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LA ISLA DEL TESORO

Robert Louis Stevenson  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Que escriban sus puñeteras obras

maestras para ellos y me dejen en paz...1

Los primeros años de Stevenson y los antecedentes de La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson —«Louis» para sus amigos y familiares— ya no era un joven cuando finalmente se puso a escribir lo que más adelante proclamó como «mi primer libro», refiriéndose a su primera obra extensa de ficción. Era, en su opinión, su destino. «Tarde o temprano», recuerda,

tenía que escribir una novela. Me parece vano preguntar el motivo. Los hombres nacen con distintas manías. Desde mi más tierna infancia, la mía fue convertir una serie de sucesos imaginarios en un juguete.2

Ese «juguete» sería, junto con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el monumento literario de Stevenson.

Último descendiente de los «Stevenson de los faros», rehuyó la tradición familiar. Decidió no ser ingeniero naval, como su abuelo, su padre y sus tíos, cuyos monumentos siguen en pie, muchos en las peligrosas costas de Escocia (desgraciadamente, faros apagados en estos tiempos de navegación por satélite). Como era inteligente, enfermizo e hipersensible (todas sus biografías contienen la entrada «pesadilla» en sus índices temáticos), no estaba claro a qué se dedicaría una vez entrara en la edad adulta. Si había algo para lo que parecía estar hecho era para deambular. En el siglo XIX no hubo un novelista que anduviera más que él. Tenía un buen pretexto: desde niño, tenía una debilidad crónica en el pecho y los pulmones. Antes de la invención de los antibióticos, viajar era el tratamiento recomendado para los que podían permitírselo.

A los veintitantos años, Stevenson había atravesado las Cevenas francesas (a lomos de una burra llamada Modestine) y viajado a lugares tan remotos como Norteamérica. Siempre estaba en busca del clima que le proporcionase el aire puro que pudiera aplazar la sentencia de muerte que pesaba sobre él. La calavera estaba siempre en la mesa de Stevenson. (Obsérvese la gran cantidad de muertes descritas gráficamente en La isla del tesoro.)

Las primeras obras que publicó fueron relatos de viajes.3 No eran sustento suficiente, pero agudizaron su capacidad de observación y le sirvieron de entrenamiento para las exitosas obras de ficción que escribiría más adelante. Su don para retratar escenas resulta manifiesto en todos sus textos, como ejemplifica a la perfección la realista descripción de la isla del Esqueleto en el capítulo 13.

En el extranjero, Stevenson no solo recobró el vigor de sus pulmones. En California, a los treinta años, se casó con una divorciada estadounidense (presentada decentemente como «viuda» en el certificado de matrimonio fechado en mayo de 1880), una mujer diez años mayor que él. No era lo que sus tutores y amigos le habrían aconsejado, y algunos se lo dijeron con franqueza. Pero si elegía bien, Fanny Osbourne (de soltera Vandegrift) sería una segunda madre, una enfermera y una compañera, y en ocasiones la más sagaz asesora literaria. En este último aspecto, fracasó; no le gustó nada La isla del tesoro cuando la leyó por primera vez, considerándola una obra indigna del talento de su marido. Pero cuando la novela empezó a generar lo que Stevenson llamaba «monedas», cambió de opinión. Se tiene constancia de que Fanny (que había pasado una época instructiva en los pueblos mineros del oeste) sabía liar cigarrillos y era diestra con las pistolas. Tampoco era una insensata en lo tocante al dinero.

El matrimonio no tuvo descendencia, pero no careció de niños. Fanny tenía un pasado. Entre sus efectos personales había un hijo de trece años, Lloyd, vástago de su primer marido (el revoltoso ex soldado confederado Samuel Osbourne).4 Lloyd y su padrastro escocés serían amigos de por vida y, con el tiempo, colaboradores literarios. De hecho, La isla del tesoro confirma que trabajaron conjuntamente, en cierto modo, desde el principio de la carrera de Louis como novelista.

El escritor regresó a su ciudad natal, Edimburgo, en septiembre de 1880, poco después de su boda furtiva en San Francisco. La relación con su severo padre (el último de los Stevenson de los faros, un hecho que le provocó una amarga decepción) había sido tensa. Los padres presbiterianos escoceses casi nunca ven con buenos ojos a los hijos bohemios aficionados a las chaquetas de terciopelo y las belles lettres, y menos cuando esos hijos siguen dependiendo económicamente de ellos pasados los treinta. Aun así, los padres de Louis se alegraron de ver que su hijo sentaba la cabeza, aunque fuera con una mujer extranjera de edad madura que llevaba pistola y fumaba cigarrillos. La vuelta a Edimburgo fue, en palabras de un biógrafo, «el regreso del hijo pródigo».5 Pese a que Fanny casi compartía la misma edad que la señora Stevenson, las dos mujeres descubrieron su común preocupación por Louis y sus continuos achaques, y decidieron tratarse con cortesía, aunque era evidente que había una rivalidad maternal entre ambas por su afecto: «Debe de resultarle muy agradable —le dijo Fanny a su suegra— tener a este adulto de treinta años pegado todavía a sus faldas con su amor infantil».6 Sus palabras desprenden cierta mordacidad, junto con la satisfacción implícita de que ella, Fanny, tenía ahora el «amor viril» de Louis.

De vuelta en su hogar, Stevenson escribió una obra de teatro con su amigo cojo W. E. Henley, sobre Deacon Brodie, un edimburgués que trabajaba de ebanista de día y robaba casas de noche, y que fue ahorcado (como alardea su descendiente ficticio, la señorita Jean Brodie, creada por Muriel Spark) en un patíbulo fabricado por él mismo y, tal vez, enterrado en uno de los ataúdes producidos por su empresa.7 La obra no entusiasmó a la Royal Mile de Edimburgo, pero fue un indicio de la deriva irónicamente morbosa de la mente de Stevenson. Calaveras y mesas otra vez. Louis adoraba Edimburgo pero, como le gustaba decir, el aire de su tierra no compartía esos sentimientos. Y nunca fue tan evidente como en el funesto período histórico comprendido entre los años 1879 y 1882, cuyos desastrosos veranos sumieron todo el país en la miseria agrícola y en una década de pesadumbre hardyana. Todavía no se ha escrito el libro que analice el efecto del tiempo inclemente en las obras de ficción británica. La isla del tesoro, como Frankenstein de Mary Shelley, fue el producto de unas vacaciones de verano muy lluviosas en las que no se podía hacer otra cosa que quedarse en casa contando cuentos junto a un fuego bien caliente impropio de la estación.

Los meses de verano de 1881, cuando se gestó La isla del tesoro, fueron especialmente «atroces»; «peores que marzo» (el marzo escocés, habría que añadir). Fanny y Louis no tenían dinero para seguir viajando. Los médicos habían dictaminado que Edimburgo podía resultar peligrosa para los pulmones del enfermo. Alquilaron en Braemar la pequeña casa de una solterona recién fallecida el 1 de agosto. El aire de las Tierras Altas estaba libre de humo, y gracias al vecino castillo de Balmoral de la reina Victoria, la zona se había puesto muy de moda. Los Stevenson veían a la monarca de vez en cuando, acompañada de «damas con la nariz colorada».8 Las comunicaciones por ferrocarril con Edimburgo, vía Aberdeen, eran excelentes, y los padres de Louis los visitaban con asiduidad. La casa era lo bastante espaciosa para que Lloyd pasara las vacaciones escolares con ellos e incluso tenía su propio cuarto, una estancia que, como aspirante a artista que era, llamaba su «estudio».

Podría haber sido idílico, pero no lo era. Según confesaba Louis en una carta, era un «infierno», en gran medida porque el tiempo era «absoluta y sistemáticamente infame». Encerrados en casa, él y Fanny (como los Shelley y Byron en la Villa Diodati en 1816) decidieron inventar cuentos de fantasmas (tal vez imaginaban que «la difunta señorita McGregor» se negaba a abandonar la finca y que «se paseaba» por su propiedad). Parece plausible que tuvieran a mano un volumen de Poe y que Stevenson retomase su afición al cuento El escarabajo de oro, del cual reaparecieron fragmentos indigestos en La isla del tesoro. Es igualmente plausible que Lloyd (a quien Fanny recuerda como «difícil») pasara los días lluviosos leyendo a Marryat, Ballantyne, Kingston y Henty, escritores de historias de aventuras para niños (en las que a menudo aparecen islas desiertas y piratas) que a Stevenson seguían gustándole.9 Todo ello acabaría entretejiéndose de forma consistente en la estructura de La isla del tesoro.

Sin embargo, como más tarde recordaría él mismo, el dibujo era para Lloyd un pasatiempo tan agradable como la lectura. Con su lata de pinturas de un chelín pasaba las tardes lluviosas pintando cuadros para exponerlos en su «galería». Entre mediados y finales de agosto (según nuestros cálculos), cuando estaba cansado de escribir o de leer, Stevenson se unía a él:

A veces me relajaba un poco y me juntaba con el artista (por así decirlo) ante el

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