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LA MUJER DEL PELO ROJO

Orhan Pamuk  

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Fragmento

1

Yo, en realidad, quería ser escritor. Pero, a raíz de los hechos que voy a contar, me hice ingeniero geólogo y contratista. Que no se piensen mis lectores que, como ahora estoy narrando esta historia, esos hechos ya han concluido y quedan lejos en el pasado. Cuanto más lo recuerdo, más me sumerjo en lo que he vivido. Por esta misma razón presiento que el torbellino de misterios de ser padre y ser hijo va a arrastraros, tras de mí, a vosotros también.

Año 1985. Vivíamos en un piso en la parte de atrás de Beşiktaş, cerca del palacete de Ihlamur. Mi padre regentaba una farmacia pequeñita que se llamaba Hayat. Una vez a la semana, la farmacia permanecía abierta durante la noche, y a mi padre le tocaba hacer guardia. Y esas noches era yo el que le llevaba la cena. Mi padre, alto, delgado y apuesto, se ponía a cenar junto a la caja registradora y, mientras, me gustaba quedarme allí respirando el olor de los medicamentos. Hoy, treinta años después, a mis cuarenta y cinco, sigue encantándome el aroma de las viejas farmacias con armaritos de madera.

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La farmacia Hayat no tenía demasiados clientes. Las noches que estaba de guardia, mi padre solía matar el tiempo con una de esas televisiones pequeñitas portátiles que, por aquel entonces, se habían puesto de moda. A veces también me lo encontraba charlando en voz baja con los amigos que se pasaban a verlo. En cuanto me veían llegar, sus amigos de politiqueo cambiaban de tema, me decían que era tan guapo y simpático como mi padre y me preguntaban cosas: ¿A qué curso iba? ¿Me gustaba el colegio? ¿Qué quería ser de mayor?

Yo, por mi parte, notaba a mi padre intranquilo en presencia de esos amigos, por lo que no solía quedarme demasiado; recogía la tartera vacía y me volvía a casa dando un paseo bajo los plátanos y la pálida luz de las farolas. Ya en casa, evitaba contarle a mi madre que en la farmacia estaban algunos de los compañeros de política de mi padre. Porque entonces ella se preocupaba pensando que el hombre iba a volver a meterse en líos o a abandonarnos otra vez de improviso, y se ponía furiosa con él y con sus amistades.

No obstante, yo era consciente de que la política no constituía el único detonante de las peleas silenciosas de mis padres. De vez en cuando, se pasaban buenas temporadas enfadados sin apenas dirigirse la palabra. Y puede que no se quisieran. Yo intuía que mi padre quería a otras mujeres, y que muchas otras mujeres lo querían a él. A veces mi madre hablaba de otra mujer que había por ahí, y lo hacía además de modo que yo me enterara. Las peleas de mis padres me ponían verdaderamente triste, razón por la cual me había prohibido a mí mismo pensar en ellas.

La última vez que vi a mi padre fue en la farmacia, una noche en que le llevé la cena. Era una noche de otoño cualquiera, yo estaba en primero de instituto. Mi padre estaba viendo las noticias de la tele. Mientras él se tomaba la cena, que había dispuesto sobre el mostrador, yo atendí a dos clientes que pidieron, uno, aspirinas, y el otro, vitamina C y antibióticos, y guardé el dinero en la caja registradora, que se abría con el alegre tintineo de una campanilla. Al emprender la vuelta a casa, le lancé a mi padre una última mirada; él me despidió desde la puerta agitando la mano y sonriendo.

Al parecer, a la mañana siguiente mi padre no había regresado a casa. Me lo contó mi madre por la tarde, cuando volví de clase. Tenía los párpados hinchados, había estado llorando. Se me ocurrió que lo habrían detenido en el trabajo y se lo habrían llevado los de Asuntos Políticos, como ya había pasado antes. Allí lo torturarían, le fustigarían los pies, le aplicarían descargas eléctricas.

Unos siete u ocho años atrás, el hombre había desaparecido de la misma forma y había regresado a casa al cabo de un par de años. Pero en esta ocasión mi madre no reaccionó como si en efecto lo estuvieran interrogando y torturando en comisaría. Estaba furiosa. «¡Él sabrá lo que ha hecho!», dijo refiriéndose a mi padre.

Aquella noche en que los soldados se lo llevaron de la farmacia, justo después del golpe militar, mi madre sí que lo ha­bía sentido profundamente; había dicho que mi padre era un héroe, que debía estar orgulloso de él, y se había encargado ella misma de las guardias de la farmacia junto con Macit, el mancebo. Yo a veces me ponía la bata blanca de Macit. Claro que yo de mayor no iba a ser mancebo de farmacia, sino científico, como quería mi padre.

Sin embargo, tras esta última desaparición, mi madre no se preocupó lo más mínimo por la farmacia. No mencionó a Macit ni a ningún otro ayudante, ni tampoco dijo qué iba a pasar con el negocio. En esta ocasión mi padre había desaparecido por otro motivo, o eso al menos me hacían pensar las circunstancias. Aunque, al fin y al cabo, ¿qué era eso a lo que llamamos pensar?

Ya por aquel entonces había comprendido que los pensamientos, unas veces, nos vienen a la mente con palabras, y otras con imágenes. En ocasiones era incapaz de pensar en algo mediante palabras… Sin embargo, la imagen de esa cosa se me aparecía de repente ante los ojos; por ejemplo, me veía a mí mismo corriendo bajo una fuerte lluvia y veía incluso lo que sentía en ese momento. Y en ocasiones sí que podía pensar en algo mediante palabras, pero me era imposible verlo en forma de imagen: como la luz negra, como la muerte de mi madre, o como el infinito.

Quizá también fuera porque todavía no era más que un niño: a veces conseguía no pensar en temas que no quería. Y otras veces pasaba al revés, que era incapaz de sacarme de la cabeza una imagen o una palabra en la que no quería pensar.

Mi padre se pasó mucho tiempo sin llamarnos. Había momentos en que no conseguía acordarme de su cara. Y entonces sentía como si de pronto hubieran saltado los plomos y todo cuanto me rodeaba se esfumara.

Una noche me fui solo dando un paseo en dirección al palacete de Ihlamur. La farmacia Hayat tenía la reja echada, asegurada con un candado negro, como si ya no fuera a abrir jamás. Una neblina llegaba desde el jardín del palacete.

No había pasado mucho tiempo cuando mi madre anunció que no había que esperar nada de mi padre ni de la farmacia, y que nuestra situación económica era mala. Yo no gastaba más que en el cine, en mis bocadillos de carne y en mis novelas ilustradas. Solía ir caminando tanto a la ida como a la vuelta de casa al instituto de Kabataş. Y tenía amigos que se dedicaban a comprar, vender y prestar números viejos de esas novelas. Pero yo no quería pasarme los fines de semana como ellos, aguardando pacientemente a posibles clientes en las callejuelas y en las puertas de los cines de Beşiktaş.

El verano de 1985 lo pasé trabajando en la tienda de un librero que se llamaba Deniz, en el mercado mismo de Be­şiktaş. Una parte importante de mi trabajo consistía en echar a los ladrones de libros, en su gran mayoría estudiantes. De vez en cuando también íbamos con el coche de Deniz a comprar libros al barrio de Çağaloğlu. Yo siempre me acordaba de los nombres de los escritores y de las editoriales, y mi jefe, consciente de ello, fue cogiéndome cariño y me dejaba llevarme libros y devolvérselos cuando los hubiera leído. Ese verano leí una barbaridad: novelas infantiles, Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, una selección de cuentos de Edgar Allan Poe, libros de poesía, novelas históricas que narraban las aventuras de los guerreros otomanos, y también una antología sobre los sueños. Uno de los relatos de esta última iba a cambiar mi vida por completo.

Los amigos escritores de Deniz el librero venían a veces a la tienda. Cuando me los presentaba, el jefe empezó a decir que yo, en el futuro, iba a ser escritor. Ese era en verdad un sueño que yo tenía y que le había revelado a él de forma un tanto imprudente. Y al cabo de no mucho, influido por él, empecé a tomármelo en serio.

2

Mi madre, sin embargo, no estaba contenta con el sueldo que me pagaba el librero. Lo que cobraba en la tienda debía dar, por lo menos, para cubrir los gastos de la academia de acceso a la universidad. Tras la desaparición de mi padre, mi madre y yo nos hicimos buenos amigos. Aunque, cuando decidí que quería ser escritor, reaccionó riéndose como si fuera un chiste. Lo primero era entrar en una buena universidad.

Un día, al volver de clase, me dio por husmear en el armario y en los cajones de la habitación de mis padres, y descubrí que las camisas y las cosas de mi padre se habían esfumado. Aunque su colonia y el tabaco seguían allí. No hablaba nunca de él con mi madre y, de algún modo, la fotografía suya que tenía en la cabeza se estaba desvaneciendo a toda prisa.

Después de terminar segundo de instituto, a comienzos de verano, nos mudamos de Estambul a Gebze. El plan era vivir sin pagar alquiler en el anexo de la casa ajardinada que tenía allí mi tío. El hombre, además, iba a darme trabajo, y si durante la primera mitad del verano conseguía ahorrar lo suficiente, después de julio podría volver a trabajar en la librería de Deniz, en Beşiktaş, y entrar igualmente en la famosa academia para preparar el examen de acceso a la universidad del año siguiente. El jefe Deniz, que sabía que no me hacía gracia abandonar Beşiktaş, me propuso quedarme en verano a dormir por las noches en la librería.

El trabajo que me ofreció mi tío consistía en vigilar la huerta y el campo de cerezos y melocotoneros que poseía en las afueras de Gebze. En la huerta había visto una mesa vieja debajo de una pérgola y había pensado que iba a tener mucho tiempo para sentarme allí a leer, pero me equivocaba. Era temporada de cerezas; los cuervos, rebeldes y escandalosos, atacaban las ramas en bandadas, y los niños venían a robar fruta y verdura, al igual que los obreros que trabajaban en una obra enorme en la parcela vecina.

En ese patio pegado a la huerta estaban abriendo un pozo. A veces me plantaba allí y me quedaba viendo trabajar al maestro y a sus aprendices; el primero cavando en el fondo a golpe de pico y pala, y los otros dos sacando desde arriba la tierra que el capataz iba arrancándole al suelo.

Los mozos agarraban las manivelas de un torno de madera y las hacían girar al compás de un agradable chirrido, recogían el cubo lleno de tierra que el jefe les mandaba desde abajo y lo vaciaban en la carretilla que habían aparcado a un lado. A continuación, mientras el aprendiz de más o menos mi edad se la llevaba para vaciarla, el mayor y más alto soltaba un grito hacia el interior del pozo: «¡Vaaa!», y volvía a descolgar el cubo para pasárselo al jefe, que seguía abajo.

Durante la jornada, el capataz apenas salía a la superficie. La primera vez que lo vi fue un día fumándose un cigarrillo en un descanso de media mañana. Era alto, apuesto y delgado como mi padre. Aunque, a diferencia de él, no era afable ni sonriente, tenía bastante mal genio. Regañaba a menudo a los mozos. Así pues, cuando el jefe estaba fuera del pozo, evitaba acercarme por allí, pensando que tal vez a los aprendices no les hiciera mucha gracia que presenciara las reprimendas.

Un día, a mediados de junio, se oyeron gritos de júbilo y disparos procedentes del lugar de la obra. Me acerqué a echar un vistazo: habían encontrado agua; al enterarse, el dueño del terreno, un tipo de Rize, se había presentado allí corriendo y, de la alegría, se había puesto a disparar al aire con su pistola. Me llegó, de hecho, un agradable olor a pólvora. El propie­tario entregó una propina al capataz y los mozos. Quería el pozo para usarlo en una obra que planeaba hacer en el terreno. El agua de la ciudad todavía no llegaba a aquella zona apartada de Gebze.

A partir de entonces ya no volví a oír al jefe regañar a los aprendices. Llegó un carro de caballos que transportaba unos sacos de cemento y algo de metal. Una tarde, el capataz vertió hormigón en la boca del pozo y le colocó encima una tapa de hierro. Todo el mundo parecía muy contento, así que empecé a frecuentarlos más a menudo.

Otra tarde en que pensaba que no había nadie en la obra, fui para allá dando un paseo. De pronto, entre los olivos y los cerezos, apareció Mahmut Usta, el maestro pocero. Llevaba en la mano una pieza del motor eléctrico que había instalado en el pozo.

—¡Joven, veo que te interesa la obra! —exclamó.

Me acordé de los personajes de la novela de Julio Verne que atravesaban el planeta de un extremo al otro.

—Voy a empezar a cavar otro pozo en las afueras de Kü­çükçekmece. Estos mozos ya no estarán conmigo, ¿quieres venirte tú en su lugar?

Al verme confuso, añadió que el jornal de un buen ayudante pocero es cuatro veces el de un vigilante de huerta. La obra estaría terminada en diez días y yo podría volver a casa enseguida.

—¡Ni hablar! —exclamó mi madre cuando se lo conté—. Tú no vas a ser pocero. Tú vas a ir a la universidad como Dios manda.

Pero la idea de ganar dinero rápido se me había metido ya entre ceja y ceja. Le insistí a mi madre: en dos semanas ganaría lo mismo que con mi tío en la huerta en dos meses, y así podría dedicar mucho más tiempo al examen de acceso a la universidad, a la academia y a leer los libros que quisiera. Llegué al punto de amenazar a la pobre:

—Pues como no me dejes, me escapo —le dije.

—Mujer, si el chaval quiere trabajar y ganarse un dinero, no le quites el gusto —intervino mi tío—. Voy a preguntar a ver si me entero de quién es el pocero ese.

Mi tío, que era abogado, mi madre y Mahmut Usta, el pocero, quedaron a mis espaldas en la oficina que el primero tenía en el edificio del Ayuntamiento. Acordaron que yo no bajaría al pozo, que lo haría un segundo ayudante. Mi tío me anunció cuál iba a ser mi jornal. Y, una vez en casa, agarré mis camisas y un par de zapatillas de goma que utilizaba para las clases de educación física, y lo metí todo en la pequeña y vieja maleta de mi padre.

Aquel día de lluvia en nuestra casita de una sola estancia y con goteras, mi madre, al ver que la camioneta que nos conduciría a donde íbamos a cavar el pozo no aparecía por ningún lado, rompió a llorar varias veces, me dijo que renunciara, que iba a echarme mucho de menos, y que la falta de dinero estaba llevándonos a hacer cosas que no debíamos.

—No pienso bajar al pozo —insistí al salir de casa con la maleta en la mano, la cabeza bien alta y ese mismo aire resuelto pero jocoso de mi padre dirigiéndose a los tribunales.

La camioneta estaba esperando en un descampado detrás de la antigua gran mezquita. Cuando me acercaba, Mahmut Usta, con el cigarrillo en la mano, examinó como un profesor sonriente la maleta que llevaba agarrada.

—Sube, siéntate, que nos vamos ya —dijo.

Ocupé el asiento entre el pocero y el conductor de Hayri Bey, el empresario que había encargado cavar el pozo. Nos tiramos una hora de trayecto en silencio.

Mientras atravesábamos el puente del Bósforo, me quedé mirando hacia abajo, a la izquierda: Estambul, mi escuela, el instituto de Kabataş, y traté de reconocer los edificios del barrio de Beşiktaş.

—No te preocupes, que en nada habremos terminado la obra —dijo Mahmut Usta—. Volverás a tiempo para la academia.

Me gustó que mi madre y mi tío le hubieran hablado de mis inquietudes, me hizo sentir confianza en él. Una vez pasado el puente, nos quedamos atascados en el tráfico de Estambul, y no conseguimos salir de la ciudad hasta tener el sol de poniente justo delante, clavándonos sus ardientes rayos en las pupilas.

Que el lector actual no se confunda con lo de «salir de la ciudad». La población de Estambul de aquel entonces no era de quince millones como lo es ahora, cuando estoy contando esta historia, sino de cinco. Poco después de dejar atrás las murallas de la ciudad, fue disminuyendo el número de casas, que eran cada vez más pequeñas y pobres, y empezaron a verse fábricas, gasolineras y algún que otro hotel.

Cuando estaba ya anocheciendo nos desviamos de la carretera principal, después de un buen rato avanzando en paralelo a las vías del tren. Atrás dejamos también el lago de Büyükçekmece. En un par de ocasiones avisté cipreses, cementerios, muros de hormigón, descampados… La mayoría de las veces no se veía nada y, por mucha atención que prestara al paisaje, era incapaz de orientarme. Unas veces se atisbaban las luces anaranjadas de la ventana de alguna familia que se había sentado a cenar; otras, los neones de alguna fábrica. Después subimos una cuesta. Y, en un momento dado, empezaron a caer relámpagos a lo lejos y el cielo se llenó de luz, aunque las tierras y parajes desolados que atravesábamos siguieron completamente a oscuras. Había instantes en que una luz de origen desconocido me permitía vislumbrar aquellos terrenos áridos y aquellas parcelas desiertas y yermas, pero acto seguido volvían a desaparecer en la oscuridad.

Al cabo de un buen rato, nos detuvimos en medio de la nada. Alrededor no se veían ni luces ni farolas ni casas, por lo que pensé que la camioneta se habría averiado.

—Venga, échame una mano, vamos a descargar todo esto —dijo Mahmut Usta.

Bajamos los tablones, las piezas del torno, utensilios de cocina, dos colchones amarrados con una cuerda, los enseres que había en unas toscas bolsas de plástico, las herramientas de cavar. «¡Venga, que vaya bien!», exclamó el conductor, y conforme se alejaba con la camioneta yo iba tomando conciencia de la profunda oscuridad en la que nos encontrábamos, y empecé a angustiarme. En algún lugar más allá estallaban relámpagos, pero el cielo a nuestras espaldas estaba despejado y las estrellas brillaban con toda su fuerza. Y todavía más lejos se veían las luces de Estambul, reflejándose en las nubes como una neblina amarilla.

La tierra estaba húmeda de la lluvia y quedaban algunos charcos dispersos. Buscamos algún espacio seco en aquella parcela totalmente plana y transportamos los bártulos hasta allí.

El maestro se puso a montar la tienda con la ayuda de las varas que habíamos sacado de la camioneta. Pero no había manera. Teníamos que tensar cuerdas, clavar piquetas, y todas desaparecían en medio de la noche, aquella profunda oscuridad parecía enmarañar mi alma.

—¡No cojas de aquí, coge de ahí! —gritaba Mahmut Usta.

Se oyó el ulular de un búho. Me pregunté si era imprescindible montar la tienda, dado que al fin y al cabo ya había parado de llover, pero admiré la determinación de mi jefe. La pesada lona, que olía a húmedo, se volcaba sobre nosotros como la noche, no había manera de que quedara fija.

Era mucho después de las doce cuando por fin conseguimos montar la tienda, estiramos los colchones y nos acostamos. Las nubes de la lluvia de verano se habían disipado y un manto de estrellas refulgentes había invadido el cielo. Me tranquilizó oír cantar a un grillo en algún sitio cercano. Y, en cuanto me tumbé, me quedé dormido.

3

Cuando me desperté, estaba solo en la tienda. Oí zumbar una abeja. Me levanté, salí. El sol estaba ya tan alto que su intensa luz me cegó.

Me encontraba en un terreno totalmente llano y más bien elevado. A mi izquierda, el paisaje descendía suavemente en dirección sudeste hacia Estambul. Más abajo había trigales, pero también tierras rocosas y estériles, y un par de maizales que en la lejanía se veían de tonos verde claro y amarillento. En la llanura se distinguían las casas y la mezquita de un pueblecito, aunque una colina me tapaba la vista y no podía adivinar cómo de grande era aquel lugar.

¿Dónde estaba Mahmut Usta? El viento trajo el sonido de cornetas, y comprendí que los edificios de un gris ceniciento que había más allá del pueblo debían de ser un cuartel militar. Por detrás, a lo lejos, se alzaban unas montañas violáceas. Por un momento, pareció que el mundo entero se hubiera envuelto en un profundo silencio hecho de recuerdos. Estaba contento de estar allí, lejos de Estambul, lejos de todos, ganándome mi propia vida.

En el llano entre el pueblo y el cuartel militar sonó el silbato de un tren. Miré con atención hacia aquel lado y divisé los vagones, que iban en dirección a Europa. El tren se acercó ligeramente a nuestra explanada desierta, y justo entonces se desvió garbosamente para detenerse enseguida en la estación.

Al poco divisé a Mahmut Usta, que venía desde el lado del pueblo. Al principio seguía fielmente el camino, y más tarde fue atajando a cada curva que se le presentaba por terrenos y campos desiertos.

—Traigo agua —dijo—. Anda, hazme un té.

Así pues, estaba yo hirviendo agua en el hornillo de Aygaz cuando, en la camioneta del día anterior, apareció Hayri Bey, el propietario de la finca. Y de la caja se bajó un muchacho algo mayor que yo. Por lo que estuvieron hablando, entendí que el chico, que se llamaba Ali, trabajaba con el dueño del terreno y era él quien iba a bajar al pozo en lugar del otro ayudante de Gebze, que había renunciado a última hora.

Mahmut Usta y Hayri Bey, el patrón, se pasaron un buen rato caminando cuesta arriba y cuesta abajo. El terreno, pelado por unas partes, cubierto de hierbajos y piedras por otras, abarcaba algo más de una hectárea. Del lado por donde iban ellos soplaba una ligera brisa, por lo que, incluso cuando habían alcanzado al punto más alejado, podíamos oír la conversación entre patrón y pocero, quienes, por cierto, no llegaban a ponerse de acuerdo. Más tarde me acerqué a ellos. Hayri Bey, el empresario textil, quería montar una planta de lavado y teñido de telas en aquella tierra baldía. Y para ese negocio, que demandaban mucho los grandes confeccionistas dedicados a la exportación, hacía falta abundante agua.

Hayri Bey había comprado a un precio irrisorio ese terreno sin luz ni agua. Si encontrábamos el preciado líquido, iba a pagarnos un dineral. Y en cuanto hubiera agua, sus contactos políticos llevarían hasta allí el tendido eléctrico. Más adelante, a juzgar por los planos que Hayri Bey trajo un día para enseñarnos, levantaría allí toda una fábrica con sus talleres de teñido de telas, sus salas de lavado, sus almacenes, un distinguido edificio de administración e incluso unos comedores. En las miradas de Mahmut Usta podía entrever cierta comprensión e interés hacia Hayri Bey, aunque a sus ayudantes lo que de verdad nos interesaba eran los regalos y recompensas que el propietario del terreno nos había prometido en caso de encontrar agua.

—Que Dios os ayude en la tarea y os conceda fuerza en las manos y atención en la mirada —dijo Hayri Bey como un general otomano enviando a sus tropas a una expedición.

Y, mientras se alejaba en la camioneta, se asomó por la ventanilla y nos despidió agitando la mano.

Por la noche, incapaz de dormir con los ronquidos de mi jefe, saqué la cabeza por un costado de la tienda. No se veían las luces del pueblo; el cielo presentaba un color azul oscuro, aunque el fulgor de las estrellas parecía otorgar al universo un matiz anaranjado. Como si estuviéramos posados sobre una naranja enorme suspendida en el espacio, tratando de dormir en la oscuridad. ¿Estaba bien que, en lugar de soñar con ascender al cielo para alcanzar el brillo de las estrellas, lo hi­ciéramos con adentrarnos en la tierra sobre la que justo dormíamos?

4

Por aquel entonces todavía no se utilizaban las máquinas de sondeo. Los maestros poceros llevaban miles de años recurriendo a su intuición para localizar fuentes de agua y decidir dónde había que cavar el pozo. Mahmut Usta conocía, por descontado, la retórica exuberante de los antiguos maestros, que eran unos charlatanes. Y no se tomaba en serio las exhibiciones de aquellos viejos zahoríes que iban cuesta arriba y cuesta abajo por todo el terreno, invocando a los espíritus con una horquilla en la mano. Sentía que la suya era la última generación de una gente que ejercía un oficio milenario. Por eso no se mostraba ostentoso ni arrogante acerca de su profesión, sino que era humilde. «Tienes que fijarte en lo densa, lo húmeda, lo negra que está la tierra», me comentó. «Debes buscar las partes bajas del terreno donde hay piedras y rocas, las zonas sombreadas y con pendiente, y sentirás el agua que hay debajo —me dijo otro día con voluntad de instruirme—. Donde hay árboles y verde, la tierra estará compacta y húmeda, ¿entiendes? Tienes que fijarte bien, y sobre todo no dejarte engañar enseguida por nada.»

Porque la tierra estaba formada por muchas capas, al igual que las siete capas de la esfera celeste. (Algunas noches, al contemplar las estrellas, podía sentir el universo oscuro que teníamos bajo nuestros pies.) Dos metros por debajo de la tierra densa y oscura podía haber otra capa de suelo arcilloso, impermeable, árido e inútil, o incluso de arena. Los viejos maestros poceros que trataban de adivinar dónde había que buscar el agua no tenían más remedio que aprender el lenguaje de la tierra, de la hierba, de los insectos y los pájaros, tratando de imaginarse, al caminar por la superficie, el estrato de rocas o de arcilla que había debajo.

Estas singulares destrezas habían llevado a algunos viejos poceros a creerse dotados de poderes e instintos sobrenaturales, como los chamanes de Asia Central, y afirmaban poder comunicarse con los dioses y los demonios subterráneos. En estas patrañas, de las que mi padre se reía cuando yo era pe­queño, deseaba creer la gente que no quería pagar mucho por encontrar agua. Recuer ...