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LA LLAMADA DEL CREPúSCULO

Sarah Lark

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Fragmento

1

—¿En serio, no te importa?

Viola suspiró. Era ya la quinta vez que su madre se lo preguntaba ese día. En total, estaba segura de que había respondido que no al menos cien veces y, de todos modos, era demasiado tarde para cambiar de opinión. Acababa de facturar el equipaje y el avión que volaba a Dublín estaba listo para el embarque.

Además, esa no era la pregunta adecuada. Al fin y al cabo, ¿qué era lo que no había de importarle a Viola? ¿Marcharse un par de meses a Irlanda? Al contrario, se alegraba de ello. Siempre había querido estudiar en el extranjero y el idioma no suponía ningún obstáculo. A fin de cuentas era mitad irlandesa y, naturalmente, desde pequeña había hablado inglés con su padre y alemán con su madre.

¿Separarse de su madre, entonces? En los meses anteriores Viola y su madre habían estado muy unidas. A veces demasiado. Sobre todo en el último período su madre apenas la había perdido de vista, algo que, en el fondo, era una carga para Viola. Seguro que resultaba positivo poner punto final a eso.

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Le quedaba por delante una temporada con la nueva familia de su padre y ahí sí que no las tenía todas consigo. Viola estaba segura de que no aguantaría a la nueva esposa de papá. Y encima había un hermanastro en camino... Aunque, por otra parte, tal vez todo ello la ayudara al menos a comprender un poco a su padre.

La cuestión era que Viola estaba resuelta a tomarse el viaje como una aventura. Cualquier cosa sería mejor que seguir con su madre, las dos apesadumbradas y sin salir de una casa que se les antojaba vacía.

—¡Claro que no! —contestó una vez más a su madre, al tiempo que le daba un beso de despedida en la mejilla—. Al contrario, me lo pasaré bien. Venga, no te preocupes más por mí y disfruta de Boston. Tienes un trabajo estupendo en una compañía puntera y cuando regreses dirigirás la filial más importante de Alemania. Te estás promocionando y se lo refregaré cada día a papá cuando él esté limpiando los váteres del camping de su querida Ainné.

En el rostro de la madre de Viola se dibujó una sonrisa algo triste, pero también un poco maliciosa. En Braunschweig, donde vivían, el padre de Viola había trabajado en una agencia de viajes. Su habilidad manual era limitada; en realidad, cada vez que intentaba clavar un clavo en la pared se machacaba los dedos. Así pues, la que hasta ese momento había sido su familia no alcanzaba a imaginárselo haciendo de «chico para todo» en un camping perdido en Irlanda. Aunque, por supuesto, él no había descrito así su nuevo trabajo. Según sus propias palabras ocuparía el cargo de «administrador». Frente a esto, Viola y su madre solo podían esbozar una sonrisa. Hasta la fecha, la nueva esposa y el padre de esta habían dirigido sin esfuerzo alguno la empresa, con apenas uno o dos ayudantes durante la temporada alta. Seguro que el negocio no contaba con muchos puestos directivos.

Viola aprovechó ese raro instante de relajación para ahorrarse las lágrimas de despedida. Dio un breve abrazo a su madre, cogió el equipaje de mano y cruzó la barrera. Durante los controles de seguridad, la saludó de nuevo y salió airosa del trance. La madre se dio media vuelta, demostrando así que era capaz de aguantar hasta el final.

Viola suspiró de alivio. Ese día no habría soportado un mar de lágrimas, ya los había sufrido suficientes veces en las semanas que siguieron a la partida de su padre. Por entonces su madre lloraba casi cada día, mientras que Viola, sometida a una especie de pasmo, no lograba entender nada. Todo había sucedido de forma demasiado repentina, con objeto de dejar el asunto zanjado cuanto antes.

Viola se deslizó entre los mostradores del duty free y recordó una vez más esas horribles semanas transcurridas medio año atrás.

Justo ahí, en el aeropuerto de Hannover, habían despedido a su padre, que iba a ausentarse por una semana para asistir a un congreso en Galay. Viola, su madre y su padre se habían reído, se habían abrazado y él había dicho que el siguiente viaje a Irlanda iba a ser de vacaciones con la familia. Tal vez remontaran el Shannon en una barca o simplemente dieran una vuelta a la isla en un vehículo alquilado. La madre se había burlado un poco de su esposo sugiriendo que también podían alquilar un carro de chatarrero, de tinker como se conocía en Irlanda a ese pueblo errante, tirado por un caballo, pues sabía que a su marido esos animales le daban miedo desde que de niño le había pisado uno. El padre había bromeado con las hadas y duendes de su país natal. Eran todavía días felices. Sin embargo, la noche siguiente la madre ya había empezado a preocuparse. Cuando el padre estaba de viaje llamaba prácticamente a diario, pero en esa ocasión el teléfono permanecía mudo y él había desconectado el móvil. Durante toda la semana, Viola y su madre solo habían logrado hablar con él una vez y lo notaron extraño, solo respondía con monosílabos. Al final recibieron un SMS con el que les avisaba de que permanecería fuera tres días más. Y luego llegó la sorprendente explicación: cuando por fin regresó, durante el trayecto del aeropuerto a casa les habló de Ainné, su amor de juventud. Se había topado inesperadamente con ella en Galway y, según sus declaraciones, enseguida «saltó la chispa». Ainné lo había cautivado —«embrujado», según lo expresó la madre más tarde— y él se había enamorado como nunca antes. Ainné O’Kelley y Alan McNamara estaban hechos el uno para el otro, de eso el padre estaba convencido.

Esa noche, Alan McNamara eligió unas amables palabras para expresar el mero hecho de que su familia se había convertido de repente en un obstáculo. Viola y su madre no debían tomárselo como algo personal, ni mucho menos, pero había otras muchas más cosas entre el cielo y la tierra, justamente...

El padre flotaba en las nubes y las esperanzas de la hija de que tal vez bajara de ahí antes de divorciarse no se cumplieron. Luego resultó que además Ainné se había quedado embarazada. Los recién enamorados habían aprovechado bien la primera semana del reencuentro.

En ese momento anunciaron el vuelo y la muchacha se dejó arrastrar por la corriente de viajeros, sobre todo adultos, viajantes de negocios y turistas fuera de temporada. En Hannover la escuela volvía a empezar el lunes siguiente y en Irlanda, una semana más tarde. Viola estaba nerviosa ante la perspectiva de asistir al instituto de Roundwood, el pueblo donde vivía su padre. Seguiría el noveno curso de enseñanza secundaria durante un semestre, tal vez un año si se sentía a gusto con su padre y Ainné. En cualquier caso, su madre pasaría seis meses en Boston, en la sede principal de la gran empresa estadounidense de informática para la que trabajaba. Eso representaba un salto considerable en su carrera, al menos no dependería económicamente de su exmarido. Si bien solo se trataba de un pequeño consuelo, eso le había levantado los ánimos tras la separación. Al menos en la empresa sabían valorarla y la preferían a ella antes que a una «rosa irlandesa». Y, en cierto modo, también sentía cierta perversa satisfacción al amenazar con la presencia de su hija la recién nacida felicidad de Lough Dan: Ainné seguro que no estaría entusiasmada con el hecho de recibir en un mismo paquete a su «gran amor» y a la hija adolescente de este. Viola sonrió furiosa: que no esperase la nueva esposa de su padre mucha amabilidad por su parte.

Era la segunda vez en su vida que Viola volaba y el ajetreo del despegue, aterrizaje, servicio de cabina y venta de artículos libres de impuestos le resultó lo bastante emocionante como para que el viaje se le hiciera corto. Por otra parte, al abandonar su antigua forma de vida la asaltó también la alegría por volver a ver a su padre. Por mucho que lo hubiera criticado con su madre, lo había añorado. Siempre se tomaba las cosas con calma y siempre había conseguido tranquilizar a Viola y a su madre, fueran cuales fueren los conflictos que hubiera en la escuela o en la empresa. Alan McNamara había disfrutado con su trabajo en la agencia de viajes, siempre tenía algo que contar sobre sus clientes y los deseos especiales de estos. Viola sonrió al pensar en ello y esbozó una mueca al recordar los sombríos meses que siguieron a la separación de sus padres.

Cuando por fin aterrizaron, recorrió impaciente el tramo casi inacabable que unía el avión con el espacio de recogida de equipajes. A un corredor monótono y acristalado le seguía otro, a veces provisto de cintas automáticas para avanzar más deprisa. Viola probó uno y lo encontró divertido. De pronto se le ocurrió que tal vez debería arreglarse un poco antes de reunirse con su padre. Buscó los servicios y comprobó su aspecto en el espejo. No estaba mal, aunque debía disimular un poco con maquillaje el indiscreto granito que le había salido sobre el ojo derecho. Seguro que era por el aire del avión. Viola no solía tener acné, pero su cutis, muy claro —¡herencia irlandesa!— era muy sensible y enseguida se le irritaba. Por lo general, una tez de ese tipo iba acompañada de unos cabellos rubios o rojizos y ojos azules, pero la melena lisa y abundante de Viola era de color castaño y los ojos, de un verde oscuro, con chispitas de color marrón claro cuando se inquietaba o estaba nerviosa, como en ese momento. Viola se estiró el pulóver verde claro y se ajustó los ceñidos vaqueros. Ese último semestre tan estresante se había adelgazado un poco, pero según su opinión, le sentaba bien. Se imaginó que su padre sonreiría cuando la viera. Siempre se había sentido orgulloso de ella y la llamaba su «princesa». ¿Llamaría ahora así a su nuevo vástago si era niña? El buen humor de Viola se ensombreció y se acercó peligrosamente al nivel cero cuando por fin alcanzó, empujando el carrito con las maletas, la puerta de llegadas. Buscó en vano con la mirada el rostro enmarcado por el cabello rizado y de color cobrizo oscuro de su padre. Al parecer se había retrasado... ¿O se habría equivocado con la hora de llegada? En Irlanda era una hora antes que en Braunschweig... y además estaba el asunto del «a.m.» y el «p.m.». ¿La esperaría su padre por la noche? ¡Pero seguro que estaba al corriente de los horarios de su país!

Miró desconcertada alrededor. Tenía un número de teléfono, pero su padre le había dicho que era difícil contactar con él durante el día porque solía estar fuera, en algún lugar del camping. Ese día seguro que era así, en Dublín relucía el sol. Ni rastro de la lluvia irlandesa de la que su amiga Katja la había advertido. Katja había estado ese último año en Irlanda con sus padres y al parecer había llovido sin parar. Aunque tal vez solo pretendiera dar una visión negativa del país. Eran amigas desde la infancia y apenas si podían imaginarse pasar seis meses separadas.

¡Qué desastre! ¿Por qué no se habría apuntado el número del móvil de su padre?

Mientras Viola seguía mirando alrededor con aire desdichado, un joven se aproximó a ella. Era rubio y desgarbado, de esos que solo parecen tener brazos y piernas, y llevaba delante de él un cartel escrito con rotulador rojo.

Sorprendida, Viola leyó su nombre: Viola McNamara. Y entonces el chico se acercó a ella.

—Perdona, ¿tú no serás Viola, por casualidad? —dijo el joven, dirigiéndose a ella al tiempo que señalaba el cartel.

Viola asintió desconcertada.

—Pero... mi padre... En realidad estoy esperando a mi padre. —Casi dudó en la elección de las palabras correctas y se avergonzó de su titubeo.

El chico sonrió.

—Es que no ha podido venir. Algo le ha ocurrido a su señora... En cualquier caso me ha mandado a que te recogiera. Soy Patrick y trabajo en el camping. ¿Lo llevo yo? —señaló el carrito con las maletas, que en realidad no era nada fácil de manejar. Aunque tal vez Viola tampoco lo hubiera cargado de la mejor de las maneras: era tan poco habilidosa como su padre.

Viola volvió a asentir y cedió el carrito a Patrick. Todavía sin pronunciar palabra, salió con él del aeropuerto rumbo al aparcamiento, donde el chico se dirigió hacia un microbús con un rótulo que rezaba: «LOUGH DAN CAMPING.»

—Hay sitio suficiente para tus cosas —explicó Patrick con una sonrisa—. Vaya, a juzgar por todo lo que llevas cualquiera diría que vas a quedarte al menos medio año aquí...

—Es lo que voy a hacer...

La conversación en inglés fue adquiriendo fluidez. Una vez que hubo explicado a Patrick que pensaba permanecer en Irlanda durante la estancia de su madre en Estados Unidos, se sintió del todo cómoda con el idioma.

—¿Y tú? —preguntó después al joven—. ¿Eres de Roundwood?

Patrick sacudió la cabeza.

—Sí y no. Aunque nací allí, me mudé hace unos años a Dublín. Estoy estudiando música y literatura.

—¿Y trabajas durante las vacaciones en Roundwood? —quiso saber Viola.

Él asintió.

—Pues... otra vez he de contestarte que sí y no —respondió él, riendo—. En Roundwood hay unos cursos de verano de estudios gaélicos, sobre la antigua lengua y música irlandesas. Hay dos profesoras del instituto que saben un montón. Ya te darás cuenta tú también, la clase pasa como si nada. Bueno, pues como no tengo ingresos fijos y hay que pagar este curso, me he buscado un trabajo. Todavía me quedaré un mes en Wicklow, hasta que vuelva a empezar la universidad. ¡Así luego tendré aire fresco y naturaleza en estado puro de sobras! Lough Dan es bonito, te gustará, pero está alejado de todo.

Viola rio. No sonaba al entorno típico de su dinámico padre.

—¿Internet? —preguntó ella con cautela. Llevaba el portátil en la maleta y esperaba enviar el primer mail a Katja ese mismo día.

Patrick frunció el ceño.

—Sí, pero falla cuando llueve o hay tormenta... ¡No pongas esa cara de espanto! —Le sonrió con aire burlón—. Antes de que se descubriera internet la gente también sobrevivía en Lough Dan. Es un antiquísimo paraje trabajado por el hombre. A pocos kilómetros de distancia se encuentra Glendalough, donde san Kevin realizó sus obras...

Viola puso los ojos en blanco. ¡San Kevin le daba completamente igual, quien le interesaba era Katja!

Patrick desvió el microbús para alejarse de la periferia de Dublín en dirección al condado de Wicklow. El trayecto no duraba más de dos horas, pero cuando abandonaron la autovía y avanzaron a través de la campiña y junto a poblaciones diminutas fue como si se zambulleran en otro mundo. Las carreteras fueron estrechándose y haciéndose más sinuosas, el paisaje llano que rodeaba Dublín se volvió montañoso. Era evidente que se aproximaban a la zona de excursiones y reposo en que se encontraban Lough Dan y Roundwood. El pueblo más alto de Irlanda, como señalaba en ese momento Patrick.

—Un lugar de preferencia para pasar las vacaciones. Se puede pescar, pasear, montar a caballo... Por cierto, ¿montas a caballo? El viejo Bill está como loco esperando a la chica de Alemania. Está convencido de que ahí a todos les encantan los caballos. Y espera ayuda, gratuita claro, con los ponis...

—¿Montar a caballo?, ¿yo? —Viola no había escuchado con atención, sino que se había quedado absorta en el fascinante panorama montañoso que surgía ante ella. Además se había mareado un poco con las curvas. La imagen de los caballos, sin embargo, la devolvió bruscamente a la realidad. Después de que Katja se hubiera enamorado por un breve período de tiempo de un caballo llamado Blacky, la simple mención de esos animales producía en Viola un sentimiento de puro terror. Durante tres meses, Katja había hablado exclusivamente de caballos, pero por suerte un chico llamado Toby se había mudado al apartamento de al lado y Katja había orientado su interés hacia esa dirección. Viola también consideraba aburrido a Toby, pero al menos no tenía un olor tan penetrante.

Patrick rio con ironía.

—Tu padre ya le ha dicho que no te gustan los caballos, pero él no se lo cree. Esencialmente, Bill solo cree lo que quiere creer. Según mi opinión es algo pesado... pero ya te entenderás con él...

La última observación pretendía ser consoladora. Al parecer, Viola volvía a tener una expresión algo apesadumbrada.

—Bill es el padre de Ainné, ¿verdad? —preguntó.

Patrick asintió.

Viola suspiró. Otra persona más con quien iba a convivir y con quien se las tendría que apañar. Patrick, al menos, era simpático.

Después de un trayecto casi interminable y plagado de curvas llegaron por fin a Roundwood, un pueblecito de nada, tal como era de esperar, pero de aspecto acogedor, con fachadas de colores y rótulos antiguos en las tiendas. Patrick se detuvo delante de un supermercado y Viola salió del coche con pasos vacilantes. Si respiraba hondo y se movía un poco tal vez no llegara a vomitar... Al final ayudó a Patrick a cargar un par de cajas con víveres que, como era evidente, habían encargado por teléfono y luego se sintió mucho mejor.

—Esa es la vieja escuela —le explicó Patrick cuando reanudaron la marcha, indicándole un hermoso edificio antiguo—. Y justo detrás está el nuevo centro escolar. No es tan bonito, pero se supone que tiene un equipamiento muy moderno. Yo no lo he visto porque cuando era pequeño todavía íbamos al antiguo. En vez de ordenadores, teníamos duendes.

—¿Y cómo vendré cada día hasta aquí? —preguntó Viola enfurruñada y mirando con expresión sombría la señal que anunciaba la distancia hasta Lough Dan: cinco kilómetros, calculó rápidamente. Ahora sí que estaba harta de coche. Habían bastado las tres primeras curvas por el pueblo para que tuviera la sensación de estar otra vez mareada.

—En el autobús escolar —respondió Patrick—. No te preocupes, pasan a recogerte. Y es el instituto situado en el punto más alto de Irlanda. —Sonrió burlón—. Mira, el lago.

Una nueva curva dejó al descubierto la vista sobre el Lough Dan y Viola casi olvidó el mareo. A la luz del sol era un paisaje sensacional. El pequeño lago, enmarcado entre montañas y liso como un espejo, reflejaba las cumbres. Era como si bajo la superficie del agua hubiera un país encantado de desfiladeros y valles hechizados. Algunas orillas eran escarpadas, pero la mayoría era plana y cubierta de cañizales o hierba. El lago se alimentaba de muchos arroyuelos que formaban aquí y allá diminutas cascadas. Las corrientes brillaban plateadas al sol, cuyos rayos parecían atrapar para regalárselos al lago. Al principio Viola no distinguió ninguna casa y, de hecho, la localidad —en la que se encontraba el camping de los O’Kelley/McNamara— era tan minúscula que ni siquiera tenía nombre. En un punto con una vista panorámica especialmente bonita había una tienda de recuerdos y un restaurante. Viola distinguió también un hotel en lo alto de las montañas, alejado, y unas pocas casas diseminadas. Nada que gozara de fama internacional.

—Mires por donde mires solo verás naturaleza —advirtió Patrick—. Aquí la actividad más emocionante consiste en observar pájaros.

Giró por un camino angosto en dirección al lago y cruzó enseguida una barrera abierta. Al lado había una garita con un cartel que anunciaba: «LOUGH DAN CAMPING.» Viola se fijó en que había unas treinta plazas para aparcar, de las cuales solo unas pocas estaban situadas al lado mismo del lago en esos momentos.

—En pleno verano hay más movimiento —señaló Patrick, al tiempo que seguía el cartel hacia Administración. Al final se detuvo delante de un pequeño edificio de cubierta de caña que Viola ya conocía a través de los mails de su padre. En la recepción había un despacho y una tienda minúscula en la que los campistas podían comprar lo imprescindible. Patrick y Viola metieron las cajas de Roundwood y Patrick de inmediato se puso a desempaquetar.

—Prefiero hacerlo enseguida —explicó—, si no me olvido y Ainné se enfada si se derrite la mantequilla. Pero tú ya puedes entrar, el acceso privado está justo al lado, imposible equivocarse. Luego te llevo las maletas. Aunque no sé si encontrarás a alguien allí: no veo el coche por ningún lado.

—¿Dónde suele estar mi padre? —preguntó Viola decepcionada, mientras se ponía a ayudar a Patrick. ¿Qué iba a hacer en la casa vacía? En el mejor de los casos, conocería al padre de Ainné, y no es que le apeteciera demasiado.

—Ya te lo he dicho, se ha marchado en la ambulancia con Ainné. Si es grave tendrá que ir a Dublín, pero por el momento se trata de una falsa alarma. Al bebé todavía le quedan un par de semanas. —Patrick guardó la leche y la mantequilla en la nevera. Viola puso en su sitio las sopas en sobre. En cinco minutos habían concluido.

—¿Quieres dar una vuelta? —preguntó Patrick, sonriendo de nuevo con aire socarrón—. A lo mejor descubrimos unos pájaros la mar de interesantes.

Viola asintió abatida. Todavía tenía el estómago revuelto tras el viaje en coche. Seguro que le sentaría bien respirar aire fresco.

No se arrepintió. El ambiente era cálido y el aire olía a resina y a vegetación. El camping, situado en un lugar idílico junto a la orilla del lago, contaba con un pequeño embarcadero y un cobertizo que albergaba canoas y botes de remos de alquiler.

—Mi trabajo —anunció Patrick, señalando las canoas cuidadosamente apiladas sobre tacos—. Además de todo lo que se tercie. Pero me ocupo sobre todo de los botes y de dar instrucciones a la gente con vocación de navegante. Los kajaks se vuelcan cuando no se es muy hábil, pero estaré encantado de enseñarte a manejarlos, si te apetece.

Viola hizo un gesto negativo con la cabeza. Podía renunciar tranquilamente a cualquier deporte... Salvo a navegar por internet.

—Y allí detrás están los ponis. De eso se encarga Bill.

Patrick apartó a Viola de la orilla para encaminarse hacia una superficie cercada que incluía también establos y postes para atar los animales. Allí delante se hallaba un hombre rechoncho y rubicundo riñendo en un tosco irlandés a una delicada muchacha:

—Me da completamente igual lo que hayas pensado. ¡Gracie no trabaja, ya lo sabes!

—¡No la he alquilado! —se defendió la chica. Tenía el cabello de un rubio pálido y era delgada, de la misma edad que Viola—. Yo misma la he montado. Se pone insoportable cuando no tiene nada que hacer. Además, los próximos meses Ainné no la sacará, así que pensé...

—De pensar ya se encargan los caballos, tienen la cabeza más grande —gruñó el hombre—. Y el caballo de Ainné es el caballo de Ainné, tanto si lo monta como si no.

La joven iba a replicar una vez más, pero al advertir la presencia de Patrick y Viola, se ruborizó de inmediato. Parecía avergonzada de que la riñeran en público... ¿o acaso solo se había sonrojado porque estaba Patrick? Viola creyó vislumbrar un brillo delator cuando los ojos azules de la muchacha miraron al joven. Al parecer, no solo estaba enamorada de los caballos.

Patrick, a su vez, más bien parecía disgustado.

—Bueno, pues ese es Bill —señaló—. O lo tomas o lo dejas. La chica se llama Shawna, es la criatura más sufridora de esta isla...

Antes de que concluyera, Shawna se acercó a ellos.

—Hola, Patrick —saludó, y en ese momento ya fue imposible no darse cuenta de las estrellitas que brillaban en sus ojos—. Has vuelto.

Viola nunca había estado realmente enamorada, pero había observado en diversas ocasiones que ese estado conducía a una gran pérdida de la capacidad de construir frases completas o inteligentes.

—Como es evidente —respondió Patrick burlón—. ¿Tú también has estado fuera hasta ahora? Un paseo a caballo de medio día con tres turistas, ¿no? Con lo que le has hecho ganar ciento cincuenta euros a ese canalla. Y él te lo agradece con una bronca.

Shawna volvió a ruborizarse. Al parecer era un tema delicado.

—No debería haberme llevado a Gracie —explicó para justificar el estallido de Bill—. Y menos sin haberlo consultado antes con Ainné. Pero necesitaba tres ponis grandes para los turistas, todos eran adultos. No iba yo a montar uno más pequeño. Y...

—No te molestes, Shawna, a mí no necesitas darme explicaciones. —Patrick hizo un gesto de rechazo con la mano—. Mejor le pones al viejo los puntos sobre las íes. ¡Caray, Shawna, sin ti está perdido! Curras cada día y no ves ni un céntimo. Déjalo un par de días colgado, puede que luego sea un poco más amable...

—Pero al menos puedo montar —protestó Shawna—. Y si ahora viene esa chica de Alemania... —En ese instante reparó en Viola—. Oh... ¿eres tú...? —Se ruborizó de nuevo.

Viola intentó sonreírle animosa.

—Soy Viola y, en efecto, vengo de Alemania. Pero, aunque quisiera, no podría aguantarme ni tres minutos encima de Gracie o como se llame. Y tampoco tengo el menor interés en limpiar ningún establo, sentar a los hijos de los turistas sobre los ponis y hacer lo que sea que haces tú aquí.

En el rostro de Shawna apareció una sonrisa tímida. Patrick volvió a esbozar una mueca burlona.

—¿Lo ves? Nadie va a disputarte este trabajo ideal. Y ahora que no se te ocurra ayudar a ese tipo a guardar los caballos y a darles de comer. Tengo refrescos en el cobertizo de los botes, ven, yo invito.

Shawna parecía sentirse culpable —seguro que había estado firmemente decidida a seguir trabajando—, pero al final salió ganando su debilidad por Patrick. Lo miró embelesada y los ac ...