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LA HISTORIA DE LOS JUDíOS

Paul Johnson  

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Fragmento

Créditos

Título original: A History of the Jew

Traducción: Aníbal Leal

1.ª edición: septiembre, 2017

© Paul Johnson, 1987

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa

del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-804-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Prólogo

1. Los israelitas

2. El judaísmo

3. La catedrocracia

4. El gueto

5. La emancipación

6. El Holocausto

7. Sión

Epílogo

Glosario

Notas

Dedicatoria

Dedico este libro

a la memoria de Hugh Fraser,

auténtico caballero cristiano

y amigo de toda la vida de los judíos.

Agradecimientos

Agradecimientos

Ésta es una interpretación personal de la historia judía. Las opiniones expresadas (y los posibles errores) me pertenecen. Pero la deuda que he contraído con muchos estudiosos resultará evidente para quien examine las notas referidas a las fuentes. Estoy especialmente agradecido a los directores de la Encyclopaedia Judaica, que ha constituido una guía indispensable, y a la valiosa compilación realizada por H. H. Ben Sasson, La historia del pueblo judío. Mi comprensión del tema se ha visto facilitada por los estudios monumentales de S. W. Baron, S. D. Goitein y G. G. Scholem, y he contado con la importante ayuda de obras de historiadores como Cecil Roth, Alexander Marx, Alexander Altmann, Hyam Maccoby, Jonathan I. Israel, Michael Marrus, Ronald Sanders, Raul Hilberg, Lucy Davidowicz, Robert Wistrich y Martin Gilbert. He comprobado la especial utilidad de las obras de Samuel Belkin, Arthur A. Cohen y Meyer Waxman en lo relativo a las creencias y las opiniones judías. Hyam Maccoby y Chaim Raphael tuvieron la generosidad de leer el texto completo y realizaron numerosas sugerencias y rectificaciones útiles. También he contraído una deuda de gratitud con el revisor del texto, Peter James, y con mi hijo, Daniel Johnson, que trabajaron con el material, y especialmente con mi revisora de Weidenfeld & Nicolson, Linda Osband, que en ésta como en ocasiones anteriores ha prestado servicios de valor inestimable a mi obra. Finalmente, debo agradecer a lord Weidenfeld el coraje que demostró y que me permitió abordar esta tarea de enormes proporciones.

Prólogo

Prólogo

¿Por qué he escrito una historia de los judíos? Existen cuatro razones. La primera responde a la mera curiosidad. Cuando estaba trabajando en mi Historia del cristianismo, caí en la cuenta de la magnitud de la deuda que el cristianismo tiene con el judaísmo. El Nuevo Testamento no sustituyó al Antiguo, como me habían enseñado a creer, sino que el cristianismo aportó una nueva interpretación a una antigua forma del monoteísmo, transformándola gradualmente en una religión distinta, pero conservando gran parte de la teología moral y dogmática, la liturgia, las instituciones y los conceptos fundamentales de su antepasada. Decidí entonces que, si se me presentaba la oportunidad, escribiría acerca del pueblo que había originado mi fe, exploraría su historia hasta los orígenes y después hasta el presente, y forjaría mis propias ideas acerca de su papel y su significado. El mundo tendía a ver a los judíos como un pueblo que se había autogobernado en la Antigüedad y escrito su propia historia en la Biblia; que había quedado relegado durante muchos siglos; que finalmente había emergido, para ser masacrado por los nazis; y, por fin, que había creado su propio estado, controvertido y asediado. Pero éstos eran apenas los episodios más destacados. Deseaba unirlos, hallar y estudiar las porciones faltantes, reunirlas en un todo, y conferirles un sentido.

Mi segunda razón ha sido el entusiasmo que me provocaba la amplitud misma de una historia que, desde los tiempos de Abraham hasta el presente, abarca casi cuatro milenios. Es decir, más de tres cuartas partes de la historia de la civilización. Soy un historiador que cree en la continuidad y que se complace en rastrearla. Los judíos construyeron una identidad propia antes que casi todos los restantes pueblos que aún sobreviven. La han mantenido, en medio de abrumadoras adversidades, hasta el momento actual. ¿Cuál es el origen de esa entereza extraordinaria? ¿Qué particular fuerza alentó la idea que hizo a los judíos diferentes y mantuvo su homogeneidad? ¿Su persistente poder reside en su inmutabilidad esencial, en su capacidad de adaptación, o en ambas cosas? Éstas son arduas cuestiones con las que es preciso lidiar.

Mi tercera razón es que la historia judía no sólo abarca amplios periodos, sino también enormes áreas. Los judíos han penetrado en muchas sociedades y han dejado su impronta en todas. Escribir una historia de los judíos es casi como escribir una historia del mundo, pero desde una perspectiva sumamente peculiar. Se trata de una historia del mundo observada desde el punto de vista de una víctima culta e inteligente. De manera que el esfuerzo de aprehender la historia desde el punto de vista de los judíos produce percepciones esclarecedoras. Dietrich Bonhoeffer observó el mismo efecto cuando se hallaba recluido en una prisión nazi: «Hemos aprendido —escribió en 1942— a ver los grandes acontecimientos de la historia del mundo desde abajo, desde la perspectiva de los excluidos, los sospechosos, los maltratados, los impotentes, oprimidos y despreciados; en resumen, los que sufren.» Le pareció, dijo, «una experiencia de valor inestimable». El historiador observa un mérito análogo cuando relata la historia de los judíos, porque ésta aporta la nueva y reveladora dimensión del oprimido.

Finalmente, el libro me ha ofrecido la oportunidad de reconsiderar objetivamente, a la luz de un estudio que abarca casi cuatro mil años, el más difícil de todos los interrogantes humanos: ¿para qué estamos sobre la Tierra? ¿Es la historia una simple serie de hechos cuya suma carece de significado? ¿No existe una diferencia moral esencial entre la historia de la raza humana y la historia de, por ejemplo, las hormigas? ¿O existe un plan providencial del cual somos, aunque humildemente, los agentes? Ningún pueblo ha insistido con más firmeza que los judíos en que la historia tiene un propósito y la humanidad un destino. En una etapa temprana de su existencia colectiva, los judíos creían que habían descubierto un plan divino para la raza humana, de la cual su propia sociedad debía ser el piloto. Desarrollaron ese papel con minucioso detalle. Se aferraron a él con heroica persistencia frente a sufrimientos atroces. Muchos de ellos aún creen en esa misión. Otros lo convirtieron en una sucesión de actividades prometeicas destinadas a elevar nuestra condición por medios puramente humanos. La concepción judía se convirtió en prototipo de muchos grandes designios análogos aplicados a la humanidad, tanto de procedencia divina como humana. Por consiguiente, los judíos están en el centro mismo del permanente intento de conferir a la vida humana la dignidad de un propósito. ¿Sugiere su propia historia que vale la pena realizar esos esfuerzos? ¿O revela su esencial futilidad? Abrigo la esperanza de que el relato que sigue, resultado de mi propia investigación, ayude a los lectores a responder por sí mismos a tales interrogantes.

1. Los israelitas

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Los israelitas

Los judíos son el pueblo más tenaz de la historia, y Hebrón es buena prueba de ello. Se encuentra a unos treinta kilómetros al sur de Jerusalén, a mil metros de altura, en las montañas de Judea. Allí, en la cueva de Macpelá, están las Tumbas de los Patriarcas. De acuerdo con una antigua tradición, un sepulcro, de mucha antigüedad, contiene los restos de Abraham, patriarca de los judíos y fundador de su religión. Junto a su tumba está la de su esposa Sara. En el interior del edificio se encuentran las tumbas gemelas de su hijo Isaac y su esposa Rebeca. Al otro lado del patio interior se hallan otro par de sepulcros, el de Jacob, nieto de Abraham, y el de su esposa Lía. Fuera del edificio, la tumba de José, hijo de Jacob y Raquel.1 Allí es donde comenzó la historia de cuatro mil años de los judíos, hasta donde es posible situarla en el tiempo y el espacio.

Hebrón posee una belleza venerable. Transmite la paz y la quietud característica de los antiguos santuarios; sin embargo, sus piedras son testigos mudos de luchas constantes y de cuatro milenios de disputas religiosas y políticas. Ha sido sucesivamente un santuario hebreo, una sinagoga, una basílica bizantina, una mezquita, una iglesia de los cruzados y, después, de nuevo una mezquita. Herodes el Grande la rodeó con un majestuoso muro, que aún existe, y se eleva a doce metros de altura; está formado por grandes piedras talladas, algunas de las cuales tienen siete metros de longitud. Saladino adornó el santuario con un púlpito. Hebrón refleja la larga y trágica historia de los judíos y su inigualable capacidad para sobrevivir al infortunio. Allí se ungió rey a David, monarca de Judá (2 Samuel 2:1-4) y después de todo Israel (2 Samuel 5:1-3). Cuando Jerusalén cayó, los judíos fueron expulsados y el lugar fue poblado por Edom. Fue conquistado por Grecia, después por Roma, convertido, saqueado por los zelotes, incendiado por los romanos y ocupado sucesivamente por árabes, francos y mamelucos. A partir de 1266 se prohibió a los judíos entrar a orar en la cueva. Únicamente se les permitía ascender siete peldaños por el lado de la pared oriental. En el cuarto peldaño introducían sus peticiones a Dios en un orificio de dos metros de profundidad perforado en la piedra. Se utilizaban palos para empujar los pedazos de papel, hasta que caían en la cueva.2 Incluso así, los que pedían corrían peligro. En 1518 se produjo una terrible masacre otomana de los judíos de Hebrón. Tras ella se reorganizó una comunidad de eruditos piadosos, que llevó una existencia insegura, y estuvo formada, en distintas ocasiones, por talmudistas ortodoxos, estudiosos de la cábala mística e incluso por judíos ascetas, que se flagelaban cruelmente hasta que la sangre salpicaba las piedras veneradas. Después, los judíos habrían de dar la bienvenida al falso Mesías, Shabbetái Zevi, en la década de 1660, y también llegaron los primeros peregrinos cristianos modernos en el siglo XVIII, colonos judíos seculares un siglo después y los conquistadores británicos en 1918. La comunidad judía, nunca muy numerosa, fue atacada violentamente por los árabes en 1929 y otra vez en 1936, cuando prácticamente la exterminaron. Cuando los soldados israelíes entraron en Hebrón, durante la guerra de los Seis Días de 1967, hacía una generación que no vivía allí un solo judío. No obstante, en 1970 se restableció un modesto asentamiento que, a pesar de los graves temores y la incertidumbre, ha florecido.

De modo que cuando el historiador visita hoy Hebrón, se pregunta dónde están todos esos pueblos que otrora ocuparon el lugar. ¿Dónde los cananeos? ¿Dónde los idumeos? ¿Dónde están los antiguos helenos y los romanos, los bizantinos, los francos, los mamelucos y los otomanos? Se han desvanecido irrevocablemente en el tiempo. Pero los judíos continúan en Hebrón.

Hebrón es, por lo tanto, un ejemplo de la obstinación judía a lo largo de cuatro mil años. También ilustra la extraña ambivalencia de los judíos hacia la posesión y la ocupación de la tierra. Ningún pueblo ha mantenido durante un periodo tan prolongado un vínculo tan emotivo con determinado rincón del planeta. Y al mismo tiempo, ningún otro pueblo ha exhibido un instinto tan enérgico y persistente hacia la emigración, tanto coraje y habilidad para arrancar y volver a plantar sus raíces. No deja de ser curioso que, durante más de tres cuartas partes de su existencia como pueblo, la mayoría de los judíos hayan vivido fuera de la tierra que consideran suya. Y hoy la situación es la misma.

Hebrón es protagonista de la primera adquisición de tierras registrada. El capítulo 23 del Génesis cuenta que Abraham, después de la muerte de su esposa Sara, decidió comprar la cueva de Macpelá y las tierras que la rodeaban para sepultar allí a su esposa y, en última instancia, ser enterrado él mismo. El fragmento es uno de los más importantes de toda la Biblia y condensa una de las tradiciones judías más antiguas y más tenazmente conservadas, sin duda muy querida y de capital importancia para este pueblo. Es quizás el primer pasaje de la Biblia que registra un hecho concreto, presenciado y descrito a través de una extensa cadena de recitaciones orales, y por lo tanto un documento que preserva detalles auténticos. Se describen minuciosamente la negociación y la ceremonia de la compra. Abraham era lo que ahora podría denominarse un extranjero, aunque hacía mucho que residía en Hebrón. Para poseer bienes raíces en el lugar, se necesitaba, además de poder adquisitivo, el consentimiento público de la comunidad. La tierra era propiedad de un dignatario llamado Efrón el Hitita, un semita occidental y habiru de origen hitita.3 Abraham necesitaba obtener primero el consentimiento formal de la comunidad, «los hijos de Het», «el pueblo de la tierra», para consumar la transacción; después, negociar el precio con Efrón, 400 siclos (es decir, monedas) de plata; después, tener las monedas, dinero «corriente de mercader», pesado y entregado en presencia de los ancianos de la comunidad.

Fue un episodio memorable en una pequeña comunidad, que implicaba la transferencia de la propiedad y un cambio de posición social: las reverencias rituales, los disimulos y las falsas cortesías, la firmeza y el regateo, son todos hechos que aparecen reflejados con brillantez en la narración bíblica. Pero lo que más impresiona al lector, lo que queda grabado en la memoria, son las conmovedoras palabras con que Abraham comienza la transacción: «Soy un extranjero y un hombre de paso entre vosotros»; y después, una vez concluido el episodio, la afirmación repetida de que la tierra «fue asegurada como posesión de Abraham» por la gente del lugar (Génesis 23:20). En el primer episodio auténtico de la historia judía, se manifiestan de manera impresionante las ambigüedades y preocupaciones de este pueblo.

¿Quién era este Abraham, y de dónde venía? El Libro del Génesis y los pasajes bíblicos relacionados son la única prueba de que existió, y el material fue recogido por escrito unos mil años después de su vida. El valor de la Biblia como registro histórico ha sido tema de intensa discusión durante más de doscientos años. Hasta aproximadamente el año 1800, la opinión que prevalecía tanto entre los eruditos como entre los legos era que las narraciones bíblicas estaban inspiradas por la divinidad y eran ciertas en el conjunto y en el detalle; pese a que muchos estudiosos, tanto judíos como cristianos, habían sostenido durante siglos que, sobre todo, los primeros libros de la Biblia contenían muchos pasajes que no debían interpretarse literalmente, sino como símbolos o metáforas. Desde las primeras décadas del siglo XIX, un nuevo enfoque, cada vez más profesional y «crítico», obra sobre todo de los estudiosos alemanes, desechó el Antiguo Testamento como registro histórico y clasificó como mito religioso extensos fragmentos del material. Los primeros cinco libros de la Biblia, el Pentateuco, fueron presentados entonces como una leyenda transmitida oralmente y originada en varias tribus hebreas, las cuales le dieron forma escrita sólo después del Exilio, durante la segunda mitad del I milenio a. C. Estas leyendas, decía la argumentación, estaban cuidadosamente manipuladas, armonizadas y adaptadas con el fin de aportar justificación histórica y sanción divina a las creencias, las prácticas y los ritos religiosos del sistema israelita del postexilio. Los individuos descritos en los primeros libros no eran personas reales, sino héroes míticos o figuras que representaban a tribus enteras.4

De este modo, no sólo Abraham y los otros patriarcas, sino también Moisés y Aarón, Josué y Sansón, se disolvieron en el mito y se convirtieron en figuras que no eran más concretas que Hércules y Perseo, Príamo y Agamenón, Ulises y Eneas. Bajo la influencia de Hegel y sus seguidores, la revelación cristiana y judía, según aparece en la Biblia, fue reinterpretada como un proceso sociológico determinista que partía de la superstición tribal primitiva para llegar a la eclesiología urbana culta. El papel único y divinamente establecido de los judíos pasó a segundo plano, se debilitaron progresivamente los resultados obtenidos por el monoteísmo mosaico, y la reelaboración de la historia del Antiguo Testamento se vio impregnada de cierto antijudaísmo sutil, teñido incluso de antisemitismo. El trabajo colectivo de los estudiosos bíblicos alemanes se convirtió en ortodoxia académica y alcanzó un elevado nivel de persuasión y complejidad en las enseñanzas de Julius Wellhausen (1844-1918), cuya notable obra, Prolegomena zur Geschichte Israels [Prolegómenos a la historia de Israel], fue publicada en 1878.5 Durante medio siglo Wellhausen y su escuela dominaron el planteamiento de los estudios bíblicos, y muchas de sus ideas continúan influyendo aún hoy en la lectura que el historiador hace de la Biblia. Algunos destacados estudiosos del siglo XX, entre ellos M. Noth y A. Alt, conservaron este planteamiento esencialmente escéptico, catalogando de míticas las tradiciones del periodo precedente a la conquista y argumentando que los israelitas se convirtieron en pueblo en la tierra de Canaán, y no antes del siglo XII a. C.; la conquista misma fue también sobre todo un mito, pues se trató principalmente de un proceso de infiltración pacífica.6 Otros propusieron buscar los orígenes de Israel en el retiro de una comunidad de fanáticos religiosos que se apartaron de una sociedad cananea a la que consideraban corrupta.7 Éstas y otras teorías desecharon toda la historia bíblica anterior al Libro de los Jueces como obras básica o totalmente de ficción, y a Jueces como una mezcla de ficción y realidad. Se arguyó que la historia israelita no adquiere una base sustancial de verdad hasta la época de Saúl y David, cuando el texto bíblico comienza a reflejar la realidad de las historias y los registros de la corte.

Lamentablemente, los historiadores rara vez son tan objetivos como ellos mismos desean. La historia bíblica, que para los cristianos, los judíos y los ateos por igual implica creencias o prejuicios que llegan a la raíz misma de nuestro ser, es una esfera en la cual la objetividad es harto difícil, cuando no del todo imposible. Además, las distintas ramas del estudio arrastran sus propias deformaciones profesionales. Durante el siglo XIX y gran parte del XX, la historia bíblica estuvo dominada por los especialistas en los textos, que por instinto y formación tendieron y tienden a fragmentar las narraciones bíblicas, identificar las fuentes y los motivos de quienes las agruparon, seleccionar sobre esta base los pocos fragmentos auténticos y después reconstruir los hechos a la luz de la historia comparada. Sin embargo, con el desarrollo de la arqueología científica moderna se ha manifestado una fuerza contraria, pues la inclinación de los arqueólogos es la de utilizar como guías los textos antiguos y buscar la confirmación en los restos físicos. En Grecia y Asia Menor, el descubrimiento y la excavación de Troya, de Cnosos y otros asentamientos minoicos en Creta, y de l

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