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LA INVASIóN DE LAS TINIEBLAS (TRILOGíA CONDENADOS 3)

Glenn Cooper  

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Fragmento

1

La mitad de los chavales permanecían de pie, hundidos en el barro hasta los tobillos. Los otros cinco estaban unos metros más allá, en terreno pantanoso. Ninguno dijo una palabra hasta que Harry Shipley, un año más joven que todos los demás y propenso a los ataques de pánico en situaciones mucho menos inquietantes, empezó a gimotear. Solo tenía trece años, oficialmente era demasiado joven para formar parta de ese curso, pero su nivel académico era tan alto que no pudieron retenerlo en el que le correspondía por edad.

—Tranquilo, Harry —le ordenó Angus, buscando algo que le resultase familiar en el desolado paisaje—. No es un buen momento para comportarte como un crío.

Angus Slaine era el delegado de clase en el colegio Belmeade. Era muy alto para su edad y endiabladamente guapo, con un rostro anguloso y una melena rubia. Glynn Bond, su mejor amigo, fue el primero en salir chapoteando del agua. Angus le siguió y Glynn le tendió la mano.

—¿Qué coño es esto? —preguntó Glynn. Era un chico musculoso, con un fornido cuerpo de luchador y un centro de gravedad bajo.

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Angus se quitó los mocasines y los puso boca abajo para vaciarlos de agua.

—¿Es una pregunta o una exclamación? —dijo simplemente.

—Quiero saber qué está pasando —respondió Glynn sacudiendo también sus zapatos.

Boris Magnusson lo miraba todo boquiabierto.

—Todos queremos saberlo —murmuró por fin.

Harry se sujetaba los pantalones de lana que, sueltos, se le habían escurrido hasta la mitad del trasero. Entre sollozos, explicó que la hebilla de su cinturón había desaparecido.

—Cierra el pico —le gritó Angus—. No te lo voy a repetir. Y vosotros tres, ¿queréis dejar de mirar con cara de idiotas y salir del agua?

Los chicos obedecieron y se unieron a los demás en la zona de hierba. Una vez juntos, intentaron encontrar una explicación cabal a lo sucedido. Habían vuelto al dormitorio común para cambiarse de ropa después de hacer deporte y volver a ponerse el uniforme escolar y prepararse para ir a clase de matemáticas. Era su primer año en secundaria y aunque tenían por delante todo el curso hasta los exámenes, la presión había aumentado, sobre todo para los que tenían dificultades en los estudios.

En el elitista colegio de Belmeade era tradición presionar a los alumnos recordándoles constantemente la dificultad del examen final de ese curso. Boris y Nigel Mountjoy sufrían para mantener un nivel académico aceptable, y Angus había aceptado la responsabilidad de echarles un cable. Encontró la solución al contemplar la cara ratonil y llena de acné de Harry. El irritante Harry. El genio de las matemáticas. El tío al que apodaban Mierdecilla, el chaval al que todos los alumnos querían pegar. Angus le propuso un pacto tácito. Harry ayudaría a Nigel y Boris con los estudios y, a cambio, él lo protegería. Aceptó y sellaron el acuerdo.

Estaban a punto de salir del dormitorio con cinco minutos de margen, tiempo más que suficiente para cruzar el campo de deportes, subir por la escalera y sentarse en sus respectivos pupitres en la clase del señor Van Ness cuando, un instante después, se encontraron en el claro de un bosque, la mitad de ellos metidos en una charca asquerosa y el resto sobre la hierba.

Danny Leung preguntó a los demás si sus uniformes estaban tan destrozados como el suyo. Era un completo marginado que se había ganado el respeto de todos gracias a sus dotes como jugador de fútbol. Su padre era el agregado cultural de la embajada china. Cuando Danny se matriculó en Belmeade como estudiante de bachillerato, el padre de Angus había comentado como de pasada durante una cena familiar que el señor Leung probablemente fuese un espía y el chico transmitió la jugosa información a sus compañeros. Desde entonces, Danny pasó a ser Danny el Rojo.

—No se trata solo de la hebilla del cinturón. También han desaparecido la cremallera, los botones y la corbata.

Todos tenían los mismos problemas de vestuario.

Craig Rotenberg quiso saber si acaso habían tomado gachas para desayunar.

—¿Qué tipo de pregunta estúpida es esta? —inquirió Glynn.

—No es estúpida —se defendió Craig—. Es posible que nos hayan drogado. Quizá nos han dormido y alguien nos ha sacado del colegio.

—Yo no he desayunado gachas —intervino Nigel.

—Yo tampoco —añadió Danny—. Odio las gachas.

—Eso no significa que no nos hayan drogado —insistió Craig.

—Materiales naturales. —Todos miraron a Harry, que lo repitió con más énfasis—. Materiales naturales.

—¿Qué dices, cretino? —le preguntó indignado Nate Blanchard.

—Las camisas, los calcetines y la ropa interior que llevamos son de algodón —explicó Harry, sorbiéndose los mocos después de lloriquear—. Las chaquetas y los pantalones son de lana. Los zapatos, de cuero. Todas las piezas de metal, los botones de plástico y las corbatas de poliéster han desaparecido.

—¿A quién le importa lo que le haya pasado a nuestra ropa? —gritó Boris—. El puto colegio entero ha desaparecido.

—Tendremos que inspeccionar los alrededores —propuso Angus, señalando con la mano la zona boscosa que los rodeaba—. Tiene que haber alguien en alguna parte.

—¿Qué hacemos para que no se nos caigan los pantalones? —quiso saber Boris.

Kevin Pickles era un chico que compensaba su corta estatura con respuestas agudas como estocadas. Hacer reír a los otros chavales era mucho mejor que soportar que le apodasen Pepinillo. Se había alejado del grupo y ahora los llamaba desde la hierba alta que crecía alrededor de la charca.

—¿Qué me dais si consigo que no enseñéis el culo?

—¿Qué has encontrado? —le preguntó Danny.

Kevin levantó dos cañas de pescar por encima de su cabeza y corrió a reunirse con los otros. Angus las inspeccionó y decidió que eran una porquería, poco más que unas ramas largas cortadas con toscos sedales atados en el extremo. Los punzantes anzuelos estaban hechos con huesos tallados. Dos gusanos se retorcían en la punta.

—Déjame ver una —pidió Glynn, que cogió una de las cañas e inspeccionó el sedal—. ¿De qué está hecho? Esto no es nailon.

Stuart Cobhan era el pescador del grupo. Le quitó la caña de las manos, deslizó los dedos por el sedal y afirmó:

—Creo que es tripa.

—Qué asco —murmuró Andrew Pender, un chico pálido y delgaducho que contaba con que Harry fuese el principal objeto de burla.

Stuart probó la resistencia del sedal y sentenció que era perfecto para el uso que pretendían a darle.

—No tenemos nada con lo que cortarlo —objetó Nigel.

—Claro que sí —respondió Stuart, y se llevó el sedal a la boca. Lo mordió y utilizó los dientes inferiores a modo de sierra hasta que consiguió cortarlo. Pocos minutos más tarde cada uno de los chicos disponía de unos centímetros de cordón para ajustarse los pantalones y algunos también se anudaron con él las camisas.

Angus era consciente de que todos esperaban que eligiese una dirección hacia la que encaminarse. Miró a su alrededor en busca de inspiración. El cielo era de una monótona tonalidad gris. Las masas boscosas que los rodeaban tenían un color más cercano al negro que al verde. La ligera brisa que soplaba traía un leve hedor.

—Por ahí —decidió Angus.

Nadie le pidió que justificase su decisión. Lo siguieron por el prado, agrupados sin orden alguno. Glynn avanzó hasta ponerse a su altura.

—Tiene que haber una explicación —comentó.

—Quizá nos estén sometiendo a algún tipo de prueba —respondió Angus—. Puede que se trate de un programa de televisión.

—No veo ninguna cámara —apuntó Glynn.

Harry había empezado a lloriquear de nuevo.

—¿Quieres que le haga callar?

Angus no respondió. Estaba señalando algo en el suelo.

—Mira esto.

Stuart, que utilizaba una de las cañas de pescar como bastón, apartó con ella la hierba en la zona que Angus señalaba.

—Parece sangre —dijo.

—Creo que tienes razón —ratificó el líder del grupo—. Allí hay más. Hay un rastro de sangre. Creo que se dirige hacia el bosque.

—Deberíamos tener cuidado —advirtió Glynn—. Necesitamos armas.

—¿Qué crees que va a suceder? —preguntó Boris en tono burlón—. ¿Temes que de repente aparezca un oso polar, como en Perdidos?

—Intenta no comportarte como un capullo integral, Boris —le reprendió Angus—. Que todo el mundo esté alerta. Si nos están poniendo a prueba y filmando, nuestra reacción quedará colgada en YouTube hasta el día de nuestra muerte. No echaréis un polvo en vuestra puta vida si todas las tías del planeta ven que sois unos gilipollas ridículos.

Tras la hierba del prado surgió un sendero abierto por el paso de alguien entre los matorrales. Justo después empezaba el tupido bosque. Glynn se enganchó el jersey con unas espinas mientras avanzaban entre las zarzas. Tiró de él y se le desgarró un pedazo de tela azul del uniforme de Belmeade con un trocito de bordado dorado, parte de la «c» de Colegio.

Una vez en el bosque, el toldo vegetal que formaban las ramas altas impedía que pasase buena parte de la escasa luz del día. Los altos pinos crujían mecidos por la brisa. El suelo boscoso era una alfombra de agujas, helechos y enormes setas planas. Angus perdió el rastro de la sangre, pero volvió a encontrarlo en forma de puntitos carmesí sobre una densa extensión de hongos.

Los chicos avanzaban en silencio. Incluso Harry estaba callado, aunque su prominente nuez subía y bajaba cada vez que tragaba saliva con gran esfuerzo.

Angus se detuvo y se volvió para indicarles a los demás que hicieran lo mismo.

Todos lo oyeron. Un tenue gemido.

Danny cogió del suelo una rama gruesa y los demás lo imitaron. Ante ellos había un árbol caído, con el enorme tronco y las raíces a la vista en el lecho del bosque.

Aquí es donde los de sexto van a darnos el gran susto, pensó Angus. Aparecerán de un salto mientras nos graban con los móviles y se descojonarán de nosotros. No vamos a permitir que nos pongan en ridículo.

Respiró hondo, avanzó hasta el tronco caído y se asomó por encima con precaución.

—¡Mierda!

El resto de los chavales recularon al oír el grito, pero Glynn, sospechando que les tomaba el pelo, le dio una palmada en la espalda a Angus y miró detrás del tronco.

—Dios mío.

Un chico demacrado los miraba con ojos implorantes.

—Ayudadme.

—¿Qué habéis encontrado? —preguntó Nigel desde la retaguardia.

—Está herido —susurró Glynn—. Muy malherido.

Los demás se acercaron con paso lento, demasiado asustados como para echar un vistazo. Se alinearon a un lado del árbol y se obligaron a mirar. Kevin era demasiado bajo y tuvo que subirse al tronco.

—Deberíamos ayudarlo —dijo Stuart.

Angus reunió el coraje necesario para dirigirse al desconocido:

—¿Qué te ha pasado?

—Vagabundos —respondió con voz áspera—. Me han apuñalado en el estómago.

—¿Te han apuñalado? —preguntó Glynn.

El joven retiró las manos del abdomen. Se le veían los intestinos a través de la herida abierta.

Algunos de los chicos recularon unos pasos. Harry vomitó.

—Tenemos que pedir ayuda —urgió Angus—. ¿Dónde podemos pedir ayuda?

—¿Todavía están por aquí? —jadeó el muchacho.

—¿Quiénes?

—Los vagabundos.

—No sé de qué hablas. Nosotros no hemos visto a nadie más.

—Al menos no me devorarán.

—¿Acaba de hablar de ser devorado? —le preguntó Danny a Craig.

Angus comenzó a trepar por el tronco para saltar al otro lado.

—Vamos a comprobar si todo esto es una pantomima —respondió a Glynn cuando le preguntó qué pretendía hacer—. Lo más probable es que esté intentando asustarnos con unas tripas de cordero.

Glynn lo siguió y los dos chicos se arrodillaron junto al desconocido.

—Dios mío, es de verdad. —Angus tuvo que girar la cabeza cuando el joven apartó las manos y sintió arcadas al percibir el hedor que desprendía—. Esto es jodidamente real. ¿Qué cojones pasa aquí?

—¿Tienes agua, amigo? —pidió el desconocido.

—No, pero podemos intentar traerte un poco de la charca —ofreció Glynn.

—No os había visto nunca. ¿De qué aldea sois?

—Somos alumnos del colegio Belmeade —respondió Angus—. Bueno, lo éramos.

—Sois demasiado jóvenes.

—¿Demasiado jóvenes para qué? —quiso saber Stuart desde el otro lado del tronco.

—¿Habéis visto a mi amigo? —preguntó el herido—. Cuando aparecieron los vagabundos salimos corriendo. A mí me alcanzaron, pero espero que él lograse huir.

Danny se percató de la presencia de algo desconcertante. Un pedazo de tela azul marino en el suelo del bosque. Llamó a sus amigos mientras estos deliberaban sobre cómo traerle un poco de agua.

—Tíos, tenéis que ver esto.

Había un gorro azul junto a la cabeza de un hombre. El resto del cuerpo estaba unos metros más allá, sobre un lecho de agujas de pino cubiertas de sangre.

Horrorizados, los chicos contemplaron los ojos abiertos de la cabeza seccionada y vieron cómo parpadeaban y los resecos labios se movían.

Casi todos dejaron escapar un grito.

Regresaron a toda velocidad hasta donde estaba el joven destripado.

—¡Tu amigo está muerto! —gritó Angus.

—No está muerto.

—Dinos dónde estamos y qué está pasando aquí —le pidió—. No te vamos a ayudar si no nos lo cuentas.

—¿No lo sabéis?

—No tenemos ni idea, ¿de acuerdo? —aulló Glynn a pleno pulmón.

—Debéis de ser recién llegados —supuso el tipo con voz áspera. Y dejó escapar una fugaz y dolorosa risotada—. Bueno, pues permitidme que sea el primero en daros la bienvenida a vuestro nuevo hogar. Bienvenidos al Infierno.

2

Ben Wellington se pasó la mayor parte del corto trayecto en helicóptero entre Dartford y Whitehall hablando por el móvil. Sentados frente a él, Emily Loughty y John Camp estaban demasiado adormecidos y agotados como para hacer otra cosa que contemplar desde las ventanillas la inacabable extensión del Gran Londres. Llevaban un mes sin ver el sol y el resplandor les escocía en los ojos. Con el teléfono pegado a la oreja, Ben le ofreció sus gafas de sol a Emily, pero ella las rechazó con un movimiento de cabeza. La luz amarillenta, aunque molesta, le parecía un regalo precioso.

Ben guardó el móvil poco antes de aterrizar.

—Ya es un secreto a voces —les informó.

—¿Se ha hecho público? —preguntó John.

Ben le explicó lo ocurrido con el bloguero especialista en física, Giles Farmer, y el artículo que había levantado la liebre el día antes. Se titulaba El misterio del supercolisionador de partículas angloamericano. ¿Hemos abierto una peligrosa puerta a otra dimensión? Cualquier posibilidad de deslegitimar la historia de Farmer con falsedades había quedado definitivamente bloqueada ante el nerviosismo generado por las desapariciones e intrusiones masivas a lo largo del recorrido de los túneles del MAAC, el supercolisionador angloamericano.

Unidades de la policía y el ejército estaban respondiendo a «una serie de incidentes», como el gobierno había definido la situación, pero en la calle se estaba extendiendo un clamor, ya próximo a la histeria, exigiendo respuestas. A Farmer le encantaba aparecer ante las cámaras tras el podio instalado en los escalones de la entrada de su refugio en Lewisham, desde donde retaba a las autoridades a decir toda la verdad.

—Farmer dice que te conoce —comentó Ben.

—Me acuerdo de él —reconoció Emily—. Hablamos varias veces por teléfono. Era un tío listo, pero se movía en ámbitos marginales. —Negó con la cabeza y añadió—: Aunque, en fin, tal vez resulte que era más inteligente que yo.

—¿Quieres leer su artículo?

—Ahora mismo no tengo fuerzas para enfrentarme a eso.

—Dice que habló con tu padre.

—Dios mío. Tengo que llamar a mis padres y decirles que estamos bien. Deben de estar angustiadísimos.

—¿Le prestas tu teléfono? —le pidió John a Ben.

El agente del servicio de seguridad se lo pasó, y Emily mantuvo una breve y lacrimosa conversación con su madre. Le contó que Arabel, Sam y Bess estaban bien y que estaban haciendo las gestiones para que pudiesen volar a Edimburgo. Ella iría en cuanto pudiese, pero de momento tenía trabajo pendiente y sí, estaba relacionado con lo que veían por la tele.

—No sabía hasta dónde podía contarle —admitió Emily mientras le devolvía el teléfono a Ben.

—Me temo que no sé qué consejo darte —reconoció este—. El primer ministro realizará una comparecencia pública, pero no antes de que se reúna el comité Cobra.

Ben negó con la cabeza al ver la cantidad de mensajes de texto que se le habían acumulado en los últimos minutos.

—¿Qué? —preguntó John.

—Uno de los chicos desaparecidos del colegio de Sevenoaks es el hijo del secretario de estado para la defensa, Jeremy Slaine. Estará presente en la reunión del comité Cobra.

—¡Fantástico! —dejó escapar John, agotado.

Cuando el helipuerto de Whitehall apareció a sus pies, sonó el teléfono de Ben.

—Mi mujer —murmuró—. No, no podré volver a casa —le dijo en voz alta—. Estoy a punto de reunirme con el primer ministro. ¿Has ido a buscar a las niñas al colegio? Bien. Quedaos en casa y cierra bien las puertas. Volveré en cuanto pueda. Sí, ya lo sé. Lo siento. Te volveré a llamar más o menos dentro de una hora. En momentos de crisis —comentó después de colgar—, tiendo a anteponer el trabajo a la familia. No estoy orgulloso de ello.

Entraron en la concurrida sala de reuniones presidencial en Whitehall. John se dio cuenta de que algunos de los presentes arrugaban la nariz como si acabasen de olfatear a unos moradores del Infierno. Fue consciente entonces de que, después de un mes sin darse un buen baño, él y Emily probablemente olían como los muertos. Ben les había informado de que el gobierno en pleno estaría presente, junto con un buen número de asesores militares, policiales y civiles. En la parte frontal de la sala varias pantallas mostraban imágenes de los principales canales de televisión y tomas de cámaras de seguridad de varios puntos de Londres. El secretario general de la presidencia repasó la sala con la mirada y descolgó un teléfono.

—Decidle que ya estamos listos —anunció. Cuando el primer ministro Peter Lester hizo su aparición fue directo hacia John y Emily, insistiendo en que no se levantasen.

—Nos alegramos de que hayan regresado sanos y salvos —les dijo, disimulando a la perfección su repugnancia ante el hedor que desprendían—. Les agradezco de que hayan venido aquí nada más regresar de su odisea. ¿Quieren comer o beber algo?

Los dos pidieron un café al unísono, lo que rompió por un instante la formalidad de los presentes. Todo el mundo rio entre dientes, excepto Jeremy Slaine, el secretario de estado de defensa, que parecía a punto de estallar de rabia.

El primer ministro se sentó a la cabeza de la mesa y señaló a Ben.

—Señor Wellington, creo que es usted la persona más cualificada para explicarnos qué ha sucedido esta mañana en Dartford. Y, por cierto, mientras George Lawrence siga desaparecido, le he nombrado a usted director ejecutivo del MI5. —Le dirigió una rápida felicitación, pero Ben, con aspecto algo conmocionado, tragó saliva al escuchar la noticia.

Empezó con un resumen de los hechos puros y duros. El planeado reinicio del MAAC se había llevado a cabo a las diez en punto, y en cuanto el colisionador alcanzó la máxima potencia, todo parecía indicar que el mecanismo de bloqueo automático se había puesto en funcionamiento en los nanosegundos estipulados. No conocía los tiempos exactos, ya que el personal de la sala de control había desaparecido. Entre las personas que parecía haberse tragado la tierra se incluían varios observadores de alto rango, como la ministra de energía británica, Karen Smithwick, el secretario de energía americano, Leroy Bitterman, el jefe del MI5, George Lawrence, el director del FBI, Campbell Bates, el director adjunto del MI6 y máximo responsable del MAAC, Anthony Trotter, y una veintena de técnicos del colisionador, entre ellos Matthew Coppens, el director del Proyecto Hércules. También se habían evaporado Henry Quint, el exdirector del MAAC; David Laurent, uno de los científicos de primer nivel, y Stuart Binford, el director del departamento de relaciones públicas del laboratorio, además de tres agentes del MI5 que vigilaban la sala de control.

El recuento de retornados era más optimista, aunque tampoco estaba exento de un toque trágico. De los ocho civiles desaparecidos hacía un mes de una urbanización en South Ockendon, Martin Crandall, Tony Krause y Tracy Wiggins habían sobrevivido y estaban siendo sometidos a reconocimiento médico. Cuatro miembros de una misma familia de albañiles habían fallecido, y una mujer, Alice Hart, inspectora de instalaciones eléctricas del ayuntamiento, había tomado la insólita decisión de quedarse en el otro mundo.

Sobre las víctimas de Dartford, John estaba encantado de poder informar de que todas habían sido rescatadas. La hermana de Emily, Arabel, sus dos hijos, y la analista del MI5, Delia May, habían vuelto en un estado de salud razonablemente bueno y estaban recibiendo atención médica.

Dos de los rescatadores, Emily y John, estaban ahora ante el comité. Trevor Jones había insistido en acompañar a Arabel Loughty y sus hijos a Edimburgo. Un jet del MI5 estaba listo para trasladarlos desde Stanstead en cuanto les diesen el alta médica. Y, por último, Brian Kilmeade, el experto en armas medievales, que según todos los testimonios había tenido un comportamiento ejemplar y heroico, también había tomado la increíble decisión de permanecer en el otro mundo.

Expuestos los hechos, Ben se centró en la actual crisis abierta. Se disculpó por la falta de detalles y prometió informar al comité de las últimas novedades dentro de unas horas, cuando hubieran reunido más información. Lo que sabía en ese momento era que una clase entera de chicos de catorce años había desaparecido de su dormitorio en el colegio Belmeade, en Sevenoaks, y que un número indeterminado de personas se habían desvanecido en el centro de la pequeña ciudad de Leatherhead y en una urbanización en Upminster. Un elevado número de extraños, a los que llamaron moradores del Infierno, campaban a sus anchas y con violencia en Leatherhead, y en grupos más reducidos también en Sevenoaks y Upminster.

—Y por último... —añadió Ben.

Jeremy Slaine golpeó en la mesa con el puño y le interrumpió:

—¡No puedo seguir más tiempo aquí sentado en silencio! —exclamó furioso—. Mi hijo Angus es uno de los chicos que ha desaparecido. ¿Está usted informado al respecto?

—Lo estoy, señor —respondió Ben—. Y de verdad que lo lamento.

—Que lo lamente no va a solucionar la situación, ¿cierto? Lo que no entiendo y encuentro del todo incomprensible es que la mayoría de este gabinete ha permanecido en la más completa ignorancia sobre este asunto hasta ayer. —Le lanzó al primer ministro una mirada fulminante y añadió—: Peter, es una vergüenza. Si no estuviésemos en mitad de una crisis, presentaría de inmediato mi dimisión.

—Te pido disculpas, Jeremy —repuso Lester—. Asumo toda la responsabilidad del apagón informativo. Intentamos evitar la filtración de los sucesos por una cuestión de seguridad nacional. Queríamos evitar el pánico a toda costa y éramos moderadamente optimistas sobre las posibilidades de mantener el asunto en secreto. Pero nos equivocábamos. Te garantizo que haremos todo lo posible para traer de vuelta a tu hijo y sus compañeros de clase.

—Creo que fue una absoluta irresponsabilidad no clausurar el MAAC en cuanto se detectó el primer problema —continuó Slaine—. Ahora recogemos lo que habéis sembrado.

—Visto a toro pasado, yo habría llegado a la misma conclusión —reconoció el primer ministro—. Sin embargo, personas valientes como la doctora Loughty y el señor Camp arriesgaron sus vidas para salvar a inocentes, y nosotros no estábamos dispuestos a abandonarlos a su suerte.

La ministra del Interior, Margaret Beechwood, intervino en ese momento, en un evidente intento de salir de la incómoda situación:

—Señor Wellington, creo que estaba usted a punto de acabar su exposición.

—Sí, señora ministra. Estaba diciendo que hay un último tema que exponer, en cierto modo el más extraordinario dentro de un mar de sucesos extraordinarios. Hay un individuo más que ha llegado con nosotros y el resto de los rescatados a Dartford. Es alguien muy conocido, un antiguo monarca de Inglaterra. Tenemos bajo custodia al rey Enrique VIII.

La sala se llenó del clamor de docenas de voces, hasta que el primer ministro levantó las manos y pidió silencio.

—He sido informado de esto hace solo unas horas —explicó—. Baste con decir que añade un elemento estrambótico y urgente a una crisis ya de por sí estrambótica y urgente.

—¿Se ha informado a la reina? —preguntó la ministra de Interior.

—Se ha enviado a palacio una notificación general sobre la actual crisis, pero no, todavía no le hemos revelado la llegada del rey Enrique. Creemos que primero debemos cerciorarnos de que este hombre es quien dice ser.

—Es Enrique VIII —intervino John—. Se lo garantizo.

—Señor Camp, no estoy sugiriendo que esté usted equivocado —matizó el primer ministro—, pero necesitamos algún tipo de verificación independiente antes de presentárselo a la reina.

—Antes de partir hacia el otro lado —prosiguió John— le encargué a un especialista, un profesor de historia de Cambridge, que me preparase un perfil del rey. Ese académico, Malcolm Gough, firmó el acta de secretos oficiales.

—Margaret —dijo el primer ministro—, ¿podrías encargarte de traer a este profesor a Londres de inmediato y preparar un lugar seguro en el que pueda interrogar a nuestro… a nuestro visitante?

—Si me permite tomar la palabra —interrumpió Slaine—, esto es un asunto secundario. Hay vidas en peligro en Londres. Tengo entendido que ya se han producido varias muertes. La vida de mi hijo también está en peligro. ¿Podemos abordar de una vez estos asuntos?

—Por supuesto, pasemos a esas cuestiones, tal como sugiere Jeremy —accedió el primer ministro—. Margaret, ¿puedes informarnos sobre las operaciones policiales en marcha?

La ministra cedió la palabra al director de la Policía Metropolitana, que pidió a su ayudante que pusiese las grabaciones de las cámaras de seguridad de Leatherhead.

Sir Evan McPhail se puso en pie y se dirigió a la parte delantera de la sala.

—La responsable de la cartera de Interior nos ha pedido que coordinemos una respuesta con las policías locales de los condados de los alrededores de Londres afectados por la invasión. En Leatherhead hemos reforzado los efectivos de la policía de Surrey con oficiales tácticos armados y vehículos blindados. Estas grabaciones son de Church Street, en el centro de la ciudad.

—Parece desierto —comentó el primer ministro.

—¿Qué es eso? —preguntó el viceprimer ministro—. ¿Es un cadáver?

—Sí, ahora está desierto —explicó el director de la policía—. Y sí, creo que eso es el cadáver de un civil. Ahora les pondremos la grabación de las diez de esta mañana.

Un grupo de hombres recorría la calle, corriendo de forma desordenada y caótica, atacando a los viandantes a puñetazos y patadas. Uno de los atacantes pateó a un ciudadano, lo tiró al suelo y se arrodilló sobre él en el lugar en el que habían visto el cadáver en las imágenes posteriores.

—Vagabundos —musitó John en voz baja—. Montones de ellos.

—¿Qué dice? —preguntó la ministra de Sanidad.

—Son los peores entre los moradores del Infierno —explicó John—. Son bandas de parias absolutamente degenerados. Aterrorizan al resto de la población. Y también son caníbales.

—Dios bendito —exclamó la ministra del Interior—, ¿es eso lo que está sucediendo ahí?

—Parece que está desgarrando parte de la carne —añadió John—. ¿Saben cuántos de esos han llegado aquí?

Sir Evan respondió que en una primera estimación realizada a partir de los testimonios de los testigos se habían contabilizado más de cincuenta.

—¿Dónde están ahora?

—No estamos seguros —respondió el director de la policía—. Esta es una imagen en directo del centro de la ciudad tomada desde un helicóptero policial. Como pueden ver, las calles están vacías. La población ha hecho caso de la recomendación de permanecer en sus casas que hemos lanzado por televisión, radio y megafonía. Es posible que esos vagabundos, como usted los llama, también se hayan refugiado en el interior de algunos edificios. Se ha acordonado la zona y estamos valorando el mejor modo de entrar y neutralizar a los atacantes. En breve dispondré de un plan operativo elaborado por mis oficiales sobre el terreno y la policía de Surrey. Nos preocupa la inestable mezcla de policías armados y civiles. Queremos evitar al máximo las víctimas colaterales.

—Señor Camp —intervino la ministra del Interior—, en las imágenes que hemos visto, esos vagabundos no parecen muy diferentes de nuestros ciudadanos. ¿Cómo puede distinguirlos la policía?

—A distancia no será fácil —respondió John—. Visten ropas toscas, pero podrían haberse colado en algunas casas para hacer lo que suelen hacer, robar comida y ropa. De cerca, los distinguirán por el olor.

—¿Ha dicho olor? —preguntó el director de la policía.

—Huelen a carne podrida. A ellos les parece que nosotros desprendemos un olor fresco. Podrían utilizarse perros policías para detectar su olor. Bastaría un trozo de la ropa del rey Enrique para que puedan seguir su rastro.

—Es una buena idea. Yo me encargo —dijo Ben.

—Necesitamos saber cuáles son las órdenes —intervino sir Evans—. Lo que quiero decir es si tenemos luz verde para tirar a matar.

—Tengo entendido que ya están muertos —comentó el viceprimer ministro.

—¿Se dan cuenta de lo ridículo que suena? —intervino Slaine—. Andan por ahí sueltos, asesinando a civiles inocentes. Por supuesto que debemos tirar a matar.

—¿Se les puede matar? —quiso saber el primer ministro—. Señor Wellington, creo que recientemente ha capturado a algunos de ellos en Suffolk.

—Voy a aclarar la situación —respondió Ben—. Se les puede matar, y lo que queda entonces de ellos son cadáveres similares a cualquier otro cadáver. No tengo ningún interés en especular sobre lo que les sucede después.

—¿Señor Camp? ¿Doctora Loughty? ¿Qué opinan ustedes? —les preguntó el primer ministro.

Emily le pidió a John que respondiera él.

—No tenemos ninguna experiencia directa sobre eso. Supongo que después de morir regresan al Infierno, pero es solo una especulación.

—De modo que se les puede disparar y se les puede matar —aclaró Slaine—. El ejército está mucho mejor dotado que la policía para aplicar la fuerza letal. Deberíamos ordenar un despliegue militar inmediato en las zonas afectadas.

—Con el debido respeto —intervino sir Evan—, con la Policía Metropolitana apoyando a las policías locales disponemos de una presencia armada adecuada para responder a la situación. Los agentes están entrenados para actuar en centros urbanos, entre la población, reduciendo al máximo las víctimas civiles. Seré el primero en pedir la ayuda del ejército si corremos el peligro de perder el control de la situación.

El primer ministro pidió la palabra antes de que Slaine pudiese continuar debatiendo con el director de la policía:

—Tomaré en consideración tu propuesta, Jeremy. Este comité estará en permanente funcionamiento hasta que se haya resuelto esta crisis. Margaret y sir Evan, en una hora quiero un informe actualizado sobre las operaciones policiales. Y, por cierto, si capturáis a esos visitantes del Infierno, ¿dónde los vais a confinar?

—Hemos pensado utilizar nuestras celdas de la sede central de New Scotland Yard —informó sir Evan—. En estos momentos estamos sacando de allí a los detenidos que permanecían confinados.

—Muy bien —asintió el primer ministro—. Y ahora me gustaría hacer varias preguntas a la doctora Loughty.

Emily se terminó el café.

—Cada vez que se ha reiniciado el colisionador, la situación parece haber ido a peor. ¿Está de acuerdo con esta percepción?

—Me temo que debo mostrarme de acuerdo —respondió ella—. Hemos observado una creciente inestabilidad en determinadas áreas, nódulos si lo prefiere, a lo largo del trazado de los túneles del MAAC. Hasta el momento hemos detectado puntos de contacto interdimensional en Dartford, South Ockendon, Sevenoaks, Upminster y Leatherhead.

—¿Hemos tenido problemas esta mañana en South Ockendon? —preguntó el primer ministro.

La ministra del Interior respondió que no le constaba ninguna actividad inusual en ese punto.

—Nos resulta imposible determinar por qué determinadas áreas se ven afectadas y otras no —explicó Emily—. Necesitaré tiempo para analizar la información. En estos momentos el laboratorio de Dartford está en cuarentena, por lo que no puedo acceder a los ordenadores y, como es obvio, no puedo contactar con mis superiores de los departamentos clave porque han desaparecido. Si conseguimos la ayuda del equipo científico del LHC, el gran colisionador de hadrones de Ginebra, tal vez pueda entrar en el sistema y acceder a la información esencial.

El viceprimer ministro, un tipo fornido con la amplia frente cubierta de sudor pese al aire acondicionado, levantó un dedo y preguntó:

—Si clausurásemos de manera definitiva el colisionador y capturásemos a todos esos moradores del Infierno, ¿eso supondría acabar de una vez por todas con el problema?

Slaine casi saltó de la silla, pero el primer ministro insistió en que Emily respondiese a la pregunta.

—Tal vez sí, tal vez no. Me gustaría no ser tan inconcreta, pero no existen precedentes científicos para lo que está sucediendo. El mejor escenario imaginable, que evidentemente sería una tragedia para las personas que han sido transportadas a la otra dimensión esta mañana, es que en ausencia de nueva actividad del colisionador, el problema quedará arreglado y cesarán los tránsitos interdimensionales. Sin embargo, no puedo garantizar que no se produzca una inestabilidad espontánea en los actuales nódulos o en otros nuevos. Hasta que tengamos datos más fiables, lo más prudente es establecer una cuarentena en todos los nódulos conocidos.

—¿Ya se ha tomado la medida? —quiso saber el primer ministro.

—En Dartford sí —respondió Ben.

—Haremos lo mismo en los demás lugares —determinó la responsable de Interior, con el teléfono ya en la mano.

—Tengo entendido que en mi ausencia se convocó a un comité de físicos de primer nivel, pero que no lograron dar con una solución —comentó Emily—. Necesito hablar con esos expertos cuanto antes. De momento, ya hemos contactado con el mayor experto mundial en strangelets, las peculiares partículas que creemos que son el origen de este fenómeno.

—¿Quién es? —preguntó el primer ministro.

—Paul Loomis, el antiguo director del MAAC.

—Discúlpeme, pero el doctor Loomis está muerto.

—Lo encontramos al otro lado.

John pensó que Emily evitaba de manera insistente llamar a las cosas por su nombre. Tal vez Infierno sonaba demasiado acientífico como para salir de su boca. Pero no hizo ningún comentario al respecto.

—Como recordará —añadió Emily—, Loomis mató a dos personas. Eso explicaría su presencia allí.

—Increíble —murmuró el primer ministro.

—En cualquier caso —continuó—, el doctor Loomis insistió en que sabía cómo solucionar el problema.

—¿Y? —preguntó el viceprimer ministro.

—Por desgracia, nos separamos antes de que pudiese contárnoslo.

—Bueno, eso no es de gran ayuda, ¿no? —intervino la ministra del Interior.

—No, no lo es —admitió Emily.

—Estamos listos para volver y dar con él —aseguró John—. Y mientras estemos allí, trataremos de rescatar al mayor número de personas posible.

—Pero eso significaría volver a reiniciar el colisionador —reflexionó el primer ministro—. No parece la mejor solución.

—¡Mi hijo está allí! —atronó Slaine.

—Sí, disculpa, Jeremy. No vamos a tomar ninguna decisión hoy mismo. Pero debes entender que no podemos actuar pensando solo en la seguridad de tu hijo y sus compañeros de colegio, sino en la de millones de personas que pueden convertirse en víctimas potenciales. Doctora Loughty —añadió el primer ministro—, en cuanto descanse y coma un poco, quiero que contacte con sus colegas en Ginebra y en otras partes del mundo y que me mantenga informado de los progresos.

—Por supuesto.

—Bueno, ¿y qué consejos debemos darle a la población? ¿Hasta dónde podemos y debemos informar? Esto es algo más que un asunto de seguridad pública. Debemos considerar también aspectos relacionados con la fe y la espiritualidad. Podemos hablar de física y de otras dimensiones, pero tenemos que abordar también los aspectos religiosos. Deberíamos consultar con el arzobispo de Canterbury, con el Vaticano y con los líderes religiosos musulmanes y judíos. Craig, toma el mando aquí hasta que yo regrese ...