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LA RENUNCIA

Edith Wharton  

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Fragmento

I

Kate Clephane despertó, como de costumbre, cuando un rayo del sol de la costa Azul cayó en diagonal sobre su cama. Eso era lo que más le gustaba de la habitación estrecha y deslucida del hotel de tercera categoría, el hotel de Minorque et de l’Univers: que por la ventana se filtrase el sol de la mañana y que además no lo hiciese demasiado temprano.

Los amaneceres se habían acabado para Kate Clephane. Estaban ligados a demasiados placeres perdidos: al regreso a casa de fiestas en las que había bailado hasta caer rendida, o de cenas en las que se había demorado, contando las ganancias obtenidas (era maravilloso en los viejos tiempos la frecuencia con la que había ganado, o sus amigos lo habían hecho por ella, tras apostar un luis solo por diversión, y había terminado con las manos a rebosar de billetes de mil francos); estaban ligados, asimismo, a aquellas subidas por la pendiente a través de la penumbra gris cada vez más clara del jardín, cuando los asaltaba la fragancia de los arbustos y se enredaban en las insidiosas espinas, hasta llegar a lo alto, a la villa encaramada en la roca recalentada y después en la puerta, a la sombra del Laurustinus con olor a miel, aquel beso inesperado (de verdad que sí, inesperado, porque hacía tiempo que lo acordado era ser «solo amigos») y el intento de zafarse del brazo insistente, y la nueva presión sobre sus labios de otros lo bastante jóvenes para conservar la frescura tras una noche de beber y de jugar y de seguir bebiendo. Nunca había permitido que Chris entrase con ella a esas horas, no, ni una sola vez, aunque en aquel momento no estuviese en la casa nadie más que Julie, la cocinera, y Dios sabía que no era por falta de… Pero siempre había tenido su orgullo: y eso era algo que la gente debería tener presente antes de decir ciertas cosas de ella…

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Esos fueron los recuerdos que la luz del sol le trajo a Kate Clephane, tal como suponía que le ocurría a la mayoría de las mujeres de cuarenta y dos años más o menos (¿o de verdad había cumplido los cuarenta y cuatro la semana anterior?). Ahora llevaba cerca de veinte años viviendo casi siempre en compañía de mujeres de su misma clase, y ya no estaba muy convencida de que existiesen otras, es decir, en lo que a mujeres propiamente dichas se refiere. Su universo femenino se dividía en tres categorías: las antiguallas, las hipócritas y las «buenas» como ella. Después de todo, era a esta última a la que prefería pertenecer.

Y no es que no fuese capaz de imaginar otra vida: ojalá hubiese conocido al hombre adecuado en el momento preciso. Recordaba su semana —aquella semana tan corta con sus siete días de hacía solo seis años— cuando ella y Chris fueron juntos a un lugar perdido de Normandía donde no existía ferrocarril en quince kilómetros a la redonda, y había que llegar en el carro del granjero hasta la granja oculta por los manzanos en flor; y Chris y ella salieron todas las mañanas a pasar el día entero fuera, tiempo que él dedicaba a dibujar en las riberas bajo los sauces y al costado de iglesias rurales recubiertas de musgo; y cada día durante siete días ella contempló el despertar de la vida en la granja al pie de sus ventanas, mientras se echaba agua fría a la cara y se peinaba y se retocaba el rostro antes de que él despertase, porque a partir de los treinta la luz del amanecer es inmisericorde. Se acordaba de todo, y de lo segura que se había sentido en aquel momento de que estaba destinada a vivir en una granja y criar gallinas; la misma seguridad que tenía Chris de que estaba destinado a ser pintor y de que ya sería famoso si, después de Harvard, sus padres no lo hubiesen obligado a volver a Baltimore, donde lo metieron a trabajar en el despacho de un agente de bolsa para, en palabras suyas, no tener que pensar más en él.

Sí, aún podía imaginarse ese tipo de vida: conservaba su resplandor en cada fibra del cuerpo. Pero no creía en ella; ahora sabía que «las cosas no sucedían así» durante mucho tiempo, que realidad y duración eran atributos de lo rutinario, lo prosaico y lo aburrido. Y que para escapar de la realidad y lo duradero una se dedicaba a jugar a las cartas, al cotilleo, al coqueteo y a todas las emociones artificiales que la sociedad pone con tanta generosidad al alcance de la gente que quiere olvidar.

Ella y Chris nunca repitieron aquella semana. Él jamás lo propuso e hizo caso omiso de sus insinuaciones o las silenció con una carcajada cada vez que intentaba con alusiones tímidas y vacilantes llevarlo de nuevo a ese terreno; porque hacía tiempo que había descubierto que nunca se le podía preguntar nada abiertamente: lo único que se conseguía, como él mismo reconocía, era irritarlo. Una tenía que maniobrar y esperar, pero, ¿cuándo hizo una mujer otra cosa que no fuese maniobrar y esperar? Desde el momento en que había abandonado a su marido, hacía dieciocho años, ¿qué otra cosa había hecho? A veces, ahora, cuando despertaba sola y sin haber descansado en aquella deprimente habitación de hotel, se estremecía al recordar todo lo que había intrigado, planeado, arrinconado, tolerado y aceptado para, al final, llegar a esto.

En fin…

—¡Aline!

Después de todo, tenía el sol en la ventana, entre los tejados el retazo de mar azul alborotado por el viento, un nuevo día que comenzaba, y el chocolate caliente que llegaba, y un sombrero nuevo que probarse en la sombrerería, y…

—¡Aline!

Había venido a este hotel barato con el único fin de conservar a su doncella. Una no podía permitírselo todo, especialmente desde la guerra, y prefería cenar ternera todas las noches a tener que repasar la ropa o arreglarse el pelo ella misma: aquel pelo abundante y rebelde que asombrosamente había sobrevivido a su juventud y que, a veces, en los momentos más alegres, le hacía sentir que, después de todo, a los ojos de sus amistades, también había sobrevivido otro de sus atributos. Y, además, quedaba mejor que una mujer sola que, después de haber tenido treinta y nueve años durante largo tiempo, de repente había cumplido los cuarenta y cuatro, tuviese tras de sí una criada de aspecto respetable, por ejemplo, para, al llegar a un lugar nuevo, poder decirle al arrogante recepcionista del hotel: «Mi doncella viene detrás con el equipaje».

—¡Aline!

Aline, fea, aseada y enigmática, apareció con la bandeja del desayuno. La precedía un aroma delicioso.

La señora Clephane se apoyó sobre un codo sonrosado, se sacudió el pelo sobre los hombros y preguntó sorprendida:

—¿Violetas?

Aline se permitió una de sus sonrisas secas.

—De parte de un caballero.

El rubor se extendió por el rostro de su señora. ¿Acaso no había tenido el presentimiento de que esa mañana iba a sucederle algo bueno? ¿Acaso no lo había percibido en cada una de las caricias del sol cuando le había hecho abrir los párpados con una leve presión de sus dedos dorados que a continuación se enredaron en su pelo? Pensó que era una supersticiosa. Se rió llena de esperanza.

—¿De un caballero?

—El chico cojo de los periódicos con el que madame fue tan amable —continuó la doncella, colocando la bandeja con aquellos ademanes sobrios y mecánicos que le eran propios.

—¡Pobre muchacho!

La voz de la señora Clephane tenía un temblor que fingió que era ocasionado por el chico cojo, aunque sabía lo imposible que era engañar a Aline. Por supuesto, Aline estaba al corriente de todo, sí, claro, esa era la otra cara de la moneda. Con frecuencia le decía a su señora: «Madame está demasiado sola, madame debería hacer nuevas amistades», y, ¿qué otra cosa podían significar esas palabras sino que Aline sabía que había perdido las antiguas?

Pero como era característico en Kate, un momento después, el temblor de su voz se desvió instintivamente hacia el chico cojo que vendía periódicos; y por eso cuando los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a llorar lo hizo pensando en la imagen llena de patetismo de aquel muchacho, y no en la suya propia. Tenía tendencia a encariñarse excesivamente con la gente a la que había tratado con amabilidad y a emocionarse hasta la exageración ante la más mínima señal de su agradecimiento. Era signo de debilidad, ¿o de fortaleza?, se preguntaba.

—Pobre, pobre muchachito. Pero si su madre se entera, le pegará. Aline, tienes que encontrarlo hoy sin falta y devolverle todo el dinero que debe de haber pagado por las flores.

Cogió las violetas y las apretó contra el rostro. Al hacerlo vio el telegrama que había debajo.

Un telegrama, ¿para ella? Ya no era algo muy frecuente. Pero, después de todo no había razón alguna para no volver a recibirlos, al menos una vez más. No había razón para que hoy, precisamente hoy que el sol la había despertado con tantas promesas, no llegase al fin un mensaje, el mensaje que llevaba dos, no, tres años esperando; sí, exactamente tres años y un mes, con una única frase de él que dijese: «Déjame volver».

Cogió con avidez el telegrama y a continuación volvió el rostro hacia la pared para que así Aline no pudiese ver su expresión mientras lo leía. La doncella, para la que esas insinuaciones nunca pasaban inadvertidas, trasladó de inmediato su atención al tocador, desplegando con habilidad en aquel campo de batalla las relucientes armas con las que cada día se reemprendía la lucha.

A salvo de la mirada de Aline, su ama rasgó el sobre azul y leyó: «Fallecimiento señora Clephane…».

Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. ¿Fallecimiento señora Clephane? ¡Imposible según las noticias de la señora Clephane! Nunca se había sentido más viva que hoy, con el sol dorándole el cabello, el aroma de las violetas rodeándola y aquel viento juguetón del noroeste encrespando el Mediterráneo. ¿Qué significaba aquella broma siniestra?

Tras el susto inicial, siguió leyendo con más calma y lo entendió. La fallecida era la otra señora Clephane: la que en tiempos fuera su suegra. Lo primero que pensó fue: «Y qué, se lo tenía bien ganado», ya que si era tan deseable estar viva en una mañana como aquella, lógicamente debía de ser de lo más ingrato estar muerta, y podía alcanzarse la reconfortante conclusión de que por fin la otra señora Clephane había recibido su merecido, y de qué manera.

Se detuvo un rato en aquellos agradables pensamientos y después empezó a pensar en las principales consecuencias de lo sucedido. «Pero entonces… pero entonces… pero mi pequeña Anne…»

Al murmurar el nombre los ojos se le llenaron de nuevo de lágrimas. Hacía muchos años que había levantado una barricada para proteger el corazón de la presencia de su hija; y, de repente, aquí la tenía de nuevo, adueñándose por completo de él, desplazando todo lo demás, sí, borrando incluso a Chris, como si solo de un fantasma etéreo se tratase y el telegrama en sus manos fuese el anuncio del amanecer. «Pero tal vez ahora ellos me permitan verla», pensó la madre.

Ni siquiera sabía «quiénes» eran ellos, ahora que el temible caudillo, su suegra, había muerto. Imaginaba que serían abogados, jueces, albaceas, tutores: todos los enemigos naturales de la mujer. Frunció el ceño tratando de recordar a quién más habían nombrado tutor de la niña a la muerte del padre: la anciana señora Clephane asumió el poder con tanta contundencia que había anulado por completo a su asociado, y Kate tardó unos minutos en rescatarlo del lejano pasado.

«¡Claro, al pobre Fred Landers, por supuesto!» Y sonrió con el recuerdo. «Si solo dependiese de él, no creo que me impidiese ver a la niña. Además, ¿no es casi mayor de edad? Claro, creo que debe de serlo.»

El telegrama se le cayó de las manos al emplear ahora los dedos en hacer un complicado cálculo de los años que la pequeña Anne debía de tener. Si Chris tenía treinta y tres, como sin duda era el caso, no, treinta y uno, era imposible que tuviese más de treinta y uno, ya que ella, Kate, tenía solo cuarenta y dos… sí, cuarenta y dos… y siempre había reconocido en su fuero interno que había nueve años de diferencia entre ellos, no, once, si ella de verdad tuviese cuarenta y dos; sí, pero ¿los tenía? Dios mío, ¿era cierto que ya tenía cuarenta y cinco? Bueno, entonces, si ella tenía cuarenta y cinco —imaginémoslo por un minuto— y se había casado con John Clephane a los veintiuno, como bien sabía, y la pequeña Anne había nacido dos veranos después, entonces la pequeña Anne debía de tener casi veinte… Claro, casi veinte, ¿a que sí? Pero entonces, ¿cuántos años tenía Chris, según eso? Pues nada, tenía que ser mayor de lo que aparentaba; además, a ella siempre le había dado esa impresión. Aquel aire juvenil, en más de una ocasión lo había pensado, era algo calculado para hacerle imaginar que la diferencia de edad entre ambos era mayor de lo que en realidad era, recurso este que Chris era capaz de utilizar con fines ocultos. Y, por supuesto, ella nunca había sido de esa horrible clase de mujeres conocidas como «asaltacunas»… Pero si Chris tenía treinta y uno, y ella cuarenta y cinco, ¿cuántos años tenía entonces Anne?

Con dedos impacientes empezó la cuenta de nuevo desde el principio.

La voz de la doncella, que parecía llegar desde muy lejos, le recordó respetuosamente que el chocolate se estaba enfriando. La señora Clephane se incorporó, miró por toda la habitación y dijo: «El espejo, por favor». Quería poner fin al problema de las edades. La doncella fue a buscarlo y regresó luciendo en los labios aquella sonrisa suya, ligera y misteriosa.

—Otro telegrama.

¿Otro? Esta vez la señora Clephane se incorporó de golpe. ¿Qué otra cosa podía ser esta vez sino noticias de él, un mensaje al fin? No, se avergonzaba de sí misma por pensar tal cosa en un momento así. Era aquella soledad suya la que le había restado fuerza moral. Y además su hija estaba tan lejos, era tan invisible, tan desconocida, mientras que Chris, de repente, se había vuelto tan próximo y tan real otra vez, a pesar de que ya habían pasado tres largos años y un mes desde que la había dejado. Y a la edad que ella tenía… Abrió el segundo mensaje temblando. Desde el día del Armisticio el corazón no le había vuelto a latir con tanta intensidad.

«Nueva York. Queridísima madre —decía—: quiero que vuelvas a casa inmediatamente. Quiero que vengas y vivas conmigo. Tu hija Anne.»

—Me había pedido el espejo, madame —le recordó Aline pacientemente.

La señora Clephane cogió el espejo que le ofrecían, se miró en él sin que al principio sus ojos distinguiesen nada, pero después, poco a poco, fue reconociendo el reflejo de su mata de pelo radiante e indomable, la sonrisa desconocida que aparecía en sus labios, el primer mechón de canas en las sienes, y las primeras lágrimas —ya no recordaba cuánto tiempo hacía desde la última vez— que se deslizaban por su rostro transfigurado.

—Aline —la doncella la miraba con suma atención—. El colorete, por favor.

De repente, dejó caer el espejo y la borla, hundió el rostro entre las manos y estalló en sollozos.

II

Al salir del hotel una hora más tarde, los pensamientos acudían en tropel a su mente y se convertían en torbellinos como aquellos que el viento formaba sin cesar en las esquinas al arremolinar el polvo dorado por el sol con sus ráfagas intermitentes. En su interior todo era frío, pero también cálido, y se batía y dispersaba como hacían los elementos en aquel día de aire danzarín; incluso las aceras de aquellas calles tan familiares y los ángulos de los edificios parecían girar con el resto, como si hasta las materias más pesadas se hubiesen vuelto ingrávidas de súbito.

«Seguramente —pensó—, algo parecido a esto les sucederá a las lápidas el día del Juicio Final.»

Para asegurarse de dónde se encontraba tuvo que coger una de las calles blancas que conducían al mar y fijar la vista en aquel retazo de azul visible entre las casas, como si fuera el único lastre para su cerebro, lo único sólido a su alrededor. «Me alegro de que sea uno de esos días de mar denso», pensó. Aquella inmensidad reluciente, allanada por el fuerte viento y solidificada por la luz, se alzó para recibirla al irse aproximando, con la acera levantándola y llevándola en volandas, igual que si tuviera alas, hasta depositarla en la luz cegadora de la Explanada, donde las copas de las palmeras forcejeaban y flotaban en el viento como criaturas marinas de largas aletas encadenadas a aquella pared azul que se elevaba hasta la mitad del cielo.

Se sentó en un banco, asiéndose a los lados como si se encontrase a merced del viento en la cubierta de un barco, y continuó con la vista anclada en el Mediterráneo. Para ordenar sus pensamientos trató de imaginar que nada había sucedido, que no había recibido ninguno de aquellos dos telegramas, y que estaba preparándose para llevar la vida de siempre, tal como la tenía organizada en la diminuta agenda que llevaba en el bolso. Ahora tenía su «círculo» en aquella gran ciudad de la costa Azul en la que se había refugiado en 1916, a raíz de la ruptura definitiva con Chris, y en la que tras dos años de labores de guerra y después de recibir la medalla de la Reconnaissance Française, podía llevar la cabeza bien alta, e incluso mostrarse un poco condescendiente con ciertos recién llegados.

Sacó la agenda mientras sonreía ante aquel juego infantil de «fingir». A las once, probarse un sombrero; a las once y media, un vestido; de ahí a las dos, nada; a las dos, paseo lento y solemne con la pobre señora Minity en su carruaje (la última victoria de uso privado que sobrevivía en la ciudad); té y partida de bridge en casa de la condesa Lanska de cuatro a seis; visita breve a la rectoría de la iglesia americana, donde se celebraba la reunión de la Liga de Mujeres para organizar la feria en beneficio de las Regiones Devastadas; por último, cena en pequeño grupo en el casino con Horace Betterley y señora y unos cuantos conocidos más. Sí, un día bastante mejor de lo habitual. Y ahora, bueno, ahora podía desbaratarlo todo si le venía en gana; mandarlo todo al diablo (¡excepto el vestido y el sombrero nuevos!): el tedioso paseo con la aburrida y condescendiente anciana; el bridge, que le estaba costando más de la cuenta, con aquel grupo cosmopolita de tercera categoría de Laura Lanska; el largo debate en la rectoría sobre si sería «apropiado» pedirle a la señora Schlachtberger que se encargase de uno de los puestos de la feria a pesar de su desafortunado apellido alemán, y la cena en grupo con los Batterley y sus amigos tan aburridos y ruidosos, que querían «ver la vida» y no sabían que la vida no se ve si antes no se tiene la inteligencia necesaria para imaginársela… Sí, ahora podía cancelarlo todo, y nunca, nunca más volver a ver a ninguno de ellos…

«Mi hija… mi hija Anne… Ah, ¿no conoce a mi hija? Cómo ha cambiado, ¿verdad? Crecer es la forma que los hijos tienen de… Sí, a una pobre madre le envejece seguir el ritmo de una joven gigante como esta… Sí, ya me están saliendo canas, mire, aquí en las sienes. ¿Fred Landers? ¿Eres tú de verdad? ¡Querido Fred! No, por supuesto que nunca te he olvidado… ¿Que me habrías reconocido en cualquier parte? ¿De verdad? Tonterías. Mira mis canas. Pero los hombres sí que no cambian, ¡qué suerte tienen! Vaya, recuerdo hasta el anillo egipcio que llevabas, aquel sello… Mi hija… mi hija Anne, permítame que le presente a esta niña mía tan grande… a mi pequeña Anne…»

Resultaba curioso: por primera vez se dio cuenta de que, al recordar los años que llevaba separada de Anne, rara vez, ahora, llegaba más allá del episodio con Chris. Y, sin embargo, había sido mucho antes —hacía dieciocho años— cuando había «perdido» a Anne: «perdido» era el eufemismo que se había inventado (igual que la gente hacía con las Furias cuando les llamaban las Euménides),* porque una madre es incapaz de reconocer, ni en lo más recóndito de su ser, que ha abandonado a su hija voluntariamente. Y eso es lo que ella había hecho; y ahora sus pensamientos, temerosos y cobardes, se veían obligados a volver sobre aquel hecho. Había abandonado a Anne cuando Anne era una niñita de tres años; la había dejado sintiendo un dolor horrible, un desgarro en sus fibras más íntimas, pero, al mismo tiempo, con una sensación de alivio indescriptible, porque hacerlo era escapar de la opresión de su vida matrimonial, de la densa atmósfera de satisfacción personal y total indiferencia que emanaba de John Clephane como emana el gas de una caldera con fugas. Y así lo había descrito ella en aquel momento y así, al examinar su alma en profundidad, todavía tenía que seguir describiéndolo. «No podía respirar» era lo único que podía alegar en defensa propia. Y se lo había dicho por primera vez —qué se le va a hacer— a Hylton Davies, con el resultado de que dos meses después estaba en su yate, rumbo a las Antillas… Pero ni siquiera allí pudo respirar mejor, no más allá de una o dos semanas. Era otra clase de asfixia, nada más.

Un año más tarde le escribió una carta a su marido. No obtuvo respuesta y volvió a escribirle. «Pase lo que pase, déjame ver a Anne… No puedo vivir sin Anne… Me iré a vivir con ella donde tú decidas…» Tampoco hubo respuesta esta vez… Escribió a su suegra, pero el abogado de la señora Clephane le devolvió la carta sin abrir. Llevada por la locura escribió a la niñera de la niña, y le respondió el mismo bufete de abogados, rogándole que dejase de molestar a la familia de su marido. Y eso fue lo que hizo.

De todo aquello ahora solo recordaba la separación de Anne y los esfuerzos vanos que a continuación había hecho por recuperarla. Del autor de su liberación, de Hylton Davies, recordar, lo que es recordar en todo el sentido de la palabra, no recordaba nada. Él, y aquella elegancia suya, y su ropa marinera, y el enorme yate resplandeciente, los cocoteros, y en general aquel telón de fondo con bebidas refrescantes y lujo tropical, resultaba tan irreal como un personaje de novela: el héroe (o villano) pintado a todo color en la cubierta. Allá en lo más íntimo de su ser, Hylton se había difuminado hasta formar parte de una especie de lejana perspectiva pictórica, en la que una mujer con el mismo nombre que ella aparecía a su lado, con vestidos de muselina y parasoles blancos, tan irreal, a su vez, como una dama dibujada también en la cubierta de un libro. Asimismo, se habían vuelto borrosos los años siguientes: años solitarios y monótonos en San Juan de Luz, en Bordighera, en Dinard, en los que solía instalarse en cualquier lugar con tal de que contase con precios asequibles, una biblioteca circulante, un clima suave y unas cuantas parejas tranquilas que jugasen al bridge y con las que se entraba en contacto gracias al doctor o al clérigo. Enseguida se cansaba y de nuevo partía sin rumbo fijo. En una ocasión regresó a Estados Unidos, en la época de la muerte de su madre… Era pleno verano, y Anne, que entonces tenía diez años, se encontraba en Canadá en compañía de su padre y de su abuela. Kate Clephane, que no era neoyorquina y a la que solo le quedaban dos o tres parientes ancianos, que desaprobaban su conducta, en la pequeña ciudad sureña de sus orígenes, se enfrentó sola a las defensas organizadas a conciencia por un vasto clan de Nueva York, y se dio cuenta de su impotencia. Pero, llevada por la locura, soñó con un rápido viaje a Canadá y un rapto, planes estos que requerían dinero, amigos, apoyo y todo el poder del que carecía, y que exigían una serie de estratagemas de las que era incapaz. Abandonó la idea en favor de una visita nocturna (inspirada en Anna Karenina) a la habitación de la niña pero, ya de camino a Quebec, se enteró de que la familia se había ido en un coche privado a las montañas Rocosas. Dio media vuelta y tomó el primer vapor rumbo a Francia.

Todo aquello se había convertido en una nebulosa para ella a partir del momento en que conoció a Chris. Por primera vez, tras conocerlo, los pulmones de su alma parecieron henchirse de aire. La vida para ella, incluso ahora, comenzaba a partir de aquella fecha; a pesar de la forma en que la había herido, pese a haberle infligido el dolor más amargo que jamás había sentido, le había dado mucho más de lo que podía quitarle. A los treinta y nueve años había nacido su verdadero ser; sin Chris nunca habría tenido un ser propio… Pero ¡a qué precio! Todos los años anteriores de reclusión y penitencia borrados de un plumazo, mancillados, envilecidos por insensateces en las que le resultaba insoportable pensar, rodeada de gentes a las que su espíritu rehuía. ¡Pobre Chris! No es que fuese lo que se dice «vicioso», pero nunca estaba contento si no sentía lo que él consideraba emociones; no cesaba de repetirle que un artista necesitaba sentir emociones. A Kate le resultaba difícil reconciliar lo que para él era un estímulo con todos sus demás gustos e ideas, con aquel ingenio chispeante e inteligente que la rodeaba de un aire desconocido que nunca antes había respirado. ¡Ser capaz de aquellos juegos mentales, de aquellas fantasías, y, a la vez, tener necesidad de las apuestas, de los casinos, de la compañía bulliciosa, de todos aquellos pasatiempos inventados para que mate el tiempo la gente letárgica y sin imaginación! Chris afirmaba que veía cosas en ese tipo de vida que ella era incapaz de ver, pero ya que también veía (y Kate sabía que así era) lo que se ocultaba en la naturaleza, la poesía y la pintura, en los crepúsculos y lunas que habían compartido en aquellos primeros días largos y soñadores, lejos de las orquestas de jazz y las mesas de bacará, ¿por qué no era aquello suficiente?, ¿cómo podían aquellas otras cosas estúpidas provocar la misma emoción en él? Ese había sido el peor de los tormentos, la punzada más aguda de dolor en todo aquel suplicio: no haberlo entendido nunca; y que ahora, cuando pensaba en él, lo hiciese a través de aquella nebulosa de ruido y luces y descorche de botellas y orquestas estridentes y tuviese que volver a tientas hasta aquel efímero Chris de los primeros tiempos que la había amado y la había hecho despertar.

A las once en punto, sin saber cómo, se encontró en la sombrerería. Otras mujeres, envidiosas o indecisas, ya aplastaban sus rostros contra el escaparate. «Esas plumas de ave del paraíso… ¡qué precio tienen hoy en día!» Pero ella entró, tranquila y confiada, y solicitó alegremente probarse el sombrero nuevo. Debía de estar sonriente, ya que la dependienta la recibió con una sonrisa.

—¡Qué tez la suya, señora! No me extraña que no tenga miedo del viento.

Pero cuando la dependienta le trajo el sombrero, pese a ser una copia de otro que se había probado con anterioridad, a la señora Clephane ahora le pareció absurdamente juvenil, ridículo incluso. ¿Era posible que todo este tiempo hubiese estado vistiéndose como una adolescente?

—Olvida usted que tengo una hija ya crecida, madame Berthe.

—Allons, madame plaisante!

Se puso en pie con dignidad.

—Una hija de veintiún años; la próxima semana me reúno con ella en Nueva York. ¿Qué pensaría de mí si apareciese con un sombrero más juvenil que el suyo? Enséñeme algo más oscuro, por favor; sí, ese de las hojas otoñales. Mire, me están saliendo canas en las sienes. No trate de hacer que parezca una joven moderna. ¿Qué precio tiene ese de zorro plateado de allí? Creo que la piel gris hace juego con las canas.

Al final se marchó, ofendida por la negativa de la sombrerera a tomarse en serio sus canas, y pensó, estremeciéndose con el recuerdo, que su forma de vestir y su actitud debían de haber dejado impresa de forma indeleble en la mente de aquella gente la idea de que era una de esas tontas vanidosas que imaginaban tener el mismo aspecto que sus hijas.

En la modista, la escena se repitió. El elegante vestido que le tenían preparado, con un pañuelo naranja en el que había bordada un ancla asomando por el bolsillo, literalmente la hizo ruborizar; y pensando que ahora el dinero carecía de importancia (hasta ese momento el dinero ni se le había pasado por la mente) convenció a la modista para que retirase aquel atuendo tan poco apropiado y, en su lugar, encargó algo sobrio pero estudiado, y muchísimo más caro. El hecho de que hasta la preocupación por el dinero se hubiese desvanecido parecía formar parte de aquel estado irreal de éxtasis general.

¿Dónde iría a comer? Se inclinó a favor de un restaurante tranquilo en una calle apartada; pero, de inmediato, la vieja costumbre de ir en pos de las multitudes, la necesidad de estar codo a codo con un grupo de gente desconocida, hizo que por automatismo se encaminara en dirección al casino, donde se sentó, en medio del estruendo de los instrumentos de metal y a plena luz del sol, en la única mesa que quedaba. Después de todo, como a menudo le había oído decir a Chris, uno podía sentirse más solo entre la multitud… Pero, poco a poco, se dio cuenta de que lo último que quería era sentirse sola. Nunca, o al menos ya hacía años, había sido capaz de soportar la soledad durante mucho tiempo; la multitud, antes consuelo y escape, se había hecho costumbre, y quedarse frente a frente con sus pensamientos era como enfrentarse a un desconocido. Sintió angustia y embarazo, intentó entablar conversación consigo misma, pero las silenciosas palabras se esfumaron sin que llegase a pronunciarlas e intentó distraerse contemplando los rostros desconocidos a su alrededor.

Eran tantos que se sintió agobiada: le hizo sentirse pequeña e insignificante el hecho de que, en medio de todo aquel estruendo vulgar y festivo, no hubiese nadie que estuviese al tanto de aquello tan asombroso que le había sucedido, nadie que supiese que su única hija la estaba esperando en una enorme casa de Nueva York, una casa cuyo umbral volvería a cruzar dentro de pocos días —sí, cierto, en tan solo unos días—, con la tranquilidad de una dueña largo tiempo ausente, una dueña que regresa de un viaje infinito, pero que encuentra de lo más natural y familiar volver a dirigir sus sonrisas a las viejas amistades desde la cabecera de su mesa.

Un ansia incontenible de estar con alguien a quien poder contarle sus novedades hizo que, después de todo, se decidiese a vivir el día tal como lo había planeado. Antes de abandonar el hotel había anunciado su partida a una atónita Aline (era agradable, por una vez, dejar atónita a Aline) y la había despachado a la estafeta de correos con un cable para Nueva York y un telegrama para la oficina de una compañía naviera de París. El cable decía simplemente: «Voy, cariño». Eran las palabras con las que solía responder a las llamadas de la pequeña Anne desde el cuarto de los niños: a aquel reiterado «¡Mamá! ¡Mamá! ¡Quiero que venga mi mamá!» que no había cesado de resonar en sus oídos durante innumerables noches de insomnio. Aquella frase le había venido a la mente en el momento de sentarse a redactar el cable, y desde entonces no había dejado de repetirla con un murmullo. Le habría gustado citarle esas palabras a la señora Minity, a cuya puerta ahora se aproximaba; pero a aquella anciana señora, que era sorda y estaba siempre ensimismada, y que consideraba que era un privilegio para cualquiera ir de paseo con ella en el carruaje, ¿cómo iba a ser capaz de hacerle entender por qué la llamada de la pequeña Anne había resonado en el vacío durante tanto tiempo? No, no podía hablar de aquello con nadie; tenía que mantener su vieja actitud de «tomarse las cosas como son», actitud con la que había logrado salir airosa de tantas situaciones resbaladizas.

A la señora Minity no le preocupaba otra cosa que su calientapiés. Dedicó el primer cuarto de hora a contarle a la señora Clephane que la esposa del vicario, a la que había sacado de paseo el día anterior, se adueñó de tal objeto sin tan siquiera pedírselo y no sacó sus enormes pies del mismo hasta que la señora Minity hizo detener el carruaje y con voz enérgica le preguntó al cochero por qué el calientapiés no estaba donde siempre. Ante lo cual, ¿qué le parece?, la señora Merriman no dijo más que: «Si lo tengo yo, gracias, querida señora Minity. ¡Es tan reconfortante en estos días de viento!». «Aunque yo no me explico cómo una mujer que no posee carruaje y tiene que patear las calles a todas horas puede tener los pies fríos; de hecho, no me lo creo del todo cuando lo dice», apostilló la señora Minity, con el tono de alguien para quien padecer de una circulación defectuosa es prerrogativa establecida de los propietarios de carruajes. «Observo que usted, en cambio, jamás se queja de tener frío», añadió con aprobación, relegando a Kate, en su condición de peatón forzoso, a la misma categoría que la señora Merriman, pero reconociendo en ella un saber estar muy superior. «Siempre me complace —añadió—, sacarla de paseo los días de viento, porque enfrentarse a pie al mistral debe de ser de lo más agotador, y en el carruaje, sin embargo, es tan fácil alcanzar un lugar a cobijo del viento.»

La señora Minity todavía estaba convencida de que desplazarse en la victoria de alquiler, tras aquel par de caballos soñolientos, era una de las formas más rápidas de transporte que la ciencia moderna había creado. Hablaba como si su carruaje fuese un aeroplano, y ponía tanto cuidado en evitar las calles estrechas, y en esperar en la esquina cuando pasaba a recoger a las amistades que vivían en ellas, como si de elegir un lugar seguro se tratase.

La señora Minity había llegado a la costa Azul treinta años atrás, después de un ataque de bronquitis, y, al descubrir que el clima era más suave y la vida más fácil que en Brooklyn, jamás regresó a su país. La señora Clephane nunca supo cuáles eran las raíces que con el traslado había arrancado, ya que de inmediato todo aquello que la rodeaba adquirió unas dimensiones tan colosales que otros hechos más remotos, incluso los que directamente le concernían, se difuminaron enseguida hasta desvanecerse por completo. Solo muy ...