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LA OCTAVA VIDA (PARA BRILKA)

Nino Haratischwili  

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Fragmento

Prólogo o La partitura del olvido

2006

En realidad, esta historia tiene varios comienzos. Me cuesta trabajo decidirme por uno, porque todos dan como resultado el comienzo.

Se podría empezar esta historia en un viejo edificio de Berlín, de manera muy poco espectacular, con dos cuerpos desnudos en la cama. Con un hombre de veintisiete años, un músico implacablemente talentoso, que está a punto de hundir su talento en sus caprichos, en el ansia insaciable de cercanía y en el alcohol. Pero también se puede comenzar la historia con una chica de doce años que decide lanzar un «no» a la cara del mundo en el que vive y buscar otro inicio para ella y su historia.

O se puede retroceder muy lejos, hasta las raíces, y empezar allí.

O comenzar la historia con los tres principios a la vez.

En el mismo instante en que Aman Baron, al que normalmente se conocía por el nombre de «el barón» o tan solo «Baron», me confesó que me amaba con una gravedad desgarradora, con una levedad insoportable, con un amor ruidoso hasta el grito y silencioso hasta la mudez —con un amor un tanto enfermizo, débil, desilusionado y esforzadamente duro—, mi sobrina Brilka, que tenía doce años, dejó su hotel de Ámsterdam rumbo a la estación. Tan solo llevaba consigo una pequeña bolsa de deporte, muy poco dinero en metálico y un sándwich de bonito en la mano. Quería ir a Viena, y se compró un billete barato de fin de semana, que servía para trenes regionales. Había dejado en la recepción una nota manuscrita en la que decía que no tenía intención de volver a la patria con el grupo de danza, y que era inútil que la buscáramos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Justo en ese momento yo encendí un cigarrillo y sufrí un ataque de tos, en parte porque lo que estaba oyendo me sobrepasaba, en parte por el humo, con el que me había atragantado. Aman, al que yo misma nunca llamaba «el barón», vino enseguida hacia mí, me golpeó la espalda con tanta fuerza que me quedé sin aire, y me miró perplejo. Aunque solo era cinco años más joven que yo, me sentía décadas mayor, y además me encontraba en ese instante en el mejor camino para convertirme en un personaje trágico. Sin que a nadie le llamara la atención, porque me había convertido en una maestra del engaño.

Advertí la decepción en su rostro… Según confesó, no esperaba esa reacción. Sobre todo después de haberme ofrecido ir con él a la gira que iba a emprender en dos semanas.

Fuera empezaba a llover ligeramente, era junio, una tarde cálida de nubes ingrávidas, que adornaban el cielo como pequeños copos de algodón.

Cuando superé el ataque de tos y Brilka hubo subido al primer tren de su odisea, abrí la puerta del balcón y me dejé caer en el sofá. Tenía la sensación de estar ahogándome.

Vivía en un país extranjero, había roto el contacto con la mayoría de las personas a las que antaño había querido y habían significado algo para mí, y había aceptado un puesto de profesora visitante que, aunque aseguraba mi existencia, nada tenía que ver conmigo.

La noche en que él me dijo que quería ser normal conmigo, Brilka, la hija de mi hermana muerta y mi única sobrina, se encaminó hacia Viena, un lugar que había imaginado como su patria de elección, su utopía personal, y todo por cariño a una mujer muerta. En su imaginación, había convertido en una heroína a esa mujer difunta, mi tía abuela, y por tanto la tía bisabuela de Brilka. Tenía el plan de adquirir en Viena los derechos de las canciones de su tía bisabuela.

Siguiendo las huellas de ese fantasma, esperaba la liberación y la respuesta definitiva al vacío que se abría en su interior. Pero yo entonces no sospechaba todo eso.

Después de haberme sentado en el sofá y haber hundido el rostro entre las manos, después de haberme frotado los ojos y haber evitado la mirada de Aman todo el tiempo que pude, supe que iba a tener que volver a llorar, pero no entonces, no en ese momento en el que Brilka veía pasar por la ventanilla del tren la vieja, nueva Europa y, por primera vez desde su llegada al continente, sonreía con indiferencia. No sé qué fue lo que vio al dejar la ciudad con sus diminutos puentes, lo que le hizo sonreír, pero eso ya no es importante. Lo principal es que sonrió.

Tendría que llorar, pensé justo en ese instante. Para no hacerlo, me volví, me fui al dormitorio y me acosté. No tuve que esperar mucho tiempo a Aman, es fácil curar una pena como la suya cuando se ofrece la curación a través del cuerpo…, sobre todo cuando el enfermo tiene veintisiete años.

Me desperté a mí misma de mi sueño de bella durmiente.

Y mientras Aman apoyaba la cabeza en mi vientre, mi sobrina de doce años abandonaba los Países Bajos y cruzaba, en su compartimento apestoso a cerveza de lata y soledad, la frontera alemana. Mientras, a muchos cientos de kilómetros de distancia su tía, que nada sospechaba, fingía amar a una sombra de veintisiete años, y Brilka cruzaba Alemania con la esperanza de avanzar.

Una vez que Aman se quedó dormido, me levanté, fui al baño, me senté al borde de la bañera y me eché a llorar. Con lágrimas seculares lloré el engaño del amor, la nostalgia de la fe en las palabras que antaño tanto habían marcado mi vida. Fui a la cocina, fumé un cigarrillo y dejé vagar la mirada más allá de la ventana. Había parado de llover, y por alguna razón yo sabía que pasaba algo, que algo se había puesto en marcha, algo fuera de la casa de techos altos y libros abandonados. Con esas lámparas que había coleccionado con tanto empeño como sucedáneo del cielo, como ilusión de la verdadera luz. La iluminación de mi propio túnel. Pero el túnel seguía, las luces tan solo me habían proporcionado un consuelo breve, pasajero.

Quizá haya que decir que Brilka era una niña muy alta, casi dos cabezas más alta que yo, lo que no es tan difícil dada mi estatura; llevaba un corte juvenil a cepillo y unas gafas estilo John Lennon, unos vaqueros viejos, y tenía unos ojos redondos que siempre buscaban estrellas, con una frente interminable tras la que se ocultaban muchas preocupaciones. Acababa de huir de su grupo de baile, invitado de gira en Ámsterdam; ella hacía los papeles masculinos, porque era demasiado llamativa, demasiado alta, demasiado sombría para las suaves danzas folclóricas femeninas de nuestra patria. Después de muchos ruegos, al fin le permitieron salir a escena disfrazada de hombre y hacer los bailes más movidos; el año pasado, su larga trenza había sido víctima de ese permiso.

Era capaz de ejecutar jetés y escenas de esgrima que siempre le salían mejor que los movimientos ondulantes y ensoñadores de las mujeres. Bailaba y le gustaba bailar, y después de que le permitieran bailar un solo para el público holandés por lo buena que era, porque era mucho mejor que los chicos que al principio se habían reído de ella, abandonó la compañía rumbo a las respuestas que el baile tampoco podía darle.

La noche siguiente me llamó mi madre, que siempre amenazaba con morirse si yo no regresaba pronto a mi patria, de la que había huido hacía muchos años. Me dijo con voz temblorosa que «la niña» había desaparecido. Pasó un rato hasta que comprendí de qué niña me hablaba y qué tenía que ver conmigo todo aquello.

—A ver, otra vez, ¿dónde estaba ella exactamente?

—En Ámsterdam, ¿qué te pasa? ¿Es que no me oyes? Se largó ayer, dejó una nota. Me llamó la directora de su grupo. Han puesto todo patas arriba y…

—Espera, espera, espera. ¿Cómo puede una niña de once años desaparecer de un hotel, sobre todo si…?

—Tiene doce. Cumplió doce en noviembre. Naturalmente, lo has olvidado. Me habría sorprendido que no lo hicieras.

Di una profunda calada a mi cigarrillo, me preparé para la desgracia que se me venía encima. Porque, a juzgar por la voz de mi madre, no me iba a librar tan deprisa del asunto, y tampoco podría desaparecer, mi ocupación predilecta en los últimos años de mi vida. Me preparé para los inevitables reproches, encaminados todos ellos a hacerme ver la clase de mala hija y la persona fracasada que era. Cosas que sabía demasiado bien incluso sin ayuda de mi madre.

—De acuerdo, ha cumplido doce, lo había olvidado, pero eso no viene al caso. ¿Han llamado ya a la policía?

—Claro, ¿qué te has creído? La están buscando.

—Entonces la encontrarán. Es una niña malcriada con un visado de turista, supongo, y…

—¿Te queda aún una chispa de humanidad?

—Lo siento. Solo intento pensar en voz alta.

—Tanto peor, tratándose de tus pensamientos.

—¡Mamá!

—Van a llamarme. Como máximo dentro de una hora, dijeron, y rezo por que la encuentren, por que la encuentren rápido. Y entonces quiero que vayas dondequiera que esté, no puede haber llegado muy lejos, y quiero que la traigas.

—Yo…

—Es la hija de tu hermana. Y vas a traerla. ¡Prométemelo!

—Pero…

—¡Hazlo!

—Oh, Dios. Está bien.

—Y no tomes el nombre de Dios en vano.

—¿Ahora resulta que ni siquiera puedo decir «oh, Dios»?

—Irás a buscarla. Y la meterás en un avión.

Esa misma noche la encontraron en una pequeña ciudad de Austria, cerca de Viena, donde estaba esperando para hacer un trasbordo y donde la policía austríaca la detuvo y la llevó a comisaría. Mi madre me despertó y me dijo que debía ir a Mödling.

—¿Adónde?

—Mödling, se llama la ciudad. Apúntalo.

—Está bien.

—Ni siquiera sabes a qué día estamos.

—¡Lo apuntaré! ¿Dónde demonios está eso?

—Cerca de Viena.

—¿Y qué se le ha perdido allí?

—Seguramente quería ir a Viena.

—¿Viena?

—Sí, Viena. Tiene que sonarte.

—Lo he entendido.

—Y llévate el pasaporte. Saben que su tía va a recoger a la niña. Y han apuntado tu nombre.

—¿No pueden meterla en un avión y listo?

—¡Niza!

—De acuerdo, voy a vestirme. Está bien.

—Y llama en cuanto la tengas.

Colgó.

Así empieza esta historia.

¿Por qué Viena? ¿Por qué todo esto después de la noche de mi huida de las lágrimas? Hay una buena razón, pero entonces tendría que empezar a contar la historia en un punto totalmente distinto.

Me llamo Niza. Mi nombre contiene una palabra que en nuestra lengua materna significa «cielo». Za. Quizá mi vida anterior había sido la búsqueda de ese cielo que se me había dado como promesa desde mi nacimiento. Mi hermana se llamaba Daria. En su nombre está contenida la palabra caos. Aria. El hurgar y remover, el traer la confusión y no remediarla. Estoy en deuda con ella. Estoy en deuda con su caos. Siempre me sentí obligada a buscar mi cielo en su caos. Pero quizá se trata simplemente de Brilka. De Brilka, cuyo nombre no significa nada en la lengua de mi infancia. Cuyo nombre no tiene ni etiquetas ni estigmas. De Brilka, que se dio a sí misma ese nombre e insistió en que se la llamara así hasta que los demás olvidaron el verdadero.

Y, aunque nunca te lo he dicho, me gustaría ayudarte, Brilka, me gustaría tanto, a escribir tu historia de nuevo, de otro modo. Para no limitarme a decirlo, sino también poder demostrarlo, escribo esto. Solo por eso.

Debo estas líneas a un siglo que estafó y engañó a todos, a todos los que tenían esperanza. Debo estas líneas a una larga y duradera traición, que cayó como una maldición sobre mi familia. Debo estas líneas a mi hermana, a la que nunca pude perdonar que aquella noche saliera volando sin alas, a mi abuelo, al que mi hermana arrancó el corazón, a mi bisabuela, que bailó un pas de deux para mí cuando tenía ochenta y tres años, a mi madre, que buscaba a Dios… Debo estas líneas a Miro, que me infectó de amor como si fuese veneno, debo estas líneas a mi padre, al que nunca pude conocer de verdad, debo estas líneas a un fabricante de chocolate y un primer teniente blanco y rojo, a la celda de una prisión, pero también a una mesa de operaciones en mitad de un aula, a un libro que nunca hubiera escrito si… Debo estas líneas a las infinitas lágrimas vertidas, me debo estas líneas a mí misma, que abandoné mi patria para encontrarme, y me perdí cada vez más; pero, sobre todo, te debo estas líneas a ti, Brilka.

Te las debo porque mereces la octava vida. Porque dicen que el número ocho equivale a la eternidad, al eterno retorno. Te regalo mi ocho.

Nos une un siglo. Un siglo rojo. Para siempre y ocho. Estás en él, Brilka. He adoptado tu corazón. He tirado el mío. Acepta mi ocho.

Eres la niña mágica. Lo eres. Atraviesa el cielo y el caos, atraviésanos a todos nosotros, atraviesa estas líneas, atraviesa el mundo de los fantasmas y el mundo real, atraviesa la inversión del amor, de la fe, acorta los centímetros que siempre nos separaron de la felicidad, atraviesa el destino que no fue.

Atraviésanos a ti y a mí.

Sobrevive a todas las guerras. Cruza todas las fronteras. Te dedico todos los dioses y todas las coronas de flores, todas las quemaduras, todas las esperanzas decapitadas, todas las historias. Atraviésalas. Porque tienes los medios para hacerlo, Brilka. El ocho, piensa en él. En esa cifra quedaremos enredadas para siempre y podremos oírnos la una a la otra a través de los siglos.

Tú podrás.

Sé todo lo que fuimos y lo que no fuimos. Sé un teniente, una funambulista, un marinero, una actriz, un cineasta, una pianista, una amante, una madre, una enfermera, una escritora, sé roja y blanca o azul, sé caos y cielo y sé ella y yo y no seas nada de eso pero, sobre todo, baila innumerables pas de deux.

Atraviesa esta historia, y déjala atrás.

Nací el 8 de noviembre de 1973, en una clínica rural indigna de mención, en las cercanías de Tiflis, Georgia.

Es un país pequeño. Es hermoso, a eso no tengo nada que objetar, incluso tú estarás de acuerdo, Brilka. Con montañas y una costa rocosa junto al mar Negro. Sin duda, la costa se ha recortado un poco a lo largo del último siglo, gracias al gran número de guerras civiles, estúpidas decisiones políticas, conflictos llenos de odio, pero una hermosa parte de ella aún sigue allí.

Aunque conoces demasiado bien la leyenda, Brilka, en este punto me gustaría mencionarla brevemente para que tengas claro adónde quiero ir a parar; la leyenda según la cual nuestro país nació de la siguiente forma:

Un día hermoso y soleado, Dios dividió en países el globo terráqueo que acababa de inventar (tuvo que haber sido mucho antes de la construcción de la torre de Babel), y organizó un mercado anual en el que la gente pujó a voz en cuello, compitiendo por obtener el favor de Dios, con la esperanza de conseguir así el mejor trozo de tierra (sospecho que los italianos fueron los más eficaces en el arte de impresionar, y los habitantes de Chukotka no se las arreglaron bien). Después de un largo día, el mundo quedó dividido en muchos países y Dios cansado. Pero Dios —tan sabio como siempre— se había reservado, como es natural, una especie de lugar de vacaciones, el trocito de tierra más hermoso: rico en ríos, cataratas, jugosos frutos y —tuvo que haberlo sospechado— el mejor vino del mundo. Cuando los humanos, emocionados, se pusieron en camino hacia su nueva patria, el buen Dios se dispuso a descansar a la sombra de un árbol donde descubrió a un hombre roncando (seguro que tenía bigote y una confortable panza, al menos siempre me lo he imaginado así). No había estado presente en el reparto, y Dios se sorprendió. Lo despertó y le preguntó qué estaba haciendo allí, y por qué no le interesaba tener una patria propia. El hombre sonrió suavemente (tal vez ya se había permitido uno o dos vasitos de vino tinto) y dijo (hay distintas versiones de la leyenda, pero vamos a ponernos de acuerdo en esta) que estaba muy contento, lucía el sol, hacía un día espléndido, y se conformaría con lo que a Dios le quedara para él. Y Dios, tan bondadoso como siempre, impresionado por la tranquilidad y la falta de ambición del hombre, le regaló su propio paraíso de vacaciones, es decir, Georgia, el país del que venimos tú, Brilka, yo y la mayoría de las personas de las que voy a hablar en nuestra historia.

Lo que quiero decir con esto es: piensa que esa tranquilidad (léase pereza) y la falta de ambición (la falta de argumentos) en nuestro país se consideran cualidades realmente sublimes. Piensa también que la profunda identificación con el buen Dios (por supuesto, el Dios ortodoxo y ningún otro) no impide a los habitantes de este país creer en todo lo que parezca, aunque solo sea parcialmente, mítico, misterioso o legendario…, y eso no tiene por qué ser solo la Biblia.

Ya se trate de los gigantes de las montañas, los fantasmas domésticos, el mal de ojo, que puede precipitar a la desgracia a las personas, los gatos negros y la maldición que llevan consigo, el poder de los posos del café o la verdad que solo revelan las cartas (tú misma decías que hoy día incluso se rocían con agua bendita los coches nuevos para prevenir en lo posible los accidentes).

El país que una vez fue la dorada Cólquida, que tuvo que dar a los griegos el secreto del amor en forma de vellocino de oro, porque la terca hija del rey, Medea, enamorada hasta perder el juicio, así lo ordenó.

El país que favorece en sus habitantes cualidades amables, tales como la sagrada hospitalidad, y menos amables, como la pereza, el oportunismo y el conformismo (la mayoría no lo ve así, también en eso estamos las dos de acuerdo).

El país en cuya lengua no hay género (lo que en absoluto puede confundirse con la igualdad).

Un país que en el siglo pasado, después de ciento treinta y cinco años de protectorado zarista y ruso, durante exactamente cuatro años, consiguió instaurar una democracia, hasta que fue otra vez derrocada por los bolcheviques —en su mayoría rusos, pero también georgianos— y proclamada República Socialista de Georgia y por tanto parte de la Unión Soviética.

En esa Unión permaneció el país durante los siguientes setenta años.

Siguieron a esto varios cambios radicales, manifestaciones aplastadas de manera sangrienta, varias guerras civiles, y finalmente la anhelada democracia, aunque la denominación siga siendo cuestión de perspectiva y de interpretación.

Creo que nuestro país puede ser muy cómico (y con eso quiero decir no solo trágico). Que en nuestro país el olvido también es muy posible, unido a la represión. La represión de las propias heridas, de los propios errores, pero también del dolor injustamente causado, de la opresión, de las pérdidas. Aun así, se alza la copa y se ríe. Me parece impresionante, en vista de las pocas cosas alegres que el último siglo ha traído consigo, y cuyas consecuencias sigue sufriendo la gente incluso hoy (¡aunque en este punto te oigo contradecirme!).

Es un país del que proceden, además de los grandes verdugos del siglo XX, muchas personas maravillosas, a las que yo misma amaba y amo mucho. Algunas de ellas han huido, algunas se han extraviado en la búsqueda, algunas ya no viven, algunas han vuelto, algunas ya han dejado atrás sus mejores días, o siguen esperándolos, pero la mayoría no ha conocido ninguno.

Un país que hasta hoy sigue llorando su edad de oro, entre los siglos X y XIII, y espera recobrar algún día el esplendor de antaño (sí, en nuestro país progreso significa al mismo tiempo regreso).

Las tradiciones parecen un pálido reflejo de lo que fueron. La aspiración a la libertad es como una búsqueda insensata de inciertas orillas, sobre todo porque en los últimos dieciocho años ni siquiera han podido ponerse de acuerdo en qué se entiende exactamente por libertad.

Así, el país en el que vine al mundo hace treinta y dos años es hoy como un rey, sentado en su trono con una reluciente corona y un espléndido manto, que da órdenes, impera y reina… sin darse cuenta de que hace mucho tiempo que toda su corte ha huido, y está solo.

No causes problemas; ese es el mandamiento supremo en este país. Tú me lo dijiste una vez en nuestro viaje, y lo anoté (he anotado todo lo que me dijiste en nuestro viaje, Brilka).

Y añado esto:

Hazme el favor de vivir como vivieron tus padres, trata de estar sola pocas veces, si es posible nunca. Estar solo es inútil y peligroso. El país idolatra a la comunidad y desconfía del solitario. Intégrate en grupos de amigos, en comunidades familiares y grupos de intereses… Sola valdrás muy poco.

Reprodúcete, somos un país pequeño y tenemos que subsistir; ese mandamiento es equivalente al primer mandamiento. Siéntete siempre orgullosa de tu país, nunca olvides tu lengua, encuentra el extranjero (da igual cuál sea) hermoso, emocionante e interesante, pero nunca, nunca, nunca mejor que tu patria.

Encuentra siempre vicios y peculiaridades en otras naciones que en Georgia serían por lo menos escandalosas, y altérate por eso: la codicia en general, es decir, la falta de voluntad de dar todo tu dinero a la comunidad; la falta de hospitalidad, es decir, la falta de voluntad de cambiar toda tu vida para cada visita; la débil disposición a comer y beber, es decir, la incapacidad de beber hasta caer redondo; la falta de talento musical…, por mencionar algunas de esas peculiaridades.

Muéstrate abierta, tolerante, comprensiva y muy interesada en otras culturas, mientras estas respeten y afirmen siempre la singularidad y peculiaridad de tu patria.

Sé creyente (una renovación en los últimos dieciocho años), ve a la iglesia, no hagas ninguna pregunta que tenga que ver con la Iglesia ortodoxa; no pienses por ti misma, santíguate cada vez que veas una iglesia (¡esto está muy en vogue, dijiste!), esto es, unas diez mil veces al día, si estás en la capital. No critiques nada que sea sagrado…, es decir, prácticamente todo lo que tiene que ver con este país.

Sé alegre y jovial, porque esa es la mentalidad del país, y en nuestra soleada Georgia no gustan los tristes. También eso lo sabes muy bien.

No engañes nunca a tu marido y, si tu marido te engaña, perdónale, porque es un hombre. Vive sobre todo para los demás. Porque los demás siempre saben mejor que tú lo que es bueno para ti.

Por último, quiero añadir que, a pesar de mis años de lucha por este país y con este país, no he conseguido sustituirlo, expulsarlo de mí como un mal espíritu que te asalta. Ningún ritual purificador, ningún exorcismo me ha servido hasta ahora, porque allá donde iba, alejándome cada vez más de este país, buscaba ese amor derrochado, esparcido a mi alrededor, despilfarrado y sin utilizar, que he dejado allí.

Sí, es un país que no quiere mostrar ambición, al que le gustaría que todo le viniera dado, porque es muy amable, simpático, alegre y jovial, y capaz (en los días buenos) de provocar una sonrisa al mundo.

Así que vine al mundo en este país, el 8 de noviembre de 1973. A un mundo que estaba ocupado en otras cosas, como para que mi llegada llamara demasiado la atención. El escándalo Watergate, las campañas antibélicas contra Vietnam, el golpe militar en Grecia, la crisis del petróleo y Elvis mantenían en marcha el mundo occidental, mientras la parte oriental se hundía en un sordo estancamiento bajo Brézhnev y la Nomenklatura soviética. Un estancamiento que incluía mantener el poder por todos los medios y por tanto el rechazo a toda clase de reformas, y que cerraba cada vez más los ojos a la floreciente corrupción y al mercado negro.

De un modo u otro, en ambas partes del mundo se oyó por vez primera «The Great Gig in the Sky» de Pink Floyd. En el Oeste en público, en el Este en secreto.

Y Vysotski habría de cantar, sobre aquellos tiempos:

El circo eterno donde,

como pompas de jabón,

las promesas explotan;

que se alegre quien pueda.

¿Grandes cambios?

Nada más que frases.

No me gusta todo esto,

me da asco.

Aparte de mi nacimiento y la caída de mi hermana, aquel día no pasó nada especial. Salvo quizá el hecho de que aquel día mi madre, en su eterna guerra con mi padre y en la eterna esperanza de entender a los miembros femeninos de su familia, perdió la paciencia y empezó a gritar.

—¿Es que eres una puta? —le rugió mi abuelo, y mi madre respondió llorando, a gritos:

—¡Si acaso, una hija de puta!

Dos horas después comenzaron los dolores de parto.

En la disputa estuvieron involucrados: mi imperativo abuelo, mi infantil abuela y mi madre, que estaba perdiendo cada vez más el control de su vida.

El otro acontecimiento excepcional del día, justo antes de que empezaran las contracciones, fue la conmoción cerebral de mi hermana mayor, que tenía casi tres años y medio.

Algunos días antes, había ido con nuestro abuelo a la yeguada cercana, y allí se había enamorado de los caballos árabes y de los ponis daguestaníes, de manera que el día en que nací mi abuelo la había subido a un poni, y la sujetaba sin mucha fuerza por el talle, cuando de repente el poni echó a correr y tiró a la niña. Todo fue tan rápido que mi abuelo no logró atraparla. Cayó como una pesada calabaza al suelo que, aunque estaba cubierto de paja, estaba más que duro para mi tierna y rosada hermana.

Mientras mi abuelo se lanzaba desesperado a recoger a su nieta, acusaba al criador de caballos y le amenazaba con cerrar «todo el chiringuito», mi madre empezó a gemir, revuelta por la disputa y las hirientes palabras, que todavía resonaban en la Casa Verde, la casa de mi infancia. Mi abuela, que en tan ruidosos enfrentamientos —y en verdad había muchos— entre su marido y su hija asumía el papel de una especie de árbitro y, al no tomar partido, no hacía más que aumentar la rabia de ambas partes, corrió enseguida a la cocina, donde estaba mi madre, y, sin decir nada, agarró el macizo teléfono que pendía de la pared.

Los trabajos de parto duraron exactamente ocho horas.

En el mismo instante en que mi madre llegaba al hospital local, acompañada de su corpulenta madre, mi hermana Daria, a la que la mayor parte de las veces llamábamos Daro, Dari o Dariko, ingresaba también en el hospital.

«¡Aaahhh!», gritaba Daria. Y «¡Aaahhh!», gritaba su madre. «¡Mamáááá!», aullaba Daria, y su madre gemía: «¡Mamáááá!».

Mi abuelo metió a su hija en el Lada blanco —dado que su querido vehículo de coleccionista Chaika (la «Gaviota», cuyo nombre oficial era GAZ 13 y que estaba reservado tan solo a la élite soviética), que cuidaba y quería como a un hijo, era demasiado lento para la carretera— y se dirigió a toda prisa al mejor hospital de Tiflis, donde certificaron que Daria sufría una leve conmoción cerebral. Y que yo, unos kilómetros más allá y algunas horas después, había venido al mundo.

Mis gritos obligaron a mi agotada madre a levantar la cabeza, mirarme y observar que no me parecía a nadie, para luego volver a dejarse caer en la improvisada silla de partos.

Mi abuela fue la primera en hacerse cargo de mí con plena conciencia: juzgó que era «un bebé con una necesidad sobrenatural de armonía», al fin y al cabo había venido al mundo en medio de una disputa.

En lo que se refiere a la necesidad de armonía, iba a equivocarse de cabo a rabo.

Mi abuelo, que había vuelto a llevar a casa a mi hermana desde el hospital —le habían prescrito reposo en su domicilio—, recibió por teléfono la noticia de que yo, «escuálida y morena», estaba allí y gozaba de una «salud estable». Se sentó en la terraza, se envolvió en su vieja chaqueta de marinero, por la que mi hermana y yo tanto íbamos a discutir en el futuro, y no hizo más que mover de un lado a otro la cabeza.

Mientras su madre horneaba un pastel de bienvenida, sacaba de la bodega su queridísimo licor de frutas (en esta ocasión, de cereza amarga) y planeaba una fiesta por mi nacimiento, mi abuelo seguía inmóvil, desconcertado ante el nuevo acto vergonzoso de su hija, y no alcanzaba a hacer otra cosa que mover la cabeza. Mi llegada al mundo le obligaba a volver a dar a una nieta su propio apellido, es decir «Dzhashi», porque yo había sido engendrada fuera del matrimonio. Esta vez no solo con un desertor y traidor a la patria, como en el caso del progenitor de mi hermana, sino sencillamente con un criminal, que cuando yo nací estaba en la cárcel.

—Esta niña es un producto de la desvergüenza de Elene, de su depravación, y sella mi definitiva derrota en la lucha por su honor, así que no tengo ningún motivo para alegrarme o celebrar nada. La niña, aunque no tenga la culpa, es la encarnación de todo el mal que su madre ha traído a esta casa —esa fue su primera frase, por fin, después de que su madre, mi bisabuela, le insistiese para que hiciera el favor de mostrar una reacción a la llegada de su segunda nieta.

Bueno, en aquel momento no le faltaba razón, y en vista de las circunstancias en las que nací no se lo puedo recriminar.

Los cinco días que pasé con mi madre en el hospital, durante los cuales mi abuela iba a diario a visitar a su hija con caldo de pollo y verduras en conserva, mi abuelo se quedó en casa, a la cabecera del lecho de Daria, que no podía entender por qué no le permitían levantarse, y la entretuvo con toda clase de historias, juegos, series de dibujos animados (había puesto en su cuarto un aparato extra de televisión), y ni Daria supo de mi existencia ni mi madre de la conmoción cerebral de su primogénita.

Daria era la niña idolatrada y admirada en el reino de nuestro poderoso abuelo, destinada a ser elevada a los cielos y observada con veneración. Hasta que… Pero me estoy adelantando, para eso aún tendrían que pasar muchos años en los que ella habría de encarnar con éxito el papel de la joya ensalzada por todos.

Sin embargo, a pesar de esas circunstancias, del reparto de papeles radicalmente opuesto que nuestro abuelo y cabeza de familia nos asignó desde un principio, desde el día en que me llevaron del hospital a casa tuve asegurada una ventaja para siempre: conté con el amor loco e incondicional de mi bisabuela Stasia. Era para mí, solo para mí. Mi bisabuela me dio el amor que durante décadas había negado a todos los demás, que tan solo daba a duras penas, contenido, oculto y casi titubeante, y sobre todo no a su propio hijo. Pero a mí me lo otorgó, esta vez de manera ostentosa, ruidosa, casi obsesiva, pueril, desbordante. Como si llevara todos aquellos años esperando mi llegada, como si lo hubiera reservado para mí.

El día en que, frágil, arrugada y en absoluto bonita, me llevaron a casa, fue el día en el que Anastasia —ese era su nombre completo— abandonó su castillo insonorizado y salió a la luz del día, a dar la bienvenida a mi fea poquedad. Ya no era tan remota y poco entusiasta como había sido durante muchos años, porque algo cambió de golpe cuando me tomó en sus brazos y cerró los ojos.

Y, cuando despertó de su estado sonámbulo y miró por fin a su bisnieta, dijo:

—Es una niña distinta, una niña especial. Necesita mucha protección y mucho margen.

Y todos se dieron una palmada en la frente y gimieron. La anciana demente había despertado a la vida, y no se sabía del todo si eso era algo de lo que alegrarse o que acabarían lamentando.

Por el momento, también a mí se me concedió la oportunidad de idolatrar a mi hermana mayor.

En mi vida anterior, me han preguntado a menudo si su belleza, su popularidad, la admiración que todo el mundo sentía por ella me han hecho sufrir. Pero no fue así. A pesar de todas las dificultades que nos acompañaron a Daria y a mí durante nuestra infancia y adolescencia, aunque nos atormentásemos, casi torturásemos, aunque a duras penas nos perdonásemos nuestros errores, todo eso ocurría tan solo porque nos queríamos hasta la locura.

Sí, yo siempre enmudecía cuando era niña y Daria me rondaba, cuando consideraba la posibilidad de tocarme la cabeza o hacerme cosquillas en la nariz. No podía hacer nada más que idolatrar a Daria, como todos los que nos rodeaban.

Quizá ahora tendría que intentar explicar su magia, cruel e incomprensible, diciendo que Daria tenía el pelo dorado. Y quiero decir realmente dorado. Quizá que Daria tenía los dos ojos distintos, inconcebiblemente distintos e inconcebiblemente fascinantes, uno azul cristalino y el otro avellanado. Que tenía una sonrisa encantadora y una voz inusualmente profunda y ronca para una niña tan dorada, como la de un chico rechoncho y ofendido. Pero eso lo haría todo demasiado fácil, no sería suficiente.

Aunque mi abuelo quería tanto a Daria y sentía mi nacimiento como una especie de desvergüenza, porque amenazaba el reinado exclusivo de Daria, y aunque yo lo noté desde el principio, eso no cambió nada el hecho de que yo buscaba y necesitaba la proximidad de mi hermana.

Yo era una niña fea (una aprende deprisa a luchar por la belleza).

Stasia, como siempre se hacía llamar Anastasia, había sido una mujer singular, no tan extraordinaria y vertiginosamente bella como su hermana menor, Christine, pero cuando nací la belleza de mi bisabuela se había convertido en algo surrealista, sonámbulo. Había redescubierto el ballet, y con ello estaba redescubriendo su juventud.

Hacíamos muy buena pareja.

Sí, debo mucho a Stasia, aunque sin duda hubo momentos en mi infancia en los que me hubiera gustado echar atrás aquel despertar. En los que sentí su amor como una maldición y deseé a menudo no contar con él como estrafalaria indemnización por todas las otras muchas privaciones de mi niñez. Pero, en líneas generales, gracias a ella aprendí a vivir, a bailar en la cuerda floja cuando todo estallaba a mi alrededor, en una cuerda floja tensada por encima de todos los árboles, por encima de todas las torres, flotando sin miedo… porque, al caer, se abren los brazos, y se vuela. Gracias a ella aprendí a maldecir (una cualidad muy poco reconocida: la capacidad de maldecir bien en tiempos en los que el mundo se tambalea a tu alrededor). Gracias a ella aprendí a buscar escapatorias en la falta de escapatorias, a escalar las paredes cuando los puentes se derrumbaban y a reír como un soldado. Sobre todo, siempre que no había nada de lo que reír.

Gracias a ella pude apartar de mí muchas maldiciones como si fueran molestos ropajes, y gracias a ella pude romper falsas aureolas de santidad. Todo eso y mucho más le debo a Stasia, con la que en realidad empezó todo…

Algo que Stasia me ha dado, y que quizá sea lo que me ha marcado de forma más duradera, es la historia del tapiz: una mañana de lluvia —yo estaba en segundo o tercer curso— en la que me quedé en la Casa Verde, porque me había acatarrado, descubrí a Stasia en el desván, de construcción siempre inacabada. Allí había un balcón sin asegurar, ancho como una terraza pero sin barandilla, al que las niñas siempre habíamos tenido prohibido salir, pero que era donde más a gusto estábamos, y adonde íbamos en secreto con bastante frecuencia. Ahora Stasia estaba en ese balcón, y sacudía un tapiz comido de polillas, con un maravilloso dibujo y en tonos granates. Yo nunca lo había visto antes.

—Quédate donde estás. ¡No te acerques! —me ordenó al verme.

—¿Qué haces aquí?

—He decidido restaurar este tapiz.

—¿Qué significa restaurar? —pregunté yo, y me detuve ante ella, fascinada.

—Voy a hacer que este viejo tapiz vuelva a ser nuevo, y lo voy a colgar. Perteneció a nuestra abuela, y Christine lo heredó. Nunca le gustó, así que me lo dio a mí, pero tampoco yo he sabido apreciarlo hasta que yo misma he envejecido. Es un tapiz muy antiguo y valioso.

—¿Se puede volver nuevo algo viejo?

—Claro que se puede. Lo viejo se vuelve nuevo, es decir distinto, nunca vuelve a ser exactamente lo que era, ni ese es el objetivo. Es mejor y más interesante que algo se transforme. Lo volveremos nuevo, lo colgaremos y veremos qué pasa.

—Pero ¿para qué? —pregunté yo.

—Un tapiz es una historia. En él se ocultan a su vez otras innumerables historias. Ven, con mucho cuidado, cógete de mi mano, así, bien, ahora mira, ¿ves el dibujo?

Yo miré fijamente los ornamentos de colores sobre la superficie roja.

—Todo esto son hilos individuales. Cada hilo es una historia, ¿me comprendes?

Asentí con devoción, aunque no estaba segura de entenderla.

—Tú eres un hilo, yo soy un hilo, y juntas somos un pequeño adorno, y al juntarnos con muchos otros hilos damos un dibujo como resultado. Todos los hilos son distintos, de distinto grosor o finura, de distintos colores. Los patrones son difíciles de descifrar de uno en uno pero, si se contemplan en su conjunto, nos ofrecen muchas cosas fantásticas. Mira aquí por ejemplo. ¿No es maravilloso? ¡Ese ornamento es sencillamente fabuloso! A eso se añaden el grosor y el número de los nudos, las diferentes estructuras de color…, todo eso da como resultado la textura. Creo que es una buena imagen. En los últimos tiempos, pienso mucho en esto, y a menudo. Los tapices están tejidos con historias, así que hay que guardarlos y cuidarlos. Aunque este haya permanecido años almacenado como pasto para las polillas, ahora tiene que revivir y contarnos sus historias. Estoy segura de que también nosotras estamos entretejidas en él, aunque nunca lo habríamos supuesto.

Y Stasia golpeó con todas sus fuerzas el pesado tapiz. Nunca he olvidado esa lección.

No sé si en este punto debo dar las gracias a Stasia, porque con ese conocimiento más o menos me condenó a sucumbir a las historias, a buscar como una posesa durante años las historias detrás de las historias, como si fueran las distintas capas de un valioso tapiz.

Así empiezo yo aquí, consolándome un poco a mí misma, como un niño que tiene miedo y aprieta su juguete favorito. Porque tengo miedo. No sé si podré hacer justicia a lo que quiero intentar contarte, si podré hacerte justicia a ti, Brilka.

Y tengo miedo a estas historias. Estas historias que siempre discurren de forma paralela, caótica; que pasan a primer término, se esconden y se interrumpen unas a otras. Porque se anudan y atraviesan, se rodean, se solapan y se espían entre sí, se traicionan y llevan a la confusión, dejan huellas, las borran, y sobre todo albergan en su interior otros miles de historias.

No sé si yo misma lo he entendido todo y he comprendido sus relaciones, pero debo tener esperanza y llegado el caso, cuando todas las cuerdas se rompan y todos los puentes se derrumben, de nuevo extenderé los brazos y confiaré en que si caigo, conseguiré de un modo u otro alzar el vuelo.

Empezaré por Stasia para llegar hasta ti, Brilka.

Me dijeron que vino al mundo en el invierno más frío del incipiente siglo XX. Tenía mucho pelo, se le podían hacer hasta trenzas, me contaron. Y, con el primer grito, en realidad ya bailó. Había reído al gritar, como si gritara más para tranquilizar a los adultos, los padres, la comadrona, el médico rural, que porque necesitara hacerlo.

Y, con sus primeros pasos, ya había apuntado un pas de deux. Y siempre le había gustado el chocolate. Y antes de saber decir «padre» ya había balbuceado «madame Butterfly». Y había descubierto muy pronto los gramófonos y poseído los discos más recientes antes de saber leer y escribir bien, y los cantaba y bailaba. Y Eleonora Duse había sido su favorita. Y había sido más despierta y locuaz que sus dos hermanas. Y la más alegre e inteligente.

Pero en esas historias suele contarse esto y aquello.

Amaba los libros y las bellas artes, aunque sobre todo había pasado el tiempo bailando. Y bailando había hecho perder la cabeza al primer teniente de la Guardia Blanca en el baile de año nuevo del alcalde, en su primer baile, en el que había dado una impresión fresca y juvenil, casi provocadora, habría podido decirse. Y llevaba las trenzas, las largas trenzas, en torno a la cabeza, brillando a su alrededor como la aureola de un santo, en torno a la frente de porcelana. Resplandecía de tal modo que él se había enamorado de ella. Con un amor inmortal, naturalmente, para siempre.

Y había sido la mejor amazona montando a horcajadas, y eso había impresionado al teniente. Mucho, en realidad. Y se había interesado por las medias azules y había querido formarse en baile, en París, en los Ballets Rusos. Como ella ya tenía diecisiete años, él había pedido su mano, y entonces había llegado la revolución y había amenazado con separarlos. Poco antes de partir él hacia Rusia, ella había tenido miedo, había olvidado los Ballets Rusos y las medias azules y se había desposado con él. En la pequeña iglesia, en presencia de sus hermanas y del sacerdote Seraphim. Habían pasado la noche de bodas en una posada no lejos de la estepa, en las cercanías de un monasterio rupestre, tan solo ellos dos, la noche, las cuevas, las piedras. Así había sido.

Naturalmente, ella habría tenido que quedarse embarazada enseguida, la mayoría de las veces eso es lo que ocurre en esas historias, pero en esta ocasión no fue así.

Una y otra vez, antes, ella había pedido permiso a su padre, el fabricante de chocolate, para ir a París y aprender allí el hermoso arte de la danza, y él siempre había respondido que no era decoroso cabalgar a horcajadas y menos aún hacer vulgares torsiones con el cuerpo en una ciudad desconocida.

Así que se fue con su esposo a Petrogrado, y no a París. Y solo mucho más tarde, después de numerosos extravíos y padecimientos, regresó a su cálida patria.

Allí, donde muchas décadas después íbamos a nacer tú y yo, Brilka. Aquí termina por el momento la leyenda, y comienzan los hechos. El niño, el hijo mayor de los dos que tuvo, se convirtió en un hombre, y este engendró una hija. La hija se convirtió en mujer, y nos parió a Daria y a mí. Y Daria te tuvo a ti, Brilka. Las mujeres, los tenientes, las hijas y los hijos están muertos, y la leyenda, tú y yo vivimos. Así que tenemos que intentar hacer algo con eso.

I. Stasia

 

No, no se puede escapar bajo estrellas lejanas.

El ala ajena no calienta mucho tiempo.

Entonces estaba entre mis iguales.

Allá donde también mi pueblo se hundía en la desdicha.

ANNA AJMÁTOVA

Llamaron a la puerta, y ninguna de sus hermanas abrió. Tiraron de la campanilla una y otra vez, y ella siguió mirando inmóvil el jardín. Llevaba lloviendo toda la mañana, y eso hacía su humor accesible a todo el mundo, visible. La lluvia, el cielo gris, la tierra húmeda se mostraban desnudos y permitían al mundo entero ver sus heridas.

El padre aún no había llegado, y la madrastra había ido con la pequeña a comprar telas, en el nuevo y lujoso coche de papá. Llamó a sus hermanas: nadie respondió. Entonces, se incorporó lentamente y se forzó a bajar las escaleras para abrir la puerta.

En el umbral había un hombre joven, de uniforme blanco. Nunca lo había visto antes, y se apartó, algo confusa, de la pesada puerta de encina.

—Buenos días, usted debe de ser Anastasia. ¿Me permite presentarme? Simon Dzhashi, primer teniente de la Guardia Blanca, y amigo de su padre. Tenemos una cita, ¿puedo pasar?

Así que no era un simple oficial, ni siquiera un teniente, sino un primer teniente. Se limitó a asentir en silencio y le tendió la mano. Era un hombre de buena presencia, alto y de hombros anchos, de miembros esbeltos y manos huesudas, bastante peludas, que no encajaban con ese señor tan arreglado; parecía como si la naturaleza se abriera paso a través del uniforme.

Se quitó la gorra, que se le asentaba perfectamente en la cabeza y que a ella le pareció un poco ridícula, y entró. Ella se preguntó dónde estaban todas las demás, la casa entera parecía como muerta, solo ahora se daba cuenta.

De la cocina venía olor a café y bollos, pero no había nadie. Llevó al huésped hasta la sala de recibir, la puerta que daba al jardín estaba abierta. La lluvia entraba en la habitación y los visillos blancos flameaban al viento húmedo. Se lanzó hacia la puerta y la cerró con precipitación. La lluvia era una amenaza para ella, al verla tenía ganas de llorar, algo inimaginable en presencia de aquel desconocido.

Reparó en que él la había reconocido y llamado por su nombre, aunque eran cuatro hermanas. Y sin embargo, nunca había estado allí, lo veía en su mirada, que vagaba curiosa por la estancia. Era una trampa. Sí, eso era. Ahora comprendía el repentino vacío en la casa. Así que era él. De él se trataba. Él era el dios iracundo responsable de castigarla. Él era el garante del futuro. Él era el matarife, él era el verdugo. Palideció y salió de la estancia tambaleándose.

—¿Va todo bien? —gritó él a su espalda.

—Oh, sí, sí. Tan solo voy a traerle un café y unos bollos. Le gusta el café, ¿verdad? —respondió ella desde la cocina, donde se había apoyado en la pared y se secaba las lágrimas con las mangas.

Ya nada volvería a ser como era. Y lo había comprendido de golpe, de golpe había podido cerciorarse de que la infancia había terminado. De que de pronto tendría otra vida, que todo, todos sus sueños, deseos, visiones, iba a reducirse a ese hombre, a ese uniforme ruso de color blanco, probablemente un subordinado del gordo e iletrado gobernador de Kutaisi, ¡qué horror!

Tenía ganas de vomitar, pero el café humeaba ya en la cafetera, y la tarta de chocolate de la confitería de papá, cortada en trozos simétricos, esperaba para ser ofrecida al huésped.

Y así, esa tarta de chocolate se convirtió en el primer sacrificio que ofreció a su verdugo. Para su consumo. Como todas las promesas de futuro que la vida le había susurrado al oído noche tras noche, y que tendría que ofrecerle en sacrificio en el instante en que compartiesen una vida en la que esas promesas no tendrían lugar, en la que serían ajenas, a la que nunca llegarían. Se mordió los labios, y reprimió el dolor que sintió al hacerlo.

Llevó la bandeja de plata con el café humeante y el servicio de porcelana. El hombre se sentaba con las piernas cruzadas en el sillón de papá, y miraba fijamente el verde jardín, empapado y enterrado en densa lluvia, junto con las florecillas primaverales que brotaban del suelo, ansiosas de vida y de calor.

—Oh, exquisito. Su padre es un verdadero genio. Y tan buena persona. Un hombre contenido, un hombre humilde. Hoy en día no se encuentran hombres así. Alguien planta un árbol, y toda la comunidad tiene que enterarse. Nadie hace buenas acciones hoy sin darlas a conocer a los cuatro vientos. Su padre no es así. Estoy muy orgulloso de contarme entre el círculo de sus conocidos. Y su maman. Es encantadora.

—Es mi madrastra.

—Oh.

—Sírvase tranquilamente. Tenemos bollos más que de sobra. Aquí nunca faltan dulces.

—Sí, conozco las creaciones de su padre. ¡Esas exquisitas tortitas de almendra, y qué espléndida es su mousse de ciruela! Es un auténtico sueño.

—¿Y de qué conoce usted a papá, si me permite preguntar?

—Yo… le hice un favor en una ocasión, por así decir.

—Acaba de decir que si se hace algo bueno, no hay que hablar de ello. Que esa es la auténtica grandeza, o así lo he entendido.

—Es usted muy precisa.

—Sí que lo soy.

—El pastel está delicioso. ¿Por qué no lo prueba?

—Lo tomo todos los días. Gracias.

—Tan solo le hice un favor. No he dicho que con eso cometiera una buena acción.

—Un favor implica que se trata de algo bueno.

—Eso depende del punto de vista, ¿no le parece? Cada cual mira las cosas desde su propia perspectiva, que no necesariamente comparte con el resto.

—No estoy de acuerdo. Hay cosas en las que todo el mundo debería coincidir, y compartir la misma opinión.

—¿Y cuáles serían esas cosas?

—Por ejemplo, que el sol es maravilloso y que la primavera puede hacer milagros, que el mar es profundo y el agua suave. Que la música es mágica cuando se toca bien. Que un dolor de muelas es algo terrible y el ballet, la cosa más bella del mundo.

—Entiendo. Le gusta bailar más que nada, ¿verdad?

—Sí, así es.

—¿Y no le gusto porque cree que no comparto con usted esa idea?

—¿Cómo podría saberlo?

—Usted lo cree. Lo sospecha.

—Yo no sospecho nada.

—No le creo.

—Oiga, lo admito: creo que no comparte muchas de mis opiniones, aunque solo sea porque presta servicio en el ejército y no simpatizo con el ejército. ¿De qué se ríe?

—Lo siento. Me divierte usted.

—Ah, qué bien. Al menos uno de nosotros está de buen humor.

—¿Monta usted a caballo?

—¿Cómo?

—Que si monta usted a caballo.

—Sí, naturalmente que lo hago.

—¿A la amazona, entiendo?

—Prefiero el estilo de los hombres.

—¡Espléndido! ¿Daría usted un paseo conmigo por la estepa, mañana?

—Mañana tengo clase de ballet.

—Puedo esperarla.

—No sé.

—¿O tiene miedo?

—¿De qué iba a tener miedo? Desde luego, de usted no.

—Entonces, ¿de acuerdo?

—Oiga, no sé lo que mi padre le ha contado de mí, pero seguro que no es cierto. No sé lo que le ha prometido, pero tampoco estoy segura de poder cumplirlo. Me arriesgo a su ira y a la de mi padre, pero no tengo intención de engañarle. No voy a amarle. ¿De qué se ríe ahora?

—Es usted aún mejor que como la había descrito su padre.

—¿Qué le ha prometido?

—Nada. Solo ha dicho que puedo visitarla de vez en cuando.

—¿Para que más tarde me case con usted, y ya no pueda bailar?

—Para que nos conozcamos.

—Es usted mucho mayor que yo. No es adecuado.

—Tengo veintiocho años.

—Aun así es mucho mayor. Once años es una diferencia de edad muy grande.

—Parezco más joven.

—No sabe nada de danza.

—La vi bailar en el concierto privado de Mikeladze.

—¿De veras?

—Sí.

—¿Y?

—Lo hizo usted bastante bien.

—¿Bastante bien? Lo hice muy bien.

—Quizá. Sin duda, cree que no entiendo de esto.

—Bueno, cualquier profano tiene derecho a tener una opinión.

—Oh, qué generoso por su parte.

—No lleva usted bigote.

—¿Y qué significa eso?

—No es lo debido.

—Según la última moda, sí.

—Soy conservadora.

—No lo parece.

—Usted no me conoce.

—La he visto, entonces usted tenía catorce años, y estaba escuchando el concierto de violín de los hermanos Maxim. Estábamos sentados el uno junto al otro, y usted estaba tan conmovida que lloraba, y se secaba las lágrimas con las mangas del vestido. No utilizó un pañuelo de seda. Eso me gustó. Y luego salió corriendo de la sala. Y meses después la vi en el circo, que entonces ponía su carpa en las colinas. Y comió una manzana asada y se chupó los dedos. No utilizó un pañuelo de seda, como es debido. Y más tarde la vi en el baile de Año Nuevo, era su primer baile, en casa del alcalde. Estaba usted encantadora en su primer baile, pero su pareja era un necio y no sabía llevarla. La pisaba constantemente, y en cada ocasión usted torcía el gesto. Salió y se secó las gotitas de sudor con la punta del vestido. Nada de pañuelos de seda. Luego se sentó en la escalera de piedra y levantó la vista al cielo. Entonces decidí que era hora de conocerla.

—¿Por qué iba yo a querer conocerle a usted?

—Porque tampoco utilizo nunca pañuelo.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Alguien que necesita un velo, un objeto, aunque sea de seda, entre sí y el mundo, es que teme a la vida. Tiene miedo de vivir las cosas, de sentirlas de verdad. Y yo creo que la vida es demasiado corta y demasiado maravillosa como para no mirarla de verdad, como para no aferrarla de verdad, como para no vivirla de verdad.

—¿Quiere decir con eso que nos parecemos?

—No, solo quiero decir que tenemos una postura similar ante la vida.

—Aun así, no me casaré con usted y no me iré con usted a Moscú.

—Yo no estoy en Moscú. Estoy aquí.

—Usted sirve a los rusos, no me gustan los rusos. Dicen que pronto habrá sublevaciones. Hay inquietud en Rusia. Hay rumores. Además, también papá fue a Rusia y se trajo de allí una segunda esposa. Sé cómo funciona el mundo.

—¿Y cómo funciona?

—Bueno, para nosotras las mujeres de manera no precisamente ventajosa.

—Una verdadera medias azules, pues.

—¿Qué significa eso?

—En Europa hay mujeres que creen que son iguales a los hombres. Y luchan por sus derechos. Las llaman «medias azules».

—Y tienen razón, si luchan. Pero encuentro ese nombre completamente estúpido.

—Si es así, podemos dar una buena cabalgada por la estepa. Así podremos ver cuán iguales son hombres y mujeres.

—Yo no creo que sean iguales. Yo creo que las mujeres son mejores.

—Tanto mejor. Hasta mañana, entonces.

—Espere…, ni siquiera sabe dónde tomo mis clases de ballet.

—Lo averiguaré. Y presente usted mis saludos a su padre. No hace falta que me acompañe. Una dama realmente emancipada siempre debería estar sentada.

—¿Una dama qué?

—Una que lucha por sus derechos.

Salió, con pasos rápidos y ligeros y una taimada sonrisa. Stasia se quedó petrificada, no podía creer lo que acababa de ocurrir. No se podía querer al propio verdugo, no se podía coquetear con él. No se le podían ofrecer más sacrificios de los necesarios. No se podía cabalgar a horcajadas con él. Y entonces se echó a reír. La lluvia había cesado, y las flores brotaban del suelo. Por todas partes se abría paso la vida, junto con las muchas y dulces promesas. Stasia abrió la puerta que daba al jardín y salió. La tierra estaba húmeda, y se le clavaron los pies en el barro, pero eso no le impidió bailar un pas de deux en el enlodado jardín.

Se encontraron y cabalgaron por la estepa, ambos a horcajadas. Sin duda ella parecía increíblemente encantadora y segura de sí misma. Desde pequeña había aprendido a montar, y lo que más le gustaba era coger el kabardin de pura raza y montar en él sin silla. Le gustaba el parco paisaje de la estepa. Conocía la vieja ciudad de cuevas como la palma de su mano. Aunque en ese misterioso laberinto de escaleras de piedra, salas y escondites entreverados los unos con los otros no paraba de perderse gente, Stasia siempre hallaba el camino de vuelta. El camino para salir de la ciudad de cuevas que hacía siglos la poderosa reina del país había ordenado abrir en la enorme montaña, y que se había convertido en un paisaje abandonado en el que se oía cantar a los fantasmas. Sí, era posible oírlos si se cerraban con fuerza los ojos y se hacían callar los propios pensamientos. Y el teniente aún estaba más impresionado por su capacidad para lograrlo. Charlaron de toda clase de cosas, y Stasia lo retaba a menudo a ganarle una carrera.

Empezaron a citarse a diario para hacer cabalgadas en común. Stasia pronto estaba tan entusiasmada con esas horas juntos en la estepa que algunos días incluso olvidaba el baile.

Como es natural, a sus diecisiete años nuestra Stasia tenía que enamorarse. El teniente blanco disfrutaba con su confianza, que crecía de día en día, de salida en salida. Y creía firmemente que se harían bien el uno al otro, que necesitaba justo a una mujer de carácter como aquella, y que esa firme convicción tenía a la fuerza que impresionar a Stasia.

Simon Dzhashi también tenía en alta estima a la familia del fabricante de chocolate, y esa simpatía hallaba eco en el padre de la pretendida. Anastasia no iba a encontrar resistencia a la hora de elegir a su futuro esposo, como sí ocurría en el caso de su segunda hermana, que siempre que se fijaba en un caballero tenía que contar con la desaprobación paterna. En cambio, el primer teniente blanco parecía el favorito de su padre.

Y, dado que eran tiempos confusos y no se sabía hacia dónde soplaría el viento, había que actuar con rapidez. También en los asuntos del corazón.

De hecho, el primer teniente blanco había ido a una escuela de cadetes en San Petersburgo cuando aún existía el San Petersburgo de los hermosos bailes y el dulce acento francés, y solo había luchado brevemente en la guerra ruso-japonesa, donde había sido herido, nombrado primer teniente y devuelto a casa. Aquella herida lo había librado de luchar en la Primera Guerra Mundial. Después de curarse lo habían integrado en la administración en su somnolienta ciudad natal, en la que evaluaba la correspondencia de guerra.

Simon no se apresuró a pedir un traslado. La situación política era impredecible y no estaba lo bastante decidido, en su vida nunca había podido encontrar más ideología que la patria para determinar su futuro camino.

En aquellos tiempos había innumerables ideologías y agrupaciones políticas, brotaban del suelo como setas todos los días, en pequeños desvanes, sótanos de cantinas y oscuras viviendas situadas en patios traseros, y todas creían haber encontrado la solución a todos los problemas o sabían exactamente cómo garantizar al sometido pueblo ruso un futuro de color de rosa.

Simon procedía de una buena familia burguesa: su padre, un médico prestigioso, había facilitado una buena educación a su único hijo. Marcado desde muy pronto por la ideología democrático-liberal, Simon había entablado contacto con liberales en los círculos militares de la escuela de cadetes y participado en algunas asambleas. Pero, al mismo tiempo, se daba cuenta de que los liberales parecían demasiado débiles y demasiado poco seguros de sus objetivos como para hacer frente a una seria amenaza como el socialismo, si llegara a producirse. Y también se daba cuenta de que los socialistas hacían cada vez más ruido, de forma cada vez más audaz y desafiante.

Se contaban toda clase de leyendas y teorías conspirativas sobre sus dirigentes, la mayoría de los cuales ya habían sido detenidos o deportados al extranjero.

Simon apenas simpatizaba con los socialistas, demasiado viscerales, demasiado poco refinados, demasiado ruidosos para sus oídos burgueses, aunque al mismo tiempo no quería terminar en el lado equivocado. Tenía que actuar. Tenía que decidirse, pero aún titubeaba demasiado, los acontecimientos eran demasiado confusos, demasiadas cosas parecían aún posibles.

Ya en el frente, había entrado en contacto con algunas ideas y, devuelto a casa después de su herida, había fundado un círculo para el «Estudio de los textos filosóficos de los antiguos griegos», con el fin de alcanzar, junto a algún otro extraviado en busca de orientación, un conocimiento que le hiciera avanzar. Simon Dzhashi no se sentía ni un reformista ni un revolucionario. Como soldado obediente a la autoridad, servía sin rechistar al ejército, con todas sus claras jerarquías, su disciplina y su reparto de tareas. Amaba las estructuras sin ambages, las situaciones reguladas, en las que todo el mundo sabía exactamente cuál era su sitio. Simon poseía una mente racional. Era galante, indulgente, de carácter más bien gruñón e introvertido, no era un hombre de fervientes ideas y acciones. Tampoco tenía nada en contra de los zares, tal vez un poco de compasión hacia los campesinos, como era entonces propio de la autoridad.

Sin embargo, puede que una curiosa peculiaridad de Simon Dzhashi gustara al fabricante de chocolate lo bastante como para considerarlo un buen partido para su hija: Simon era un sentimental y mostraba un gran apego por todo lo pasado. Amaba la Rusia de Pushkin, soñaba con los grandes bailes napoleónicos, se conmovía en toda regla con El lago de los cisnes. Así que, a los ojos de mi tatarabuelo, su corazón se inflamaba con todo lo que tenía que ver con el rey enviado por Dios, es decir con el zar, y por tanto con un mundo claro y estructurado.

Por peculiar y sorprendente que eso pueda resultar en un hombre tan joven, encajaba muy bien con la imagen del mundo de mi tatarabuelo. El corazón de Simon pertenecía a la vieja Rusia, a la élite europea, a la hermosa y resplandeciente vida de los viejos tiempos… o más bien a lo que él imaginaba por tal.

Para mi tatarabuelo, ser consciente de la tradición significaba amar los valores de la élite, ser modesto y tener espléndidas maneras, no ser ni demasiado amante de los placeres ni tampoco puritano. Pero sí muy consciente de para qué fin había sido creado cada estrato social, qué persona tenía que ocupar qué papel en la sociedad. El tatarabuelo provenía de la pequeña nobleza georgiana empobrecida, había cursado estudios de pastelería en un distinguido hotel de un balneario de Crimea, allí había ascendido con rapidez de aprendiz a director de la chocolatería y había tenido ocasión de ganarse como clientes a muchos nobles ricos gracias a su arte, de cuyo favor gozaba y gracias a cuyo apoyo también había podido ir a Budapest dos años, a aprender con un maestro chocolatero que antes había trabajado para la corte de Viena.

Mi tatarabuelo recopiló experiencias por toda Europa, visitó algunas excelentes pastelerías de Europa Occidental y decidió, en contra de las expectativas de sus superiores, regresar a su patria para fundar allí un negocio propio.

Había descubierto una fórmula mágica y secreta —por desgracia no dispongo de información segura acerca de dónde desarrolló exactamente la receta de su inolvidable chocolate—: llevaba en el bolsillo una receta que iba a revolucionar el sabor del chocolate caliente.

Tenía que introducir esta receta o, mejor dicho, el chocolate caliente resultante de ella, como uno de los protagonistas de esta historia, Brilka.

Lamentablemente no puedo darte a conocer los ingredientes de la bebida (bajo ninguna circunstancia, en ningún caso, nunca, nunca, jamás), he de hallar palabras para describir lo indescriptible. Por desgracia, tampoco sé si mi tatarabuelo derivó esta receta de otra o la desarrolló él mismo, porque la guardaba como un secreto de Estado. Pero una cosa está clara: a su regreso a su patria, llevaba en el bolsillo la garantía del éxito (por aquel entonces, aún no se conocían los efectos secundarios de su chocolate mágico).

Para empezar, se trataba de una receta para un sencillo chocolate caliente al estilo vienés. Es decir, no sobre una base de cacao, sino de chocolate. Primero se fabricaba el chocolate, luego se fundía y se mezclaba con otros ingredientes.

Sin embargo, algo en esa composición y preparación hacía ese chocolate tan especial, único, irresistible, perturbador. Ya su olor era tan atractivo e intenso que no se podía evitar acudir corriendo en busca de su origen.

El chocolate era denso y espeso, negro como una noche de tormenta, y se consumía en pequeñas raciones, caliente, pero no demasiado, en tazas pequeñas y —a ser posible— con cucharillas de plata.

El sabor era incomparable, su disfrute era un éxtasis espiritual, una experiencia sobrenatural. Uno se fundía con la masa dulce, se fusionaba con ese exquisito descubrimiento, olvidaba el mundo alrededor y experimentaba un sentimiento de dicha único. Todo era como debía ser en cuanto se probaba ese chocolate.

Eso ocurría poco antes del cambio de siglo, cuando volvió a su patria desde Budapest con su receta secreta en el bolsillo. Mi tatarabuelo estaba orgulloso de lo que había conseguido, y creía que podía trasladarse a la provincia georgiana la galantería y exquisitez de París o Viena e influir y cambiar el gusto de la gente.

A su regreso, se casó con una alumna del colegio del convento de la Santa Madre de Dios, una mujer devota y silenciosa, se podría decir que tendente a la melancolía, llamada Ketevan. A Ketevan no le gustaba nada el Imperio ruso, consideraba la anexión de Georgia por Rusia el peor error de toda la historia georgiana y se negó durante toda su vida a hablar en ruso. Mi tatarabuelo se había enamorado de ella, no fue un matrimonio concertado, pero por desgracia tampoco fue feliz. Ella defendía otros valores, veía en Rusia el origen de todo mal, mientras mi tatarabuelo veía en Rusia una oportunidad para Georgia y sostenía que los rusos eran los que habían permitido al Cáucaso el acceso a la cultura universal y habían combatido el analfabetismo del pueblo y la codicia de la pequeña nobleza georgiana. Era prozarista y gozaba de todos los privilegios que su forma de vida colaborativa le ofrecía. En cambio, su esposa nunca se cansaba de afirmar que Georgia no era más que una colonia y la cultura eslava era la decadencia de la caucasiana.

—Nosotros llamamos a nuestro gran vecino, lo invitamos a venir —trataba mi tatarabuelo de convencer a su esposa, durante los primeros meses de su matrimonio.

—Los invitamos a ayudarnos, no a ocuparnos —respondía Ketevan—. Nuestro rey estaba cansado de las invasiones y razias de nuestros vecinos musulmanes, no vio otra salida, y trató de escoger el que le parecía el menor de dos males al pedir a los zares la firma de un tratado de protección. Un tratado de protección con el acento puesto en protección, si me permites que te lo recuerde.

—Sí, querida, pero de hecho eso significaba que desde ese momento estaríamos sometidos al gran Imperio zarista, y eso lo sabía nuestro rey cuando trajo a los rusos a nuestro país.

—Cierto, querido, pero probablemente no sabía que nuestros vecinos del norte no iban a aceptar esa invitación solo para unos años, sino durante varios siglos.

Ketevan no se daba por vencida.

—Creo que es un error, querida, traer continuamente a colación la imagen de David y Goliat y considerarla una metáfora de nuestro país; pienso que aceptarlo sería mucho más fácil para nosotros, ¡porque demasiados georgianos han sacado provecho de esto, Ketevan, en eso tendrás que darme la razón!
—En este país la adaptación siempre ha sido fingida, y en el núcleo de esa adaptación hallarás la nostalgia de lo primigenio. Hablo de verdaderos georgianos y no de traidores —respondía Ketevan, lanzando a su esposo una mirada desdeñosa.

Ketevan apenas se mezclaba en los negocios de mi tatarabuelo, era una buena ama de casa y también sabía presentarse en sociedad, le había dado dos hijas, pero el amor y el afecto entre los cónyuges se había extinguido a más tardar después del nacimiento de la segunda. Ketevan se entregó a la devoción, rezaba y mantenía buenas relaciones con la Iglesia y con los sacerdotes, mientras su marido abría su negocio La Chocolaterie, a la que llamaron desde entonces «la fábrica de chocolate», y a mi abuelo «el fabricante de chocolate». El negocio florecía, las ventas aumentaban año tras año, y la fama del fabricante de chocolate se asentaba.

Le decepcionó la indiferencia de su mujer ante su éxito. Ketevan desdeñaba los privilegios económicos y sociales de la familia y no parecía disfrutar del creciente bienestar. Él había esperado de ella apoyo y aliento, como lo recibía de otros. Cinco años después de su regreso, dirigía una pastelería conocida en toda la ciudad y planeaba abrir sucursales en todo el país; más tarde, en la cima de su éxito, esperaba poder suministrar los mejores chocolates a todo el imperio de los zares.

Elaboraban tartas paradisíacas y pasteles de todas clases. Chocolate con trufas, chocolate amargo, chocolate con leche con gelatina de albaricoque, variedades con avellanas y uva, pero también productos exóticos como la tarta de chocolate con pimienta negra, los bombones de licor de cereza bañados en chocolate a la menta, las galletas de chocolate rellenas de crema de higos o el chocolate praliné con gelatina de sandía. La Chocolaterie logró reunir la pastelería francesa y la tradición pastelera austríaca con la opulencia de la Europa del Este.

Todos los días, a las seis de la mañana, mi tatarabuelo iba a la pastelería y añadía sus surtidos y sus ingredientes propios, que le daban ese matiz especial a las gigantescas mezclas de chocolate elaboradas por sus trabajadores. Nadie podía descifrar la fórmula, y era precisamente eso lo que volvía tan irresistibles sus productos.

Hasta entonces únicamente había añadido su mezcla especial de ingredientes en la mínima dosis a todos sus preparados de chocolate, en cierto modo solo como nota de sabor complementaria, pero su receta desplegaba su mayor magia en el chocolate caliente.

Dado que el gran éxito de su fórmula mágica le permitió consolidarse y coquetear con ambiciosos planes de expansión, proyectó, en la cumbre de su fama, sacarse de la manga la flor y nata de sus creaciones —el chocolate caliente— en Tiflis, Moscú o San Petersburgo, para dejar a todos en un estado próximo al desvanecimiento. A pesar o a causa de su éxito, el fabricante de chocolate se había jurado, en espera de un sucesor, mantener la receta en el seno de su propia familia y que fuera secreta por el momento.

Según Stasia, esa decisión salvó a nuestra familia, si no incluso a todo el país, de la ruina definitiva.

Además de su oficio, mi tatarabuelo participaba, como ciudadano de honor, en la vida social y cultural de la ciudad, trataba con los círculos elevados de la política local, fue fundador del único club masculino de la ciudad (al estilo europeo), protector de varios círculos literarios, teatrales y filosóficos, ocupó la presidencia de la Sociedad en Defensa de la Tradición y el Honor y era asimismo uno de los ciudadanos más ricos de la pequeña ciudad, a la que quería convertir en la «Niza del Cáucaso», cuando Tiflis pasaba ya por ser la París del Cáucaso.

A su esposa le importaban poco esas cuestiones externas, prefería dedicarse a los estudios bíblicos y a la rigurosa educación de sus dos hijas. Había que convencerla siempre para que participase en cualquier acontecimiento social, y tampoco sentía especial inclinación a viajar, lo que disgustaba al fabricante de chocolate. También su exagerada religiosidad le irritaba. Sentía que con eso había perdido el acceso a sus hijas, que crecieron bajo la severa supervisión de la madre y de las institutrices, también creyentes, hasta convertirse en muchachas devotas, tímidas y en absoluto europeas.

Parecía estar perdiendo, con graves consecuencias, la lucha en el frente femenino de su propia casa.

¡Necesitaba un hijo varón! El exceso de mujeres en su casa se había vuelto, sencillamente, demasiado amenazador. Necesitaba un sucesor, un hombre que pudiera dirigir la lucha contra el otro sexo con él a su lado. Dado que hacía mucho que los cónyuges no compartían el lecho conyugal, sabía que aquello iba a requerir gran capacidad de convicción y tiempo. Además, a Ketevan le habían costado un enorme esfuerzo ambos partos, y no gozaba de una salud demasiado fuerte, no iba a ser tan sencillo convencerla de que aceptase un embarazo más.

Aunque le explicó varias veces a su esposa que se trataba exclusivamente de una cuestión de herencia, que al fin y al cabo la fábrica de chocolate necesitaba un heredero varón, ella no se inmutaba, y le consolaba diciéndole que sus dos hijas iban a casarse, y que un yerno capaz también era una buena solución al problema.

Así que tuvo que servirse de otros medios para convencer a su mujer de que le diera un sucesor. Decidió hacer para ella su mejor creación, el chocolate caliente, porque cuanto más concentrados estaban los ingredientes tanto mayor era el efecto de la receta.

En presencia de un pequeño cuarteto de cuerda que hizo acudir expresamente para ella a La Chocolaterie, ya cerrada a los visitantes, a la luz de las velas y envueltos en el embriagador aroma de su propia creación, le sirvió la taza de porcelana más hermosa que pudo encontrar en su negocio y le hizo tomar su chocolate, mientras le decía un millar de lisonjas y la convencía de lo irrenunciable que era en su caso un sucesor varón.

Como solía ocurrir, también en Ketevan se despertó la irrefrenable codicia de gozar más, y en los días siguientes imploró a su marido que siguiera haciendo para ella chocolate caliente. Así que mi tatarabuelo pudo finalmente plantear un ultimátum a su favor: si ella aceptaba un nuevo embarazo, él le haría chocolate caliente todos los días durante los próximos nueve meses. Su resistencia estaba rota, y el deseo del más exquisito sabor del mundo no le dejó otra opción que aceptar su oferta y asentir a regañadientes.

Y así ocurrió que a los nueve meses volvía a estar en su dormitorio, atendida por un médico rural y dos comadronas, en medio de los dolores del parto. Pasaron varias horas hasta que sacaron de ella una niña sana y bien formada (la madre se limitó a suspirar, decepcionada). Pensaba que todo había salido bien, cuando el médico exclamó con preocupación que aún no había terminado. Había un segundo bebé en camino. Después de más apretar y gritar, otra niña vio al fin la luz del día.

Pero la segunda no quería llorar. Algo no iba bien en los pulmones, constató el médico, la niña se había puesto azul, no le llegaba aire, y el doctor le palmeó con fuerza en la espalda. Pocos minutos después del nacimiento, hubo que constatar la muerte de la segunda recién nacida (habían sido gemelas univitelinas).

Sin embargo, la primera, a la que se bautizó con el nombre de Anastasia, parecía sana y vivaz, y gritaba a pleno pulmón pidiendo la leche materna.

Poco tiempo después, Ketevan murió de una pulmonía contraída en la silla de partos, rápido, sin grandes sufrimientos, después de haber dado a Anastasia el pecho por última vez.

Las dos tragedias fueron las primeras de la vida de mi tatarabuelo, y se sucedieron con tanta premura, fueron tan poderosas y definitivas, que durante meses transfirió todos los asuntos a su primer secretario y no estuvo en condiciones de salir de su casa. Solo por las mañanas iba con paso lento, arrastrando los pies, a La Chocolaterie, para preparar su mezcla y añadirla a la masa del chocolate.

Aunque en los años anteriores su amor por su mujer ya no había sido tan fresco y radiante como al principio de su matrimonio, ella había continuado siendo una parte importante de su vida; la pérdida de la madre de sus hijas pesaba mucho, y no sabía qué iba a hacer ahora, solo, con las tres niñas.

Durante esa época empezaron a asediarlo extraños pensamientos. No se libraba de la sensación de que había causado la muerte de su esposa. Si no la hubiera forzado a otro embarazo, quizá seguiría viva, y también se habría ahorrado la tragedia de la muerte de la niña.

¿Quizá su aturdidora creación tenía en sí algo de fatal? ¿El chocolate que le había preparado con tanto entusiasmo durante todos esos meses había puesto en marcha la rueda de la desgracia? ¿Era tal vez demasiado exquisito como para que ella pudiera degustarlo sin pagar a cambio un alto precio? ¿Deparaba a la gente que lo probaba tanta felicidad y olvido de sí mismos que la realidad tenía que vengarse de ellos de forma tanto más desenfrenada? ¿Era incluso presa de una maldición? ¿Podía ser que hubiera descubierto algo demasiado bueno para la gente? ¿Quizá lo que le hacía mezclar su receta en pequeñas dosis en sus productos no era un cálculo, como había pensado al principio, cuando se planteaba poner a la venta su chocolate caliente una vez en la cumbre del éxito, sino un presentimiento?

Al mismo tiempo le asediaban las dudas, le resultaba pueril creer en algo tan irracional. Ni siquiera temía a Dios, dudaba hasta de la Iglesia, por no hablar de la superstición, que consideraba la religión de los pobres.

Para volver a entrar en razón, decidió legar a Anastasia lo más valioso que poseía: Anastasia heredaría de él la receta del chocolate caliente. Y se juró entregársela el día de su boda, como la más valiosa dote que estaba en condiciones de otorgar.

Poco a poco, el fabricante de chocolate fue despertando de su parálisis, y contrató a una campesina recién parida para que amamantara a Anastasia. Por fin despidió a la severa y religiosa institutriz y encontró a una joven niñera que se encargó con paciencia y cariño de las niñas.

La mayor de las tres, Lida, tenía ya seis años, y claramente era la más afectada por la muerte de su madre. Siempre había sido la favorita de su madre, y siempre había intentado hacer las cosas a su gusto. Así que era exageradamente tímida, silenciosa y temerosa de Dios, como si no fuera una niña, sino ya una mujer hecha y derecha. Su padre incluso la temía un poco, su severa mirada, su pronunciada moralidad, su carácter triste.

La segunda, Meri, de cinco años, no tenía aún marcas definidas de carácter, pero era a menudo susceptible y mostraba una insatisfacción para la que el padre no encontraba remedio.

Las dos echaban de menos a la madre, y el padre les era ajeno porque, hasta la muerte de su madre, siempre había estado en el trabajo o atendiendo compromisos sociales, fumaba en pipa, hablaba alto, le gustaba beber coñac en su despacho con sus amigos y hablaba de cosas que no interesaban a las niñas.

Pero la pequeña, Anastasia, a la que muy pronto todos llamaron simplemente Stasia, no era una niña que se dejara influir por todo eso. Era demasiado pequeña para ser consciente de la pérdida de la madre, no había recuerdos; a pesar de las difíciles circunstancias de su nacimiento, era alegre, con una cabellera impresionante, ya de bebé se le podían hacer trenzas —ya lo he dicho antes—, y no tardó en manifestar un carácter dominante.

El fabricante de chocolate se propuso hacerlo todo bien con ella, y no permitir que, como sus dos hermanas, creciera lejos de él y de su filosofía de vida.

Una vez que pasó el primer y agobiante año de luto por la madre y señora de la casa, el fabricante de chocolate se armó de valor y decidió brindar a su familia un nuevo comienzo.

Y así, durante los cuatro años siguientes mi tatarabuelo se ocupó de ganarse el favor de sus hijas. Las malcrió y las inició en los aspectos más bellos de la vida, que su madre les había negado: las dejaba comer a dos carrillos y acostarse tarde, podían ir al bazar y al circo, podían jugar con las niñas de los campesinos, no ir a la iglesia los domingos, ensuciarse y armar ruido en la casa, ir con él a la pastelería y comer todo el chocolate que pudieran, hacer los deberes solo después de jugar y pedirle vestidos y juguetes cuando salía en viaje de negocios.

Durante aquellos años, una atmósfera libre y sin preocupaciones se instaló en casa del fabricante de chocolate, y ni siquiera las muchas pequeñas negligencias que empezaron a verse en la casa, antaño tan reluciente, parecían molestar a nadie, al contrario: contribuían al agradable ambiente del hogar.

Stasia siempre se acordaba con gran alegría de sus años de infancia y de la época del «imperio de las niñas». Todo iba a cambiar de repente el día en que el padre trajo de un viaje de negocios a Kiev a una mujer alta de aspecto eslavo, un tanto fría pero muy impresionante, que no entendía una sola palabra de georgiano y a la que presentó como su nueva esposa. Una casa sin una mujer no es una casa, dijo el padre; también a él le costaba trabajo caminar solo por la vida. No pensaba sustituir a la madre de las niñas, pero les rogaba fervorosamente que acogieran a Larisa o Lara Mijailovna con respeto y sinceridad como nuevo miembro de la familia.

Pero Lara Mijailovna, que pertenecía a la nobleza moscovita y era viuda de un comerciante ucraniano con tendencia al alcohol, resultó ser alguien no tan fácil de aceptar. Era una mujer autoritaria, acostumbrada a ser cortejada y atendida, sentía inclinación por el lujo y consideraba su mudanza a la provincia georgiana algo indigno de ella. A diferencia de las niñas, al padre no parecía molestarle el difícil carácter de Lara. O bien durante las noches ofrecía a su nuevo esposo sus increíbles dotes, que hacían olvidar la dureza del día a su lado, o estaba equipada de otras cualidades espirituales que solo a su marido se revelaban. Porque no se podía explicar de otro modo que el fabricante de chocolate cubriese a su nueva esposa de valiosos regalos, sometiera todo a su voluntad y sus deseos y se dejara tratar por ella como un criado.

El alegre y relajado ambiente de los años anteriores dio paso a un agobiante orden jerárquico, en el que Lara marcaba el tono.

Consideró a las niñas maleducadas, y se apresuró a reeducarlas. Primero envió a las dos mayores, Lida y Meri, a una severa escuela de señoritas de clase alta, luego contrató a una profesora de piano que ensayaba con ellas incansablemente cada dos días, seguida de un profesor de ruso porque, según Lara, su acento era espantoso.

Ella en cambio gozaba de las ventajas de la vida al lado de su esposo y de las de su condición. Había viajes a balnearios, se organizaban cenas, se acudía a bailes, se compraban telas de Francia, se cosían sombreros, se contrató a dos nuevas criadas, se adquirieron adornos y varios jarrones de porcelana china, que gustaba especialmente a Lara.

También mi tatarabuelo floreció, Lara parecía ser la esposa que había deseado tener a su lado todo aquel tiempo. Pasaba por alto gustosamente que sus hijas se rieran cada vez menos, se hubieran vuelto cada vez más silenciosas y sacaran la lengua a Lara en cuanto les daba la espalda, porque Lara era más que competente, sabía aprovechar las ventajas del dinero, amaba la atención, los viajes, las joyas, el cotilleo y la cháchara, solo iba a la iglesia en Navidades y en Semana Santa y sabía cómo impresionar a la gente, sobre todo al sexo masculino.

Dos años después de la boda vino al mundo Christine, la rezagada. Siete años después de Stasia.

El fabricante de chocolate seguía deseando tener un hijo, y no renunciaba a la esperanza de un sucesor. Pero ni él ni Lara eran ya tan jóvenes, y no conseguían otro embarazo. Así que —después de varias curas y esfuerzos— Christine fue el último intento de mi tatarabuelo de engendrar un sucesor varón.

Christine iba a convertirse en la clásica benjamina: mimada, malcriada y arrogante. Declarada por la madre con la mayor naturalidad única princesa de la casa, y elevada a los cielos por el padre. Es verdad que Christine era una criatura de una belleza casi sobrenatural. Ningún invitado se cansaba —para orgullo de los padres— de hablar de la belleza de la pequeña. ¡Qué rostro virginal, qué encanto, qué rasgos perfectos, qué finos miembros!

De hecho, la niña encarnaba el ideal de la colaboración eslavo-caucásica. Además, desde pequeña Christine supo aprovechar su situación de privilegio y era muy buena consiguiendo lo que quería. Eso no hizo precisamente más fácil la vida de las mayores.

Quizá esos cambios en la casa paterna favoreciesen en Stasia cierta rebeldía. Porque, al contrario que la silenciosa Lida, que coqueteaba con la idea del convento, y la superficial y vivaracha Meri, Stasia se había dado cuenta muy pronto de que en esa familia tenía que abrirse paso, o de lo contrario pasaría inadvertida, a la sombra de una niña pequeña con la que casualmente compartía el mismo padre.

Pronto aprendió a manifestar su propia opinión, a concentrarse en sus deseos y sueños, a hacer cosas que Lara y por tanto Christine jamás harían, como por ejemplo montar a caballo como los hombres, interesarse por los derechos de las mujeres, no llevar joyas, no tener el lujo en gran estima y, sobre todo, tomar lecciones de danza, soñar con una carrera como bailarina y planear su marcha a París.

El tiempo avanzaba deprisa, y la situación política en todo el Imperio zarista se volvía más tensa cada día. El fabricante de chocolate ya había empezado a preocuparse por su futuro y el de sus hijas, porque los comunistas, que en los últimos ocho años parecían estar por todas partes, no prometían nada bueno. Y, como todos los representantes de la élite georgiana, mi tatarabuelo temía al proletariado, porque aunque le gustaba darle donativos, seguía queriendo tenerlo lo más lejos posible.

Mi tatarabuelo no creía en los socialistas, no creía en la revolución, ni en las reformas radicales, y aunque seguía con preocupación las noticias de Rusia siempre dijo que en su país los bolcheviques nunca lograrían imponerse (la primera célula del «Tercer Grupo» ya trabajaba entonces a todo ritmo en la capital georgiana, y proclamaría la independencia de Georgia menos de un año después de la Revolución de Octubre).

La bien proporcionada mezcla de los «buenos valores de antaño» de Simon Dzhashi, su ansia de estabilidad y su compromiso con un moderado liberalismo representaban para mi tatarabuelo una especie de garantía de la pervivencia de sus negocios. Además, Simon era militar y, si las cosas se ponían feas, también sería útil para los rojos y podría por tanto asegurar el futuro de su familia. Ya que no tenía herederos varones, el fabricante de chocolate deseaba contar con una presencia masculina a su lado, porque el futuro estaba a punto de llamar a la puerta, y nadie sabía qué aspecto iba a tener.

Su primogénita jamás encontraría marido, con lo callada, piadosa y beata que era. Y empezaba poco a poco a conformarse con la idea de entregar a Lida al buen Dios, que parecía ser el ente masculino al que más amaba… si es que Dios tiene sexo, se preguntaba el fabricante de chocolate algunas tardes, cuando en su despacho, junto a una buena copa de coñac, se entregaba a sus pensamientos y preocupaciones.

La segunda, que ya entonces tenía veintiún años, y estaba por tanto en una buena edad casadera, tampoco resultaba un caso fácil. Se había prometido a los diecinueve con el muy trabajador hijo de un banquero, y nada parecía oponerse a esa nueva y prometedora alianza familiar, hasta que un día ella anunció que no quería casarse con él, porque iba corriendo detrás de todas las faldas de la ciudad y eso no iba a cambiar cuando se casaran.

—Pero cariño, Meriko, sol mío, concédele un poco de alegría a ese pobre chico. Los hombres somos criaturas débiles, necesitamos más cariño que vosotras, déjale que eche algún vistazo a derecha e izquierda, ¿a quién hace daño eso? Hay muchas tentaciones en el camino de un hombre, y es difícil resistirse a ellas. Te ama y te respeta, eso es lo más importante para una mujer.

Así había hablado el fabricante de chocolate a su segunda hija. Y ella se había limitado a resoplar, despectiva, y había dicho que no era lo bastante estúpida para eso. No tiraría su vida por la ventana solo para que él la sacara por fin de esa casa. Naturalmente, el hijo del banquero era un mujeriego conocido en toda la ciudad, y Meri no era lo bastante dominante como para tomar a ese hombre bajo sus alas y hacer que solo se fijara en ella. Y sí, a mi tatarabuelo le habría gustado meterlo en casa, al fin y al cabo buscaba aliados en los tiempos confusos que se avecinaban, ¿qué tenía eso de malo? Pero a la vez había admirado la determinación de Meri, y la había dejado hacer.

Desde entonces habían pasado tres años, y nadie parecía venirle bien a Meri. El uno era demasiado aburrido, el otro demasiado viejo, el tercero tenía una madre horrorosa, etcétera.

Sin embargo, era Stasia la que más travesuras hacía. Y aun así, mi tatarabuelo no podía dejar de querer a su tercera hija con el más sincero y más respetuoso amor que estaba en condiciones de ofrecer a ninguna de ellas. Stasia era la más inteligente, la más ágil, la más terca de sus hijas, la que más le estimulaba y la que con más frecuencia provocaba su ira. Pero amaba su carácter travieso, incluso sus fantasiosos sueños y su obsesión por la danza. Sabía lo que quería, y al contrario que a la pequeña Christine no todo le llegaba como caído del cielo. Tan solo hacía cosas que le parecían importantes. Quizá era en quien más se reconocía el padre, quizá nunca había superado la mala conciencia por la muerte de su mujer y de la hermana gemela de Stasia, o quizá Stasia le resultaba sencillamente más accesible, no tan ajena y atravesada como sus dos hijas mayores.

Su profundo amor por ella mantenía oprimido su corazón, tanto que a veces hasta dolía, y eso aunque Stasia y él podían discutir a menudo y a gritos, y ella parecía a veces descarada e irrespetuosa. Pero quería que fuera feliz a toda costa, que llevara una vida que no excluyera del todo sus sueños…, aun cuando jamás pensó en serio ni por un momento enviar a su hija a la Sodoma y Gomorra de Occidente, a París, para que allí pudiera convertirse en una frívola bailarina.

Tanto más se alegró el fabricante de chocolate cuando Stasia respondió a los avances de Dzhashi, y al ver que no parecía en absoluto hostil al muchacho.

Hasta entonces Stasia no había querido saber nada de los hombres, se había negado a llevar vestidos de domingo a la iglesia, a pasear los viernes con su madrastra y sus hermanas por la calle mayor —una especie de mercado conyugal—, y también había dado la espalda a los hombres que habían coqueteado con ella en varios bailes escolares y de la ciudad.

De hecho, Simon parecía que podría convertirse en un ancla en las insondables aguas de la naturaleza de Stasia.

Pero en eso mi tatarabuelo iba a equivocarse.

Las revoluciones suelen distinguirse por la descortesía; probablemente porque las clases dominantes no se tomaron a tiempo la molestia de acostumbrar al pueblo a los buenos modales.

LEÓN TROTSKI

Las preocupaciones de mi tatarabuelo son comprensibles, Brilka, porque desde luego que eran tiempos revueltos. Extremadamente revueltos.

En el momento en que nuestra Stasia conoció a su guardia blanco, a los diecisiete años, hacía ya tres que había estallado la Primera Guerra Mundial. Aquella pesadilla duraría cuatro años e iba a causar estragos en medio mundo. La guerra se había cobrado más de diecisiete millones de vidas humanas y arrastrado al abismo a casi cuarenta países.

En nuestro pequeño país y en nuestra somnolienta ciudad nos enteramos de sus espantosas repercusiones principalmente a través de nuestro gran vecino y «protector» del norte: allí, los problemas económicos, políticos y sociales parecían haber alcanzado su punto culminante. Miles de soldados y campesinos desertaban del frente, desilusionados, y volvían a su patria contagiados de una ideología nueva, el socialismo.

En aquellos días, el oficial de la Guardia Blanca Simon Dzhashi enseñaba en su círculo de filosofía, mientras fumaba pensativo en pipa.

—Como cualquier otro Estado totalitario, Rusia sufre complejos de inferioridad desde hace siglos; el más doloroso, pero al mismo tiempo el más insidioso, es el propio imperialismo, de ahí que la sensibilidad hacia los escritos y modelos de pensamiento socialistas haya sido especialmente grande en Rusia. Incluso la belleza de San Petersburgo se basa en siervos y prisioneros hambrientos, explotados hasta la muerte, a los que se obligó a construir una ciudad así de esplendorosa, que nada tiene que envidiar a París o Viena.

»Conozco este país. Le he servido. Pero el estrato superior ruso sufre este complejo. Y también el estrato superior georgiano lo padece, creedme. La vida que llevan las clases altas es demasiado hermosa como para cambiarla, pero la visión de los campesinos, en su mayoría analfabetos y sometidos, resulta insoportable. Personalmente, no creo que una revolución sea un grito del pueblo, creo más bien que despierta a partir de la mala conciencia de los privilegiados —añadió, especialmente taciturno.

—Entonces, ¿crees que nuestro libertador, el zar Alejandro II, actuaba basándose en un complejo así cuando abolió por ley la servidumbre, sin tener en cuenta que ese paso podía terminar en un desastre económico, y sobre todo ideológico? —preguntó un bachiller con especial interés.

—Sí, eso creo. Porque, al dar la libertad a los campesinos, las diferencias sociales se hicieron aún más visibles. Y tampoco podemos olvidar que en los últimos años miles de jóvenes han ido de las metrópolis al campo para ilustrar a los campesinos, encontrándose solo desinterés, resignación e incomprensión.

—¿Y crees que el mortal atentado al zar libertador fue en señal de agradecimiento?

—No puedo responder a eso de manera inequívoca, sería hacer conjeturas por mi parte —siguió pontificando Simon, le gustaba ese papel, sentir las miradas impresionadas de sus discípulos fijas en él.

—¿Y crees que ese Uliánov actúa por motivos personales? —preguntó un anarquista pelirrojo en la última fila.

—¿Qué quieres decir? Y por favor, ponte en pie, no te veo.

—Bueno, al fin y al cabo su hermano fue uno de los cinco conspiradores a los que ejecutaron después del fallido atentado contra Alejandro III.

Unos cuantos jóvenes de las primeras filas resoplaron ostentosamente, al parecer irritados por el aire jactancioso del pelirrojo.

—No puedo responder a eso con certeza, amigo mío, tan solo puedo hacer conjeturas.

—¿Y qué pasa con Nicolás II? —preguntó, vehemente, el estudiante interesado (dejando fuera de consideración los motivos psicológicos para actuar de Lenin).

—Nicolás II nunca ha sido capaz de escoger entre su autocracia de origen divino y el liberalismo occidental, y eso ha sido fatal para él. Sobre todo después de nuestra derrota frente a Japón cayó en una apatía ajena al mundo, que la agresión sufrida en todo el país por las rebeliones de los campesinos no hizo más que triplicar. Y en este caso sé de lo que hablo, no debió autorizar que en 1905 en Petersburgo se disparase sobre manifestantes desarmados, es demasiado instruido para eso, tenía que haberlo sabido, porque fueron precisamente esos doscientos muertos los que llevaron a que se constituyera el primer sóviet de obreros. Fue una auténtica legitimación para hacerlo. Les puso ese triunfo en las manos, ya que me lo preguntas.

El estudiante interesado asintió con aire significativo y anotó algo. Eso le gustó a Simon, ya iban a citarlo. Y, para seguir impresionándole, añadió:

—Nicolás cometió un segundo y grave error cuando empezó a enviar campesinos al frente por la falta de soldados. Porque no se dio cuenta de que allí esos campesinos entrarían en contacto con los soldados y sus ideologías, se contagiarían de las ideas socialistas, y a su vuelta a sus pueblos natales seguirían difundiendo esa ideología hostil hacia los zares.

Simon soltó el humo con marcada lentitud, y dejó vagar la mirada sobre las cabezas de su auditorio.

Lo que está claro, Brilka, es que las manifestaciones masivas e incontrolables, la permanente violencia y las consecuencias de la guerra, que duraba ya tres años, a lo largo del frío invierno del mismo año en el que Stasia creyó haber encontrado el amor, llevaron finalmente a la abdicación del zar. Y Bunin anotó las palabras de un cochero, aquellos días: «El pueblo es ahora igual que un rebaño sin pastor, lo llena todo de mierda y se arruina a sí mismo».

Así fue como, en el año del amor para mi tatarabuela, los Romanov fueron sustituidos por los sóviets de obreros y soldados y por un Gobierno provisional de transición, después de trescientos años de dominio.

Y todo eso, Brilka, ocurría exactamente diez años después del atraco más espectacular de la era zarista. Un atraco que había tenido lugar un cálido día de junio en la hermosa plaza Ereván (y más tarde plaza Lenin, y más tarde plaza de la Libertad) de Tiflis:

Diez y media, una mañana soleada, bellísima, olorosa a cardamomo, café, polvo y claveles, como solo se puede dar en Tiflis. Dos coches con dos cosacos, soldados de caballería del zar, cargados con un cuarto de millón de rublos, el presupuesto privado anual de los zares, llegan a la plaza Ereván.

El coche va a doblar hacia la derecha, hacia el gran edificio neoclásico del banco central, cuando pequeños objetos redondos ruedan entre las patas de los caballos. Luego, un estruendo ensordecedor, gritos, sangre que salpica. Unos muchachos campesinos, salidos como de la nada, empiezan a disparar con fusiles sobre los guardias que acuden a la carrera. En medio del humo, el ruido, la sangre, un hombre aparece galopando a lomos de un caballo, agarra los sacos del dinero y sale corriendo.

Y, aunque el imperio entero busca el dinero, aunque se pone patas arriba toda la ciudad, aunque se llevan a cabo registros domiciliarios, el dinero sigue ilocalizable y termina llegando a Finlandia, cosido a un colchón. A manos del camarada Uliánov, que allí lo blanqueará y lo devolverá al Imperio zarista, a la caja del partido.

El líder de la banda de atracadores es el hijo de un zapatero georgiano, un chico inteligente del estrato más bajo de la sociedad, que ha dejado el seminario a los veintidós años; Uliánov confía mucho en él, y eso tiene que significar algo. Usa muchos nombres falsos, porque hace tiempo que la policía secreta zarista lo busca por atraco, incendio y agitación, la lista de sus delitos contra la autoridad es larga… pero aún no ostenta el más destacado de sus apodos, con el que entrará en la Historia, todavía no se llama «el hombre de hierro».

Ese invierno los bolcheviques, con sus cinco mil seguidores, son una minoría en el mar de las ideas políticas. Pero ya a finales de octubre, cuando Stasia aún cabalga feliz por la estepa, el comité militar bolchevique ha ocupado todas las oficinas de Correos, puentes y estaciones de Petrogrado. El 25 de octubre, el Gobierno provisional se reunía en el Palacio de Invierno. Tan solo lo defendían unos cientos de terratenientes, ciento treinta mujeres del batallón femenino del ejército y algunos centenares de hombres del escuadrón de caballería de los inválidos.

Los bolcheviques, unos dos mil hombres del Ejército Rojo, se pasaron el día entero caminando arriba y abajo frente al palacio. Por la tarde llegaron tres mil marineros para apoyar a los soldados. La plaza que hay delante del palacio se llenó poco a poco.

Desde el Aurora y la fortaleza de San Pedro y San Pablo se dispararon salvas. Los terratenientes empezaron a disparar sobre los marineros, pero una parte de estos había accedido al palacio por una entrada lateral carente de vigilancia, y apresó al Gobierno provisional. Eran las dos de la mañana del 26 de octubre de 1917.

Así terminaba el «asalto al Palacio de Invierno», tantas veces citado y representado en las películas de propaganda soviética.

El número de muertos ascendió a seis.

—El Gobierno provisional cada vez pierde más confianza. La inflación avanza en Rusia. La economía está estancada. Los atracos, conflictos en el ejército, saqueos, expropiaciones y crímenes de todas clases están a la orden del día, según dicen. Los alimentos escasean, el país se encuentra a las puertas de la bancarrota. Y ese oportunista de Kerenski, que dicen que preside el Gobierno provisional, intenta reforzarse con símbolos y día a día pierde credibilidad y poder de decisión. ¿Qué más podrían desear los rojos?

Inclinado sobre su periódico, mi tatarabuelo se acaloraba mientras tomaba el café de la mañana, al que había invitado a Simon, en La Chocolaterie.

—Sin duda, cuando lleguen las elecciones los bolcheviques se concentrarán en las dos grandes ciudades, San Petersburgo y Moscú, meterán casi todo el dinero en armar y levantar un ejército. Y, si ganan, encabezarán el sóviet de Petrogrado; está previsto que lo dirija ese ridículo Trotski, del que no me fío un pelo. Seguimos, como siempre, rezagados. Mientras los rusos han hecho su maldita revolución, aquí aún estamos cavilando acerca del futuro de nuestro país, y eso no es bueno, Simon, no es bueno en absoluto.

Ambos tomaban café solo, comían cruasanes de almendra rellenos de chocolate y charlaban, como casi todos los días de las últimas semanas, prácticamente solo de política.

La vida política de Georgia quedó extinguida en el momento en que Rusia se anexionó Georgia.

Después de esa anexión, y después de ponerse nebulosamente de acuerdo en el mantenimiento de su propia identidad nacional, los georgianos dejaron a un lado cualquier idea política y se sumergieron de lleno en el torbellino de la vida rusa.

EL MENSAJERO CAUCASIANO

Todos esos guardias blancos, nacionalistas, liberales, incluso algunos mencheviques, que se reunían todos los días en sus cuarteles, que pasaban en bandadas, hablando excitados aunque en susurros por delante del instituto femenino de Stasia, parecían estar de acuerdo en una meta: aprovechar la oportunidad y declarar independiente a Georgia. El balcón de Europa, una denominación irónico-poética de nuestra patria, iba a ser liberado por fin de la servidumbre y devuelto a la anhelada libertad.

Pero a Stasia no le interesaban. Se limitaba a encogerse de hombros, con indiferencia, y seguía soñando con su carrera de bailarina. No le importaban nada todos esos debates, había tantas cosas bellas, tanto encanto en el mundo; sobre todo cuando se sentían los primeros signos del enamoramiento, cuando se imaginaba el futuro en París, en los Ballets Rusos. Daba igual lo que quisieran su padre, su novio, el país entero… Stasia quería única y exclusivamente la libertad y París, pero sobre todo: bailar, bailar, bailar. Que esos caballeros de mirada sombría se rompieran la cabeza, ella iba a bailar sus sueños y a presentarse como una Ida Rubinstein en el Théâtre du Châtelet, en el papel de Sherezade.

Esperaba todos los días que su teniente blanco fuera a recogerla a la salida de la escuela para cabalgar por la estepa como si echaran carreras. Porque en esos momentos enmudecía toda la charlatanería sobre política. Entonces enmudecía todo y no quedaba más que el corazón latiendo, la brisa, el eco y el ruido de los cascos de los caballos sobre la tierra roja.

Nuestra Stasia de diecisiete años, enamorada por primera vez, que prefería en el colegio el latín y la astronomía a bordar y tejer, cabalgaba, libre y llena de energía, y ni el socialismo ni la democracia podían cambiar nada de eso. Ya forjaba planes para convencer a su elegido de ir a París y empezar una vida nueva y distinta.

Y cuando, una tarde, sentados en un tronco de árbol, el oficial preguntó a Stasia si podía imaginar ir con él como esposa al frío norte, donde le esperaba su carrera, Stasia se sintió confundida.

En su interior, lloraba por la otra vida, no importaba cuál, a la que iba a tener que renunciar con la decisión que tomara, fuera cual fuese. ¿No se podría venir al mundo dos, tres, cuatro, incluso innumerables veces, para poder hacer realidad todos los deseos? ¿Todas las posibilidades de este mundo? Y, como siempre en esas horas, pensaba en su hermana gemela muerta, a la que en sus pensamientos llamaba Kitty —por la Kitty de Anna Karénina, que tras largos extravíos amorosos encuentra un puerto seguro en Levin—, y se sentía aún más agobiada.

El teniente blanco pensaba en cosas muy distintas, y estaba buscando una solución. Hacía mucho tiempo que se sentía acosado tanto desde el punto de vista ideológico como desde el financiero, y su esperanza de que los liberales defendieran su país de los comunistas se hacía más pequeña cada día. Quedarse en Georgia era demasiado arriesgado, no se fiaba de las uniones y coaliciones locales.

Tenía que actuar, tomar una decisión. De ninguna manera quería permanecer en la estrechura de su pequeña ciudad natal. Fuera, la gente estaba dando forma a países nuevos, y él quería estar allí y no seguir discutiendo con estudiantes, en habitaciones llenas de humo de la ciudad provinciana, sobre lo que otros, lejos de él, hacían.

Era precisamente una de esas grandes épocas en las que resulta tan fácil hacer carrera rápido como ser declarado enemigo. Y quería evitar esto último a toda costa.

Sin embargo, si la democracia fracasaba en su país, si los bolcheviques alcanzaban una victoria definitiva, no tendría ninguna oportunidad aquí.

Por otra parte, los rojos necesitaban tantas manos como pudieran ayudarles.

Y ahí estaba él, al lado de la chica que tanto le extasiaba, y no se atrevía a confesarle que estaba a punto de ingresar en el Ejército Rojo de Campesinos y Obreros, el RKKA, cuya ampliación acababa de ser ordenada por el propio Trotski.

En cualquier caso, Stasia lloraba por dentro al pie de un roble, seguro que era un roble y seguro que era muy viejo. Segurísimo. Simon cogió a Stasia por los temblorosos hombros con el pretexto de consolarla. Naturalmente, el primer beso fue maravilloso, ¡seguro, segurísimo, Brilka, porque el primer beso de nuestra historia tiene que ser bello a toda costa!

No sé si Stasia dio su consentimiento esa misma tarde, pero sí es seguro que tres tardes después entró al despacho de su padre, donde siempre olía a chocolate y lavanda, se sentó frente a él en el pesado sillón de cuero y le comunicó que iba a casarse al día siguiente con Simon Dzhashi.

El fabricante de chocolate levantó la vista de sus documentos, se puso las gafas de leer, miró a su hija y se echó a reír.

Pero, no contenta con eso, Stasia prosiguió:

—No quiero ninguna ceremonia. Quiero que me des el dinero que corresponde y mi dote y financiar con eso mi formación como bailarina. Hasta donde yo sé, bendices esta boda, padre, y ahora lo que espero es simplemente que digas que sí.

El padre, todavía riendo, adoptó un tono severo y respondió que no pensaba picar ese anzuelo (lo que se dijera en esa época) y que no iba a convertirse en el hazmerreír de la ciudad solo porque su hija tuviera la cabeza llena de pájaros. Todo tenía que seguir su curso: el compromiso, el tiempo de espera, y después una boda en condiciones. Al fin y al cabo, era la primera de sus hijas que se casaba, había que celebrarlo por todo lo alto.

Y tendría que cruzar unas palabras con su futuro yerno, no podía ser que un joven respetable como Simon bailara al son que tocara su excéntrica esposa.

Stasia escuchó todo aquello con mucha tranquilidad, incluso rechazó el café turco de exquisito aroma que él le ofreció, y finalmente se levantó y dijo que o se casaba de la forma que ella le había dicho o no lo haría, y que además Simon iba a marcharse pronto a Petrogrado. Tuvo que haber pronunciado esa frase con tal determinación que el padre, sin estar de acuerdo, no hizo nada para impedir que a la mañana siguiente su hija estuviera delante del altar, con un sencillo vestido blanco que su hermana mayor, Lida, se había hecho para su primer baile.

El fabricante de chocolate tuvo que haber luchado largo tiempo consigo mismo y con sus dudas antes de decidirse a mantener su promesa y darle a Stasia su receta como dote. Quizá en los años que siguieron a la muerte de su primera esposa había optado por confiar más en su instinto comercial que en su superstición. Al fin y al cabo, esa misma receta le había permitido una buena vida a él y a su familia durante todos aquellos años, aunque no se hubiera producido la expansión a las grandes ciudades y no hubiera seguido poniendo a la venta el chocolate caliente. Pero en pequeñas dosis su mezcla parecía inofensiva; de hecho, insuflaba alegría a la gente, le hacía olvidar todas sus penas durante un tiempo sin exigirles un precio fatal. Sin duda había hecho bien, pensaba el fabricante de chocolate la noche antes de la boda de Stasia, en mantener a buen recaudo el chocolate caliente, aunque ya ni él mismo sabía si el motivo era el de entonces, cuando volvió de Europa con la receta secreta en el bolsillo e imaginó en silencio cómo iba a sacarse de la manga la mejor de sus creaciones en Tiflis, San Petersburgo o Moscú, para deslumbrarlos a todos y conseguir las mejores condiciones para sus tiendas.

La decisión de no haber convertido el chocolate caliente en una mercancía le daba una sensación buena y segura, como si con eso hubiera evitado una desgracia que se habría producido de haberse resistido a su intuición. De eso estaba seguro. Aunque nunca lo diría en voz alta, y menos aún delante de sus empleados o de su esposa, y aunque a veces a él mismo le parecían ridículas sus propias conjeturas, ese negro presagio estaba en el fondo de su cabeza desde la muerte de Ketevan y la gemela de Stasia. En contra de lo que esperaba, no desapareció a lo largo de todos aquellos años, sino que se reforzó con el tiempo y se asentó hasta convertirse en convicción.

Pero Stasia no era uno de sus empleados, ni siquiera era Lara Mijailovna. Stasia era quizá la única a la que podía confiar su secreto sin que se riera de él.

Así que la noche antes de su boda hizo acopio de todo su valor y llamó a la puerta del dormitorio de Stasia (estaba despierta, no pudo dormir, de emoción, en toda la noche) y le pidió que se vistiera y le siguiera. Stasia se vistió, el padre la cogió de la mano y fueron a pie, en silencio, hasta La Chocolaterie.

Él abrió la puerta, encendió la luz eléctrica (entonces aún una rareza en la pequeña ciudad), la llevó a la zona de producción y le pidió que se sentara. Entonces empezó la preparación. Le dijo que debía fijarse mucho y tomar nota de los ingredientes de la mezcla, y repetirlos en voz alta mientras él los mezclaba. Stasia, sorprendida por el secretismo y la reverencia que su padre ponía de manifiesto, olvidó de golpe toda contención cuando el aroma más encantador que nunca había olido comenzó a expandirse.

Era hija de un confitero famoso en todo el país, y estaba acostumbrada a toda clase de exquisiteces, pero nunca había olido, y no digamos probado, un aroma así de perturbador. Como hipnotizada, recitó los ingredientes uno tras otro, repitió con devoción la cantidad de cada uno, sintiendo que la boca se le hacía agua. Luego, su padre le pidió que anotara con toda exactitud todo cuanto había oído, los ingredientes, el tiempo de preparación y —muy importante— la dosificación exacta. Le puso encima de la mesa un papel y un lápiz y ella anotó en limpio, con su mejor caligrafía, el secreto de su padre; tuvo que concentrarse mucho, a causa del aroma embriagador que llenaba la estancia.

Luego su padre le dio una fina tacita, ligera como una pluma, que contenía un líquido negro y espeso que ella empezó a degustar con una cucharilla de plata. Su paladar despertó a increíbles alegrías, su mente se entusiasmó con el sabor, su lengua quedó aturdida. Probó, cucharada a cucharada, y durante unos minutos olvidó el mundo a su alrededor.

—¿Qué era eso, por el amor de Dios? —preguntó, después de lamer la taza como un gato hambriento y dejarla con todo cuidado—. ¿Y por qué no nos lo has enseñado nunca?

—Porque es una receta secreta. Mezclo una pequeña dosis de mi secreto en todos nuestros productos, pero en su origen la receta se creó para este chocolate caliente que acabas de tomar. Sin embargo… —se detuvo y miró fijamente a su hija—. Es peligrosa —se detuvo otra vez, buscando las palabras adecuadas para describir algo que no podía describirse con palabras.

—¿Qué quieres decir con peligrosa? —preguntó Stasia, todavía con el enigmático sentimiento que el sabor del chocolate le había dejado prendido en el pecho.

—Tienes que creer lo que te diga, Stasia, hija mía, aunque pueda parecerte extraño que te lo diga ahora, tienes que confiar en mi palabra, ¡prométemelo!

—Pero, padre…

—¡Prométemelo!

—Está bien, te lo prometo. Naturalmente que te lo prometo.

—Mucho bien puede provocar mucho mal. Y he visto a una persona que probó este chocolate y luego quiso más y más. Pero la codicia combinada con el placer puede ser fatal. ¡No olvides esto!

—¡Por supuesto que se quiere más, es pecaminosamente exquisito!

—No, no lo comprendes. Este chocolate solo puede consumirse en pequeñas dosis, una cantidad muy pequeña de los ingredientes puede hacer de cualquier producto con chocolate un auténtico placer, pero su forma pura, en esta forma, Stasia, puede causar una desgracia.

Stasia, que no acostumbraba a oír hablar así a su padre, a la solemnidad con la que dijo aquellas palabras, estaba asombrada, pero trató de que no se le notara, y adoptó una expresión lo más seria posible.

—Tienes que prometerme, por lo que te resulte más sagrado, que guardarás este valioso secreto como la niña de tus ojos. Esta receta nunca debe salir de la familia. Nunca debe ser utilizada por un extraño. Nunca debes emplearla de manera frívola, ni prepararla para ninguna ocasión festiva. Debe ser siempre algo especial, singular. A lo largo de todos estos años, habría podido ganar mucho dinero si hubiera vendido este chocolate, pero he decidido no hacerlo.

—Pero ¿por qué yo? ¿Por qué me das la receta a mí?

—Porque cuando naciste, en memoria de tu madre, juré que un día heredarías el secreto, y…

—¿Y?

—Porque sobreviviste a la desgracia y, me parece… —no terminó la frase. Stasia no acababa de entenderlo, pero no se atrevía a preguntar. Su cabeza estaba ocupada en otras cosas y no en la desgracia que su padre imaginaba y que se suponía que ese celestial chocolate podía causar.

—Pero hay veces…

—Sí, hay veces. Pero ten cuidado de que esas veces sean pocas y sus motivos especiales.

Aquella noche Stasia juró aprenderse la receta de memoria y destruir la nota. Y cuando volvió a estar en su cama y evocó el sabor con todos los sentidos, tuvo la certeza de que con ese secreto se podían curar heridas, evitar catástrofes y deparar la felicidad.

Pero en eso se iba a equivocar.

El día del enlace, su segunda hermana, Meri, se hallaba en el campo en casa de una tía enferma, su madrastra fingió una migraña, y solo la tímida Lida y Christine, de diez años, la única que puso todo su celo en el asunto y apareció con grandes ramos de flores, acompañaron a su hermana al altar. El monje Seraphim, confesor de Lida y hombre de confianza de la familia, celebró el enlace en la pequeña iglesia de San Jorge.

Simon consoló a su suegro prometiéndole que más adelante harían una fiesta en condiciones, que estaría al lado de su esposa tanto en los buenos como en los malos tiempos y que cuidaría de ella. Pasaron la noche de bodas en una posada no lejos de la ciudad rupestre, y a la mañana siguiente Stasia mostraba la sonrisa más tierna que estaba dispuesta a exhibir. Aún no dominaba la sonrisa de una mujer casada, y la de la muchacha amante de la libertad que cabalgaba como los hombres ya se había esfumado.

Apenas dos semanas después de la boda Simon se marchó de la ciudad, primero en coche hasta la estación, y luego en tren en dirección al norte, y Stasia volvió a casa como una mujer casada.

Todo esto sucedía a comienzos del confuso año de 1918, exactamente el año en que nombraron a nuestro compatriota, al que entonces llamaban únicamente Iósif, Koba o, cariñosamente, Soso, comandante en jefe del Ejército Rojo, fundado por Trotski.

Exactamente el año en el que los bolcheviques promulgaron un decreto titulado La patria socialista en peligro, cuyo párrafo octavo decía: «Agentes enemigos, especuladores, saqueadores, agitadores contrarrevolucionarios, espías alemanes serán fusilados en el acto». Poco antes se fundaba la Checa. La Checa, que más tarde habría de cambiar su nombre por NKVD y, por último, pasaría a llamarse KGB.

A las masas rusas hay que mostrarles algo muy sencillo y accesible a sus cabezas, y el comunismo… es sencillo.

VLADÍMIR ILICH LENIN

QUÉ ESTARÁ HACIENDO AHORA MI AMAZONA – CUÁNDO PODRÉ VOLVER A ESTRECHARTE EN MIS BRAZOS – PALOMITA ME ECHAS DE MENOS HE BUSCADO UN BONITO LUGAR PARA NOSOTROS NO LEJOS DEL NEVA TE GUSTARÁ MUCHO – AQUÍ TAMBIÉN CONOCEN A UN BUEN MAESTRO DE BALLET, comunicaba Simon por telegrama desde Petrogrado: tales nimiedades soliviantaban a los funcionarios de Correos de la ciudad, que lanzaban miradas indignadas a Stasia… Simplemente eso no podía ser.

Más tarde las líneas cambiaron, se hicieron más preocupadas: PALOMITA AQUÍ HAY INQUIETUD NO SE SABE QUÉ VA A PASAR TEN CUIDADO – PALOMITA PASAN COSAS MALAS EN ESTE PAÍS PERO NO PUEDO HACER SINO… (El resto faltaba).

Solamente después de varios ruegos, Stasia consiguió averiguar con exactitud cuál era la actividad de su marido: estaba en el RKKA, el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos, y era responsable de conseguir pan.

Desde enero de 1918 reinaba en Rusia una gran hambruna. El RKKA tenía la tarea de confiscar pan, en cuya producción los campesinos no daban abasto y estaban expuestos a saqueos y asaltos.

En mayo de ese mismo año se proclamó la primera República Democrática de Georgia. El fabricante de chocolate respiró aliviado, y ese mismo mes se reunió en Tiflis con el primer ministro de Economía para discutir los planes de expansión de su empresa. Una gran pastelería en la capital…, ahora ya nada parecía oponerse a ese plan. El fabricante de chocolate organizó una solemne comida en su casa e invitó a la alta sociedad de la ciudad de provincias para celebrar un futuro que prometía tan buenos auspicios.

Conforme a su acuerdo, Stasia debería haber seguido a su marido ya en febrero. Después de meses de espera, al llegar el verano no pudo más, y le dijo a su padre que iba a reunirse con su esposo y ayudarlo, pasara lo que pasara; sus estudios de baile podían esperar por el momento. El padre, confundido por tanta disposición a sacrificarse por parte de su autónoma hija, trató de consolarla. En otras circunstancias, habría deseado que su hija estuviera al lado de su marido, como era de esperar en una mujer casada.

Sin embargo, dada la situación mi tatarabuelo se resistió a sus planes. La larga lucha por el viaje que siguió a esto desgastó tanto a Stasia que se pasaba horas en el jardín, sentada en el viejo columpio que había pertenecido a su madre, mirando al vacío, con la esperanza de que su trágico aspecto ablandaría el corazón de su padre.

—Siempre son los hombres los que quieren decidir sobre una. ¿Qué clase de vida es esa? Igual podría haber nacido perro, e incluso así sería más libre —se quejaba ante Lida, que se limitaba a mover la cabeza horrorizada y acusaba a su hermana menor de blasfema.

Cuando en julio dejaron de llegar telegramas, la preocupación por su marido derribó definitivamente los ideales librepensadores de Stasia, que fue a la iglesia de San Jorge, buscó al padre Seraphim y le pidió ayuda. Pasó dos horas arrodillada en la pequeña iglesia, rezando en voz alta:

—Por favor, Señor, por favor, por favor, si es tu voluntad no bailaré, o lo haré más tarde, pero haz que Simon vuelva a mí o haz que mi terco padre se apiade de mí y me deje viajar junto a mi marido. Creo que le amo de veras, de veras, y es tan injusto, Dios, no puedes haberme creado con todos mis pensamientos y deseos solo para querer que tenga siempre que obedecer, por favor, haz que se haga mi libre voluntad, y hágase la tuya. Sí, lo sé, debería rezar diez padrenuestros y llevar huevos rojos a los muertos los lunes de Pascua y verter vino sobre sus tumbas. He descuidado mis deberes cristianos, lo haré todo gustosa, pero por favor, sé un poco indulgente conmigo. Quiero decir que, si lo has creado todo, también has creado la danza, ¿no?

En ese momento, un fuerte golpe de viento abrió la puerta de la iglesia, y Stasia se puso en pie sobresaltada (al menos así me lo imagino, porque en mi imaginación los ruegos de Stasia fueron escuchados en el acto).

En la puerta estaba Seraphim, con su cogulla negra, y sostenía una hoja en la mano. Fue hacia Stasia y le susurró al oído que un comerciante de alfombras se había declarado dispuesto a llevarla en su coche a la estación de ferrocarril. No podía atravesar con ella la zona militar, pero si se sentía capaz de recorrer sola ese largo trecho en esos tiempos inciertos, él lo haría posible. Y, dado que el amor era lo más divino que existía y reunir a los amantes casados ante Dios, la más maravillosa de las tareas, Seraphim la apoyaría con sus oraciones.

Stasia se arrojó al cuello de Seraphim, olvidando que era un sacerdote, y después discutió con él entre susurros todo el plan de fuga.

Tres días antes de partir, Stasia ya lo había preparado todo y metido sus cosas en la maleta. En especial, había sacado unos cuantos billetes de los bolsillos del pantalón de su padre y había cosido a sus ropas unas cuantas joyas que formaban parte de su dote.

Al amanecer, huyó de su casa en el coche del vendedor de alfombras. Dejó una carta a su padre y a cada una de sus hermanas, en las que les pedía comprensión por sus actos.

Sé poco del largo viaje que llevó a cabo por un paisaje cada vez más desolado. Tan solo sé que el padre envió a algunos hombres a buscar a Stasia y que Seraphim se recluyó en el monasterio rupestre, con el pretexto de que había hecho voto de silencio durante el ayuno. Y sé que Stasia llegó. Tres semanas después.

Entretanto, el antaño tan poderoso Imperio ruso se iba hundiendo cada vez más en el caos: la expropiación y nacionalización de la propiedad, de los bancos, de los inmuebles, la ruina de la economía de libre mercado, tuvieron consecuencias catastróficas. Igual que la sustitución de las instancias judiciales por los llamados tribunales populares.

En todo el país reinaba la inquietud, porque faltaban organizadores profesionales para aplicar esas reformas radicales. La Constitución soviética, promulgada en julio, privaba de sus derechos a estratos sociales enteros del país. Tan solo ocho meses después de la revolución, se había establecido un perfil de dirección que tenía que llevar inevitablemente a la guerra civil: la concentración del poder en unos pocos dirigentes, la aspiración al monopolio de la información y la economía y la discriminación de determinados círculos de la población.

Y, cuando Stasia llegó a Petrogrado, Nicolás II y su familia de sangre azul ya no estaban vivos. Aquella historia había terminado de manera anónima, con disparos en un sótano de Ekaterinburgo.

Pero, por aquel entonces, Stasia aún no sabía nada de eso. Como tampoco sabía dónde estaba Simon Dzhashi. Porque en su dirección oficial, su «bonito lugar no lejos del Neva», Stasia no encontró más que soldados borrachos, un cuartel y no una vivienda, y el camarada Dzhashi no estaba entre ellos. Vagó por las frías calles de Petrogrado, preguntó por su marido en su ruso carente de acento, como correspondía entonces a cualquier dama de sociedad del otro lado de la interminable ruta de la seda.

Finalmente, se vio obligada a telegrafiar a casa y pedir ayuda a su padre, aunque le costó Dios y ayuda.

Tan solo una hora después recibió la respuesta de su padre: HEMOS ESTADO A PUNTO DE MORIR DE PREOCUPACIÓN – CÓMO PUDISTE PERO GRACIAS A DIOS ESTÁS BIEN – VE A CASA DE THEKLA ES LA PRIMA DE MI PRIMO DAVID DE KUTAISI – VIVE EN LA RIVERA FONTANKA – DILE QUE ERES MI HIJA – NO SÉ EL NÚMERO DE LA CASA – ES UNA CASA GRANDE Y ELLA ES CONOCIDA EN TODA LA CIUDAD – PREGUNTA – AVISA EN CUANTO ESTÉS A SALVO.

Stasia nunca había oído una palabra de Thekla la conocida-en-toda-la-ciudad. Lo que no significaba gran cosa, porque realmente no sabía de la mitad de su parentela, y la redescubría en los cumpleaños, bodas y entierros en los que tenía que participar por orden de su padre.

Vagó durante tres horas, confusa y atemorizada, por una ciudad que se había vuelto loca, hasta que encontró a un cosaco achispado que se declaró dispuesto a llevarla en su carro hasta la Fontanka junto con su escaso equipaje.

Stasia, que de pura preocupación y miedo no estaba en condiciones de apreciar la belleza de la ciudad, miraba desde el carro con la boca abierta las calles por las que pasaban en pleno estruendo.

Hombres uniformados patrullaban innumerables puentes. Campesinos empujaban carretillas cargadas de muebles; delante de las tiendas se formaban interminables colas, la gente corría de un lado para otro con cara de preocupación. Incluso el río daba la impresión de seguir la marcha de aquella extraña atmósfera, porque parecía turbio, revuelto, ruidoso.

Ante la impresionante catedral de San Isaac estaba celebrándose una concentración en ese momento; una gran multitud sostenía pancartas y gritaba ruidosos eslóganes sin parar.

En la Fontanka —la orilla del río en la que había mansiones y granjas de color verde claro y amarillo pálido—, la gente se apiñaba en torno a fogatas en las que estaban preparando comida. El cuidado telón de fondo de la ciudad de los zares parecía contrario hasta el absurdo a aquel trajín.

Después de que el cosaco se viera obligado a parar tres veces para preguntar por una tal Thekla, terminó diciendo a la muda Stasia que no tenía tiempo para buscar a una terrateniente, pero justo en ese instante una de las muchachas que se arremolinaban en torno a las fogatas dijo que tenía que ser la hermosa casa amarilla que había delante, a la izquierda. Stasia no sabía qué habría hecho si la muchacha no hubiera salido en su ayuda.

Pagó al cosaco, descargó su equipaje y llamó a la monumental puerta de hierro de la villa clásica, no, la aporreó en toda regla con la aldaba, porque una columna de hombres rugientes avanzaba hacia ella por el paseo y, si no se ponía a salvo enseguida, la multitud la arrastraría. Finalmente, una muchacha atemorizada, con el típico pañuelo ruso en la cabeza, abrió y metió a toda prisa a Stasia dentro de la casa, sin decir palabra. Luego cerró la puerta con varios cerrojos y puso unos muebles a modo de barricada.

Stasia miró cautelosa a su alrededor. Se encontraba en una de las casas más hermosas en las que había entrado nunca. Desde el amplio y acogedor vestíbulo, una ancha escalera de mármol conducía al piso de arriba. El suelo estaba cubierto de bellísimas losas blancas y negras. Stasia entró a un espacioso y luminoso recibidor, en el que no había más muebles que una interminable mesa de roble y dos sillas, como constató sorprendida. La muchacha la había dejado sola. Debía esperar allí sin moverse.

Al cabo de un rato oyó pasos, y en lo alto de la escalera apareció una mujer, quizá mediada la cincuentena, quizá mayor o más joven; una gruesa capa de maquillaje ocultaba su edad. Llevaba una bata de un rosa suave adornada con un cuello de plumas, como el de la bailarina de uno de los frívolos locales contra los que el padre de Stasia la había prevenido con tanta frecuencia. Se precipitó hacia ella y la estrechó en sus brazos.

—Oh, Dios, qué niña tan mayor, la última vez que vi a mi querido primo fue en el baile de fin de año de Kutaisi, no me lo puedo creer, ¡qué chica tan hermosa, y con la misma mirada, tan seria!

Ordenó a la muchacha campesina, la única criada que quedaba en la casa, que preparase un té bien cargado y trajera un poco de bizcocho de la despensa.

—Pero el bizcocho es solo para casos de emergencia —murmuró la muchacha, y fue reducida al silencio por una severa mirada de la dueña de la casa.

—¿Y qué te parece que es esto? Mi carne y mi sangre, que viene de mi patria en tiempos como estos… ¿Qué es esto? —le gritó además.

Thekla no necesitó mucho tiempo, con té caliente y un bizcocho muy seco, que a Stasia le pareció la octava maravilla del mundo, para contarle toda su vida a Stasia. Ella sacó sus conclusiones de por qué nunca antes había oído hablar de Thekla-conocida-en-toda-la-ciudad.

Thekla, descendiente de la pequeña nobleza de los valles centrales de Georgia, había sabido muy pronto lo que quería de la vida, y también cómo conseguirlo. Dado que la chismosa Kutaisi, su ciudad natal, no le ofrecía espacio suficiente, no tardó en casarse con un rico comerciante de Tiflis, que administraba una serie de viñedos y vendía vino georgiano a Rusia. A Thekla no tuvo que costarle mucho hallar un candidato bien dispuesto, porque, si se la miraba bien —una vez que se acostumbraba uno a las capas de maquillaje—, tenía un rostro muy delicado y suave, algo dulce, que invitaba a soñar despierto, y un cuerpo exuberante y apetitoso, en el que unos pechos desproporcionadamente altos atrapaban enseguida la mirada. Sin embargo el matrimonio había carecido de pasión, y el marido había estado más enamorado de sus cepas que de ella, contó Thekla, así que en uno de sus viajes de negocios a Petrogrado, luego otra vez San Petersburgo, ella se había enamorado de Aleksandr: de forma irrevocable, violenta, colosal. Aleksandr Olenin —descendiente de la rica dinastía Olenin de San Petersburgo, origen de mecenas, coleccionistas de arte y del fundador de la Biblioteca de San Petersburgo— era un hombre instruido, elegante, librepensador, «y además, de una desvergonzada belleza», y formaba parte del ejército de los zares.

A su regreso a Tiflis, Thekla comunicó a su esposo que renunciaba a cualquier privilegio y dejaría su casa sin llevarse ni la alianza si él se lo permitía, porque amaba a otro hombre de forma irrevocable, violenta, colosal.

Claro está, se produjo un escándalo. Su esposo llevó a cabo el asesinato en toda regla de su reputación, y se negó durante años a aceptar el divorcio. Dado que el matrimonio no tenía hijos, Thekla, aunque aún oficialmente casada, pudo viajar a San Petersburgo sin alianza y hacer de Anna Karénina en la ciudad de los zares.

Olenin debió de ser un hombre honorable, porque al contrario que el conde Vronski se quedó con su amada y la presentó como su legítima esposa en la sociedad de San Petersburgo. A pesar del rechazo inicial de esa misma sociedad, Thekla no tardó en acceder a ella, incluso en tener amigos, y terminó reuniendo a su alrededor a una comunidad en toda regla, lo que sin duda se debió a su carácter temperamental y poco convencional. Su «desvergonzadamente bello» Aleksandr compró a su amada aquella maravillosa casa y empezó a ...