Loading...

LA PREGUNTA Y LA RESPUESTA

Patrick Ness  

0


Fragmento

 

—Tu ruido te delata, Todd Hewitt.

Una voz…

En la oscuridad…

Parpadeo y abro los ojos. Todo son sombras y confusión y parece que el mundo esté dando vueltas y me arde la sangre y tengo el cerebro congestionado y no puedo pensar y la oscuridad lo invade todo…

Vuelvo a parpadear.

Un momento…

No, un momento…

Hace un instante, hace un instante estábamos en la plaza…

Hace un instante ella estaba entre mis brazos…

Estaba muriendo entre mis brazos…

—¿Dónde está? —escupo a la oscuridad, notando el sabor de mi sangre, con la voz cascada, y mi ruido se eleva como si se hubiera desatado un huracán, rojo y enfurecido—. ¡¿Dónde está?!

—Aquí soy yo quien hace las preguntas, Todd.

Esa voz.

Su voz.

En algún lugar, entre las tinieblas.

Algún lugar detrás de mí, algún lugar que no puedo ver.

El alcalde Prentiss.

Vuelvo a parpadear y la oscuridad da paso a una gran sala, con una sola luz que procede de una única ventana, un ancho círculo alto y lejano, con un cristal no transparente, sino coloreado con dibujos del Nuevo Mundo y sus dos lunas en círculo, y la luz que entra me ilumina a mí y nada más.

—¿Qué le han hecho? —digo en voz alta, parpadeando para detener las gotas de sangre fresca que me caen en los ojos. Trato de acercar la mano para retirarlas, pero descubro que tengo las manos atadas detrás de la espalda y me invade el pánico y forcejeo con las ligaduras y se me acelera la respiración y vuelvo a gritar—. ¡¡¿Dónde está?!!

Un puño aparece de la nada y me golpea en el estómago.

Me inclino hacia delante por el impacto y me doy cuenta de que estoy atado a una silla de madera, con los pies ligados a las patas y sin camisa —quedó perdida en lo alto de una colina polvorienta—, y cuando vomito a pesar de tener el estómago vacío, me fijo en que a mis pies hay una alfombra que repite el mismo dibujo del Nuevo Mundo y sus lunas, una y otra vez, extendiéndose hasta el infinito.

Y recuerdo que estábamos en la plaza, en la plaza por donde corrí, la abracé, la llevé en volandas, le pedí que se mantuviera viva, que se mantuviera viva hasta que estuviéramos a salvo, hasta que llegáramos a Puerto y yo pudiera salvarla…

Pero no había ningún lugar seguro, ninguno, solo él y sus hombres, y se la llevaron, la arrancaron de mis brazos…

—No pregunta «¿dónde estoy?». ¿Te das cuenta? —dice el alcalde, moviéndose entre las sombras, desde alguna parte—. Sus primeras palabras han sido «¿dónde está?», y el ruido dice lo mismo. Interesante.

Me palpita la cabeza al compás del estómago y me despierto un poco más y recuerdo que luché contra ellos, luché contra ellos cuando me la quitaron hasta que la culata de un rifle me impactó en la sien y me sumió en la negrura…

Me trago el nudo de la garganta, me trago el pánico y el miedo…

Porque esto es el fin, ¿verdad?

El fin de todas las cosas.

El alcalde me tiene en sus manos.

El alcalde la tiene a ella en sus manos.

—Si le hacen daño… —digo, sintiendo todavía el dolor del puñetazo en el estómago. El señor Collins está plantado delante de mí, medio escondido entre las sombras, el mismo señor Collins que cultivaba maíz y coliflor y se ocupaba de los caballos del alcalde, y que ahora se cierne sobre mí con una pistola en la cartuchera, un rifle colgado del hombro y el puño listo para golpearme otra vez.

—Parece que el daño ya está hecho, Todd —dice el alcalde, deteniendo al señor Collins—. Pobrecita.

Mis puños se contraen contra las cuerdas. Noto que mi ruido está baqueteado, pero sigue elevándose con el recuerdo del arma de Davy Prentiss apuntada hacia nosotros, de ella cayendo entre mis brazos, de ella sangrando y jadeando…

Y entonces mi ruido se vuelve aún más rojo al revivir la sensación de mi puño impactando contra el rostro de Davy Prentiss, de Davy Prentiss cayendo del caballo, con el pie encallado en el estribo, y siendo arrastrado como si fuera basura.

—Bueno —dice el alcalde—, eso explica el misterio del paradero de mi hijo.

Si no lo conociera, diría que suena casi divertido.

Pero me doy cuenta de que esto solo lo distingo por el sonido de su voz, una voz más afilada e inteligente de la que pudiera tener en Prentisstown, y de que la nada que salía de él cuando llegué corriendo a Puerto sigue siendo una gran nada en esta habitación, sea la que sea, y que encaja con la gran nada del señor Collins.

Ellos no tienen ruido.

Ninguno de los dos.

Aquí el único ruido que hay es el mío, y resuena como el cencerro de un ternero herido.

Trato de girar la cabeza en busca del alcalde, pero me duele demasiado el cuello como para moverlo, y solo percibo que estoy sentado bajo el único rayo de sol polvoriento y coloreado, en el centro de una habitación tan grande que apenas distingo las paredes en la lejanía.

Y luego sí que veo una mesita en la oscuridad, pero no está lo bastante cerca para poder discernir lo que hay encima.

Apenas el brillo del metal, centelleando y prometiendo cosas en las que no quiero pensar.

—Todavía piensa en mí como el alcalde —dice la voz, que vuelve a sonar ligera y divertida.

—Ahora hay que llamarlo presidente Prentiss, chico —gruñe el señor Collins—. Harías bien en recordarlo.

—¿Qué le han hecho? —continúo, intentando girarme de nuevo, en todas direcciones, pero el cuello me duele muchísimo—. Si la tocan, yo…

—Llegas a mi ciudad esta misma mañana —me interrumpe el alcalde—, sin ninguna pertenencia, ni siquiera una camisa al hombro, llevando a una muchacha en brazos que ha sufrido un terrible accidente…

Mi ruido aumenta de golpe.

—No fue ningún accidente…

—Un accidente muy grave —continúa el alcalde, y su voz denota aquel primer indicio de impaciencia que percibí cuando nos encontramos en la plaza—. Tan grave que está a las puertas de la muerte, y aquí estás tú, el chico al que hemos dedicado tanto tiempo y tantos esfuerzos en encontrar, el chico que nos ha causado tantos problemas, y que ahora se nos ofrece por voluntad propia, para hacer cualquier cosa que queramos a cambio de que salvemos a la chica y, sin embargo, cuando hacemos precisamente eso…

—¿Está bien? ¿Está a salvo?

El alcalde se detiene y el señor Collins da un paso al frente y me abofetea el rostro. La punzada me recorre lentamente la mejilla y me quedo ahí sentado, jadeando.

Entonces el alcalde entra en el círculo de luz, justo delante de mí.

Sigue vistiendo sus mejores ropas, tan fresco y aseado como de costumbre, como si debajo no hubiera un hombre, sino un témpano de hielo andante y parlante. Hasta el señor Collins luce marcas de sudor y tierra, y arroja el olor que se podría esperar; pero el alcalde no.

Él siempre te hace sentir como una basura que hay que recoger.

Se me pone delante, se inclina para mirarme a los ojos.

Y luego me pregunta, como si fuera por curiosidad.

—¿Cómo se llama, Todd?

Parpadeo, sorprendido.

—¿Qué?

—¿Cómo se llama? —repite.

Seguro que sabe su nombre. Seguro que puede leerlo en mi ruido…

—Ya sabe cómo se llama —respondo.

—Quiero que me lo digas.

Miro al señor Collins, que sigue ahí plantado con los brazos cruzados, y su silencio no esconde las ganas que tiene de aplastarme contra el suelo.

—Una vez más, Todd —continúa el alcalde, sin inmutarse—, y me gustaría mucho que me respondieras. ¿Cómo se llama la chica del otro mundo?

—Si sabe que es del otro mundo —digo yo—, entonces ya debe de saber cómo se llama.

Y ahora el alcalde sonríe. Sonríe de verdad.

Y yo tengo más miedo que nunca.

—Esto no funciona así, Todd. Funciona de la siguiente manera: yo pregunto y tú respondes. Ahora. ¿Cómo se llama?

—¿Dónde está?

—¿Cómo se llama?

—Dígame dónde está y le diré cómo se llama.

Él suspira, como si lo hubiera decepcionado. Hace una simple seña al señor Collins, que da un paso adelante y me da otro puñetazo en el estómago.

—Es una transacción muy sencilla, Todd —sigue el alcalde, cuando las arcadas me acercan a la alfombra—. Lo único que tienes que hacer es decirme lo que quiero saber y todo terminará. Tú eliges. Te lo digo en serio, no tengo ningún deseo de seguir haciéndote daño.

Respiro con dificultad, me doblo hacia delante, y el dolor en el vientre dificulta que el aire entre en mi interior. Noto que mi propio peso tira de las ataduras de las muñecas y noto la sangre en mi cara, pegajosa y seca, y miro con los ojos nublados desde mi pequeña cárcel de luz en medio de la habitación, una habitación sin salidas…

La habitación donde voy a morir…

La habitación…

La habitación donde ella no está.

Y algo dentro de mí decide.

Si esto es el final, algo dentro de mí decide.

Decide no decirlo.

—Ya sabe cómo se llama —digo—. Máteme si quiere, pero ya sabe cómo se llama.

Y el alcalde se me queda mirando.

Pasa el minuto más largo de mi vida mientras él me observa, me interpreta, comprueba que estoy hablando en serio.

Y entonces se dirige a la pequeña mesa de madera.

Intento ver algo, pero su espalda esconde lo que está haciendo. Oigo que trastea con los objetos que hay encima, y un golpe metálico repica contra la madera.

—«Haré lo que usted quiera» —dice, y reconozco mis propias palabras—. «Sálvela, y haré todo lo que usted quiera.»

—No le tengo miedo —contesto, aunque mi ruido diga lo contrario, al pensar en todo lo que podría haber sobre la mesa—. No tengo miedo a morir.

Y me pregunto si lo digo en serio.

Se vuelve hacia mí, con las manos detrás de la espalda, para que no pueda ver lo que ha cogido.

—¿Porque eres un hombre, Todd? ¿Porque un hombre no tiene miedo a morir?

—Sí —digo—. Porque soy un hombre.

—Si no me equivoco, no cumples años hasta dentro de catorce días.

—Es solo un número. —Me cuest

Recibe antes que nadie historias como ésta