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LA SANGRE NO ES AGUA

Boris Quercia  

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Fragmento

1

No sé qué hago aquí, otra vez frente a esta puerta como cuando era chico y volvía de la escuela. A esta hora debería estar en el departamento esperando que Marina llegue de su turno de noche: hacerle un desayuno con café y huevos revueltos y decirle que la quiero, que me perdone. Pero ya es tarde para dar media vuelta; mi mamá me vio por la ventana y abrió la puerta de par en par sin importarle que entrara el chiflón del frío de la mañana. Mejor así. A ver si se limpia un poco el aire rancio de la casa.

Se ve que está nerviosa esperándome.

No me decido a entrar. Hago tiempo, limpio los zapatos en el felpudo mientras le doy la última calada al pucho y lo tiro entre las plantas del antejardín que antes era bonito, pero ahora está lleno de malezas y abandonado. Como todo. Como mi mamá con sus ojeras profundas y su cara deslavada.

Por fin me decido y entro. Qué le voy a hacer, de esta ya no me escapo.

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Mi mamá se termina de abrochar el abrigo, se pone unos guantes de lana, se cuelga la cartera y le da una última mirada al Caballero mientras se dirige a la puerta.

—No fume en el living, por favor —me dice. Y sale sin cerrar, sin mirarme nunca, sin despedirse. Lo hace todo de memoria, como esa gente que escribe en el computador sin ver las teclas.

Yo la entiendo. Hace rato que está mal.

Cierro la puerta y me quedo parado en el living frente a don Armando, el Caballero. La máquina de oxígeno hace un ronroneo y tira un «bip» pausadamente. Él me observa con ojos huecos, sin sentimientos. Entreabre los labios y me deja ver sus dientes cafés, yo tomo el gesto como un saludo, pero no me da para responderle. Desde hace un par de días que no lo afeitan y la barba rala y blanca lo hace ver aún más decrépito. Una manguera plástica le sale por la nariz y, por allí, lo alimentan con una jeringa. Hay un olor raro a enfermo que el aire de la calle no se pudo llevar, pero la colonia inglesa que le echan a don Armando lo disfraza todo.

Me siento en el sillón que está al lado del catre clínico a leer el diario que me regalaron en el metro. Como la casa es chica, tuvieron que armar la clínica improvisada aquí en el living. Claro, mi mamá pensó que el Caballero iba a durar un par de meses vivo, pero ya va para los dos años y aguanta, aguanta. Cada vez peor, pero aguanta. Seguramente tiene miedo de lo que le espera al otro lado y por eso no quiere irse. Mientras tanto, le chupa la vida a todos los que tiene alrededor.

Hoy la enfermera de turno tuvo problemas y mi mamá tuvo que salir a hacer un trámite a la notaría: acaba de vender uno de los últimos locales que le quedaba en la galería Imperio y tiene que firmar las escrituras, por eso me pidió que viniera un par de horas a quedarme con el Caballero.

—Y qué tanto, déjalo solo —le dije por teléfono. Ella se quedó callada y sentí que hasta lo pensó, pero al ratito me dijo, como avergonzada:

—No puedo, imagínate le pasa algo.

«¿Qué le podría pasar?», pensé. A lo más se muere, lo que sería mejor para todos.

Con el Caballero nunca nos llevamos bien y creo que mi mamá tampoco llegó a quererlo mucho, ni siquiera cuando era el rey de los locales en las galerías. Tenía plata y no pasaban pellejerías, pero siempre fue mezquino. Nunca un viaje al extranjero, nunca un restaurante caro; unas pilchas de ropa para navidad, vacaciones en El Quisco los quince primeros días de febrero y sería. Incluso se negó a comprar un lugar más grande, por lo que siempre vivieron en la casita de mi mamá. Claro, nunca imaginó que iba a terminar pudriéndose en el living sobre un catre clínico arrendado, porque cuando uno está sano y tiene plata cree que las cosas van a ser así para siempre.

Estoy seguro de que a mi mamá se le pasó por la cabeza, sin ninguna maldad, que muriéndose el Caballero ella se iba a quedar con los locales del centro. Pero en estos dos años se han ido vendiendo todos para mantener vivo al pedazo de pellejo y estoy seguro de que va a terminar llevándose a la tumba hasta el último peso.

Siento por el rabillo del ojo cómo el Caballero gira lentamente la cabeza para mirarme. No quiero encontrarme con su mirada así que me sumerjo en el diario: «Niña de trece años mata a su abuela con un martillo», dice el encabezado de la página y en la foto se ven dos Mitsubishi Montero de la PDI afuera de un ranchito humilde. Me imagino a mis colegas levantando con pinzas los pedazos de cuero cabelludo esparcidos por la pieza, mientras en el hospital psiquiátrico una enfermera le lava a la niña la sangre que le salpicó en la cara.

Cerca de tres minutos se demoró el Caballero en girar la cabeza y otros tantos más en hacer foco en mí.

Levanto la vista del diario y lo miro. Nos miramos. A mí ya no me da ni lástima, me importa un comino lo que le pase. Me importa menos que a la enfermera que lo viene a cuidar en un rato. Por lo menos para ella es trabajo, en cambio yo estoy aquí perdiendo el tiempo gratis.

Ahora balbucea. Me quiere decir algo. Acerco un poco la cabeza, él se esfuerza. Espero que no me pida que le cambie los pañales o que le meta agua por la sonda. En qué estaba yo cuando le dije que sí a mi vieja. Solo lo hice porque sé lo mal que la tiene todo esto. Pobre mi vieja.

Él insiste en decirme algo pero no le entiendo. Me acerco más, aguantando la respiración para evitar el tufo agrio que le siento a dos metros. Escucho sus murmullos y trato de descifrar el idioma raro en que quedó hablando luego del infarto cerebral.

Parece que dice «sálvame» o «cárgame», y si me pongo paranoico en realidad está diciendo «mátame».

Me vuelvo a sentar, es imposible comprender sus palabras. Él me sigue mirando con ojos desorbitados mientras se lleva un dedo a la garganta y se lo pasa por la manzana de Adán una y otra vez. ¿Estará pidiéndome que lo degüelle?

—¿Se siente bien, don Armando? —lo interrogo, y noto de inmediato que la pregunta es tonta.

Él cierra los ojos como si el esfuerzo por tratar de comunicarse lo hubiese agotado. Después se queda quieto. Yo ni respiro. Ni él ni yo. Por un segundo pienso que está muerto, pero vuelve a abrir los ojos con esa misma mirada de desesperado. Entonces se me ocurre pensar por primera vez que el Caballero está vivo más por castigo que por voluntad. ¿Quién elige vivir así? Quizá lo único que quiere es morirse y este estado es como una tortura para él.

Se le empieza a formar un enorme lagrimón en un ojo, una especie de confirmación de que tengo razón. Ahora se lleva el dedo a la oreja y la golpea una y otra vez. Yo vuelvo a acercarme conteniendo la respiración y él me vuelve a hablar en su idioma moribundo.

¿De verdad me está pidiendo que lo mate?

Lo quedo mirando. Por un rato me imagino que estoy viendo esta situación a través de una de esas cámaras de seguridad: yo de pie frente a la cama, él indefenso, los dos solos. Siento lo fácil que es todo. Me veo a mí mismo sacando la almohada de debajo de su cabeza y presionándola sobre su rostro. Luego el cuerpo inmóvil, yo sentándome de nuevo a leer el diario. No se trata de matar a nadie, pienso. Es casi un acto de caridad. Para él, para mi mamá. ¿Es necesario sufrir hasta el último momento que respiramos? ¿Es necesario hacer sufrir a los demás?

Me animo y, como si estuviera ofreciéndole un cigarro, le pregunto con calma:

—¿Quiere morirse de una vez?

Él vuelve a cerrar los ojos, cada vez más intranquilo. Comienza a mover las manos como aleteando y se le sale la manguerita del suero.

—Tranquilo, don Armando. —Ahora sí que estoy en problemas. Tomo la manguerita y trato de ponerla en el catéter que tiene pegado al brazo con cinta adhesiva. Su bracito es puro pellejo, le siento el hueso detrás del cuero delgado. No puedo enchufarle la manguera porque sigue aleteando y repitiendo en su jerigonza la misma palabra. Entonces la suelto, dejo que gotee sobre el suelo. Lo miro. Él se da cuenta de lo que estoy pensando, porque se va quedando quieto y fija su mirada como aceptando su suerte.

Cuando uno está así de cagado hay países en los que puedes decir que te quieres morir y te ayudan. Aquí no, porque aquí la muerte es un negocio y rinde más un moribundo que un muerto. Aunque igual al muerto le siguen sacando provecho. Le arriendan un pedacito de tierra por el que no le cobran tanto, pero el muerto es arrendatario seguro: no se va a mover de ahí por varios siglos. Y ahora que el señor Papa prohibió guardar las cenizas en la casa o lanzarlas en cualquier parte, hay que arrendar unos nichos de esos que tienen en los cementerios para poner ahí las cenizas del pobre carajo, que ni siquiera sabemos si son de él porque en esos hornos queman a miles de personas.

Estoy pensando en el ahorro de plata que va a significar para mi mamá que se muera el Caballero, pero también en el alivio que va a ser para ella. Hasta en él pienso un poco; el horror de estar postrado llenándote de carcachas, cagándote en los pañales y comiendo por una manguera.

Él continúa mirándome fijo, yo diría que está un poco asustado. Cómo no. El cadáver siempre quiere vivir, no importa en qué condiciones. Por eso necesita a alguien que lo ayude en estos momentos, no es fácil morirse solo.

Lo primero que hago es apagar el botoncito de la máquina de oxígeno. Da tres bip que me suenan a final de video juego. Él me mira con ese gesto entregado que hacen los niños cuando los están peinando. Viejo de mierda. Toda su vida fue agrandado, mandón, prepotente y ahora de la nada se vuelve un niño incapaz de hacer daño. Esos ojitos como de huérfano asustado me hacen dudar. ¿Y si dejo que se siga pudriendo lentamente? Qué tanto. Por otro lado tampoco se puede decir que estoy matando a alguien, solo estoy apurando un poco el paso, cambiando la hora de la sentencia. No va a ser el próximo mes, ni a final de año, va a ser ahora. Son las diez y cuarto. Es la hora, me digo, y sentir que estoy predestinado a hacer esto me da ánimo y me calma.

Con mi mano derecha tomo su nuca y siento sus pelos de guagua medios transpirados y pegados al cráneo. Su cabeza no pesa nada, la levanto con suavidad y saco la almohada. Otro tremendo lagrimón se le asoma por el mismo ojo. (Solo llora por un ojo.) Vuelvo a dejar su cabeza sobre el colchón y tomo la almohada con las dos manos. Él comienza a quejarse para adentro, como si al tratar de respirar se le cerrara la garganta. Quizá solo tengo que esperar que se ahogue solo. Tal vez sin la máquina de oxígeno no puede vivir. Me quedo ahí esperando, el Caballero gime con cada bocanada de aire que toma y verlo morir así de lento es peor que matarlo. Tengo que apurar el paso.

—Es lo mejor para todos —le digo. No sé si para que me perdone o para perdonarme yo mismo.

¿Cómo llegué a este punto? No sé, pero siento que aunque vuelva atrás, aunque prenda la máquina de nuevo, ya lo maté.

—No tenga miedo —digo en voz alta.

¿A él? ¿A mí? Es como si un enanito perverso estuviera manejando una máquina desde la cabina de mi cerebro y controlara mi cuerpo.

—Es lo mejor para todos —repito, y me doy cuenta de que tengo razón. Lo mejor para todos es que él se muera y eso no tiene nada de malo. Alguien tiene que hacerlo porque la misma muerte se olvidó. Solo quedo yo.

Le pongo la almohada sobre la cara y me alivia un poco no seguir viendo esos ojitos de niño. Me convenzo de que lo que viene es más simple. Apoyo mi cuerpo y siento bajo la espuma la forma de su nariz, su boca que se abre. Empujo un poco más fuerte, la almohada ocupa todo el espacio de su cara y se pega a sus poros haciendo que el aire se espese, falte. Comienza a moverse y agarra mi chaqueta con la mano que le queda libre a mi costado. Yo sigo apretando. Me tira de la chaqueta hacia abajo. A mí me empieza a latir fuerte el corazón.

Ahora pienso que tendría que haberlo dormido con algo antes. Como siempre, pienso tarde. Él se agarra del bolsillo de la chaqueta y tironea. ¿De dónde saca tanta fuerza? Que la pelee me hace mal, me siento cada vez más desgraciado, pero no aflojo. Quiero que termine rápido, ya no aguanto. Él me raja el bolsillo de la chaqueta, yo me cargo sobre su cara; siento que el corazón se me sale por la boca, la sangre me golpetea la sien, se me hinchan todas las venas y tengo unas ganas terribles de mearme ahí mismo, hasta que por fin se va quedando quieto el Caballero. Un estertor y luego nada. Quieto. Levanto de a poco la almohada hasta encontrarme con su cara, que ya no es un rostro de niño. Tiene una mueca enojada, la mandíbula abierta hacia un lado, el ceño fruncido, un ojo medio cerrado y el otro clavado en mí como si me estuviera mirando desde el más allá.

Tengo que agarrar su quijada y tratar de encajarla, porque con la fuerza lo descarretillé. Se la cierro como puedo pero igual le queda un gesto amargo. Bajo sus párpados que ahora parecen de plástico, vuelvo a poner la almohada en su lugar y me siento junto a la cama. Estoy sudado entero. Tengo el cuello agarrotado. Me llega un mensaje al celular, es mi mamá. Me dice que tiene para rato en la notaría y pregunta cómo está Armando.

2

—Mi sentido pésame —me dice el jefe.

—No era nada mío —le digo yo.

—Era su padrastro, ¿no?

Claro, tiene razón. Si nos ponemos rigurosos, despaché a mi padrastro.

Nunca es lindo mandar a alguien a la tumba, aunque lo hagas para salvar tu propio pellejo respondiendo a los balazos en medio de un operativo. Más de una vez volé cabezas sin saber hacia dónde apuntaba. No te acostumbras. Yo no me acostumbro. Cuando ves un cadáver arrojado en el piso con las piernas para un lado y los brazos para el otro, como si fuera un trapo viejo estrujado, la sensación de saber que un tiro tuyo le voló los sesos no es linda.

—¿Qué le pasó? —me pregunta el jefe mirando el bolsillo descosido de la chaqueta. Yo me pongo paranoico. Mal que mal somos todos detectives, tenemos el ojo entrenado para buscarle la quinta pata al gato. «En los detalles está el diablo», decía mi abuelo. Por suerte tengo esta cara de palo que es como una barrera entre lo que siento y el mundo; por dentro puedo estar que exploto y por fuera tener cara de yeso, como de estatua. Ayer mismo Marina dijo que se me atrofió la cara. Antes me había dicho que ya no me quería y a mí se me quebró por dentro toda la cristalería, los platos, las copas de champagne, todo lo que tenía guardado se me vino abajo, pero por fuera no se notaba nada porque ella me miraba cada vez con más odio y me gritaba que era un indolente, que nunca la había querido. Entonces le respondí que eso no era cierto, que estaba triste, y ahí fue cuando ella me dijo «A ti se te atrofió la cara».

—Me enganché en una puerta cuando sacamos el cajón —le mentí. No me preguntó más, pero quedé paranoico. Aproveché la tarde y antes del operativo pasé a comprar un ambo nuevo. El otro lo metí en una bolsa y lo tiré a la basura. Me sentí un poco mejor, la ropa nueva a uno siempre lo hace sentir un poco mejor. Y tirar las cosas también. Tirarlas a ese hoyo sin fondo que es el basurero donde todo cabe: vidrios, comida, mierda, papeles, plásticos, gente cortada en trocitos, lo que sea. Uno tira las cosas al tacho grande de la basura y se las llevan lejos y desaparecen, ya no están más en nuestras vidas y quedamos livianos como un cuaderno en blanco listo para ser llenado otra vez, y vuelta a empezar.

Salgo de la tienda justo para unirme al operativo. Voy por Bandera, cruzo Compañía, y me comunico con García y los otros colegas con un audífono que llevo disimuladamente en la oreja. Camino entre los colombianos, los haitianos, los peruanos, los venezolanos. Por ahí distingo a uno que otro compatriota por el acento y confirmo que de a poco los recién llegados se han ido tomando las calles que los chilenos habían desechado.

Uno se olvida, pero años atrás, el único negro que se veía en Chile era el que aparecía en ese aviso comercial de papel higiénico en el que sonreía a la cámara con el rollo en la mano y decía: «Blanco, el color que mais me gusta». Ahora, en cambio, toda esta parte del centro es mulata y las tristes galerías comerciales en las que no entraba nadie son puro bullicio inmigrante.

—Polerón naranjo, zapatillas Nike, el otro casaca de tevinil café —anuncia García por el audífono. Me describe a un par de negros—. Rosas con Bandera, justo en la esquina —continúa, pero no es necesario porque ya los vi de lejos.

Los dos hombres fuman inquietos, mirando a todos lados. Yo me hago el gil. Me acerco a un kiosco a comprar cigarros y llevo mi mano al audífono para escuchar mejor lo que dice mi colega.

—Tú quieto ahí, Quiñones, nosotros vamos por ellos.

Quiere dejarme fuera del juego. Yo sé que no lo dice con mala intención, pero aunque estoy acostumbrado sus palabras no me suenan bien. Qué se le va a hacer. Soy la manzana podrida, el ejemplo del tira perdido que le dan a los recién llegados y nadie me quiere muy cerca. «Si sigues así vas a terminar como Quiñones», le escuché decir una vez a un colega cuando retaba a uno de los nuevos. Soy leyenda. Me creen capaz de cualquier cosa y, como en las leyendas, todo es mentira. A mí lo que me ha pasado me ha pasado y cualquiera en mi lugar hubiese hecho lo que yo hice, no soy más malo ni más bueno que los otros tiras. Quizá soy más solo, eso sí.

Prendo un pucho, que es el amigo más cercano que me va quedando, y vigilo de reojo al par de negros. Son dos colombianos, les seguimos la pista desde Antofagasta. Traen chicas pobres de Colombia engañadas con contratos falsos, les quitan los documentos y les exigen prostituirse en los burdeles que frecuentan los mineros del norte para pagar los gastos del pasaje y la estadía. Están ampliando el negocio a Santiago y ya tenemos pruebas como para encerrarlos un par de años, pero queremos saber con quién están haciendo el negocio. Quien sea el cabecilla no es tonto, cambia de teléfono todas las semanas y nunca da la cara. Ahora les dio cita en un lugar abierto lleno de gente.

Los negros prenden otro cigarro, yo los imito mientras miro las noticias que cuelgan de los diarios. En la portada de La pura verdad aparece la foto de una señora teñida de rubio con las cejas depiladas y los ojos maquillados, una especie de máscara que pretende ser alegre, pero en realidad esconde su mirada cansada, medio atormentada, sin una pizca de felicidad. O quizá la veo así porque sé cómo murió. Debajo de la foto dice: «Liscete Vergara Cuneo, cincuenta y siete años, ultimada por su nieta de trece». La menor habría confesado su culpabilidad a los vecinos diciendo que escuchó una voz en su cabeza que le pedía que lo hiciera. Según el relato de una vecina, la niña salió de la casa diciendo entre sollozos: «Maté a la persona que más me quería». Parece una película de terror, pero es verdad. Estas cosas pasan.

Yo no escuché una voz cuando ahogué al Caballero, o si la escuché era mi misma voz. La niña es inocente, yo no.

Inhalo profundamente el humo del cigarrillo, que me llena de calorcito los pulmones y se siente como la palmadita en la espalda de un amigo que me dice: «Estuvo bien lo que hiciste, tú tranquilo».

A Marina no le conté nada, quién sabe, quizás ella me hubiese entendido. Siempre dice que todo sería más sano si la gente se muriera no más. En la clínica del cáncer donde trabaja ha visto a muchas familias quedar en la ruina después de sostener tratamientos de meses para sus parientes. ¿Qué sentido tiene si no hay cómo salvarlos? Pagar tanto por dos meses de vida de mierda, conectados a todo tipo de tubos. Pero las personas son así; luchan hasta el final por la ilusión de un puto milagro que no llega nunca. Incluso a los perros los operan, los trasplantan, les hacen transfusiones. En el campo todo es más sano, si el animal está enfermo lo sacrifican y la máxima es vivir solo mientras se pueda vivir bien.

Sí, seguro, Marina me hubiese entendido.

Pero cuando me acuerdo de mi mano sosteniendo la cabecita liviana y lampiña como de viejo que volvió a ser niño, no puedo aguantar la idea de que ella se entere de lo que hice. Por eso no le dije nada. Por eso y porque igual ya casi no nos hablamos. De hecho pensé que no me iba a acompañar al funeral, pero me acompañó porque aunque ahora no me quiere, antes me quiso y eso no es poca cosa.

Es raro estar en el entierro de alguien a quien uno mató con sus propias manos. Durante la misa me repet ...