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LA INVASIóN DE LAS TINIEBLAS (TRILOGíA CONDENADOS 3)

Glenn Cooper  

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Fragmento

1

La mitad de los chavales permanecían de pie, hundidos en el barro hasta los tobillos. Los otros cinco estaban unos metros más allá, en terreno pantanoso. Ninguno dijo una palabra hasta que Harry Shipley, un año más joven que todos los demás y propenso a los ataques de pánico en situaciones mucho menos inquietantes, empezó a gimotear. Solo tenía trece años, oficialmente era demasiado joven para formar parta de ese curso, pero su nivel académico era tan alto que no pudieron retenerlo en el que le correspondía por edad.

—Tranquilo, Harry —le ordenó Angus, buscando algo que le resultase familiar en el desolado paisaje—. No es un buen momento para comportarte como un crío.

Angus Slaine era el delegado de clase en el colegio Belmeade. Era muy alto para su edad y endiabladamente guapo, con un rostro anguloso y una melena rubia. Glynn Bond, su mejor amigo, fue el primero en salir chapoteando del agua. Angus le siguió y Glynn le tendió la mano.

—¿Qué coño es esto? —preguntó Glynn. Era un chico musculoso, con un fornido cuerpo de luchador y un centro de gravedad bajo.

Angus se quitó los mocasines y los puso boca abajo para vaciarlos de agua.

—¿Es una pregunta o una exclamación? —dijo simplemente.

—Quiero saber qué está pasando —respondió Glynn sacudiendo también sus zapatos.

Boris Magnusson lo miraba todo boquiabierto.

—Todos queremos saberlo —murmuró por fin.

Harry se sujetaba los pantalones de lana que, sueltos, se le habían escurrido hasta la mitad del trasero. Entre sollozos, explicó que la hebilla de su cinturón había desaparecido.

—Cierra el pico —le gritó Angus—. No te lo voy a repetir. Y vosotros tres, ¿queréis dejar de mirar con cara de idiotas y salir del agua?

Los chicos obedecieron y se unieron a los demás en la zona de hierba. Una vez juntos, intentaron encontrar una explicación cabal a lo sucedido. Habían vuelto al dormitorio común para cambiarse de ropa después de hacer deporte y volver a ponerse el uniforme escolar y prepararse para ir a clase de matemáticas. Era su primer año en secundaria y aunque tenían por delante todo el curso hasta los exámenes, la presión había aumentado, sobre todo para los que tenían dificultades en los estudios.

En el elitista colegio de Belmeade era tradición presionar a los alumnos recordándoles constantemente la dificultad del examen final de ese curso. Boris y Nigel Mountjoy sufrían para mantener un nivel académico aceptable, y Angus había aceptado la responsabilidad de echarles un cable. Encontró la solución al contemplar la cara ratonil y llena de acné de Harry. El irritante Harry. El genio de las matemáticas. El tío al que apodaban Mierdecilla, el chaval al que todos los alumnos querían pegar. Angus le propuso un pacto tácito. Harry ayudaría a Nigel y Boris con los estudios y, a cambio, él lo protegería. Aceptó y sellaron el acuerdo.

Estaban a punto de salir del dormitorio con cinco minutos de margen, tiempo más que suficiente para cruzar el campo de deportes, subir por la escalera y sentarse en sus respectivos pupitres en la clase del señor Van Ness cuando, un instante después, se encontraron en el claro de un bosque, la mitad de ellos metidos en una charca asquerosa y el resto sobre la hierba.

Danny Leung preguntó a los demás si sus uniformes estaban tan destrozados como el suyo. Era un completo marginado que se había ganado el respeto de todos gracias a sus dotes como jugador de fútbol. Su padre era el agregado cultural de la embajada china. Cuando Danny se matriculó en Belmeade como estudiante de bachillerato, el padre de Angus había comentado como de pasada durante una cena familiar que el señor Leung probablemente fuese un espía y el chico transmitió la jugosa información a sus compañeros. Desde entonces, Danny pasó a ser Danny el Rojo.

—No se trata solo de la hebilla del cinturón. También han desaparecido la cremallera, los botones y la corbata.

Todos tenían los mismos problemas de vestuario.

Craig Rotenberg quiso saber si acaso habían tomado gachas para desayunar.

—¿Qué tipo de pregunta estúpida es esta? —inquirió Glynn.

—No es estúpida —se defendió Craig—. Es posible que nos hayan drogado. Quizá nos han dormido y alguien nos ha sacado del colegio.

—Yo no he desayunado gachas —intervino Nigel.

—Yo tampoco —añadió Danny—. Odio las gachas.

—Eso no significa que no nos hayan drogado —insistió Craig.

—Materiales naturales. —Todos miraron a Harry, que lo repitió con más énfasis—. Materiales naturales.

—¿Qué dices, cretino? —le preguntó indignado Nate Blanchard.

—Las camisas, los calcetines y la ropa interior que llevamos son de algodón —explicó Harry, sorbiéndose los mocos después de lloriquear—. Las chaquetas y los pantalones son de lana. Los zapatos, de cuero. Todas las piezas de metal, los botones de plástico y las corbatas de poliéster han desaparecido.

—¿A quién le importa lo que le haya pasado a nuestra ropa? —gritó Boris—. El puto colegio entero ha desaparecido.

—Tendremos que inspeccionar los alrededores —propuso Angus, señalando con la mano la zona boscosa que los rodeaba—. Tiene que haber alguien en alguna parte.

—¿Qué hacemos para que no se nos caigan los pantalones? —quiso saber Boris.

Kevin Pickles era un chico que compensaba su corta estatura con respuestas agudas como estocadas. Hacer reír a los otros chavales era mucho mejor que soportar que le apodasen Pepinillo. Se había alejado del grupo y ahora los llamaba desde la hierba alta que crecía alrededor de la charca.

—¿Qué me dais si consigo que no enseñéis el culo?

—¿Qué has encontrado? —le preguntó Danny.

Kevin levantó dos cañas de pescar por encima de su cabeza y corrió a reunirse con los otros. Angus las inspeccionó y decidió que eran una porquería, poco más que unas ramas largas cortadas con toscos sedales atados en el extremo. Los punzantes anzuelos estaban hechos con huesos tallados. Dos gusanos se retorcían en la punta.

—Déjame ver una —pidió Glynn, que cogió una de las cañas e inspeccionó el sedal—. ¿De qué está hecho? Esto no es nailon.

Stuart Cobhan era el pescador del grupo. Le quitó la caña de las manos, deslizó los dedos por el sedal y afirmó:

—Creo que es tripa.

—Qué asco —murmuró Andrew Pender, un chico pálido y delgaducho que contaba con que Harry fuese el principal objeto de burla.

Stuart probó la resistencia del sedal y sentenció que era perfecto para el uso que pretendían a darle.

—No tenemos nada con lo que cortarlo —objetó Nigel.

—Claro que sí —respondió Stuart, y se llevó el sedal a la boca. Lo mordió y utilizó los dientes inferiores a modo de sierra hasta que consiguió cortarlo. Pocos minutos más tarde cada uno de los chicos disponía de unos centímetros de cordón para ajustarse los pantalones y algunos también se anudaron con él las camisas.

Angus era consciente de que todos esperaban que eligiese una dirección hacia la que encaminarse. Miró a su alrededor en busca de inspiración. El cielo era de una monótona tonalidad gris. Las masas boscosas que los rodeaban tenían un color más cercano al negro que al verde. La ligera brisa que soplaba traía un leve hedor.

—Por ahí —decidió Angus.

Nadie le pidió que justificase su decisión. Lo siguieron por el prado, agrupados sin orden alguno. Glynn avanzó hasta ponerse a su altura.

—Tiene que haber una explicación —comentó.

—Quizá nos estén sometiendo a algún tipo de prueba —respondió Angus—. Puede que se trate de un programa de televisión.

—No veo ninguna cámara —apuntó Glynn.

Harry había empezado a lloriquear de nuevo.

—¿Quieres que le haga callar?

Angus no respondió. Estaba señalando algo en el suelo.

—Mira esto.

Stuart, que utilizaba una de las cañas de pescar como bastón, apartó con ella la hierba en la zona que Angus señalaba.

—Parece sangre —dijo.

—Creo que tienes razón —ratificó el líder del grupo—. Allí hay más. Hay un rastro de sangre. Creo que se dirige hacia el bosque.

—Deberíamos tener cuidado —advirtió Glynn—. Necesitamos armas.

—¿Qué crees que va a suceder? —preguntó Boris en tono burlón—. ¿Temes que de repente aparezca un oso polar, como en Perdidos?

—Intenta no comportarte como un capullo integral, Boris —le reprendió Angus—. Que todo el mundo esté alerta. Si nos están poniendo a prueba y filmando, nuestra reacción quedará colgada en YouTube hasta el día de nuestra muerte. No echaréis un polvo en vuestra puta vida si todas las tías del planeta ven que sois unos gilipollas ridículos.

Tras la hierba del prado surgió un sendero abierto por el paso de alguien entre los matorrales. Justo después empezaba el tupido bosque. Glynn se enganchó el jersey con unas espinas mientras avanzaban entre las zarzas. Tiró de él y se le desgarró un pedazo de tela azul del uniforme de Belmeade con un trocito de bordado dorado, parte de la «c» de Colegio.

Una vez en el bosque, el toldo vegetal que formaban las ramas altas impedía que pasase buena parte de la escasa luz del día. Los altos pinos crujían mecidos por la brisa. El suelo boscoso era una alfombra de agujas, helechos y enormes setas planas. Angus perdió el rastro de la sangre, pero volvió a encont

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