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LA PREGUNTA Y LA RESPUESTA

Patrick Ness  

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Fragmento

 

—Tu ruido te delata, Todd Hewitt.

Una voz…

En la oscuridad…

Parpadeo y abro los ojos. Todo son sombras y confusión y parece que el mundo esté dando vueltas y me arde la sangre y tengo el cerebro congestionado y no puedo pensar y la oscuridad lo invade todo…

Vuelvo a parpadear.

Un momento…

No, un momento…

Hace un instante, hace un instante estábamos en la plaza…

Hace un instante ella estaba entre mis brazos…

Estaba muriendo entre mis brazos…

—¿Dónde está? —escupo a la oscuridad, notando el sabor de mi sangre, con la voz cascada, y mi ruido se eleva como si se hubiera desatado un huracán, rojo y enfurecido—. ¡¿Dónde está?!

—Aquí soy yo quien hace las preguntas, Todd.

Esa voz.

Su voz.

En algún lugar, entre las tinieblas.

Algún lugar detrás de mí, algún lugar que no puedo ver.

El alcalde Prentiss.

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Vuelvo a parpadear y la oscuridad da paso a una gran sala, con una sola luz que procede de una única ventana, un ancho círculo alto y lejano, con un cristal no transparente, sino coloreado con dibujos del Nuevo Mundo y sus dos lunas en círculo, y la luz que entra me ilumina a mí y nada más.

—¿Qué le han hecho? —digo en voz alta, parpadeando para detener las gotas de sangre fresca que me caen en los ojos. Trato de acercar la mano para retirarlas, pero descubro que tengo las manos atadas detrás de la espalda y me invade el pánico y forcejeo con las ligaduras y se me acelera la respiración y vuelvo a gritar—. ¡¡¿Dónde está?!!

Un puño aparece de la nada y me golpea en el estómago.

Me inclino hacia delante por el impacto y me doy cuenta de que estoy atado a una silla de madera, con los pies ligados a las patas y sin camisa —quedó perdida en lo alto de una colina polvorienta—, y cuando vomito a pesar de tener el estómago vacío, me fijo en que a mis pies hay una alfombra que repite el mismo dibujo del Nuevo Mundo y sus lunas, una y otra vez, extendiéndose hasta el infinito.

Y recuerdo que estábamos en la plaza, en la plaza por donde corrí, la abracé, la llevé en volandas, le pedí que se mantuviera viva, que se mantuviera viva hasta que estuviéramos a salvo, hasta que llegáramos a Puerto y yo pudiera salvarla…

Pero no había ningún lugar seguro, ninguno, solo él y sus hombres, y se la llevaron, la arrancaron de mis brazos…

—No pregunta «¿dónde estoy?». ¿Te das cuenta? —dice el alcalde, moviéndose entre las sombras, desde alguna parte—. Sus primeras palabras han sido «¿dónde está?», y el ruido dice lo mismo. Interesante.

Me palpita la cabeza al compás del estómago y me despierto un poco más y recuerdo que luché contra ellos, luché contra ellos cuando me la quitaron hasta que la culata de un rifle me impactó en la sien y me sumió en la negrura…

Me trago el nudo de la garganta, me trago el pánico y el miedo…

Porque esto es el fin, ¿verdad?

El fin de todas las cosas.

El alcalde me tiene en sus manos.

El alcalde la tiene a ella en sus manos.

—Si le hacen daño… —digo, sintiendo todavía el dolor del puñetazo en el estómago. El señor Collins está plantado delante de mí, medio escondido entre las sombras, el mismo señor Collins que cultivaba maíz y coliflor y se ocupaba de los caballos del alcalde, y que ahora se cierne sobre mí con una pistola en la cartuchera, un rifle colgado del hombro y el puño listo para golpearme otra vez.

—Parece que el daño ya está hecho, Todd —dice el alcalde, deteniendo al señor Collins—. Pobrecita.

Mis puños se contraen contra las cuerdas. Noto que mi ruido está baqueteado, pero sigue elevándose con el recuerdo del arma de Davy Prentiss apuntada hacia nosotros, de ella cayendo entre mis brazos, de ella sangrando y jadeando…

Y entonces mi ruido se vuelve aún más rojo al revivir la sensación de mi puño impactando contra el rostro de Davy Prentiss, de Davy Prentiss cayendo del caballo, con el pie encallado en el estribo, y siendo arrastrado como si fuera basura.

—Bueno —dice el alcalde—, eso explica el misterio del paradero de mi hijo.

Si no lo conociera, diría que suena casi divertido.

Pero me doy cuenta de que esto solo lo distingo por el sonido de su voz, una voz más afilada e inteligente de la que pudiera tener en Prentisstown, y de que la nada que salía de él cuando llegué corriendo a Puerto sigue siendo una gran nada en esta habitación, sea la que sea, y que encaja con la gran nada del señor Collins.

Ellos no tienen ruido.

Ninguno de los dos.

Aquí el único ruido que hay es el mío, y resuena como el cencerro de un ternero herido.

Trato de girar la cabeza en busca del alcalde, pero me duele demasiado el cuello como para moverlo, y solo percibo que estoy sentado bajo el único rayo de sol polvoriento y coloreado, en el centro de una habitación tan grande que apenas distingo las paredes en la lejanía.

Y luego sí que veo una mesita en la oscuridad, pero no está lo bastante cerca para poder discernir lo que hay encima.

Apenas el brillo del metal, centelleando y prometiendo cosas en las que no quiero pensar.

—Todavía piensa en mí como el alcalde —dice la voz, que vuelve a sonar ligera y divertida.

—Ahora hay que llamarlo presidente Prentiss, chico —gruñe el señor Collins—. Harías bien en recordarlo.

—¿Qué le han hecho? —continúo, intentando girarme de nuevo, en todas direcciones, pero el cuello me duele muchísimo—. Si la tocan, yo…

—Llegas a mi ciudad esta misma mañana —me interrumpe el alcalde—, sin ninguna pertenencia, ni siquiera una camisa al hombro, llevando a una muchacha en brazos que ha sufrido un terrible accidente…

Mi ruido aumenta de golpe.

—No fue ningún accidente…

—Un accidente muy grave —continúa el alcalde, y su voz denota aquel primer indicio de impaciencia que percibí cuando nos encontramos en la plaza—. Tan grave que está a las puertas de la muerte, y aquí estás tú, el chico al que hemos dedicado tanto tiempo y tantos esfuerzos en encontrar, el chico que nos ha causado tantos problemas, y que ahora se nos ofrece por voluntad propia, para hacer cualquier cosa que queramos a cambio de que salvemos a la chica y, sin embargo, cuando hacemos precisamente eso…

—¿Está bien? ¿Está a salvo?

El alcalde se detiene y el señor Collins da un paso al frente y me abofetea el rostro. La punzada me recorre lentamente la mejilla y me quedo ahí sentado, jadeando.

Entonces el alcalde entra en el círculo de luz, justo delante de mí.

Sigue vistiendo sus mejores ropas, tan fresco y aseado como de costumbre, como si debajo no hubiera un hombre, sino un témpano de hielo andante y parlante. Hasta el señor Collins luce marcas de sudor y tierra, y arroja el olor que se podría esperar; pero el alcalde no.

Él siempre te hace sentir como una basura que hay que recoger.

Se me pone delante, se inclina para mirarme a los ojos.

Y luego me pregunta, como si fuera por curiosidad.

—¿Cómo se llama, Todd?

Parpadeo, sorprendido.

—¿Qué?

—¿Cómo se llama? —repite.

Seguro que sabe su nombre. Seguro que puede leerlo en mi ruido…

—Ya sabe cómo se llama —respondo.

—Quiero que me lo digas.

Miro al señor Collins, que sigue ahí plantado con los brazos cruzados, y su silencio no esconde las ganas que tiene de aplastarme contra el suelo.

—Una vez más, Todd —continúa el alcalde, sin inmutarse—, y me gustaría mucho que me respondieras. ¿Cómo se llama la chica del otro mundo?

—Si sabe que es del otro mundo —digo yo—, entonces ya debe de saber cómo se llama.

Y ahora el alcalde sonríe. Sonríe de verdad.

Y yo tengo más miedo que nunca.

—Esto no funciona así, Todd. Funciona de la siguiente manera: yo pregunto y tú respondes. Ahora. ¿Cómo se llama?

—¿Dónde está?

—¿Cómo se llama?

—Dígame dónde está y le diré cómo se llama.

Él suspira, como si lo hubiera decepcionado. Hace una simple seña al señor Collins, que da un paso adelante y me da otro puñetazo en el estómago.

—Es una transacción muy sencilla, Todd —sigue el alcalde, cuando las arcadas me acercan a la alfombra—. Lo único que tienes que hacer es decirme lo que quiero saber y todo terminará. Tú eliges. Te lo digo en serio, no tengo ningún deseo de seguir haciéndote daño.

Respiro con dificultad, me doblo hacia delante, y el dolor en el vientre dificulta que el aire entre en mi interior. Noto que mi propio peso tira de las ataduras de las muñecas y noto la sangre en mi cara, pegajosa y seca, y miro con los ojos nublados desde mi pequeña cárcel de luz en medio de la habitación, una habitación sin salidas…

La habitación donde voy a morir…

La habitación…

La habitación donde ella no está.

Y algo dentro de mí decide.

Si esto es el final, algo dentro de mí decide.

Decide no decirlo.

—Ya sabe cómo se llama —digo—. Máteme si quiere, pero ya sabe cómo se llama.

Y el alcalde se me queda mirando.

Pasa el minuto más largo de mi vida mientras él me observa, me interpreta, comprueba que estoy hablando en serio.

Y entonces se dirige a la pequeña mesa de madera.

Intento ver algo, pero su espalda esconde lo que está haciendo. Oigo que trastea con los objetos que hay encima, y un golpe metálico repica contra la madera.

—«Haré lo que usted quiera» —dice, y reconozco mis propias palabras—. «Sálvela, y haré todo lo que usted quiera.»

—No le tengo miedo —contesto, aunque mi ruido diga lo contrario, al pensar en todo lo que podría haber sobre la mesa—. No tengo miedo a morir.

Y me pregunto si lo digo en serio.

Se vuelve hacia mí, con las manos detrás de la espalda, para que no pueda ver lo que ha cogido.

—¿Porque eres un hombre, Todd? ¿Porque un hombre no tiene miedo a morir?

—Sí —digo—. Porque soy un hombre.

—Si no me equivoco, no cumples años hasta dentro de catorce días.

—Es solo un número. —Me cuesta respirar, mi estómago chasquea por el esfuerzo de hablar—. No significa nada. Si estuviese en el Viejo Mundo, tendría…

—No estás en el Viejo Mundo, chico —replica el señor Collins.

—No creo que se refiera a eso, señor Collins —dice el alcalde, que no deja de mirarme—. ¿No es cierto, Todd?

Miro al uno y después al otro.

—He matado —digo—. He matado.

—Sí, creo que has matado —repite el alcalde—. Llevas pintada en la cara la vergüenza que eso te acarrea. Pero la pregunta es: ¿a quién has matado? —Camina hacia la oscuridad, sale del círculo de luz, y sigue escondiendo el objeto que ha cogido de la mesa cuando se coloca detrás de mí—. ¿O debería decir «a qué»?

—Maté a Aaron —digo, intentando seguirle con la mirada, sin conseguirlo.

—¿En serio?

Su falta de ruido es algo horrible, sobre todo cuando no está a la vista. No es como el silencio de una chica, el silencio de una chica sigue siendo activo, sigue siendo una cosa viva que dibuja una forma en el ruido que retumba a su alrededor.

(pienso en ella, pienso en su silencio, en la necesidad de sentirlo)

(no pienso en su nombre)

Pero con el alcalde, que no sé cómo lo ha hecho, no sé cómo ha conseguido que él y el señor Collins no tengan ruido, es como si no hubiera nada, como si fuera algo muerto, sin más forma ni ruido ni vida en el mundo que una piedra o una pared, una fortaleza que nunca vas a conquistar. Supongo que estará leyendo mi ruido, pero ¿cómo puedo saberlo si ese hombre se ha hecho a sí mismo de piedra?

De todos modos, le muestro lo que él quiere. Coloco la iglesia bajo la cascada en la parte frontal de mi ruido. Coloco la lucha a muerte con Aaron, el esfuerzo y la sangre. Me muestro luchando contra él y golpeándolo y derribándolo. Me muestro sacando el cuchillo.

Me muestro apuñalando a Aaron en el cuello.

—Ahí hay verdad —dice el alcalde—. Pero ¿es toda la verdad?

—Lo es —digo, aumentando el volumen de mi ruido para bloquear el resto de cosas que podría oír—. Es la verdad.

Sigue teniendo un punto de humor en la voz.

—Creo que me estás mintiendo, Todd.

—¡No! —Hablo prácticamente a gritos—. ¡Hice lo que Aaron quería! ¡Lo maté! Me convertí en un hombre bajo sus propias leyes y ahora usted puede incorporarme a su ejército y haré todo lo que quiera, ¡pero dígame qué han hecho con ella!

Veo que el señor Collins recibe una señal desde detrás y vuelve a acercarse, prepara el puño y…

(no puedo evitarlo)

Me alejo de él con tanta fuerza que arrastro la silla unos centímetros hacia un lado…

(calla)

Y el puñetazo no falla nunca.

—Bien —dice el alcalde, tranquilo y complacido—. Bien. —Vuelve a pasar a la oscuridad—. Deja que te explique un par de cosas —sigue diciendo—. Estás en el despacho central de lo que anteriormente fue la catedral de Puerto y ayer se convirtió en palacio presidencial. Te he traído a mi casa con la esperanza de ayudarte. Ayudarte a ver que te equivocas en esta lucha desesperada que mantienes contra mí, contra nosotros.

Su voz trajina detrás del señor Collins…

Su voz…

Por un segundo parece que no estuviera hablando en voz alta…

Que estuviera hablando dentro de mi cabeza…

Entonces, desaparece.

—Mis soldados llegarán mañana por la tarde —dice, todavía en movimiento—. Pero antes, Todd Hewitt, responderás a mi pregunta y luego serás fiel a tu palabra y me ayudarás en la creación de una nueva sociedad.

Vuelve a entrar en el círculo de luz, se detiene delante de mí, con las manos todavía detrás de la espalda, escondiendo lo que ha cogido antes.

—Pero el proceso que aquí y ahora quiero comenzar, Todd —continúa—, es ese en el cual te das cuenta de que yo no soy tu enemigo.

La sorpresa es tan mayúscula que por un instante el miedo desaparece.

¿No es mi enemigo?

Abro los ojos como platos.

¿No es mi enemigo?

—No, Todd —dice—. No soy tu enemigo.

—Usted es un asesino —le espeto sin pensarlo.

—Soy un general. Ni más ni menos.

Lo miro fijamente.

—Ha matado a gente por el camino. En Farbranch mató a todo el mundo.

—En tiempos de guerra suceden cosas lamentables, pero ahora la guerra ha terminado.

—Vi cómo disparaba contra ellos —digo, y detesto cada palabra de un hombre que carece de ruido de un modo tan sólido que parece una piedra imposible de mover.

—¿Yo, en persona, Todd?

Trago saliva, y el gusto es amargo.

—No, ¡pero la guerra la había iniciado usted!

—Era necesario —dice—. Para salvar un planeta enfermo y agonizante.

La respiración se me acelera, la mente se vuelve más espesa, la cabeza me pesa más que nunca. Mi ruido se enrojece.

—Usted mató a Cillian.

—Y lo lamento profundamente —asegura—. Hubiera sido un buen soldado.

—Mató a mi madre —digo, con la voz cogida (cállate), el ruido lleno de rabia y de dolor, lágrimas en los ojos que lo estropean todo (cállate, cállate, cállate)—. Mató a todas las mujeres de Prentisstown.

—¿Crees todo lo que oyes por ahí, Todd?

Se produce un silencio, un silencio de verdad, pues incluso mi ruido intenta digerir lo que acaba de oír.

—No tengo ningún deseo de matar mujeres —añade—. Nunca lo he tenido.

Me quedo boquiabierto.

—Por supuesto que sí…

—Ahora no tengo tiempo para darte una clase de historia.

—¡Es un mentiroso!

—Y tú crees saberlo todo, ¿verdad?

Se le enfría la voz y se aleja de mí, y el señor Collins me golpea con tanta fuerza en un lado de la cabeza que casi me tira al suelo.

—¡¡¡Es un mentiroso y un asesino!!! —grito, con los oídos retumbando todavía por el puñetazo.

El señor Collins me pega ahora en el otro lado, duro como un bloque de madera.

—No soy tu enemigo, Todd —repite el alcalde—. Por favor, no me obligues a seguir haciéndote esto.

Me duele tanto la cabeza que no digo nada. No puedo decir nada. No puedo pronunciar la palabra que él desea. No puedo decir nada más sin que me golpeen hasta dejarme sin sentido.

Esto es el fin. Tiene que ser el fin. No me dejarán vivir. No la dejarán vivir.

Tiene que ser el fin.

—Espero que sea el fin —dice el alcalde, con una voz que parece sincera—. Espero que me digas lo que quiero saber y que podamos parar todo esto.

Y entonces dice…

Entonces dice…

Dice:

—Por favor.

Alzo la vista, parpadeando tras la hinchazón que crece alrededor de mis ojos.

La expresión de su rostro es de preocupación, casi de súplica.

¿Qué demonios es esto? ¿Qué demonios?

Y entonces vuelvo a oír el zumbido dentro de mi cabeza…

No es como oír simplemente el ruido de otra persona…

POR FAVOR como si lo dijera con mi propia voz…

POR FAVOR como si saliera de mí…

Me presiona…

En lo más hondo…

Me hace sentir que quiero decirlo…

POR FAVOR…

—Esas cosas que crees saber, Todd —dice el alcalde, retorciendo todavía la voz dentro de mi cabeza—. Esas cosas no son ciertas.

Y entonces lo recuerdo…

Recuerdo a Ben…

Recuerdo que Ben me dijo lo mismo…

Ben, a quien perdí…

Y mi ruido se endurece en el acto.

Y le corta.

El rostro del alcalde pierde la expresión de súplica.

—Muy bien —dice frunciendo un poco el ceño—. Pero recuerda que lo has elegido tú. —Se endereza—. ¿Cómo se llama?

—Ya sabe cómo se llama.

El señor Collins me cruza la cara, escorado hacia un lado.

—¿Cómo se llama?

—Ya lo sabe…

Bum. Otro puñetazo, esta vez desde el otro lado.

—¿Cómo se llama?

—No.

Bum.

—Dime cómo se llama.

—¡No!

¡Bum!

—¿Cómo se llama, Todd?

—¡Váyase a…!

Pero no puedo terminar la frase porque el señor Collins me golpea tan fuerte que mi cabeza retrocede y la silla se desequilibra, y caigo al suelo de costado, arrastrando la silla. Me estampo contra la alfombra, porque con las manos atadas no puedo impedirlo, y mis ojos se llenan de pequeños Nuevos Mundos hasta que ya no hay nada más que ver.

Respiro contra la alfombra.

Las botas del alcalde se acercan a mi cara.

—No soy tu enemigo, Todd Hewitt —dice una vez más—. Dime cómo se llama y todo esto se acabará.

Tomo aliento y me pongo a toser.

Vuelvo a tomar a tomar aliento y digo lo que tengo que decir.

—Es usted un asesino.

Otro silencio.

—Tú lo has querido —dice el alcalde.

Se aleja y noto cómo el señor Collins levanta la silla del suelo, me levanta a mí de paso, con el cuerpo crujiendo contra su propio peso, hasta que vuelvo a estar sentado en el círculo de luz coloreada. Ahora tengo los ojos tan hinchados que apenas veo al señor Collins, aunque está justo delante.

Oigo que el alcalde vuelve a la mesita. Oigo que mueve los objetos que hay en la superficie. Una vez más, oigo el chirrido del metal.

Oigo que se acerca y se coloca a mi lado.

Y después de tanta promesa, aquí está, por fin.

Mi final.

«Lo siento», pienso. «Lo siento mucho.»

El alcalde posa una mano sobre mi hombro y yo intento alejarme, pero la mantiene, presionando con firmeza. No puedo ver lo que sujeta, pero está acercando algo hacia mí, hacia mi rostro, algo duro y metálico y doloroso y listo para hacerme sufrir y acabar con mi vida y dentro de mí hay un agujero en el cual necesito meterme, para alejarme de todo, profundo y negro, y sé que esto es el fin, el fin del tiempo, nunca escaparé de aquí y me matará y la matará a ella y no hay elección, ni vida, ni esperanza, nada.

«Lo siento.»

Y el alcalde me pone una venda en la cara.

Me sorprende lo fría que está e intento zafarme de sus manos, pero sigue presionando con suavidad contra el chichón de la frente y contra las heridas de la cara y la mejilla, su cuerpo está tan cerca que puedo olerlo, un olor a limpio, al aroma de madera de su jabón, y la respiración de su nariz me roza la mejilla, sus dedos tocan los cortes casi con ternura, me pone vendas sobre la hinchazón de los ojos y los cortes del labio, y noto que empiezan a funcionar de manera casi inmediata, noto que la hinchazón disminuye, los calmantes me inundan el cuerpo, y por un instante pienso en lo buenas que son las vendas de Puerto, cómo se parecen a las vendas que llevaba ella, y el alivio llega tan deprisa, tan inesperadamente, que se me contrae la garganta y tengo que tragar saliva.

—No soy el hombre que crees que soy, Todd —me dice el alcalde en voz baja, casi al oído, colocándome otro vendaje en el cuello—. No hice las cosas que crees que hice. Pedí a mi hijo que te trajera aquí. No le pedí que matara a nadie. No pedí a Aaron que te matara.

—Miente —respondo con una voz débil y temblorosa por el esfuerzo que hago para no llorar (cállate).

El alcalde me sigue colocando vendas sobre las heridas del pecho y el estómago, con tanta suavidad que apenas puedo soportarlo, con tanta suavidad que casi parece que le preocupa mi bienestar.

—Claro que me preocupa, Todd —dice—. Ya habrá tiempo para que sepas la verdad.

Se coloca detrás de mí y me pone otra venda alrededor de las muñecas, me coge las manos y me las frota con los dedos.

—Habrá tiempo —repite— para que llegues a confiar en mí. Tal vez incluso para que me llegues a apreciar. Para que algún día, quizá, me consideres como un padre, Todd.

Parece que mi ruido se esté fundiendo con la medicación, el dolor desaparece, yo desaparezco con él, como si por fin me estuviera matando con la cura y no con el castigo.

No consigo quitarme el llanto de la garganta, de los ojos, de la voz.

—Por favor —digo—. Por favor.

Pero no sé qué quiero decir.

—La guerra ha terminado, Todd —continúa el alcalde—. Estamos construyendo un mundo nuevo. Por fin, este planeta hará verdadero honor a su nombre. Créeme cuando te digo que, una vez que lo hayas visto, querrás formar parte de él.

Respiro, sumergiéndome en la oscuridad.

—Podrías ser un líder, Todd. Has demostrado ser muy especial.

Sigo respirando, intento aguantar, pero noto que me estoy dejando ir.

—¿Cómo puedo saberlo? —pregunto por fin, con una voz que es un graznido, un murmullo, algo no del todo real—. ¿Cómo puedo saber si ella está viva?

—No puedes —contesta—. Solo tienes mi palabra.

Y vuelve a esperar.

—Y si lo hago —digo—. Si hago lo que me dice, ¿la salvará?

—Haremos lo que sea necesario.

Sin el dolor, la sensación es casi como si no tuviera cuerpo, como si fuera un fantasma, sentado en una silla, cegado y eterno.

Como si ya estuviera muerto.

Porque ¿cómo sabes que estás vivo si no te duele?

—Somos las elecciones que tomamos, Todd —dice el alcalde—. Nada más y nada menos. Me gustaría que tu elección fuera que me dijeras su nombre. Eso me gustaría muchísimo.

Bajo las vendas, la oscuridad es todavía mayor.

Solo yo, solo entre las tinieblas.

Solo con su voz.

No sé qué hacer.

No sé nada.

(¿qué hago?)

Pero si hay una oportunidad, si hay siquiera una oportunidad…

—¿Realmente es tan grande el sacrificio, Todd? —pregunta el alcalde, que me oye pensar—. ¿Aquí, al final del pasado? ¿Al principio del futuro?

No. No, no puedo. Diga lo que diga, es un mentiroso y un asesino…

—Estoy esperando, Todd.

Pero tal vez ella esté viva, tal vez él la mantenga con vida…

—Se acerca tu última oportunidad, Todd.

Alzo la cabeza. El gesto abre un poco los vendajes y parpadeo hacia la luz, hacia el rostro del alcalde.

Está tan vacío como siempre.

Es el muro vacío, inerte.

Podría estar hablando con un pozo sin fondo.

Podría ser el pozo sin fondo.

Aparto la mirada. Miro hacia abajo.

—Viola —digo a la alfombra—. Se llama Viola.

El alcalde suelta un largo bufido de satisfacción.

—Bien, Todd. Te lo agradezco.

Se gira hacia el señor Collins.

—Enciérralo.

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1

EL ANTIGUO ALCALDE

[TODD]

El señor Collins me hace subir a empujones por una escalera estrecha y sin ventanas, subimos y subimos y subimos, doblando en los descansillos, pero sin parar de subir. Cuando creo que mis piernas ya no van a dar para más, llegamos a una puerta. La abre y me empuja con fuerza, y entro a trompicones en la habitación, y caigo sobre el suelo de madera, y tengo los brazos tan rígidos que ni siquiera soy capaz de parar el golpe, y suelto un gruñido al rodar hacia un costado.

Y miro hacia abajo a un desnivel de más de treinta metros.

El señor Collins se echa a reír mientras yo retrocedo a rastras para alejarme del vacío. Me encuentro en una repisa de menos de cinco tablones de ancho, que bordea las paredes de una habitación cuadrada. En el centro hay un agujero enorme con algunas cuerdas que cuelgan por el centro. Alzo la vista para seguirlas por el ancho hueco hasta llegar al conjunto de campanas más grande que he visto nunca, dos de ellas cuelgan de una sola viga de madera, unos trastos enormes, grandes como una habitación en la que podrías vivir, y a los lados de la torre hay unas arcadas talladas para que el son de las campanas pueda oírse.

Pego un salto cuando el señor Collins cierra la puerta de golpe, y pasa el candado con un sonido metálico que no admite grandes esperanzas de huida.

Me levanto y me arrimo a la pared hasta que consigo volver a respirar.

Cierro los ojos.

«Soy Todd Hewitt», pienso. «Hijo de Cillian Boyd y Ben Moore. Mi cumpleaños es dentro de catorce días, pero soy un hombre.»

«Soy Todd Hewitt y soy un hombre.»

(un hombre que ha dicho al alcalde cómo se llama ella)

—Lo siento —susurro—. Lo siento mucho.

Al cabo de un rato, abro los ojos y miro a mi alrededor. En las paredes de este piso de la torre, hay unas pequeñas aberturas rectangulares a la altura de los ojos, tres en cada pared, y una luz tenue brilla por ellas a través del polvo.

Me acerco a la abertura más cercana. Es obvio que estoy en el campanario de la catedral, en lo alto, y la ventana da a la parte frontal de la plaza por la cual entré por primera vez a la ciudad esta misma mañana, aunque parezca que haya pasado ya una vida entera. Está anocheciendo, de modo que he debido de pasar un rato inconsciente antes de que el alcalde me despertara, un rato durante el cual puede haberle hecho cualquier cosa, un rato durante el cual…

(cállate, cállate ya)

Miro a la plaza. Sigue vacía, sigue la quietud de la ciudad silenciosa, una ciudad sin ruido, una ciudad que espera la llegada de un ejército que viene a conquistarla.

Una ciudad que ni siquiera opuso resistencia.

Llegó el alcalde y se la entregaron de inmediato. «A veces, el rumor de un ejército es tan efectivo como el propio ejército», me había dicho, ¿y acaso no tenía razón?

Pasamos tanto tiempo corriendo tan rápido como podíamos, sin pensar en cómo sería Puerto cuando llegáramos, sin decirlo en voz alta, pero esperando que fuera un lugar seguro, esperando que fuera un paraíso.

«Te aseguro que hay esperanza», dijo Ben.

Pero se equivocaba. Porque no habíamos llegado a Puerto.

Habíamos llegado a Nueva Prentiss.

Frunzo el ceño, noto que se me tensa el pecho y miro hacia el oeste, más allá de la plaza, de las copas de los árboles que se extienden hacia las casas y las calles silenciosas y lejanas hasta llegar a la cascada, que cae a peso desde el valle a media distancia, y la carretera zigzagueante que comprime la colina que se erige a uno de los lados, la carretera donde me enfrenté a Davy Prentiss Jr., la carretera donde Viola…

Me doy la vuelta para estudiar la habitación.

Los ojos se están adaptando a la luz que se desvanece, pero no parece que haya nada más que tablones y un ligero hedor. Las cuerdas de las campanas cuelgan a unos dos metros de los laterales. Levanto la vista y veo que están atadas a las campanas para hacerlas sonar. Hago un esfuerzo para mirar por el agujero, pero está demasiado oscuro para ver el fondo con claridad. Probablemente no haya otra cosa que duro ladrillo.

Pero dos metros no es demasiado. No sería difícil saltar y agarrarse a la cuerda para bajar hasta el fondo.

Pero entonces…

—En realidad es bastante ingenioso —me dice alguien desde el rincón más alejado.

Me echo atrás, con los puños en alto y el ruido en aumento. Un hombre se levanta del lugar donde estaba sentado, otro hombre sin ruido.

Con la diferencia de que…

—Si tratas de huir bajando por estas cuerdas que cuelgan tan tentadoramente —continúa—, toda la ciudad se va a enterar.

—¿Quién es usted? —pregunto, con vértigo en el estómago y los puños todavía cerrados.

—Sí —dice—. Ya he visto que no eras de Puerto. —Se adelanta desde el rincón, dejando que la luz le cruce la cara. Veo un ojo morado y un labio partido con una costra que parece recién formada. Es evidente que con él no han gastado vendas—. Es curioso lo rápidamente que se olvida uno de lo fuerte que suenan —comenta, como si hablara para sí.

Es un hombre pequeño, más bajo que yo, y más corpulento, mayor que Ben, aunque no demasiado, y percibo también en él una cierta debilidad, una debilidad incluso en el rostro. Una debilidad que yo podría atacar y vencer si fuera necesario.

—Sí —afirma—. Supongo que podrías.

—¿Quién es usted? —repito.

—¿Quién soy yo? —responde con suavidad, y a continuación levanta la voz como si estuviera jugando a algo—: Me llamo Con Ledger, chico. Soy el alcalde de Puerto. —Sonríe, deslumbrado—. Pero no el alcalde de Nueva Prentiss. —Sacude un poco la cabeza y me mira al mismo tiempo—. Aplicamos la cura incluso a los refugiados, cuando empezaron a llegar a cientos.

Y entonces me doy cuenta de que su sonrisa no es una sonrisa, sino una mueca de dolor.

—Por el amor de Dios, niño —dice—. Qué ruidoso eres.

—No soy un niño —protesto, levantando los puños.

—No entiendo qué importancia puede tener eso.

Se me ocurren diez millones de cosas para dar respuesta a su pregunta, pero la curiosidad se impone a todas ellas.

—Entonces, ¿existe una cura para el ruido?

—Por supuesto —responde, con una expresión algo crispada, como si masticara algo en mal estado—. Una planta nativa con propiedades neuroquímicas naturales mezclada con un par de sustancias que pudimos sintetizar, y ahí lo tienes. El silencio inunda por fin el Nuevo Mundo.

—No todo el Nuevo Mundo.

—No, claro —dice, girándose para mirar por el rectángulo con las manos recogidas tras la espalda—. La fabricación es muy difícil, ¿sabes? Es un proceso largo y lento. Apenas conseguimos llegar al objetivo a finales del año pasado, y eso fue después de veinte años de intentos. Habíamos fabricado ya una cantidad suficiente para nosotros y estábamos a punto de empezar a exportarla cuando…

Su voz se va apagando mientras contempla impertérrito la ciudad bajo sus pies.

—Cuando se rindieron —digo, con mi ruido retumbando, profundo y rojo—. Como cobardes.

Se vuelve hacia mí; su sonrisa ha desaparecido del todo.

—¿Y por qué debería importarme la opinión de un niño?

—No soy un niño —repito. ¿Todavía tengo los puños cerrados? Sí, todavía.

—Por supuesto que lo eres. Un hombre sabría cuáles son las elecciones que deben tomarse cuando uno se enfrenta al olvido.

Entorno los ojos.

—No hay nada que usted pueda enseñarme sobre el olvido.

Parpadea un poco al comprobar en mi ruido la verdad de lo que he dicho, como si unos destellos brillantes intentaran cegarlo, y entonces se viene abajo.

—Perdóname —dice—. Yo no soy así. —Se lleva la mano a la cara y la frota, palpando la hinchazón del ojo—. Ayer mismo, yo era todavía el benevolente alcalde de una magnífica ciudad. —Parece que se ría de alguna broma privada—. Pero eso era ayer.

—¿Cuántas personas hay en Puerto? —le pregunto, poco dispuesto a dejar el tema.

Se me queda mirando.

—Niño…

—Me llamo Todd Hewitt. Puede llamarme señor Hewitt.

—Él ha prometido un nuevo principio…

—Todo el mundo sabe que es un mentiroso. ¿Cuántas personas hay?

Suspira.

—Incluyendo a los refugiados, tres mil trescientas.

—El ejército no llega ni a un tercio de eso —digo—. Podrían haber opuesto resistencia.

—Mujeres y niños —se justifica—. Granjeros.

—Las mujeres y los niños combatieron en otras ciudades. Murieron mujeres y niños.

Da un paso adelante, con el rostro enrojecido.

—¡Exacto! ¡Pero las mujeres y niños de esta ciudad no morirán! ¡Porque he firmado la paz!

—Una paz que le ha valido un ojo morado. Una paz que le ha partido el labio.

Me mira un segundo más y luego suelta un breve bufido.

—Las palabras de un sabio —dice— con voz de paleto.

Y se gira para mirar por la abertura.

Y es entonces cuando percibo un zumbido grave.

Los signos de interrogación inundan mi ruido, pero antes de que pueda abrir la boca, el alcalde, el antiguo alcalde, dice:

—Sí, me estás oyendo a mí.

—¿A usted? —pregunto—. ¿Y la cura?

—¿Tú darías a tu enemigo derrotado su medicina favorita?

Me lamo el labio superior.

—¿Vuelve el ruido?

—Por supuesto. —Se gira de nuevo hacia mí—. Si no tomas la dosis de medicina diaria, por supuesto que vuelve. —Regresa a su rincón y procede a sentarse lentamente—. Te darás cuenta de que no hay retretes. Pido disculpas por adelantado por lo desagradable de este hecho.

Observo cómo se sienta, tengo el ruido todavía al rojo, me escuece y me acribilla a preguntas.

—Si no ando equivocado, ¿ha sido todo por ti lo de esta mañana? ¿Por ti han vaciado la ciudad, y es a ti a quien el nuevo presidente ha recibido personalmente a caballo?

No respondo. Pero el ruido lo hace por mí.

—¿Quién eres, Todd Hewitt? —dice—. ¿Qué te hace tan especial?

Esa sí que es una buena pregunta, pienso.

La noche cae sin remisión, y el alcalde Ledger cada vez habla menos y se mueve con mayor inquietud, hasta que por fin no puede soportarlo más y empieza a deambular. Durante todo ese rato, el zumbido ha ido aumentando de volumen, y ahora, si quisiéramos hablar, tendríamos que gritar para escucharnos.

Me sitúo en la parte frontal de la torre y contemplo las estrellas que van apareciendo a medida que la noche cubre el valle de más allá.

Y pienso e intento no pensar porque cuando lo hago se me revuelve el estómago y me vienen ganas de vomitar, o se me hace un nudo en la garganta y me vienen ganas de vomitar, y se me humedecen los ojos y me vienen ganas de vomitar.

Porque ella está ahí fuera, en algún lugar.

(por favor, que esté ahí fuera, en algún lugar)

(por favor, que esté bien)

(por favor)

—¿Tienes que ser siempre tan ruidoso? —salta el alcalde Ledger. Me vuelvo hacia él, listo para responder, y él levanta las manos en un gesto de disculpa—. Lo siento. Yo no soy así.

Empieza a mover nerviosamente los dedos otra vez.

—Es duro que te quiten la cura de un modo tan abrupto.

Vuelvo a girarme para contemplar Nueva Prentiss en el momento en que las luces empiezan a encenderse en las casas. Apenas he visto a nadie por la calle en todo el día, nadie ha salido, probablemente por orden del alcalde.

—Entonces, ¿todos están pasando por esto? —digo.

—Bueno, cada uno debe de tener su pequeña reserva de medicina en casa —responde el alcalde Ledger—. Tendrán que arrebatársela de las manos, supongo.

—No creo que eso sea un problema cuando el ejército entre en la ciudad.

Las lunas se elevan, encaramándose en el cielo como si no tuvieran ninguna prisa. Brillan lo suficiente como para iluminar Nueva Prentiss y veo el río que divide la ciudad, en cambio al norte no hay casi nada aparte de campos, vacíos a la luz de luna, y más allá la abrupta elevación de montes rocosos que componen la pared norte del valle. Al norte, se divisa también otra carretera estrecha que sale de las colinas antes de cortar hacia la ciudad, la carretera que Viola y yo no tomamos al salir de Farbranch, la carretera que el alcalde sí tomó para llegar antes que nosotros.

Al este, el río y la carretera principal siguen en dirección a Dios sabe dónde, doblando recovecos y montañas aún más lejanas, con la ciudad extinguiéndose a su paso. Hay otra carretera, no demasiado pavimentada, que se dirige al sur desde la plaza, pasando por otros edificios y casas hasta adentrarse en el bosque y subir a una colina que tiene una muesca en la cima.

Y eso es todo lo que hay en Nueva Prentiss.

Hogar de tres mil trescientas personas, todas ellas escondidas en sus casas, tan silenciosas que podrían estar muertas.

Ninguna de esas personas levanta la mano para salvarse de lo que les espera; tienen la esperanza de que, si son lo bastante mansas, lo bastante débiles, el monstruo no las devorará.

Este es el lugar al que, para llegar, dedicamos todo nuestro tiempo.

Veo movimiento en la plaza, una sombra que centellea, pero no es más que un perro. A casa, a casa, a casa, casi puedo oír que piensa. A casa, a casa, a casa.

Los perros no tienen los problemas de las personas.

Los perros pueden ser felices en cualquier momento.

Me tomo un minuto para ahuyentar la rigidez que me invade el pecho, la humedad de los ojos.

Me tomo un minuto para dejar de pensar en mi propio perro.

Cuando vuelvo a mirar, veo a alguien que no es un perro.

Tiene la cabeza echada hacia delante y cruza despacio la plaza a lomos de su caballo, cuyos cascos repican contra las baldosas. A medida que se va acercando, y a pesar de que el zumbido del alcalde Ledger se ha convertido ya en una molestia tan grande que no sé cómo voy a poder dormir, lo oigo en la distancia.

Ruido.

Por encima del silencio de una ciudad en espera, puedo oír el ruido de un hombre.

Y él puede oír el mío.

¿Todd Hewitt?, piensa.

Oigo también la sonrisa que se dibuja en su rostro.

He encontrado algo, Todd, dice, desde el otro extremo de la plaza, buscándome bajo la luz lunar. He encontrado algo tuyo.

Yo no respondo. No pienso en nada.

Me limito a mirarlo cuando alarga la mano y sostiene algo en dirección a mí.

Incluso desde tan lejos, incluso a la luz de las lunas, sé lo que es.

El libro de mi madre.

Davy Prentiss tiene el libro de mi madre.

2

EL PIE EN EL PESCUEZO

[TODD]

A la mañana siguiente, temprano, instalan ruidosa y rápidamente una plataforma con un micrófono encima junto a la base de la torre del campanario y, al llegar la tarde, los hombres de Nueva Prentiss se congregan ante ella.

—¿Por qué lo hacen? —pregunto, mirándolos desde arriba.

—¿A ti qué te parece? —dice el alcalde Ledger, sentado en un rincón oscuro, frotándose las sienes, y el zumbido de su ruido sierra sin parar, caliente y metálico—. Para conocer a su nuevo comandante.

Los hombres no dicen gran cosa, lucen rostros pálidos y sombríos, pero ¿quién puede saber lo que piensan si no tienen ruido? Parecen más aseados que los hombres de mi ciudad, llevan el pelo más corto, la cara afeitada, mejores ropas. Muchos de ellos son rechonchos y fofos, como el alcalde Ledger.

Puerto debía de ser un lugar confortable, un lugar donde los hombres no luchaban a diario por sobrevivir.

Tal vez el problema fuera ese exceso de confort.

El alcalde Ledger suelta un bufido, pero no dice nada.

Los hombres del alcalde Prentiss se han situado sobre sus monturas en puntos estratégicos de toda la plaza, diez o doce de ellos, con los rifles preparados, para asegurarse de q ...