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LA MEDIDA DE LOS HéROES

Marcolongo Andrea  

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Fragmento

UNA LENGUA ANTIGUA, EL MAR

 

 

 

 

El mar es una lengua antigua que nos habla.

Y sus palabras son el mapa que hay que descifrar.

No tiene fin, sino inicios infinitos que se llaman «horizontes».

Conoce el arte del encanto, del estupor, del miedo, de la impaciencia y de la espera.

Engulle naves, ofrece regalos, sorprende en puertos que no aparecen en los mapas trazados por otros que no somos nosotros.

Es dulce por sus olas y cruel por sus tempestades; su agua es salada como el sudor del cansancio, como las lágrimas que se nos saltan de tanto reír, como el llanto causado por el dolor excesivo.

La nave es bellísima y en el casco va tu nombre escrito con pintura blanca. En ese viaje eres simplemente tú.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pronto llegarás a tu puerto, razón por la cual has atravesado toda esa agua. Una vida nueva te espera a la llegada, aquella que siempre deseaste antes de aceptar el reto de partir.

Es la vida que tanto miedo te daba pedir la que sale a tu encuentro.

Por ese motivo zarpaste; para dejar de vivir como un inoportuno, o sea sin un puerto en el que ser quien eres en realidad. Y para no importunar, para no confundir, para no desorientar a quien verdaderamente amas, aquello en lo que verdaderamente crees. Para no seguir vagabundeando despistado, sino para encontrar una pista, un país, una tierra para tus pensamientos.

«Tienes que aguantar», todo el mundo ahí, dándote la falsa fuerza de la resignación, cuando lo único que querías era permitirte ser débil, declararte cansado de hacer que te gustara lo que no te gustaba, lo que no te hacía feliz.

«Tú pides demasiado a la vida», todo el mundo ahí repitiéndotelo cuando lo único que implorabas era ser tomado en serio como lo que eres.

Entonces decidiste, entonces pediste a la vida lo imprescindible y te marchaste.

A menudo la fuerza de elegir deriva solo de la imposibilidad de vivir sin realizar esa determinada elección.

Inefables son los colores del agua, porque no puede llamarse por su nombre la luz que la enciende de día —transparente, azul, cristal, perla— y la apaga de noche: negro, vino, luna.

El mar conoce la ley del equilibrio entre la presencia y la ausencia que tan a menudo se te escapa y te abate a la espera de lo que todavía, solo de momento, no sabes. Y de lo que todavía no eres.

Su nombre lo convierte en «padre» tanto en italiano como en español. Il mare. El mar.

«Madre» en francés. La mer.

Neutro en las lenguas eslavas, more.

Son todas las mujeres, todos los hombres, todos los pensamientos que habitan en nuestros puertos, desde los más lejanos hasta los más próximos. El mar llama, y es nuestra obligación elegirnos en el inventario de lo que somos todos los días al mismo tiempo: hombres impacientes, hijos queridísimos, madres aprensivas, amigos leales, amantes enamorados, chicos rebeldes, mujeres prudentes, niños caprichosos, o fantasías ajenas.

Es la simultaneidad de todos nuestros yos desplegados como una vela: el yo (io) que en italiano queda reflejado en el sufijo -io con el que se forman las palabras que indican la insistencia de una acción que no termina de completarse. Palabras que dicen cómo estamos cuando no sabemos decirlo, indecisos e incompletos: mormorio («murmullo»), ronzio («zumbido»), logorio («deterioro»), brontolio («refunfuño»).

No sirve lo que decía Proust, no hay ningún tiempo perdido cuando se viaja. Se trata, por el contrario, de un tiempo recobrado, porque nos vemos obligados a descubrir cada día lo que somos, no lo que éramos, ni lo que seremos.

De la realidad que se pliega y se anuda, y cambia cambiándonos a nosotros.

Es el conocimiento de esa realidad que se oculta detrás de la línea de sombra que cada decisión comporta.

El mar te pide que elijas adónde vas a ir y por qué.

Puedes ignorarlo, puedes decir que estás demasiado ocupado, puedes también no verlo, ese mar que te habla con palabras remotas.

Puede darte miedo o incluso puedes reírte de él recostado en una cómoda tumbona.

Sin avisar, sin que lo anuncie ningún viento, habrá siempre un mar que, paciente, te lleve a efectuar ese gesto arcaico propio de cualquier ser humano: cruzar el umbral y dar un paso hacia delante.

Mejor dicho, al interior de tu vida.

Dentro de ti.

 

 

«Llega, irremediable, el viaje que impulsa a los hombres a zarpar», escribía Apolonio de Rodas, el poeta de las Argonáuticas.

Jasón no se esperaba que lo llamaran, siendo un muchacho, a ser el primero en surcar el mar, con el primer barco construido en el mundo, la nave Argo. En su puerto lejano, Medea, todavía una muchacha, no aguardaba a ningún extranjero del que enamorarse.

Uno partía para volver a casa y salvar a su padre; la otra rechazaba a su padre y partía para no regresar nunca más. Los dos eligieron el mar y llegaron a la meta distintos de como habían partido: ya no eran jóvenes, ya no eran hijos, sino que se habían convertido en un hombre y en una mujer adultos o, mejor dicho, en héroes.

«Héroe» para los griegos era el que sabía escucharse, elegirse a sí mismo en el mundo y aceptar la prueba exigida a todo ser humano: la de no traicionarse nunca.

Victorias y derrotas no son desde luego el metro del heroísmo: desde hace milenios «héroe» es quien decide su vida, su medida será siempre grande porque será la de su felicidad. Y si Platón, en el Teeteto, decía que «pensar es el acto del alma que se habla a sí misma», la revolución plenamente griega está en volver a dirigir la palabra a lo que con demasiada frecuencia mandamos callar. Hablarnos por dentro para poder elegir, amándonos tal como somos en nuestra íntima pureza.

Con demasiada frecuencia ponemos hoy nuestro listón personal muy bajo, casi a ras de suelo, convencidos de merecer muy poco, casi seguros de que nuestros sueños nunca pueden estar en bruto, sino ser siempre netos, libres de las condiciones externas —desde la crisis económica hasta el juicio de los demás—, y acabamos así por no desear, en nombre de la falsa tranquilidad que nos da el hecho de no cambiar nada, de no proyectar nada.

La palabra «héroe» está tan descolorida y deteriorada que se usa para definir solo a los vencedores, a los protagonistas de empresas espectaculares, propias de un TED talk o de un reality show, y resulta que se nos olvida que todos tenemos un potencial heroico que solo el hecho de salir al mar puede conseguir que volvamos a descubrir. Junto con el amor, que siempre es una chispa del heroísmo de cada vida en particular, pues sabe elevar hasta el cielo nuestra medida interior.

Medea y Jasón fueron los primeros.

Son la ida y la vuelta de todo viaje humano.

Cada día, con las velas desplegadas de la nave Argo, nos echamos al mar y nos enfrentamos a vientos y a tempestades para llegar a la orilla o para ser distintos de como éramos al partir, superamos la línea de sombra y cruzamos nuestro umbral.

Umbral como salida, salida como salir, como dejarse llevar. Como salir al encuentro de lo que nos sucede. Las puertas existen sobre todo para ser abiertas, para acoger y dejar que entren la luz, el viento, los demás.

¿No estás acaso navegando tú también, como todos nosotros —argonautas humanos y contemporáneos—, en los mares que nos separan de ser ya mayores, a cualquier edad?

NO PUEDE PASARME A MÍ

 

 

En el mar te sientes seguro.

Nada queda de lo que te turbaba en tierra.

Es entonces cuando empiezas a decirte:

«No puede pasarme a mí».

Palabras que tienen un efecto tan tranquilizador

que resultan hipnóticas.

Lentamente vas cayendo en una tranquila apatía.

Todo parece tan lejano, tan remoto.

No, no puede estar pasando.

A ti no.

 

 

En su Libro del desasosiego Fernando Pessoa anotaba: «Vivimos todos, en este mundo, a bordo de un navío zarpado de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos; debemos tener los unos para con los otros una amabilidad de viaje».[2]

Yo también estoy desasosegada, desde siempre. Vivo de ondulaciones; me encantan las colinas del mar, no la llanura del lago. Y también he viajado mucho antes de encontrar el valor necesario para escribir este libro: pero no solo a lo largo, por ciudades y países que no conocía, sino sobre todo en profundidad, a través de las personas, bajo la superficie de sus palabras, de sus miradas, de sus gestos.

A los treinta años me encontré a bordo de un barco que había zarpado de un puerto que no conocía, el de la escritura.

Encontrar el valor necesario para atravesar mi mar desconocido ha sido posible solo gracias a ese sentimiento de amabilidad del que escribe Pessoa y con el que me han acogido y sostenido mis compañeros de viaje: mis lectores. También vosotros, los que me estáis leyendo ahora por primera vez y vais a descubrir con quién me he encontrado y qué he aprendido navegando entre mis dos puertos.

Es en nombre de la gratitud por vuestra curiosidad, por vuestra delicadeza, por la necesidad de orientarnos en el tiempo presente por lo que desde siempre ha sido vendido en liquidación como algo antiguo, y por lo tanto obsoleto, por lo que he vuelto a escribir. Para conceder el tiempo debido y la justa atención a todas las preguntas que me habéis planteado. Y para intentar encontrar las repuestas, que acaso no conozca ni siquiera ahora y que nunca serán definitivas, como pasa siempre con todas las cosas hermosas e insondables de la vida.

¿Hay sitio todavía para el pasado en nuestro futuro? ¿Qué transforma el recuerdo personal en memoria colectiva, capaz de vencer la soledad contemporánea? ¿Por qué todos queremos ser libres, pero cuando lo conseguimos sentimos un miedo inmemorial? ¿Y por qué el miedo debe ser necesariamente un sentimiento del que avergonzarnos, en vez de uno de los primeros instintos humanos de supervivencia, el que desde siempre nos obliga a cambiar para salvarnos? ¿Cómo responder a la vida cuando nos ofrece la posibilidad de vivir a nuestra manera y no a la de nadie más? ¿Por qué ejercer una profesión significa hacer algo para vivir y no hacer algo para arruinarnos la vida con inquietudes y preocupaciones en nombre de un trabajo y de una perfección establecida por otros? ¿Qué diferencia hay entre estar conectados y estar unidos y por qué no nos hemos sentido nunca tan solos en la historia del ser humano? ¿Es esta la época de la infinita conexión y de la perpetua interrupción?

Estas solo son algunas de vuestras preguntas. He elegido mantener bien sujeto el cabo del hilo que me liga a vosotros como lo más valioso que poseo. Y he querido indagar la experiencia del cambio, intentar contar la superación de la línea de sombra que de nosotros, chicos y chicas, hace hombres y mujeres.

Este libro, pues, no habla del mar, que no obstante amo infinitamente y sin el cual no sabría vivir, ni mucho menos de navegación, sobre la cual lo ignoro casi todo, salvo la puesta en escena de la literatura. Habla, por el contrario, del difícil y poderoso arte de salir de viaje para superarnos y hacernos mayores, sin tener en cuenta nuestra edad; la vida no se detiene nunca. Somos nosotros, si acaso, los que nos detenemos.

Cuenta lo que sucede cuando somos llamados a elegir en la tierra firme de la vida, que al fin y al cabo no es tan firme, sino que, aunque no lo queramos, está en continua transformación; y mientras tanto somos nosotros los que cambiamos con ella. Y lo hace mediante palabras modernas que tienen orígenes antiguos, mediante mitos y leyendas que desde siempre custodian el sentido cristalino de las cosas que unen a los seres humanos.

Lo que deseo es acompañaros en los instantes irrepetibles de la elección con metáforas, en el sentido exacto y originario del término. Del griego μεταϕορά (metaphorá), resultado de la unión de la preposición μετά (metá) y del verbo ϕέρω (phérō), esto es, «conducir a través», de la mano, a los sentimientos más íntimos que experimentamos cada día. Igual que en el griego moderno, en el que hoy los vehículos se llaman μεταϕοράς (metaphorás); y de ese modo resulta que caminamos por las calles de Atenas rodeados de metáforas que reparten flores.

Con el mito de los argonautas y las palabras del mar querría conduciros a través de ese umbral que estamos llamados a cruzar cada vez que algo poderoso nos sucede y nos cambia para siempre. Cuando un viento que no conocemos nos despierta del torpor del ir andando y nos sorprendemos repitiendo la frase: «¿De verdad me está pasando a mí?».

Vivimos en una época en la que las palabras parecen no ser nunca suficientes, un tiempo en el que estamos obligados a acuñar neologismos como moneda corriente para entendernos y para hacernos entender. Son, sin embargo, palabras de poca monta, carecen de valor, restan sentido a las cosas en vez de añadírselo y, lejos de hacernos más ricos, su imparable inflación nos vuelve cada vez más pobres.

Palabras que, de hecho, no quieren decir nada, meros significantes que relucen durante un verano, como una canción de la radio tarareada mientras estamos distraídos haciendo otra cosa; nos olvidamos de su significado, porque nunca lo hemos entendido o nunca nos lo han explicado.

Y así nos afanamos buscando términos nuevos para nombrar algo que, en realidad, existe desde siempre y que vivimos desde siempre, pero que, quizá, ya no sabemos decir.

Se organizan grandes debates sobre las lenguas que hay que preservar y que hay que defender de misteriosos enemigos sin rostro ni nombre: invasores, usurpadores, extranjeros.

Entretanto, mientras combatimos a un saboteador legendario como un monstruo marino blandiendo manuales de gramática o endosando toda la culpa a internet, las palabras que ya existen parecen escapársenos minuto tras minuto, como si el tiempo del decir y del saber estuviera agotándose en la clepsidra de la contemporaneidad.

El nivel del mar, de la confusión, del ruido, se eleva y, en nuestra orilla, siempre hay menos arena en la que tumbarnos y, al final, en la que hablarnos.

Tenemos la sensación de que las palabras se nos están escapando por negligencia o descuido, como un paraguas olvidado en un rincón un día de lluvia en medio de la indiferencia de todo el mundo.

Echamos la culpa de que seamos pobres a las redes sociales, a los emoticonos que aparecen en el móvil; llamamos al arte de Homero storytelling y «comunicación», a la publicidad, mientras que marketing se ha vuelto impronunciable y en su lugar se dice lifestyle.

Con la cabeza gacha aceptamos un moderno ipse dixit, pero sin saber ya distinguir quién ha dicho qué; creemos en todo y en todos sin tomarnos la molestia de verificar nada.

Lo que no nos cuadra lo llamamos fake news y pasamos a la noticia siguiente, en vez de hacer el esfuerzo de demostrar cómo y por qué es falso y de decirlo luego con una palabra que los niños aprenden casi de inmediato: «mentira».

Hemos confundido la política con la gestión de socavones y contenedores y, mientras tanto, nos falta una visión del mundo, navegamos a la vista en medio de la niebla, cada vez más solos y sin piloto para nuestra embarcación, arrojados al purgatorio de Dante.

No nos fiamos ya de nadie, mucho menos de nosotros, y buscamos preceptores que nos enseñen a estar en el mundo entre los tutorials de YouTube, mientras que desconfiamos, por ser viejo, de quien tiene experiencia.

Vivimos como un coche en medio del tráfico con la mano siempre apoyada en el claxon para que nos dejen pasar, en vez de ponernos al lado del prójimo para escucharlo. Esquivamos lo inesperado para poder decir con alivio que hemos dejado de esperar algo bueno o algo nuevo, porque «total, no vale de nada, nunca cambia nada».

Señalamos con el dedo y acusamos a la tecnología, como si hubiera nacido con el iPhone y no hace miles de años con la invención de la rueda. O bien preferimos ignorar que un teléfono móvil no se comunica por nosotros, del mismo modo que un carro o un automóvil no llegan a la meta, si no la conocemos de antemano (y si no somos nosotros los que los conducimos, nosotros, que nos desfogamos poniendo verde al navegador GPS cuando nos equivocamos de camino).

Necesitamos reglas, incluso leyes y tribunales, para amar y para odiar, sentimientos purísimos que los griegos expiaban en el teatro con las tragedias y las comedias.

Somos nosotros, hombres y mujeres, los que rehuimos las palabras, los que las evitamos, los que las usamos solo lo necesario, como si fueran peligrosas. Como si pudiéramos quemarnos al cogerlas con las manos o quemar con ellas al que las recibe. Como si temiéramos que transmitieran en diferido la irrealidad de lo que no somos, no la realidad de lo que somos en verdad. Somos los primeros que las evitan deliberadamente, porque nos obligan a hablar de nosotros con sinceridad, con precisión, con emoción.

¿De verdad estamos todos siempre y solo muy tristes o muy felices? ¿Tenemos únicamente dos palabras para designar nuestro estado de ánimo?

¿Por qué vivimos todos a bordo de una nave en la que hay tratos y no relaciones, en la que ya no existe una medida de lo que se dice y somos todos o riquísimos o muy pobres de palabras? ¿Por qué ya no somos personas, sino individuos, en la mejor de las hipótesis, o, en la peor, individualistas?

¿Adónde ha ido a parar esa amabilidad de viaje que custodia la delicadeza hacia el prójimo, navegante igual que nosotros, y gracias al cual, intercambiando con él, aunque solo sea una palabra, acabamos por descubrir que la nave en la que viajamos es, en realidad, la misma?

No, no creo que estemos perdiendo las palabras, como me habéis preguntado en las cartas que me habéis mandado, ni que haga falta conocer una lengua antigua para no permanecer en silencio ante el espectáculo de la vida.

Y menos aún creo que estemos perdiendo la intensidad de amar, de desear, de sufrir, de plantearnos preguntas y de resolver dudas, como me habéis preguntado con preocupación.

Nos enamoramos, esperamos, sentimos dolor igual que Medea y Jasón, pero hoy lo hacemos sin ruido, para no molestar. ¿Por qué los pocos que tienen la audacia de llamar por teléfono en vez de mandar un correo electrónico preguntan aterrorizados «¿te molesto?» antes incluso de decir «¿cómo estás?»?

Al utilizar cada vez menos palabras para hablar de nosotros, y, además, siempre las mismas, estamos imponiendo, de hecho, una frontera a nuestro lenguaje. Los límites de nuestra forma de decir las cosas se vuelven cada vez más restringidos y nuestro mundo resulta cada día más pequeño. Más enmudecido.

«Límite» significa en latín «travesía», «sendero», y, por lo tanto, camino menos frecuentado, frontera. La que hoy elegimos no seguir con nuestras palabras, la que preferimos no cruzar por miedo a lo que podamos encontrarnos.

Pasamos como exhalaciones por la autopista de la banalidad.

Si decir cosas tiene el poder de hacerlas reales, ¿quiénes somos en realidad?

Mejor no descubrirlo.

Y no dejar que nos descubran.

Quién sabe cómo hemos acabado por tener miedo de las palabras. Solo para eso sirven las fronteras.

Las palabras, dichas o escritas, incluso solo pensadas, no esconden nada.

Nunca.

Ponen en evidencia.

Es por medio de ellas como no solo nos presentamos a los demás, sino, ante todo, a nosotros mismos, como en una eterna primera cita, cada vez que formulamos un pensamiento.

Espero que este libro os ayude a amar más, a reír más, a pedir más a la vida, a vencer el miedo a decidir cuando la vida os pide vuestro parecer. Y, sobre todo, a no encontrar ya las palabras justas, sino las vuestras.

En el fondo, eso es lo que significa «leer», del latín lego: «elegir». Y solo para eso sirven las palabras: para elegirnos.

 

 

Son dos las historias que no encontraba la hora de contar.

Una más pequeña, tiene que ver con un manual en inglés de 1942: How to Abandon Ship. «Cómo abandonar una nave».

Se trata de un manual sobre el difícil arte de sobrevivir a los naufragios de cargueros y trasatlánticos, tan terribles y frecuentes durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Me enamoré de él durante un viaje a Kent hace muchos años, lo compré en la tienda de un chamarilero, lo regalé por amor y, después, lo perdí cuando perdí ese amor.

No me rendí: lo compré de nuevo en otra chamarilería.

En adelante, cada exergo que encontréis al inicio de un capítulo habrá sido tomado de ese preciado librito que, pese a su título, no constituye para mí un manual para escapar, sino un compendio de estrategias para resistir y para superar los naufragios de la vida.

No es casualidad que, entre tantos capítulos que no pasan nada por alto, desde cómo fabricar un bote salvavidas hasta cómo obtener un magnífico whisky en pleno mar abierto, la primera frase de ese breve manual de época sea: «This manual is concerned solely with human lives». O sea: «Este manual trata exclusivamente de la vida humana».

La segunda es una historia grande —un mito más antiguo incluso que el de Troya—, «de todos conocida». Así define Homero la nave Argo en el canto XII de la Odisea.

Se trata del viaje de los argonautas, los hombres a los que Dante definió como «gloriosos» y que con su empresa hicieron «a Neptuno de Argo asombrarse» (Divina Comedia, «Paraíso», canto XXXIII, 96);[3] Argo, la primera nave del mundo que surcó el mar, según los mitógrafos antiguos.

Fascinantes son los versos que Ovidio dedica al viaje de los argonautas en su Metamorfosis (libro VI, 719-721):

 

Así, cuando la infancia dejó el sitio a la juventud,

Jasón partió junto a los Argonautas a bordo de la primera nave del mundo y surcó el mar ignoto

a la conquista del vellocino que deslumbra con la luz de sus rizos.

 

Sus peripecias en busca del vellocino de oro forman parte de una leyenda que data de los tiempos más arcaicos de Grecia, la época micénica.

Durante milenios todo el que haya leído el poema épico de Apolonio de Rodas, las Argonáuticas, se habrá preguntado qué significa esa misteriosa piel de carnero dorado sobre la que los hermanos Hele y Frixo volaron desde Grecia hasta Oriente. Hele cayó durante el vuelo y, en su recuerdo, el estrecho del mar en el que lo hizo se llama Helesponto.

Historiadores, filólogos y antropólogos conjeturan posibles colonizaciones, fenómenos naturales o astrales, cultos religiosos e intercambios comerciales.

Respuestas, todas ellas, plausibles.

Respuestas, todas ellas, humanas.

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