencia.

Pero las expectativas de la corte portuguesa se quedaban en nada en comparación con el entusiasmo de los cristianos nuevos, quienes, aunque eran conscientes de que les harían el juego a los vigilantes inquisidores, no podían contenerse. Sin embargo, mostrarse excesivamente ilusionados ante la presencia del exótico judío habría sido una locura, pues el rey Juan había establecido una red de espías, dirigida por un cristiano nuevo, Enrique Nunes, cuyo cometido era meter las narices en la vida doméstica de las familias de conversos e informar sobre todo aquello que pudiera parecer sospechoso. Después del horror sufrido durante la traumática masacre de Lisboa, los cristianos nuevos eran muy escrupulosos con la suma discreción a la hora de llevar una doble vida. Pero para muchos no dejaba de ser una doble vida, y conservaban su antigua identidad de diversas maneras sin que los espías de Nunes llegaran a sospechar. Como a los ejecutores de la real normativa les resultaba del todo imposible averiguar si alguien se abstenía de ingerir cierto tipo de alimentos, el ayuno se convirtió en un modo de expresar solidaridad en secreto. El viernes por la noche se encendían velas, pues, al fin y al cabo, encender una vela para iluminarse no tenía nada de extraño en el mundo de la península ibérica del siglo XVI. La cuestión era que esas velas podían ser bendecidas de inmediato. Los más temerarios podían observar la festividad del sábado con un ligero, pero significativo, cambio de vestimenta, aunque eran perfectamente conscientes de que la policía inquisitorial y sus propios vecinos no les quitarían ojo. El acto más atrevido era elaborar un guisado durante la noche del viernes al sábado, la versión portuguesa de la adafina, pues podía descubrirse con facilidad si el apetitoso aroma que desprendía llegaba a la calle. Esta cautela sistemática no hacía más que empujar a los cristianos nuevos a ignorar a David o incluso a rechazarlo de plano. Pero resulta imposible leer los relatos de 1526 y no pensar que la inmensa mayoría de esas gentes participaba de toda aquella emoción.

Cuando el rubenita entró en Tavira a lomos de una mula, los cristianos nuevos de la localidad salieron en tropel a recibirlo, llenando plazas y calles y olvidándose de la cautela. Escenas similares se repitieron en Beja y en Évora. La mula dio paso a una espléndida montura. A medida que avanzaba hacia el norte, el séquito iba haciéndose más grande. Allí por donde pasaba las puertas se abrían de par en par, pues los notables de las villas, rodilla hincada en el suelo, suplicaban a David que se quedara a pasar la noche. Hombres, mujeres y niños formaban colas para besar su mano. De repente los marranos empezaban a albergar visiones de ejércitos marchando por el cielo y enarbolando sus estandartes. Cuando un sacerdote, indignado, se enfrentó a David acusándolo de que su gente había matado al verdadero rey de los judíos, fue arrojado por la ventana de un segundo piso por su temeridad. David sabía cómo tocar la fibra sensible de sus devotos. «Algunos mostraban una actitud valerosa porque creían en mí con fe ciega, como Israel creía en nuestro maestro Moisés, ¡que la paz lo acompañe! Y allí por donde pasábamos les decía que soy hijo del rey Salomón y que no venía a ellos con una señal o un milagro o un misterio, sino como hombre de guerra que he sido desde mi juventud hasta hoy, y que he venido a ayudar a su rey, y a ayudarlos a ellos, y a seguir el camino que él me indique para llegar a la tierra de Israel.»

Cuando David llegó a Almeida, donde se encontraba el rey después de abandonar Lisboa huyendo de la peste, su séquito parecía el de un fidalgo israelita. Estaba compuesto de una larga sucesión de mulas cargadas con el equipaje, una comitiva de cincuenta sirvientes —engalanados y perfectamente armados— y una cabalgata de cincuenta caballos. Consciente del impacto que provocaba el estandarte que le había regalado Bienvenida Abravanel, David había ordenado que confeccionaran otros cuatro, con caracteres hebreos bordados y con multitud de los signos y números misteriosos que ponían de manifiesto el magnífico misterio y el poder de su misión.

Durante un instante no fue fácil distinguir cuál de los dos hombres era el verdadero soberano. Juan III le abrió las puertas a David, aunque solo pudo oír de él que, después de tanto viaje y ayuno, estaba demasiado cansado como para poder mantener una conversación. No fue un comienzo con mucho tacto por parte del judío. Durante el tiempo que pasó entre la primera y la segunda audiencia, uno de los anfitriones marranos de David, un individuo de lengua árabe que había estado en Etiopía por orden del rey (y que, por lo tanto, podía ser o bien el rabino o bien el zapatero), le habló a David de la isla volcánica en la que Juan II había abandonado a unos niños hebreos, «cerca de una tribu que come carne humana», donde, además, había unos peligrosísimos animales, unos «lagartos» cubiertos de escamas (esto es, cocodrilos). Los conocimientos sobre África que se suponía que poseía David también fueron puestos a prueba por un miembro de la corte que había visitado Marruecos. Pero el judío pasó todos los exámenes con una nota excelente. Con mucha firmeza, repitió una y otra vez su misión y su mensaje. Había viajado hasta allí, dijo, en busca de cañones y artificieros. Aunque su pueblo, de treinta veces diez mil, era de auténticos guerreros, solo disponía de espadas, de lanzas y de arcos. Y para competir con la potencia de fuego de los musulmanes hacían falta cañones. Cuando un «juez» planteó la cuestión principal, a saber, cuáles eran las verdaderas intenciones de David en lo concerniente a los judíos de los territorios del oeste de Europa, «respondí que primero debemos tomar Tierra Santa y sus alrededores, y [solo] entonces marcharán los capitanes de nuestras huestes hacia el oeste y hacia el este para reunir a los hijos dispersos de Israel». David incluso predijo que sería un caudillo musulmán el que acataría lo inevitable y se daría cuenta de que traer a los judíos de vuelta a Jerusalén (como hizo Ciro el Grande, soberano de los persas) lo cubriría de gloria y permitiría que su nombre pasara a la historia. Aunque la liberación de Jerusalén era precisamente la misión de un Mesías, lo cierto es que David puso mucho empeño en repudiar semejante título. Era, según decía, un simple guerrero pecador.

Llegó el día de la segunda audiencia, que sería más larga. Frente al palacio de Almeida, al aire libre, se había instalado una gran mesa para celebrar un banquete. David Ha-Reveuni había estado practicando el ayuno durante varios días —seis era su máximo— y aceptó con sobriedad las jarras, las copas y los platos de oro y plata. La pieza central era un carnero con los cuernos pintados de oro. David mostró una gran admiración, pero apartó su plato. Antes de que el rey Juan le dirigiera la palabra, fue sometido a una prueba más. A un capitán, que había sido prisionero en la India, el monarca portugués le preguntó si era verdad que había reyes judíos en Oriente, y si en las tierras de las que procedía David había judíos de tez oscura y negra. Sim. Sí. La respuesta fue siempre que sí. Todo parecía indicar que la reunión iba a ser un éxito. David recibiría una flota de ocho naves de guerra, cuatro mil cañones y los artificieros necesarios para instruir al ejército rubenita.

Pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, el viento de la fortuna cambió de dirección con la misma brusquedad que la media luna sobre la Cúpula de la Roca. Cuatro de los más fervientes cristianos nuevos davidianos fueron encarcelados. Con un tono por supuesto muy distinto, el rey Juan convocó a David en la cámara de la reina y lo acusó de haber venido a Portugal a judaizar: «Los marranos rezan contigo y leen libros día y noche, y has construido para ellos una sinagoga». Olvidando los consejos de Sara da Pisa, David perdió los estribos y se puso hecho una furia, hasta tal punto que Juan, sorprendido por aquella reacción, suavizó momentáneamente su postura y renovó sus promesas. Pero el momento propicio había pasado. Reuveni fue llamado otras cuatro veces en dos días, y el tono del interrogatorio fue volviéndose cada vez más inquisitorial. Algo muy concreto, algo personal se escondía tras todo ello, y David estaba a punto de averiguar de qué se trataba. El rey lo acusó de haber traído la ruina a su reino, de incitar a los marranos a postrarse ante su persona y besarle la mano. Y entonces reveló la razón de su repentino cambio de actitud: se había enterado, dijo el monarca, de que un alto funcionario de la judicatura, que ejercía, además, de secretario-escriba en la corte, había sido circuncidado por David. ¿Era eso cierto? El rubenita, ofendido, negó la acusación. No había venido hasta allí para convertir a nadie, protestó, pero no tenía ningún control sobre los marranos que acudían a él por propia voluntad, pues su casa estaba abierta a todo el mundo, tanto a los cristianos nuevos como a los cristianos viejos. Y en cuanto a dicha circuncisión, «¡Dios me libre!; es una falsedad».

La escena difícilmente habría podido ser más dramática. Por mucho que los cristianos nuevos procuraran preservar su adhesión a la fe judaica, ni se les pasaba por la cabeza practicarse la circuncisión. Así pues, que un individuo del círculo de la corte, esto es, próximo al rey, hubiera hecho algo semejante constituía un verdadero acto de flagrante rebeldía. El cristiano nuevo en cuestión, que ejercía de secretario-escriba, era Diogo Pires. En rigor, David dijo la verdad cuando le contó al rey Juan que no había circuncidado a Pires. De hecho, este había visitado a David en secreto y le había rogado que practicara en su persona ese acto símbolo de la alianza. Tras comprobar cómo el rubenita, enojado, se negaba a satisfacer su deseo, el propio Pires se lo practicó. Fascinado por David, al que había visto en la corte, Pires se había visto abrumado por violentos sueños en los que había sido circuncidado. Consciente de que todo aquello podía dar al traste con su misión, pues iría en contra de todas las garantías que había dado al rey, David reprendió a Pires por haber incluso considerado tamaña locura. Pensando que David exageraba sus protestas, y que una vez ejecutado el acto se reconciliarían, Pires afiló su cuchillo. «Aquella noche me practiqué yo mismo la circuncisión, [y] aunque sentí gran dolor y angustia, y me desmayé por la sangre que manaba como el flujo de un manantial, el Sanador Misericordioso me sanó en muy poco tiempo.»[12] Cuando, ensangrentado, recuperó el conocimiento, se había convertido en otra persona: Salomón Molkho el Judío, el nuevo nombre con el que claramente evocaba el de «Salomón el Rey». Si esperaba comprensión y una cálida acogida por parte de David, no tardó en desengañarse. Pero esta circunstancia no haría mella en él, pues a partir de ese momento se consideraría «marcado por el sello de mi Creador».

Salomón tuvo otras visiones aún más rocambolescas. Haciéndole una señal con el dedo, un anciano con una larga barba blanca lo llamó para que fuera a contemplar las ruinas de Jerusalén. De camino a la Ciudad Santa observó una misma raíz de la cual crecían tres árboles y en cuyas ramas se apoyaban varias palomas, unas blancas como la nieve y otras grises como la ceniza. De pronto, lanzando bolas de fuego y agitando sus espadas en el aire, apareció un grupo de jinetes enfurecidos con la firme intención de destruir los árboles. Tras ellos llegó una bandada de aves rapaces que empezaron a desgarrar la carne viva tanto de las palomas como de los hombres, y a punto estaban de devorar al propio Salomón cuando este despertó.

¡Suficiente! David Ha-Reuveni no quería a ese nuevo aliado. Pero el daño ya estaba hecho, y su misión se vería irreparablemente perjudicada. Para el rey Juan, el renegado Salomón constituía la prueba más clara de que la presencia de David resultaba perniciosa. Era evidente que otros muchos no tardarían en seguir el ejemplo de ese cristiano nuevo que, pese a disfrutar del favor de la corte, se había convertido en un renegado. Juan quería a aquel judío pequeño y moreno fuera de Portugal, sin barcos, sin cañones y sin artificieros. «Ya que has hablado de ello —dijo el rey—, vete a ver a mi cuñado, el emperador Carlos, o vuélvete a Roma con el papa.» El monarca prometió entregarle un papel que le serviría de salvoconducto, pero David, como era habitual en él, se sintió ofendido. Un salvoconducto de papel no era lo propio cuando el mismísimo papa Clemente le había proporcionado un documento en pergamino, señal de su confianza. Desconcertado una vez más por la temeridad del judío, Juan contestó que, por desgracia, no hacían eso en Portugal, pero que por afecto a su persona ordenaría que volvieran a escribirlo en pergamino.

David y Salomón tomaron cada uno su propio camino. En un arranque de cólera implacable, David le dijo al inoportuno prosélito que, ya que había soñado con Jerusalén, tal vez debiera dirigirse a esa ciudad. Y se marchó sin más, no sin antes darle el siguiente consejo: «Que no te vean por aquí, o te asesinarán o te quemarán en la hoguera». Como era de prever, Salomón partió rumbo al Imperio otomano, precisamente lo que más enfurecería a las autoridades católicas, y llegó a los dominios del enemigo declarado de David. En Tesalónica, donde se encontraba la comunidad judía más grande de Turquía, Salomón Molkho estudió la Torá, el Talmud y la cábala, y dejó maravillados a sus maestros por la rapidez con la que aprendía y su capacidad de asimilación. Incluso el gran rabino Yosef Caro, autor de una compilación de leyes y normas de comportamiento, la Shulján Aruj («La mesa servida»), quedó impresionado ante la inmersión del adepto en el estudio de los textos sagrados. El hecho de que alguien hasta entonces tan ignorante se hubiera convertido en semejante prodigio constituía, en opinión de muchos, toda una señal. Era evidente que aquel hombre modesto había recibido un don. Representaba la «regeneración», que se correspondía exactamente con la prescripción cabalística de crear un nuevo espíritu dentro del viejo cascarón.

Por su parte, David emprendió una retirada paulatina a través de Portugal, retomando el camino por el que había venido y agotando los dos meses de plazo que el rey le había concedido para salir del país. Pero el rubenita no podía abandonar del todo la fantástica visión que seguía albergando de sí mismo. Aunque cierta sensación de abatimiento hacía mella en él, decidió sacar algún provecho de su desgracia, convencido de que aún podría alcanzar la gloria renunciando a los bienes terrenales. Así pues, en una ciudad regaló a sus anfitriones la armadura espléndidamente cincelada que utilizaba para desfilar junto con diversas espadas; en otra, le dio a la señora de la casa los anillos de oro y diamantes con los que le habían obsequiado en Italia. A su paso por otras localidades fue repartiendo sus trajes y túnicas de seda, cual san Francisco de los judíos. Llegó incluso a enviar al rey Juan un espléndido caballo —junto con todos sus arreos— que había comprado: un noble gesto que implicaba que la relación entre el monarca y él era entre iguales. Durante el viaje, los marranos siguieron echándose a las calles para verlo, besarle la mano y llorar su partida. «No os sintáis abatido —les dijo a los conversos de Beja—, aún han de tener lugar muchas guerras antes de poder recuperar Jerusalén, pero seguro que llegará ese día y el Redentor vendrá a Sión.» Volvió a desplazarse a lomos de una mula y al final llegó a Faro caminando en medio de una copiosa lluvia para embarcar, junto con Salomón Cohen y otro sirviente, en un barco desvencijado. Pero las humillaciones no acabaron allí. Los vientos poco favorables obligaron a la nave a atracar en un puerto español, y David quedó en manos de unos oficiales y magistrados que no se dejaron impresionar por los documentos que traía consigo. El judío fue encarcelado, y a sus hombres les propinaron una paliza. Cuando fue liberado estuvo vagando por el sur de España, atendiendo en Granada a antiguos musulmanes que se habían quedado sin nada tras un terremoto que había sacudido la región cinco años antes.

La desgracia lo hacía más fuerte. Dios lo estaba poniendo a prueba. ¿Acaso encontraría otros benefactores cristianos? El único destino que no le había propuesto el rey Juan era Francia, de modo que, como cabía esperar, se dirigió a ese país, donde fue detenido en 1528 y pasó dos años en prisión antes de ser liberado por orden del rey Francisco. No obstante, entre las pertenencias que le había arrebatado el monarca francés figuraban las misivas de pergamino que lo habían acompañado durante su aventura, así como sus maravillosos estandartes. Tratar de recuperarlos utilizando cualquier medio que estuviera a su alcance habría supuesto su perdición. Desde Francia, David regresó a Italia en 1530 y, sin dejarse intimidar por la desgracia, decidió solicitar una audiencia con Carlos V, que en aquellos momentos estaba preparándose para ser coronado emperador en la ciudad de Bolonia. Seguía siendo recibido por multitudes entusiasmadas en ciudades como Venecia y Mantua, pero también se multiplicaban los que empezaban a observarlo con recelo, sobre todo entre aquellos para los que Salomón Molkho, y no David, se había convertido en la verdadera Esperanza de Israel. El respetado rabino de Sabbioneta, Azriel Diena, mostraba tanta hostilidad hacia David como entusiasmo ante la figura de Salomón.

A medida que descendía la popularidad de David aumentaba la de Salomón, hasta el punto de que el discípulo comenzó a eclipsar al maestro. Salomón empezó a creer que David había sido el precursor profético, pero que él era el verdadero Mesías. Y Salomón poseía un gran don, que le había sido negado al rubenita: la elocuencia. En Tesalónica se había puesto a predicar derashot, esto es, sermones sobre la Torá en los que exponía unos conocimientos de gran profundidad y amplitud sobre la fe. Su reputación como hombre excepcional se expandió tan rápido y llegó hasta tan lejos que los cristianos, al igual que los judíos, se hicieron eco de ella. Seguía teniendo las excéntricas visiones propias de un profeta de la época, y a medida que aumentaba su fama y se oía a los judíos comentar que Salomón tal vez fuera no solo la avanzadilla sino el mismísimo elegido, este cada vez se afanaba menos en contradecirlos. Comenzó a enarbolar estandartes similares a los que había visto utilizar a David, y a vestir capas bordadas con letras, nombres y números cabalísticos. Estaba convirtiéndose muy deprisa en un verdadero mago, en un príncipe-mago mesiánico, aficionado a entonar extraños cánticos y a pronunciar incomprensibles palabras que, según él, comportarían el fin de la Iglesia. A pesar de ellos, y a pesar de su clara apostasía, cuando llegó a Roma en 1529, en un principio, el papa Clemente lo protegió de la Inquisición. Al parecer, había profetizado —como «la destrucción de Edom»— el año en el que Roma sería saqueada: 1527. En la ciudad pontificia se fue a vivir con los mendigos bajo uno de los puentes del Tíber, y desde allí predijo que el río se desbordaría, como así ocurrió en octubre de 1530. Es probable que eso fuera fácil de predecir, pero lo cierto es que Salomón también profetizó desde la sinagoga que se produciría un terremoto en Portugal, calamidad que también tuvo lugar exactamente el 26 de enero de 1531.

El saco de Roma por parte de soldados amotinados del ejército imperial —tres días de horror, rapiña y destrucción— había dejado al papa traumatizado e impotente, viéndose obligado a sacrificar la causa de su familia, los Medici, a causa de unas escenas catastróficas. Este hecho tal vez explique por qué, cuando Salomón se atrevió a ir a Roma, abandonando la seguridad del Imperio otomano, Clemente VII se sintió atraído por él con una intensidad jamás vista en su trato con David Ha-Reuveni. Si este se había marchado de Portugal como un asceta sin bienes ni posesiones, Salomón lo superó sentándose, con su cuenco de mendigo, junto a las puertas de Roma durante los treinta días establecidos para un verdadero penitente judío. Ese gesto despertó un gran agrado hacia él, pues cruzó las barreras de las dos religiones. Como señal de su estima, Clemente tomó la decisión extraordinaria de permitir a Salomón que imprimiera sus sermones en la ciudad más cristiana del mundo, por entonces en guerra contra la herejía luterana. El odio a los protestantes no excluyó el afecto por ese judío en concreto. Es harto probable que esos dos instintos estuvieran misteriosamente relacionados.

Todo ello resultaba aún más sorprendente si se consideraba que, desde el punto de vista técnico y legal, Salomón era un cristiano herético que no solo había cometido el pecado imperdonable de volver a abrazar el judaísmo, sino que, además, se pasaba la vida judaizando de manera enérgica y agresiva. Todo ello lo convirtió en un objetivo perfecto de la Inquisición, a cuyos suplicios fue entregado cuando esta tuvo conocimiento de su caso. No había nada que su protector y patrono pontificio pudiera hacer al respecto. Salomón sufrió el rigor atroz del tribunal, que lo condenó. Cuando, como era costumbre, le ofrecieron la posibilidad de salvarse regresando al seno de la Iglesia, rechazó resueltamente la invitación. Prendieron fuego a la pira, y Salomón Molkho ardió en llamas hasta perecer.

Pero esa misma tarde, en los aposentos papales, un visitante fue asaltado por una visión: Salomón caminaba por aquellas dependencias sin que ni uno de los cabellos que poblaban su cabeza mostrara el menor indicio de haber quedado chamuscado. Clemente había hecho un intercambio de mártires, sustituyendo a su amigo Salomón el Judío por un pobre desgraciado.

¿No era suficiente para el profeta ese gesto? ¿No se decidiría por fin a regresar en silencio a la seguridad de los territorios otomanos, donde gozaba de tantos amigos judíos, público para sus homilías, gente dispuesta a escucharlo y a leer sus escritos? Al parecer, no. Pero ningún autor de literatura fantástica podría concebir un final más extraordinario que el que el príncipe David y Salomón el rey escribieron para ellos mismos. Sus caminos volvieron a cruzarse en Italia, tal vez en 1532, año en que es de suponer que ambos buscaban un refugio y no más ocasiones de difundir el gran proyecto de la redención judía. A pesar de la terrible experiencia de la cárcel, o quizá debido a ella, lo cierto es que David había recuperado su autoestima, lo suficiente como para solicitar una audiencia —que le fue concedida— con Federico Gonzaga, duque de Mantua, ciudad con una comunidad muy grande y viva desde el punto de vista cultural. Lo que ignoraba era que una de las familias judías a las que consideraba aliada, además de anfitriona, lo había delatado a los Gonzaga. Durante su estancia en la casa de Abraham Portaleone, hermano de uno de los médicos judíos más famosos de Italia, y queriendo alardear de sus credenciales ante Carlos V y el papa, David preparó unas cartas para el emperador y el pontífice, supuestamente escritas por su hermano, el rey José, pero, de hecho, reescritas por un copista local al que prometió enseñar el arte de hacer que los documentos parecieran antiguos y gastados. Indignado, Portaleone informó del engaño en la corte del duque, que transmitió la noticia al embajador mantuano en la curia papal, y de allí llegó a oídos del emperador. A partir de entonces, no cupo la menor duda de que David era un impostor.

En un primer momento, este asunto no se hizo público. De vuelta en Venecia, el lugar en el que se había presentado por primera vez al mundo de los judíos y al de los gentiles, David aún tenía motivos para suponer que podía llevar a cabo su misión. El gobierno de la república encargó a una de sus mentes más perspicaces, el geógrafo Ramusio, interrogar a David sobre su viaje y sus orígenes, y el resultado de aquella conversación fue comunicado por otro astuto observador, el patricio Marin Sanudo. David había cambiado su historia para que encajara con sus pretensiones, por entonces más modestas. En vez de buscar armas para una campaña militar, aseguró que tan solo profetizaba la gran batalla que estaba por venir. En cualquier caso, parece que tanto a Ramusio como a Sanudo no se les escapó nada.

En 1532, las dos encarnaciones de la esperanza y la redención de los judíos —el príncipe y el Mesías—, a pesar de los intentos por detenerlas, se desplazaron a Ratisbona, en Baviera, donde Carlos V había convocado la Dieta Imperial. El viaje tenía sus peligros, reconocieron ambos hombres, pero tanto el uno como el otro habían consultado las alineaciones planetarias y habían llegado a la conclusión de que aquel era el momento perfecto para poner en marcha el proyecto mesiánico. David y Salomón estaban decididos a instar al emperador a volcarse en su guerra contra el sultán. El rabino Josel de Rosheim, experto en negociaciones con obispos, reyes y duques, y el encargado de rendir cuentas de la comunidad hebrea ante el mismísimo emperador, se encontraba en Ratisbona, y era del todo consciente de que nada bueno podría salir de tamaña temeridad. Los territorios alemanes se veían sacudidos por graves conflictos, tanto en el bando luterano como en el católico; lo mejor era no provocar al emperador, aconsejó el rabino a David y Salomón. Es muy probable que aquel se diera perfecta cuenta de que aquellos dos hombres se dirigían directamente a una trampa.

Ni David ni Salomón lo escucharon. Llegaron a Ratisbona como en su mejor momento, haciendo ostentación de su poder con estandartes ondeando en el aire, portando el escudo del papa y una gran espada, todo ello «santificado por los nombres de Dios en hebreo». Tal vez se sintieran conmovidos por la historia judía de la ciudad, sede de la que había sido la comunidad hebrea más antigua de Baviera hasta febrero de 1519, cuando, tras la muerte del protector emperador Maximiliano I, había quedado prácticamente eliminada después de que los judíos fueran obligados a demoler el interior de su propia sinagoga, sobre cuyas ruinas fue erigida una iglesia consagrada a la Virgen María. Muchos de los judíos de Ratisbona emigraron a Venecia, donde tal vez Reuveni entró en contacto con ellos y conoció su espantosa historia. Según el rabino Josel, los dos emisarios del futuro judío consiguieron, de hecho, una audiencia con el rey Carlos. A pesar de los informes secretos que revelaban que David era un impostor, el emperador escuchó durante casi dos horas sus fantasiosas exhortaciones sobre presentar batalla al sultán, preferiblemente con él, David —el guerrero de Rubén, Gad y media tribu de Manasés—, como uno de los generales de aquella fuerza santa. Dos cronistas mantuanos escribieron que incluso tuvieron la osadía de poner a prueba y tratar de convertir al mismísimo emperador. En toda esta crónica sorprendente sobre dos judíos —un aventurero iluso y otro poseído por una identidad mesiánica— que aparecieron de la nada y fueron de corte en corte, siendo recibidos por cardenales, reyes y un papa, la escena más inverosímil tuvo lugar cuando los dos aparecieron, ataviados con sus túnicas bordadas con las letras —mágicamente reordenadas— del nombre de Dios, ante Carlos V, el titular del imperio de la cristiandad católica, acosado por turcos y protestantes, intentando convencerlo de que debía convertirse al judaísmo para que la fortuna le sonriera. Ese descaro no tendría sentido alguno a no ser que David y Salomón de verdad creyeran que el curso de la historia judía había llegado a un momento en el que sus perseguidores iban a convertirse en los instrumentos de la redención. Aunque estaban absurdamente engañados en todo lo demás, era cierto que, en efecto, había algunas figuras entre los gobernantes y las autoridades de la cristiandad que realmente creían que la larga saga épica de la historia judía estaba ligada de alguna manera al destino del cristianismo. No sería la última vez que se produjera este hecho.

Salomón consideró que, si bien el emperador no parecía para nada dispuesto a seguirlo en su práctica de una circuncisión en edad adulta, la audiencia había ido razonablemente bien; además, le había sido concedido el derecho de residencia en Ratisbona. Estaba equivocado por completo. Su habitual elocuencia no había tenido el éxito esperado. Las palabras, todo tipo de palabras —místicas, mágicas, racionales, bíblicas, estratégicas, proféticas, retóricas, espirituales— fracasaron estrepitosamente. Fuera cual fuera el impacto que aquellas dos autoproclamadas encarnaciones del destino del pueblo judío provocó en Carlos, lo cierto es que, al final, el gran Habsburgo hizo caso a sus horrorizados consejeros. Esos judíos no solo eran ridículos, sino también peligrosos. De modo que, en vez de permitirle que se instalara en Ratisbona, a Salomón lo condujeron encadenado hasta la celda de un calabozo, y a David lo encerraron en otra cárcel. Salomón acabó en Mantua, donde la Inquisición encontró una segunda oportunidad para condenarlo por hereje y judaizante. Fue «relajado» a la autoridad secular, que, esta vez, tomó todas las medidas necesarias para asegurarse de que el reo que moría en la hoguera era el que debía ser. Fue otro destino propio de los judíos el que Salomón siguió como si se tratara de un final predestinado, uniendo así su historia a las de las generaciones de aquellos que habían muerto a manos de una iglesia perseguidora mientras «se santificaba el nombre de Dios». Como David Ha-Reuveni no podía ser acusado por la Inquisición de ser un cristiano no practicante, se libró de correr la misma suerte que su correligionario; pero no cabía la menor duda de que había violado la prohibición de judaizar. Cierto día —su rastro desaparece en los documentos— fue conducido a España, muy probablemente a Badajoz, donde también pereció en la hoguera.

Pero algo quedó: en las historias que empezaban a escribir los rabinos italianos Azaria de’ Rossi y Yosef Ha-Cohen, David y, sobre todo, Salomón, cuyo trágico final llevó a un gran número de hebreos piadosos y cultos a incluirlo en el martirologio judío, empezaron a ser considerados las dos luces que condujeron a muchos apóstatas de vuelta a la Torá. La aventura del rubenita constituyó el primer momento —desde la expulsión de España y la introducción de la Inquisición— en el que judíos y cristianos nuevos percibieron que compartían una identidad común. Algunos de los sorprendentes escritos proféticos de Salomón han llegado a nuestras manos, incluido el titulado La bestia de las cañas, en el que se profetiza la caída de Roma, fragmento de un extraordinario poema que sigue transmitiendo la intensidad de su fervor. Incluso entre los asquenazíes más escépticos del norte, su recuerdo sobrevivió a su debacle final en una serie de objetos que se convirtieron en reliquias judías. Una de las túnicas bordadas y uno de los estandartes hicieron un largo viaje a una ciudad que nada había tenido que ver con las profecías y la magia de los judíos: Praga, el primer destino de textos cabalísticos impresos. Fueron identificados por primera vez en la sinagoga Pinkas en 1628, pero más tarde fueron trasladados al museo Zidovske («judío»), en la sinagoga Maisel. Allí, en el interior de una vitrina climatizada, protegidos de los rayos ultravioletas e infrarrojos por cables de fibra óptica y pintura fotoabsorbente, la túnica y el estandarte aguardan y aguardan la llegada del Mesías liberador.

2

En tránsito

I. El CAMINHO DIFÍCIL

Siempre empezaba en la oscuridad, entre la medianoche y el amanecer, cuando las últimas patrullas del muelle habían acabado su ronda y los guardias estaban roncando o con prostitutas. Como pequeños animales nocturnos que emergieran de sus madrigueras, unas figuras susurrantes cubiertas con grandes capas se dirigían a los muelles del río Tajo llevando solo lo necesario para la travesía de dos semanas hasta Amberes: un puchero, un colchón, pan de galleta, un poco de aceite y un baúl de ropa. El miembro más fiable de la familia, no siempre el padre, tenía a mano la bolsa de monedas de oro, que albergaba muchos más ducados de los que habrían necesitado si no hubieran sido cristianos nuevos. Pero aquellas eran gentes llamadas Gomes, Dias, Lopes, gentes que sabían que en otro tiempo habían sido Cohen, Leví, Benveniste, y tenían que estar fuera de Portugal antes de quedar atrapados en las voraces fauces de la Inquisición.

Para muchos de ellos, aquel no era el principio de su huida del terror. Algunos habían llegado a Lisboa desde la España profunda, cruzando los montes de la frontera. Habían oído hablar de grandes mercaderes, conversos a la fuerza como ellos, que se habían hecho ricos con el negocio de la pimienta y que, como Moisés, habían abierto una senda en medio de las aguas del mar. Dios mediante, ellos no tendrían que vagar durante cuarenta años, aunque mientras cargaban sus carros les rondaba la cabeza la idea de que aquel viaje, por tierra y por mar, iba a ser duro y largo. Y no se equivocaban.

Aunque el Santo Oficio no obtuvo por fin permiso para iniciar sus pesquisas en Portugal hasta 1536, desde hacía cinco años que se esperaba su llegada. En previsión a esa medida, los que iban a devenir sus principales sospechosos, los conversos a la fuerza de 1497, empezaron a dar los pasos necesarios. Los cristianos nuevos portugueses, que gracias a su conversión se habían librado de la acción inmediata de la Inquisición contra ellos, no lograron quitarse de encima las escenas de terror en las que podían verse atrapados, e imaginaban la reaparición del Santo Oficio en forma de un monstruo diabólico. El más elocuente de todos estos emigrantes, Samuel Usque, dejó salir el Daniel que albergaba cuando, al hablar de la Inquisición, la comparaba con una serpiente de grandes colmillos: «Su cuerpo es de áspero hierro con mortífero veneno amasado, cubierto de una durísima concha de bastas escamas de acero fabricada […] mil alas de penas negras y ponzoñosas [la] levantan del suelo y mil pies dañinos y destructores [la] mueven».[1] ¿Hacia dónde huir corriendo, ahora que el rey de Portugal les había cortado el paso y había ilegalizado la emigración de aquellos cristianos que él seguía llamando «judíos»? Estrujar las manos y rezar pidiendo por alcanzar la Tierra Prometida iba a servir de bien poco. Lo que se necesitaba era un lugar seguro de verdad, en el que por la noche se pudieran apagar las velas de un soplido sin temor de que una férrea mano cayera sobre los cuerpos de sus hijos mientras dormían. ¿Venecia? La Inquisición también llegaría hasta allí. Ferrara, un poco más al sur, donde el duque de Este había dado cierto respiro a la persecución, era una posibilidad. Allí se imprimían muchos libros hebreos. Desde Ferrara no había mucha distancia a vuelo de pájaro hasta Pésaro y Ancona. Pero la seguridad los obligaba a tomar la ruta menos evidente, menos vigilada, a través de las montañas en dirección al Adriático. Paso a paso, poco a poco, mirando siempre hacia atrás con disimulo, podrían abrirse camino hasta encontrar la protección del sultán en Oriente. Los rumores de que el turco efectivamente acogía a los judíos con los brazos abiertos quizá fueran ciertos.

Estaban desesperados, pero no solos. En Lisboa y Amberes un consorcio de mercaderes de pimienta y especias, que eran los más ricos entre los cristianos nuevos portugueses, había contribuido a crear un fondo de ahorros para ayudarlos a huir. La solidaridad entre los judíos, de los ricos para con los pobres, de los que se encuentran a salvo para con los que no gozan de seguridad, es hoy en día un tópico de su historia; pero aquella era la primera vez que existía un sistema organizado y lo habían creado precisamente los que no podían llamarse judíos a las claras, sino que iban a la iglesia, se santiguaban y se ponían de rodillas para comulgar y recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. Se rumoreaba que esa caja de resistencia estaba tan llena que el propio emperador Carlos estaba ansioso por echarle mano, si es que lograba demostrar que existía. Si podía desenmascarar a aquellos a los que llamaba «falsos cristianos», las monedas caerían en sus garras. Pero el dinero contante y sonante era lo que menos importaba. Los príncipes del comercio de la pimienta que formaban ese comité de salvamento habían convertido su red de inteligencia comercial en una vía de escape entre continentes: una cadena de navíos, transbordadores fluviales, alojamientos, carretas y conductores y jinetes que se extendía desde la costa atlántica de Portugal hasta los puertos ingleses, y que a través del canal de la Mancha llegaba a Flandes, para después, recorriendo Francia y Renania, y atravesando los pasos alpinos, llegar al valle del Po. Luego, si lograban esquivar los puestos de guardia colocados expresamente en Lombardía con el fin de localizarlos, detenerlos y lidiar violentamente con ellos, quizá lograran alcanzar la seguridad de Ferrara. Puede que algunos se detuvieran allí; otros continuarían la marcha a través de los Apeninos hasta Pésaro y Ancona, y luego, cruzando el Adriático hasta Ragusa (la actual Dubrovnik), llegarían por último al reino de Solimán el Magnífico, donde por fin serían libres de hacer todo aquello que se habían visto obligados a negarse a sí mismos en Portugal. Las mujeres se zambullirían en los baños rituales y los hombres se circuncidarían. Se reunirían para rezar, se devanarían los sesos para encontrar las frases y las melodías medio olvidadas; resonaría el canto de la lectura de la Torá, e incluso en medio de tanta devoción —Dios los perdone— se relamerían de gusto ante la perspectiva del cocido del sábado. Se permitirían el lujo de sentirse, provisionalmente, en su hogar.

De camino a su destino turco, todos ellos se encontrarían en manos de los llamados «conductores», contratados por sus benefactores de Amberes. Confiaban a aquellos hombres sus bolsas, a sus abuelos encorvados y a sus niños de pecho. ¿Qué otra cosa podían hacer? En cualquier caso, desde luego, nunca tenían la menor garantía de seguridad. Incluso ya en los embarcaderos del Tajo algunos eran traicionados y llevados a la fuerza. Para esquivar a los corchetes apostados en los muelles, muchos fugitivos se metían, con sus pertenencias, en pequeñas barcas amarradas río arriba, y se trasladaban remando con el mayor sigilo posible hasta los barcos que se dirigían a Flandes, atracados en la desembocadura del río. Si el capitán del barco tenía pocos escrúpulos, quizá los extorsionara para sacarles una cantidad de dinero mayor a la acordada, por desorbitada que fuera, y les robara las perlas que atesoraban para cambiarlas por monedas en Londres o en Amberes. En las décadas de 1530 y 1540 la piratería a bordo conocería una gran prosperidad.

Samuel Usque los veía salir de aquellos barquitos en Amberes, con los rostros desencajados a causa del mareo y del miedo, a menudo expoliados y privados de la bolsa. Los benefactores les proporcionarían entonces alojamiento y un fondo de subsistencia, y convertirían todo aquello que hubiera logrado sobrevivir a la depredación sufrida a bordo —algún collar bien escondido, algún amuleto de plata— en letras de cambio que pudieran ser liquidadas en Ferrara o en Venecia. Se haría saber a los viajeros dónde podrían encontrar sinagogas clandestinas, pero se les advertía en los términos más estrictos que no llamaran nunca la atención, sobre todo con un comportamiento pendenciero o con discusiones ruidosas. Casi nunca ha podido decirse que los judíos, bautizados o no, sean las personas más discretas del mundo. De este modo, sus guardianes provisionales de Flandes los avisaban de que evitaran la más mínima muestra de ostentación: el sábado estaba prohibido sacar del cofre pendientes, encajes finos o brocados. Sobre todo no el sábado. Semejante descuido atraería a los ladrones, y los ladrones hablarían con la policía. Ya conocían a los corchetes. En Flandes no había Inquisición, y los hombres del margrave o el burgomaestre local hacían la vista gorda con las cosas de los «portugueses», pues sin ellos Amberes no sería más que un puerto flamenco como cualquier otro. Pero la regente, la hermana de Carlos V, estaba ansiosa por husmear y descubrir herejías, y por sacar dinero a los judíos. Para ella y para su hermano, eso eran los cristianos nuevos: judíos antes, judíos ahora, y judíos hasta que fueran quemados en la hoguera y el viento se llevara la ceniza de sus huesos.

Una vez que los emigrantes se hallaban en condiciones de proseguir la marcha, montaban en grupos de veinte o más en carretas cubiertas o en carrozas rudimentarias, pagadas de antemano por sus benefactores. Llevarían encima un regimento u hoja de instrucciones acerca de las rutas que debían seguir, sobre con quién contactar en las etapas sucesivas de su viaje o sobre dónde podían detenerse a pasar la noche con seguridad. Se ha conservado una de esas hojas de instrucciones (gracias a la Inquisición, que se apoderó de ella y que, sin duda después de eliminar la red, la guardó como prueba en sus archivos). Sabemos así que los viajeros procedentes de Amberes continuaban su camino hacia el sur hasta Colonia, donde debían buscar «la posada de los Vier Escara».[2] Allí debían ponerse en contacto con el conductor, Pero Tonelero. Su misión era llevarlos en barcos de alquiler Rin arriba hasta Maguncia (Basilea era otro lugar de paso muy utilizado). Dormirían a bordo de los barcos para ahorrar dinero y limitar las posibilidades de exponerse a la vista de la gente y de ser arrestados. Una vez más, se les exhortaba a no levantar la voz (lo que indica con cuánta frecuencia era desatendido el consejo), aunque después de estar encerrados juntos tanto tiempo a lo largo de unas distancias tan considerables habría resultado muy difícil evitar los arrebatos de mal genio. «Dadas las circunstancias debéis comportaros como gentes respetables, evitando todo tipo de reyertas y disputas que puedan producirse.» En Maguncia, en la «posada con el cartel del Pez», otro conductor los ayudaría a conseguir las carretas que necesitarían para la ruta que debían tomar hacia el sudeste, subiendo y bajando montañas y bordeando los lagos suizos. Pasadas Maguncia o Basilea, donde la región de los lagos se elevaba y daba paso a sucesivas colinas, divisarían, más allá de los prados y de las aguas interminables, las imponentes cumbres de los Alpes, que lanzaban amenazadores destellos de luz. Una vez más serían puestos en manos de muleros y tratantes de caballos que conocían lo que se denominaba el caminho difícil. Cuantos pudieran aplazarían el cruce de los pasos de montaña hasta el verano; en la cima de los montes, sin embargo, siempre hacía una temperatura invernal. Los caminos quedaban reducidos a senderos, y las subidas y bajadas eran tan empinadas que los fugitivos tenían que bajar de sus vehículos y caminar, desollándose las manos al agarrarse a la pared de piedra y valerse de las recias matas que crecían en ella para subir a pulso. Estas caminatas y escaladas se veían salpicadas por continuos descensos para recoger los sacos y los fardos que se caían de las carretas. Usque, que en efecto experimentó en persona lo que suponía cruzar los pasos alpinos, escribió: «Asaz de ellos murieron por esos Alpes con extrema miseria y desamparo. Muchos dejaron viudas a sus mujeres a punto de parir, a las cuales, teniendo que dar a luz en aquellos caminos fríos y destemplados, vieras padecer un nuevo modo de desaventura».[3]

Una vez en el valle del Po, los aguardaban otra serie de pruebas de gran dureza, esta vez causadas por los humanos y por lo tanto más terribles todavía. Obsesionado con la fuga de los representantes de «la perfidia judía» al bando de los turcos, Carlos V había establecido un departamento de «asuntos marranos» en Amberes provisto de poderes excepcionales para detener, encarcelar e interrogar a los sospechosos, lo que en la práctica significaba invariablemente tortura y expoliación. Su director era Cornelius Scepperus (Cornelis de Schepper), pero su agente más entusiasta se llamaba Johannes Vuysting, quien estableció puestos de control en los caminos hacia Milán y Pavía (ambas ciudades pertenecientes al ducado de Milán, propiedad de los Habsburgo) que venían de los pasos alpinos. Los viajeros eran echados a rastras de sus carretas, llamados «perros judíos», golpeados, encarcelados y torturados para que revelaran la identidad de los conductores y de los fugitivos, así como la de sus contactos en Amberes y Lisboa, y las familias eran despojadas de todas sus propiedades. Los conductores, los contactos y los escoltas que eran hallados culpables de facilitar la fuga eran condenados a muerte. Sacar una cruz o una imagen de la Virgen de la carreta no engañaba a nadie. Vuysting actuaba como un delincuente autorizado, extorsionando todo el dinero que podía a los aterrorizados criptojudíos (de quienes siempre se decía que estaban cargados de tesoros ocultos, por más que aseguraran ser pobres). Los malos tratos solían acelerar bastante las cosas, sobre todo cuando el objeto de ellos eran los ancianos o los más jóvenes; entonces, como por arte de magia, se materializaba alguna bolsita llena de piedras preciosas. La codicia de Vuysting acabaría con él, pero su rapacidad no era más que una muestra de la avidez que caracterizaba a toda la cadena de mando, desde los comandantes de los pasos fronterizos hasta el mismísimo emperador.

El hecho de que conozcamos todos estos detalles por los archivos de la Inquisición indica que muchos fugitivos no lograron llegar a Ferrara o al Adriático. El milagro obrado por los Socorredores de Amberes fue que muchos consiguieran sobrevivir y continuar el viaje hasta los barcos anclados en el Adriático. En medio de infinitas privaciones y de momentos de terror, los viajeros debieron de invocar la bendición que les diera al salir de Amberes el más poderoso y el más rico de los organizadores de su vía de escape, el mayor de los señores de la pimienta, Diego [Diogo] Mendes, que en otro tiempo se había llamado Benveniste: «La bendición que otrora diera Abraham a Isaac e Isaac a Jacob te doy yo a ti […] quiera Dios que volvamos a vernos en la Tierra Prometida».[4]

II. LAS HERMANAS

Durante los días de la canícula de 1537, una carabela de dos palos realizó una laboriosísima travesía rumbo al norte surcando el Atlántico desde Portugal hasta Bristol. En vez de bordear las costas de Francia, la nave viró hacia el oeste y se adentró en las aguas bravías del océano, lo que sin duda ralentizó su marcha. Los informes acerca de la libertad concedida por el rey de Francia a los piratas hacían que el cambio de rumbo fuera prudente, entre otras cosas porque a bordo de la embarcación iban dos hermanas que estaban consideradas unas de las mujeres más ricas de Europa. Las dos eran jóvenes y, por lo que se sabía, cristianas nuevas de buena familia.[5] La mayor, Beatriz de Luna, se había casado a los dieciocho años (y había enviudado a los veinticuatro) con el rey de las especias, Francisco Mendes, de la casa de los Affaitati y los Mendes. Francisco doblaba o más la edad a su esposa, y era dueño de bancos, naves, almacenes, hombres y millones. Desde uno y otro extremo de su negocio —Lisboa y Amberes—, su casa podía hacer y deshacer fortunas extraordinarias, conceder gracias fiscales o regatear con firmeza la concesión de préstamos a los tesoros principescos, aquejados de agotamiento crónico. De ese modo, como a menudo se jactaban, los Affaitati y los Mendes podían resultar la diferencia entre la paz y la guerra, la victoria y la derrota. La firma atesoraba plata y perlas, ónice y rubíes, granos de pimienta y canela en rama, dinero en metálico y letras de cambio. Sus imponentes almacenes, que se levantaban en los muelles del Tajo y del Escalda, estaban atestados de las bolas y los fardos que componían su aromático inventario. Los barcos surcaban los océanos del mundo de arriba abajo por encargo suyo, aunque las licencias bajo las que navegaban fueran oficialmente reales. Esta carabela en concreto, que conducía a aquellas mujeres hacia el norte, había sido fletada en Amberes por Diego Mendes, cuñado por partida doble, pues no solo era hermano de Francisco, el difunto marido de Beatriz, sino que además tenía la intención de casarse con la hermana menor de esta, Brianda. Para la casa, la endogamia, el sistema del llamado «matrimonio de mercado», significaba seguridad. En aquel tipo de dinastías convenía que pérdidas, oportunidades, bienes y capitales se quedaran dentro de la familia.

No podía uno ir con demasiado cuidado, no cuando se era marrano. Siempre se levantaban sospechas potencialmente letales, aunque Francisco Mendes y Beatriz de Luna se habían casado notoriamente al estilo católico ante el altar mayor de la catedral de Lisboa. No importaba que luego hubieran hecho gran ostentación al asistir a misa, o que su hija, llamada Brianda, como su tía, hubiera sido bautizada con todo rigor. Los dominicos y los que les hacían caso —marineros, estibadores, vendedores de pasteles e indulgencias, el propio rey— seguían llamándolos a todos «judíos» y «marranos». Sea como fuere, a puerta cerrada, lejos de los grandes festejos públicos, se habría leído en voz alta y ante testigos un contrato nupcial o ketubá, escrito en arameo, como dictaban la tradición y la halajá, el conjunto de normas religiosas, el lector amortiguando discretamente su voz mientras enumeraba a toda prisa las numerosas cláusulas del contrato matrimonial.

Para los que no dejaban de hacer preguntas, había excusas perfectamente inocentes para viajar a Flandes. Beatriz y Brianda iban acompañadas de sus sobrinos Juan [João] y Bernardo Micas, hijos de Samuel Micas, médico del difunto rey Manuel y catedrático primero de «filosofía moral» (lo que significaba teología cristiana) y luego de medicina de la Universidad de Lisboa. Con esos antecedentes impecables era harto plausible que los jóvenes se dirigieran a iniciar sus estudios en la Universidad Católica de Lovaina. Era también del todo natural que el cuñado de las hermanas, Gonçalo, fuera a Amberes para reunirse con su hermano y socio, Diego, el jefe de operaciones establecido en el puerto flamenco. En 1512 la casa Mendes había abierto su primera delegación y su primer almacén en esta ciudad. Francisco, el mayor de los hermanos, había enviado allí a Diego a dirigir el negocio de la pimienta y las especias, y había entrado provisionalmente en sociedad con un cremonés llamado Giancarlo Affaitati. Al cabo de poco tiempo, otros cristianos nuevos habían seguido los pasos de Diego en Flandes. Manuel Serrão, Gabriel Negro y muchos otros pasaron a formar parte del sindicato y se enriquecieron en poco tiempo. Las rutas de las carabelas portuguesas habían abaratado en gran medida los precios de las mercancías que hacían la ruta terrestre a través de Asia y luego por barco hasta Venecia. Los preciosos bienes eran descargados en Lisboa, pero allí mismo eran embarcados de nuevo con destino a Amberes para ser exportadas de nuevo al mundo entero, que de repente estaba ansioso por gozar de ellas.

¿Quién sabe por qué se producen las alteraciones del gusto que se convierten en hábitos, por qué en los consumidores burgueses, patricios y aristocráticos —que durante siglos habían estado acostumbrados al sabor corrompido de la carne medio podrida y a la sequedad del pan y las pastas rancias— se efectuó de repente el cambio que supuso dejar de considerar las especias exóticas un lujo culinario y hacer de ellas una necesidad indispensable? Las especias asiáticas, entre ellas la pimienta y el clavo, habían estado presentes en la dieta europea (y también en la de Oriente Próximo) durante siglos, a menudo, como la canela de Sri Lanka, comercializadas por los judíos. Pero el largo tiempo que requería transportar la mercancía desde sus fuentes originarias hasta el mercado local —cruzando el océano Índico y el golfo Pérsico, para continuar por las rutas terrestres que llegaban al norte cruzando el Mediterráneo— hacía de ellas un producto carísimo, casi prohibitivo para todo el mundo excepto para la aristocracia, y las más volátiles, como la canela, eran difíciles de conservar en condiciones óptimas. Pero una vez que la pimienta entró en la dieta habitual de la clase media no hubo vuelta atrás, y nadie quiso seguir comiendo platos que no estuvieran debidamente aderezados con esa especia. La gastronomía experimentó su propio renacimiento. Los dulces, las golosinas y el pan de azúcar (pues los marranos se dedicaban también a la importación de las cosechas de las primeras plantaciones de caña establecidas en las islas del Atlántico, São Tomé, Madeira y las Azores) se convirtieron en un elemento habitual de la dieta. Pasteles y tartas, hogazas y púdines, todo se transformaría con la adición de una pizca de azúcar o de especias. Los melindres, los ponches, las natillas y los bizcochos… todo había que espolvorearlo con especias; tan apetitoso resultaba esparcir unos cuantos granos y pellas bien pulverizadas sobre la comida. Oriente se encontró con Occidente cuando los granos de comino o los clavos de olor empezaron a tachonar la masa sosa, dura y dorada del queso y la convirtieron en una delicia perfumada. Había que echar una pizca de nuez moscada hasta en un simple plato de habichuelas (como sigue haciéndose en Amberes y en Ámsterdam, donde las judías verdes del tipo que sean se llaman sperziebonen); la tortura del dolor de muelas se aliviaba de inmediato con una gota o dos de aceite de clavo.

Todos estos productos fueron introducidos en los paladares europeos por Giancarlo Affaitati y Diego Mendes, junto con otros cuantos socios con los que se sindicaron en algunas empresas específicas. En Amberes esta comunidad era llamada, como si de un nombre en clave se tratase, la «nación portuguesa». Los mercaderes que la integraban se hicieron tan ricos y su fortuna creció con tanta rapidez que en Lisboa y Amberes se reservaron calles enteras para instalar sus almacenes y sus residencias (a veces en un mismo edificio), invariablemente provistas de grandiosas fachadas de piedra. Disponían de un espacio destacado en la Bourse, el palacio de reciente construcción ricamente adornado con columnas y que albergaba la primera Bolsa del mundo. Esta abrió en 1531 con el fin de allegar capital para las empresas comerciales y comerciar en bonos, pagarés, futuros y letras de cambio. El grandioso barrio de Kipdorp —el emplazamiento de aquel reino comercial— era llamado el barrio «portugués». La casa de Diego Mendes era un palacio urbano acompañado de una serie de jardines simétricos, una corte comercial integrada por una familia de sesenta miembros, entre primos y tías, escribientes y secretarios, criados y cocineros (en su mayoría portugueses), que trabajaban con afán a todas horas en su interior. Imaginémonos sus cuadros y sus mapas, sus pavimentos de mármol, sus armarios de madera de sándalo, sus techos de artesonado, sus tapices en las paredes y sus alfombras turcas, o sus cortinajes de damasco y de brocado.

Los cristianos nuevos de Amberes, que habían creado este comercio, el primero verdaderamente global, ocupaban el centro de un perfecto bucle de retroalimentación comercial. Como los Fúcares (la familia Fugger) de Augsburgo, los Mendes había empezado tratando con la plata y el cobre del Tirol, aunque estaban establecidos muy lejos de la región en la que se encontraban las minas. Pero, a diferencia de los alemanes, disponían también de una red de proveedores asiáticos. Algunas cartas conservadas en el depósito medieval de la Genizá de El Cairo muestran la imagen de que los judíos se encontraban bien asentados en la costa de Coromandel, en la India, al menos desde el siglo XII, con amplias ramificaciones en el interior del país.[6] Durante los siglos de la Edad Media, las rutas comerciales se extendían por el océano Índico hasta el golfo Pérsico, y luego continuaban por tierra hasta Egipto y el Mediterráneo. Pero una vez que hicieron su aparición las flotas portuguesas el entramado mercantil se volvió global, y la comunidad más dispersa a lo largo y ancho del globo, pero también la más fuerte desde el punto de vista cultural, se encontraba en la mejor situación para sacar la mayor ventaja de esa coyuntura. Una vez más, para los judíos y sus descendientes conversos la desgracia de la dispersión se convirtió en una excelente oportunidad comercial. La familia Mendes en particular estaba muy bien posicionada para hacer un gran negocio de aquellos sectores en los que las finanzas se unían con el comercio. La empresa familiar estaba bien provista del capital necesario para crear flotas estacionales: la plata y el cobre en bruto, que era lo único que los mercaderes indios querían a cambio de sus especias. Cuando la pimienta de Malabar se descargaba en Lisboa, se volvía oficialmente propiedad del monopolio real, pero ¿de qué servía eso cuando se necesitaban con urgencia compradores y la corona de Portugal no había entrado en el negocio del comercio? Un imperio marítimo no salía barato, en especial si se necesitaban fuertes y almacenes para proteger sus avanzadillas en una región duramente acosada y llena de belicosos rajás hindúes y príncipes musulmanes, y la corona se veía asediada de manera crónica por la carencia de fondos. Pero ahí estaban los Affaitati y los Mendes para quitarle de encima el cargamento y quedárselo ellos. A veces le ofrecían un anticipo; otras, la corona tenía que esperar a que se efectuaran las ventas en Amberes antes de recibir su parte de la factura. De un modo u otro, las ganancias provenientes del comercio de la pimienta y las especias llegaron a constituir una cuarta parte de las rentas de la corona de Portugal. Pero la firma comercial que manejaba la mercancía dictaba las condiciones del trato, pagando bajos precios, trasladando el grueso de esta a Flandes, vendiendo a precios altísimos y embolsándose la cuantiosa diferencia. Puesto que otra ventaja de tratar directamente con la corona era la concesión de un monopolio, el sindicato podía manipular los precios reteniendo la mercancía y no haciéndola llegar al mercado internacional. Los beneficios se convertían luego en el dinero en metálico necesario para emprender nuevas navegaciones, y de ese modo la flota de la fortuna seguía echándose a la mar una y otra vez, rumbo a lo que parecía un perpetuo amanecer oriental.

Vistos desde las cortes y las arcas de los reinos cristianos viejos, ese sistema constituía una bendición solo a medias. Las inyecciones regulares de efectivo proveniente de los préstamos que concedían los cristianos nuevos permitían pagar unos ejércitos que, como había puesto dramáticamente de manifiesto el saco de Roma, de lo contrario podían servirse ellos mismos cobrándose lo que consideraban que se les debía y cometiendo de paso actos gravísimos además de bochornosos. Pero al emperador, Carlos V, siempre corto de numerario, le fastidiaba mucho tener que estar siempre desnudando a un santo para vestir a otro o, dicho de otra manera, firmar contratos con los cristianos nuevos para saldar sus cuentas con los alemanes. Una cosa iba ligada a la otra en una cadena infinita de deudas que de un modo u otro siempre remitía a esos cristianos nuevos, a sus gigantescas mansiones y almacenes, a sus barcos, a sus montones de plata, oro y perlas, y a sus despachos llenos de pagarés. El poder que ostentaban era, a juicio de los cristianos viejos, una necesidad perentoria, pero constituía al mismo tiempo una amenaza insoportable. Atrapados en este laberinto de ambiciones y gastos, acreedores y deudores eran poderosos y, al mismo tiempo, carecían de poder, viéndose obligados en todo momento a unirse y a separarse todo lo que pudieran. La codicia obligaba a los príncipes a hacer la vista gorda con las prácticas sospechosas de los cristianos nuevos, pero los ataques de piedad y las imprecaciones de los frailes los obligaban cada tanto a volver a adoptar una postura combativa. Luego vendrían las acusaciones, las detenciones, las confiscaciones y las amenazas veladas o no tan veladas, pese a que en los Países Bajos no existía la Inquisición. Pero siempre había algún modo de hacer que la vida de aquellos presuntuosos plutócratas judíos se volviera tan difícil que tuvieran que soltar una nueva carretada de oro para poder dedicarse de nuevo a sus negocios como si no hubiera pasado nada. Aquello no era más que extorsión pura y dura disfrazada de celo religioso.

En Portugal, el cuñado de Carlos, Juan III, pretendió empujar toda esta situación hasta sus lógicas consecuencias. Si conseguía persuadir por fin al papa Farnesio, Paulo III (no demasiado proclive a semejante idea), de que le permitiera introducir la Inquisición en su reino, los riquísimos cristianos nuevos portugueses serían desenmascarados, se demostraría que eran herejes judaizantes y perderían por ende sus bienes y sus personas. Al mismo tiempo, Juan era del todo consciente de que se trataba de un golpe irrepetible, por lo que sufría a causa de no saber qué era lo que le convendría más, si confiscar la fortuna de los Mendes o si continuar obligándolos a ponerla perpetuamente a su servicio. Sin ellos, su erario, siempre abrumado de cargas, quedaría a merced de los alemanes y los italianos, mucho más exigentes. Bien mirado, quizá resultara más útil mantenerlos cerca y vigilarlos con atención. De ese modo, en 1532 se promulgó un edicto real por el que se prohibía a los cristianos nuevos abandonar el reino, so pena de muerte, incluso para viajar a las Azores o a cualquiera de las islas situadas frente a las costas atlánticas de África. Cualquier cristiano que colaborara con ellos en su salida, en especial los capitanes de barco, podía ser también condenado a muerte en caso de ser descubierto. Cinco años después, Carlos y su hermana María, antigua reina de Hungría y en aquellos momentos gobernadora de los Países Bajos, propiedad de los Habsburgo, en uno de sus periódicos bandazos entre la línea dura y la actitud más blanda a la hora de abordar la cuestión de los marranos, permitieron que se reanudara la emigración desde Portugal a Flandes. Pero los líderes de la comunidad de cristianos nuevos no eran tan ingenuos como para suponer que el redescubrimiento de ese pragmatismo fuese a durar mucho tiempo. Había, por tanto, que aprovechar la ocasión. Era preciso que las jóvenes hermanas salieran de Lisboa antes de que el emperador o el rey cambiaran de idea o, peor aún, de que ellos mismos y su enorme fortuna cayeran en manos de la Inquisición.

La renovación del permiso de los cristianos nuevos portugueses para viajar a Amberes fue concedida solo con la condición de que ni se les pasara por la cabeza la idea de trasladarse a ellos o sus mercancías más al este, esto es, al reino enemigo de los turcos otomanos. La sola posibilidad de que llegara a ocurrir algo así sacaba de quicio a Carlos. Pero, por supuesto, ese era exactamente el destino que planeaban los hermanos Mendes cuando se dieron cuenta de que la Inquisición iba acorralándolos poco a poco. Lo único que pudieron hacer Carlos y María para calmar la ansiedad de la comunidad mercantil flamenca de religión cristiana (dedicada al comercio del paño y de otros productos a granel, sector para el que los cristianos nuevos no suponían competencia alguna) fue decir que la pérdida del imperio de la pimienta, las especias y el azúcar iba a suponer una auténtica catástrofe económica. Los reyes no podían soslayar su obligación de atender a sus deberes de cristianos, sobre todo si los mercaderes que se dedicaban al comercio de la pimienta eran herejes judíos y los dejaban sueltos. Como solía ocurrir, la espada que pendía sobre las cabezas notoriamente rígidas de estos últimos no se apartaría hasta que llegara una oferta de dinero lo bastante atractiva. Aquello era una extorsión, sí, pero se trataba de un chantaje real por la gracia de Dios.

Cada cierto tiempo los soberanos cristianos gustaban de repetir aquella situación. Tal vez fuera cuando el ridículo e insolente «emisario» judío David Ha-Reuveni y el autoproclamado mesías Salomón Molkho se presentaron ante Carlos en el momento en que este se hallaba presidiendo la Dieta Imperial de Ratisbona, cuando el emperador decidió que estaba ya harto de la desvergonzada presencia de los «falsos cristianos». Se efectuó un registro en la casa de Diego Mendes, donde se encontró literatura hebrea, en concreto una obra identificada como un libro de salmos. Los cargos que se le imputaron no podían ser más graves: práctica del judaísmo en secreto; actividades de proselitismo para convencer a otros de que abandonaran el cristianismo con el fin de volver a la fe judaica; delito de «lesa majestad contra Dios y el emperador»; y monopolio comercial, actividad que de repente se había vuelto delictiva. Pero la acusación más peligrosa era la de favorecer la fuga de judíos a Tesalónica, gobernada por los otomanos. Diego lo negó todo excepto el hecho de comerciar con los turcos y de prestar ayuda a los judíos que habían viajado a Venecia y a Ancona.

Obligado a combatir contra los protestantes y los turcos en dos frentes, Carlos V no estaba de humor para casuísticas. Pero si las protestas de inocencia de Diego no surtieron mucho efecto, las alarmas que empezaron a sonar en Portugal, el reino de su cuñado, indujeron a Carlos a pensarse mejor las cosas. Diego había sido detenido antes de que los cargamentos de especias de aquel año se hubieran vendido en Amberes, y por lo tanto antes también de que la corona portuguesa, que vivía al día, pudiera recibir la parte de los beneficios del comercio ultramarino que le correspondía. El suministro de dinero había quedado congelado con drásticas consecuencias inmediatas para el propio Carlos, cuya capacidad de hacer la guerra se vería comprometida ante cualquier incapacidad de cumplir a tiempo con sus obligaciones para con los Fúcares. La repercusión de la detención de un mercader cristiano nuevo tan poderoso como Diego Mendes podía suponer el desarme de todo el imperio.

Los familiares de Carlos vieron este peligro con más claridad que el propio emperador, entre otras cosas porque ellos serían los primeros en sentir cómo se cerraba el grifo del dinero. Tanto Juan III como su esposa, la reina Catalina, otra de las hermanas de Carlos, elevaron ante él airadas protestas. Lo hicieron en primera instancia a ruegos del hermano mayor y socio de Diego en Lisboa, Francisco, que hizo todo lo posible para conseguir la liberación de su hermano en Amberes. Juan escribió una carta al emperador en la que calificaba a Francisco, su marrano favorito, el «más importante, más considerable y mejor surtido mercader conocido hoy en día», quien «a todos los respectos ha servido siempre tan satisfactoriamente que le estoy agradecidísimo y tengo muchos motivos para alegrarme de otorgarle mi gracia y mis favores».[7] Tanto el rey como la reina rogaron al emperador que usase su influencia para conseguir que Diego y sus «derechos» fueran tratados con respeto y equidad, y que se llevara a cabo una investigación adecuada e imparcial. Lo que se deducía era que los cargos de judaización carecían de fundamento, cosa que por una parte era verdad, aunque por otra no. La situación era de lo más sorprendente: el rey de Portugal, cuyo afán de introducir la Inquisición en su reino era bien conocida, hacía todo lo posible por favorecer a un marrano acusado de judaizar y al que en estas cartas no solo le daba su nombre de cristiano nuevo, sino también el de Benveniste, su antiguo apellido judío. Juan sabía todo lo necesario sobre Diego Mendes, pero ante la falta de efectivo se imponía la necesidad. También intervinieron otros miembros de la real cofradía de los sin blanca, en particular Enrique VIII de Inglaterra, que en 1532 era todavía un buen católico y cuyo gobierno dependía también de los préstamos regulares del negocio bancario de la casa Mendes. Thomas Cromwell, que había coincidido con Diego y con la «nación portuguesa» durante el tiempo que estuvo en Amberes, fue nombrado canciller de Hacienda en 1533 y participó de la consternación general provocada por el potencial hundimiento de la empresa.

De este modo, Carlos cedió. El precio que se cobraron María y el emperador (tan rapaz como santurrón) por liberar a Diego fue ni más ni menos que cincuenta mil ducados de oro, pagados por adelantado. Se trataba de un chantaje puro y duro, pero funcionó. Diego fue puesto en libertad y no pisó la cárcel, pero el impacto de su detención —la sensación de que el más poderoso de todos ellos podía ser fulminado en un instante, convertido en un pordiosero de la noche a la mañana, quizá puesto en manos del verdugo o enviado a la hoguera— no se olvidaría nunca dentro del círculo familiar. En Lisboa, Francisco empezó a pensar en lo impensable: ¿no sería quizá más prudente para la empresa y para la familia ir trasladando poco a poco sus activos y a las propias personas a un lugar más seguro, Venecia quizá, o (sin decirlo siquiera, debido a los riesgos fatales que una cosa así conllevaba) incluso más al este, fuera completamente del mundo cristiano? Semejante proyecto, aunque provisional, era peligrosísimo. El cargo más grave que podía imputarse a los cristianos nuevos, peor que el de judaización, era el de ayudar y favorecer a los turcos. Y ¿qué ayuda más eficaz podía haber que la migración a Oriente de una de las mayores fortunas del mundo? Pero, pese a la prudencia de sus cavilaciones, en su menta Francisco se encontraba ya en tránsito. Corría ya 1534 y sentía (y con razón, como no tardaría en demostrarse) que la muerte se acercaba a toda velocidad. Era preciso tomar disposiciones muy precisas. Tal como permitían las leyes portuguesas, la mitad de su inmenso patrimonio sería legado a su viuda, de solo veinticuatro años; otros dos tercios del resto irían a parar a su hija Brianda. Lo que quedara sería utilizado para un funeral en consonancia con la riqueza y el poder de Francisco. En el momento en que tuvo lugar ese funeral, unos meses más tarde, todo estaba ya dispuesto para el traslado en caso de que sucediera lo peor y de que el rey Juan III, recién provisto de fondos, se viera libre de la obligación de mendigar ayuda a los marranos y reanudara sus esfuerzos con vistas a introducir la Inquisición en Portugal.

Que esto último sucediera o no dependía de la presión que Carlos V lograra ejercer sobre el papa Paulo III. Como Clemente VII, Paulo no tenía ninguna prisa por poner más presión sobre los cristianos nuevos que tan útiles habían resultado para él y para su tesoro. Pero un emperador impaciente era un emperador amenazante, y la imagen que tenía Carlos de sí mismo como campeón universal de la cristiandad iba engrandeciéndose con cada campaña que emprendía. En 1535 había obtenido una gran victoria naval frente a las costas del norte de África sobre la armada de Hayreddin Barbarroja, hasta ese momento una formidable marina de guerra construida por encargo del sultán en los astilleros de Constantinopla. El espectacular botín que supuso la captura de Túnez, o lo que quedó de este país tras su saqueo, se lo llevaron los cristianos, y la consiguiente euforia insufló en el emperador nuevos ánimos de cruzada. Se despertó en su interior la perspectiva de inaugurar la edad de oro del cristianismo, quizá incluso de reconquistar Jerusalén. Se reanudó la presión imperial sobre Roma para que esta entregara a los cristianos nuevos portugueses. El 23 de mayo de 1536, el Santo Oficio de la Inquisición fue establecido oficialmente en Portugal. Cuatro años después Lisboa asistiría, con el entusiasmo festivo habitual, a su primer auto de fe. La quema de la carne de los vivos, de los huesos de los muertos, e incluso de las efigies de los condenados in absentia tendría lugar a intervalos regulares hasta bien entrado el siglo XVIII. La quema en efigie habría sido considerada una mascarada absurda de no ser porque comportaba además la confiscación de los bienes de los reos.

El plan de emigración precautoria de los Mendes ya se había puesto en marcha cuando llegó otra alarmante noticia del todo distinta, que no vino más que a precipitarlo. Para asegurarse de que, al margen de lo que pudiera suceder a la familia Mendes en manos de la Inquisición portuguesa, sus bienes permanecieran a su alcance, Juan III propuso en términos concluyentes a la viuda de Francisco, Beatriz, que su hija, la pequeña heredera Brianda, fuera llevada a la corte para que la reina Catalina la criara como tutora y la casara con algún caballero de impecable raigambre cristiana vieja y de noble cuna. De ese modo, la mancha de su origen que pudiera seguir afectando a la dinastía quedaría por fin lavada. Aunque fingiera sentirse halagada, la familia Mendes estaba terriblemente preocupada. Aparte de la aversión a aquella cristianización irreversible, había que considerar la faceta material del asunto. Los casamientos dentro del propio clan habían sido siempre la mejor estrategia para controlar la fortuna que compartían todos sus miembros. Una cosa era que un Mendes se casara con otro cristiano nuevo en la iglesia para guardar las apariencias, y otra del todo distinta ir al altar de la mano de un cristiano viejo de familia de rancio abolengo. Ahora sí que no había más remedio. La niña, su madre y su tía —todas las Mendes— tenían que salir de Portugal. Y rápido.

En alta mar, empujadas por los vientos estivales de 1537, las dos hermanas de origen marrano fueron cambiando de puertos y de identidad. Cuando estaban en compañía de terceros eran Beatriz y Brianda de Luna; pero bajo cubierta, cuando no había intrusos a su alrededor que pudieran oírlas, se llamaban a sí mismas por los nombres judíos que acabarían por asumir: Gracia y Reyna. La fidelidad a los nombres, por bien disfrazados que estuvieran, importaba mucho en el mundo de los marranos. Lo mismo que el hecho de que antes de ser bautizados y de convertirse en Mendes en España, los antepasados de la familia Benveniste habían ejercido también de rabinos, el más grande de los cuales había sido Sheshet ben Isaac ben Yosef —sinónimo de piedad y erudición—, arabista, médico, intérprete del Talmud y de la Torá y filósofo. El bisabuelo de Francisco, Diego y Gonçalo, Abraham Benveniste, había ascendido hasta convertirse en rab de la corte (o rabino mayor de Castilla), responsable ante la corona de las comunidades judías del reino, encargado de asignar y cobrar los tributos y de gestionar las finanzas de todo el país. Su descendiente, Beatriz de Luna, tal vez recibiera su nombre en recuerdo del gran noble toledano don Álvaro de Luna, que había sido un importante protector y benefactor de los judíos y que después caería en desgracia.

El prestigio de los Benveniste supuso que en 1492, el año de la expulsión, fueran una de las seiscientas familias destacadas a las que les fueron concedidas unas generosas condiciones para su establecimiento en Portugal (mientras que a más de cien mil correligionarios suyos solo se les permitió permanecer seis meses en el reino).[8] Esta circunstancia no los libró de la conversión forzosa impuesta en Portugal en 1497, pero el propio hecho de la coerción, junto con la promesa que hizo el rey Manuel I de dejar en paz a los cristianos nuevos durante veinte años, demuestra que la doble lealtad religiosa de los marranos continuaba. Una salchicha elaborada con carne blanca de pollo podía pasar por ser de cerdo (lo que todavía sigue llamándose en Lisboa «salchicha de marrano»). Quizá efectuaran minuciosos cambios de vestido el viernes por la noche. Los más atrevidos quizá encontraran la forma de celebrar la fiesta de Purim, la celebración de Ester, con dulces y canciones en judeoespañol (ladino). Nada de esto equivalía a judaísmo, pero representaba cierta forma de mantener co ...