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LA úLTIMA CARTA DE AMOR

Jojo Moyes  

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Fragmento

PRÓLOGO

Hablamos. Un beso.

Ellie Haworth ve a sus amigos a través del gentío y se abre camino serpenteando por el bar. Deja el bolso en el suelo y coloca el móvil sobre la mesa delante de ellos. Están ya bien achispados…, se les nota en el tono de voz, en los exagerados movimientos de los brazos y las fuertes carcajadas, y en las botellas vacías que tienen enfrente.

—Llegas tarde. —Nicky levanta su reloj y lo señala con un dedo, mirándola—. No digas nada. «Tenía que terminar un artículo».

—Una entrevista con la esposa cornuda del parlamentario. Lo siento. Era para la edición de mañana —se excusa mientras se desliza en el asiento libre y se echa en un vaso los restos de una botella. Empuja el móvil por encima de la mesa—. Vale. La fastidiosa palabra sobre la que vamos a debatir esta noche: «Hablamos».

—¿Hablamos?

—Como despedida de un mensaje. ¿Se refiere a mañana o a hoy mismo? ¿O no es más que un espantoso convencionalismo de adolescentes que no quiere decir nada en absoluto?

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Nicky se asoma a la pantalla iluminada.

—Es un «Hablamos» seguido de «Un beso». Es como decir «Buenas noches». Yo diría que se refiere a mañana.

—Es mañana, sin duda —le confirma Corinne—. «Hablamos» siempre quiere decir «Hasta mañana». —Hace una pausa—. O incluso podría referirse a pasado mañana.

—Es muy informal.

—¿Informal?

—Como algo que podría decírsele al cartero.

—¿Le mandarías un beso al cartero?

Nicky sonríe.

—Es posible. Es muy guapo.

Corinne examina el mensaje.

—No creo que sea eso. Podría significar simplemente que tenía prisa por hacer otra cosa.

—Sí. Como irse con su mujer.

Ellie lanza una mirada de advertencia a Douglas.

—¿Qué? —protesta él—. ¿No crees que estás imaginando demasiadas cosas a la hora de descifrar el lenguaje de los SMS?

Ellie da un trago a su vino y, a continuación, se inclina hacia delante por encima de la mesa.

—Vale. Necesito otra copa si voy a recibir un sermón.

—Si has intimado con alguien lo suficiente como para tener sexo con él en su despacho, creo que debería ser posible pedirle que deje claro cuándo os vais a ver para tomar un café.

—¿Qué pone en el resto del mensaje? Y, por favor, dime que no menciona nada de sexo en su despacho.

Ellie mira su teléfono y revisa los mensajes.

—«He recibido una mala noticia de mi casa. Dublín la semana que viene, pero no estoy seguro de cuáles son los planes. Hablamos. Un beso».

—No se está comprometiendo a nada —dice Douglas.

—A menos que…, ya sabes…, no esté seguro de cuáles son los planes.

—En ese caso, diría: «Te llamaré desde Dublín». O incluso: «Te compraré un billete para que vengas a Dublín».

—¿Se lleva a su mujer?

—Nunca lo hace. Es un viaje de trabajo.

—Quizá se lleve a otra —murmura Douglas antes de dar un trago a su cerveza.

Nicky niega con la cabeza con expresión meditativa.

—Dios, ¿no os parece que la vida era más fácil cuando te tenían que llamar para hablar contigo? Así, al menos, podías saber por el tono de voz si te estaban rechazando.

—Sí —contesta Corinne con un bufido—. Y podías quedarte sentada en casa durante horas junto al teléfono esperando a que te llamaran.

—Ay, la de noches que he pasado…

—… comprobando si el teléfono tenía señal de llamada…

—… y luego colgando de golpe por si acaso te llamaban en ese mismo momento.

Ellie los oye reír, reconociendo que lo que dicen entre risas es verdad, mientras una pequeña parte de su mente sigue esperando ver que la pantallita se ilumina de pronto con una llamada. Una llamada que, dada la hora y «la mala noticia de su casa», no va a ocurrir.

Douglas la acompaña a casa. Es el único de los cuatro que vive en pareja, pero Lena, su novia, tiene un puesto importante en una agencia de comunicación del sector tecnológico y, a menudo, está en su oficina hasta las diez o las once de la noche. A Lena no le importa que él salga con sus antiguas amistades. Ha venido con él en unas cuantas ocasiones, pero le cuesta atravesar el muro de los viejos chistes y las complicidades que acarrea una década y media de amistad. La mayoría de las veces deja que vaya solo.

—¿Y qué tal estás tú, grandullón? —le pregunta Ellie con un codazo mientras rodean un carrito de la compra que alguien ha dejado en la acera—. No has contado nada de ti. A menos que me lo haya perdido.

—No hay mucho que contar —responde él y, después, vacila. Se mete las manos en los bolsillos—. Bueno, eso no es del todo verdad. Eh… Lena quiere tener un hijo.

Ellie le mira.

—¡Anda!

—Y yo también quiero —se apresura él a añadir—. Llevamos mucho tiempo hablándolo, pero hemos llegado a la conclusión de que nunca va a llegar el momento adecuado, así que no hay razón para no intentarlo ahora.

—Qué románticos…

—Yo…, no sé…, la verdad es que estoy bastante contento. Lena va a seguir con su trabajo y yo cuidaré del bebé en casa. Ya sabes, suponiendo que todo salga como debería y…

—¿Y es eso lo que tú quieres? —Ellie trata de mantener un tono neutro.

—Sí. De todos modos, no me gusta mi trabajo. Lleva años sin gustarme. Ella gana una fortuna. Creo que estará bien holgazanear con un bebé todo el día.

—La paternidad consiste en algo más que en holgazanear… —empieza a decirle ella.

—Lo sé. Cuidado…, en la acera. —La aparta suavemente para que no pise una caca—. Pero estoy preparado. No tengo por qué estar saliendo al pub todas las noches. Quiero pasar a la siguiente fase. No estoy diciendo que no me guste salir con vosotras, pero, a veces, me pregunto si no deberíamos…, ya sabes…, crecer un poco.

—¡Ay, no! —Ellie le agarra del brazo—. Te has pasado al lado oscuro.

—Bueno, yo no me siento en mi trabajo igual que tú en el tuyo. Para ti lo es todo, ¿no?

—Casi todo —admite ella.

Siguen caminando en silencio por un par de calles mientras oyen las sirenas a lo lejos, las puertas de los coches al cerrarse y las conversaciones amortiguadas de la ciudad. A Ellie le encanta este momento de la velada, alentada por la charla amistosa, libre por un momento de las incertidumbres que rodean el resto de su vida. Lo ha pasado bien en el pub y se dirige a su acogedor apartamento. Está sana. Tiene una tarjeta de crédito con bastante saldo sin usar, planes para el fin de semana y es la única de sus amigos a la que aún no le ha salido una sola cana. La vida es maravillosa.

—¿Alguna vez piensas en ella? —le pregunta Douglas.

—¿En quién?

—En la mujer de John. ¿Crees que lo sabe?

Su mención hace que la felicidad de Ellie desaparezca.

—No sé. —Y al ver que Douglas no dice nada, añade—: Estoy segura de que, si yo fuera ella, sí lo sabría. Él dice que está más interesada en los niños que en él. A veces, me digo a mí misma que quizá hasta haya una pequeña parte de ella que se alegre de no tener que preocuparse por él. Ya sabes, de tener que mantenerlo contento.

—Eso sí que es hacerse ilusiones.

—Puede ser. Pero, si te soy sincera de verdad, la respuesta es no. Ni pienso en ella ni me siento culpable. Porque no creo que hubiese pasado si ellos fueran felices o si…, ya sabes…, si tuviesen conexión.

—Las mujeres tenéis una idea de los hombres muy equivocada.

—¿Crees que es feliz con ella? —le pregunta examinándole la expresión.

—No tengo ni idea de si lo es o no. Pero no creo que necesite ser infeliz con su mujer para estar acostándose contigo.

Los ánimos han cambiado ligeramente y quizá, al darse cuenta, ella le suelta el brazo y se ajusta el pañuelo que lleva en el cuello.

—Piensas que soy una mala persona. O que lo es él.

Ahí está. El hecho de que venga de parte de Douglas, el menos moralista de sus amigos, le escuece.

—Yo no creo que ninguno seáis mala persona. Solo pienso en Lena, en lo que sería para ella llevar a mi hijo en su vientre y la idea de ponerle los cuernos solo porque ella decida prestar a mi hijo la atención que yo creía que era mía…

—Entonces, sí que crees que él es una mala persona.

Douglas niega con la cabeza.

—Es solo que… —Se detiene, levanta los ojos al cielo de la noche antes de dar forma a su respuesta—. Creo que deberías tener cuidado, Ellie. Todo esto de tratar de descifrar cuáles son sus intenciones, qué es lo que quiere, no es más que una tontería. Estás perdiendo el tiempo. Para mí, las cosas son normalmente bastante sencillas. Te gusta alguien, tú le gustas, os enrolláis y, más o menos, eso es todo.

—Vives en un universo muy bonito, Doug. Una pena que no se parezca al real.

—Vale, cambiemos de tema. Ha sido mala idea sacarlo a colación después de haber tomado unas copas.

—No. —La voz de ella suena más animada—. Piensa en lo de In vino veritas y todo eso. No pasa nada. Al menos, sé qué piensas. A partir de aquí puedo ir sola. Saluda de mi parte a Lena. —Recorre las últimas dos calles a toda velocidad hasta su casa, sin darse la vuelta para mirar a su viejo amigo.

Están preparando la mudanza del Nation, caja a caja, para llevarlo a su nueva sede de fachada de cristal en un resplandeciente muelle ganado al río en el lado este de la ciudad. La oficina ha ido adelgazando semana a semana: donde antes había montañas de comunicados de prensa, archivadores y recortes, ahora unos escritorios vacíos, inesperadas superficies laminadas relucientes y largas, quedan expuestos al severo resplandor de los tubos fluorescentes. Han salido a la luz recuerdos de antiguos artículos, como premios de una excavación arqueológica, banderines de aniversarios de la Casa Real, cascos de metal abollado de guerras lejanas y títulos enmarcados de galardones ya olvidados. Montones de cables que salen de las paredes, losetas de moquetas sacadas de su sitio y grandes agujeros abiertos en el techo, dando pie a histriónicas visitas de expertos en seguridad e higiene y de inspectores con portapapeles. Los departamentos de publicidad, anuncios por palabras y deportes ya se han mudado a Compass Quay. La revista de los sábados y el departamento de negocios y economía doméstica están preparando su mudanza para las próximas semanas. El de reportajes, el departamento de Ellie, irá después con el de noticias, que se mudarán con un cuidadoso y coreografiado juego de manos para que, mientras el periódico del sábado sale de la antigua sede de Turner Street, el del lunes lo haga, como por arte de magia, desde la nueva dirección.

El edificio, sede del periódico durante casi cien años, ha dejado de ser adecuado, una expresión muy fea. Según la dirección, no refleja el carácter dinámico y racionalizado del periodismo moderno. Tiene demasiados escondites, comentan los gacetilleros malhumorados, mientras son levantados de sus puestos, sujetándose como lapas a una carcasa agujereada.

—Deberíamos celebrarlo —dice Melissa, jefa del departamento de reportajes, desde el despacho casi vacío del redactor jefe. Lleva un vestido de seda de color vino tinto. En Ellie habría quedado como un camisón de abuela. En Melissa, queda como lo que es: atrevida alta costura.

—¿La mudanza? —Ellie está mirando su teléfono móvil, puesto en modo silencio a su lado. A su alrededor, los demás escritores del departamento guardan silencio con sus cuadernos de notas sobre las rodillas.

—Sí. La otra noche estuve hablando con uno de los archiveros. Dice que hay montones de archivos antiguos que no se han consultado desde hace años. Quiero algo sobre las secciones femeninas de hace cincuenta años. Cómo han cambiado las conductas, las modas, las preocupaciones de las mujeres. Casos prácticos, comparativas de entonces y de ahora. —Melissa abre una carpeta y saca varias fotocopias. Habla con la relajada seguridad de una persona que está acostumbrada a que la escuchen—: Por ejemplo, de nuestras páginas de consultas: «¿Qué puedo hacer para que mi mujer vista de forma más elegante y se vuelva más atractiva? Mis ingresos son de mil quinientas libras al año y empiezo a abrirme camino en el sector de ventas. Con mucha frecuencia, recibo invitaciones de clientes, pero en las últimas semanas he tenido que eludirlas porque, sinceramente, mi mujer tiene un aspecto desastroso».

Se oyen unas suaves risas por la habitación.

«He intentado hablarlo con ella con suavidad y me dice que no le importan las modas, las joyas ni el maquillaje. La verdad es que no parece la esposa de un hombre de éxito, que es como yo quiero que sea».

John le había dicho una vez a Ellie que, después de que nacieran los niños, su mujer había dejado de interesarse por su aspecto. Cambió de tema casi al mismo tiempo que lo introducía y nunca más volvió a sacarlo, como si sintiera que lo que había dicho era una traición aún mayor que acostarse con otra mujer. Ellie se había ofendido por ese atisbo de lealtad caballerosa aun cuando en parte le había admirado por ello.

Pero se le había quedado clavado en la mente. Se había imaginado a su mujer: desaliñada con un camisón lleno de manchas, con un bebé en brazos y arengándole por alguna supuesta falta de atención. Sintió deseos de decirle que ella nunca sería así con él.

—Podrían plantearse esas preguntas en un consultorio sentimental moderno. —Rupert, el redactor jefe del sábado, se inclina hacia delante para mirar las otras fotocopias.

—No estoy segura de que sea necesario. Mira la respuesta: «Puede que nunca se le haya ocurrido a su esposa que tiene que formar parte del escaparate de su esposo. Puede ser que, a la hora de pensar en estas cosas, se diga a sí misma que está casada, segura, feliz, por lo que ¿para qué molestarse?».

—Ah —dice Rupert—. La profunda paz de la cama compartida.

—«He visto cómo le ha pasado esto de una forma especialmente rápida tanto a chicas enamoradas como a mujeres que llevan una vida tranquila al acogedor abrigo de un matrimonio establecido. En un momento son tan elegantes como una pintura nueva, batallando heroicas contra sus cinturas, las costuras rectas, con toques nerviosos de perfume y, de pronto, un hombre dice: “Te quiero” y, un instante después, esa chica deslumbrante es, casi sin ninguna diferencia, una zorra. Una zorra feliz».

La habitación se ve invadida brevemente por pequeñas carcajadas de cortesía.

—¿Qué preferís vosotras, chicas? ¿Batallar heroicas contra vuestra cintura o convertiros en una zorra feliz?

—Creo que vi una película con ese título no hace mucho —dice Rupert. Su sonrisa desaparece cuando se da cuenta de que ya no hay risas.

—Se pueden hacer muchas cosas con este material —propone Melissa señalando al archivo—. Ellie, ¿te importa investigar un poco esta tarde? A ver qué consigues encontrar. Vamos a buscar en temas de hace cuarenta o cincuenta años. Cien sería alejarse demasiado. Al redactor jefe le parece bien que pongamos el broche a la mudanza de tal forma que nos llevemos a los lectores con nosotros.

—¿Quieres que revise el archivo?

—¿Te supone algún problema?

No, si te gusta sentarte en sótanos oscuros llenos de papeles enmohecidos controlada por hombres disfuncionales con mentalidad estalinista y que, aparentemente, no han visto la luz del sol desde hace treinta años.

—Ninguno —contesta con tono animado—. Estoy segura de que encontraré algo.

—Llévate a un par de becarios para que te ayuden, si quieres. Me han dicho que hay un par de ellos que ansían entrar en el tema de la moda.

Ellie no detecta la expresión de satisfacción malvada que cruza el rostro de su jefa ante la idea de enviar al último lote de aspirantes a Anna Wintour a las entrañas del periódico. Está ocupada pensando: «Mierda. Abajo no hay cobertura de móvil».

—Por cierto, Ellie, ¿dónde estabas esta mañana?

—¿Qué?

—Esta mañana. Quería que reescribieras ese artículo sobre niños que han perdido a alguien cercano. ¿Sabes? Parecía que nadie sabía dónde estabas.

—Estaba haciendo una entrevista.

—¿A quién?

Un experto en lenguaje no verbal, piensa Ellie, habría detectado enseguida que la inexpresiva sonrisa de Melissa es más bien un gruñido.

—Un abogado. Un informante. Esperaba sacar algo sobre el sexismo en los bufetes de abogados —contesta antes siquiera de saber qué está diciendo.

—Sexismo en el centro financiero de Londres. No me suena nada innovador. Asegúrate de estar en tu mesa mañana a tu hora. Las entrevistas especulativas en tu tiempo libre, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Bien. Quiero una doble página para la primera edición en Compass Quay. Algo en la línea de «Cosas que nunca cambian». —Está escribiendo en su cuaderno de cubierta de piel—. Obsesiones, anuncios, problemas… Tráeme unas cuantas páginas esta misma tarde y veremos qué tienes.

—Muy bien. —La sonrisa de Ellie es la más luminosa y competente de toda la habitación mientras sigue a los demás cuando salen del despacho.

«He pasado el día en el equivalente moderno del purgatorio», escribe, haciendo después una pausa para dar un sorbo a su vino. «En el archivo del periódico. Deberías estar agradecido por dedicarte solo a crear cosas».

Él le ha escrito un mensaje desde su cuenta de Hotmail. Se hace llamar a sí mismo Chupatintas; una broma entre los dos. Ella dobla las piernas sobre el asiento y espera, deseando que esa máquina le indique que ha llegado la respuesta de él.

«Eres una ignorante. A mí me encantan los archivos», le responde la pantalla. «Recuérdame que te lleve a la hemeroteca de la Biblioteca Británica en nuestra próxima cita».

Ella sonríe. «Sí que sabes hacer que una chica se divierta».

«Hago lo que puedo».

«El único bibliotecario humano me ha dado un buen montón de papeles sueltos. No es la lectura más interesante para irse a dormir».

Temerosa de que esto pueda parecer sarcástico, continúa con un emoticono sonriente y, después, se maldice al recordar que él había escrito una vez un artículo para Literary Review sobre cómo ese emoticono representaba todo lo peor de la comunicación moderna.

«Era un emoticono irónico», añade a la vez que se mete el puño en la boca.

«Espera. Teléfono». La pantalla se queda inmóvil.

Teléfono. ¿Su mujer? Él está en la habitación de su hotel de Dublín. Le ha contado que tiene vistas al agua. «Te encantaría». ¿Qué se suponía que tenía que responder ella a eso? «Entonces, llévame la próxima vez». Eso habría sido exigir demasiado. «Estoy segura de que sí». Habría parecido casi sarcástico. «Sí», había contestado por fin antes de soltar un largo y silencioso suspiro.

Es todo culpa de ella, le dicen sus amigos. Y, cosa poco usual en ella, no puede estar en desacuerdo.

Lo conoció en una feria del libro en Suffolk, cuando la enviaron a entrevistar a un autor de novelas de misterio que había ganado una fortuna tras renunciar a proposiciones más literarias. Se llama John Armour y su héroe, Dan Hobson, es una amalgama casi caricaturesca de anticuadas cualidades masculinas. Le entrevistó durante un almuerzo, temiendo encontrarse con una defensa bastante irritable del género, quizá unas cuantas quejas sobre la industria editorial. A ella siempre le parecía agotador entrevistar a escritores. Se había esperado un hombre de mediana edad, barrigón y de piel lechosa tras varios años atado a su escritorio. Pero el hombre alto y bronceado que se levantó para estrecharle la mano resultó ser esbelto y lleno de pecas, como un curtido granjero sudafricano. Era divertido, encantador, autocrítico y atento. Le había dado la vuelta a la entrevista, haciéndole preguntas a ella sobre su vida y, después, contándole sus teorías sobre el origen del lenguaje y su creencia en que la comunicación se estaba transformando en algo peligrosamente blando y desagradable.

Cuando llegó el café, ella se dio cuenta de que no había anotado nada en su cuaderno durante casi cuarenta minutos.

—Pero ¿no te gusta cómo suenan? —preguntó ella cuando salían del restaurante para regresar a la feria literaria. Era finales de año y el sol del invierno se había escondido tras los edificios bajos de aquella calle cada vez más silenciosa. Había bebido demasiado, había alcanzado el punto en que su boca actuaba con rapidez y atrevimiento antes de que ella misma pensara en lo que debía decir. No había querido salir del restaurante.

—¿Cuáles?

—El español. Y, especialmente, el italiano. Estoy segura de que es por eso por lo que me encanta la ópera italiana y no soporto las alemanas, con todos esos ruidos fuertes y guturales. —Él se quedó pensativo y su silencio la puso nerviosa. Empezó a balbucear—: Sé que es de lo más anticuado, pero me encanta Puccini. Me encanta esa emoción exaltada. Me encanta esa «erre» que se enrosca, el staccato de las palabras… —Su voz se fue apagando al notar lo ridícula y pretenciosa que sonaba.

Él se detuvo en una puerta, miró brevemente hacia atrás y, después, se giró de nuevo hacia ella.

—No me gusta la ópera. —La había mirado directamente a los ojos al decir aquello. Como si fuese un desafío. Ella sintió que algo se soltaba en lo más profundo de su estómago. Ay, Dios mío, pensó—. Ellie —añadió él después de quedarse allí callados durante casi un minuto; esa fue la primera vez que la llamó por su nombre—. Ellie, tengo que recoger una cosa en mi hotel antes de regresar a la feria. ¿Te gustaría venir conmigo?

Antes incluso de que ella cerrara la puerta de la habitación cuando entraron, ya estaban besándose, con sus cuerpos apretados uno contra otro, devorándose con la boca, enroscados mientras sus manos realizaban la coreografía urgente y frenética de desvestirse.

Más tarde, ella recordaría su comportamiento y se asombraría como si se tratase de una especie de aberración que mirara desde lejos. En los cientos de veces que repasó la escena, fue borrando la importancia, la abrumadora emoción, y se quedó solamente con ciertos detalles. Su ropa interior, la de diario, inadecuada, tirada por encima de una prensa de planchado para pantalones; la forma en que se habían reído como locos después en el suelo bajo el edredón sintético y estampado del hotel; la forma alegre con la que él le había devuelto la llave al recepcionista esa tarde con un encanto poco apropiado.

La había llamado dos días después, cuando el eufórico impacto de ese día se estaba convirtiendo en algo más decepcionante.

—Sabes que estoy casado —dijo él—. Has leído mis recortes.

He buscado en Google hasta la última referencia que aparece sobre ti, se dijo ella en silencio.

—Nunca antes he sido… infiel. Aún no sé cómo interpretar lo que pasó.

—La culpa fue de la quiche —bromeó ella con una mueca de dolor.

—Has provocado algo en mí, Ellie Haworth. No he escrito una palabra en cuarenta y ocho horas. —Hizo una pausa—. Haces que olvide lo que quiero decir.

Entonces, estoy condenada, pensó ella, pues, nada más sentir el peso de él sobre ella, su boca contra la suya, había sabido —a pesar de todo lo que siempre les había dicho a sus amigos sobre los hombres casados, de todo lo que siempre había pensado— que solo necesitaría el menor reconocimiento por parte de él de lo que había pasado para perderse.

Un año después, aún no había empezado a buscar una salida.

Él vuelve a estar conectado casi cuarenta y cinco minutos después. Durante ese tiempo, ella se ha alejado del ordenador, se ha servido otra copa, ha dado vueltas por el apartamento sin rumbo fijo, se ha observado la piel en el espejo del baño y, después, se ha puesto a recoger calcetines sueltos para luego meterlos en el cesto de la ropa sucia. Oye el sonido de un mensaje y se arroja sobre el sillón.

«Lo siento. No creía que fuera a tardar tanto. Espero que podamos hablar mañana».

Nada de llamadas al móvil, había dicho él. Las facturas del móvil vienen detalladas.

«¿Estás ahora en el hotel?», escribe ella rápidamente. «Puedo llamarte a tu habitación». La comunicación hablada es un lujo, una oportunidad nada común. Dios, pero necesita oír su voz.

«Tengo que salir a una cena, preciosa. Lo siento…, ya llego tarde. Hablamos. Un beso».

Y desaparece.

Ella se queda mirando la pantalla vacía. Él estará saliendo ya del vestíbulo del hotel, sonriendo al personal de la recepción, subiendo al coche que la feria haya encargado. Esta noche dará una charla inteligente e improvisada durante la cena y, después, se mostrará, como es habitual en él, divertido y ligeramente nostálgico ante aquellos que tienen la fortuna de estar sentados en su mesa. Estará allí, viviendo su vida al máximo, mientras ella parece haber dejado la suya en espera de forma perenne.

¿Qué narices está haciendo?

—¿Qué narices estoy haciendo? —dice en voz alta a la vez que golpea el botón de apagado. Grita su frustración hacia el cielo del dormitorio, se deja caer en su enorme y vacía cama. No puede llamar a sus amigos: han aguantado demasiadas veces estas conversaciones y se puede imaginar qué le van a responder. La única respuesta que le pueden dar. Lo que Doug le ha dicho le ha dolido. Pero ella le diría exactamente lo mismo a cualquiera de ellos.

Se sienta en el sofá y enciende la televisión. Por fin, al ver el montón de papeles que tiene al lado, se los coloca sobre el regazo mientras maldice a Melissa. Un montón de papeles muy diversos, ha dicho el archivero, recortes sin fecha y sin una clasificación clara. «No he tenido tiempo para revisarlos todos. Estamos sacando muchos montones como este». Era el único archivero que estaba allí abajo menor de cincuenta años. Ella se ha preguntado fugazmente por qué nunca se había fijado en él. «A ver si encuentras algo que te sirva», añadió inclinándose hacia ella con tono conspiratorio. «Tira a la basura lo que no quieras, pero no le digas nada al jefe. A estas alturas no podemos permitirnos revisar cada trocito de papel».

Enseguida queda claro el porqué: unas cuantas críticas teatrales, la lista de pasajeros de un crucero, unos menús de celebraciones de cenas del periódico… Las va pasando mientras levanta la vista de vez en cuando a la televisión. No encuentra ahí muchas cosas que puedan entusiasmar a Melissa.

Ahora está pasando las páginas de una carpeta maltrecha de lo que parecen ser registros médicos. Todo son enfermedades pulmonares, concluye distraídamente. Algo que ver con la minería. Está a punto de tirar todo el montón a la papelera cuando el extremo de un papel azul claro llama su atención. Lo coge con los dedos pulgar e índice y saca un sobre escrito a mano. Está abierto y la carta de su interior está fechada el 4 de octubre de 1960:

Mi querido y único amor:

Lo que te dije iba en serio. He llegado a la conclusión de que el único modo de seguir adelante es que uno de los dos tome una decisión valiente.

Yo no soy tan fuerte como tú. Cuando te conocí, pensé que eras una cosita pequeña y frágil, alguien a quien tenía que proteger. Ahora me doy cuenta de que estaba equivocado con respecto a nosotros. Tú eres más fuerte que yo, puedes soportar vivir con la posibilidad de un amor así y el hecho de que nunca se nos va a permitir compartirlo.

Te pido que no me juzgues por mi debilidad. Para mí, la única forma de poder resistir es estar en un lugar donde nunca te vea, donde nunca me atormente la posibilidad de verte con él. Necesito estar en algún sitio donde la pura necesidad te saque de mis pensamientos a cada minuto, a cada hora. Eso no sería posible aquí.

Voy a aceptar el empleo. Estaré en el andén 4 de Paddington a las 19:15 del viernes y nada en el mundo me haría más feliz que saber que tienes el valor de venir conmigo.

Si no vienes, sabré que lo que podamos sentir el uno por el otro no es suficiente. No te culparé, cariño mío. Sé que las últimas semanas has sufrido una presión insoportable y yo siento ese peso en lo más profundo. Detesto la idea de haberte podido causar algún tipo de infelicidad.

Estaré esperando en el andén desde las siete menos cuarto. Debes saber que tienes en tus manos mi corazón y mis esperanzas.

Tuyo,

B

Ellie lo lee una segunda vez y descubre que las lágrimas le inundan los ojos. No puede apartar la mirada de esas letras grandes y enlazadas; la urgencia de esas palabras salta sobre ella más de cuarenta años después de ser escritas. Le da la vuelta para buscar en el sobre alguna pista. Está dirigido al apartado de correos 13 de Londres. Podría ser un hombre o una mujer. ¿Qué hiciste, apartado de correos 13?, se pregunta en silencio.

A continuación, se levanta, vuelve a meter con cuidado la carta en el sobre y se acerca al ordenador. Abre el correo y pulsa en «Actualizar». Nada desde el mensaje que recibió a las siete cuarenta y cinco.

«Tengo que salir a una cena, preciosa. Lo siento…, ya llego tarde. Hablamos. Un beso».

PRIMERA PARTE

Para mí, la única forma de poder resistir es estar en un lugar donde nunca te vea, donde nunca me atormente la posibilidad de verte con él. Necesito estar en algún sitio donde la pura necesidad te saque de mis pensamientos a cada minuto, a cada hora. Eso no sería posible aquí.

Voy a aceptar el empleo. Estaré en el andén 4 de Paddington a las 19:15 del viernes y nada en el mundo me haría más feliz que saber que tienes el valor de venir conmigo.

Un hombre a una mujer, por carta

1

1960

—Se está despertando.

Se produjo un roce de ropas, una silla que se arrastraba y, después, el brusco chasquido de unas anillas de cortina al juntarse. Dos voces murmurando.

—Voy en busca del señor Hargreaves.

Después, un breve silencio durante el cual ella fue, poco a poco, consciente de que había un ruido de fondo: voces, amortiguadas por la distancia, un coche que pasaba; era curioso, pero parecía como si viniesen desde muy debajo de ella. Se quedó tumbada asimilando esos sonidos, dejando que cristalizaran, dejando que su mente se pusiera a la par mientras iba reconociendo cada uno.

Fue en ese momento cuando tomó conciencia del dolor. Se iba abriendo paso hacia arriba por fases de manera intensa: primero el brazo, una fuerte sensación de picor desde el codo hasta el hombro, y, después, la cabeza: lenta e incesantemente. Tenía dolores por el resto del cuerpo, igual que cuando ella…

¿Cuando ella qué…?

—Llegará en un momento. Dice que cerremos las persianas.

Tenía la boca muy seca. Cerró los labios y tragó saliva con dolor. Quería pedir agua, pero no le salían las palabras. Abrió un poco los ojos. Dos siluetas borrosas se movían a su alrededor. Cada vez que creía adivinar qué eran, se volvían a mover. Azul. Eran de color azul.

—Sabes quién acaba de entrar abajo, ¿no? —dijo una de las voces en tono bajo—. La novia de Eddie Cochrane. La que sobrevivió al accidente de coche. Ha estado escribiéndole canciones. En su recuerdo, más bien.

—Apuesto a que no será tan buena como lo era él.

—Ha estado recibiendo periodistas toda la mañana. La enfermera jefe está desesperada.

No entendía de qué estaban hablando. El dolor de cabeza se había convertido en oleadas de un sonido vibrante que iba aumentando de volumen e intensidad, hasta que lo único que pudo hacer fue volver a cerrar los ojos y esperar a que el sonido o ella misma desaparecieran. Después, llegó la blancura, como una marea, y la envolvió. Soltó un suspiro silencioso con cierta gratitud y se dejó zambullir de nuevo en su abrazo.

—¿Estás despierta, querida? Tienes visita.

Vio un reflejo parpadeante por encima de ella, un espectro que se movía rápidamente, primero en una dirección y, después, en la otra. Tuvo un repentino recuerdo de su primer reloj de pulsera, del modo en que reflejaba la luz del sol en su cristal contra el techo del cuarto de juegos hacia delante y hacia atrás, haciendo ladrar a su perrito.

El color azul estaba allí de nuevo. Lo veía moverse acompañado del sonido de ropa al rozarse. Y, a continuación, sintió una mano sobre su muñeca, un breve destello de dolor que la hizo aullar.

—Un poco más de cuidado en ese lado, enfermera —reprendió una voz—. Ha sentido el dolor.

—Lo siento muchísimo, señor Hargreaves.

—El brazo va a necesitar más cirugía. Lo hemos pegado por varias partes, pero aún no está del todo.

Una sombra oscura se cernió junto a sus pies. Deseó que tomara forma, pero, al igual que las siluetas azules, se negaba a hacerlo, y ella dejó que se le cerraran los ojos.

—Puede sentarse con ella si quiere. Háblele. Le podrá oír.

—¿Cómo tiene… las otras heridas?

—Me temo que van a quedarle algunas cicatrices. Sobre todo, en ese brazo. Y ha sufrido un golpe bastante fuerte en la cabeza, así que tardará un tiempo en volver a ser la de antes. Pero, dada la gravedad del accidente, creo que podemos decir que ha sido bastante afortunada.

Hubo un breve silencio.

—Sí.

Alguien había dejado un cuenco de fruta a su lado. Ella había vuelto a abrir los ojos y había fijado la vista en él, permitiendo que la silueta y el color tomaran forma, hasta que vio, con una punzada de satisfacción, que podía identificar qué había en él. Uvas, se dijo. Y lo repitió, dando vueltas a la palabra en silencio por el interior de su cabeza: «Uvas». Le pareció importante, como si estuviese afianzándola en esta nueva realidad.

Y entonces, con la misma rapidez con la que habían venido, se fueron, borradas por la masa azul oscuro que se había colocado a su lado. Según se acercaba, apenas pudo distinguir un ligero olor a tabaco. La voz, cuando pudo oírla, era vacilante, quizá un poco avergonzada, incluso.

—¿Jennifer? ¿Jennifer? ¿Puedes oírme?

Las palabras se oían muy fuertes, curiosamente molestas.

—Jenny, cariño, soy yo.

Se preguntó si le dejarían volver a ver las uvas. Le parecía necesario volver a verlas: rebosantes, púrpuras, saludables. Familiares.

—¿Seguro que me puede oír?

—Es bastante seguro, pero puede que la comunicación le resulte, por ahora, agotadora.

Hubo algunos murmullos que no pudo distinguir. O quizá era que había dejado de intentar distinguirlos. No había nada que le pareciese claro.

—¿Pu… edes…? —susurró.

—Pero ¿su mente no ha sufrido daños con el accidente? ¿Se sabe que no habrá daños permanentes?

—Como le he dicho, se dio un golpe fuerte en la cabeza, pero no hay síntomas médicos para preocuparse. —Sonido de movimiento de papeles—. Ninguna fractura. Ninguna inflamación cerebral. Pero estas cosas resultan siempre un poco impredecibles y las consecuencias son bastante distintas en cada paciente. Así que va a tener usted que ser un poco…

—Por favor… —Su voz era un murmullo apenas audible.

—¡Señor Hargreaves! Creo que está intentando hablar.

Una cara bajó flotando hacia ella.

—¿Sí?

—… quiero ver… —Las uvas, suplicaba poder decir. Solo quiero volver a ver esas uvas.

—¡Quiere ver a su marido! —La enfermera se enderezó como un resorte mientras anunciaba esto con tono triunfante—. Creo que quiere ver a su marido.

Hubo una pausa. A continuación, alguien se acercó a ella.

—Estoy aquí, cariño. Todo…, todo va bien.

El cuerpo se apartó y ella oyó la palmada de una mano sobre una espalda.

—Ahí la tiene, ¿ve? Está volviendo en sí. Y a buen ritmo, ¿eh? —De nuevo, la voz de un hombre—. Enfermera, vaya a pedirle a la hermana que prepare algo de comida para esta noche. Nada demasiado abundante. Algo ligero y fácil de servir… Quizá podría traernos una taza de té, ya que va. —Oyó pasos, voces susurrantes que continuaban hablando a su lado. Su último pensamiento mientras la luz volvía a acercarse: «¿Marido?».

Más tarde, cuando le dijeron cuánto llevaba en el hospital, le costó creerlo. El tiempo se había convertido en algo fragmentado, imposible de controlar, llegando y alejándose en caóticos puñados de horas. Era el desayuno del martes. Ahora era el almuerzo del miércoles. Al parecer, había dormido dieciocho horas. Esto se dijo con cierto tono de desaprobación, como si fuese una grosería el hecho de estar tanto tiempo ausente. Y después, era viernes. De nuevo.

A veces, cuando se despertaba, estaba oscuro y levantaba un poco la cabeza sobre la almohada blanca y almidonada para ver los movimientos tranquilizadores de la sala por la noche: el suave arrastrar de zapatos de las enfermeras de un lado a otro por los pasillos, el esporádico murmullo de una conversación entre enfermera y paciente. Podía ver la televisión por las noches, si quería, según le habían dicho las enfermeras. Su marido estaba pagando una atención privada, podía tener casi todo lo que quisiera. Siempre decía que no, gracias: ya estaba bastante confundida con el molesto torrente de información sin el incesante parloteo de esa caja del rincón.

A medida que se fueron alargando los periodos de vigilia y aumentando en número, empezó a familiarizarse con los rostros de las demás mujeres del pequeño pabellón. La mayor de la sala por su derecha, cuyo pelo negro azabache llevaba recogido de forma inmaculada formando una escultura rígida que se abría por encima de su cabeza, tenía los rasgos inmóviles con una expresión de cierta decepción y sorpresa. Al parecer, había salido en una película cuando era joven y siempre estaba dispuesta a hablarle de ello a cualquier enfermera nueva. Tenía una voz autoritaria y pocas visitas. Luego estaba la joven rechoncha de enfrente, que daba pequeños gritos durante la madrugada. Una mujer mayor y briosa —¿niñera, quizá?— traía a unos niños pequeños para que la vieran todas las tardes durante una hora. Los dos niños se subían a la cama y se aferraban a ella hasta que la niñera les ordenaba que se bajaran por miedo a que le hicieran daño a su madre.

Las enfermeras le decían los nombres de las demás mujeres y, a veces, el de ellas mismas, pero nunca los recordaba. Sospechaba que estaban decepcionados con ella.

El marido, como todos lo llamaban, venía la mayoría de las tardes. Llevaba un traje bien confeccionado, de sarga azul oscuro o gris; le daba un beso superficial en la mejilla y, normalmente, se sentaba a los pies de su cama. Le hablaba de cosas sin importancia con tono solícito, preguntándole qué le parecía la comida, si quería que le trajera algo más. Algunas veces, se limitaba a leer el periódico.

Era un hombre atractivo, unos diez años mayor que ella, con una frente alta y aguileña y unos ojos serios y de párpados caídos. Ella sabía, en el fondo, que él debía ser quien decía que era, que estaba casada con él, pero resultaba desconcertante no sentir nada cuando era tan evidente que todo el mundo esperaba una reacción distinta. A veces, se quedaba mirándolo cuando él no se daba cuenta, esperando que apareciera algún atisbo de familiaridad. Otras, cuando se despertaba, lo encontraba allí sentado, con el periódico en el regazo, mirándola como si sintiera algo parecido.

El señor Hargreaves, el especialista, venía a diario para comprobar su historial y le preguntaba si podía decirle el día en el que estaban, la hora o su nombre. Ella ya acertaba siempre con esas preguntas. Incluso consiguió decirle que el primer ministro era Macmillan y su propia edad, veintisiete años. Pero ...