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LLAVE DE SARAH, LA

Tatiana de Rosnay  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Prólogo

Nota

Cita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Nueva York, 2005

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Agradecimientos

Sobre la autora

Notas

Créditos

Grupo Santillana

A mi madre, Stella

A mi preciosa y rebelde Charlotte

En recuerdo de mi abuela Natacha (1914-2005)

Prólogo

Los personajes de esta novela son ficticios, pero algunos de los acontecimientos descritos no lo son, en especial los ocurridos durante la ocupación francesa en el verano de 1942, y en particular la gran redada del «Vélodrome d’Hiver»[1], que acaeció el 16 de julio de 1942 en el corazón de París.

Ésta no es una obra histórica ni alberga pretensión alguna de serlo. Se trata de mi homenaje a los niños del «Vel’ d’Hiv’», tanto a los que nunca regresaron como a los que sobrevivieron para contarlo.

T. de R.

Nota bene

El capítulo 45 contiene fragmentos del discurso que pronunció el primer ministro Jean-Pierre Raffarin el 21 de julio de 2002 durante la sexagésima conmemoración de la redada del Vel’ d’Hiv’.

¡Dios mío! ¿Qué me está haciendo este país?

Como me ha rechazado, considerémoslo con

frialdad, vamos a contemplar cómo pierde el

honor y la vida.

Irène Némirovsky, Suite francesa, 1942

Tigre, tigre, de brillo ardiente

por los bosques de la noche,

¿qué mano, qué ojo inmortal

pudo crear tu terrible simetría?

William Blake,

Canciones de experiencia, 1794



 

París, julio de 1942

La niña fue la primera en oír cómo aporreaban la puerta, ya que su habitación era la más cercana a la entrada del apartamento. Al principio, adormilada, pensó que era su padre, que subía desde su escondrijo en la bodega. Seguramente había olvidado las llaves, y se estaba impacientando al comprobar que nadie oía los primeros golpes, más suaves; pero después escuchó unas voces que en el silencio de la noche sonaban ásperas y brutales. No se parecían en nada a la de su padre.

—¡Policía! ¡Abran inmediatamente!

Los golpes volvieron a oírse con más fuerza, y le resonaron hasta la médula de los huesos. Su hermano pequeño, que dormía en la cama de al lado, se removió en sueños.

—¡Policía! ¡Abran! ¡Abran la puerta!

¿Qué hora sería? Se asomó a través de las cortinas. Fuera todavía estaba oscuro.

Tenía miedo. Recordó las conversaciones quedas que había escuchado últimamente, bien entrada la noche, cuando sus padres ya la creían dormida. Se acercaba con sigilo hasta la puerta de la sala de estar, y a través de una pequeña ranura escuchaba la voz nerviosa de su padre y observaba el gesto preocupado de su madre. Usaban su lengua materna; la chica la entendía, aunque no la hablaba con tanta fluidez como ellos. En susurros, su padre decía que les aguardaban tiempos difíciles, y que debían ser valientes y cautelosos. Pronunciaba palabras extrañas, desconocidas para ella: «campos», «redada, una gran redada», «arrestos al amanecer». La niña se preguntaba qué significaba todo aquello. Su padre había murmurado que sólo los hombres estaban en peligro, no las mujeres ni los niños, y que iba a esconderse en la bodega por las noches.

A la mañana siguiente su progenitor le había explicado que era mejor que él durmiera abajo durante una temporada, hasta que «la cosa estuviera segura». La chica se preguntó qué era exactamente esa «cosa», y a qué se refería con «segura». ¿Cuándo volvería a ser «segura» la cosa? También quería saber a qué se refería él con «campos» y «redada», pero le daba miedo reconocer que había espiado sus conversaciones, y que además lo había hecho varias veces, así que no se atrevió a preguntar.

—¡Abran! ¡Policía!

Se preguntó si habrían encontrado a su padre en la bodega. ¿Era por eso por lo que estaban allí? ¿Había venido la policía para llevárselo a esos lugares que había mencionado en aquellas conversaciones nocturnas en voz baja, a esos «campos» lejanos, fuera de la ciudad?

La chica corrió de puntillas hasta el final del pasillo y entró en la habitación de la madre, que se despertó en cuanto sintió su mano en el hombro.

—Es la policía, mamá —susurró la niña—. Están llamando a la puerta.

Ésta sacó las piernas de debajo las sábanas y se apartó el pelo de los ojos. La niña pensó que parecía cansada y mayor, mucho mayor de sus treinta años.

—¿Han venido a llevarse a papá? —gimoteó la niña, agarrándola de los brazos—. ¿Han venido a por él?

La madre no respondió. Las voces volvieron a oírse en el vestíbulo. La madre se echó una bata sobre el camisón, agarró a la niña de la mano y fue hacia la puerta. Su palma estaba caliente y sudorosa; como la de un crío, pensó la chica.

—¿Sí? —dijo la madre con voz apagada, sin abrir el cerrojo.

Una voz masculina ladró su nombre.

—Sí, monsieur, soy yo —respondió ella. Su acento sonó fuerte, casi áspero.

—Abra ahora mismo. Policía.

La madre se llevó la mano a la garganta y la niña advirtió su extrema palidez. Parecía exangüe, helada, como si ya no pudiera moverse. Nunca había visto tanto pavor en el rostro de su madre. La niña sintió cómo la angustia le secaba l

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