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LA PERRA

Pilar Quintana  

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Fragmento

—Esta mañana la encontré ahí, patas arriba —dijo doña Elodia señalando un lugar en la playa donde se juntaba la basura que el mar traía o desenterraba: troncos, bolsas plásticas, botellas.

—¿Envenenada?

—Yo creo.

—¿Qué hicieron con ella? ¿La enterraron? 

Doña Elodia dijo que sí con la cabeza:

—Mis nietos.

—¿Arriba en el cementerio?

—No, aquí nomás en la playa.

Muchos perros del pueblo morían envenenados. Alguna gente decía que los mataban aposta, pero Damaris no podía creer que hubiera personas capaces de hacer algo así y pensaba que los perros se comían por error las carnadas con veneno que dejaban para las ratas o a las ratas que estando envenenadas eran fáciles de cazar.

—Lo siento —dijo Damaris.

Doña Elodia solo asintió. Había tenido esa perra mucho tiempo, una perra negra que se la pasaba echada junto al estadero y andaba detrás de ella para todos lados: la iglesia, la casa de la nuera, la tienda, el muelle… Debía estar muy triste, pero no lo mostraba. Dejó al cachorro que acababa de alimentar con una jeringa que llenaba con la leche de una taza y agarró otro. Había diez y eran tan pequeños que no habían abierto los ojos.

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—Tienen seis días de nacidos —dijo doña Elodia—, no van a sobrevivir.

Ella había sido vieja desde que Damaris tenía memoria, usaba unas gafas de vidrios gruesos que le agrandaban los ojos y era gorda de la cintura para abajo, una persona de pocas palabras que se movía con lentitud y se mantenía tranquila hasta en los días más ocupados del estadero, cuando había borrachos y niños que corrían por entre las mesas. En cambio, ahora se le notaba el agobio.

—¿Por qué no los reparte? —dijo Damaris.

—Ya se llevaron uno, pero nadie quiere a los perros tan chiquitos.

Como era temporada baja, en el estadero no había mesas ni música ni turistas ni nada, solo el espacio vacío que ahora se veía enorme con doña Elodia sentada en un banco y los diez cachorros dentro de una caja de cartón. Damaris los miró con atención hasta que se decidió por uno.

—¿Me puedo llevar ese? —dijo.

Doña Elodia puso en la caja al que acababa de alimentar, sacó el que Damaris había señalado, uno de pelo gris y orejas caídas, y lo miró por detrás.

—Es una hembra —dijo.

Cuando la marea estaba baja, la playa se volvía inmensa, un descampado de arena negra que más parecía barro. Cuando estaba alta, el agua la tapaba toda y las olas traían palos, ramas, semillas y hojas muertas de la selva y los revolvían con la basura de la gente. Damaris venía de visitar a su tía en el otro pueblo, que quedaba arriba, en tierra firme, pasando el aeropuerto militar, y era más moderno, con hoteles y restaurantes de concreto. Había parado en la casa de doña Elodia por curiosidad, al verla con los perritos, y ahora iba para su casa en la punta opuesta de la playa. Como no tenía dónde meter a la perra, se la puso contra el pecho. Le cabía en las manos, olía a leche y le hacía sentir unas ganas muy grandes de abrazarla fuerte y llorar.

El pueblo de Damaris era una calle larga de arena apretada con casas a lado y lado. Todas las casas estaban destartaladas y se elevaban del suelo sobre estacas de madera, con paredes de tabla y techos negros de moho. Damaris tenía un poco de temor de la reacción de Rogelio cuando viera a la perra. A él no le gustaban los perros, y si los criaba era solamente para que ladraran y cuidaran la propiedad. Ahora tenía tres: Danger, Mosco y Olivo.

Danger, el mayor, era parecido a los labradores que usaban los militares para olfatear las lanchas y los equipajes de los turistas, pero tenía la cabeza grande y cuadrada como las de los pitbulls que había en el Hotel Pacífico Real del otro pueblo. Era hijo de una perra del finado Josué, a quien sí le habían gustado los perros. Él los tenía para que ladraran, pero también les daba cariño y los entrenaba para que lo acompañaran a cazar.

Rogelio contaba que un día que estaba visitando al finado Josué, un cachorro que todavía no cumplía dos meses se alejó de la camada para ladrarle. Él pensó que ese era el perro que necesitaba. El finado Josué se lo regaló y Rogelio lo llamó Danger, que significa peligro. Danger creció para convertirse en lo que prometía, un perro celoso y bravo. Cuando hablaba de él, Rogelio parecía sentir respeto y admiración, pero en el trato no hacía más que espantarlo, gritarle “¡Fuchi!” y levantarle la mano para que recordara todas las veces que le había pegado.

Se notaba que Mosco había tenido mala vida de cachorro. Era pequeño, flaco y tembloroso. Un día apareció en la propiedad y, como Danger lo aceptó, se quedó a vivir. Venía con una herida en la cola, que a los pocos días se le infectó. Para cuando Damaris y Rogelio se dieron cuenta, la herida se le había llenado de gusanos y a Damaris le pareció ver que de ella salía volando una mosca ya completamente formada.

—¡¿Viste?! —dijo.

Rogelio no había visto nada, y cuando Damaris se lo explicó se rio a carcajadas y dijo que por fin le habían encontrado el nombre a ese animal.

—Ahora quedate quieto, Mosco hijueputa —ordenó.

Lo agarró por la punta de la cola, alzó su machete y, antes de que Damaris pudiera entender lo que haría, se la cortó de tajo. Aullando, Mosco salió a correr y Damaris miró a Rogelio horrorizada. Él, con la cola plagada de gusanos todavía en la mano, alzó los hombros y dijo que solo lo había hecho para detener la infección, pero ella siempre creyó que lo había disfrutado.

El más joven, Olivo, era hijo de Danger y la perra de las vecinas, una labradora chocolate que ellas decían que era pura. Se parecía a su papá, aunque tenía el pelo más largo y rucio. Olivo era el más arisco de los tres. Ninguno se acercaba a Rogelio y todos desconfiaban de la gente, pero Olivo no se acercaba a nadie y desconfiaba tanto que no comía si había personas a la vista. Damaris sabía que era porque Rogelio aprovechaba cuando estaban comiendo para llegar hasta ellos sin que se dieran cuenta y agarrarlos a latigazos con una guadua delgada que tenía solo para eso. Lo hacía cuando habían hecho algún daño o porque sí, por el placer que le daba pegarles. Además Olivo era traicionero: mordía sin ladrar y por detrás.

Damaris se dijo que con la perra todo sería diferente. Era suya y ella no permitiría que Rogelio le hiciera ninguna de esas cosas, no dejaría ni que la mirara mal. Había llegado a la tienda de don Jaime y se la mostró.

—Qué cosita tan pequeña —dijo él.

La tienda de don Jaime solo tenía un mostrador y una pared, pero estaba tan bien surtida que en ella se conseguían desde alimentos hasta clavos y tornillos. Don Jaime era del interior del país, había llegado sin nada en los tiempos en que estaban construyendo la base naval y se juntó con una negra del pueblo más pobre que él. Alguna gente decía que había progresado gracias a que hacía brujería, pero Damaris pensaba que era por ser un hombre bueno y trabajador.

Ese día él le fio las verduras de la semana, un pan para el desayuno de ...